No me pregunten qué sucedió el día siguiente, o cualquier otro día, lo que recuerdo con claridad es la tarde del 09, de aquel febrero. El cielo se adornaba con destellos anaranjados. Su padre me escaneó por completo, deteniéndose brevemente en mi corbata. Las simétricas réplicas del escudo de la UNAM sobre el azul marino de la seda, le hipnotizaron.
—A las 2300, por favor. Me dijo en tono militar, después de acomodarme el nudo y palmear mis hombros con sus manotas.
—No se preocupe señor, estaremos a esa hora. — Respondí con total seguridad.
Ahora que ingresamos a las instalaciones del CCH Vallejo pienso en muchos, que teniendo más aplomo que yo, cedieron a la presión o a la sensiblería. He observado que muchas personas detrás de esas rejas amarillas, desde un deslizador envían besos a su escuela. Ellos lo hacen chasqueado los labios contra las manos; ellas prefieren soplarlos desde sus palmas.
—¡Papá!, exclamó Ella, ¡solamente es una fiesta!
¡Y qué fiesta! Cuando bailamos la última pieza, romántica y lenta, la sujetaba contra mi cuerpo sintiendo cómo se aceleraba su corazón. Para las 2300, llegamos puntuales, por supuesto, y Ella… ya era mi chica.
Las fiestas estudiantiles han quedado en el pasado. Lo que me trae de regreso a mi antigua escuela, es una visita al Centro Universitario de Salud Neuronal (CUSAN).
Mientras ingresamos al aparcamiento de invitados, como buen sentimental, no tengo empacho para unirme a la emisión de ósculos dedicados a la mejor escuela de enseñanza media del mundo. ¡Qué digo del mundo, del Universo!
Pienso que ningún elogio en mi boca es suficiente para hacer justicia al “tres veces heroico” CCH Vallejo.
—Y ninguno es más sospechoso. Afirma mi intuición transgeneracional (I.T.), activada por ese pensamiento.
Lo primero que puedes ver cuando ingresas a CCH Vallejo es un murete que custodia la entrada.

I.T. suele ofrecerme, además de comentarios y déjà vues, una reseña histórica en imágenes comparativas. El cartel se va reacomodando y los mensajes van cambiando.

Finalmente surge el lema Universitario, divisa de aquella escuela.

—Los tres mensajes son actuales.—Dice I.T.—Vasconcelos concebía la diversidad no como una debilidad sino como una fortaleza. La rebelión robótica demostró, siglos después, que el camino correcto no era la violencia, sino la cooperación y el respeto, por esa razón Las tres leyes de la robótica, se convirtieron en un decálogo cuya observancia depende de la ética y la consciencia de robots y ciborgs.
La Ley Zeroth, desde su creación, se mantiene inmutable. Solamente ha cambiado el concepto de humanidad. “Todos los seres que existen, sin importar que su origen sea sintético o protoplasmático, forman parte de la Humanidad”.
—¿Y tú? Pregunto sin reflexionar. ¿Perteneces a la Humanidad?
Silencio.
I.T. no responde.
—¿Sabes una cosa?—Deberías cerrar el pico más seguido. Aseguro triunfalmente.
La victoria ya estaba digerida, cuando I.T. arremete de nuevo, mostrándome una imagen datada dos décadas atrás. En ella aparece mi psiquiatra, un Arcángel bicéfalo de cuatro brazos. Recuerdo su cabeza positrónica, dándome la espalda mientras revisaba los resultados de mi exploración neuronal.
—I.T. es un lector pasivo de la mente, que actúa como nexo entre la información histórica y los pensamientos del huésped. —Comentó el médico, mientras me entregaba un sobre. —Un cerebro mayormente orgánico, siguió diciendo, es el sujeto ideal para que la inteligencia etérea busque crear un nexo y eventualmente un vínculo profundo.
Eso ya lo había aprendido en el bachillerato y lo repasé en la universidad. «Hip Barrows. Primer Arcángel sometido al proceso de inmersión, y el primer Decano del que se tiene registro».
Desde hace un par de décadas, mantengo un lazo con I.T., y mi currículum es aceptable, (Ex alumno de CCH Vallejo, 111ª generación. Diez evoluciones en un período de 60 décadas, Hijo de Dios, Ciborg, Arcángel y actualmente Decano), pero aún no hemos concretado un vínculo permanente.
¿Qué razones tenía I.T. para invocar ese recuerdo cuando mi pensamiento iba en otra dirección?
Mi reflexión es interrumpida por Ella, cuando toca suavemente mi cara. Sus gafas de diseñador, con micas rosadas, avivan las llamas de su pelo rojizo. I.T. no pierde la oportunidad para mostrarme que su cabellera solía ser de un castaño casi rubio y que sus curvas siguen siendo atractivas. El médico me hace señas desde la puerta de su reservado.
—Es tu turno, dice Ella.
Cuando habla, la cabeza positrónica del psiquiatra, gira 180 grados de manera indiscreta. Sus pupilas dilatadas evidencian que está cuchicheando.
—Lo chabacano no se elimina con ninguna actualización.
—¡Calla, te va a oír!, ordena Ella mientras intenta controlar la risa.
—Ahora se disculpará por la demora y nos rogará que entremos los dos.
—Perdonen la espera. Les ruego que pasen los dos.
Ella no aguanta más la risa. La cabeza positrónica, sigue atenta. Si tuviera boca, estaría abierta y babeando.
Sentada frente a un sobrio escritorio, Ella hojea un magazine de destinos turísticos. Yo permanezco tendido en la habitación contigua, sometido a la inmersión.
I.T. permea en mi mente libremente. Los dos hablamos y ambos pensamos al unísono.
—Hace un día tan hermoso, allá afuera. Como aquel 09 de febrero, cuando comenzamos a escribir el cero delante de los primeros días del mes. Cuando comenzó nuestra propia historia.
—Lo de hace veinte años era una recomendación, aclara mi psiquiatra.
“Se recomienda al portador para el grado de Abuelo”
Las cosas que existen en el universo, ya sea que tengan consciencia de ello, o no, están en movimiento y transformación. Todo cambia en el universo. Tiempos, personas, las cosas infinitas, y las infinitesimales.
Nosotros también lo hacemos, y nuestro compromiso consiste en aceptar, no solamente las vibraciones universales, sino también en abrazar el avance.
Aceptamos el hecho de que somos diferentes a lo largo de toda nuestra existencia, de todas nuestras vidas y de todas nuestras reinvenciones. Para un abuelo, un guardián de la memoria, la responsabilidad es inmensa, por eso juremos estar a la par con los cambios. Preservar los recuerdos. Nunca olvidar la esencia de todas las personas que solíamos ser. Con total seguridad.
CONTINUARÁ…
Cuánto cuento cuántico
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