La oscuridad absoluta reinaba la escena, y apenas imperceptible se oía una débil respiración como si alguien tomara una pequeña siesta reparadora.
Pero de repente David se despertó abruptamente, abrió sus ojos y aún así no podía ver nada. Se asustó creyendo que se había quedado ciego y desesperadamente comenzó a usar su tacto para reconocer el área donde se encontraba.
El suelo era duro y astilloso y para sus costados apenas podía extender sus brazos unos pocos centímetros. Cuando se quiso levantar, golpeó su cabeza fuertemente contra un poco alejado techo de madera que no esperaba que estuviera ahí.
Si antes no tuvo la sensación de encierro fue debido a que no veía nada, pero ahora que se había dado cuenta que estaba encerrado en una caja de madera, su respiración comenzó a agitarse con violencia.
La desesperación se apoderó de su cuerpo y empezó a golpear fuertemente con sus puños el techo de madera que lo alejaba del mundo exterior. Pataleaba con furia cual niño haciendo un berrinche porque no le daban lo que quería, pero esta vez no era una nimiedad, esta vez pataleaba por su libertad.
Comenzó a sentir la tibieza de las lágrimas que brotaban de sus ojos recorrer parte de sus mejillas y un leve aullido nacía de su tórax. Su mente visualizaba lo grotesco de su rostro ante esa situación.
Pero de repente, como un rayo de luz que tanto anhelaba, su mente se iluminó y se tranquilizó.
David pensó para sus adentros, ¡tranquilo! Hay que cuidar el aire. Y progresivamente recuperó su calma.
Cuando recuperó la compostura, pensó que fue lo último que recordaba. Y por más que se esforzaba, no lograba definir con certeza su memoria más próxima.
En ese momento de calma sintió un leve zumbido, muy parecido a un silbido.
Fue ahí que comenzó a tantear con sus manos a sus alrededores y su corazón se detuvo por un instante. Había tocado algo.
Recogió el objeto y acariciándolo lentamente para sentir los relieves, encontró lo que parecía ser una tecla. La presionó y finalmente su prisión se iluminó tenuemente. Era su teléfono móvil. Todavía tenía batería, pero la emoción por haberlo encontrado se terminó cuando vio la señal era nula.
Y otra vez el miedo se adueñó de él.
Nuevamente un mar comenzó a caer de sus ojos y un llanto desconsolado abarcó la tumba de madera.
No quiero morir, no quiero morir- gritaba desgarradamente. Creí que ya no quería más esta vida, pero ahora me doy cuenta de que no quiero morir. ¡Por favor, ayúdame! Le pedía a un ser invisible.
Su rostro ya estaba colorado de tanto llorar y el seguía dando puntapiés a la parte superior de la caja, pero sin mirar hacia abajo. Y fue así como no se percató que había quebrado uno de los tablones y un poco de tierra había ingresado.
Repentinamente sintió una gran presión en su pecho y que sus tripas se aflojaban. Luego un frio sudor por la espalda.
El fin está cerca, aceptó.
Ya totalmente desganado y con toda esperanza perdida, solo atinó a utilizar su móvil.
Ingresó a su galería de fotos y comenzó a verlas. Fue retrocediendo en el tiempo al deslizar las imágenes y notó que la mayoría de las fotografías eran de él visitando lugares diferentes.
No tenía fotos con amigos o personas cercanas, en todas se encontraba el solo. Siempre solo.
Enojado revoleó el dispositivo hacia el único lugar que podía hacerlo, sus pies.
Se arrepintió al instante que lo hizo ya que era su único método de iluminación. Al menos con el teléfono en sus manos se sentía más seguro ya que al menos la tenue luz de la pantalla iluminaba a su alrededor.
Otra vez volvió a oír el silbido, pero estaba tan preocupado por recuperar su teléfono que lo pasó por alto.
Enfocado en obtener lo perdido, comenzó a golpear con sus talones la tabla donde reposaba el objeto.
Talonazo a talonazo el aparato se acercaba a su mano derecha, pero en uno de esos golpes se excedió en fuerza y dio un puntapié a la parte superior notando así una tabla floja. El móvil ya no importaba.
Con furia golpeaba al inerte trozo de madera logrando desquebrajarla lentamente. Poco le importaba el dolor que sentía en sus dedos gordos de los pies. David continuaba pateando sin detenerse.
La madera cedió quebrándose en dos y dejando entrar una gran cantidad de tierra sobre sus piernas. El olor a humedad invadió el improvisado ataúd.
Luego prosiguió a utilizar sus rodillas como herramientas de escape y nuevamente, ni el dolor ni la sangre que manchaba su pantalón lo detuvieron.
Ya tenía la mitad del cuerpo cubierto en tierra. En teoría esa mitad de cuerpo cubierto en tierra estaba libre, pero a la vez, la parte atrapada disponía de menos superficie para respirar. Ya no podía detenerse.
Comenzó a girar lentamente para quedar apoyado sobre su hombro izquierdo y con el derecho, comenzó a presionar contra lo que quedaba de madera que, al no tener la integridad del principio, cedió fácilmente.
Solo faltaba liberar su cabeza y aunque la mayoría de sus acciones fueron mayormente debido a un fuerte instinto de supervivencia que ni el sabía que tenía, también aún conservaba su lado racional. Y así sabía que si no se levantaba rápidamente y con la fuerza suficiente, la presión de la tierra sobre el, lo enterraría para siempre.
Rotó nuevamente y quedando en una posición similar a un bebé aún en el útero, tomó una gran bocanada de aire. Con los ojos cerrados se impulsó con todas sus fuerzas hacia arriba. Sintió la tierra fría y piedras rozar su piel mientras ascendía y con sus manos intentaba encontrar algo que le indicara que ya era libre.
De repente, rozó lo que parecía ser algo tubular y similar al plástico. Comenzó a tirar de eso y al notar que estaba firme, empezó a ascender. Justo cuando sus pulmones llegaban al limite la presión desapareció y la sensación de tierra fría y piedras cambiaron por el de una suave brisa que acariciaban su ser.
Apenas pudo dar unos pasos y cayó sobre su pecho. Estaba exhausto por el ascenso, pero poco a poco fue recuperando los sentidos. Sintió el aroma del verde césped donde descansaba, gradualmente fue recuperando la vista y lo que antes era total oscuridad, ahora era luces tenues de la ciudad entrando en la noche.
El zumbido que sentía en sus oídos lentamente fue desapareciendo y David se sintió confundido por no escuchar los típicos ruidos de ciudad.
Pero no le dio mayor importancia porque ya la pesadilla vivida había quedado atrás.
Empezó a caminar intentando orientarse para saber donde se encontraba cuando de repente oyó el ruido de una sirena a lo lejos. Pero no era una sirena de ambulancia o de esas de bombero que tanto le daban miedo de pequeño.
Era el sonido de una sirena que únicamente había oído en las películas.
La sirena antiaérea ahora ocupaba el primer lugar en su lista de sonidos aterradores.
Mientras se enfocaba en intentar identificar de donde provenía la alarma, un avión de pequeño porte pasó volando bastante bajo y el sonido del motor lo sobresaltó.
No lograba entender que estaba sucediendo, pasó de estar en oscuridad y silencio absoluto a un sobre estimulo de luces y sonidos.
A lo lejos se comenzaban a oír el sonido de grandes explosiones.
Y de repente comenzaron a llover papeles blancos del tamaño de hojas de cuaderno. David tomó uno de ellos, lo leyó y cayó de rodillas. Comenzó a reír como un loco y el llanto comenzó a ahogar la risa. Lloraba y reía a la vez.
A su alrededor se acumulaban papeles que decían. “Estamos bajo ataque, buscar refugio bajo tierra”.
David reía porque se dio cuenta que el silbido que oyó era aire que recorría una manguera que unía la superficie con el cajón de madera, la manguera que utilizó para ascender. Y lloraba porque notó que no estaba encerrado, sino que lo habían puesto a salvo y el mismo se encargó de deshacer todo ese esfuerzo.
Las explosiones se acercaban y junto a ellas, los gritos y llantos.
Y donde todos gritaban y lloraban, alguien reía insanamente. Rio hasta que las explosiones apagaron todo a su alrededor.
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