La mujer del espejo no se movía cuando Luisa lo hacía.
La observaba con una paciencia antigua, como si llevara años esperándola.
Sin embargo, Luisa no era consciente —o no quería serlo—.
Las locuras eran cosa de su suegra.
Estaba en cuclillas, postura que adoptaba cuando se le desbordaba el corazón. Su cabello negro caía hasta rozar sus zapatos. Era tan largo como los años que llevaba cuidando a sus suegros, a pesar del abandono de su marido.
En esos momentos le llegaba la nostalgia. Su suegro llevaba poco tiempo descansando en el cementerio de la ciudad; su única salida de casa eran los domingos, cuando iba a dejarle flores a ese hombre que le brindó apoyo en los momentos más difíciles de su existencia.
Se llamaba José, pero todos le decían Pepe. En el barrio era muy conocido por su humildad y carácter sereno. La enfermedad fue dura, cruel y rápida. No dio tiempo a planificar ni a tomar decisiones importantes.
Trinidad, su suegra, llevaba ya tiempo con una demencia gradual. Nunca le agradó tener una hija mujer; siempre se sintió la reina de su casa. La aceptaba porque, desde niña, Luisa había sido servicial.
No así sus cuatro hijos, que fueron independientes: cada uno encontró su camino y voló, dejando el nido vacío… y a la reina madre sin súbditos. Excepto Luisa, que tras el abandono de Demian, el hijo mayor, sintió que todos los años dedicados a esa familia no habían servido de nada.
Esa mañana, mientras levantaba a su suegra, el espejo pareció moverse.
—La vieja del espejo quiere robarme la ropa —dijo Trinidad.
Ambas estaban acostumbradas a la rutina: baño, peinado, cambio de ropa. Pero cada día, al mirarse, Luisa se reconocía un poco menos.
—Triny, eres tú —le decía.
—¿No sabes quién es la otra?
—Soy yo… mírame. Estoy dentro y fuera.
Pero Trinidad lo entendía como un trabalenguas.
Comenzaba a gritar:
—¡Sácame de aquí! ¡No me hagas daño! ¡Cuidado con mis pies!
Gritaba tanto que Luisa se ponía nerviosa, temiendo que incluso pudiera golpearla.
Una vez intentó darle una patada.
Cuidar a su suegra era lo más terrible que le había tocado vivir. La demencia avanzaba cada vez más. A veces, en secreto, deseaba ser la mujer del espejo… la otra, la que no cuidaba.
En broma —o no tanto— le hablaba mentalmente a su reflejo:
—¿Cambiamos?… Vente, porfis… la estoy pasando mal.
Los días se hacían pesados.
Luisa quería escapar.
Recordó a su suegro, que siempre la animaba a escribir. Él conocía su talento. Le decía que buscara su felicidad, que no perdiera su juventud, que luchara por sus sueños. Gracias a él estudió en la universidad, se graduó con honores y trabajó como profesora algunos años.
Pero ahora estaba perdida.
Desorientada.
Buscando una razón para vivir.
Quería cuidar por gratitud… pero Trinidad ya no estaba en sus cabales y absorbía toda su energía.
Intentó cubrir los espejos con plástico brumoso, pensando que así cesarían los delirios. Fue peor. Trinidad hablaba de sombras, de presencias.
Y ya no era la vieja del espejo la que robaba su ropa…
era Luisa.
La misma que la lavaba, la alimentaba, la vestía.
Cuidar cansa.
Cuidar destroza.
Cuidar también quita la paz.
Luisa quería correr.
Correr sin parar.
Deseaba que el espejo de la biblioteca de Pepe —el único que no había cubierto— la absorbiera y la llevara a un lugar donde pudiera ser libre.
Su juventud había pasado sin aviso: un noviazgo temprano, un matrimonio, una vida que no eligió del todo.
Secó sus lágrimas y fue hacia la biblioteca.
—¿Y si cambiamos? —pensó.
La del espejo se acercó al vidrio.
—Si tú no te atreves… lo haré yo.
Luisa salió corriendo.
Su suegra la llamó para ir al baño.
Cuando la vio, se quedó inmóvil.
Por un instante, Trinidad tuvo lucidez.
Vio a la Luisa antigua superpuesta sobre la nueva, como dos fotografías en una sola imagen.
Recordó a la adolescente enamorada, el accidente que la dejó huérfana, el embarazo precoz, la pérdida…
Y a su marido, abrazándola como a una hija.
—¿Has visto al diablo? —preguntó—. ¿O a la vieja del espejo?
Pero Luisa ya no estaba del todo.
Los episodios empeoraron.
Un día Trinidad gritó:
—¡¡¡Una ladrona!!! ¡Me quiere robar!
Luisa no pudo calmarla.
Se desmayó.
Cuando despertó, estaba en la biblioteca.
Frente al espejo.
Se acercó.
No había reflejo.
Puso las manos sobre el vidrio…
y algo la arrastró.
Luisa cogió las cosas de su suegra, hizo una maleta y vendió la casa falsificando su firma.
En dos semanas, su vida cambió por completo.
En la residencia, Trinidad decía que esa no era Luisa.
Que era la del espejo.
Pero nadie la creía.
La medicaron más.
Dormía de día.
Y por la noche gritaba… llamando a Luisa.
Una tarde de primavera, Luisa estaba en un hotel de La Serena, en Chile.
Había recuperado peso.
Se veía radiante.
Pidió una habitación sin espejos.
Evitaba ascensores, salas, cualquier reflejo.
Pero aquella noche entró a un bar.
Pidió una margarita.
Luego fue al baño.
Demasiado tarde.
Estaba lleno de espejos.
Se miró.
Ahí estaba la otra.
Suplicante.
Sin hablar.
Solo con los ojos.
Luisa no dudó.
Susurró:
—Descansa. Ahora te toca a ti cuidar de los fantasmas.
Cuánto cuento cuántico
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