por Carlos Arrunta

Nadie supo con certeza cuándo apareció el Jeque. Algunos dijeron que había descendido con la niebla; otros, que siempre estuvo allí, apenas oculto por la costumbre. La laguna, por su parte, no figuraba en los mapas sino como una mancha verde sin nombre, una errata cartográfica que el municipio jamás se tomó el trabajo de corregir. Y, sin embargo, toda la ciudad parecía converger en ella, como si las calles —abarrote imperfecto de adoquines y veredas torcidas— hubieran sido trazadas para desembocar en ese espejo oblicuo.

El Jeque no vestía turbante ni seda, sino un albornoz gris que alguna vez fue blanco. Lo llamaban así por su manera de sentarse frente al agua, con una quietud oriental que desmentía el calor civil de la comarca. A su alrededor, el mundo persistía en su aspersión de comedia: vendedores ambulantes, discípulos improvisados, el clarín del diario anunciando epidemias conceptuales que nadie entendía pero todos temían.

Decían que era Dios del billar. No porque jugara —aunque a veces, en el bar del Abasto, se lo veía ahorcar la carga con una carambola imposible— sino porque comprendía la geometría secreta de los choques. “Todo es ángulo”, murmuraba, trazando con el bolígrafo sobre una servilleta la trayectoria del alazán de aceitera que galopaba en su imaginación. Nadie sabía qué significaba aquello, pero asentían con devoción.

La ciudad atravesaba una fiebre extraña. No era peste ni viruela sino algo más abstracto, un abstencionismo que rengueaba por las avenidas. Los hombres dejaban de votar, las mujeres de coser, los niños de preguntar. Era una epidemia de conceptos. Se hablaba de cohibir el deseo, de aspirar al coito abisal de las ideas puras, de colonizar la abstinencia con jabón linyera. El Jeque observaba todo con una sonrisa mínima, como si la laguna le dictara un comentario invisible.

Un día, el discípulo —un joven de apellido Aedo que tocaba el clarín en funerales cívicos— se aproximó al albornoz con una pregunta que llevaba semanas fermentando.

—¿Es cierto que usted puede cercenar el holocausto?

El Jeque no respondió de inmediato. Se inclinó hacia la laguna y, con la punta del bolígrafo, calcó sobre el agua una concepción de epidemia. El trazo no dejó marca visible, pero el viento se detuvo, y en la superficie comenzó a formarse una bóveda de abetos reflejados que no existían en la orilla. Era un bosque above-dan, suspendido al revés, como si el mundo hubiera decidido aspirar su propia raíz.

—Mire —dijo al fin—. El holocausto no es fuego. Es alboroto.

El discípulo no comprendió, pero sintió que algo en su interior era arrebatado por un arresto suave, una cabalgata silenciosa que atravesaba su pecho. La laguna parecía ensancharse, fértil y oblicua, como un embarcadero dispuesto a recibir naves invisibles.

A partir de entonces, comenzaron los sucesos.

Primero fue el dictado civil. El intendente anunció, con calor retórico, una serie de medidas para complicar lo sencillo y simplificar lo imposible. Se prohibieron los espejos en las peluquerías, las metáforas en los discursos y las partidas de billar después del crepúsculo. “Por un orden perfecto”, rezaban los carteles, aunque el resultado fue un desperfecto abarrado de normas contradictorias.

El Jeque, lejos de oponerse, asistía a las sesiones del Concejo como quien contempla una partida ya decidida. Cada vez que un edil levantaba la voz, la laguna —visible desde las ventanas— ondulaba levemente. Era como si el agua aspirara cohibir el exceso de palabras.

Una tarde, al calor de dicho dictado civil, un grupo de vecinos intentó arrestarlo. Alegaban que su sola presencia fomentaba el abstencionismo, que su silencio era una forma de sabotaje. El discípulo Aedo, dividido entre la lealtad y el temor, tocó el clarín en señal de advertencia.

Cuando los agentes se acercaron al borde de la laguna, ocurrió lo inevitable.

Vieron cómo un jeque en la laguna calmaba dicho holocausto.

No era el hombre del albornoz. Era su reflejo. El agua mostraba una figura idéntica, pero más nítida, que alzaba la mano con un gesto de misericordia geométrica. El alboroto de la multitud se convirtió en murmullo; el arresto se deshizo como jabón en lluvia. Uno de los policías, el más escéptico, juró haber visto en la superficie no un rostro, sino un tablero de billar infinito, donde las bolas eran ciudades y los tacos, voluntades.

Desde ese día, la ciudad comenzó a bifurcarse.

Había quienes vivían en la superficie —compraban, discutían, temían epidemias— y quienes empezaban a sospechar que la verdadera vida transcurría en el reverso acuático. Algunos se acercaban al embarcadero fructífero, esperando embarcarse hacia el reflejo. Otros, por el contrario, evitaban la laguna como si fuera un abeto invertido capaz de succionarles el nombre.

El discípulo Aedo fue el primero en cruzar.

No se arrojó al agua; bastó con inclinarse demasiado mientras limpiaba el albornoz del maestro. La superficie lo aceptó sin ruido, como si lo hubiera estado esperando. Desde la orilla, los presentes lo vieron desaparecer. Desde el reflejo —según contaría después el Jeque— el joven emergió en una ciudad idéntica pero invertida, donde las epidemias eran curas y el abstencionismo, una forma de acción secreta.

—Allí —explicó el Jeque a los pocos que aún lo escuchaban— el alazán de aceitera no galopa hacia el abasto, sino hacia el origen. Allí el coito no es abisal, sino aéreo. Allí cada concepto, antes de enfermar, aprende a callar.

—¿Y usted? —preguntó alguien—. ¿De qué lado está?

El Jeque sonrió. Señaló la laguna con el bolígrafo.

—Yo soy el ángulo.

Poco después, desapareció también. Algunos sostienen que fue detenido y enviado a un asilo por perturbación conceptual. Otros afirman que simplemente se inclinó lo suficiente y cruzó al otro lado, donde la cabalgata continúa bajo bóvedas de abetos inexistentes.

La laguna permanece.

A veces, al caer la tarde, cuando el calor civil se disipa y el clarín calla, puede verse en la superficie el reflejo de una partida interminable. Las bolas chocan sin ruido; ninguna cae en tronera. El tablero es la ciudad, el albornoz una nube baja, el Jeque un cálculo perpetuo.

Y quienes se atreven a mirar demasiado tiempo sienten que algo en ellos renguea, que una abstinencia los coloniza con dulzura, que el mundo visible no es más que la aspersión de una comedia cuyo argumento verdadero se escribe —con tinta invisible— en el agua.

Porque, como aprendió el discípulo, todo holocausto es alboroto.

Y todo alboroto puede ser calmado por un jeque en la laguna.


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