Recordando a Matilde, mi madre (Capítulo XI)

Recordando a Matilde, mi madre (Capítulo XI)

Cata Lina

08/09/2026

CAPÍTULO XI: Papá se moría

Como ya expliqué se operó finalmente en enero de 1977. No sé exactamente cuándo se inició la licencia. Los preparativos y estudios llevaron un tiempo de tratamiento ambulatorio.

Mi prima Mirta se casó en enero de ese año, por la condición de papá no fuimos. Mamá había estado preparando la ropa para la fiesta durante meses.

Me hizo un vestido blanco, yo era pequeña, aunque fuera un casamiento se me permitía usar el color de la novia. Era de línea princesa, en crepé georgette, que es una tela muy liviana parecida a la gasa. Tenía el escote redondo y mangas abullonadas. Largo a media pierna y con toda la parte del frente bordada en punto smock, en colores. Fue durante meses a aprender ese bordado con una profesora en el Centro Lucense.

No recuerdo la ropa que preparó para ella y mi hermana. Pero recuerdo muy bien las pruebas y su trabajo en mi vestido. Matilde era sumamente prolija y siguió todos mis pedidos. Yo estaba muy ilusionada con la fiesta, pero la vida decidió otra cosa.

Uno de los más hermosos recuerdos que tengo con papá fue un día que fue a buscarme al colegio. Era algo impensado. Siempre estaba trabajando en ese horario. Yo estaba terminando sexto grado o comenzando séptimo. Ya me habían dado permiso para volver sola desde el colegio, apenas dos cuadras. Luché mucho por ese pequeño momento de independencia. Un día salgo y lo veo apoyado en la ventana del bar de la esquina. Los brazos cruzados, una chomba bordó, su sonrisa al verme. Corrí a abrazarlo, mi corazón dio un salto de alegría y sorpresa.

Mi papá era como un fantasma para todos en el colegio, mi mamá participaba ella sola de reuniones, actos y era la vicepresidenta de la cooperadora del colegio. Ella siempre estaba dispuesta a colaborar por la escuela y porque era para mejorar nuestro lugar de estudios. Pero ese día no fueron juntos, fue sólo él y esas dos cuadras fueron un paseo, iba con mi papá, quería que todos nos vieran. Lo que yo no sabía es que esto había sido posible porque estaba enfermo y ya no tenía oportunidad. Ese mismo año moriría.

Mamá hizo todo lo que estuvo a su alcance y más. Era incansable. Él se convirtió en su prioridad. Pero estaba preocupada por nosotras. Le dijo al oncólogo: “¿Cómo le digo a mis hijas?”, le recomendaron que nos llevara al servicio de psiquiatría del Policlínico Bancario, que explicara la situación y que la guiaran para prepararnos y saber cuándo decirnos.

Que papá no se enteraría era una decisión tomada por mamá y los médicos, ella lo conocía lo suficiente y había compartido con él sus malos momentos después de la muerte del abuelo Chino, temía por él, quería que tuviera calidad de vida durante el tiempo que le quedaba. Eran otros tiempos, ahora se informa al paciente, no sé si es posible ocultar un diagnóstico así. ¿Quién puede saber qué es lo mejor?

Yo tenía que ir al policlínico a ver a una psicóloga, me iban a buscar al colegio al mediodía para llevarme. Le mostraba mis carpetas, a veces me hacía preguntas, por lo que recuerdo, hablábamos mucho del colegio. Mamá no siempre podía llevarme, en algunas oportunidades fui con Beba o la tía Betty, tal vez con mi madrina. No recuerdo.

A mi hermana la atendía otra psicóloga, la derivaron a su consultorio particular, frente al Hospital Alemán, en Av. Pueyrredón.

Yo estaba terminando la primaria y mi hermana la secundaria. Ese año por primera vez mamá no iba al colegio, a los actos, a las reuniones. Muchas veces iba Beba. Era triste. Pero no sabía que lo que se lo impedía era más triste aún.

El primero de febrero de 1977, a menos de un mes de la operación de papá, fue mi cumpleaños número doce. Y tuve fiesta de cumpleaños. Para mí era algo nuevo. La única que siempre estaba era la tía Angélica, mi madrina. Ella nunca me falló. Hasta le hacía cambiar la fecha de sus vacaciones al tío Eduardo para no dejar de venir.

La fecha de mi cumpleaños era molesta. Recambio turístico. Una época en que todos podían vacacionar sin problemas, no iban sacrificar un día por mí.

Pero para mis doce años tuve fiesta. Mi prima Rosana, mi mejor amiga Gabriela, tíos y tías, primos, todos. Y estrené mi vestido de fiesta, mi vestido de punto smock y crepé georgette. Me sentía feliz. La torta estaba decorada con una muñeca. Mamá se ocupó personalmente de conseguirla para decorar el pastel. Era lo que había pedido para mi comunión y la confitería no había cumplido. Mi padrino me regaló una cámara de fotos.

Lo tenía todo. Por primera vez me sentía agasajada y protagonista de mi cumpleaños.

Cada invitado, cada regalo, yo corría a la habitación a mostrarle a papá. Llena de alegría. Él no podía compartir con nosotros porque estaba haciendo reposo por la cirugía.

Con el tiempo supe que mamá habló con todos, que pidió, que rogó, que hizo todo para que yo tuviera esa fiesta. Porque era mi último cumpleaños con papá y ella quería crearme un recuerdo feliz.

En algún momento de ese verano fuimos a Mar del Plata, los cuatro. Pero mamá no se animó a ir sola con papá en esas condiciones posquirúrgicas y le pidió a la tía Ñata que nos acompañara. Ella fue con un matrimonio amigo de Roque Pérez. Tenían dos hijos. La hija de mi edad. Tenían una camioneta, nos pasaban a buscar e íbamos a las playas más alejadas y tranquilas, más cerca del faro. Nunca había compartido con alguien de mi edad la playa y los juegos y recuerdo que lo pasé muy bien por la compañía de esta chica y la ignorancia de la realidad de la salud de mi padre.

Papá tuvo varias internaciones y algunas prolongadas.

Matilde se ausentaba de casa por días, se internaba con él. Papá sólo estaba tranquilo si ella estaba a su lado.

Un día tenía las piernas muy hinchadas y el médico le dijo que la dejara ir a descansar porque se iba a enfermar, papá accedió, pero sólo si la que lo acompañaba era la tía Ñata. Ella era la única que él aceptaba para reemplazar a mamá y ahí estuvo siempre que se la necesitó.

El deterioro avanzaba y fue necesario que los últimos meses usara cama ortopédica. Uno se acostumbra a todo, yo creía que era temporario.

El tío Eduardo venía a visitarlo una vez por semana sin faltar, charlaban, siempre tuvieron una gran relación. Mi papá lo apreciaba mucho y el sentimiento era mutuo. El tío le contó a mamá que mi padre le decía: “me veo tan mal, sin fuerzas, tan flaco, pero la veo a Matilde bien y eso me da tranquilidad. Porque cuando hay un problema serio ella siempre se siente mal enseguida y no puede ni comer”. Mamá lo estaba logrando, su objetivo era que él tuviera paz y tranquilidad.

Matilde tenía que asearlo y no podía moverlo sola, entonces llamaba al tío Pascual y combinaban el horario. Cuando él aparecía mi papá decía: “¿cómo llega siempre justo cuando me vas a cambiar?”.

El tío Coco también fue fundamental en este momento. Todo el amor que sentía por mi mamá, por su “Matine”, como le decía de chiquito en San Pedro, lo demostró con creces. Él no era una persona que colaboraría con el aseo o que se quedaría a charlar con papá, tampoco creo que a mi padre le gustara esa idea ni que al tío Coco le resultara atractiva la conversación. Pero fue para mamá un gran sostén anímico y económico.

El banco pagaba puntualmente su sueldo, no era un acto de generosidad, lo debían hacer. Pero la plata se iba como agua. La obra social bancaria cubría muchas cosas en esa época, pero no todo lo que necesitaba en esa especie de internación domiciliaria: la cama ortopédica, las bolsas para la ostomía, el médico que venía a domicilio y lo medicaba, los medicamentos para los dolores que, aunque tenían descuentos eran muy caros.

Papá no era tonto, estaba completamente lúcido, veía que todos los insumos y las visitas médicas tenían un costo adicional a los gastos de la casa. Mamá le dijo un día que estuviera tranquilo, que de ser necesario tenían el departamento de Mar del Plata, que el dinero no faltaría. Él le pidió que no, que él mejoraría y que cuando nosotras fuéramos grandes y ellos se jubilaran, él quería ir a vivir allá con ella. Imagino el dolor de mamá al escuchar su proyecto, algo que habían hablado tantas veces en el pasado.

El tío Coco estaba presente para sostener a Matilde, le daba a mamá todos los meses dinero. Venía personalmente a verla y le dejaba esa plata.

Su primo hermano más hermano, estaba para ella. Y si bien los demás también estaban para mamá, él era el que más le importaba.

Hay tantas cosas que podría contar de estos tiempos tan tristes, cuando la despedida se acercaba. Pero en este relato la protagonista es mamá, ni mi hermana ni yo. Ni los parientes. Ni siquiera papá.

Cholo estaba sufriendo mucho, mamá les pidió a los médicos que hicieran algo, que lo intervinieran de nuevo, que ella veía su pierna hinchada, afiebrada, que había infección. Todo era no. Ya no había vuelta atrás y no querían hacer nada más por él. Matilde peleó como una leona, exigió, gritó, usó todas sus fuerzas y consiguió que ingresara a sala de operaciones. Tenía una infección de pus y materia fecal que se había desplazado por su pierna. Le hicieron una intervención de limpieza, una toilette, y los dolores cesaron. Vivió dos meses más.

El médico que venía a casa lo mantenía con una medicación muy fuerte para los dolores y para que estuviera sereno.

Un día este doctor tocó el timbre de mi casa y cuando mi mamá lo vio le dijo: “Yo no lo llamé, no tengo dinero para pagar la consulta”, le respondió: “No se preocupe, quiero ver cómo está todo”. Mamá recordaba esto con mucho agradecimiento y emoción.

Dos meses antes de la muerte de papá recuerdo que viajábamos con mamá las dos solas en colectivo y le dije que tal vez el próximo verano si papá estaba mejor podríamos volver a Mar del Plata. En ese momento mamá me dijo la verdad: “papá no se va a curar, no vamos a tener otro verano con él”. Me explicó lo que pasaba y me pidió que guardara silencio. Con papá y con mi hermana, que sólo hablara con ella cuando necesitara. Por eso ese verano diferente acompañados por la tía Ñata.

Años después hablando de esto, me dijo que la psicóloga del Bancario le había dicho que yo estaba preparada para recibir la noticia, que no buscara el momento pero que cuando viera la oportunidad me lo dijera. La que atendía a mi hermana nunca le dio el ok, mamá comenzó a desesperar porque se daba cuenta que el final se acercaba. Finalmente, se lo dijo una semana antes.

El tiempo es inexorable y el momento llegó. Los últimos días fueron difíciles, no recuerdo con exactitud, pero sí puedo recordar la sensación. Yo rezaba a Dios pidiendo que todo terminara, ya no tenía fuerzas para pedir un milagro.

Esa noche no quise dejar la habitación de mis padres. Me quedé dormida en la cama grande.

Mamá rezaba el rosario junto a él todos los días. Rezaba ella, él no. Papá le dijo: “¿Hoy no rezás?”, ella le dijo: “¿Querés?”, le respondió que sí. Se fue quedando dormido, sereno. Con la última cuenta del rosario suspiró y se fue. En paz. Después de tanto sufrir. Después de tanto dolor. A los 53 años, Cholo murió. El 8 de octubre de 1977.

Alguien, no sé quién, me levantó de la cama, me llevó a mi dormitorio, yo estaba adormilada, pero recuerdo que con la mano me tapaba la cara. Seguramente para que no viera el cuerpo de papá.

Pero sí pude ver que en el hall de la casa estaban todos. Familia, algunos amigos y conocidos, todos. Yo no entendía nada. Estaba confundida.

Mi hermana recuerda que mi mamá entró a nuestro dormitorio y nos dijo que papá había muerto.

Y la vida cambió para siempre.

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Capítulo XII: Las tres, el próximo martes 15 de septiembre de 2026.

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© 2026 – Cata Lina
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