En la ciudad cae la noche caprichosa dejando un rastro de pisadas de harina blanca.

Por los bajos de un bloque de pisos, que en apariencia nada de especial tiene, cuando pasa la noche se le enciende su oscura cara. Hay un obrador en donde un trasiego de duendes blancos va y viene, ora se esmeran con el horno, ora con las bandejas onduladas y cuando la transformación termina, con el atar de la arpillera de los sacos, acaban su faena y hasta mañana. El aire sabe a miga tostada, a cereal crujiente, y las tripas del barrio comienzan un repiqueteo temprano.

El olor glorioso, que siempre juega a escaparse, queda enredado en la conversación de una pareja que vive en el segundo piso. Ese aire les hace abandonar las palabras para darle paso a unos silencios engarzados. Son los juegos del hambre. La pareja decide sin pensarlo asaltar la cocina; preparan tapas con vino tinto y pan blando; rodajas de pan que se convierten en tostadas.

Un gato remiso, que está muy cerca del tejado, araña por instinto el palo de un tendedero. El minino ya no caza, pero de pienso anda más que harto y no reprime su olfato a ese aire dulce engolosinado. Ya baja de la terraza, baja por la escalerilla y brinca a la ventana del tercero.

En el fondo de la calle una silueta apergaminada va de lado a lado; aquí va a una acera, aquí va a la otra y en el contenedor de la esquina aparta cartones y tira los plásticos. Los ruidos asustan al gato. Es el vagabundo del barrio; y ese olor dorado le traspasa el cuerpo cuando se asoma a la ventana del piso bajo; bajo donde al otro lado de los cristales trabajan los duendes blancos. Este joven avejentado se acaricia las mejillas y luego se lame su boca. Un bollo de pan le dan, y bollo que se le cae, bollo al que besa por el respeto a la vida, por estar en ese momento del suelo levantado.

Cuando ese beso, ese dibujo de que cualquier tiempo pasado fue mejor, se revela llega una ambulancia a la calle y una mujer con respiración lenta, fatigada, y con la piel ahuecada al ala, baja para entrar al mismo edificio donde vive la pareja, al mismo que el del gato. El aire sigue entregado y le lanza sus serpentinas doradas. La mujer al darse la vuelta se encuentra a alguien lleno de migas sobre unos sucios harapos. Se enciende el portal y el primer piso. La mujer lleva arrimado a su pecho un recién nacido y una hogaza de pan bajo el brazo.

Una noche declarada para quien no deja escapar el globo rojo de los abrazos. Para la pareja es una noche con estrellas que caen, suben y bajan. Para el gato, que todo lo ve y escucha, la noche se le ensancha esperando a su amo. Para el mendigo, que los amores ya los tiene olvidados, la noche es otra más que lo aleja dejando atrás su eclipse alargado. Para la madre, la dama de la oscura cara le ha traído un corazón pequeño que ya late con fuerza a base de miga y leche nueva. 

Para todos ellos hay un mundo de pan que les toca, un mundo de pan que les baila puesto que, de amor es el trato. Es la miga de corazón que late en una calle, en un edificio, en una terraza y en un tejado.

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