Comala, enero de 1986.

Comala, enero de 1986.

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17/03/2026

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Comala, enero de 1986

Juan,

Ya sé que le aburren los discursos largos y ajenos. Ya sé que prefiere el silencio del fuego, que desecha papeles y reúne cenizas. Aquí lo entendemos. Llegar tarde tiene su gracia: a veces permite salvar lo que parecía perdido para siempre.

No se preocupe por el calor. Aquí el calor no duerme ni aburre.

Eduviges le hace la cama aunque usted no la necesite; es su manera de sentirse útil, y no me parece bien quitársela.

Dicen que usted me inventó. Puede ser. Pero yo llevo aquí más tiempo que usted en cualquier parte, y Comala es mío de una manera en que ningún libro lo es de nadie. Usted me sacó de adentro, de acuerdo. Pero ahora, después de treinta y un años desde que sus palabras nos trajeron a la vida, lo invito a entrar. Comala tiene esa costumbre: tarde o temprano, todos terminan siendo de aquí.

Le cuento que aquí no hay rencores. O los hay, pero ya nadie tiene fuerzas para sostenerlos. Susana sigue sin hablarme; eso no cambia, pero me acostumbro a escuchar su silencio como quien escucha llover. Abundio tampoco habla mucho. Juan Preciado llegó hace tiempo buscándome y se quedó, como todos. Eso también lo hace usted, y no se lo reprocho.

Sé que le dicen que escriba más, que por qué tan poco, que el mundo espera. Pero el mundo no sabe qué aguardar. Aquí nadie pide nada, y el pueblo sigue, lento, intacto, sin desaparecer.

Bien sabe usted que las palabras perdidas pueden encontrar amigos.

Bienvenido.

Pedro Páramo
La Media Luna, Comala

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