Para Fernando, lo más terrible de ese día fue caminar encadenado por los enredados pasillos y escaleras internas de la cárcel, escuchando cómo tras de él se iban cerrando las rejas y reconociendo, sin mirar, el tronar de los candados. Solo pensaba que, en algún momento, el gendarme que en silencio le daba órdenes con simples movimientos de brazos le diría: “Tranquilo, esto es una broma, ahora puedes irte a tu casa”. Esa fantasía terminó cuando se cerró la última puerta que lo dejó, por días eternos, en una celda de incomunicación, oscura y maloliente. Y serían quince días. Días en una oscuridad casi permanente, interrumpida apenas por la escasa luz que lograba filtrarse desde el pasillo por una pequeña ventanilla abierta en la puerta, lo suficiente para distinguir a ratos el colchón sucio sobre el cual dormía, vestido con la misma ropa de la detención, y poco más.
Una vez cada muchas horas abrían la puerta apenas unos segundos para introducirle el almuerzo y volver a cerrarla de inmediato. Comía con las manos directamente de la olla, porque no incluían cubiertos ni objeto alguno que, imaginaba, pudiera usarse para algo como una imposible fuga. Solo lo sacaban unos minutos por la mañana para ir al baño. El resto del tiempo debía resistir como pudiera. Pero el cuerpo no entiende de horarios y, en ocasiones, no tuvo más alternativa que ocupar de baño la misma olla, que luego de ser lavada bajo el potente chorro de los lavatorios serviría nuevamente en el turno de almuerzo siguiente.
Las noches anteriores a ese día no fueron mejores. Fernando las pasó en un no menos desaseado subterráneo del cuartel de la Policía de Investigaciones del puerto, junto a otros detenidos por las más diversas razones, siendo interrogado a cada rato sobre dónde estaban los otros involucrados, la imprenta y, por supuesto, unas imaginarias armas que solo existían en la cabeza de los interrogadores. Con el paso de las horas descubrió que algunas preguntas podían prolongarse mucho más de lo razonable. Y ninguna de ellas podía responderla. Tales armas nunca pasaron por sus manos y la imprenta era un taller improvisado de xilografía montado en la sala de estar de la casa de Juan Carlos, ante la mirada desconfiada de su padrastro. Sobre sus compañeros, ni hablar. Cada uno huyó por donde pudo luego de que se dieron cuenta de que la casa donde realizaban aquella reunión estaba siendo vigilada por varios vehículos con unos tipos en su interior que sí estaban armados.
A Fabricio, el primero que le habló en muchas horas, nunca le vio la cara, solo lo escuchó. Lo primero era difícil, porque lo conoció ese mismo día solo por su voz, que viajó por un pequeño agujero que seguramente varias generaciones de prisioneros picaron entre celda y celda. Tenía un tono de loca, como decían sus amigos gay más sobrios, inconfundible, algo de lo que se percató desde el momento en que le pidió que siguiera cantando, que era precisamente lo que hacía Fernando desde hacía un buen rato, tratando de que el tiempo pasara rápido en la oscuridad permanente del lugar.
—No cantas mal, además tus canciones son bonitas.
Con ello, Fernando logró el segundo coqueteo de las últimas horas, habiendo sido el primero el masivo silbido de admiración que recibió al girarse y encontrarse de frente con un grupo de detenidas que introdujeron al mismo carro de transporte que lo llevaría al penal, silbido acompañado de todo tipo de expresiones de deseos lujuriosos, seguramente motivados más por una larga estadía en la cárcel de aquellas mujeres que por su real atractivo.
Fabricio decía estar en la galería de incomunicados, castigado por haberse peleado en su celda con otro marica que, en otra época, le disputaba los clientes y con el cual, en algún momento, fue amigo. De hecho, estaba en cana por robar juntos, a propuesta de él, unos tubos de gas de una vecina. Pero ya no le hablaba, esperando que su buena conducta, interrumpida por aquella pelea, llegara hasta los oídos del juez que revisaría su solicitud de libertad, presentada por un abogado que su abuela pagaba con mucho esfuerzo. Claro, era la quinta vez que la pedía, pero esta vez sí iba a resultar.
Fernando era uno de los cinco más comprometidos que llegaron a esa clase inicial de la carrera de Filosofía, y se reconocieron casi de inmediato luego de las primeras palabras cruzadas en el patio central de la facultad. Ese mismo día se reunieron a almorzar juntos y todos declararon su fervor rebelde y antidictatorial, además de informarse, sin pérdida de tiempo, de sus festivos hábitos juveniles y de la posibilidad cierta de ejercerlos a la brevedad. No todos eran de la región. Algunos venían de tierras tan lejanas como el sur o el norte grande; unos, de buenos barrios; otros, de no tan buenos, como era su caso. Aquel primer almuerzo se extendió más allá de la hora de volver a las obligatorias clases de religión que una universidad católica como aquella exigía a todos los novatos.
Fabricio, en cambio, no era rebelde ni nada que se le pareciera y, para efectos de esta historia, tampoco quedó claro si era tan joven como sonaba su voz. A la única clase de religión a la que asistía eran las misas en que acompañaba, infaltablemente y por puro cariño, a su abuela todos los domingos en la iglesia Judas Tadeo. Tampoco aspiraba a ganarse la vida robando tubos de gas y, obviamente, menos aún a ir a la universidad. Desde casi niño, después de dejar su casa, se ganaba la vida vestido malamente con ropa femenina, cazando clientes distraídos entre obreros o empleados borrachos que circulaban con sus urgencias por la pecadora calle Chacabuco. Pero en ese trabajo no siempre le iba bien y los golpes, junto con las noches de celda en comisarías, muchas veces no lo valían. Aunque era bonito llegar a casa de la abuela, en cerro Cordillera, con algún cariño para el desayuno, comprado con plata cuyo origen para ella era absolutamente desconocido.
Fernando formaba parte de una familia porteña, de un cerro habitado por una mezcla de gente pobre y empleados estatales, como su padre. Desde allí caminaba todos los días, primero a un colegio privado presbiteriano y luego al mejor liceo de la ciudad. Aunque nunca mostró demasiado interés en una vida universitaria, absorbido como estaba por los avatares de la adolescencia, su padre y su madre se lo repetían una y otra vez: “Tienes que ser mejor que tus padres”. Él jamás dejaría la escuela para trabajar en una esquina. Su futuro debía estar en alguna de las universidades que poblaban el puerto. Y aunque nunca fue un alumno de primeros puestos, nadie dudaba de que la esperanza de sus padres se cumpliría de alguna manera.
Fabricio, en cambio, no terminó el colegio, del cual se arrancaba porque no jugaba a la pelota ni se defendía a golpes como el resto. Dicho en simple, para ellos era el cola de la clase, al cual había que maltratar o, en el mejor de los casos, ignorar. Además, la escuela a la que asistía estaba en un cerro donde siempre había cosas más tentadoras que hacer, incluido fumarse un pito matando el tiempo en una esquina con sus buenos amigos, que no lo trataban muy distinto de sus compañeros de clase, pero al menos le resultaban más entretenidos. Así llegó apenas hasta mediados de octavo año y, por más que su abuela trató de hacerlo volver una y otra vez, todo terminaba siempre en lo mismo. ¿La universidad? Para él eso era apenas un montón de jóvenes sentados en los pastos de avenida Brasil frente a lo que ellos llamaban, con un título incomprensible, la facultad.
Sí, Fernando era joven y rebelde, y por eso estaba allí, en vecindad con Fabricio, en esa celda oscura. Por lo mismo, por un momento el miedo se marchó y el dolor se olvidó, y rió a carcajadas por primera vez en tantos días cuando escuchó a su ocasional compañero de presidio gritar a todo pulmón con su voz de loca:
—Buena, chiquillooos, el almuerzo viene hoy con un plátano. Aprovéchenlo para no sentir que están tan solos.
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