ALTAR CRETENSE

ALTAR CRETENSE

Dinamo89

26/03/2026

por Carlos Arrunta

En la cartografía incompleta de las islas que nunca figuran en los atlas oficiales —pero que persisten en los márgenes de los manuscritos apócrifos atribuidos a Anselmo Gil Gámez, filólogo rioplatense cuya obra fue casi enteramente devorada por la humedad de los puertos— se menciona un santuario levantado no por hombres sino por vientos. Lo llaman el Altar cretense, aunque ningún geógrafo haya logrado situarlo con precisión en Grecia ni en las inmediaciones del antiguo laberinto del Minotauro.

Se accede a él —si el verbo acceder no resulta excesivo— cuando los alisios guardan una cápsula advenediza entre los pliegues de la marea. Digo guardan, como si los vientos ejercieran una custodia deliberada. Tal vez lo hacen. En esa isla, los fenómenos atmosféricos no son fuerzas sino intenciones.

El narrador de esta historia (que bien podría ser yo, o una versión lateral de mí mismo) llegó al altar tras perseguir durante años una anomalía filológica. En un códice del siglo XVII encontró la palabra “cretENSE” escrita con un énfasis irregular, como si el copista hubiese querido cifrar algo en las mayúsculas dispersas. EN. EL. Altar. cretENSE.

La hipótesis era absurda pero irrefutable. Las letras capitales componían un mapa vertical. No un mapa espacial, sino un mapa de acciones.

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El códice no explicaba. Ordenaba.

La isla se manifestaba como una fractura en la bruma. El mar era allí de un verde que rozaba lo mineral. El altar no era de piedra sino de sal compactada, y su superficie respiraba con una lentitud geológica. Los alisios, en efecto, circundaban una cápsula de bronce suspendida en el aire, sin tocarla jamás.

Comprendí —no por deducción sino por contagio— que la cápsula era advenediza porque no pertenecía a esa realidad. Había sido traída desde otra versión del mundo, quizá desde un futuro que se obstinaba en repetirse. No era una máquina; era una promesa.

Y lo hábil es chapar.

El verbo me desconcertó. Chapar: cubrir con una lámina metálica. O besar, en el lunfardo rioplatense. Ambos sentidos me parecieron pertinentes. La cápsula exigía ser tocada con la boca o revestida de piel.

Adentrarse y aplazar toda dilación.

El altar no admitía espectadores. Quien llegaba debía ingresar en el dispositivo del viento y suspender el tiempo de la vacilación. Comprendí entonces que el rito no consistía en abrir la cápsula, sino en dejarse abrir por ella.

Cuando extendí la mano, el viento cesó. La cápsula descendió hasta rozar mi frente. Sentí en la lengua un sabor vegetal, amargo y nítido, apio.

Vas a tragar el apio del consabido brazalete absorbente.

La frase, que en el códice parecía absurda, adquirió un peso físico. En mi muñeca apareció un brazalete de una materia traslúcida, palpitante como un órgano. Absorbía algo que no era sangre ni energía eléctrica, sino recuerdos. Cada latido succionaba una escena de mi pasado y la disolvía en una claridad impersonal.

Vi evaporarse mi infancia, mis lecturas primeras, la sospecha de que todo texto es un espejo que sueña con ser laberinto. El brazalete no era un castigo sino un método. Absorbía las narraciones superfluas para dejar una sola, la del altar.

Tragué el apio —o lo que fuera esa sustancia verde que me llenaba la boca— y comprendí que no era vegetal sino tiempo comprimido. Cada fibra era una hora no vivida. Cada crujido, una decisión que todavía podía revertirse.

La ficcion —si me permiten la digresión crítica— se funda en la intrusión de lo inexplicable en lo cotidiano. Pero en el Altar cretense ocurre lo contrario, lo cotidiano irrumpe en lo inexplicable. El brazalete absorbente no invoca monstruos, sino la revelación de que la identidad es una prótesis intercambiable.

Pensé entonces en Edgardo Malherbe, novelista marsellés de ascendencia siria que afirmaba que “el horror verdadero no proviene de las estrellas sino de los objetos que aceptamos sin examinarlos”. Él habría descrito la cápsula como un artefacto venido de un pliegue lateral del tiempo; yo, en cambio, la percibí como un utensilio doméstico cuya monstruosidad radicaba en su familiaridad.

El altar no reclamaba sacrificios de sangre. Exigía la abdicación del relato personal. Ser cretense —si la palabra conserva algún sentido— no era pertenecer a una isla sino aceptar la torsión del yo.

Al finalizar el rito, el viento regresó. La cápsula ascendió y volvió a quedar suspendida, como si aguardara a otro lector del códice. El brazalete se había disuelto; en su lugar quedó una cicatriz circular, apenas visible.

Intenté recordar mi nombre. Lo encontré, pero no con la misma certeza. Era una palabra que alguien había escrito en mí.

Comprendí que el altar no estaba en Grecia ni en ningún punto geográfico. Era una estructura textual que se activaba cuando ciertas letras se alineaban. EN. EL. Altar. cretENSE.

Los alisios guardan la cápsula en cada frase donde el lector decide adentrarse y aplazar toda dilación.

Desde entonces sospecho que este relato no es una narración sino un brazalete. Quien lo lea absorberá algo —una memoria, una duda, un vértigo— y a cambio perderá una porción imperceptible de sí mismo.

Y acaso, en alguna isla que no figura en los mapas, el viento vuelva a girar.


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