El hombre que coleccionaba silencios .

El hombre que coleccionaba silencios .

Era un hombre tan común que nadie reparaba en él. Salvo por un detalle: coleccionaba silencios. No lo decía en voz alta, claro; nadie lo habría entendido. Pero desde hacía años, cada vez que encontraba un instante de calma, lo guardaba.

Al principio no sabía cómo. Se quedaba quieto, respiraba hondo, y de algún modo el silencio se le quedaba pegado a la piel, a las yemas de los dedos. Entonces, con sumo cuidado, lo desprendía y lo depositaba en un frasco de vidrio, los mismos que antes habían contenido café o mermelada. Los alineaba en una repisa y los etiquetaba con letra minúscula: madrugada sin autos, siesta de la abuela, puerta cerrada de la escuela, nieve cayendo.

Cuando abría los frascos, el silencio volvía a escaparse en un soplo suave. Y era idéntico al momento original: el aire inmóvil, el peso de lo quieto, esa vibración muda que solo se oye con el cuerpo. Era como si los frascos contuvieran pedazos de tiempo.

Con los años, la colección creció. Había frascos de todas las formas, algunos grandes como una jarra de agua, otros pequeños como los de especias. El hombre no dejaba de buscar silencios nuevos. Los encontraba entre el graznido de dos pájaros, en el instante exacto después de un portazo, en el segundo previo al primer trueno de la tormenta. Tenía oído para lo invisible.

Una noche, mientras revisaba su colección, notó algo que antes le había pasado inadvertido. En ciertos frascos, además del silencio, parecía escucharse un eco. Una respiración. Un murmullo. Como si los frascos guardaran no solo el silencio, sino también la presencia de quienes habían estado allí.

Intrigado, abrió el frasco etiquetado beso en el pasillo. Y entonces la vio. La mujer. No como un recuerdo borroso, sino viva, frente a él, los labios todavía húmedos de aquel momento lejano. Se quedó helado. Cerró el frasco y la mujer desapareció. Lo abrió de nuevo y ella regresó, mirándolo con los mismos ojos de entonces.

Probó con otro: risa de mamá. Y allí estuvo su madre, sentada en la cocina, con la risa suspendida en los labios. No podía hablarle —los frascos solo guardaban silencios—, pero la veía, intacta.

Empezó a abrirlos uno tras otro. Amigos de la infancia. Vecinos muertos hace años. Amores que se habían ido. Cada silencio traía de vuelta una presencia. Era demasiado. Cerraba un frasco y abría otro, y otro, y otro, hasta que la habitación se llenó de figuras que lo miraban en silencio, esperando.

Se dio cuenta entonces de lo que había hecho. No coleccionaba silencios: coleccionaba ausencias. Cada frasco era un cuerpo que el tiempo se había llevado y que ahora regresaba, silencioso, reclamando algo.

El hombre, temblando, quiso escapar, pero al abrir la puerta de su casa descubrió que afuera tampoco había ruido. La calle estaba desierta, inmóvil, sumida en un silencio tan espeso que parecía final.

Corrió de regreso y miró los frascos: todos abiertos, todos vacíos. El silencio del mundo entero había entrado allí para habitar su casa.

Y entonces lo comprendió, con un estremecimiento: él mismo era el último silencio que faltaba en la colección.

Aldo Rojas Padilla.

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