Recordando a Matilde, mi madre (Capítulo IX)

Recordando a Matilde, mi madre (Capítulo IX)

Cata Lina

25/08/2026

CAPÍTULO IX: La vida de casados

Matilde y José Antonio se casaron por civil el 28 de noviembre de 1957 y en la Parroquia Nuestra Señora de Balvanera, el 30 de noviembre del mismo año.

Tuvieron cuatro padrinos. Por mi papá, la abuela Cata y Julia, su prima. Y por mi mamá, Paco y su primo Coco.

Los varones con smoking. Las madrinas con vestidos que el sacerdote no aprobó y las mandó a tapar con capitas que tenían preparadas en la iglesia para estos casos especiales. Un hombro, un escote. Viendo las fotos es irrisorio, pero así fue.

Cuando llegó mi mamá a la iglesia, uno de los sacerdotes auxiliares la estaba esperando con una capita blanca pensando que la novia sería más osada que las madrinas y cuando la vio se sonrió y se fue.

El vestido de mamá era blanco, ceñido al cuerpo, con cuello alto y mangas largas que terminaban en punta sobre el dorso de sus manos. Tenía una larga cola de once metros. Sobre la cabeza una diadema con incrustaciones de cristal, de ella salía una larga mantilla que llegaba a los pies. Sus zapatos cerrados blancos, un gran ramo que caía como una cascada y sobre su pecho una cruz. Con un maquillaje muy tenue, parece estar a cara lavada. Especialmente por los labios que están muy suaves.

Entró a la iglesia del brazo de Paco, como cortejo adelante de ellos Mirta. Su ahijada, la hija de Ñata y Tito.

En una foto se ve a Elisa, la hija de Angélica y Eduardo, mirando con tristeza como su tía y madrina querida está con esa otra nena. ¿por qué no ella? Mi mamá decía que habían pensado en las dos, pero Elisa era muy chiquita. Eduardo, sonriendo, la sostiene porque ella quería ir con su tía.

Se acostumbraba posar serios para las fotos, en especial en la iglesia. Hay algunas fotos donde ambos se ven tan felices, relajados, sonrientes. Papá aparece muy feliz. Matilde tenía treinta y dos años y Cholo, treinta y tres.

Mirándolos en esas viejas fotografías, cuando su vida juntos recién comenzaba, cuando todo era ilusión, me hace sentir bien porque siento que se eligieron.

Que estuvieron juntos por su decisión. Que nadie los obligó. Y sonreían a ese futuro que desconocían pero que enfrentarían juntos.

La fiesta fue enorme, quinientos invitados. La abuela Cata habló con el abuelo Gordo para que pagara la parte correspondiente a la novia. Mi abuelo que tenía dinero, no quiso seguir el ritmo de los proyectos de la abuela. Le parecía demasiado y no participó como se esperaba.

A mi abuela Cata le gustaban las cosas a lo grande. Era el casamiento de su hijo mayor. Quiso tirar la casa por la ventana. ¿Cómo no hacerlo?

Cuando bautizaron a mi papá, la celebración fue tan importante que dos muchachos tocaron el timbre y dijeron que eran invitados del novio para colarse a la fiesta. No iba a hacer menos para la boda.

No sé cómo fue el casamiento de mi tía Angélica con Eduardo cinco años atrás, cuánto participó en lo económico el abuelo Gordo. Supongo que fue algo más modesto y él no estaba dispuesto a gastar más con Matilde.

No por su hija, tal vez por su consuegra Catalina o por la participación de la familia de crianza.

Él no fue el padrino de casamiento, fue Paco. El mensaje era claro. Para mamá Paco debía ocupar ese lugar sin dudas. Era su noche. Ella elegía. Y no lo eligió a él.

Todo lo referente al vestido lo costeó mi mamá con sus ahorros y su trabajo. Seguramente Mimí y Paco colaboraron con ella, habrán aportado algo, para ayudarla y también para dejar claro que la que se casaba era más que su sobrina, era su hija adoptiva.

Desde ese momento la relación con mi abuelo Gordo y la familia de mi papá nunca fue muy estrecha. Más si consideramos que el abuelo le decía a Matilde que no se casara, para qué, con qué necesidad. Él pagaba la categoría más alta de los autónomos para la jubilación y en esa época la hija soltera cobraba la pensión si su padre moría y no estaba casada. Le decía: “Vos trabajás y ganás bien, te va a quedar mi pensión, estás mejor sin marido”.

Claro está que mamá no lo escuchó.

Papá quería comprar un televisor en lugar de realizar el viaje de luna de miel. Mi mamá se negó terminantemente. Ella acostumbraba a salir de viaje en sus vacaciones. Papá, no.

El único viaje que había hecho hasta ese momento era el que lo llevó a Concepción del Uruguay, Entre Ríos, cuando hizo el servicio militar.

Viajaron a Tandil y a Mar del Plata en su viaje de bodas. Papá conoció el mar. Igual que había pasado años atrás con mamá, la ciudad lo enamoró. Se convirtió en costumbre viajar todos los veranos.

Mamá contaba que los primeros años de casada fue muy feliz con toda la familia. La abuela marcó con claridad desde un principio el lugar de cada una. Mamá no podía cambiar de lugar un mueble o un adorno porque no era su casa, era la casa de su suegra. Matilde se acomodó a esto.

Tenían su espacio. La sala y el dormitorio que daban a la calle. Ese era su lugar. Tenía sus propios muebles, de estilo francés. Un juego de living con un bahiut que guardaba el juego de platos, copas y toda la vajilla que recibieron de regalo y también cosas que habían comprado. Su juego de dormitorio era del mismo estilo, una cama enorme, el ropero, la cómoda y el espejo.

Durante su primer año de casada siguió con algunos trabajos particulares, tuvo que renunciar al Sanatorio por pedido de mi papá. Él le decía que no era posible que ella se levantara a las cinco de la mañana y él entraba al banco a las doce del mediodía. Que eso no estaba bien, que no lo veía correcto. En realidad, creo que fue la excusa perfecta para convencerla de que renunciara y se convirtiera exclusivamente en ama de casa.

El Dr. Rufino falleció, por lo menos, un año antes del casamiento de mamá. Alguna vez la escuché decir que si el doctor no hubiera muerto la habría convencido de no casarse. No por mi papá. Por mi abuela.

Era una mujer difícil. Y mi mamá vivió feliz muchos años y llevándose bien con ella porque era una mujer muy tranquila y sumisa. Tenía la fuerte determinación de que su matrimonio funcionara y de que Cholo mantuviera la cercanía con su madre que tanto quería.

Creo que mi papá tuvo sólo dos actos de rebeldía ante mi abuela: ser peronista y casarse con mamá.

Y el anti peronismo era algo que unía a mamá con su suegra.

Mamá contaba que el Dr. Rufino se había enterado que pensaban echarlo del hospital por estar abiertamente en contra de Perón y que prefirió renunciar para no darles el gusto. Siguió con su consultorio hasta su muerte.

Para festejar la caída de Perón en el cincuenta y cinco, la abuela embanderó las ventanas de la calle. Se las quemaron. Las volvió a poner. Banderas y escarapelas que hacía en papel crepé. Se las quemaron, otra vez. Y otra. Y otra.

Algún vecino, de esos que todo lo saben, porque están en los dos bandos por las dudas, le dijo que la casa estaba marcada. Que se salvaron porque el gobierno había sido derrocado. ¿Información? ¿Amenaza? Creo que de todo un poco.

La abuela Cata siempre había querido una hija mujer y de a poco mamá la fue ganando. Si la abuela compraba una joya, compraba otra para Matilde. Si compraba un tapado de piel, compraba otro para Matilde. Así con todo.

Cuando tenían alguna reunión familiar las dos se “tiraban el ropero encima”, para mi abuela era muy importante que las dos se lucieran.

El tiempo fue pasando, la convivencia con su suegro y su cuñado era muy buena. El abuelo Chino la respetaba y cuidaba como a una hija y el tío Pascual, que era diez años menor que mi mamá, era como un hermano menor.

Pascual era pícaro, un poco mujeriego, era joven y disfrutaba su soltería y juventud a pleno. Muy distinto a mi papá, que siempre fue muy serio. Distintos pero unidos. Los hermanos se querían. Pascual le podía contestar a su madre sin ningún tipo de problemas. Pura le contó a mamá, que, en una oportunidad, durante una discusión con su madre, Pascual le dijo que ella no quería a Perón porque no podían convivir dos dictadores en un mismo país. Mi abuela le revoleó la escoba y él salió corriendo hacia la terraza, a la casa de Pura.

Finalmente, mamá dejó todos sus trabajos y se dedicó a la casa, en más de una ocasión nos dijo que se arrepintió de esto. No de casarse. Sí de haber dejado su profesión.

Matilde limpiaba la casa de Dean Funes de punta a punta, ella sola. Lo que antes hacía Julia, ahora era tarea de mi madre.

Julia, la prima hermana de mi papá, era la sobrina favorita de mi abuela. Era rubia, blanca, obediente y sumisa con ella. Por las fotos creo que se parecía a su tía Catalina. Durante mucho tiempo Julia ocupó el lugar de esa hija tan deseada. Frecuentaba la casa de Dean Funes, la limpiaba toda y mi abuela le hacía regalos, cosas valiosas y de calidad.

Cuando apareció Matilde las cosas cambiaron. Una vez que mi mamá ocupó su lugar de esposa y nuera y ama de casa sin casa propia, Julia ya no era necesaria.

Pura le contó a mi madre que Julia, después del casamiento de mis padres, le había dicho, “un día voy a dejar de venir para siempre”.

La abuela quería a su sobrina, pero ya no era lo mismo. En una reunión hubo una discusión entre el abuelo Chino y el marido de Julia y no volvieron más. Esa pelea fue la razón del alejamiento y creo yo, a la distancia, por todo lo escuchado durante años, la excusa que buscaba para no volver.

A Matilde le gustaba mucho coser y tejer. Era casi una adicta a las mercerías y compraba hilos de todos los colores, “por las dudas”. Tenemos todavía hilos sin estrenar, con su envoltorio original.

Hizo cursos de tejido y en especial de corte y confección. A pesar de que cosía desde muy joven, siempre quería aprender más. Nunca le parecía suficiente.

Compraba moldes en una casa en el microcentro que se llamaba “La casa de los moldes”, cuando éramos chicas la acompañábamos con mi hermana. Tenían grandes carpetas con los bocetos de las prendas para elegir. También calcaba los moldes de revistas de costura como “Temporada” y “Burda”. Eran verdaderos laberintos de líneas de distintos colores, muchas veces la ayudé en esa tarea.

Una vez me hizo un tapado hermoso con un molde que la diseñadora Elsa Serrano publicó en “Para ti”. La confección era impecable, en ese tiempo iba a un curso de sastrería en una escuela nocturna. El profesor era un sastre que le enseñó a hacer el picado de solapa.

También estudió tapicería y no sólo retapizó nuestras sillas y restauró alguna mesa antigua heredada de mis abuelos paternos, realizó el tapizado de las sillas de la casa del sacerdote de la parroquia San Cristóbal y cuando el Obispo fue a visitarlo se quedó admirado por la calidad de su trabajo.

Era meticulosa y prolija, siempre lo había sido. Pero sin duda su paso por la sala de operaciones y su profesión de enfermera pulió con los años esa motricidad fina y su detallismo.

Volviendo al tiempo del relato, dos años después de su casamiento, nació mi hermana María del Pilar. El primero de diciembre de 1959. Tres meses y dieciocho días después, el 19 de marzo la bautizaron. El día de San José. Sus padrinos fueron la abuela Cata y el abuelo Paco.

El tío Pascual tenía una novia que se llamaba Nené. Mamá contaba que él estaba muy enamorado, por ella dejó de jugar al fútbol. Su sueño era ser profesional y se estaba entrenando en River.

No sé bien si alguien le avisó o si fue casualidad o la siguió o qué pasó. Pero un día la encontró en una plaza cerca de la casa de ella con otro hombre. Se estaban besando y abrazando, ahí a plena luz del día. Su novia lo estaba engañando. Los encaró y decidió que todo terminaba ahí.

La abuela Cata se desesperó. No podía soportar la idea de que Pascual la dejara. Mi tío le explicó la situación, pero ella insólitamente estaba del lado de Nené. Nunca entendí esta historia. Mi mamá decía que nadie en la casa la entendía. Ni ella, ni papá ni el abuelo. Pero Cata no quería que la gente dijera que él la había abandonado y ella se había consolado con otro hombre. Prefería que su hijo fuera el abandonado y que ante todos quedara como cornudo antes de que dijeran que él no tenía palabra y había dejado a su novia.

La abuela era muy orgullosa y le preocupaba la mirada y las palabras de los otros, el “qué dirán”. Rezaba porque Nené se casara pronto. La abuela fue a ver a una mujer que tiraba las cartas para que la ayudara y le dijera qué iba a pasar. Hasta donde yo sé, fue la única vez que consultó a una adivina o lo que sea. Mamá la acompañó y cuando se iban la mujer le dijo que mi abuela terminaría en silla de ruedas. Hacia el final de su vida ya no podía caminar.

El tío estaba harto y les dijo a mis padres que estaba dispuesto a irse de la casa si su madre continuaba con esa actitud.

Mi mamá habló con el abuelo Chino y le dijo, “hable con su mujer y póngase firme si no quiere perder a su hijo”. Tal vez fue la única vez que el abuelo se enfrentó a su esposa.

Finalmente, Cata tuvo suerte y Nené se casó con ese hombre. Con el que le había sido infiel a mi padrino.

El tío Pascual trabajaba en la fábrica Siam y conoció a una muchacha muy bonita allí. Beatriz Querejeta. Hija de Emilio, músico, bandoneonista, y de Quita, ama de casa. Obviamente a mi abuela no le gustaba. Cuando las familias se conocieron, al saludar a los padres de Betty les dijo algo así como “es demasiado pronto”. Don Emilio le contó esto a su hija y le preguntó cuál era la situación de Pascual. Pensó que era viudo o separado y no le había dicho.

Pero no, mi abuela guardaba una especie de “luto” por la ruptura de su hijo y Nené, cuando ésta ya se había casado. Nunca lo pude entender.

Pascual y Betty se casaron en el sesenta y cuatro. La tía Betty era joven, catorce años menor que mamá. Ella también dejó de trabajar y fue a vivir a la casa de Dean Funes.

A diferencia de mamá luchó a brazo partido por tener su propia casa. No tenía intenciones de quedarse en la casa de su suegra para siempre.

Mamá y Betty se llevaban muy bien. Y fue ella la que en cierta medida le abrió los ojos a Matilde sobre algunas actitudes de la abuela. Mi madre decía que hasta que ella llegó había vivido muy feliz, que no se daba cuenta o dejaba pasar actitudes autoritarias de mi abuela. Priorizaba la unión de la familia y su matrimonio. Tenían vidas muy distintas y mi mamá estaba marcada por su historia. Por eso aguantaba y dejaba pasar. Siempre fue así.

La tía Betty le insistía en que debía luchar por tener su propia casa y papá decía que le llenaba la cabeza. En realidad, era un buen consejo, pero no podía hacer mucho por lograrlo.

El primero de febrero de 1965 nací yo. Cuando mi hermana tenía cinco años. Ella quería tener una hermanita y mamá me decía que siempre me pidió. Se negaba a ir al jardín de infantes porque tenía miedo que el bebé llegara y no estar para verlo.

Las dos nacimos en el Policlínico Bancario, en tiempos en que era un lugar de enorme calidad.

Las mujeres se debían quedar varios días en internación en esos tiempos, Betty se encargó de mi hermana María del Pilar. Pero se desató una gran tormenta y mamá temía por su hija en casa. Matilde y su eterno miedo al viento. Se levantó de la cama y fue hasta el teléfono público. Al verla, en camisón, con su andar lento porque se estaba recuperando de mi nacimiento, la dejaron pasar primero. Habló a la casa le dijeron que estaba todo bien y que se quedara tranquila. Cuando terminó y colgó el teléfono, se cortó la luz y las comunicaciones. Nadie más pudo hablar.

Mi nacimiento se adelantó dos semanas. Mamá había estado limpiando toda la casa y no estaba bien. Cuando la llevaban a la sala de partos le dijo a la obstetra “no creo que también nazca el primero”, pero a las 23:15 horas, antes que el primero de febrero se esfumara, llegué.

Con menos peso que mi hermana y más morocha. Con pelo oscuro y largo, casi por los hombros. Mamá pidió que me pelaran y creo que papá ya me vio así, más “presentable”.

Igual que mi hermana, mi bautismo fue el 19 de marzo, tenía un mes y dieciocho días. Mi mamá quiso repetir la fecha para ponernos a ambas bajo la protección de San José y porque era el santo de mi papá, José Antonio.

Como todos los bebés, en los primeros días bajé de peso y además la alimentación no fue la misma que recibió mi hermana. El susto por esa tormenta que pensó que era un tornado, eso decían algunas enfermeras del policlínico, le cortó la leche de sus pechos. Eran otros tiempos. Si se cortó, se cortó, punto final.

Mamá me contó que como no tenía leche me preparaba la mamadera y me la daba siempre en sus brazos. Ponía la tetina de la mamadera cerca de su pecho para que yo sintiera que estaba tomando la teta, como lo había hecho mi hermana. Nunca me dejó con la mamadera en la cuna tomando sola, siempre me alimentó en sus brazos. Aunque algunas voces decían que exageraba, que no era necesario.

Así como antes de mi nacimiento estuvo trabajando en la casa, lo mismo pasó al volver conmigo recién nacida. Mi hermana me cuenta que discutía con papá cuando volvía del trabajo. Seguramente lo sabe por mi mamá, ella sólo tenía cinco años. Le decía que no podía con todo, la casa, los pañales, que la abuela no ayudaba. Seguramente él estaba del lado de su madre, como siempre.

Betty ayudaría, pero como no le gustaba estar en esa casa, se iba todos los días con su madre. Tal vez era una forma de presionar aún más a mi padrino para lograr la independencia y la casa propia.

Cuando tenía dos meses enfermé de rubeola. Mamá y la tía Betty se turnaban para abanicarme porque lloraba por la picazón.

En el año sesenta y siete nació mi prima Rosana, la hija de Pascual y Betty. Para ese entonces ya no vivían en Dean Funes, tenían su propia casa. La tía había logrado su objetivo de no vivir por siempre con su suegra. Rosana era ahijada de mi mamá.

En ese mismo año, durante un cateterismo muere el abuelo Paco.

Yo no lo recuerdo. Tenía dos años. Lo conocí por fotos. Para mi mamá fue devastador. Murió su padre elegido. Se enojó con Dios y no pisó una iglesia por tres años. Cuando lo contaba decía que el dolor la partió y que con el paso del tiempo entendió que no era quién para cuestionar a Dios por más triste que estuviera.

Dos años después, en el sesenta y nueve, se casó el tío Coco con Martha. Mis recuerdos de esto son sólo los dichos de mi mamá. Era su primo hermano. El preferido. Su primo hermano más hermano. El que cuidó desde su nacimiento en San Pedro. Él hablaba de Matilde con sus amigos, ellos la conocían o por los dichos de Coco o por haberla visto. Cuando en el casamiento conocieron a la tía Ñata, se sorprendieron porque creyeron que mi mamá era su única hermana.

El tío Coco y su esposa eran contadores públicos. Él fue el primer universitario de la familia y el gran orgullo de su madre.

Rápidamente, por su trabajo, se forjó una buena posición económica que lo distinguía del resto de la familia. De Montes de Oca pasaron a Arenales, en Barrio Norte. Dos departamentos, uno para la abuela Mimí y el otro para los tíos. Tuvieron dos hijos, María Martha y Fernando.

Cuando nació María Martha fuimos a verla al Sanatorio y me acerqué a la tía y le pregunté: “¿te dolió?”. Tenía seis años y lo recuerdo perfectamente. Ella me respondió muy amorosa. Yo la veía a la tía Martha y pensaba que era un modelo a seguir. Lo tenía todo. Profesión, esposo, hijos, era elegante, vestía bien, había viajado. La admiraba.

En el mismo año del casamiento de Coco y Martha, a mis cuatro años, mis padres compraron el departamento de Mar del Plata.

Estábamos caminando por la Av. Colón y mi hermana se tropezó y cayó. La vereda estaba rota por la obra. Había un departamento modelo para la exhibición. El vendedor se acercó y le ofreció una silla a mi hermana. Empezó a charlar con mi papá y terminó vendiéndole el departamento a crédito. En algún momento pensó en dejarlo porque le estaba costando mucho, mi mamá se negó. Él tenía dos trabajos para poder pagar. El banco y la contabilidad del negocio y fábrica de electrodomésticos dónde en ese momento trabajaba su hermano Pascual.

Poco tiempo después mamá tomó la decisión de adoptar una perrita. Mi abuela Cata había tenido una hacía muchos años, conservaba una foto en un portarretrato. Mi hermana y yo teníamos pánico a los perros y no podíamos caminar por la calle, debíamos cruzar de vereda cuando veíamos aparecer un perro. Yo recuerdo el terror que sentía. Mamá dijo que la única forma de solucionar el tema era traer a un perro a la casa, ella prefería una hembra.

En la fábrica donde papá trabajaba junto con mi tío, había un perro manto negro, pastor alemán. Enorme. Adoraba a mi papá. Había tenido cachorros con otra perra de la misma raza y le ofrecieron uno, pero mamá no quiso. Era muy grande y no funcionaría, según ella, para tratar el miedo que sentíamos.

La tía Ñata le dijo que había una perrita, mestiza, chiquita. Que el vecino que la tenía ya había ubicado a todos los cachorros menos a ella y que si no le conseguía familia pronto la ahogarían en el bañado de Quilmes, donde vivía la tía. Mamá le dijo que la trajeran. Llegó un día 13, el número favorito de Matilde, y la llamó Trixy.

Cuando llegamos del colegio ahí estaba, chiquita, inquieta, saludándonos moviendo su colita. Mi hermana la abrazó al instante, yo grité, me asusté, me subí a una silla, le tenía pánico. Comía arriba de la mesa, no me podían convencer de que estaba a salvo. La primera noche durmió al lado de Matilde en un cajoncito. Precursora del colecho.

De a poco me fui acercando. Al principio no podíamos estar juntas en la misma habitación. Parecía que ella sabía que era la que faltaba conquistar. Mamá comenzaba a pensar que mi miedo no se solucionaría, hasta que un día mi hermana me ayudó a acariciarla y ahí comenzamos nuestra relación.

Pura se apoderó de la perra, era nuestra pero también de ella. La abuela decía que había hecho lo mismo con su perrita, que por eso después no quiso tener más.

Para el primer día de la madre con Trixy en casa, la revista Anteojito regalaba un collar de perlas de plástico para que los chicos le entregaran a sus mamás. Nosotras se lo regalamos en nombre de Trixy.

Cuando cumplió un año, le preparamos su fiesta de cumpleaños, y mamá fue a comprar el cotillón y le preguntaron “¿Cuántos años cumple la nena?”

Pocos años después un día que mamá salió a hacer las compras volvió con la mercadería y un ¡gato! Gris, bonito, muy chiquito. La gata de la carnicería, llamada Rebeca, había tenido cría y la señora sólo regalaba los gatitos a gente de su confianza. Mi hermana lo llamó Michel. Yo lo amaba, pero él adoraba a mi hermana. Cuando nos íbamos al colegio siempre desaparecía alguna prenda de las que se colgaban para secar en la soga y cuando mamá revisaba era algo de mi hermana, una media, una remera, lo que sea. Pronto entendió que cuando faltaban esas cosas tenía que buscar a Michel y lo encontraría abrazando la prenda desaparecida a la espera de la llegada de María del Pilar.

Mi tía Angélica nos ofreció un jilguero, porque uno de sus cuñados los cazaba. Matilde aceptó enseguida. Cuando papá llegó ese día del trabajo dijo, “listo ya tenemos el zoológico completo”. Porque también teníamos pececitos.

Los viajes a Mar del Plata se hicieron más fluidos al tener el departamento. Verano, vacaciones de invierno, Semana Santa. Siempre que se podía íbamos para allá. Yo, feliz. Mi hermana, no. Siempre protestaba. No quería ir. Se aburría. No le gustaba. Era discutir permanentemente porque quería ir con alguna amiga y mis padres no querían. El departamento era chico y la responsabilidad de cuidar una niña ajena era grande.

Un verano fuimos con mi abuelo Chino y sin papá. Él se reuniría con nosotros después. Querían que aprovecháramos más tiempo en la costa y él no podía por el trabajo en el banco. Fueron también Beba y su hija Olguita. Beba era sobrina del abuelo Paco y Olguita, para nosotras, una prima más.

Nos enfermamos todas. Tos, resfrío, fiebre. Yo le decía a mi mamá que era porque no había viajado papá, “no volvemos más sin el gordito de la suerte”. Para mi hermana fue un verano más entretenido porque estaba con Olguita.

Así como mi hermana protestaba por los veranos, mi papá protestaba por las navidades.

Este era el motivo por el cual mamá recordaba con tanto amor y alegría sus navidades de soltera. Como dije antes, eran menos conflictivas.

La nochebuena la pasábamos con la familia de mamá y fin de año, con la familia de papá. 25 de diciembre y 1 de enero se pasaban en casa, en Dean Funes.

Mamá sólo esperaba compartir el 24 por la noche con su familia, ¿era tanto pedir? Papá protestaba. Yo era chica y esperaba todos los años que mamá ganara. Lo hacía.

Yo sabía que Papá Noel pasaba por la casa del tío Coco, ¿cómo me encontraría si me quedaba en casa?

Después de la muerte de Paco, el tío Coco se convirtió en el anfitrión de la nochebuena de la familia. Papá no se sentía cómodo con él, se juntaba en esas reuniones con el tío Tito. Era la única manera de pasar la noche.

Era una sola noche al año. Podía hacer ese sacrificio por mamá, cuando ella dejó tantas cosas de lado por él y su matrimonio.

A mis ocho años, en 1973, el abuelo Chino, el abuelo Gordo y Osvaldo murieron. Fue un año durísimo. Cambió la vida de todos, especialmente la de papá.

El abuelo Gordo venía pocas veces a Dean Funes de visita, a almorzar. Yo era chica, pero recuerdo que el clima se enrarecía. Nadie estaba cómodo. No lo recibían bien. Mamá hacía lo que podía, toda la casa en contra. No se lo hacían fácil. Ni a Matilde ni a su padre.

Hacia el final de su vida estuvo en un hogar, después de vivir sólo por un tiempo. La tía Angélica fue la que más se dedicó a él. La relación era otra, más cercana y fluida con ella.

Cuando lo veía en casa no interactuaba mucho con él, casi me daba miedo. No tanto por el abuelo. La situación y el nerviosismo de mamá me llegaban y, siempre, lo que a ella la lastimaba, me lastimaba. Yo la quería feliz.

El abuelo Gordo había perdido todo su dinero, que no era poco, por el juego. Una tarde fuimos a visitarlo al hogar con mamá, es un recuerdo tan claro, tan nítido en mi mente. Yo tendría siete u ocho años. Me sentó en su regazo. Me acariciaba el pelo y con su dedo índice golpeteaba mi nariz mientras me decía “mi morronguiña”. Estaba extasiada, hipnotizada por ese hombre que era mi abuelo, pero a la vez era una persona lejana. Comprobé en carne propia que era magnético. Tenía una medalla en forma de corazón, de esas que se separan y guardan en su interior una imagen o foto pequeñita. Me la regaló esa tarde. Era dorada. Un metal cualquiera. Sin ningún valor material. Es uno de mis tesoros, todavía la conservo y evoco esa tarde inolvidable.

Cuando el abuelo Gordo murió estábamos de vacaciones en Mar del Plata, la tía Angélica le pidió a mi tío Pascual que nos avisara para que mamá viniera al sepelio. Año 1973. Otros tiempos. No teníamos teléfono en el departamento y él quedó en enviar un telegrama. Nunca nos enteramos. Lo supimos al regresar. La tía se enojó con mamá. Todo fue confuso.

Nunca supimos a ciencia cierta si Pascual mandó o no ese telegrama, si papá lo recibió y lo ignoró, mamá siempre dijo que la noticia no llegó.

Osvaldo, el esposo de Pura, estaba enfermo de Parkinson. Mamá la ayudaba con los cuidados. Era un abuelo postizo. Estuvo enfermo mucho tiempo y en ese mismo año, murió.

El abuelo Chino tenía que cuidarse en las comidas. Lo habían operado un tiempo atrás por un supuesto tumor en el hígado que resultó ser grasa. Pero eran otros tiempos, no sabemos qué tenía, pero siempre tenía problemas digestivos. Era de buen comer y como estaba mucho tiempo afuera de la casa comía lo que quería en River o en el Mercado de Abasto donde tenía amigos o en algún bar.

Tenía muchos amigos y conocidos. No se podía dar un paso por la calle con él porque se detenía a cada instante para saludar a alguien. Cuando estuvimos en Mar del Plata, era imposible caminar en su compañía porque encontraba conocidos por todos lados. Especialmente gente del club.

Mamá lo cuidaba rigurosamente. No era fácil en una casa de buena comida. Matilde contaba que volvía de la calle y le preguntaba, “qué comió”, “nada, nada” decía él y ella le marcaba la mancha que tenía en el saco o la camisa. “No me puede engañar, no sabe mentir, mírese la ropa”.

Sus dolores gástricos se hacían cada vez más intensos y él no se cuidaba. Un día estando dolorido llegó a la casa de Betty y le pidió Sertal, ella le dio las gotas. Luego se fue a la casa de un amigo y allí tomó más gotas. Llegó a casa y volvió a tomar. Se descompensó. Llamaron a una ambulancia. Nos dijeron a mi hermana y a mí que nos quedáramos en la sala hasta que nos avisaran. Mi hermana obedeció. Lo peor que podían decirme era que no podía mirar, me escondí detrás de la cortina y vi pasar la camilla con mi abuelo. Fue la última vez que lo vi. No volvió de la internación.

Matilde una vez me contó que escuchaba a dos personas llorando en el patio, éramos Trixy y yo. Abrazadas en el descanso de la escalera, ella rodeándome con sus patitas y gimiendo acompañando mi llanto. Mi pequeña perrita.

Los médicos dijeron que murió por la sobredosis de Sertal, una cantidad que lo envenenó, esa expresión usó la médica de guardia que lo ingresó en el Hospital Italiano. Lo habían derivado del Policlínico Bancario porque no tenían terapia intensiva. Los pies se empezaron a oscurecer y los dolores no calmaban. La familia no podía entrar ni verlo en terapia.

No sé cuánto tiempo estuvo internado. Un día llegaron y les informaron que había muerto pero que lo habían llevado a la morgue del hospital porque necesitaban la cama.

Había que reconocer el cuerpo. Mi papá como su hijo mayor se hizo cargo.

En la camilla de la morgue vio al abuelo Chino. Su padre había muerto.

Ese padre que a diferencia de la abuela Cata era alegre y cariñoso, que lo había apoyado cuando quiso casarse con Matilde, que defendió a su hijo menor cuando Cata no aceptaba su separación de Nené, que era un abuelo amoroso y cariñoso con sus nietas, un poco más con María del Pilar su nieta mayor. Su papá, con el que por las noches después de cenar, charlaban en el patio mientras fumaban un cigarrillo. Su papá había muerto y mi papá estaba allí parado frente a su cadáver.

Cholo empezó a morir ese día.

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Capítulo X: Querido papá, el próximo martes 1 de septiembre de 2026.

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© 2026 – Cata Lina
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