Zona de demolición

Zona de demolición

A las guerreras les llegó la noche

Trabajo para una empresa de construcción y demolición como maestro general de obra, entre mis funciones está acelerar el rendimiento de los obreros y para eso mi rudeza con el personal debe ser constante, en esta ocasión se contrató personal femenino por la escases de hombres en la zona, la fortaleza de ellas no está en sus músculos; la dedicación y constancia compensaba la fuerza, además  entre tantas bellezas me llegué a sentir como árabe en medio de un harén, me veían como un ser supremo ¡ja, ja, ja! Y, no era para menos, a todas las trataba con respeto y admiración, también resaltaba las cualidades que tenía para soportar lo arduo de  las labores que por lo regular solo eran ejecutadas por hombres, esto como resultado atraía los celos de otros, considero ser polímata en esta área que ellas hasta el momento empezaban a conocer, la construcción había estado dominado por los hombres y sus músculos.

Los obreros no todos tienen las mismas habilidades, algunos eran poco ágiles, otros a espera de mejores ofertas de empleos según sus estudios, en fin; había de todo, entre las mujeres estaba María, pasando desapercibida entre todos, es la que menos expresa su belleza escondida entre un overol ancho, mascarilla y lentes para evitar la polución, en ocasiones me fijaba cuando dejaba ver su boca y esos gestos al morder sus labios faltos de humedad que  producía la sed y la polución; suelo ser muy observador en cuanto a mujeres y, no es para menos siendo el menor de cuatro hermanas, había aprendido de sus días y delicadezas que no tenemos los varones.

En una ocasión pasó algo que marcaría la rutina, no es de extrañar que en esta rama de la construcción los piropos y halagos son nuestro fuerte, algunos sutiles y otros que sólo lo entendemos nosotros, “mujer que no sea piropeada al pasar por una obra debe evaluar su belleza”. 

Les pareció gracioso bromear piropeando a María y resaltar la belleza de sus curvas, lo cual no fue de su gusto, al no encontrar la simpatía le gritaron «tan creída», «Fea, tan re fea» frases que discriminan la dignidad de cualquier mujer.

¿Sexo debil?

¿Que pasa que no los oigo trabajar? !Grité!

Eso controló la situación de la que me percaté; su rostro lleno de rabia anunciaba una avalancha de ira, en contra de sus compañeros.  

– María diríjase al hangar a acomodar las cajas que llegaron con las importaciones. 

Sé que cualquier mujer al escuchar estas palabras lo último que quiere es quedarse en medio de las miradas, seguí supervisando las labores y designando otros que haceres. A los que se querían pasar de listos les cobraba sus proezas cargando escombro sin la facilidad de maquinaria para cargar las volquetas, no le daría ánimo alguno de volver a pronunciar comentarios de mal gusto.

– Samuel: alcánzame en el hangar en un rato para que ayudes a organizar cajas mientras voy y superviso que hace María, al llegar se escuchaba arrojar con furia las cajas; grité su nombre para que supiera de mi presencia, no respondió, me acerqué y aunque no me daba la cara, toqué su hombro, se resistía a mirarme a los ojos, pero al voltear su cuerpo se tambaleó directo a mis brazos tras un mal paso, la abrasé; puso un poco de resistencia buscando como huir de la rabia que sentía en el momento ¿Cómo frases de mal gusto pueden destruir la confianza y la autoestima en solo un instante?

Nuestras miradas se cruzaron acercando sus labios a los míos, no perdí oportunidad en demostrar mi gusto por sus labios, me miró extrañada de que le besara y antes de que siguiera pensando en lo extraño del momento, arrecié con tal pasión, se encendió el deseo; la respiración se perdía muy rápido en tal descontrol, apretujé su cuerpo tan fuerte que acabé sumido en sus curvas que exploraba con tal rapidez, pensando que seria mi única oportunidad, antes de acabar nuestra jornada y volver a la realidad de nuestras vidas, mi lengua avivaba el ya fallecido brillo de sus labios, cada gemido borraba la realidad de la que pronto tendríamos que despertar, esta era mi oportunidad de acabar con el verano de mi soltería.

Contra las cajas me adueñaba de sus senos que apretujaba, mientras escuchábamos caer lo que con rabia había organizado; eran blandos, suaves, mi lengua recorría su cuello sin control, entré en su sostén acariciaba su piel, su jadeo me descontrolaba a cada instante, era tanta ropa en nuestros cuerpo por despojar que olvidamos que estábamos a merced de cualquier inoportuno,  buscando como violentar botones y cierre, había deseado tantas veces este instante, que hombre no fantasea con tener un encuentro apasionado en el trabajo. 

Lo que sentía al palpar su cuerpo, esa caricia aún sobre su ropa íntima no podía creer tal sensualidad, arrancando un profundo suspiro, se erizan nuestras piel, muerdo su labio inferior mirándome fijamente, sintiendo su jadeo y el estruendo en su cuerpo, podíamos sentir el aroma de nuestros cuerpos, sometidas a nuestro frenesí, casi imposible detener tal caudal de pasión.

– ¡Jefe ya estoy acá! ¿Dónde está?

– Devuélvase y trae un compañero que ayude a recoger bien este desorden, son muchas cajas.

– El tiempo justo para vestirnos y recuperar el aliento e irme sin mancillar su buen nombre «del silencio nacen nuevas oportunidades». 

Pasamos tanto tiempo en el trabajo que ya pienso que a casa vamos de visita o solo a dormir, por eso lo llamamos nuestro segundo hogar; y en este  había conocido a mi compañera, que nunca se imaginó estar a la par en un trabajo que hasta hace poco dominaba el hombre.      

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