EL TIRANO DE ZORATHAR

EL TIRANO DE ZORATHAR

fran

04/04/2026

En los confines del universo conocido, donde las estrellas apenas susurraban nombres olvidados, se extendía el planeta Zorathar: una masa volcánica envuelta en humo púrpura, dominada por acero y sangre. Allí reinaba Karel Veyron, emperador autoproclamado y alquimista. Su palacio flotaba entre torres biomecánicas, sostenido por campos magnéticos y vigilancia absoluta. Bajo su puño de metal, millones se doblegaban. Karel no era solo un dictador. Había rehecho de su carne en acero, su mente en máquina. Había transformado a su ejército en criaturas sin alma, fusionando órganos con circuitos. Para él, la perfección era control. Y todo lo imperfecto merecía ser reformado… o destruido. En medio de ese imperio desquiciado, apareció Zyra Keth. Capturada mientras intentaba cruzar el sistema de las Espinas Solares, fue lanzada a las Arenas de Zorathar, un teatro de muerte para los ojos del tirano. Allí, bajo luces rojizas, los prisioneros se despedazaban entre sí, mientras la corte reía con vino negro en la boca.

Pero Zyra no era una prisionera cualquiera. Venía de Veliris, un mundo ya convertido en ceniza tras una guerra civil. Buscaba el Dexus Viviente, una red tecnológica ancestral. En su primer combate, esquivó con precisión inhumana y derribó a un coloso en segundos. No luchaba con rabia, sino con propósito. Cada movimiento era memoria. Karel observó desde su trono, y por primera vez en décadas, sintió algo probablemente cercano al asombro.

Zyra fue recluida. Él quería estudiarla. Porque si aquella mujer portaba la clave para controlar el Dexus, entonces Karel Veyron se volvería eterno. Mientras Lorin Jex, antiguo campeón de las arenas y ahora su entrenador, le enseñó las grietas en los muros, los ciclos de los drones, las rutinas de los soldados. Cínico y derrotado, al principio se burló de ella. Luego, empezó a creer. Porque vio que Zyra no temía morir. Una noche, cuando las lunas gemelas de Zorathar estaban en conjunción, una figura encapuchada entró a sus celdas: Sivara, una científica zorathiana con ojos de cuarzo. Traía un mensaje y una advertencia…

Al día siguiente, un combate preparado se convirtió en levantamiento. Los gladiadores se volvieron contra sus captores. Los muros vibraron. Las torres se incendiaron. La arena dejó de ser prisión y se convirtió en campo de batalla, Igualmente, siempre lo había sido. Karel respondió liberando sus horrores: bestias biomecánicas, cazadores de obsidiana, naves con cerebros orgánicos. Pero ya era tarde. El caos crecía como un incendio fuera de control. En una jugada arriesgada, Zyra fue al palacio sola. Karel sonreía con sus labios de titanio. Quería convencerla, doblegarla. Pero ella no iba a rogar. Mientras la conversación se volvía amenaza, Sivara se infiltraba en los laboratorios, extrayendo datos que revelaban una orden de purga, diseñada para borrar la disidencia y reemplazar la biología natural.

El ataque final llegó con estruendo. La purga se activó. El planeta empezó a desestabilizarse.

Zyra, con ayuda de Sivara y Lorin, usó los tableros que conectaban al Dexus para contener la destrucción. Su conexión se debilitó, parte de su ser quedó atrapado en el proceso. Pero el planeta sobrevivió. Karel había muerto. Zorathar, por primera vez en siglos, estaba en paz.

En los días que siguieron, los pueblos salieron de sus cuevas, los esclavos rompieron sus grilletes. Sivara fue elegida como nueva líder, y Lorin organizo con los esclavos las reparaciones de los recintos y templos destruidos.

Zyra, sin embargo, no se quedó. Dejó una sola nota, escrita en su dialecto olvidado de Veliris:

“Aún quedan mundos por liberar”.

URL de esta publicación:

OPINIONES Y COMENTARIOS