CAPÍTULO VIII: Mi papá, José Antonio
Mi papá, José Antonio di Francesco, nació el 11 de marzo de 1924. Era conocido por todos como Cholo. Vivía con su familia en Dean Funes 723, en el barrio de Balvanera, en la Capital Federal.
Era una casa grande, todas las habitaciones daban al patio. Tenía como cincuenta metros de fondo y una terraza donde había un pequeño departamento. El frente tenía una puerta de madera y dos ventanas grandes.
Allí vivían mis abuelos Catalina Mazzeo y Antonio di Francesco, mi papá y su hermano once años menor, Roberto Pascual. El tío Pascual fue mi padrino de bautismo.
La abuela Cata era una mujer de mucho carácter, la matriarca de la familia. Ella mandaba y mi abuelo veía a través de sus ojos. El abuelo Chino, así lo llamábamos, era un hombre muy alegre y divertido. Un gran papá y un gran abuelo.
Mi abuela era italiana, había nacido en Cattanzaro, Calabria en 1901 y llegó a Buenos Aires con su familia cuando tenía tres años. Mi abuelo Chino que también era de familia italiana era el único que había nacido en Argentina, siempre decían que habían escrito mal el apellido en el registro civil. Que habían escrito “di Francesco” en lugar de “Di Francesco”. Él era el único que tenía el apellido distinto del resto de su familia. Nunca le dieron importancia porque decían “no hay ninguna herencia que reclamar”.
Mis bisabuelos le habían elegido a Catalina un esposo. El papero del mercado. Tenía su propio puesto y era italiano. A ella no le gustaba. Conoció al Chino en un carnaval, todos vivían por la misma zona, entre los barrios de Balvanera y San Cristóbal.
La abuela era bonita, le gustaba arreglarse. Llamaba la atención en el barrio cuando pasaba, imposible no notar su presencia. Cuando fue con su familia a pasear por el corso, Chino la vio. No sé si fue la primera vez, pero no dejó pasar la oportunidad de llamar su atención y mientras otros tiraban papel picado, él decidió ¡tirarle agua!
Una osadía. Ella siempre impecable y coqueta, se molestó… pero él logró que lo observara. Comenzaron un cortejo como en esos tiempos, miradas, sonrisas cuando se cruzaban. Él se animó a hablarle y vio que era correspondido en sus sentimientos. Pero no sería tan fácil.
Llegó el momento de cumplir con la palabra, el papero esperaba. Catalina siempre tuvo mucho carácter. Mucho. No sé si me explico. Mucho.
Sus hermanos decían que cuando era pequeña si no cumplían con alguno de sus deseos o caprichos se tiraba del pelo y se lo arrancaba. Después no sabían cómo peinarla para que no se notara lo que había hecho.
Se negó a casarse. No lo haría y no había forma que lograran convencerla. Les habló a sus padres del Chino, zapatero remendón. ¿Cómo podía despreciar un buen futuro con el papero del mercado que tenía un buen pasar económico? ¿Cómo se atrevía a desafiar a su padre que había comprometido su palabra?
Su mamá, mi bisabuela Catalina Monteleone, apoyó a su hija. Convenció a su esposo y los abuelos se casaron en 1922. En el veinticuatro nació Cholo y en el treinta y cinco, Pascual.
Vivían en una casa de inquilinato, esa casa era la de Dean Funes 723. Con el paso del tiempo y a medida que los inquilinos se iban, ellos fueron ocupando la casa hasta ser los únicos inquilinos.
El dueño iba a cobrar el alquiler y mi abuela lo hacía pasar. Él veía con cuanto esmero cuidaba su propiedad, le servía un café y le pagaba. Siempre con respeto. Este hombre tenía varias casas. Cuando en el primer gobierno de Perón por un decreto se decidió la rebaja de los alquileres y la penalización a los rentistas que quisieran aumentar o desalojar, especialmente, a familias con niños, mi abuela siguió tratándolo con el mismo respeto.
No creo que tuvieran un contrato por escrito, no lo sé, pero siguieron pagando con regularidad y dándole el trato respetuoso de siempre.
Un día este hombre le dijo a mi abuela cómo era maltratado y hasta humillado por sus otros inquilinos, que cuando le pagaban, si lo hacían, le tiraban la plata en la cara y no lo dejaban pasar.
Tampoco creo que este señor fuera un alma caritativa, hacía su negocio y tal vez con algunos habrá sido abusivo. ¿Reaccionaban así contra él sólo por ese decreto que los favorecía o le convidaban un plato de la misma sopa que él les había hecho tomar?
Desconozco la respuesta. Sí sé que lo unía a mi abuela el profundo sentimiento antiperonista de ambos y decidió que le vendería la casa en cuotas, pagando durante no sé cuánto tiempo algo más de lo que era el alquiler. Finalmente, eran propietarios.
La casa tenía dos habitaciones y una cocina muy chiquita en la terraza. Bajando la escalera había un pequeño baño. Todo eso lo alquilaban mis abuelos a un matrimonio: Pura, gallega, y Osvaldo. Fueron, para mi hermana y para mí, abuelos postizos.
Mi abuela tenía algunos encontronazos con Pura. Chocaban porque a Cata no le caían bien los gallegos.
Mi abuelo trabajaba como zapatero remendón y también en una fábrica de calzado.
Ferviente hincha de River, socio del club y amigo de algunos dirigentes. Entre ellos un importante otorrinolaringólogo. Trabajó como control en la entrada de la cancha y cuando empezaba el partido vendía en la tribuna chorizos a la pomarola. Hacía de todo para ganar suficiente dinero para que mi abuela tuviera todo lo que quisiera.
Cuando comenzaron a venderse terrenos alrededor de la cancha, Antonio Liberti, quien hoy le da nombre al Estadio Monumental, le dijo al Chino que vendiera la casa y comprara un lote para construir allí.
Obviamente mi abuela se negó y no pudo cumplir su sueño de tener su casa en lo que hoy se conoce como Barrio River.
La vida de mi mamá transcurría entre el Sanatorio, sus trabajos particulares, su familia de crianza, su padre, su hermana, sus ahijadas, sus amigos.
Era simpática y bonita, no puedo ser objetiva, para mí era bella. Muy sociable y siempre activa. Tenía algunos pretendientes y algunas señoras, vecinas o conocidas de la familia, que la querían como nuera.
Comenzó a trabajar en el consultorio del Dr. Rufino como su asistente, la había recomendado alguna enfermera del Sanatorio que ya no podía seguir trabajando con el doctor.
Aplicaba inyecciones, tomaba la presión, acompañaba al doctor en lo que necesitara para realizar su práctica médica.
El consultorio estaba en la esquina de Dean Funes y Chile. Un caserón enorme donde el doctor vivía con su hermana. Los dos solteros. Ella era muy amable con mamá y manejaba la casa y el consultorio de su hermano.
Cholo tenía 28 años, un año más que Matilde, y trabajaba en el Banco Holandés Unido. La habría visto varias veces cuando salía del consultorio y caminaba por Dean Funes hasta la esquina de la Av. Independencia para tomar el tranvía o tal vez acompañó a la abuela Cata al médico, era paciente del Dr. Rufino.
Se paraba en la puerta de la casa y la veía pasar. Sólo la miraba. La empezó a saludar, pero ella no le contestaba. ¿Quién era? No lo conocía… un atrevido.
Era de estatura promedio, más alto que mamá. Un poco gordito, robusto, pelo oscuro, ojos marrones y una sonrisa gardeliana que iluminaba su rostro. Vestía de traje y corbata por su trabajo en el banco. Siempre odió las corbatas.
Algún día correspondió a su saludo con una mirada, tal vez se sonrió. Papá se apresuró y subió al tranvía para acompañarla. Empezaron a conversar.
Matilde le contó al Dr. Rufino. Él lo conocía y le dijo: “es muy buen muchacho, pero la madre… no la vas a querer de suegra”.
A mi abuela le gustaba mucho el oro, no usaba fantasías. Tenía un joyero que le vendía a crédito.
Ya con su casa paga pudo dedicar ese dinero que no necesitaba para la vivienda, más el alquiler de Pura y Osvaldo, en comprar cosas para ella y la casa. Joyas, ropa, muebles, cristalería. Sobre todo, cosas que puedan ser lucidas. Le gustaba mostrar.
Papá invitó a mamá a una confitería para tomar algo y charlar. Le preguntó si fumaba y le dijo que no. Después Cholo le dijo que si hubiera fumado no seguía con ella.
Le gustaban las mujeres tradicionales, a la antigua, bien antigua. Mamá no fumaba y podía tomar una copa en una fiesta o el vino que acompaña la cena. Vestía de manera formal, moderna, pero discreta y nunca le gustaron los escotes. No por él, así era ella.
Comenzaron una relación seria, un noviazgo con días y horarios de salidas y visitas. La abuela Mimí era muy estricta con mamá, tal vez más que con su propia hija, siempre sintiendo que tenía que demostrar que el hecho de que fuera su sobrina no hacía que la cuidara menos.
A los dos meses de comenzar su relación, papá le dijo que debían terminar. Que estaba muy enfermo, del corazón, que no quería que ella fuera su enfermera. La dejó.
Mamá estaba desconcertada, todo iba muy bien. Tenía otros pretendientes, de más dinero y mejor posición social, pero él era distinto, se sentía confiada y cómoda con ese hombre que acababa de dejarla.
Papá no mintió. Su corazón estaba mal, se rompió ante la exigencia de mi abuela de terminar con Matilde. No aceptaría a una gallega en su familia, de ninguna manera.
Mi abuela quiso hacer con él lo que no permitió que hicieran con ella. Elegir a su esposa.
Papá no tenía novia a los veintiocho años, casi un solterón. Por ese entonces su hermano Pascual tenía 17 años. No estaba en la mira, pero mi papá, sí. Por su carácter introvertido y su seriedad pensaron que no se casaría. Tuvo filitos, como se decía en la época. Nada de importancia, relaciones pasajeras. Una sola chica fue su novia por poco tiempo. Era judía. Mi abuela no la aceptó y terminaron.
Creo que los parientes, los paisanos y los vecinos de mis abuelos pensaban que la situación económica de la familia era mucho mejor. No estaban mal. Papá era bancario y eso lo transformaba en un hombre codiciado, un buen partido. Eran propietarios de su casa y tenían inquilinos, mi abuela lucía sus alhajas, sus pieles, y la familia tenía su propio palco en el estadio de River, otra muestra de buen pasar. La abuela Cata tenía varias candidatas para elegir como nuera, hijas de paisanos, chicas de buenas familias italianas.
Las compañeras de mamá se indignaron al enterarse que la había dejado. Las más cercanas, no iba a contarles a todas lo que había pasado. Estaba confundida. Alguna de las chicas le decía que lo de la enfermedad sonaba a cuento. No se equivocaba.
Dos meses después de la separación, papá llamó por teléfono a Montes de Oca. La vecina atendió y fue a buscar a mamá, “es Cholo, ¡atendelo!”. Un poco renuente, habló con él y quedaron en verse. Él le dijo que sus chequeos médicos estaban bien y que quería retomar la relación. Volvieron.
No sé si con el tiempo hablaron sobre la verdad de la ruptura. Mamá se enteró de todos los detalles después de casada porque Pura le contó.
Le dijo que la abuela le hizo un escándalo, que no quería saber nada con ella porque era hija de gallegos, que nunca la aceptaría. También le dijo que papá estaba muy mal. Él adoraba a su madre y no podía enfrentarla, lo sentía como una falta de respeto que no se permitiría jamás.
Papá le advirtió que no iba a casarse con ninguna de las candidatas que ella le buscara. Que se quedaría soltero. Que era Matilde o ninguna. Seguramente apoyado por su padre, la pudieron convencer.
Corría el año 1952 y ya novios formales, reanudaron las salidas y visitas. Cine, teatro, cenas. Mi abuela Mimí no quería que volviera muy tarde a la noche si salían, ella se levantaba para ir a trabajar muy temprano y si tenía franco tampoco, porque qué iba a decir la gente de que regresara a la casa a cualquier hora acompañada por un hombre.
Mi abuelo Paco apoyaba estas medidas de cuidado hacia su sobrina, pero lo cierto es que confiaba en ella y también en papá al que aceptaron desde el principio sin objeciones.
Mamá contaba que una vez fueron al cine a ver una película. Tarántula, estrenada en 1955.
La abuela Mimí le dejaba algo de comer en la cocina por si quería “picar” algo antes de acostarse. Llegó tan aterrada que corrió a su habitación y se metió en la cama tapándose con las sábanas hasta la cabeza.
Durante su noviazgo nacieron Mirta y Elisa. Ahijadas de mamá. El trato de papá con toda la familia fue fluido y grato.
Había que entender una historia algo enredada, donde había un padre biológico y un tío que fue su principal figura paterna. Donde había primos que se criaron como sus hermanos menores y una hermana de sangre que no tenía su misma madre, pero que eran muy unidas.
Papá tenía muy buena relación con Tito, Eduardo y con el abuelo Paco, el tío de mamá. No tengo muy clara su relación con el abuelo Gordo. Creo que algo ahí no cerraba. Quizás era difícil entender los años de ausencia en la vida de la que ahora era su novia o tal vez el magnetismo del abuelo funcionaba sólo con las mujeres y no logró conquistar a papá.
Estuvieron cinco años de novios y decidieron casarse. Como era de esperar primero se comprometieron, Cholo le regaló un cintillo de oro y brillantes e hicieron una gran fiesta.
Mamá tuvo cinco despedidas de soltera con sus compañeras y compañeros del Sanatorio, vecinos y amigos. Las monjas del Sanatorio le regalaron en nombre de la comunidad un crucifijo para el dormitorio de estilo francés. Hoy me acompaña en mi habitación.
Entre los que entraban a vender en el Sanatorio, un señor le llevó para elegir el conjunto de camisón y bata de seda en blanco o rosa. Una de las hermanas, una de las monjas más jóvenes y empáticas con las enfermeras, le dijo: “Matilde, ¡el rosa! Es hermoso” y por ella lo compró. Sí. Era hermoso.
Nunca supe si durante ese tiempo papá le dijo que comprarían un lugar donde vivir al casarse o si siempre fue la idea vivir en Dean Funes.
Yo creo que mi papá nunca tuvo la intención de dejar su casa familiar. Era grande, había lugar para todos, y mi mamá aceptó. Mi papá no quería separarse de su familia de origen, especialmente de su madre. Él solía decir: “En este país está mal visto que quieras a tu mamá”.
Él le tenía tanto respeto y cariño. Y ella era tan absorbente que la combinación era, como mínimo, complicada. Cholo estaba formando su familia. Pero no deseaba independizarse de los suyos: quería sumar a Matilde.
Ella lo entendía. Había sufrido tanto por la pérdida de su madre y la ausencia de su padre. Había tenido una niñez con tantas humillaciones hasta que llegó a vivir con Consuelo y Paco. Aceptaba la postura de papá, lo entendía. No iba a ser ella quién lo separara de su madre.
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Capítulo IX: La vida de casados, el próximo martes 25 de agosto de 2026.
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© 2026 – Cata Lina
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