GUERRERA
En memoria de Álex Casademunt
Por Aris Gómez Olalla
Hay personas que llegan a tu vida para quedarse.
Y hay otras que llegan para enseñarte que el amor, la amistad y la luz no entienden de tiempo.
Álex fue una de ellas.
Cuando era niña, mi habitación estaba llena de sueños. En las paredes colgaban pósteres arrancados de revistas Super Pop. Entre ellos estaba él.
Lo veía en Operación Triunfo, cantando frente a millones de personas, y después en Fórmula Abierta. Para mí era una de esas caras que parecían vivir en otro universo, uno al que solo podías acercarte a través de una televisión o de una fotografía pegada con celo en la pared.
Jamás imaginé que años después compartiríamos conversaciones, confidencias y una amistad que acabaría ocupando un lugar permanente dentro de mi corazón.
La vida tiene esa extraña costumbre de escribir historias imposibles.
Y la nuestra fue una de ellas.
Cuando conocí a Álex, yo atravesaba una de las etapas más difíciles de mi vida.
Venía de sobrevivir a experiencias que me habían roto por dentro.
Había aprendido a sonreír mientras me derrumbaba.
Había aprendido a fingir que estaba bien cuando la realidad era que muchas veces no encontraba fuerzas ni para levantarme de la cama.
El dolor se había convertido en un compañero silencioso.
Y el miedo también.
Sin embargo, Álex tenía una capacidad especial.
La capacidad de ver luz donde otros solo veían heridas.
Recuerdo que una de las palabras que más repetía cuando hablaba conmigo era:
—Guerrera.
Al principio no entendía por qué me llamaba así.
Yo no me sentía fuerte.
No me sentía valiente.
No me sentía capaz de nada.
Pero él insistía.
Guerrera.
Una y otra vez.
Como si pudiera ver una versión de mí misma que todavía no existía.
Como si estuviera intentando recordarme quién era cuando yo lo había olvidado.
Con el tiempo entendí que aquella palabra era mucho más que un apodo.
Era una forma de tenderme la mano.
De decirme:
“Sigue.”
“No te rindas.”
“Tú puedes.”
Cuando el mundo parecía demasiado pesado, aparecía uno de sus mensajes.
A veces eran conversaciones profundas.
Otras veces simples tonterías que acababan haciéndome reír.
Porque Álex tenía esa magia.
La de hacer que los problemas parecieran más pequeños.
La de transformar la tristeza en una sonrisa.
La de recordarte que la vida seguía mereciendo la pena.
Todavía conservo nuestras conversaciones.
Pequeños fragmentos de una amistad que hoy valen más que cualquier tesoro.
“¿Qué tal, amor?”
“Espero que tú y tu familia estéis bien.”
“¿Qué tal, personaje?”
“Aquí el personajillo eres tú.”
“Tengo muchas ganas de verte.”
Y sobre todo una frase.
La frase.
La que quedó grabada para siempre.
“El corazón es lo más increíble que tienes, lo sabes.”
Quizá para otra persona sería solo una frase.
Pero para mí fue mucho más.
Porque venía de alguien que había sabido mirar más allá de mis cicatrices.
Más allá de mis miedos.
Más allá de mi dolor.
Venía de alguien que me recordó que todavía había algo hermoso dentro de mí cuando yo ya no podía verlo.
El 2 de marzo de 2021 el mundo se detuvo por un instante.
Recuerdo perfectamente aquel día.
Mi madre me llamó.
Yo estaba abriendo la puerta del local donde trabajaba.
Era una mañana normal.
O eso creía.
Hasta que escuché la noticia.
Álex había fallecido.
Treinta y nueve años.
Treinta y nueve.
Recuerdo quedarme inmóvil.
Como si alguien hubiera apagado el sonido del mundo.
Como si todo hubiera dejado de tener sentido.
Cerré la puerta.
Anulé todas las citas de aquel día.
No podía trabajar.
No podía pensar.
No podía creerlo.
Sentí un vacío imposible de describir.
Una mezcla de incredulidad, rabia y tristeza.
Porque hay personas que, aunque no formen parte de tu día a día, ocupan un lugar inmenso en tu corazón.
Y cuando se marchan dejan un silencio difícil de explicar.
Aquella noche releí nuestras conversaciones.
Una por una.
Volví a escuchar su voz dentro de mi cabeza.
Volví a reírme con nuestras bromas.
Volví a emocionarme con sus palabras.
Y comprendí algo.
Las personas no desaparecen cuando dejan este mundo.
Desaparecen cuando dejamos de recordarlas.
Y yo jamás dejaría de recordarlo.
Desde entonces, cada vez que escucho la palabra Guerrera pienso en él.
Pienso en aquel amigo que apareció cuando más lo necesitaba.
En aquel niño de ojos azules que años atrás observaba desde un póster pegado en mi habitación.
En aquel hombre que nunca imaginó hasta qué punto sus palabras podían cambiar la vida de otra persona.
Porque sí.
Hay palabras que cambian vidas.
Y hay personas que dejan huellas imposibles de borrar.
Álex fue ambas cosas.
Hoy, cuando miro hacia atrás, no recuerdo la tragedia.
No recuerdo las lágrimas.
No recuerdo el dolor.
Recuerdo la luz.
Recuerdo las risas.
Recuerdo las conversaciones.
Recuerdo el cariño.
Recuerdo a ese amigo que siempre encontraba la forma de arrancarme una sonrisa.
Y sobre todo recuerdo que, cuando yo apenas podía creer en mí misma, él sí lo hacía.
A veces imagino que en algún lugar sigue llamándome igual.
Guerrera.
Como si nada hubiera cambiado.
Como si la distancia entre el cielo y la tierra fuera solo un detalle sin importancia.
Y entonces sonrío.
Porque sé que algunas personas no se van nunca del todo.
Se quedan viviendo en nuestras canciones.
En nuestros recuerdos.
En nuestras cicatrices.
En las palabras que nos dejaron.
Y en el amor que sembraron.
Por eso este relato no habla de una despedida.
Habla de un legado.
Del legado de alguien que me enseñó que la fuerza no consiste en no caer.
Sino en levantarse una vez más.
Habla de un amigo que me recordó quién era cuando yo lo había olvidado.
Habla de una palabra.
Una sola palabra.
La palabra que me dejó.
Guerrera. ❤️
Para siempre, Álex.
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