AMODORRANTE ABRIGO

AMODORRANTE ABRIGO

Dinamo89

26/03/2026

por Carlos Arrunta

Así decía el cartel, colgado torcido sobre la puerta de la vieja sastrería en la zona sur de Rosario. Nadie sabía si era un error tipográfico, un juego o un conjuro. Las mayúsculas y minúsculas parecían puñaladas desordenadas. Fernando —que había heredado el local de su abuelo— jamás lo corrigió. Decía que el cartel se escribió solo una madrugada de tormenta, cuando el río subió hasta besar las escalinatas del galpón.

El río. Siempre el río.

En las noches húmedas, cuando el Paraná respiraba como un animal prehistórico, la tela colgada en los maniquíes susurraba. No era el viento. Era otra cosa. Un rumor con sed.

Y

COn

BebEr

abiERTa

ArqUeoLoGíA

bípeDa afoRTUnAda

Las palabras aparecían cosidas en el forro de los sacos sin que nadie las bordara. Federico encontraba las frases al dar vuelta las solapas. Hilos negros sobre lino gris. Letras torcidas como si alguien hubiera cosido bajo el agua.

Decía su abuelo que toda prenda es una excavación. Que el traje no se hace, se desentierra. Que el cuerpo humano es una ruina bífida y afortunada, arqueología que camina, y que el abrigo es la última capa de tierra antes del misterio.

Pero una tarde llegó el Bombero.

No era bombero de incendios. Era el apodo de un hombre ancho, de ojos brillantes y saco rojo, que tocaba el bombo en las marchas y en los velorios. Decían que podía convocar lluvias y motines con el mismo redoble. Entró a la sastrería sin saludar. Apoyó el bombo contra la pared. El cuero vibró como si algo golpeara desde adentro.

—Necesito un abrigo —dijo—. Uno que calme el levantamiento.

Fernando no preguntó cuál.

POR

eL

boMbo

coNSigO

abRevar RUMoR,

acAriciAR AbErtUra

El Bombero explicó que el centro estaba raro. Que en las plazas la gente cavaba con cucharas. Que buscaban algo bajo las baldosas: una grieta, un fósil, un dios. Decían que el asfalto latía. Que había que abrirlo para que respirara.

Fernando tomó medidas en silencio. Hombros anchos. Espalda cargada. Pero al rodear el torso con la cinta métrica sintió un hueco. No físico: un vacío tibio, como si el pecho del hombre fuera una puerta entornada.

Esa noche soñó con la ciudad invertida. Edificios hundidos hacia abajo como raíces. Calles que descendían en espiral. Y en el centro, un pozo donde el Bombero golpeaba el parche y el sonido no subía, bajaba. Descendía como agua espesa.

Al despertar, el abrigo estaba cortado sobre la mesa. Nadie recordaba haberlo hecho.

Era de paño oscuro, pero al mirarlo de costado parecía mojado. El forro tenía mapas que no coincidían con ningún barrio. Costuras internas que dibujaban constelaciones. Y en el cuello, bordado con hilo apenas visible:

LO

QuE

cLAvar

cONFLictOs

deL ALZaMieNto

anHELa Que CanoniZAr

Fernando sintió un escalofrío. Entendió que el abrigo no iba a proteger del frío. Iba a absorber algo más.

Cuando el Bombero volvió, el cielo estaba amarillo. El río retrocedía dejando peces agonizantes en el barro. Desde el centro llegaba un murmullo de multitud.

—Ya empezó —dijo el hombre.

Se probó el abrigo.

Al cerrar el último botón, el bombo vibró solo. Un latido grave. Fernando vio —o creyó ver— que del suelo brotaban raíces negras que se enredaban en el dobladillo. El abrigo no pesaba, pero el aire sí. El aire era espeso, como si la ciudad estuviera bajo agua invisible.

QUE

LA

maFia

acEiTa

EL aMazonAS,

AbOceTado aRRimA

El Bombero sonrió. Dijo que el Amazonas no era un río sino una maquinaria. Una selva aceitosa que lubricaba engranajes invisibles. Que todo levantamiento necesita quien lo engrase. Que toda rebelión tiene su sastre y su verdugo.

Salió a la calle golpeando el parche.

Fernando lo siguió hasta la peatonal. La gente no gritaba consignas; murmuraba sílabas sueltas. Como si todos repitieran fragmentos de un texto que nadie recordaba completo. Algunos llevaban cucharas. Otros, agujas. Cavaban entre las juntas de las baldosas.

Y entonces la tierra cedió.

No fue un derrumbe violento. Fue una apertura lenta, como una boca que bosteza. El centro de Rosario se abrió en pétalos de cemento. Desde abajo subió un vapor dulce y oscuro. Se oía agua, pero no corría hacia el río, circulaba en círculos.

En el fondo, una ciudad antigua. Columnas cubiertas de limo. Escaleras que no llevaban a ningún sitio. Y cientos de abrigos colgados en ganchos de hierro, balanceándose como cuerpos sin peso.

El Bombero descendió por una escalera improvisada de escombros. Cada golpe de bombo hacía temblar las columnas sumergidas.

Fernando sintió que el suyo —el abrigo que aún no había vendido— tironeaba desde el perchero. Como si quisiera ir también.

POR

eL

ceNtro

aCENdRa

aBotagADO

aModOrranTE AbRigO

La palabra “acendra” no existía, pero la ciudad la entendía. Era el acto de volverse ceniza sin fuego. De hincharse hacia adentro.

La multitud empezó a bajar. No corrían. Descendían con paciencia arqueológica. Como si siempre hubieran sabido que bajo la peatonal había otra versión de sí mismos esperando.

Fernando regresó a la sastrería. Encontró los maniquíes mirando hacia la puerta. Todos tenían ahora cavidades en el pecho. Huecos limpios, redondos.

En el espejo del probador no vio su reflejo sino la ciudad subterránea. El Bombero, ya abajo, clavaba el parche del bombo contra el suelo inundado. Del cuero brotaba agua. No sangre: agua espesa, con brillo de petróleo.

Comprendió entonces que el abrigo no calmaba el levantamiento. Lo canonizaba. Lo volvía rito. Lo vestía de legitimidad.

Y entendió algo peor, que cada puntada que había dado en su vida no cerraba heridas, sino que delineaba grietas futuras. Que la sastrería era un templo discreto donde se cosían destinos colectivos. Que el cartel no era error sino advertencia.

AMOdOrrAnte aBRigO.

Abrigo que adormece.

Abrigo que arrima.

Abrigo que arquea la espalda y la historia.

Esa noche el río volvió a subir. Pero no trajo agua. Trajo abrigos. Cientos. Flotando en silencio frente al galpón.

Fernando cerró la puerta. No por miedo, sino por pudor.

Tomó aguja e hilo.

Si la ciudad iba a abrirse, al menos que lo hiciera bien vestida.


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