El pueblo que sucumbió al fuego

El pueblo que sucumbió al fuego

—¡El fuego ha vuelto a nacer!

Los gritos de los guardianes de las zonas limítrofes llegaron a oídos del resto de habitantes del Valle de las Nieves Perpetuas cuando estuvieron cerca de la zona habitada. Pero esta vez, como otras muchas, el poder sagrado de las llamas destructoras no había sido el resultado de un incendio accidental de la naturaleza, sino de algo mucho más peligroso, la mano del hombre. De hecho, eran los restos de una reciente fogata que otras criaturas semejantes, Los que generaron el fuego, habían creado.

Rápidamente se organizó una expedición con el fin de recoger
los restos que quedaban de aquella hoguera, cuyas brasas podrían mantenerse todavía encendidas al menos durante las horas de duración del viaje. Una vez en el punto de destino, y tras asegurarse de que los creadores del fuego ya no se hallaban allí, no sería difícil reavivarlo, si fuera necesario, y transportarlo hasta el poblado. El jefe de la tribu, aquella que respondía al nombre de Los que surgieron del frío, les habló desde la costumbre de una tradición ancestral llevada a término innumerables veces, pero también desde la prudencia y el miedo a unas amenazas y peligros siempre presentes.

—Tened mucho cuidado. No debe veros ningún otro animal de dos piernas. Ya sabéis que no son como nosotros, son animales sabios, pero crueles, pues son poseedores de una sabiduría que solo pretende aniquilar la vida de aquellos que no son como ellos. Son portadores del fuego exterminador. El poder de sus tentáculos abrasadores puede ser incontrolable. Los Espíritus de la Naturaleza nos lo prestan a veces para que nos sirvamos de él, para calentarnos o para cocinar nuestros alimentos. Pero no nos pertenece. Es demasiado peligroso y los espíritus lo saben.

Los tres expedicionarios se dispusieron, con extremo cuidado, a salir fuera del Valle de las Nieves Perpetuas. No era un camino fácil. Primero tendrían que subir por la ladera oeste de la montaña, la única accesible de todas, adentrarse por un recóndito y oculto pasadizo envuelto en enormes rocas, y, finalmente, entrar al Bosque de las Almas, último paso hacia el mundo exterior, un territorio ignoto, pero que se antojaba temible y hostil, conformado por todas aquellas tribus y civilizaciones consideradas indefectiblemente como enemigas.

El valle, cuyo suelo estaba repleto de capas de nieve perenne, estaba rodeado de montañas, también nevadas, de temperatura mucho más fría que la de las zonas bajas debido a la altitud que alcanzaban. Se podía decir que se trataba de un entorno primitivo y prácticamente virgen, completamente aislado de las civilizaciones que se extendían más allá de las montañas y de los bosques. Poquísimas ocasiones en la historia habían sido visitados por otros pueblos y, las veces que alguna persona había intentado adentrarse en el valle, había sido repelida con mortal violencia, tratando de preservar la integridad de sus valores y costumbres, en definitiva, de su identidad y del sentido de pertenencia a una cultura única.

Aquella esquiva tribu, compuesta por unos 400 integrantes, podía esta noche reunirse fuera de las cabañas y disfrutar de un banquete al aire libre, gracias al espíritu del fuego que todo lo convierte en cenizas. Las mujeres y los hombres hacían resonar la noche de luna llena con sus cánticos. Antes de proceder a la cena, la voz del jefe de Los que surgieron del frío hablaba de los ritos necesarios para calmar el furor de las llamas y que no se tornaran influencias maléficas.

—Escuchadme todos. Este es el momento de aplacar la ira del fuego que todo lo destruye. Roguemos para que la luz de sus rayos, que queman con ímpetu todo a su paso, nos sea propicia. Demos gracias a los Espíritus de la Naturaleza por los alimentos que nos han regalado.

De repente, otra voz, menos conciliadora, surgió de entre todos los presentes, como una sombra maligna que transformó la dicha de aquella velada en una negra desesperanza.

—Debéis recordar que la oscuridad y las tinieblas me han revelado que nuestro mundo terminará de forma violenta, en una purificación, antes de que anochezca tres veces.

Era el chamán de la tribu quien había hablado. Los corazones de todos los que allí se hallaban enmudecieron al instante. Y fue a partir de ese momento que la identidad ancestral de aquel pueblo, hasta ahora sentida como la energía de una luz pura y resplandeciente, se volvió oscura y temible, como el más profundo y negro abismo.

Los que surgieron del frío todavía no sabían el verdadero alcance de las palabras del brujo. Desconocían que estaban a punto de experimentar una de las mayores transformaciones de su larga existencia. Las amenazas solo se hacen efectivas cuando se cumplen en la realidad, cuando escapan del entorno de lo probable y se internan en el mundo de lo factible. Y es entonces cuando no se puede hacer nada por evitar los designios del destino, las profecías ancestrales que, llegado el momento propicio, tienen su efectivo cumplimiento.

La identidad de un pueblo no es estática. En realidad, se define como un proceso condicionado por múltiples factores: desastres naturales como incendios o terremotos, el agotamiento de los recursos, o cambios sociales como caídas de gobiernos y guerras. Y esta recóndita civilización no iba a existir para siempre, no, al menos, su identidad, su conjunto de ideas, valores y creencias acerca de sí misma. Una de sus máximas vivencias se relacionaba con el fuego, un elemento natural tan temido como admirado, que provocaba en aquellos seres rechazo y adhesión al mismo tiempo. Su cultura había sido desde tiempos inmemoriales la surgida del frío, la de las nieves perpetuas del valle que los acogía y los aislaba del mundo.

Quién sabe si su resistencia y adaptación a las gélidas temperaturas era debida al prolongado tiempo de contacto con el clima helado o a algún tipo de mutación o evolución adaptativa. Pero lo cierto era que las gentes del valle no necesitaban llevar pesadas y aparatosas piezas de abrigo, y sus cuerpos podían resistir más que cualquiera de las otras civilizaciones humanas los rigores de un tiempo glacial. Se podía decir que se habían acostumbrado a convivir sin la premura del uso del fuego, estado de la materia que no habían aprendido a generar por sí mismos. En realidad, no creían necesitarlo.

Su dieta, cuando no conseguían adquirir el fuego que les permitía comidas calientes, estaba también adaptada a su especial situación. Se alimentaban de pequeños animales que cazaban con armas como arcos y flechas, cuchillos y lanzas, y de peces y frutos silvestres que obtenían mediante su recolección. Todo lo cual había condicionado el reducido número de pobladores, impidiendo su elevado crecimiento y expansión.

***

Tres días habían pasado desde el terrible vaticinio del chamán de la tribu acerca de la destrucción de su mundo, del único que habían conocido en muchísimo tiempo y que les dotaba del mayor orgullo que sentían como pueblo, su sagrada identidad. Pero, a pesar de la oscura profecía que se había abierto paso entre las gentes del valle, la vida continuaba para la mayoría con incontestable resignación, como la acostumbrada espera marcada por un azar contra el que no cabía la lucha, solo la tensa cuenta atrás. Después de todo, si los Espíritus de la Naturaleza habían dispuesto así las cosas, no era aconsejable rebelarse contra sus designios, pues eran entidades mucho más sabias que los simples y débiles humanos, seres incapaces de comprender el verdadero propósito de las fuerzas y los poderes sobrenaturales que envuelven su naturaleza mortal. Aquellos hábiles cazadores y salvajes guerreros hacían uso de sus instrumentos y armas de defensa contra sus enemigos, pero nunca para luchar contra el inapelable destino.

Tras las frías primeras horas de la mañana, un tibio sol emergía ahora con timidez y trataba de expandir, aunque sin mucho éxito, sus débiles rayos por los confines del Valle de las Nieves Perpetuas. Solo una tenue luz resplandecía, insegura y temerosa, entre aquella atmósfera apagada, como si la vida solo se manifestara a través del canto de los pájaros que sobrevolaban el aire y de los agudos y chirriantes sonidos que algunos pequeños animales, emitían desafiando aquel ambiente que parecía esconder una insignificante existencia.

Tres personas, tres miembros de una misma familia, procedían a ejecutar el antiguo ritual de sumergir los pies de todo niño nacido en las aguas sagradas del lago. Era la manera de presentar cada nueva vida ante los Espíritus de la Naturaleza. La considerable extensión de agua dulce que se hallaba a unos cuantos kilómetros del valle, el llamado Lago de los Nacimientos, se constituía en el líquido purificador y revitalizante que preparaba el alma y le garantizaba una feliz y pacífica andadura sobre la dura tierra.

Ojos de Cielo, la madre, llamada así por sus pupilas de un azul intenso, sostenía amorosa entre sus brazos a su bebé de tres meses, Susurro del Viento, un pequeño diablillo que lloraba sin cesar, como queriendo decir a todo el mundo “¡Eh, aquí estoy yo!”. Su esposo, Lágrimas de Lluvia, tomó al niño y, sujetándolo con fuerza, dejó que sus `piececitos entraran en contacto con las aguas del lago. Después de la ligera inmersión, sacó los pies mojados y los secó suavemente, con la ternura y devoción de los padres primerizos, antes de devolverlo a la madre.

—Debemos volver. La travesía hasta el poblado nos costará varias horas de caminata y, si nos demoramos, nos podría alcanzar la noche —aconsejó Ojos de Cielo a su esposo, con la prudencia del que sabe lo que puede ocurrir.

Emprendieron el viaje de regreso al hogar como padres satisfechos de haber contribuido al ritual de protección sobre su hijo. El día anterior había estado nevando y la espesa nieve se acumulaba en su camino, con una blancura que lo inundaba de integridad y pureza. Nada hacía pensar en los siniestros presagios que amenazaban la vida de aquellos vírgenes parajes, del valle rodeado de montañas que había permanecido todos esos años apartado e intacto de sacrílegas incursiones ajenas.

Sus pies se hundían en la nieve que inundaba los abruptos senderos, pero eso no parecía importar a la sonriente familia, que continuaba su marcha sin descanso. Casi había anochecido cuando llegaron hasta su reducido mundo de candor e inocencia. Pero algo extraño parecía expandirse en el ambiente cuando emergieron cerca de la ladera oeste de la montaña. Fue en esos momentos cuando fueron conscientes de la tragedia que estaba teniendo lugar en el Valle de las Nieves Perpetuas.

Columnas de humo espeso sobresalían del poblado a lo lejos. El olor a madera y paja quemada se extendía como sombras malignas por doquier. Al acercarse todavía más ladera abajo pudieron observar el infierno de fuego y llamas que arrasaban el poblado. El instinto de supervivencia hizo que se ocultaran para no ser vistos por los posibles enemigos. Voces de una lengua desconocida resonaban por el valle y se mezclaban con los gritos y desesperados lamentos de los que luchaban por su vida en medio de la sorpresiva emboscada. En una parte de la aldea interminables filas de prisioneros se desplegaban bajo las órdenes del ejército atacante.

La otrora feliz familia observaba todo el caos con horror e impotencia. A un gesto de Lágrimas de Lluvia, subieron ladera arriba, huyendo de aquel infierno. Por fin fueron conscientes de que había llegado el final del mundo que conocían y recordaron lo que tres días antes había revelado el brujo de la tribu, la violenta purificación de fuego y llamas que iba a terminar con su pueblo.

Los dos jóvenes y su bebé caminaban apresuradamente, con pisadas dificultadas por la nieve, en medio de un inquietante silencio. Sus rostros todavía reflejaban el impacto que el ataque a su aldea había producido en ellos. Su intención era llegar hasta el Bosque de las Almas y adentrarse en el desconocido Mundo de Fuego y Llamas que tanto temían. Pero, cuando llevaban un buen trecho del camino, la terrible aparición a lo lejos de un grupo de cuatro hombres armados que seguramente se dirigían a su poblado hizo que se escondieran dentro de una especie de obertura entre las rocas semejante a una pequeña cueva. El grupo de guerreros pasó por su lado a tan solo unos centímetros de distancia. Lágrimas de Lluvia y Ojos de Cielo podían notar la respiración de aquellos hombres y las extrañas palabras en un idioma que no entendían.

Los dos jóvenes se quedaron completamente inmóviles, esperando que la inquietante aparición se alejara de ellos. Ojos de Cielo trataba de acallar los susurros y gemidos de su pequeño acercándole cuidadosamente su pecho. Finalmente, los perdieron de vista, por lo que se atrevieron a salir lentamente de su escondite para reanudar su marcha.

Tras recorrer varios kilómetros, decidieron descansar sentándose entre unas enormes rocas que se alzaban en el extremo del sendero. El hambre y el agotamiento habían hecho mella no solo en sus cuerpos, sino también en sus atormentados espíritus.

—¿Cuánto falta para llegar al Bosque de las Almas? —preguntó la muchacha, visiblemente cansada.

—No debe de faltar mucho —contestó Lágrimas de Lluvia sin mucho convencimiento, pero con la intención de tranquilizar a su esposa.

—No sé si hacemos bien en huir del poblado —afirmó Ojos de Cielo con débil voz, temiendo la reacción negativa de su marido.

—¿Acaso estás insinuando que deberíamos volver a aquel infierno? ¡Nunca! —repuso él con firmeza.

La joven no se atrevió a volver a hablar de un posible regreso. Pensó que era mejor permanecer callada para no importunar a su esposo. Pero estaba claro que la sombra de la discordia empezaba a asomar en el horizonte.

Siguieron andando parte de la noche sorteando peligros y amenazas, espantando alguna manada de lobos que los acechaban con hostilidad, sin poder sucumbir al dulce sueño reparador, con heridas en las piernas y pies por los obstáculos del camino, sintiendo cada vez más la preocupación de un futuro incierto, hasta que, finalmente, la necesidad imperiosa de dormir les hizo refugiarse en una especie de cabaña abandonada utilizada por cazadores para pasar allí las horas que quedaban hasta el amanecer.

Lágrimas de Lluvia despertó de repente presa de una gran agitación nerviosa. Como avanzando entre sueños, sus manos se movían de un lado a otro simulando una dura lucha contra enemigos invisibles.

—Mi esposo, cálmate. Nada debes temer —le decía Ojos de Cielo mientras intentaba sujetar su agitado cuerpo.

Pero el joven, lejos de calmarse, se dirigió a su mujer con duras palabras de reproche.

—Estamos en grave peligro aquí parados. Eres… un estorbo. Sí, eso eres. Una inútil y débil mujer. Ya no puedo soportar por más tiempo que ralentices la marcha de esta manera. Debemos proseguir el viaje en seguida. Si algo nos pasa… si algo le pasa a nuestro hijo, tú serás la responsable.

—¿Yo? ¿Un estorbo? ¿Y qué hay de ti? Deberías haberme hecho caso desde el principio. Deberíamos… haber regresado ya al poblado. Esta travesía solo nos conducirá a la muerte.

—¡No debemos regresar al poblado! ¡Es demasiado peligroso volver allí! Hemos sido invadidos por el fuego aniquilador. Nuestro enemigo es ahora el Mundo de las Llamas y el Fuego. El poder de sus rayos destila muerte y destrucción —gritó Lagrimas de Lluvia con la fuerza que otorga la total desesperanza.

—¿Y adónde pretendes ir? Más allá se extiende un mundo desconocido e incierto. Te matarán igualmente. No tendrás salvación —repuso Ojos de Cielo, presa de la desesperación más absoluta.

Se produjo una calma tensa, los instantes de un silencio incómodo que parecía hacer saltar en pedazos hasta el aire que respiraban. Entonces la joven madre tomó de nuevo la palabra, cortante como el rayo en la tormenta.

—¡Yo solo pienso en mi bebé! ¡Quiero que Susurro del Viento sobreviva! No me importa si su vida ya no transcurre bajo nuestras creencias y valores. No me importa que sean nuestros enemigos quienes lo cuiden y eduquen. Y no me importa si se aleja de lo que somos y se convierte en aquello que seremos. Quiero un futuro para mi hijo. No deseo verlo morir aquí, bajo tierras inhóspitas y rocas amenazadoras, entre montañas asesinas —gritaba la joven con todas sus fuerzas.

Su esposo la miró suplicante a los ojos. Su mirada rechazaba cualquier atisbo de resignación y mostraba la fe ciega de quien considera que sus argumentos reflejan la verdad más absoluta. Entonces gritó a viva voz:

—¡No podemos renunciar a nuestros principios, a nuestra identidad! —Y diciendo esto, hizo ademán de arrebatarle al niño y huir con él hacia adelante.

—¡No! ¿Te has vuelto loco? ¡Deja en paz a mi hijo! ¡No permitiré que te lo lleves! —chillaba una madre totalmente enfurecida.

Se produjo un violento forcejeo entre ambos. Lágrimas de lluvia empujó con fuerza a su esposa, que cayó al suelo con el niño en brazos. La muchacha, sin soltarlo y sosteniéndolo enérgicamente, se arrastraba hacia atrás con los pies, tratando de alejarse del que había sido su más ferviente amor, convertido ahora en una bestia cruel.

Susurro del Viento lloraba desconsoladamente. Su tierna edad le imposibilitaba comprender lo que estaba sucediendo a su alrededor, con unos padres que en estos instantes luchaban a muerte, mostrando el odio y la violencia que se había instalado en sus corazones rotos.

Lágrimas de Lluvia se abalanzó nuevamente sobre su esposa. Cogiéndola por las piernas logró atraerla hacia sí. En plena pelea el niño cayó a un lado del camino, liberando a sus padres de una pesada carga. Desgarradores lamentos de bebé resonaban por aquellos parajes montañosos, devolviéndolos el eco como partes de un canto siniestro.

Ahora los dos rodaban por las sendas rocosas entrelazados, como unos amantes buscando la muerte. El esposo de Ojos de Cielo estaba fuera de sí. Su rostro mostraba una expresión totalmente desencajada, más propia de un animal salvaje que de una persona humana. De repente sus manos se posaron sobre el cuello de la joven y empezaron a apretarlo con una fuerza descomunal. Lágrimas de Lluvia continuaba sin ser consciente de lo que estaba haciendo, presa de los instintos más primarios. Mientras, su esposa se ahogaba sin poder defenderse. Sus delicadas manos se aferraban a las de él, sin conseguir liberarse de su enérgica presión, acercándose sin remedio a una muerte segura

Cuando más comprometida parecía su situación, Ojos de Cielo palpó el suelo y consiguió retener en su mano una enorme piedra. Sin apenas tiempo para pensar, la levantó pesadamente y la dejó caer con furia hasta golpear con ella la cabeza de su marido. La muerte no fue instantánea, por lo que la muchacha repitió de nuevo la acción. La sangre manaba abundantemente del cráneo destrozado del joven, deslizándose por su cara y cuello. Ojos de Cielo se incorporó y se quedó sentada, mirando el cuerpo inerte del que fuera su marido. Estuvo un tiempo que nunca supo determinar contemplando el resultado de aquella acción homicida, completamente inmóvil. Hasta que el llanto desesperado de su hijo la hizo reaccionar, dirigiéndose hasta la parte del camino donde estaba echado el niño. Con lágrimas en los ojos, lo tomó entre sus brazos, y lo acercó a su pecho, amorosa. Y pensó que nadie sería capaz de alejarlo de ella nunca más. Pero estaba en estado de shock. Su mente no podía asumir lo que había hecho. ”Fue por mi hijo”, se decía a sí misma, tratando de justificarse.

Por fin, echó a andar con su hijo en brazos. Pero esta vez estaba determinada a recorrer el camino inverso, el de retorno hacia el poblado. Hacía tiempo que lo había decidido. Regresaría allí y asumiría las consecuencias de sus actos. Se lo debía a su hijo, a aquella vida que emergía con fuerza, hacia un futuro incierto y esperanzador al mismo tiempo. Sus pasos avanzaban mecánicamente, como si la fuerza de su alma le hubiera sido arrebatada, como si sus piernas marcharan solas, sin el respaldo de su mente. Sí, volvería al poblado, al infierno de tinieblas y destrucción, pero también al camino que conducía a una identidad renovada. Sin embargo, las sombras de la duda danzaban a su alrededor. Estaba dispuesta a entregarse sin condiciones a sus enemigos, completamente rendida, vencida, resignada. Estaba dispuesta a asumir la nueva identidad de fuego y llamas, el mismo poder que siempre había venerado y temido a un tiempo. El mismo poder que había doblegado a su propio pueblo. Para ella ya no eran Los que surgieron del frío. Ahora eran El pueblo que sucumbió al fuego. Ya no se servirían del fuego ajeno, ahora serían ellos mismos sus propios creadores. Pero, ¿Respetarían a su hijo? ¿La respetarían a ella? Eran preguntas para las que no tenía respuesta.

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