EL GRIS PEREGRINAJE

EL GRIS PEREGRINAJE

German Marin

18/08/2016

Recorrió varios kilómetros para encontrarse con el arenoso y desolado pueblo, ahí donde el sol calentaba impetuoso, tanto que sus ojos no lograron abrirse plenamente. El aire seco entraba por su nariz y su boca, tanto que no lo dejaba respirar.

Se sentó pesadamente en una piedra alejada del monumento que levantaron para recordar ese 13 de noviembre de 1985. Ese día pintado de gris. Tan gris como el pantalón de pana que usaba su padre y que vio cruzar rápidamente dejando una estela de polvo en la desolada calle. Tan gris como el cuaderno en el que pintaba su hermana ese árbol de tronco grueso. Tan gris como las ollas en las que su madre acostumbraba a hacer el caldo de costilla que las mañanas de sábado servía en la mesa para el guayabo infaltable de su padre… y podía sentir el aroma, el olor a cebolla picada para darle mayor sabor.

Y sentado en esa piedra que se llevó consigo sueños, casas, almas, vidas, escucha un murmullo. Es una pequeña oleada de viento que pasa indiferente entre los árboles que han crecido bajo el abono en el que se convirtieron sus paisanos, sus amigos, sus hermanos y sus padres. Desde ahí puede contar las pequeñas piedras que significan cada cuerpo sepultado en esa noche tenebrosa, donde el grito de la naturaleza dejo sordos a todo un pueblo que pernoctaba sonámbulo en medio de la lluvia polvorienta que sonaba en las tejas de las casas.

Resopla acosado por el calor y se levanta. Se concentra para tratar de escuchar el llanto de su hermano pequeño cada vez que le quitaba el balón para jugar, y lo ve en ese rincón detrás de la cruz, con su nombre inscrito. Mira las ruinas de las calles y busca tras de estos escombros el aroma de su pequeña novia a quien beso con la boca cerrada, escuchando su risa perderse en la distancia.

Una gota de sudor cae por su rostro, y siente el dolor en sus piernas después de ese partido de fútbol con el balón amarillento, siente su rostro mugroso, y el brazo de su mejor amigo que se posa sobre su hombro celebrando el triunfo.

Sus pasos son lentos, nostálgicos, profundos. Son pasos de incertidumbre al no encontrar el camino. Ese mismo que tantas veces recorrió saludando al tendero que suma una y otra vez el fiado de su madre. Suenan las risas, suenan las fichas del dominó y el crujir del doble seis sobre la mesa, aunque todo se deshace y se confunde entre las ruinas de la casa del Pastor.

La soledad ocupa todo el lugar, el lugar es solo soledad. Su cuerpo no quiere responder al recuerdo, y sus recuerdos lo llevan al cementerio. El arca de Noé se posó en este lugar para salvar a los elegidos. Elegidos por la vida y por la muerte. Desde ahí divisó su tierra convertida en barro, a la que hoy vuelve para derramar su última lágrima.

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