El ruido que nadie escucha
Por Aris Gómez Olalla
Dicen que un tsunami no empieza cuando la ola golpea la costa.
Empieza mucho antes.
En las profundidades del océano.
Silencioso.
Invisible.
Nadie lo ve formarse. Nadie imagina la fuerza que está acumulando mientras la superficie parece tranquila.
Así llegó la mioencefalitis miálgica a mi vida.
Muchos creen que convivir con esta enfermedad significa estar cansada. Ojalá fuera tan simple.
Es vivir sabiendo que, en cualquier momento, una ola gigantesca puede arrasarlo todo.
Hay días en los que despierto sintiéndome relativamente bien. Pienso que quizá hoy podré salir a pasear unos minutos, responder algunos mensajes o sentarme a escribir. Pero basta un pequeño esfuerzo para que el tsunami empiece a levantarse.
Primero llega una presión insoportable dentro del cráneo. Como si unas manos invisibles comprimieran mi cabeza con toda su fuerza. Después, de repente, esa presión parece liberarse de golpe, dejando un vacío extraño, un mareo profundo y la sensación de que mi cerebro ya no puede procesar el mundo.
Entonces aparece el ruido.
No el que escuchan los demás.
El que solo escucho yo.
Un ruido que no tiene sonido, pero que invade cada pensamiento. La luz molesta. Las voces duelen. El simple roce de una conversación puede convertirse en una sobrecarga imposible de soportar.
Y solo existe una solución.
Silencio.
Oscuridad.
Desconexión absoluta.
Mientras el resto del mundo continúa con su vida, yo espero a que la marea vuelva a bajar.
Porque eso es esta enfermedad.
Un tsunami.
No sabes cuándo llegará la siguiente ola. No sabes cuánto durará. Solo sabes que, cuando golpea, no deja nada en pie.
Después del trauma que viví y de los múltiples contagios por COVID, mi cuerpo dejó de responder como antes. Aprendí que las guerras más duras no siempre dejan heridas visibles.
Hay batallas que se libran en el interior del sistema nervioso.
Batallas que nadie fotografía.
Que nadie comprende.
Que no aparecen en una radiografía.
Sin embargo, existen.
Cada día.
Hay quien me dice: “Tienes buena cara”. Sonrío.
Porque aprendí hace tiempo que el aspecto físico no siempre refleja el estado de una persona.
Podría estar sonriendo mientras mi cuerpo intenta sobrevivir a una tormenta que nadie puede ver.
La mioencefalitis miálgica me arrebató muchas cosas: planes, energía, espontaneidad e incluso la libertad de decidir qué puedo hacer mañana.
Pero no consiguió arrebatarme la voz.
Y mientras pueda escribir, seguiré contando lo que significa vivir con una enfermedad invisible.
Porque quizá alguien, en cualquier rincón del mundo, lea estas palabras y por primera vez se sienta comprendido.
Y entonces todo este dolor habrá encontrado un propósito.
Porque los tsunamis destruyen ciudades.
Pero también nos recuerdan el inmenso poder de la naturaleza.
Yo también fui arrasada por una ola.
Y aquí sigo.
Escribiendo.
Viva.
Y decidida a que el ruido que nadie escucha deje, por fin, de ser invisible.
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