Lo más terrible de ese día fue caminar encadenado por los enredados pasillos y escaleras de la cárcel, escuchando cómo se iban cerrando las rejas a mi espalda y reconociendo, sin necesidad de mirar, el golpe seco de los candados. Durante todo el trayecto alimenté una esperanza absurda, que en algún momento el gendarme, que...
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