CAPÍTULO III: Los primeros años de Matilde
El tiempo transcurrió y Matilde creció con mucho rencor hacia su papá. Alimentado por los dichos de su familia materna que lo odiaba y no perdonaba el sufrimiento que le había provocado a Pilar.
La convencieron de que la muerte de su madre fue a consecuencia de la tristeza que le provocó la traición de su esposo.
Comienza una etapa en la que los recuerdos son confusos y tal vez desordenados.
Mamá contaba poco. Claramente le dolían sus primeros años sin su madre. Fueron duros.
Yo siempre preguntando y a veces, pocas veces, ella contando por sí misma y yo atenta queriendo detalles que no recordaba bien por sus escasos años o tal vez por el dolor. A veces el alma tapa lo que daña al corazón, a su corazón de niña. Mi mamá era una niña herida, siento que lo fue hasta el final de su vida.
En más de una oportunidad fantaseaba con viajar en el tiempo, encontrarla chiquita, abrazarla y protegerla, no permitir que la maltrataran, convertirme en madre de mi madre. Fantasías absurdas.
Cuando murió Pilar, vivió un tiempo con sus tíos Manuel y Luciano. Ambos estaban casados y tenían hijos. Sus esposas no fueron buenas.
Una vez cuando yo era adolescente mi mamá fue a visitar a una familiar anciana y enferma que se encontraba internada. Fue muy amorosa, una abuelita tierna. La trató con mucho cariño y me acarició la cara con emoción. Estuvimos un rato, la saludamos con un beso y nos fuimos.
Ya en la calle mi mamá estaba muy conmovida y tal vez triste. Comenzó a hablar, no a mí, a ella misma. “Pensar que me trató tan mal, que fue tan cruel, todo me caía mal y vomitaba. Me decía ‘aprendé a valorar lo que te damos, lo vas a comer’, y me lo hizo comer del piso”
No podía creer lo que oía, le hizo comer su vómito, y mi mamá permitió que esa mujer me acariciara.
Comenzó una discusión entre nosotras, ahí en la calle, creo recordar que estábamos cruzando cuando empezó a hablar. Le recriminé que permitiera que esa mujer me pusiera una mano encima, que ella fuera a verla. No podía entenderlo. No podía ni quería aceptarlo.
Quise volver a insultarla, mi mamá me retuvo. Forcejeando me sacó del lugar. “Para qué tratarla mal, qué sentido tiene ahora, todo eso ya pasó, ya no tiene vuelta atrás”
Por qué viniste a verla, no lo entiendo. Mamá me contestó, obviamente no lo recuerdo textualmente, que la tía también había sufrido, que la vida no había sido fácil, que entendía que ella llegó a su casa sin que la esperaran, que se la impusieron, que eran otros tiempos, que los hombres eran violentos y se hacía su voluntad.
Lo puso en el contexto de esos años, fines de los años veinte y comienzo de los treinta. Ella lo había aceptado después de tantos años, la entendió, la justificó. A ella y a su otra tía que tampoco fue la amorosidad hecha persona.
Reconozco que en esa época se naturalizaban situaciones que hoy son cancelables. Siempre debieron serlo.
Ellas, las “queridas tías” sabían que lo que hacían estaba mal, por eso la maltrataban en ausencia de sus esposos. Y mamá callaba. Chiquita, indefensa. Callaba.
Tal vez pensó que lo merecía, que no era nadie. Sin mamá y con un padre ausente.
¿Dónde estabas abuelo Gordo cuando tu hijita más te necesitaba? Pregunta sin respuesta, una vez más.
Hoy ya todos sabemos que los hombres y las mujeres son violentos en cualquier época, en la actualidad se cuestiona más y se lo ve como algo incorrecto. Porque lo es sin ningún atisbo de duda, pero sigue pasando porque los humanos somos imperfectos. Dios nos creó a su imagen y semejanza, pero nosotros haciendo uso de nuestro libre albedrío, nos perdemos y nos equivocamos una y otra vez.
Creo que esa desagradable visita al hospital fue el comienzo de mi curiosidad infinita, quería saberlo todo sobre su niñez, quién la había cuidado, quién la había maltratado. Y comencé a preguntar.
Como todos los inmigrantes de la época, vivían en inquilinatos. Tenían una habitación, con suerte, dos para toda la familia. Los tíos la querían mucho, especialmente Luciano.
Eran violentos, golpear a la esposa y a los hijos era un accionar “normal”. A Matilde, no. A ella jamás le levantaron la mano. Era la hija de su hermana mayor y eso se respetaba. Por eso mamá creía que las “queridas tías” no la querían. Le pegaban a sus hijos y a ella la trataban con cariño. Los dos tenían hijos varones, desconozco si había alguna hija. Por lo que mamá recordaba los tíos eran muy cariñosos con ella, expresaban que recordaban a Pilar al verla y eso los sensibilizaba con ella, sólo con ella.
Creo que mamá fue y vino de las casas de sus tíos en varias oportunidades.
El 4 de enero de 1930 fue bautizada en la parroquia Nuestra Señora de los Dolores, en la calle Díaz Vélez 4860, tenía un poco más de cuatro años.
En 1931 comenzó la escuela. Recuerdo haber escuchado a mamá contar que tenía una compañera que era hija de un músico de tango y una bailarina.
Hacían los deberes juntas. Le había llamado la atención un mueble vitrina que tenía unos adornos que nunca había visto, le preguntó y la compañera le contó que eran las urnas con las cenizas de sus familiares. Le dio mucha impresión y no quiso ir más.
Años después, en 1935 en un accidente de avión en Medellín muere Carlos Gardel. Según le dijeron a mi mamá esa compañera de escuela era hija de uno de los fallecidos en esta tragedia.
Cuando visitaba Chacarita, ya mayor, siempre visitaba la tumba de Gardel. Por su admiración por él y por el recuerdo del padre de su compañerita de grado.
Durante su escolaridad una maestra quiso adoptarla. Algo habrá detectado, porque era una nena escolarizada y con familia, sin padres, pero con tíos. ¿Cómo habría sido su destino si esto se hubiera hecho realidad? ¿Habría sido la maestra Miel de la película Matilda para Matilde? ¿Qué habrá visto la maestra para querer alejarla de su familia? Seguramente a una nena triste y sufrida.
Mamá tomó la comunión en 1934 con el vestido de Santa Teresita, le tomaron fotos para enviar a España. Está muy linda en esa fotografía, por lo menos de puertas para afuera y delante de sus tíos era cuidada.
Hay una foto que tiene escrita una dedicatoria “Recuerdo para abuelita y tíos. Matilde Argiz Castro”. No entiendo por qué la tenía mi mamá. Estaba dedicada a la familia en Lugo. ¿No la enviaron nunca? ¿La devolvieron? No lo sé.
Las “queridas tías” le hicieron mucho daño, menoscabaron su autoestima, la hacían limpiar la casa, era su mucamita. Se tenía que ganar el lugar que ocupaba en sus casas.
Cuando vivía con el tío Luciano su mujer le ponía un banquito para que se subiera y lavara los platos. Era tan chiquita que no llegaba a la pileta que estaba en el patio, para uso común de los que vivían allí.
Un día un vecino la vio llorar mientras lavaba porque tenía un dedo infectado y le dolía. La bajó del banquito, golpeó la puerta de la tía y le hizo un escándalo. No la dejó sola con ella, habrá temido que la castigara o que la amenazara para que el tío no se entere de nada.
Esperó con mamá y cuando Luciano llegó le contó lo que pasaba. Seguramente todo terminó en golpes, en violencia.
No lo justifico ni lo avalo. Pero no me apena. Está mal, pero no me apena. No empatizo con esas mujeres. No puedo.
Cuando me iba enterando de estas historias las odiaba con todo mi ser, les deseaba lo peor. Hoy le pido a Dios que se apiade de ellas.
Consuelo, no sé Eduviges, la visitaba a ella y a su familia. Quería tenerla, querían estar juntas. Pero era soltera y trabajaba.
Un tiempo trabajó como mucama o cocinera. La escuché alguna vez contar que le pidieron que hiciera ravioles y ella empezó a llorar porque se pegaban al hervir. El señorito de la casa la vio y le preguntó que pasaba. Ella le contó y él le dijo que con un chorrito de aceite en el agua se terminaba el problema. Pudo servir la comida correctamente sin que nadie en la casa supiera el inconveniente.
También trabajó en una fábrica de bolsas para papas, tenía que coserlas. Era muy rápida y productiva, por esto una compañera se le acercó un día y le dijo: “Gallega, no te apurés”, obviamente tuvo que contener su velocidad en la máquina para no tener problemas.
Y un día Consuelo se enamoró, conoció a Francisco López, Paco. También gallego, de Lugo. Creo que los inmigrantes buscaban reunirse con sus coterráneos, supongo que eso les daba seguridad tan lejos de casa.
Paco merece una mención aparte en esta historia. Así como dije que Consuelo sería una persona significativa en la vida de mi madre, Paco sería su primera figura paterna positiva y de calidad. Tal vez la única.
Consuelo y Matilde querían estar juntas. Y Paco le dijo a su novia que si ellos ya habían decidido casarse daba lo mismo esperar o hacerlo cuanto antes para que Matilde viviera con ellos. Le propuso adelantar la boda por mi mamá.
Un obrero, un trabajador, un hombre sencillo y noble se erigía en esta historia como el héroe que le ofrecía un hogar sano y seguro a Matilde. Mi madre lo adoraba y él lo merecía. Pero siguió viviendo con el tío Luciano, los tíos decidían y no se discutía.
Mi mamá recordaba con cariño a los hijos de los tíos Manuel y Luciano, nunca contó de ninguna mala situación con ellos. Eran sus primos. Habrán compartido algún juego, alguna risa, tal vez se contuvieron mutuamente. Mamá jamás expresó algo malo de ellos, por el contrario, se sintió querida. Con alguno se trató hasta la adultez, frecuentaba mi casa y lo conocimos.
El problema eran las “queridas tías”, celosas de una niña indefensa, tal vez sentían cierta preferencia o gestos de ternura hacia ella y no hacia sus hijos. Una de las tías llegó a perder un embarazo por una golpiza. Los primos también recibieron golpes y maltrato emocional por parte de sus padres.
Desconozco si ellas eran madres amorosas. Claramente dejaban a sus esposos hacer y decidir. No se podía discutir. Aceptar y aguantar. Y en medio de esta forma de llevar la vida adelante, una niña que les era ajena, era el objeto de ternura de estos hombres “fuertes”.
Cuando mi mamá tenía cinco años nació la primera hija del matrimonio de Consuelo y Paco: Haydeé. Todos la conocerían como Ñata.
Tiempo después, a sus nueve años aproximadamente, cansada de sufrir en su casa le pidió a su tío que la llevara a vivir con Consuelo o que la internara pupila en un colegio. No aguantaba más.
Y Luciano lloró. El hombre fuerte, determinado, dominante, se desmoronó ante esa niña. No pudo cumplir con su hermana. Se habrá sentido mal, frustrado, fracasado. Y lloró.
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Capítulo IV: San Pedro, el próximo martes 21 de julio de 2026.
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© 2026 – Cata Lina
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