Si algún día toco tu timbre y te cansa el sonido, si me preparas el café con la leche que odio, te pido que me dejes despedirme. No aceptaré que rompas tu recuerdo con una despedida rota, con un adiós sin forma, con el eco de lo que fuimos desmoronándose en el aire.
Si algún día la taza se rompe y el color de mis labios se borra de su borde, si un día decides dejar de quererme, dame el tiempo de tomar mis cosas e irme. No me retengas con silencios tibios ni con la compasión de quien ya no ama. Déjame ir, porque así podré hacer mi propio café, aprender a saborearlo sin la dulzura que solías mezclar en cada sorbo.
Y no, no es que vea esto como un destino escrito, pero es un miedo que me acecha en las noches de insomnio donde no estás. Es el miedo a mi dolor ante la ausencia de tu risa en mis días, a verte cambiar hasta que ya no te reconozca en la persona que un día fue mi hogar. Porque si te vas, no quiero que destruyas nuestros recuerdos con la indiferencia de quien ya no los siente suyos.
Si un día te tienes que ir, por favor, dame un último café. Prometo limpiar lo que use, recoger los restos de lo que fuimos y marcharme sin hacer ruido, sin llevarme más de lo que me corresponde, sin quitarte lo mío. No será lo mismo, lo sé, pero no te molestaré con hábitos de amor que ya no sean tuyos.
Si llega el día en que tu cansancio sea lo único que puedas darme, te pido que no toques el recuerdo de lo que fuimos. Déjanos vivir, aunque sea en las sombras de la memoria, en un momento donde siempre fuimos nosotros contra el mundo.
OPINIONES Y COMENTARIOS