La mujer de neón se coloca el body al tiempo que me da la espalda. Va de un punto a otro del cuarto sin detenerse ni un solo instante en las sospechas que ostenta mi mirada. Se viste rápido, guarda silencio, resopla y recoge la ropa que dejó sobre el suelo y la cama, luego intenta sonreírme e improvisa un abrazo que al final resulta torpe. Nunca es fácil hacer lo que ella está haciendo. Yo lo entiendo y ella parece entenderlo también aunque finja tener el control de nuestro desencuentro. Ya habrá tiempo, pienso, en que las palabras que atinemos a decirnos fijen los detalles, los datos duros, los puentes lingüísticos que nos ayuden a entender a ambos qué demonios está pasando entre nosotros y qué es este aire que nos cruza y nos pone la piel de gallina.

El body también es de neón y encaja a la perfección con su cuerpo. Yo la deseo. Ella va y viene y deja estelas de rosas, quizá porque quiere que la siga a donde vaya, me miento. La noche cae sin caer del todo y nuestro niño duerme. Duerme lento, como si la noche fuera eterna. Y quizá no lo sea, vuelvo a mentirme.

Otra vez le pido, casi le ruego que no se vaya. El body desaparece debajo de una blusa a rayas y un pantalón de mezclilla. Las estelas de rosas giran y me envuelven, pero yo no floto, yo me muero sin flotar: se lo digo así, sin más, le digo que yo sin su amor me muero, pero de amor nadie se muere, me contesta y otra vez sonríe y otra vez me abraza. La maleta ya está lista.

De amor nadie se muere, y menos de los amores de neón que suelen brillar más cuando todo lo demás se oscurece. Es decir, que no tengo derecho a morirme aunque vaya a extrañarla tanto. Bajamos a la planta baja; mientras yo me adelanto por las escaleras, ella se regresa para darle otro beso al niño. Uno más de los cientos que le ha dado durante el día. Ya tuvieron oportunidad de despedirse en la cena: palabras más, palabras menos le quedó claro al niño que su madre volverá pronto.

Bajamos y nos damos cita en el quicio de la puerta. Parece que vamos a hablar, pero qué podríamos decirnos a esas alturas de la noche. Jugamos con nuestros dedos como si éstos fuesen lenguas y nuestras manos bocas. Mis ojos se cierran, no sé los de ella… sin embargo, al final me dice que va a regresar a casa, que confíe, que renuncie a ella y que confíe, que necesita hacer esto para perdonarme. El body de neón brilla bajo sus ropas.

Entonces me besa. Llega el taxi y me besa; subo la maleta a la cajuela y me besa; sube al auto y me besa y luego, al final de todo y sin besarme, me dice que me ama. Que me ama. Yo solo le repito la frase de la canción que le ofrendé cuando terminamos de hacer el amor: reloj, no marques las horas…

Y apenas el carro se aleja y se pierde yo comienzo a enloquecer. Pero tengo que dejarla ir. Sin embargo, no es mucho lo que puedo soportar, así que corro al cuarto del niño y lo despierto y le ruego que me repita a dónde va mamá, que me diga con sus propias palabras la mentira piadosa que tuvimos que inventarnos para decirnos adiós mientras cenábamos: Mamá fue de excursión, papá, fue a ver a las luciérnagas, pero pronto estará aquí, pronto estará con nosotros.

Y yo le creo, por Dios que yo le creo.

(Música: Saying Goodbye in the rain, de Jelsonic)

Tu puntuación:

URL de esta publicación:

OPINIONES Y COMENTARIOS