Señor mío:
Le escribo desde esta tierra que no sabe bien si está viva o apenas suspendida en el aliento de sus muertos. Aquí en Comala el calor, uff, quema: calcina bien despacio, como si uno fuera leña verde. Yo no sé si esta carta le llegará, sabe, porque el viento suele quedarse con las palabras y las mastica hasta dejarlas en puro polvo. Pero igual, escribo. Es lo único que todavía me responde.
Dicen que usted anda buscando lo que fue. No, no lo haga. Aquí lo que fue camina, nunca descansa. Se mete por debajo de las puertas, se sienta en la orilla de la cama y le susurra a una hasta que la madrugada se vuelve una herida abierta. Yo he aprendido a no preguntar nombres. En este pueblo los nombres pesan demasiado; cuando se pronuncian, algo grande se quiebra.
A veces creo oír los pasos de mi madre cruzando el patio. Arrastra las sandalias como cuando venía a decirme que dejara de mirar el horizonte. “Allá no hay nada”, decía. Yo la desobedecía, porque una siempre cree que más allá del cerro empieza otra vida. Pero aquí, no hay más allá. El camino se dobla sobre sí mismo, como si tuviera vergüenza de seguir.
He visto hombres llegar con la esperanza colgándoles del cuello, como escapularios. Se les cae al tercer día. El calor les va chupando la voluntad, igual que una fiebre larga. Después, se quedan. No porque quieran, sino porque algo en la tierra los agarra de los tobillos.
Yo lo sé: intenté irme una vez. Caminé hasta que el sol me partió la cabeza en dos. Cuando desperté, estaba otra vez en mi cuarto, oyendo el mismo murmullo. Aquí, éste no cesa. Es como si la tierra rezara, sin mucha fe.
Usted pregunta por los que gobernaron este lugar. Yo….. no voy a nombrarlos….. Los poderosos nunca se van del todo. Se quedan flotando en las paredes, en las miradas retorcidas, en el silencio de las matronas.
Aquí aprendimos a callar antes de a hablar. Y el silencio se nos volvió costumbre. Es un rebozo que nos cubre incluso cuando no hay nadie mirando.
Si alguna vez pisa Comala, no se fíe de la quietud. Bajo esa paz hay algo, voces. No gritos; algo como recuerdos que no encontraron tumba. Escúchelos si quiere, no les responda. Las voces se encariñan con quien las oye. Y luego, el fin….. nunca lo sueltan.
Yo sigo aquí, sentada junto a la ventana, mirando cómo el polvo se levanta y vuelve a caer, una y otra vez, como si respirara. A veces pienso que soy yo la que ya no respira, quien sabe….. que tal vez escribo desde el otro lado sin haberlo notado. En Comala esas cosas pasan, sin aviso.
Si decide venir, hágalo ligero de corazón. Y si puede, tráigase un poco de olvido. Aquí nos hace falta.
Con el calor de esta tierra que no perdona:
—Una mujer que todavía, sí, que aún escucha.
Cartas desde el polvo
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