Como cada verano al volver de vacaciones, me puse a hacer números de cara a los meses que se avecinaban. Había gastado más de lo que en principio era mi intención. El que no me pillara de sorpresa no quería decir que no tuviera un problema e incluso un ligero sentimiento de culpa.

Con los años me iba conociendo mejor y ya tenía asumido que el ahorro no era una de mis virtudes. Es por eso que cuando leí aquel anuncio ni lo pensé.

Decía lo siguiente:

“Compro fotos de viajes al interior de China, especial interés en la región de Sinkiang”

Era dinero fácil. Sinkiang no es un destino turístico habitual y tenía los suficientes conocimientos de fotografía como para saber que mi material era bueno. Sin embargo, antes de llegar a algún acuerdo, tenía que enviar un par de fotos de prueba así como un breve resumen de mi viaje.

Recibí respuesta al día siguiente. Me pedían que enviara las fotos a un apartado de correos en una memoria USB. Me ofrecían una buena suma y me compensaban también los gastos de envío. Ellos cumplieron y yo me olvidé del asunto.

Cuatro meses después, el aburrimiento me llevó de nuevo a Sinkiang. No era normal que buscara información sobre un lugar ya visitado, pero uno nunca sabe dónde terminará cuando naufraga en la red. Una conocida web de viajes publicaba un reportaje sobre la China más remota. Me animé a leerlo para saber si mi experiencia había sido similar a la de su fundador y redactor estrella.

Y efectivamente, fue similar. Tanto que incluso eran mis fotos las que lo ilustraban. Algunas estaban ligeramente modificadas, otras estaban tal cual las hice y en un par de ellas, el autor del artículo se había incluido así mismo mediante un montaje. En su favor he de decir que era bueno, y que sólo yo y ese falsificador podíamos saber lo que ahí estaba pasando.

Siendo consciente de que me habían pagado por las fotos y que no podría quejarme, me sentí completamente estafado. Aquel hombre había publicado varios libros de viajes y tenía una cuenta de Instagram con miles de seguidores. Me pareció que se estaba ganando la vida con una mentira y que yo no era más que un pardillo ayudando a perpetuarla.

Su web tenía los comentarios moderados, por lo que decidí no escribir nada y, dado que tenía más tiempo libre del que me hubiera gustado, intenté dar con él como supongo que hacían los detectives de las novelas policiacas.

Encontré un anuncio parecido al de la otra vez, en el que se preguntaba por fotos sobre Mogilev, una ciudad bielorrusa de la que no había oído hablar en mi vida. No tenía nada que enviarles, pero el hecho de que hubieran publicado un anuncio significaba que habría alguien atento al apartado de correos para recoger nuevas fotos.

Mis expectativas sobre una emocionante película de espías se vinieron abajo a la tercera hora de espera frente a los casilleros de la oficina de correos. Cuando estaba a punto de marcharme, una joven lo abrió, sacó un par de sobres y se marchó.

La seguí discretamente hasta un bonito portal en el barrio noble de la ciudad. Conseguí colarme antes de que se cerrara la puerta y desde abajo me fijé en qué planta se paraba el ascensor. Ella no estuvo más de cinco minutos y en cuanto me aseguré de que se hubo marchado, toqué la puerta. Me abrió el hombre al que había venido a buscar.

-Hola. Soy el que te vendió las fotos de Sinkiang

-Ya. Y qué quieres

-Sólo hablar

-Pues tú dirás.

-Has publicado mis fotos del viaje como si lo hubieras hecho tú.

-Bueno, te he comprado unas fotos, y creo que te he pagado bien. Además, nunca preguntaste lo que haríamos con ellas.

-Ya pero ¿quién se iba a imaginar algo así? ¿cómo iba yo a saber que ibas a publicar una mentira? Además, he visto que escribes libros de viajes y que ofreces recorridos por lugares en los que vete tú a saber si has estado. Te ganas bastante bien la vida con algo que es un timo.

-No, no es un timo. Yo no timo a nadie y no hago nada ilegal.

-Pero es mentira. Dime ¿Qué pasaría si yo de repente publicara mis fotos comparándolas con las tuyas? Tengo los archivos originales y suficientes conocimientos como para demostrar que has retocado las imágenes.

-En fin, dime cuánto quieres por los archivos originales y las copias que tengas. Tengo dinero preparado para casos como éste.

-No se trata de eso.

-¿Entonces?

-Quiero saber por qué lo haces. Cuándo se te ocurrió, cómo lo haces, no sé. Me gustaría entenderlo y sobre todo, creer que hay algo más que dinero de por medio.

-¿Si te lo cuento me dejarás en paz?

-Te lo prometo.

-Tengo agorafobia. No puedo salir de este piso.

Después de decirme esto, me invitó a pasar y me contó lo mucho que había cambiado su vida desde que apareció internet y, sobre todo, las redes sociales.

Comenzó como un juego, probando cómo sería verse a sí mismo fuera de su lujosa cárcel. Algo inocente que nunca tuvo intención de terminar como terminó.

Siguió imaginando los viajes que nunca haría y decidió escribir sobre ellos. A la gente le gustó lo suficiente como para que el éxito lo desbordara y con los años se convirtiera en un negocio.

Le creí cuando me dijo que no le importaba el dinero sino el hecho de que por fin podía viajar. Aunque fuera a través de los demás.

Me marché sin saber muy bien lo que pensar. No terminaba de estar de acuerdo con lo que hacía pero tampoco podía evitar compadecerme de su situación.

De todo aquello me quedé con las palabras con las que nos despedimos, cuando le pregunté si podía hacer algo por él.

-Sí claro, viaja.

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