Me cuesta recordar en qué momento, en el barrio de Santos Lugares, en la ciudad de Buenos Aires, los años dejaron de avanzar de manera ordenada y prefirieron, con objetivo cómico, molestar a quienes diseñan los almanaques, volviéndose un completo caos de dígitos y fechas. Tan así fue que los almanaques solo eran una cuadrícula vacía con algunos dibujos de animales o deportistas para justificar el precio, porque nadie sabía si al martes le seguía un lunes o un sábado, si al año dos mil veintidós le seguía el veintitrés o el cuarenta y cuatro, o si los años pasaban hacia adelante o hacia atrás. Estaba tan desordenado el barrio que en la calle Avenida la Plata había iglesias del mil ochocientos, negocios de los cuarenta y sesenta, y locales de electrodomésticos de años futuros.
Y no eran solo las calles las que cambiaban de forma estética, sino que los momentos de la vida comenzaban a alternarse entre sí, donde uno no podía asegurar si mañana le llegase la muerte o tal vez su nacimiento, si cumpliría veinte años o cuarenta y tres. Las madres tenían miedo de que cuando sus hijos volvieran del colegio, no pudieran reconocerlos porque traerían bigote, caras largas, la pelada al aire y la panza descubierta por tener una extensa jornada en la fábrica. Hasta ocurría que a veces uno iba a visitar a su hermana y ya tenía esposo, cuatro hijos y un laburo estable.
Más yo en todo este revoltijo de momentos que no tenían ninguna concordancia el uno con el otro, solo pensaba en encontrarme con mi amigo Antonino. Sin embargo, me resultaba imposible saber cuándo o quién podría encontrarme en la casa, pudiendo ser tanto su abuelo en sus veinte como a su tátara abuelo aprendiendo a caminar o a él en el vientre de su madre. Así que cada tarde sin falta, caminaba por la avenida La Plata, parando en la parroquia de Nuestra Señora de Lourdes antes de llegar a su casa. La tarde de un martes del año mil novecientos noventa, cuando pasando por el #bocadillochino salió otro amigo mío y me dijo: ¡Julio! ¡Julio! Me encontré con Antonio. Él estaba barriendo el patio de su casa y me dijo: “Si ves a Julio decile que venga a visitarme que se lo extraña”. Pero corré porque está muy viejo, tanto que parece más un muerto, y puede ser esta sea tu última oportunidad.
Corrí al instante a nuestro reencuentro. Sin embargo, en el camino me encontré a mi hermana, que no me permitió seguir ya que, siendo ella de un carácter muy nervioso, me gritó en la cara por la falta de traje, corbata y camisa, y que no traía el ramo que le prometí comprar por su casamiento. Con un movimiento zigzagueante, de “me voy por allí, pero en realidad me voy par allá”, la esquivé y salí corriendo, sin importarme sus gritos, porque me confundía que, se había divorciado sin casarce y que ahora se casaba con el divorciado. Continué mi camino.
Al notar que me acercaba, pues ya podía ver la punta de la parroquia, me encontré a mi padre. Con una cara amarga me dijo: Hijo, ¿dónde estabas? ¿Dónde están tus formales vestimentas? ¿Tu amigo ha muerto y lo vas a despedir así? El golpe fue tremendo. ¿Cómo podía ser que me pasara esto, estando tan cerca de su casa? Seguí lentamente caminando hacía su casa.
En la puerta de su casa estaba su madre barriendo el patio, con un aspecto que parecía tener mil quinientos años. Tenía los ojos tan arrugados que no podía abrirlos. Me presenté y le dije, como ya era costumbre, que era Julio y que pasaba a visitar a su hijo. Pero la mujer no me entendió debido a sus muy viejos oídos. Detrás de ella llegó su hija, quien no pasaba los cuatro o cinco años, aunque su mente estaba en una edad más avanzada. La nena agarró con suavidad las polleras de su madre y tironeándolas un poco, la vieja bajó la cabeza con dirección a la niña y esperó atentamente con el oído bien abierto las palabras de su nena. Ella le gritó con tanta fuerza como para dejarle claro a todos los vecinos la visita. Tras escuchar a la nena, la señora amablemente me sonrió con su cara bien arrugada y sacó de su bolsillo un pequeño y amarillento papelito — esto es del Antonio — dijo la vieja con una voz apenas comprensible. Lo tomé, lo desdoblé y lo leí antes que se hiciera polvo entre mis manos.
“Julio, mi gran amigo, no dudo que cada tarde seguramente estés caminando a mi casa para poder darte conmigo, fracasando todos los días. Por favor sigue intentándolo, sigo esperando por vos, mi gran amigo. Busco encontrarnos en la eterna fila de la vida, esperando por el glorioso momento de nuestro reencuentro. Aunque más que una fila es un tragaperras, y más que vida es un casino o un bingo, donde cada moneda para es un paso para vos, y para mí es una calada de mi mate, y estamos esperando que los dibujitos coincidan y podamos tener nuestro premio. Quiero que sepas que cada tarde sigo pensando en vos. Todavía tengo el truco en la mesa con las cartas repartidas. Deseo, ansioso, terminar todos los temas que comenzamos hace tantos años, pero dejamos inconclusos. Sigo esperando porque en vos veo un verdadero amigo, uno sin intereses, y feliz esperaré una eternidad para reencontrarme con alguien que me aprecia como yo lo aprecio. No te rindas nunca. Hasta que nos volvamos a ver mi amigo”.
Doblé la carta y la guardé en mi bolsillo, y caminé feliz hacia mi casa pensando en repetir todo mañana. Porque, aunque debo estar en este distorsionado «Eterno retorno», porque Nietzsche no aclaró que tenia ser ordenado y deba vivír en esta eterna búsqueda con los sucesos de mi vida desordenada, lo haré feliz, porque lo hago por un amigo.
Cuánto cuento cuántico
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