Almas de roble, así los he percibido. Soportar las humillaciones más terribles, en asuntos tan mínimos que hacen sonrojar el espíritu y son un descrédito para un ser que pueda llamarse humano. Estoy en medio de toda la situación, aprendiendo y también llevando ese elixir que tranquiliza, dando la esperanza de un mañana mejor, aunque a decir verdad no sé si sea una mentira piadosa de la mente para aliviar un pensamientos unido a una emoción, de un futuro tan incierto que da escalofrío.

Soportamos jornadas laborales extensas: doce, trece y hasta catorce horas diarias, en medio de una desconfianza asfixiante hacia ellos por parte de los propietarios del negocio, debido a la situación en que se encuentran en nuestro país, con el agravante de la noticia de la semana, de un supermercado local donde despidieron masivamente a muchos de sus compatriotas luego de ser sorprendidos aprovechándose de los dineros recaudados en las ventas. No quiere decir que todos sean así, sin embargo el estigma se arraiga y los comentarios por parte de la gente, no ayuda en nada a su precaria situación.

Me siento en una situación intermedia entre la compasión, la bondad y el malestar por momentos, pues mis jefes aparte de todo el trabajo que debo realizar me han colocado de policía y no puedo perder de vista a nadie y en realidad, es muy desgastante, cuando los verdaderos ladrones se encuentran en otras esferas, fuera de mi vista aunque incrustados en mi consciencia.

Bromeo todo el tiempo, para hacer trampa a los segundos implacables, para morderle la cola a la injusticia, amortizar el dolor de los malos comentarios, devolverle un poco la vida a personas tan jóvenes buscando una oportunidad en el lugar más equivocado del mundo o tal vez el adecuado para aprender lo suficiente de la miseria humana, y no me refiero a lo material, sino a una cultura mancillada, expropiada, ultrajada en una tierra del olvido, de un recuerdo permanente que las deudas se pagan. La promesa aún no cumplida de textos antiguos de una geografía inexplorada, cimentada en los escombros morales de la falta de identidad, donde las almas errantes nativas y ahora foráneas se debaten por sobrevivir arañando el suelo con las lágrimas que caen teñidas por las hondas heridas de todos los tiempos.

«Coño, no me importa eso, trabajar tanto, sino la desconsideración de no comprender el cansancio, el esfuerzo, la no valoración de las ideas, la premisa y palabra vana de decir que el que manda, manda, aunque mande mal…» – Me dijo el venezolano – con su voz cansada, un joven de veintinueve años, que salió corriendo de su país con su esposa y su hijo, debido a la difícil situación de su país.

«Tenemos que hacer algo», le he dicho, de todas formas estoy igual que ustedes, con una pequeña diferencia, he conservado dentro de mi algo que no he permitido que se pierda, y que en los momentos más duros, cuando elevo mis ojos al cielo elevando una plegaria sentida desde lo más hondo de mi ser, me sostiene y alivia. Esta semana me he sentado a su mesa y hemos compartido un sencillo almuerzo, bueno…Nos sentamos en el suelo, escasamente tienen su cama y lo indispensable en la cocina para preparar los alimentos, nos reímos mucho, se sentían apenados conmigo y la verdad más vergüenza sentía yo, en mi país y no contar con los recursos para ofrecerles como anfitriona en mi tierra algo más digno acorde a sus necesidades. Así son las cosas y seguramente algo positivo saldrá de todo esto: fuerza, humildad, sencillez y experiencia.

Les regalé mi cama, poco me importa dormir en el suelo, al fin y al cabo tampoco la necesito, bien podría dormir sobre una piedra siempre y cuando no me falte una buena almohada, que si de resabios y complicaciones hablo, será ese uno de los que me aquejan. Ahora su niño tiene una cama digna para descansar su pequeña humanidad y si de los pequeños se trata, he de decir, se lo merecen todo, menos pagar los tiestos rotos de un montón de adultos ignorantes que han llevado a muchos pueblos al traste.

Ayer fue un día pesado, en todos los sentidos, la carga laboral de los domingos es exhaustiva con el agravante que no tiene ninguna remuneración adicional en comparación con los demás días de la semana. Tenemos una compañera, una mujer de más de sesenta años, la cual mis jefes han apodado la «Tele Tubi», un nombre simpático debido a su baja estatura; a veces es un pequeño demonio de pestañas rizadas y ojos pícaros que molesta por todo, y en otras ocasiones el complemento perfecto para bromear, sobre todo cuando me comparte su intenso romance con un abuelo de ochenta y un años, que la trae enamorada hasta el tuétano, a la vez que la cela de una manera muy particular, pasando revista sobre su pasado. A veces los hombres quieren que una mujer sea la virgen María, como si ellos fueran San José y estuvieran interesados en armar un pesebre.

Cuántas cosas tiene la vida, una batalla continua que no da tregua convirtiéndose a veces en unos cuellos de botella donde los problemas parecen eternos y las soluciones tan inciertas que no se ve la salida. El espejo parece tener la respuesta, uno se mira y ve un par de manos dispuestas a seguir trabajando y unas piernas que invitan a seguir caminando, sin importar hacia donde, cómo y cuando…

CHELORE

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