CAPÍTULO VII: Conocer a su padre
La última vez que mi mamá y su padre, el abuelo Gordo, estuvieron juntos fue cuando Matilde tenía un año y Pilar lo echó de la casa por su infidelidad.
Como dije antes, fue creciendo escuchando la historia de dolor y abandono de parte de un mal hombre que no merecía su perdón ni su cariño.
Mi mamá decía que cuando se enterara de su muerte se vestiría de rojo para celebrarlo.
Ya instalada en Buenos Aires y trabajando en el Sanatorio Otamendi, una mujer de Lugo, que tenía trato con la familia, de nombre Jesusa le dijo que conocía a Antonio, su papá.
También le habló de su mamá, de Pilar, no sé si la había conocido. Le dijo que las tierras de su madre en Galicia eran de las mejores de la familia. Supongo que habría diferencia entre los hermanos por los dos matrimonios del bisabuelo. Mi mamá desestimó el tema, ella pensaba que no estaba bien reclamar por una tierra que habían trabajado los que se quedaron y que Pilar dejó por tanto tiempo.
Igualmente, su tío Ceferino le mandó lo que le “correspondía” y con eso se compró una máquina de coser. Con el tiempo supo que era mucho más lo que tenía que recibir, pero no le importó.
Jesusa frecuentaba el Centro Lucense, mi abuelo Gordo fue socio fundador de esa institución y durante un tiempo presidente o vicepresidente del club.
Matilde quería conocerlo, ver su cara, memorizar su rostro. No tenía intenciones de tener trato con él, pero sí temía que un día se lo cruzara por la calle o lo atendiera como enfermera y no saber que ese hombre era su papá. No tenía ni una foto. Nada.
Mamá le pidió a Jesusa que se lo mostrara de lejos, no quería que él la viera. Se pusieron de acuerdo las dos en que el mejor lugar para hacerlo sería en el club. Matilde no le contó nada a su familia y salió de su casa para, por fin, ponerle un rostro a ese padre desconocido.
Llegó al club donde siempre se organizaban fiestas y comidas. Eran famosos sus carnavales con la presencia de distintos artistas y diferentes pistas de baile.
Había mucha gente, era sábado. Se encontraron con Jesusa en el lugar o fueron juntas, no lo sé.
La mujer circulaba por el club saludando a diferentes personas y presentando a Matilde. Nada era extraño, el club estaba lleno de paisanos de Galicia y otros lugares de España.
Se acerca a un hombre que estaba junto a una muchacha joven de cabellera negra, muy bonita. Se lo presenta y le dice: “Matilde, él es tu papá”
Se sintió traicionada por Jesusa. No sé qué fue de ella, si continuaron el trato o no. Nunca la conocimos y mamá sólo la nombraba por este episodio.
Mi abuelo quería conocerla. Corría el año cuarenta y siete, mamá ya era grande, 22 años, recién había comenzado a trabajar y estaba estudiando.
Supongo que pensó, y pensó bien, que ya no se podría interponer la familia de Pilar.
Nunca supe si Jesusa le comenzó a hablar del abuelo Antonio porque quería preparar el terreno a pedido de él para provocar un acercamiento. Yo creo que fue así.
El abuelo, que no tenía ni un pelo de tonto, fue al encuentro de su hija menor acompañado de Angélica, la hermana mayor de mamá.
Mi tía Angélica estuvo internada en un colegio de monjas desde muy pequeña hasta que finalizó sus estudios. No fue una experiencia grata por lo poco que contó, por ejemplo, la hacían arrodillar sobre maíz si se portaba mal. Una real tortura.
Ella amaba profundamente a su padre y nunca quiso hablar ni dar detalles de su infancia y su origen, recuerdo haberle preguntado alguna vez y no recibir respuesta. Se ponía muy nerviosa y algo molesta, siempre amable, pero poniendo un límite. Creo que el recuerdo le dolía.
Mi mamá tampoco sabía nada de esa etapa de la vida de su hermana y me pidió que no la incomodara con mis preguntas. Mi avidez por saber se ahogaba respetando los límites de la historia de los otros, esos otros que eran míos y formaban mi propia historia.
Antonio le presentó a su hermana, conversaron un poco, debe haber sido un momento incómodo. Especialmente porque no era lo que mamá esperaba. Tampoco Matilde hablaba mucho, pero yo puedo ser muy insistente cuando quiero y bastante información recabé en años y años de preguntas y charlas con ella.
No sé si mamá sabía de la existencia de su hermana o se enteró en ese mismo momento, no recuerdo que hayamos hablado de esto. Como sea debió ser muy impactante y movilizador para ella el encuentro.
Seguramente se sentiría rara, conmovida, emocionada, enojada, triste, rencorosa. Así la imagino. Fue criada con un mandato inquebrantable: no podía querer ni perdonar a ese hombre.
Pero ese hombre apareció acompañado de esta joven de 27 años que con una sonrisa le dijo que quería volver a verla.
Cuando se despidieron intercambiaron teléfonos y direcciones. Mamá no tenía teléfono en su departamento, una vecina del edificio se los prestaba. La tía Angélica le dijo: “el próximo sábado te voy a visitar”.
Llegó a su casa y le contó a la abuela Mimí lo que había sucedido. Me contaba que le dijo algo así como “mirá si esta va a venir de visita, si le caigo de ‘peludo de regalo’”.
Al siguiente sábado Angélica llamó por teléfono para anunciar su llegada. Fue con su novio, Eduardo. Charlaron, ¿habrán hablado de sus madres?, no lo creo. Era un tema sensible para las dos. ¿habrán hablado de su padre? Tal vez, no lo sé. Nunca pensaron igual con respecto a él.
Desde ese momento comenzaron una relación amorosa de hermanas, mi tía Angélica la visitó cada sábado. Cuando ya estaban muy grandes y no podían visitarse, hablaban telefónicamente a diario.
Recuerdo el día que sonó el teléfono y atendí en el dormitorio, mamá estaba en su sillón en el living. Era Gustavo, el esposo de mi prima Elisa, la hija de la tía Angélica, me avisó que la tía había muerto. Corté y pensé: “¿Cómo se lo digo?”. Me acerqué y me miró con ojos vidriosos, infinitamente triste, sin lágrimas, me dijo: “Se murió mi hermana”. Había levantado el teléfono del living que estaba junto a ella. Mi madrina murió a sus noventa años.
Poco tiempo después, unos días, unos meses, veo a mi mamá cabizbaja, pensativa, seria, triste. Le pregunto qué le pasa y me responde “extraño a mi hermana, extraño su voz por teléfono”. No lloraba, creo que ni fuerzas para eso tenía. A sus ochenta y cinco años, o poco más, recordaba a su hermana y volvía a ser esa chiquita que necesitaba cariño, esa joven que conoció el amor fraternal y ya no lo tenía. La abracé. Era mi mamá y, un poquito, mi niña.
Volviendo al encuentro, fue el comienzo de una relación inquebrantable. Se frecuentaba más con su hermana que con su padre. Pero venían en combo, tratar a uno era tratar al otro.
El abuelo contaba que descendía de los moros que invadieron España en la Edad Media. Obviamente de un príncipe moro. ¿Verdad, mito, fantasía? Imposible saberlo. No he conocido ningún caso que, buscando en su pasado, tan lejano, resulte descendiente de un sirviente, siempre un noble. Lo tomo. Lo acepto. El porte de mi abuelo lo hacía hacerse notar donde fuera, acepto su ascendencia principesca. No tengo pruebas, pero, ¿por qué no?
Sus padres se llamaban Félix José Argiz y Josefa Huerta. Nació el 5 de marzo de 1895.
Desde su trabajo como empleado municipal cuando se separó de la abuela hasta el encuentro con mamá en Lucense pasaron veintiún años. El abuelo era para entonces un hombre de negocios. Tenía una oficina en Av. de Mayo de fondos de comercios, se dedicaba a bares y restaurantes.
Tenía un cartel a la calle con su nombre y apellido. Una vez un bailarín español de apellido Argiz que había llegado a Buenos Aires en una gira fue a verlo a la oficina para saber si eran parientes. Hablaron, pero no encontraron vínculo que los uniera.
Ganaba muy bien y le gustaba jugar a las cartas lo hacía en un club en Av. Belgrano. Mamá contaba que jugaba y perdía por noche lo mismo que ella ganaba en un mes en el Sanatorio.
Cuando sus compañeras de trabajo se enteraron de la historia le decían: “sacale plata”, “aprovechá”, “yo lo dejo seco”, “que pague por todo el tiempo que no te dio nada”.
Mamá nunca quiso sacarle dinero. Su familia materna le había dicho que él había renunciado a la municipalidad para no darle plata a Pilar para ella. ¿cómo saber si eso era verdad?
Mi mamá no lo ponía en duda, les creía todo lo que le habían contado. Mi hermana siempre dice que Matilde sufría una especie de síndrome de Estocolmo con la familia de su madre, en especial, con Consuelo. La relación con su padre y su hermana se fortalecía y la abuela Mimí se celaba. No le gustaba que Antonio haya vuelto a su vida.
Que el abuelo fue un padre ausente es una verdad irrefutable. Lo que pasó en esos años de ausencia es algo que sólo él sabía y no sé si se lo transmitió a mamá.
Recuerdo haberle dicho alguna vez por qué nunca pensó que él estaba amenazado. No olvidemos que uno de los tíos acostumbraba estar armado, que los compañeros del sindicato de colectivos podían ayudarlo si necesitaba impedir que Antonio se acerque a su hija, se me ocurrió en ese momento y hoy que era una posibilidad verosímil. Insistí en pensar que tal vez le prohibieron llegar a ella, qué pudo sentir miedo, que ella tampoco sabía toda la verdad, sino la verdad que quisieron que supiera. Una verdad a medias. Se enojó conmigo. Se entristeció. No volví a tocar el tema.
El abandono y la orfandad duelen para siempre.
El abuelo había formado pareja por tercera vez, por lo menos oficialmente, con una señora que se llamaba Matilde. Las ironías de la vida. Creo que ella fue una de las impulsoras del encuentro del abuelo Gordo con su hija. Tenía un hotel de señoritas en la calle Castelli, en el barrio de Once.
Esta señora tenía varios hijos y un nieto que fue jugador de fútbol de primera división.
Eran todos muy agradables con mamá, fue bien recibida en esa casa, pero mi madre nunca los sintió familia. Mi tía, sí.
La relación continuó y creo que trató a su padre por su hermana. Mientras maduraba la relación con su papá y Angélica, llegó el casamiento de su prima hermana Ñata con Juan Alfredo, para todos, Tito.
Él era el hermano de la esposa de Pepe, el peluquero de Montes de Oca. Seguramente Ñata y Tito se conocieron por esto. Para mi hermana y para mí siempre serían, tía Ñata y tío Tito. Tuvieron dos hijos Mirta, la hija mayor, que recibió ese nombre por la admiración que Ñata sentía por Mirtha Legrand.
Mirta era ahijada de mi mamá y fue la mimada de toda la familia. Al comienzo de su matrimonio vivían en Avellaneda. En una ocasión se inundaron y Matilde y la abuela Mimí fueron a buscar a Mirta para llevarla a salvo a Montes de Oca. Luego se mudaron a Quilmes. El tío Tito trabajaba con alambres, cortaba y vendía a florerías. Tenía el taller en su casa. Era de Roque Pérez y tenía como diez hermanos. Una vez quisieron enseñarle a manejar a la Ñata, pero se fue encima de sus cuñadas con la camioneta. Del susto le tomó tanto miedo al volante que nunca pudo, ni quiso, aprender.
Luego nació Daniel. Un chico muy activo, un buen primo. Trabajó en el ferrocarril y siguió con el negocio de trefilado de alambre. Se casó y tuvo dos hijos. Su casamiento fue hermoso. Lo recuerdo muy bien. Todavía conservo el souvenir, una parejita de novios de cerámica. En 2020 el maldito COVID le ganó y murió a los 60 años después de luchar cuatro meses por su vida.
En 1952, Angélica y Eduardo se casaron cuando mamá tenía veintisiete años. Mamá tenía su larga cabellera caoba, al abuelo le gustaba que las mujeres tuvieran el cabello largo. Para el casamiento de su hermana se lo cortó bien corto, sólo para molestarlo. Le quedaba hermoso. La foto que los tres se tomaron en el casamiento es bellísima. Mamá está preciosa, linda, seria. La tía parece una estrella de la época de oro del cine argentino y el abuelo luce erguido y orgulloso junto a sus hijas.
El abuelo viajaba en el verano a Mar del Plata, se instalaba en el hotel Fanelli. Cuando llevó por primera vez a mi mamá el dueño del lugar que lo conocía desde hacía tiempo a él y a mi tía le preguntó “dónde tenía escondida a esta hija”. Estaba de viaje, contestó.
Mamá se enamoró de Mar del Plata. Iban todos los veranos. Después del casamiento de mis tíos se incorporó a los viajes la mamá del tío Eduardo, Carmen. Para todos la abuela Carmen. Mamá compartía la habitación con ella. Todas las tardes iban al casino y por las noches a pescar con medio mundo, buscando cornalitos. La pesca la llevaban al hotel donde Fanelli la fritaba.
Mamá contaba que cuando estaban cenando en el comedor del hotel, el Sr. Fanelli esperaba que todos estuvieran concentrados y distraídos y tiraba una bandeja al piso. Todos pegaban un salto por el susto y él llenaba el lugar con sus carcajadas.
Una vez habían servido chauchas y mamá no las quiso y Fanelli decía a viva voz “ni Perone come estas chauchas”.
Hay una foto genial de mis tíos y mamá en el mar. Venía una ola y Matilde se asustó, dio un grito y Eduardo la abrazó justo cuando el fotógrafo disparó la cámara, dejando a mi tía a un lado. Aparecen los tres muy sonrientes.
Para ir al casino en esos años, por la tarde o por la noche, había que arreglarse especialmente y los varones debían usar traje y corbata. Una vez estando con su hermana y Eduardo reconoció a algunas personas de San Pedro que la observaban de lejos pero no se acercaron. Eran conocidos, pero no cercanos, de los que miran de reojo o por arriba del hombro.
Les dijo a mis tíos y entonces Eduardo se acercó a ella y la tomó del brazo simulando ser su pareja. Mi mamá notó cómo se asombraban y cuchicheaban. Se reían mucho cuando contaban esta anécdota, “no le daban las patas para correr a contar el chisme”. A mamá le encantaba recordar esto.
Mi tío Eduardo era fantástico. Lo recuerdo con mucho cariño. Mamá contaba que a veces en esas vacaciones compartidas iban a dormir la siesta los tres, mi tía en el medio. Y mi tío pasaba la pierna por encima de su esposa para molestar a mi mamá, era una relación de tres hermanos.
En 1954, Matilde tenía 29 años. Llegaron al hotel en Mar del Plata como todos los veranos. Vieron con sorpresa que había varias personas heridas, con yesos en brazos y piernas. Preguntaron qué había sucedido y les contaron que una ola gigante había empujado a los turistas contra los paredones y arrastrado todo lo que encontraba a su paso.
Años después, cuando mis padres pudieron comprar un departamento en la ciudad, mi madre recordaba este hecho porque su padre le decía que no era una buena inversión. El abuelo pensaba que el mar, tarde o temprano, avanzaría y se llevaría todo. Hoy, más de setenta años después de esa gigantesca ola, un evento similar sucedió en la ciudad, pero estoica, Mar del Plata sigue en pie.
Infobae. Ola gigante en Mar del Plata, 1954
Los tíos tuvieron dos hijos, Elisa y Eduardito. Mamá era la madrina de Elisa y mi papá fue el padrino de Eduardito. Mi papá merece su propio espacio en esta historia.
Mi tía Angélica fue mi madrina. Así de unidas fueron, aún con las diferencias marcadas por cómo cada una veía a su papá.
Mamá visitaba en su oficina a su padre, tenía un pequeño mástil con una bandera argentina en su escritorio. No era sólo por vivir en el país, se había nacionalizado argentino y simpatizaba con las ideas peronistas. Cuando en el cincuenta y dos murió Eva Perón la tenía a media asta. Mientras hablaban mamá subía la banderita y él la bajaba, ella la subía, él la bajaba. Disfrutaba hacer cosas que lo molestaran.
La tía Angélica trabajaba con su padre. Había una mujer que iba a ver a mi abuelo frecuentemente. Estando mi mamá un día con mi tía en la oficina, llegó esta señora. Mi tía se fastidió, “otra vez ésta”. Entre las dos se encargaban de no dejarlo solo con ella, mi mamá decía que era una “regalada” y mi tía se brotaba de bronca. El abuelo era magnético y las mujeres se le pegaban. Aunque también es cierto, que, si lo buscaban, él se dejaba encontrar.
Creo que llegó a quererlo, más por su hermana, pero nunca llegó a ocupar el lugar del abuelo Paco.
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Capítulo VIII: Mi papá, José Antonio; el próximo martes 18 de agosto de 2026.
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© 2026 – Cata Lina
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