La Navidad, para mí, nunca fue ese comercial de Coca-Cola con renos emparejados jalando un trineo por el cielo. A mí la Navidad me daba como alergia del alma. Me picaba por dentro. Me ponía raro. Y lo peor: me convertía en una especie de actor dramático sin contrato, llorón profesional, con lágrimas incluidas, aunque nadie me las hubiera pedido.
En Arequipa, diciembre olía a dos cosas: a panetón recién abierto (dulce y pegajoso, como abrazo con migas) y a pólvora de barrio, de la que revienta antes de que te dé tiempo de pensarlo. Había cohetes que sonaban como si el Misti estuviera estornudando a cada rato. Y en mi casa —la de siempre, la de los recuerdos que nunca envejecen— se armaba el nacimiento en la sala como si fuera obra pública: piedras, papel acartonado verde, María, José, los pastorcitos, un burrito, una vaca, algunos animalitos más… y el Niño Jesús esperando su estreno como artista principal.
A mí no me gustaba la Navidad, pero igual me la metían por los poros. En el colegio te hacían cantar villancicos con cara de culpable, en la tele salían películas donde todos se perdonaban un minuto antes de la claqueta “THE END”, y en la calle la gente se volvía generosa… pero solo por ratitos, como si la bondad tuviera horario de oficina.
La escena más repetida de mi infancia navideña no fue abrir regalos. Fue sentarnos en la mesa a cenar.
Ahí estábamos: mis papás, mis dos hermanas y yo. La mesa con mantel “especial”, verde con motivos navideños, que mi mamá colocaba todos los años y que nosotros mirábamos con respeto, como si se hubiera graduado. La cena tenía su solemnidad, no porque fuera lujosa, sino porque en mi casa la comida era una especie de religión paralela. Mi mamá —Alicia, que cocinaba como si cada plato fuera una carta de amor— ponía todo con cariño: pierna de chancho, ensalada rusa, ensalada de palta, de pallar, de zanahoria, de papa con huevo duro, de fideos con tocino. Y mi papá, el Gato Mayor, se sentaba con esa seriedad de hombre que cree que el mundo se sostiene con orden y un buen “gracias, Dios mío”.
Y ahí venía el momento.
Mi papá juntaba las manos. No era un gesto exagerado, nada de santo de vitrina, pero sí con una fe tranquila, como de quien habla con alguien de toda la vida. Empezaba a bendecir y agradecer por la cena, por la familia, por la salud… y a mí, no sé qué me pasaba.
Se me inflaba el pecho. Me ardía la garganta. Me caía una lágrima, luego otra, y en cuestión de segundos yo estaba llorando como si me hubieran contado la historia más triste del mundo. No era llanto de berrinche, no. Era llanto de emoción pura, de esa emoción que no sabe dónde guardarse y se desborda como taza de chocolate mal servida.
Mis hermanas me miraban con esa mezcla de burla y preocupación que solo una hermana puede administrar sin culpa. Mi mamá me hacía el gesto discreto de “ya pues”, con los ojos, para no interrumpir la bendición. Y mi papá seguía, imperturbable, como si mi llanto fuera la cortina musical de aquel ritual navideño: “Gracias por este pan, por esta mesa…” y yo ahí, con el moco de la gratitud, llorando por la ensalada de pallar, por la familia, por la vida, por el Niño Jesús, por todo y por nada.
Años después entendí algo: lo que me daba la Navidad no era alegría, era una especie de nostalgia adelantada. Como si mi corazón, chiquito y exagerado, ya supiera que esos momentos no iban a durar para siempre. Yo lloraba porque era bonito, sí… pero también porque, sin saberlo, ya lo estaba perdiendo.
Y en Arequipa había otro ingrediente navideño que a mí me movía el piso: los niños que venían a tocar la puerta.
Era costumbre que grupos de niños pobres —chiquitos, con las mejillas rojas del frío y esa mirada de gente que ya ha visto demasiado— fueran de casa en casa con instrumentos hechos de lo que hubiera: panderetas de chapas de gaseosa amarradas con alambre, y unas “peinetas” que eran peines viejos frotados contra latas. Sonaban como si un robot estuviera aprendiendo música. Y decían una frase que a mí me dejaba como clavado:
—Venimos a adorar al Niño.
No era “a cantar”, no era “a pedir”. Era “a adorar”. Y eso, dicho por un niño con zapatos gastados, era como una piedrita en el estómago.
Si los dejabas entrar, se paraban cerca del nacimiento, miraban al Niño Jesús con respeto y cantaban villancicos. Algunos afinaban, otros no. A veces se olvidaban la letra y la inventaban. Pero cantaban con una seriedad que te desarmaba. Luego pedían una propina, o ropa que ya no usabas, o lo que sea. No era robo. Era sobrevivencia con coro.
Mis papás, como buenos papás de Arequipa, tenían su regla: se les daba algo, pero sin convertir la casa en albergue improvisado. “Se ayuda, pero con cabeza”, decía mi papá, que siempre encontraba una forma elegante de decir “no te emociones demasiado, Gonzalo, no te emociones”.
Claro. Contundente.
Yo, en cambio, era el ministro de la emoción sin cartera. A mí se me activaba una cosa heroica, como si de pronto yo fuera el dueño de la justicia social… con seis o siete años y sin presupuesto.
Una vez, no sé si por valentía o por idiotez, les abrí la puerta y los hice entrar.
—Pasen —les dije, como si fuera el alcalde—. Pasen a adorar al Niño.
Entraron como en puntitas, mirando todo. Sus instrumentos sonaron más fuerte dentro de la casa, rebotando en las paredes como si la pobreza también tuviera eco. Se pararon frente al nacimiento y cantaron. Yo no recuerdo qué villancico era, pero sí recuerdo la sensación: me dio vergüenza tener tanto, me dio pena que ellos tuvieran tan poco, y me dieron ganas de regalarles el mundo… o por lo menos algo importante.
Y ahí vino mi gran acto de caridad… versión Arequipa, versión niño.
En la cocina había una fuente con chanchito al horno que había quedado de Nochebuena, y otra fuente grande de ensalada que mi mamá había preparado para el almuerzo. No era una ensaladita triste; era una ensalada seria, con palta, con su tomate, su cebolla, su lechuga, y seguro algo más que yo ni sabía valorar. Era la ensalada de la casa, la ensalada que se había hecho con tiempo, con paciencia, con ese amor práctico de madre.
Yo la vi y pensé: “Eso es comida. Ellos necesitan comida. Listo.”
Como si la lógica fuera una escalera simple.
Agarré la fuente de ensalada —me pesaba, porque la bondad también pesa— y se la di al niño que parecía el mayor.
—Tomen —dije—, para ustedes.
El niño me miró con ojos enormes. Me dijo “gracias” con una voz que parecía de hombrecito. Y el grupo salió con la fuente como si cargaran un tesoro. Yo los acompañé hasta la puerta, orgulloso, convencido de que acababa de hacer la obra de misericordia del año.
Cerré la puerta y volví a la sala sintiéndome santo. El santo de los mocos, pero santo.
Minutos después, llegaron mis papás.
No sé si venían de la calle o del mercado, pero entraron con ese aire de “ya estamos en casa”, que dura exactamente dos segundos cuando descubres que falta algo.
Mi mamá fue a la cocina y soltó un grito corto, de esos que no son grito pero son sentencia.
—¿Dónde está la fuente de ensalada?
Yo, en la sala, ya con el corazón bajándome de la nube, levanté la mano como alumno aplicado.
—Yo… se la di a los niños.
Mi papá se quedó helado. Mi mamá me miró como si yo hubiera donado la refrigeradora completa.
—¿CÓMO QUE SE LA DISTE?
—Vinieron a adorar al Niño… —dije, defendiendo mi caso—. Tenían hambre.
Mi papá hizo una pausa larga. Esa pausa donde tú sabes que se está conteniendo para no explotar… o para no reírse. Porque en mi casa, a veces, el humor y el infarto caminaban juntitos.
—Gonzalo… —dijo al fin—. Eso es bonito. Pero… ¡esa ensalada era para todos!
Y ahí, como buen niño dramático, me entraron ganas de llorar otra vez. No por la ensalada. Por todo: por los niños, por mi mamá, por mi papá, por la Navidad que siempre venía con esa mezcla rara de amor y culpa.
Esa tarde, almorzamos igual. Con menos ensalada, claro. Y con un Gonzalo que masticaba despacio, como si cada bocado fuera una disculpa.
Hoy, cuando llega diciembre, sigo sintiendo esa alergia del alma. No me nace la emoción de postal. Me nace otra cosa: un nudo viejo, un recuerdo que me aprieta y me calienta al mismo tiempo. Me acuerdo de mi papá bendiciendo la mesa, de mis hermanas mirándome como “este chico vino con una falla de fábrica”, de mi mamá sosteniendo la casa con una olla y una mirada. Me acuerdo de esos niños diciendo “venimos a adorar al Niño”, con sus panderetas de chapas, como si la pobreza también supiera cantar.
Y me río, sí. Porque yo fui capaz de regalar una fuente de ensalada como si fuera un milagro. Pero también me da un poquito de ganas de llorar… porque, en el fondo, ese niño que fui solo quería arreglar el mundo con lo que tenía a mano.
Y a veces, aunque no me guste la Navidad, me dan ganas de volver a esa sala, a ese nacimiento de papel verde acartonado, a esa mesa donde mi papá agradecía y yo lloraba sin saber por qué.
Tal vez la Navidad no era la fiesta. Tal vez era ese ratito exacto donde todos estábamos ahí, completos, vivos, juntos… y mi corazón, exagerado, ya lo sabía.
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