-Qué cansancio —murmuró Cheryl entrando al ascensor. El reloj en su muñeca marcaba las 11:00 p. m., una hora razonable para llegar a casa si eras residente de cirugía. Sin poder dormir las ocho horas por estudiar y atender pacientes en el hospital Laranguel, el sonido de una constante pelota rebotando en el departamento de arriba le quitaba el sueño por las noches.
Dos noches habían pasado desde que ella oficialmente se había mudado; dos madrugadas en las que el sonido del objeto no la dejaba dormir. Ella no conocía al inquilino que habitaba el departamento de arriba, nunca se había topado con él, y sabía que era un él debido a que su vecina, la amable Patty, que vivía justo al lado, en el 201, le había contado un poco de cada individuo que dormía en el edificio. A ella le parecía un tanto raro que le dijera que absolutamente todos los que vivían en el Dream in Peace eran solteros, viudos o simplemente divorciados; no había familias, niños, nada, solo adultos.
Estaba tan agotada que se dejó caer en el sofá y encendió la televisión; viendo su programa favorito, poco a poco se durmió. Pasaron unos minutos y el sonido, que para ella era tan fastidioso, se hizo presente en todo el departamento.
—Debe ser una broma —dijo, viendo el reloj que se ubicaba en la pared: 12:30 a. m. El sonido siempre se escuchaba a las 3:00 a. m.
Con la frustración latente por no poder descansar en paz, no se percató de ese dato poco común. En lugar de eso, salió de su departamento, entró al ascensor, marcó el botón número 6 y, ansiosa, miraba cómo los números de los pisos incrementaban hasta llegar al que era su objetivo. Cuando las puertas finalmente se abrieron, ante ella tenía un corredor donde no habían ocho departamentos como debería: cuatro del lado derecho y cuatro del izquierdo; simplemente había cuatro del primer lado mencionado.
Qué extraño. Cuando visitó por primera vez el edificio, todos los pisos eran iguales. ¿Habré visto mal? No… imposible… ¿es que acaso a partir de aquí todos los departamentos de arriba son más grandes?
La realidad se tornaba difusa, confusa, y sus pensamientos empezaban a mezclarse.
Se detuvo en la primera vivienda comenzando el pasillo.
—Es aquí…
Cheryl no tocó, no se presentó; simplemente tomó la manija, giró y abrió. Su mente no lograba ordenar lo que veía.
En el piso 6 no había cuatro departamentos, solo había uno, el cual tenía cuatro entradas, simulando cuatro viviendas. Era todo un piso para una sola persona, pero eso no fue lo que la dejó en ese estado de shock, sino la cantidad de esferas que allí rebotaban: de diferentes tamaños y colores, pero únicas en su elaboración. Y, aún más extraño, cada una tenía un recuadro con la foto y el número de vivienda de cada inquilino que en los primeros cinco pisos habitaba.
¿Qué es esto? ¿Dónde estaba el dueño? ¿Quién hacía rebotar las esferas? ¿Por qué tenían fotos de todos? ¿El dueño del edificio sabía eso?
Tantas preguntas… y el terror que sintió al escuchar una melodía a todo volumen la dejó aún más paralizada. Había alguien ahí que, a pasos lentos, se acercaba. En un mundo donde la realidad puede distorsionarse y nada es seguro… solo nos queda el tiempo para descubrir lo que realmente ha pasado.
De pronto, toda la habitación quedó iluminada con un brillo tan intenso que Cheryl trató de cubrir con su mano el rayo de luz que la señalaba. Entre el sonido de la música y su vista siendo obstruida, todo en su campo de visión empezó a dar vueltas y creyó ver destellos como si estuviera frente al mismo universo. Todo seguía girando con mayor velocidad y, en su desorientación, notó que la misma habitación se reducía a una esfera que giraba sin parar. Como niños jugando con trompos en el patio del colegio, algo jugaba con lo que veía. Imágenes aparecieron a su alrededor como si mil pantallas de cine la envolvieran completamente. Entonces, una de ellas se aclaró, mostrándole a Patty saliendo con su gato para el paseo matutino que suele hacer todas las mañanas; en otra vio al señor de vigilancia tomando su café; en otra, a Martín del 200 salir para su trabajo. Y, en cada parpadeo, veía a cada inquilino del edificio ejecutar su rutina diaria. En el quinto parpadeo, su corazón, que se encontraba latiendo con frenesí, se detuvo mientras se observaba a ella misma caminando por la calle, dirigiéndose hacia el edificio, saludando a Patty, sonriéndole al señor de vigilancia mientras entraba, para finalmente perderse en el pasillo del ascensor.
—Bienvenida, ya hiciste tu elección.
Un fuerte empujón la sumergió en un vacío que con fuerza la absorbía. Intentó abrir los ojos, pero solo veía destellos, luces opacas y otras muy intensas. De forma abrupta terminó sentada en una silla y, frente a ella, en una pantalla, observaba lo que había ocurrido en ese departamento en el que había estado hace unos instantes, como si se tratase de una grabación. Veía cómo la mujer en el video se agachaba ante una de las esferas rotas y, al mirar más de cerca… un escalofrío recorrió su espalda al darse cuenta de quién era la foto que estaba hecha pedazos.
—Cuando el tiempo se dobla y fluctúa, tus versiones salen a relucir. No sabes lo que sucede hasta que finalmente pasa y ya no eres un jugador; te vuelves el observador… —la figura escondida sale de las sombras— y en esta te enfrentas a ti misma.
Cuánto cuento cuántico
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