Desde que el número de días no definían el término de un año, la única libertad consistía en elegir la forma de morir.
Estaba cansada de tantas tarjetas de racionamiento, de adular, de sonreír, y hasta muchas veces, de ofrecer mi cuerpo para no tener que hacer aquellas filas interminables. Por ser soltera y joven me correspondía los últimos lugares. No quise casarme, pues me asqueaba ese resurgimiento del machismo.
A lo largo de decenas de generaciones, desde los inicios de los movimientos feministas; muchas mujeres enfrentaron la presión de ser eficientes ejecutivas, abnegadas madres, perfectas amas de casa y amantes apasionadas; cargando con el peso de la angustia y el estrés.
Esas generaciones de mujeres cansadas sembraron las semillas de la locura, y así fueron naciendo mujeres cada día más débiles. Mientras que en los hombres ocurrió todo lo contrario: fueron generaciones cada vez más vigorosas, pues desde que las mujeres decidieron hacerlo todo, ellos tenían menos presiones y eran más felices. Ya el hombre no era el proveedor, las mujeres asumieron ese rol, porque ganaban más dinero que ellos.
Ahora, después de cuatro siglos, los hombres retomaron el poder perdido y las mujeres, dichosas, los dejaron hacer.
Soy una de las pocas que no permite ser esclavizada. Los genes de mis antepasadas son cadenas difíciles de romper; construidas con eslabones de orgullo, fiereza, rebeldía y autosuficiencia.
La mamá de mi bisabuela, cuando quiso concebir, fué al banco de semen y escogió el color de ojos y piel que le parecían perfectos, y por supuesto quiso que fuera niña. Quería prolongar esa casta de mujeres bravías que distinguió siempre a mi familia.
Ella nunca se casó y cada vez que su naturaleza se lo reclamó, aún cuando era hermosa, pagó generosamente al hombre que le gustara para que le calmara sexualmente.
Conocí a la mamá de mi bisabuela porque en esa época permitían que una persona viviera 250 años. Ese fué uno de los errores más grandes de la humanidad, y ahora estamos pagando las consecuencias.
Ya hemos conquistado todos los planetas habitables para los humanos. Somos tantos, que en cualquier parte que estemos, vivimos hacinados. Hay muchos adelantos en todas las áreas, cosas asombrosas que nunca pasaron por la imaginación de los hombres de siglos anteriores. Pero nosotros, los humanos, seguimos siendo semejantes; con los mismos sentimientos de egoísmo, envidia y lucha por el poder. No nos distinguimos mucho de los primeros humanos que poblaron a la ahora empobrecida Tierra.
Las personas que se quedaron en la Tierra fueron las que no tenían recursos económicos para espaciagrar. Antes se le decía emigrar cuando se referían a salir de un país a otro en la Tierra.
Nunca, con todos los adelantos, se ha podido abolir la diferencia de clases. En la Tierra quedaron los pobres. Es tan terrible su situación que la antropofagia es legal.
Afortunadamente, yo logré salir de la Tierra. Cloptox es un planeta maravilloso, con algunos problemitas; pero en todos los demás también los hay, como en Lezpu, Sulcar y Mempro.
Gracias a mi buen dios Xilar, el derecho a la eterna juventud fué revocado y se implementó una nueva ley: no se permiten más trasplantes de células. Las personas que desobedecen esta nueva ley, sufren un horrible castigo. Son enviados a la Tierra para servir de alimento a sus habitantes.
En el artículo 25.306 de la ley del derecho a la vida se estipula que tenemos derecho a vivir 120 años saludables y escoger el día, la hora y la forma en que deseamos morir.
Dado que mi final se está acercando, elegí la forma en que murió uno de mis personajes favoritos, Cleopatra. Mandé traer un áspid a través de un comerciante que hace viajes a la Tierra, lo cual no fué tarea sencilla debido a la crisis de hambruna que afecta al planeta que aún llevo en mi corazón.
Cuánto cuento cuántico
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