Recordando a Matilde, mi madre (Capítulo XII)

Recordando a Matilde, mi madre (Capítulo XII)

Cata Lina

16/09/2026

CAPÍTULO XII: Las tres

La casa estaba llena de gente, en el teléfono se turnaban para llamar y avisar a todos dónde sería el velorio. Yo andaba sin rumbo, sin saber qué hacer, buscando apoyo, cercanía, un abrazo.

Tímidamente me acerqué a una de las personas que estaba en la casa, en el comedor diario. Despacito, casi sin hacer ruido, esperando que cuando levantara la vista y me viera, me tomara en sus brazos y me dijera: “yo voy a estar, yo estoy, no me voy, no estás sola”. Cuando me vio, me echó con brusquedad, “¿no ves lo que está pasando, no ves que estoy sufriendo?”, y me fui. Me alejé. Estaba sola. No recuerdo ni dónde estaba mi hermana en ese momento. Mi abuela estaba en su mundo, desde el día anterior cuando mi padre aún vivía, buscando su mejor ropa negra para el luto.

Mamá contaba que el velatorio de papá fue un desfile incesante de personas que fueron a despedirlo y a acompañarla. Hasta varias de sus compañeras del Sanatorio con sus esposos, se enteraron por Angélica de Raúl que siempre estuvo en contacto con mamá y nos visitaba.

Mi hermana y yo no fuimos, mi madre no quiso. No quería que lo viéramos en un cajón, que esa fuera la última imagen que nos quedara de él. Bastante duro había sido ya convivir con su agonía, ver a ese hombre robusto y fuerte convertirse en una figura esquelética.

Se lo agradezco, no sé si lo hubiera soportado, venía de dos meses de disimular y silenciar la verdad de su destino. Con el paso de los años siento que me faltó un cierre, necesario, aunque doloroso, pero entiendo que mi madre quiso cuidarnos. Ella había pasado por la despedida de su mamá siendo muy chiquita, sabía lo que era el dolor de la pérdida. No hay reproches, sólo agradecimiento.

Mi madre era una mujer que había perdido a su esposo, a su compañero de vida y proveedor del hogar. A sus cincuenta y dos años se quedaba sola. Poco antes de cumplir veinte años de casada, con dos hijas menores, sin trabajo remunerado, viviendo en una casa que no era propia, más que nunca era la casa de su suegra.

No recuerdo hablar específicamente de esto, pero imagino que estaría tan asustada. ¿Cómo seguiría? ¿Podría sola? ¿Estaba sola o tenía el apoyo de la familia y amigos que colmaron el hall la noche de la despedida?

En esos tiempos los velorios duraban prácticamente dos días y se pasaba la noche allí. Mi hermana quedó en la casa de Dean Funes, con la abuela Cata o alguna de las tías. A mí me llevaron a la casa de mi padrino con mi prima Rosana. Mi prima es dos años y medio más chica que yo, cuando me veía llorar no sabía qué hacer. Mis tíos no estaban seguramente repartiéndose entre el velorio y Dean Funes para estar con Mary. Rosana era traviesa e inquieta y en nuestra niñez fuimos muy unidas. No sabía cómo consolarme y se desesperaba. Yo recuerdo estar en el lavadero, sentada en el lavarropas y de golpe largarme a llorar por papá y porque necesitaba ver a mi mamá. Rosana encontró una manera de distraerme, cada vez que me veía llorar, abría la heladera y me daba algo para tirar por la ventana al patio interior del edificio, “¡tiralo fuerte!”. Huevos, tomates, lo que apareciera. Vaciamos la heladera. Al otro día cuando la tía Betty llegó recibió las quejas de los vecinos de su edificio, dio las explicaciones del caso, pero cuando subió estaba muy enojada. Lo recuerdo muy bien, nos retó a las dos, en especial a Rosana. Y me miró y me dijo algo como: “ y vos, justo vos”. Obviamente, justo yo. Debía descargar mi dolor de algún modo, un modo que un adulto no pudo entender, pero mi prima entendió y reparó como pudo, como le salió y se la bancó.

Me llevaron de vuelta a Dean Funes, estaba ansiosa por ver a mamá. Necesitaba abrazarla. Sentirla. Olerla. Como el sentimiento primitivo de un cachorro que busca la protección de su madre. La casa era muy larga, se empezaron a abrir las puertas, no creo que fuera de noche, seguramente por la tarde, luego del entierro.

Cada puerta me acercaba a ella, a ese abrazo que tanto necesitaba, casi dos días completos sin mamá y sin papá. El piso temblaba bajo mis pies, como si se hubiera derretido y yo estaba cayendo no sé a dónde.

Cuando la última puerta se abrió y entraron en el comedor diario, yo esperaba a mi madre, pero alguien apareció primero y cuando me vio me dijo: “tu mamá es muy joven todavía y tiene derecho a rehacer su vida”

No entendía nada, venían de enterrar a papá. ¿Rehacer su vida? ¿Cuándo? ¿Con quién? ¿Qué sabía? ¿De qué hablaba?

Había guardado silencio por dos meses sobre el estado de salud de papá, supe hacerlo, aunque me destrozó. Podía seguir callando y lo hice. No le dije a mamá lo que me dijeron, pero quedó guardado en mí como una daga.

Comenzó una etapa muy difícil para las tres. Para cada una de nosotras en particular y para las tres como grupo familiar.

Las tres perdimos a alguien muy importante.

Mi hermana perdió a su papá, con el que discutía de política, con el que salían a solas al cine o a museos, tenían por lo que yo recuerdo una relación que incluía espacios de cultura y muchas discusiones propias de la relación de un papá que no aceptaba que una adolescente de 17 años lo contradijera y una hija que no sabía ni quería fingir ni callar sus opiniones.

Yo perdí a mi papá. Al que veía poco porque trabajaba todo el día, el que se encerraba en su dormitorio para ver televisión los fines de semana o salía con mi hermana excluyéndome de esos planes porque era chica. Lo cierto es que las pocas veces que me incluyeron por mi insistencia me aburría, no tenía el mismo espíritu cultural que ellos. Pero también perdí al papá que veía conmigo “Starsky y Hutch”, el que yo veía como el hombre fuerte que con su sola presencia nos protegía, el que llamaba por teléfono y le decía a mamá: “Prepará a las chicas y nos vamos a cenar afuera”, el que compartía conmigo y con mamá el amor por Mar del Plata, ese lugar que era el hogar que podíamos compartir en familia, a solas y en libertad.

Mi mamá perdió a su marido, al padre de sus hijas, al hombre que eligió para compartir su vida, al que le compraba los perfumes para que fuera impecable a trabajar, con el que compartía un aperitivo “Cinzano” los fines de semana, al hombre que tal vez en más de una oportunidad la desilusionó, pero que estuvo siempre ahí, presente.

No idealizo la pareja de mis padres, seguramente tuvieron momentos buenos y malos, pero nunca presenciamos nada fuera de lugar. Lo que pasara entre ellos, era de ellos, no salía de su cuarto. Ni lo bueno ni lo malo, jamás los escuchamos discutir ni pelear. En la intimidad de su habitación se matarían de amor o de bronca, pero eso no salía de allí. Era su mundo íntimo.

En ese contexto Matilde hizo lo que pudo, pidió ayuda, fue humilde e inteligente en ese sentido. Pidió ayuda a médicos y psicólogos, a la familia, amigos.

Y comenzó una lucha de egos que nos dejaba en un lugar, cuanto menos, inestable.

Tío Coco y tío Pascual, comenzaron a querer mostrar quién era más protagonista, más protector. Mamá cedió ante ellos todos los trámites sucesorios. Para repartir el “poder” le pidió al tío Coco que se encargara de los seguros y el dinero que había recibido del banco y la gestión de la pensión y a mi tío Pascual que se encargara de la sucesión del departamento de Mar del Plata. Había una abogada amiga y vecina de la tía Betty y el tío nos dijo que ella se ofreció a encargarse de eso sin cobrarnos por su trabajo.

Papá había heredado parte de la casa de Dean Funes al morir mi abuelo y era otro trámite a realizar.

No podíamos seguir viviendo en esa casa. Yo no podía. Le rogué a mamá que nos fuéramos. La relación con la abuela se complicó mucho. Su carácter se endureció cada vez más y comenzó una etapa extraña. Mamá tampoco quería continuar, sabía que era difícil independizarnos, pero si había vivido en casa de su suegra era por su matrimonio y su marido ya no estaba.

En esto debo ser muy honesta y destacar la actitud de mi padrino. Mi abuela quería que recibiéramos estrictamente lo que la ley decía y con eso no hacíamos nada, era si no me equivoco la tercera parte de la mitad de la casa. Mi abuela no cedía, no le importaba, por “culpa” de mi mamá tenía que vender y perder su casa, la que ella había logrado comprar. Ni mi abuelo, ni mi papá ni mi tío, ella fue la que logró tener esa casa.

Mi tío, que a diferencia de mi padre la enfrentaba sin problemas, le dijo que de ninguna manera. Que la casa se dividía en dos, en partes iguales. Una mitad para mi padre que sería lo que nosotras recibiríamos y la otra mitad para ella, que en el futuro sería lo que le quedaría a él. Dividirla entre los dos hermanos, aunque su hermano mayor ya no viviera, pero vivía en nosotras y la abuela aceptó.

La casa estuvo en venta dos años. Dos largos y eternos años de difícil convivencia. Muchos venían a verla, pero no concretaban. Y así como venían supuestos interesados en comprar la casa, la familia y los amigos venían cada vez menos. Especialmente la familia de papá, pero también familia y allegados a mamá.

Mi madre no quería que perdiéramos más afectos, que perdiéramos familia, que nos quedáramos solas.

Un día mamá estaba en la puerta de casa, como se acostumbraba en esos tiempos, para tomar aire y charlar con los vecinos. Apareció un muchacho joven de nombre Ignacio, le preguntó por el cartel de venta, como era la casa, ella le siguió la conversación, pero le dijo que vendíamos con la condición de que Pura, la señora que vivía arriba quedara en la casa, que no la desalojaran. Nunca nadie había hablado de eso. No hicieron participar a mamá de la elección de la inmobiliaria ni nada. Ella se mantuvo al margen porque el clima no era el mejor para estar opinando sobre el tema.

El muchacho quiso verla, le gustó, le dijo que no tenía problemas en que Pura se quedara, que a él le interesaba la parte de abajo. Que su padre se la compraba para poner su taller de orfebrería, hacía alhajas de plata. Y la casa se vendió. Y Pura se quedó con Trixy y Michel.

Mamá iba a llevar a Michel para castrarlo después del primer celo como le indicó el veterinario. Mi papá se espantó y defendió la “hombría” del gato como si fuera la suya. El gato se escapaba por los techos, era independiente, libre, y siempre volvía a la casa. A veces tardaba días. La primera vez fue desesperante, pensamos que no volvería. Una vez volvió muy maltratado, rengo y con heridas. Matilde lo llevó al veterinario y le dijo que había que ponerle un aparato para acomodarle la cadera, era un tratamiento muy caro. Mamá, enfermera al fin, se hizo cargo del tratamiento en casa. Almohadilla de calor, masajes, y de a poco fue mejorando hasta quedar como siempre.

Separar a Pura de Trixy y de Michel hubiera sido una crueldad.

La pensión de papá estaba lejos de parecerse a su sueldo, al principio fue mejor, pero con el paso del tiempo fue bajando y era realmente muy difícil sostener el mismo nivel de vida que si bien nunca fue acomodado, nunca faltó nada.

Las vacaciones quedaron anuladas por años, salir al cine o a comer afuera era un lujo que ya no nos podíamos dar.

La abuela Cata decidió repartir sus alhajas, que eran muchas, entre sus tres nietas. Nos llamó a su dormitorio, primero a mí. Me dijo: “elegí”. Miré todo y elegí lo que más me gustaba. Lo demás lo repartió ella entre mi hermana y Rosana. Y un presente para Olguita, creo que una pulsera.

Finalmente nos mudamos a una casa de dos plantas, cerca de la plaza Martín Fierro, sobre la calle Cochabamba, que era de los cuñados de Pura. Nos la vendieron con la condición de que nos hiciéramos cargo de los gastos de la sucesión del hermano mayor, Armando. Mamá consultó con el tío Coco y él le dijo que era un buen trato y que conocía un abogado que podía hacerse cargo del caso.

Yo tenía catorce años cuando nos mudamos a esa casa. Comenzó una etapa horrible. Al principio parecía todo muy bien, mamá estaba muy feliz. Tenía por fin su casa. Suya. Ya nadie le decía dónde poner los muebles ni los adornos. Ella decidía.

Cuando termináramos con el trámite sucesorio, podríamos escriturar. Se puso todo allí, el dinero de la casa de Dean Funes, lo que quedaba de los seguros que mi tío Coco administraba, todo fue a la compra del dúplex.

Mi hermana empezó a trabajar en el banco donde trabajaba papá y mamá comenzó a trabajar como enfermera particular en el barrio. Matilde quiso retomar su vida profesional pero no fue posible, buscó y en todos lados la rechazaban porque decían que en veinte años lejos del trabajo estaba desactualizada. En un consultorio particular un médico la rechazó para ser su enfermera y recepcionista porque le dijo que estaba sobrecapacitada. En algunos lugares por mucho en otros por poco, en todos la respuesta era no.

Para mi hermana no fue fácil, el banco tuvo sus buenas y malas épocas, pero no pudo seguir con sus estudios de abogacía porque entre ir a la facultad y ganar más haciendo horas extras prefería lo segundo, se puso económicamente la casa al hombro. A mamá le pesaba, la entristecía, por eso siempre me decía que no le transmitiera ningún problema de la casa, que Mary ya tenía bastante. Fue lo único que pudo hacer para cuidarla.

En la casa nueva no teníamos teléfono, lo que nos aisló del mundo. Para mí como adolescente fue catastrófico. Era el año 1979, no había celulares, no existían las redes ni las tecnologías actuales. Unos años después intentamos adherirnos al plan Megatel, pero el teléfono nunca llegó.

No era fácil comunicarse con nosotras, todos se alejaron cada vez más. Los cuñados de Pura vivían en la casa de al lado y tenían teléfono, si alguien quería comunicarse podía llamar allí. Pronto entendí que la familia de Pura insistió en que compráramos la casa porque eran tres personas mayores y mamá fue su cuidadora y enfermera, fueron muriendo de a uno y la hermana que quedó fue a ver a nuestro abogado y le pidió que incorporara las sucesiones al primer trámite de la compra. Por lo que tuvimos que pagar tres sucesiones en lugar de una.

Nuestro abogado, el que había elegido el tío Coco, nunca nos dijo nada. No correspondía lo que hizo. Manejarse de manera autónoma, sumándonos una deuda enorme, donde además influyó tremendamente la economía del país. Con la inflación que aumentaba los precios y las deudas por igual.

La plata no alcanzaba, comenzamos a vender las joyas. La situación era desesperante.

Estábamos muy solas, la única que siempre estuvo fue mi madrina, la tía Angélica. Todos los sábados pasaba a merendar con nosotras y cuando las cosas se pusieron feas, venía cargada con bolsas llenas de mercadería.

Las navidades las seguíamos pasando con el tío Coco. Se habían mudado a un piso en Belgrano y después de un tiempo comenzamos a ir a la quinta.

La tenía en sociedad con otras tres familias amigas, creo que en General Rodríguez. Nosotras sin auto, sin dinero para pagar un remise hasta allá, éramos tres paquetes a transportar. El tío arreglaba el traslado.

Un año le pidió a uno de sus amigos, tenía un negocio de ropa mayorista, como todos sus amigos, buen auto, buena posición económica.

Cuando volvimos en la madrugada la hija del matrimonio protestó todo el viaje. No paró de humillarnos. Por qué tenía que viajar adelante compartiendo el asiento del copiloto con su madre, que todo pasaba por llevar a “esta gente”. Y nosotras atrás, en silencio. Mi mamá tratando de charlar con la señora y la señora tratando de seguir la charla mientras el padre al volante retaba a su hija por las cosas que decía. No paró en todo el viaje.

No recuerdo cuántos años tenía yo. Pero en cuanto entramos a la casa le dije a mi mamá que era la última navidad que pasaba con ellos. Finalmente, años después de la muerte de papá, de algún modo Cholo ganaba la pulseada. Se terminaron las navidades con la familia de mamá.

Le dolió. Lo sé. Porque la abuela Mimí estaba viva y ella se había prometido pasarla siempre con ella. Pero todo tiene un límite. Para mí fue esa humillación. Que esa chica, más chica que yo, una mocosa maleducada y caprichosa que sólo tenía plata, se permitiera humillarme, humillarnos a las tres. Humillar a mi madre.

Mi hermana me apoyó y yo intimé a mi mamá. Que eligiera pasarlo con ellos o con sus hijas. Que nosotras no íbamos más.

Las vueltas de la vida, años después nos enteramos que este hombre quebró, perdió su negocio y su posición económica. Y esta chiquita, de la que ni recuerdo el nombre, perdió lo único que tenía: dinero. Espero que haya ganado educación y empatía con el paso del tiempo. Con sinceridad no me interesa.

Mamá no quiso decir al tío Coco los motivos reales por los que dejábamos de ir, no quería ofenderlo. No quiso problemas. No sé qué excusa puso. Tal vez pensó que al pasar un año nos calmaríamos e iríamos, de ninguna manera. Yo fui el motor de esa lucha y mi hermana me acompañó. Mamá tuvo que rendirse. Se acostumbró a ir a saludar a su tía antes o después de las fiestas. Y la realidad es que, para la familia, la familia sampedrina, quedamos como las antipáticas que no le permitíamos a mi mamá reunirse.

Alguna Pascua, que también pasábamos con ellos y también dejamos de ir, mamá fue sin nosotras. Nos quedamos mi hermana y yo solas en casa. Ya éramos grandes, veintitantos. Cuando volvió, se lo recriminé. Se lo reproché. No una vez. Días y días. Sabía que le dolía y más profundo hundía el puñal de mis frases. No volvió a ir. Sé que muchas veces hice cosas que la hicieron sufrir, lo siento hoy a la distancia. Pero en ese momento sentí que eran actos de legítima defensa de nuestra dignidad y que mamá no lo entendía.

Unos años antes ya había hecho uso de esa legítima defensa de mi dignidad. Para mis quince años mi mamá, con mucho esfuerzo, quería que tuviera mi fiesta. Yo la soñaba desde chica, el vestido, la torta con cintitas como se usaba en mis tiempos, la entrada del brazo de papá.

Pero papá no estaba, fue el cambio más drástico. ¿con quién entraría? Mi padrino era la elección lógica. En esos tres años no lo vi muchas veces, no recuerdo la asiduidad de las visitas en Dean Funes. La abuela Cata se mudó al vender la casa a un departamento en el mismo edificio de su hijo, al año luego de un infarto que dejó secuelas neurológicas terminó en un geriátrico a menos de dos cuadras de mi casa. Mi tío iba a ver a su madre, pero no se detenía en mi casa.

Yo hubiera elegido a mi tío Eduardo, pero un día se lo comenté al pasar y me dijo que no quería pasar por algo así, que por suerte su hija ya se había casado y que le había costado mucho ser su padrino. Le subía la presión rápidamente por nervios.

El vestido era otro problema, mi tía Betty dijo que me lo regalaría, pero la condición era que ella elegía modelo, color, todo. Y todo lo que yo soñé, al olvido.

Mi prima Mirta me dijo un día: “No vas a arruinarnos las vacaciones, hace la fiesta en otra fecha”, mi cumpleaños en verano, siempre sin gente, siempre sin familia. Su madre, la tía Ñata, le contestó en el momento: “Vos nos arruinaste el verano cuando te casaste en enero”. Gracias tía.

Habíamos ido a ver un salón muy sencillo que se encontraba al lado de mi escuela primaria, era una casa antigua remodelada para fiestas. No era lo que imaginé alguna vez, pero entendía que era lo que se podía.

Un día mamá me vio tan triste que me dijo: “¿no preferís ir a Mar del Plata, las tres?”, obviamente le dije que sí. Se comunicó con todos y les dijo que dispusieran de su tiempo, que no habría fiesta.

Fueron las mejores vacaciones que pasamos en toda la vida. Ni cuando estábamos los cuatro la pasé tan bien. Mamá dispuso del dinero que iba a gastar en la fiesta en irnos, compró los pasajes y fuimos al departamento. Teatro, compras de ropa, artesanías, comidas afuera, playa hasta tarde. Unas vacaciones sin mirar la billetera. Pero, ¿de dónde sacó tanto dinero?, vendió sus joyas. Beba nos acompañó, yo lloraba, un poco porque la fiesta se perdía y otro poco porque sabía que vendería un montón de cosas por mí. Beba quería consolarme y me dice: “no llores, mirá, mirá esa cuántas cosas trajo, mirá la balanza”. Estábamos en el Banco Municipal. Cuando miramos, era la balanza que tenía las alhajas de Matilde y Beba se congeló, dijo, no a mí, a sí misma: “es tu mamá”. No fue agradable ni el momento ni el gesto.

Recuerdo que un día estábamos en la playa, no teníamos entradas para el teatro esa noche, estaba oscureciendo y empezaba a refrescar. Habíamos guardado todo y estábamos vestidas sentadas en una lona. Le dije a mamá por qué no nos íbamos y me contestó: “esperemos, estamos tan bien acá”, no me miró, su mirada estaba fija en el mar, en el horizonte. Las tres solas. Sentadas mirando el mar. Sin hablar. ¿Qué pensaría? ¿Qué pasaría por su cabeza en ese momento? ¿Recuerdos? ¿miedos?

Nos encontramos en Mar del Plata paseando una noche con algunas conocidas que cuando nos vieron nos saludaron y me dijeron que cuando volvieran a Buenos Aires me irían a visitar, que ya tenían comprado el regalo. Nunca vinieron.

Más o menos en esta época estábamos con mamá un día en la terraza de Cochabamba, discutiendo, no sé de qué, no era la primera ni la última vez. Y volvió a mi memoria esa frase que me dijeron cuando volvieron del entierro de papá: “tu mamá es muy joven todavía y tiene derecho a rehacer su vida” y la increpé. Le dije: “decime si tenías a alguien cuando papá todavía estaba vivo”. Recuerdo su cara de sorpresa y estupor. ¿Qué le estaba diciendo? ¿De dónde saqué esa idea? le expliqué, le conté con detalle, le dije quién me lo había dicho, le dije que por el amor que sentía hacia ella no podía creerlo pero que nadie podía ser tan desubicado de decir algo así sin fundamento, que decidí callar esos años por respeto a ella pero que ahora necesitaba la verdad. Era una locura, una vez más, como tantas otras, parientes o amigos con buenas intenciones se metían en nuestra vida haciendo o diciendo lo que ellos pensaban como si fueran verdades irrefutables. No sé si mamá la confrontó, no lo creo. No volvimos a hablar del tema, salvo cuando surgía su nombre y yo recordaba el episodio sobre todo para que mamá entendiera que a veces es necesaria la distancia de algunas personas.

Para mi cumpleaños diecisiete, año 1982, crisis, los que siempre salían de vacaciones, no podían. Se comunican con mamá y le dicen que vendrían a casa por mi cumpleaños. Le dije a mi mamá que no aceptara, que les dijera que no. Mamá siempre queriendo poner paz, que no estuviéramos solas, decidía agachar la cabeza y sumisamente aceptar que esa vez sí estaban para mí. Le dije que yo me iría de casa por veinticuatro horas, que no me quedaría, que festejara mi cumpleaños sin mí, le pregunté a mi hermana si sabía de algún lugar donde podría pasar la noche y me dijo que podía ir a la Biblioteca del Congreso que estaba abierta 24 horas, que pidiera un libro y esperara hasta la mañana.

Mamá sabía que era capaz de hacerlo. Por eso los llamó y no sé qué excusa puso, pero no vinieron y yo me quedé en mi casa, festejando con los de siempre. Mi mamá, mi hermana, mi madrina y sus hijos.

Por eso ante el episodio de la Navidad, yo más grande, con más carácter y determinación aún, Matilde sabía que era una decisión sin retorno.

Nos unimos mucho las tres, mucho más que siempre, nos blindamos. Éramos un bloque. No había espacio para nadie. La vida nos empujó a eso.

Y llegó la guerra de Malvinas. Este libro es sobre mamá. No es un libro de historia. Puedo decir al respecto que estuvo atenta a cada informe, que rezó, rezamos, por los soldados. Que la conmovían estos chicos, que sintió orgullo cuando supo que su sobrino Daniel, que había terminado el servicio militar uno o dos años antes, se presentó y se ofreció como voluntario. Habló con quién había sido su superior y le dijo que no lo hiciera.

La televisión sólo hablaba de la guerra, de los oscurecimientos en el sur, de los informes de las batallas, del pedido de ahorrar luz y gas porque toda la energía del país se necesitaba para la guerra. Matilde decidió que no se planchaba más, había escuchado que la plancha era el electrodoméstico que más consumía. Ella acostumbraba planchar todo: sábanas, toallas, repasadores. Se terminó, había que colaborar como se pudiera. La araña del comedor se prendía con la mitad de las lamparitas y con menos watts.

Todo lo que pasó, antes y después, no es motivo de este libro. No soy una historiadora para explayarme en el tema. Pero sí recuerdo el dolor vivido, la intranquilidad, el miedo. En lo personal reivindico nuestra soberanía sobre las Islas sin dudas, por eso también como docente me ha dolido muchas veces presenciar palabras alusivas pobres, insípidas y que el día del veterano sólo fuera una fecha de alegría por sumar un feriado más.

El tiempo fue pasando. El tiempo pasa siempre igual, minuto a minuto, día a día, pero los años en esa casa se hicieron eternos.

Los trámites nunca terminaban, una sucesión tras otra, íbamos a ver al abogado y nos decía que todo estaba bien, que sólo demoraría un poco más, que todo era correcto. Pero no era el trato inicial, y él respondía: “No es un cambio tan grave”. Y así, de manera inconsulta, siguió hundiéndonos en deudas.

Mamá preguntó al tío Pascual por la sucesión del departamento que haría la abogada que él había conseguido, la amiga de la tía Betty. Resultó que ni la había comenzado y cuando le devolvió los papeles le dijo: “es una pena, porque se gana muy bien con esto”. ¿Se gana muy bien? Si le dijo en su momento que no cobraría por su trabajo. Matilde le entregó todo a Coco y en poco tiempo esa sucesión estaba terminada.

La casa tenía muchos problemas de humedad y faltaban arreglos, vivimos años con la puerta de la terraza rota. Mamá la hizo pintar después de los primeros años para que se viera bien y poder venderla, pero no era posible porque no habíamos escriturado y ese día nunca llegaba.

El abogado comenzó a reclamar el pago de su trabajo y comenzó un conflicto grave porque el trabajo requerido era una sucesión y no tres.

No teníamos el dinero para abonar, pero teníamos el departamento de Mar del Plata y era mucho más que la deuda, podíamos pagar, escriturar y hacer una diferencia.

Un conocido de la familia, de mucha confianza para mi madre, se ofreció a pagar la deuda para que escrituráramos, pero siempre que nos comunicábamos la respuesta era “el mes que viene”.

¿Cuál era su idea?, ¿en qué pensaba? cuando cualquiera de sus actividades tenía un costo muy superior al del dinero que mamá necesitaba. Pero como alguien nos dijo alguna vez a mi hermana y a mí: “él hace lo que quiere con su plata”, lógico, obvio, pero por qué se ofrece, por qué promete algo que no cumple y no nos deja salir de esta locura. Mi mamá confiaba ciegamente en su buena intención, ponía las manos en el fuego por él.

Ni mi madre ni nosotras esperábamos un regalo de su parte, pero la única forma de pagar era vendiendo el departamento.

Un día le dije a mamá, ofréceselo a él. Me respondió que era un departamento muy sencillo para él, que no lo iba a querer, que no estaba a la altura de su estilo de vida. Yo le dije, pero puede alquilarlo o venderlo después más caro y hacer una ganancia. Lo importante era que él entendiera que no queríamos aprovecharnos, que queríamos solucionar un problema que nos estaba enloqueciendo.

Como no teníamos teléfono, íbamos a hablar a un teléfono público a la vuelta de la casa, de noche, que era la hora en que podíamos encontrarlo. Hablaba mamá. “Me dijo que el mes que viene lo arregla, que está todo bien”. Siempre lo mismo.

Enfrente de la casa vivía una familia, un matrimonio joven con un hijo adolescente. Iban a la misma parroquia y comenzamos una relación de amistad. Sabían del problema que teníamos y ella especialmente empezó a sospechar que había algo raro.

Un día que mamá le dijo que por la noche iría a hablar con él, le dijo: “vení a casa, vas a hablar más tranquila”.

Fuimos las dos, cuando mamá iba a hablar la mujer me hace una seña para que la deje sola, tranquila. Me lleva a su habitación y me dice: “Caty, levantá el teléfono y escuchá”. En ese momento escucho la voz de este hombre diciéndole a mi madre: “yo no me meto, arréglate como puedas”.

Me quedé helada. No podía creerlo. Década del ochenta y todavía tengo su voz en mi cabeza “arréglate como puedas”. Al igual que mi madre yo confiaba en él, toda la vida presente, no era uno más, no era cualquier persona, era familia. Era alguien fundamental y acababa de soltar la mano de mi madre sin ninguna piedad. Su tono de voz lo decía todo. Nunca pude olvidarlo, ni perdonarlo.

Salimos del dormitorio y le pregunto a mi mamá qué pasó, mamá sostiene la mentira de siempre: “Dice que está todo bien, que el mes que viene, que todo se va a arreglar”.

Yo enfurecí, estábamos las tres solas en ese departamento, le dije lo que escuché, mamá se enojó con la vecina. Nos fuimos a casa. Llegó mi hermana, mamá no quería que ella supiera, no la estaba pasando bien en el trabajo, no la escuché. Le conté todo a Mary cuando llegó, y como con lo de las navidades, mi hermana estuvo de acuerdo conmigo y decidimos que debíamos hacernos cargo.

Mamá tenía como paciente particular para aplicarle inyecciones a una señora que vivía en el edificio de al lado y tenía un hijo abogado. Al otro día lo fuimos a ver. Le contamos la situación. No recuerdo si tuvimos que firmar un poder o qué, pero él tomó el caso y se encargó de todo.

Fue un punto sin retorno, mamá ya no habló, el vecino abogado se hizo cargo. Fue a verlo a su oficina, quedó impactado porque no era una simple oficina como le dijo mamá, era una empresa.

También a él le dijo que pasara el mes que viene a buscar el dinero. Cuando lo fuimos a ver para saber el resultado de la reunión lo primero que nos dijo fue: “Ese tipo es un hijo de puta”.

A mamá le dolió mucho, aceptar que después de tantos años, de tanta confianza, de tanta comunicación, alguien tan cercano de toda la vida podía haberse transformado de esa manera. No podía ni entenderlo ni aceptarlo.

Cuando llegó la hiperinflación durante el gobierno de Alfonsín la situación empeoraba cada hora, no cada día.

En esos tiempos, sin tecnología, cuando ibas a comprar a un supermercado revisabas las góndolas y si encontrabas un producto sin remarcar estabas de suerte, pasaban con la etiquetadora para poner los nuevos precios hasta en la cola de la caja, y te remarcaban los productos que tenías en la mano. Así me pasó.

Durante el gobierno de Alfonsín hubo trece paros generales. María del Pilar que trabajaba en Florida y Av. Corrientes se acostumbró a pasar entre los manifestantes y nunca sintió miedo. Jamás la molestaron. Nosotras seguíamos las noticias por televisión y teníamos más miedo que ella. Cuando llegaba siempre decía que cuando ella pasaba el ambiente estaba tranquilo.

A fines de 1988, hubo un paro general que fue diferente, Mary contó al llegar a casa que la gente no era la misma, no se comportaban igual, que sintió miedo por primera vez. Fue el día que destrozaron la tienda de Modart en la calle Florida. Pasó después que mi hermana cruzó como siempre la manifestación, pero pudo sentir que algo se estaba gestando y trató de salir lo más rápido posible del lugar, cuando llegó a casa vio por tv lo que había sucedido cuando ella ya estaba a salvo en el subte.

Hacia el final del gobierno de Alfonsín, en 1989, los saqueos a supermercados que veíamos por televisión eran aterradores, no sólo se llevaban mercaderías de primera necesidad como alimentos o artículos de limpieza, se llevaban todo. Electrodomésticos, vajilla, las instalaciones de los negocios, si no se lo podían llevar, se destrozaba. Todo pasaba especialmente en el conurbano, pero en la televisión y en la radio decían que eran inminentes los ataques en la Capital.

Habíamos ido a comprar para abastecernos y en un momento le digo a mi mamá que ya teníamos suficiente arroz. Por la tarde una vecina nos toca el timbre y nos dice: “cierren todo, no salgan, vienen por la Av. San Juan”. Nos aterramos, Mary estaba trabajando en el centro, y mamá se enojó conmigo: “No me dejaste comprar arroz”, los momentos límites nos sacan de nuestro eje y su preocupación por un posible peligro sabiendo que su hija mayor no estaba en casa, hizo que se descargara conmigo. El miedo habló, la dominó en ese momento.

Así de vertiginoso era el aumento de los precios y de las deudas. Un día fuimos a ver al vecino abogado y nos dijo el monto en dólares de la deuda. Cuando llegamos a casa, prendemos la televisión y estaban dando la cotización del dólar en Nuevediario, yo hago las cuentas y le digo a mamá que era más de lo que él nos había dicho. Volvimos a verlo, y nos confirma que la deuda había crecido en ese corto tiempo. Fue una locura. Yo literalmente me enfermé, no podía más, era una situación desesperada.

Mamá pensó en un momento que lo mejor sería dejar perder la casa y mudarnos a Mar del Plata, pero sin nada. María del Pilar tenía que dejar el trabajo porque el banco no tenía sucursales allá.

Un día me descompuse y mamá me llevó al médico de la familia, el Dr. Terg. Me vio en su consultorio y quedó preocupado, yo lloraba y le conté todo lo que estábamos pasando.

Pocas horas después alguien toca el timbre de casa, era el doctor con su esposa. Le dicen a mamá que tenían un dinero ahorrado y que si ella estaba de acuerdo compraban el departamento. Se llevaron la llave para ir a verlo ese fin de semana y cuando volvieron concretaron la compra.

Yo no recuerdo los montos exactos, pero en ese momento con lo que el doctor nos pagó nos alcanzaba para pagar justo la deuda con el abogado del tío y para escriturar. Ya habíamos perdido la posibilidad de hacer una diferencia a favor.

Fuimos al centro a firmar y a recibir el dinero de la venta, mi hermana ya había arreglado con un compañero de la mesa de dinero del banco que le tuviera los dólares listos para la compra.

Salimos de la escribanía y fuimos corriendo, no es una forma de decir, había que correr porque cada minuto el precio cambiaba y era peor. Mi hermana llevaba el dinero y en la corrida se cayó, yo recuperé primero la cartera y después a ella.

Mi hermana se cayó cuando lo compramos y se cayó cuando lo vendimos.

Seguimos hasta llegar al banco. Mi hermana compró los dólares y en ese momento faltaban seiscientos dólares. La cotización había cambiado desde que salimos de la escribanía hasta llegar y la venta no alcanzó.

Un conocido de la parroquia nos prestó lo que faltaba y nos movimos lo más rápido posible para pagarle al crápula del abogado.

Nuestro vecino abogado terminó de afilar los últimos detalles, escrituramos y pusimos la casa en venta. Pagamos a él y al que nos prestó el dinero que faltaba hasta el último peso.

Éramos libres. Ahora sí. Podíamos decidir. Quedarnos, irnos. Lo que nosotras quisiéramos.

La casa estuvo en venta casi tres años.

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Capítulo XIII: Los años en cochabamba, el próximo martes 22 de septiembre de 2026.

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© 2026 – Cata Lina
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