Cuando Germán salió de su departamento dejó la puerta abierta de par en par, porque sabía que no iba a volver. Nunca más.
No agarró mochila, ni plata, ni ropa, ni celular. Tampoco le avisó a nadie.
Eran las 20.30hs. de esas noches de Septiembre en las que todo parece estar bien. La temperatura y la velocidad de la vida, la cantidad de gente en la calle y en los bares, el cielo sin nubes, el volumen de las voces al pasar, los balcones habitados de la misma forma que los bancos en las plazas. Todo fluía en hermosa armonía. Septiembre tiene eso de volver a respirar después del silencio del invierno. Volver a estirar los músculos, ablandar las ganas de salir a ver que el mundo aún existe.
En septiembre vuelven las ganas de contar y que cuenten, vuelven los motivos.
El departamento de Germán estaba en la calle Rondeau de Nueva Córdoba, el barrio estudiantil de La Docta, apodo que le puso la historia a la ciudad mediterránea. Y aunque él ya no estudiaba, allí vivía.
Germán había decidido irse. Por eso, esa noche de septiembre, pensó en las cosas que iba a hacer por última vez: quería subir a un colectivo y hacer el recorrido completo hasta la punta de línea, ser el último en bajar. Quería tomar una Coca con papitas Pringles sentado en La Cañada. También ir a la peatonal a escuchar al brasilero que tocaba blues en la calle. Le iba a dejar mucha plata en el gorro, porque es el tiempo el que devuelve las propinas que dejamos.
Quería pasar por debajo de ese balcón que pasaba siempre y ver las acelgas que se asoman sembradas en cajones de manzana. Iba a Pensar una vez más que siempre hay lugar para una huertita. Iba a sentir esa sensación de felicidad en el pecho. Iba a respirar profundo.
Iba a sacar una de las bicis que prestan en la Plaza España y hacer toda la ciclovía aérea que rodea a la terminal. Desde arriba del río Suquía iba a pensar que todo sería mejor con más bicis y menos autos, con más telos y menos teles.
Aquella noche, en el hall de salida del edificio, como todas las noches, estaba Mario, el guardia.
Mario era un tipo de 50 años, cabeza grande, mucho pelo, canoso, nariz ancha, piel áspera y porosa, voz gruesa y panza grande de vino, cervezas y asados, según lo que él mismo contaba desde atrás de su escritorio, que estaba justo después de la puerta principal. Tenía la prolijidad que tienen los guardias de edificio, siempre correcto, afeitado, perfume Kevin y una seriedad que a veces podía confundirse con antipatía. Camisa blanca y pantalón gris con rayas rojas a los costados era el uniforme. Una linterna, un celular, un cuaderno A4 y una lapicera eran sus herramientas.
Una radio a pilas vieja, siempre sintonizada en la misma AM y un mate de chapa, chiquito, junto a su termo, eran su compañía. Su trabajo era el control y la seguridad del edificio durante la noche.
Consultar destino y anotar a cada persona externa que llegaba de visita entre las 20:00hs. y las 7:00 de la mañana.
Desde que Germán había llegado hacía cuatro años, Mario estuvo ahí todas las noches, salvo dos excepciones, cuando le agarró la lumbalgia de tanto estar sentado, faltó cuatro días por carpeta médica y cuando falleció su madre, dos días por convenio laboral. La asistencia del sereno era casi perfecta.
Con el paso del tiempo, Germán y Mario habían ganado confianza y cuando Germán entraba al edificio terminando su día y Mario se acomodaba para comenzar su jornada laboral, compartían una charla que duraba el tiempo que le llevaba a Germán cerrar la puerta y caminar por el costado del escritorio, rumbo a su departamento. Una vez que había pasado la mesa y quedaban enfrentadas las espaldas, los dos se despedían y cada uno continuaba con lo suyo, Germán rumbo a su casa, Mario anotando las novedades del día en el libro de guardias.
Por más que el tiempo compartido entre ambos eran contados segundos, las conversaciones surgían y giraban siempre entre los mismos temas, el pronóstico del tiempo, las posibilidades de lluvia, el frío o el calor extremos, la humedad y los huesos, los ascensores que cada dos por tres se quedaban frenados entre dos pisos con alguien adentro.
El fútbol, Messi, los goles de Talleres. La vecina del cuarto y sus gemidos, el abogado del sexto que se daba maña para no pagar las expensas, el salón de usos comunes que siempre quedaba sucio después de los fines de semana, la señora del séptimo que insultaba por la ventana cuando empezaban las fiestas. El loco del noveno que tiraba bolsas de hielo desde el balcón, el del Kiosko de al lado que vendía faso, el del segundo que no levantaba la bosta del caniche de la vereda. La del quinto que tocaba la batería en una banda de cuarteto y era famosa, los hijos de la señora del tercero que había quedado sola y no venían a visitarla. – Se está pudriendo en vida la pobre vieja, decía Mario.
A pesar de haber compartido años, las conversaciones entre Germán y Mario habían sido siempre sin profundidad. Oraciones sueltas, tiradas al pasar como justificando el encuentro de las miradas que se cruzaban en el palier principal del edificio.
Hay quienes dicen que la incomodidad de encontrarnos con una persona desconocida en lugares reducidos, nos presenta la necesidad de que el cuerpo desaparezca, de no estar ahí, no compartir ese silencio incómodo dentro de tanta cercanía. La sala de espera es un fiel ejemplo. Charlas sobre el clima, generalmente alivian la situación.
Esa noche, cuando Germán decidió irse, también decidió hablar un poco más con Mario, aunque sea una vez. Bajó las escaleras desde el primer piso y lo sorprendió por la espalda, ya que no iba entrando al edificio, iba de salida. Con los pocos filtros que tiene alguien que no volverá nunca jamás, después de un saludo corto, Germán le preguntó a Mario por qué nunca se tomaba vacaciones, ni feriados, ni francos. Mario, sin sorprenderse por la pregunta, le contestó con la frialdad de los que ya tienen puesto el cassette de la vida: Ya voy a tener tiempo para descansar. Necesito hacer la plata ahora, para después estar tranquilo. Este país es un quilombo. ¿Andá a saber con qué nos salen mañana? Además, si me voy de vacaciones, a los tres días me aburro y ya no sé qué hacer, me entra la ansiedad acá en la panza, no paro de dar vueltas como un sonso. Con mi esposa estamos solos, ya ni tenemos de qué charlar en casa. Los chicos se pusieron grandes y cada uno hace la suya, no nos dan bola.
Al final, uno tiene hijos para que lo acompañen y uno mismo termina siendo un estorbo. Viste cómo viven los chicos ahora, pegados a los celulares.
Fijate vos que mi cuñado se fue de vacaciones el año pasado, acá nomás, a las sierras. ¡Le arrancaron la cabeza! Una cabaña para 4 se la cobraron al mismo precio que te cobran un departamento al frente del mar. Yo no sé qué les pasa acá, se creen que están en Mayami. Aparte, los ríos vienen negros de mugre, con esto de que no llueve, un olor a podrido. ¡Barro puro!
Dicen que tiran bombas para que no llueva, son los del campo, cortan las tormentas para que no se les inunde la soja. Son todos los padres de estos pendejos que viven acá en nueva Córdoba. Los mandan a estudiar y terminan de joda de Lunes a Lunes. Yo no entiendo. A los 18 años yo ya laburaba de hace rato.
Si me das a elegir me quedo mil veces con el mar, aunque en Argentina es helada el agua, fría y turbia, encima en Mar del Plata, siempre lleno. Cuatro horas, me contaba un amigo, tuvo que esperar para sentarse a comer en un restorán, medio pelo encima, porque si me decís que te sirven la pesca fresca del día, es una cosa, pero tienen los bichos ahí congelados desde andá a saber hace cuánto tiempo.
Yo no conozco el mar, pero me dicen que ya que voy a gastar en ir, mas vale que me pague un paquete a Cuba, que se yo. Están esos hoteles que vas y ni te movés de adentro. Yo, ni salir me interesa, imagínate, tenés las piletas ahí, comés y chupás todo lo que querés. Encima dicen que allá están cagados de hambre, pobre gente.
Con esto del dólar, al final uno no sabe si comprar para ir juntando o ponerlo en un plazo fijo, ¿viste?
Los otros días me decía el abogado del sexto que está todo a punto de explotar de nuevo, en cualquier momento revientan los bancos y vos ya sabés lo que pasa.
Así que dicen que hay que sacar todo a la mierda, porque esto es una bomba de tiempo.
¿Qué opinás? No alcanzamos a salir de una que entramos en otra… El tendal que dejó la pandemia esa. La cantidad de gente que ha quedado mal, pero no solamente del cuerpo, ¡de la capocha! hay gente que todavía anda de barbijo por la calle, ¡tan locos! Dicen que fue todo armado, los chinos para empezar a venirse para este lado, que se yo, viste que uno ya no sabe a quién creerle.
Ahora, hay que ser burro para comerse un murciélago, ¿no? Pero bueno, así son ellos, viste el diente libre de acá a la vuelta, que le entró una inspección y le descubrieron perros muertos en la heladera. Ellos dijeron que eran para clientes de China, porque allá está permitido comer perros. Un vecino los denunció. Hay que estar al pedo para denunciar a un diente libre eh… Todo el día mirando por la ventana.
Este año estábamos por ir con mi jermu unos días a Los Aromos, conseguimos una cabañita barata cerca del río, para descansar aunque sea un finde, pero después vimos que en Chile con la plata que comprás una cubierta acá, allá cambiás las cuatro, entonces dijimos de esperar hasta Semana Santa y nos vamos para allá, pero resulta que no es tan cerca Chile, dicen que hay colas de 12 horas en la aduana para entrar, ni en pedo espero 12 horas para cambiar unas cubiertas. No es cuestión, después de todo, al final vale más mi tiempo que cuatro cubiertas. O no?
Dejame acá, que por lo menos escucho radio, tomo mate, descanso de la bruja, duermo un rato cuando todos se meten adentro y me entero de los puteríos del barrio. Dijo Mario mientras se cebaba un mate lavado medio frío.
Claro… Le respondió Germán, mientras abría la puerta de salida.
De fondo sonaban en la radio AM los saludos de los camioneros que cruzaban las rutas del país a esa hora de la noche, cuando todos empezaban a terminar el día.
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