La mujer del espejo no se movía cuando Luisa lo hacía.
La observaba con una paciencia antigua, como si llevara años esperándola.
Pero Luisa no quería verlo. Las locuras pertenecían al mundo de su suegra.
Estaba en cuclillas, como cuando el corazón se le desbordaba. Su cabello negro rozaba sus zapatos, tan largo como los años cuidando a sus suegros, a pesar del abandono de su marido.
Entonces la asaltaba la nostalgia. Su única salida era el domingo, cuando iba al cementerio a dejarle flores a Pepe, el hombre que la sostuvo en los momentos más difíciles. Su enfermedad fue dura y rápida. No dejó tiempo ni para el dolor.
Trinidad, su suegra, se hundía en una demencia progresiva. Nunca le gustó tener una nuera en casa; se sentía la reina de su territorio. Si había tolerado a Luisa durante tantos años, fue porque, desde muy joven, supo servir.
Sus hijos crecieron y se marcharon. El nido quedó vacío y la reina madre se quedó sin súbditos. Solo permaneció Luisa, que, tras el abandono de Damián, sintió que tantos años entregados a esa familia no habían servido de nada.
Aquella mañana, mientras ayudaba a su suegra a levantarse, el espejo pareció moverse.
—La vieja del espejo quiere robarme la ropa —dijo Trinidad.
Ambas conocían la rutina: baño, peinado, cambio de ropa. Pero cada día, al mirarse, Luisa se reconocía menos.
—Triny, eres tú —le decía.
—¿No sabes quién es la otra?
—Soy yo… mírame. Estoy dentro y fuera.
Trinidad recibía aquellas palabras como un acertijo cruel. Entonces empezaba a gritar:
—¡Sácame de aquí! ¡No me hagas daño! ¡Cuidado con mis pies!
Gritaba hasta tensarle los nervios. Una vez intentó darle una patada.
La demencia avanzaba. A veces, en secreto, Luisa deseaba ser la otra: la mujer del espejo, la que no cuidaba, la que no obedecía, la que no cargaba con la ruina ajena.
En broma —o tal vez no—, le hablaba mentalmente a su reflejo:
—¿Cambiamos?… Me toca perder siempre.
Los días se habían vuelto espesos. Luisa quería escapar.
Pensó en Pepe, que siempre la animaba a escribir. Él había visto en ella una luz que nadie más tomó en serio. Le decía que no enterrara sus sueños en vida. Gracias a él estudió en la universidad y se graduó con honores.
Ahora vivía perdida, sin saber para qué. Quería cuidar por gratitud, pero Trinidad le bebía la energía como una criatura hambrienta.
Intentó cubrir los espejos con un plástico traslúcido para acallar los delirios. Fue peor. Trinidad empezó a hablar de sombras, de presencias, de alguien que respiraba detrás de los muebles.
Y ya no era la vieja del espejo la que quería robarle la ropa.
Era Luisa.
La misma que la lavaba, la alimentaba y la vestía.
Cuidar cansa. Cuidar destroza. También vacía.
Luisa quería correr sin mirar atrás.
Deseaba que el espejo de la biblioteca de Pepe —el único que había dejado intacto— la absorbiera y la llevara a un lugar donde aún pudiera ser libre.
Su juventud se le había ido sin hacer ruido: un noviazgo temprano, un matrimonio, una vida que nunca eligió.
Se secó las lágrimas y fue hacia la biblioteca.
—¿Y si cambiamos? —pensó.
La del espejo se acercó al vidrio.
—Si tú no te atreves… lo haré yo.
Luisa salió casi corriendo. Su suegra la llamó para ir al baño.
Cuando Trinidad la vio, se quedó inmóvil.
Por un instante tuvo lucidez.
Vio a la Luisa de antes sobre la nueva, como dos fotografías atrapadas en una sola imagen.
Recordó a la adolescente enamorada, el accidente, el embarazo, la pérdida… y a su marido abrazándola como a una hija.
—¿Has visto al diablo? —preguntó—. ¿O a la vieja del espejo?
Pero Luisa ya no estaba del todo allí.
Los episodios empeoraron.
Un día Trinidad gritó:
—¡Una ladrona! ¡Me quiere robar!
Luisa no consiguió calmarla.
Se desmayó.
Cuando despertó, estaba en la biblioteca.
Frente al espejo.
Se acercó.
No había reflejo.
Puso las manos sobre el vidrio.
Al otro lado, algo respiró.
Luego sintió el tirón. No fue violento. Fue peor: fue exacto, como si alguien hubiera esperado el momento justo para ocupar su lugar.
Después, Luisa empezó a moverse por la casa con una calma desconocida.
No lloraba ni dudaba. No se detenía frente a las fotografías ni respondía a sus gritos.
Firmó documentos con una letra parecida a la de su suegra. Guardó ropa en bolsas negras. Llamó a una residencia. Habló con abogados, agentes inmobiliarios y desconocidos que la felicitaron por tomar decisiones prácticas.
Nadie notó que ya no parpadeaba igual.
En dos semanas, la casa dejó de pertenecerles.
En la residencia, Trinidad repetía que aquella mujer no era Luisa.
Que era la del espejo.
Al principio la escucharon con paciencia. Luego anotaron sus frases en una carpeta, aumentaron la medicación y dejaron de preguntarle qué veía.
Dormía durante el día. Por las noches despertaba gritando el nombre de Luisa, como si todavía pudiera rescatarla.
La otra cruzó el océano como quien cambia de piel.
Una tarde de primavera estaba en un hotel de La Serena, en Chile.
Había recuperado peso. Se veía radiante.
Pidió una habitación sin espejos. Evitaba ascensores, vitrinas, escaparates: cualquier superficie capaz de devolverle una imagen.
Pero aquella noche entró en un bar.
Pidió un trago.
Después fue al baño.
Demasiado tarde.
Las paredes estaban llenas de espejos.
Se miró.
Ahí estaba Luisa.
La verdadera.
La que había quedado atrapada al otro lado del espejo.
Sus ojos pedían auxilio.
La que llevaba su rostro no dudó.
Se inclinó apenas hacia el cristal y susurró:
—Descansa. Ahora te toca a ti cuidar de los fantasmas.
Cuánto cuento cuántico
OPINIONES Y COMENTARIOS