La avenida P. estaba llena a reventar de huecos. Era una vía alternativa que comunicaba, con líneas de tren al lado, dos partes antiguas de nuestra ciudad. Al ser una vía de esta clase, era normal que su estado permaneciera perpetuamente crujido. Por allí no solían ir sino personas desesperadas. Yo tuve esa impresión siempre. El polvo que se alzaba en ella era de una pobreza horrible; las piedras salidas eran como gigantes verrugas a las que uno tiene que acostumbrarse toda la vida, porque toda la vida estarán allí. Los barrios que colindaban con ella, a pesar de tener casas con una fachada decentemente construida, no conseguían más que tener un aspecto terrible de ruina. No eran las casas de un piso y tejas oxidadas; no era el pañete ordinario de sus fachadas; no era la gente que habitaba estos ranchos de ciudad. Eran las casas de construcción moderna, con arquitecto detrás de sus planeaciones; con las matemáticas y la estética rigiendo su composición, aquello que les daba a esos barrios un aspecto rígido, de ruindad especialmente mayor. Al menos para mí siempre fue así.

Compartí aquella idea alguna vez con un compañero de trabajo. Nos subimos a una hermosa y magnífica piedra que había estado allí desde que yo tenía memoria.

—Si ninguna de esas casas estuviese allí, hasta lindo se vería el barrio.

Acabábamos de salir de embriagarnos, como a las doce de la noche, con una vista a las estrellas esplendida y el silencio fulminante de aquellos tres kilómetros de polvo, piedras y cráteres. Estábamos bien prendidos ya. Se le iluminó por unos cinco segundos el rostro, y vi al fondo de su mirada una humillación cálida y presente, aunque estuviese escondida del mundo entero la mayoría del tiempo. Fue como si en esos cinco segundos su espíritu saliese a echar un vistazo al exterior. Se echó a reír, aunque estoy seguro de que quería todo lo contrario. Hay risas más desgarradoras que la muerte.

No pensé mucho más en ello durante un período de más o menos dos años. Siempre me daba vergüenza y tristeza tener que pisar aquella calle, con los mismos zapatos, y patear aquellas mismas piedras. Sobre las casas nunca tuve mayores pensamientos ni teorías. Todo siempre se me reveló ante la calle. Para mí era la calle y sus baches el origen de toda esa perpetua pobreza, mientras que las casas sólo eran la pintura que se cae con el desplome de la lluvia. Lo insólito del asunto era que yo sintiera en mi interior una atracción sutil por estar en esa calle. Es verdad que era pringosa, peligrosa, mugrienta toda, pero la conocía a tal extremo, con sus manchas más desagradables, que no podía evitar sentir cierta ternura por ella. Me daban ganas de arrancar de mi esa sensación de inevitable destino, pero al mismo tiempo no consentiría jamás tener que irme de allí ¡cosa extraña! Era mi destino estar allí, aunque deseara con todo el corazón extirpar ese llamado a permanecer. La voluntad no obedece en los casos más profundos del amor. “¡No volveré a hablar más de aquellas cosas!” me dije a mí mismo. Y callé una larga temporada todos los pensamientos que pudieran surgir de allí.

Una tarde recibí dos llamadas harto extrañas. Mi jefe me había incluido en una lista de cien obreros para un trabajo importante. “!Se ha resuelto en la ciudad la ampliación y reconstrucción de mi querida avenida P.!” exclamé al colgar el teléfono. ¡Por fin iba yo a ver un cambio, con mis propias manos, además, y lo abracé con ilusión! Todas esas casas que vivían sobre la avenida, serían arrancadas. Las miserables, y las más decentes. Todas ellas serían reemplazadas por un paisaje nuevo, moderno, de avance, de matemáticas, de estética y civilización. Llevaba yo seis meses de duro trajinar. Barriendo calles por algo más que un mínimo. Alguna vez también recogí basuras en camión. En esta labor me iban a pagar el mínimo, y acepté, aunque en el fondo sabía que era una gran estupidez aceptar menos dinero. Pero era precisamente esa emoción de estar haciendo una estupidez lo que me seducía y terminé aceptando. Después me emborraché y lloré amargamente. A veces llorar amargamente resulta tan delicioso.

La segunda llamada la recibí, ya entrada la noche. Una mujer ahogada con su propio aliento, no podía hablar claramente.

—Mira, él y yo, no hablábamos demasiado —le dije. Nos conocimos un año apenas. Y nos veíamos cuando nos tomábamos, tú sabes dónde. Poco más. Jamás me contó nada de su vida, ni del lugar donde vivía, ni de nada de nada. Lamento en verdad la pérdida. Era un gran hombre.

***

Dos semanas más tarde estaba toda la maquinaria puesta en la punta norte de la avenida P. Retroexcavadoras, martillos hidráulicos. Un tipo, en son de juego, se lanzaba con otro tipo un cilindro de dinamita. Tuve que horrorizarme mucho cuando descubrí el destino de ese cilindro. A la hora no estaba en el paisaje ya, aquella hermosa y magnifica piedra donde antes habíamos hablado mi compañero y yo. Dos semanas enteras tuve pesadillas seguidas con aquella piedra. Que me aplastaba; que se encogía hasta meterse entre mis botas; que de allí salía un niño y me acompañaba, llevándome de la mano, Etc.

Al mes se me asignó derribar las últimas casas. Y he aquí la conclusión de todo lo que pude haber sentido en carne viva: Me subí a la máquina, quedaban diez casas no más. Derribé cinco, contento. Cuando iba a derribar la sexta, una mujer apareció de la nada, con tres muchachitos detrás de ella. Todos llorando. “¡Aquella no!, ¡Aquella no! ¡por favor, se lo ruego!”. Los tipos se reían. Se me entumeció el corazón al ver allí a la mujer de mi compañero. Iba a derribarle su pequeña casa. Ya conocía yo que, en ciertos momentos de mucha tristeza, hacía cosas muy extrañas. Una sonrisa tímida se me escapó de la boca con gran humillación.

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