INTRODUCCION

En otro tiempo, en el mismo lugar, habrá seres humanos iguales y diferentes a la vez. El hombre es un animal que cambia y permanece. Se modifica, impulsado por corrientes externas que lo manipulan como un vendaval, pero en el fondo continúa siendo el mismo que fue aquel lejano día en que irguió su espinazo,

apoyándose sólo en sus dos patas traseras. Siempre ha sido así. Lo que han pensado y escrito hombres

solitarios acerca del Nuevo Ser, continúa siendo utopía. Los sistemas que se han tratado de llevar a la práctica

contrariando la íntima sustancia que anida en los corazones humanos, han perecido. Desnudo, el hombre

continúa siendo lo que invariablemente fue. Las garras y colmillos dejaron paso en un comienzo al garrote, poco a poco a la espada, luego al fusil, al tanque, a la bomba, a las presiones económicas. Situados en lo alto

de la escala, quienes son capaces de anticipar el proceso circular se ven en la necesidad de mantener lo que

han logrado. Se ha vuelto al garrote. Es el elemento primordial, al que primero recurrió el hombre en sus

relaciones de fuerza contra otros hombres, y el que jamás dejará de utilizar.

PRIMERA PARTE

CAPITULO UNO

En el aire espeso flota el olor de la pólvora. Sin saber muy bien para qué, los hombres se reagrupan, se arrodillan y apuntan, avanzan entre los edificios, obedecen las consignas vociferadas por un recio sargento mostachudo.

Detrás, otros contemplan el ejercicio, realizando acotaciones de vez en cuando. Diversas cámaras de televisión captan las reiteradas secuencias de avance y retroceso, enfocan a los hombres que acometen con las

armas preparadas ante el potencial enemigo. Desde las ventanas de los departamentos vecinos algunos

curiosos presencian el espectáculo, que no por ser cotidiano pierde su interés. La UCP, sigla de la Urban

Control Police, brinda de manera periódica exhibiciones de esta naturaleza. Los ejercicios conjuntos, además de necesarios, ofrecen una sensación de bienestar a los ciudadanos honestos, la seguridad de saberse

protegidos por hombres capaces de repeler tanto un ataque externo como interno.

En los perímetros urbanos se realizan habitualmente simulacros de control antiterrorista como el que

hoy viene llevándose a cabo, encargándose de los mismos la UCP, bajo supervisión del Foreign Terrorism

Departament estadounidense.

Es sabido que la experiencia antiterrorista de este departamento lo hace especialmente idóneo para la

tarea de instruir a los diversos cuerpos encargados de mantener la ley y el orden en las naciones aliadas. La UCP, como su nombre lo indica, es en este país la policía propiamente dicha, con función de preservar el

orden público y controlar disturbios callejeros. Estos son causados siempre por terroristas, pues lo son quienes

atentan contra cualquier institución, de una u otra forma. En situación de disturbio interviene la UCP, a menos

que sea muy grave, en cuyo caso se da participación a una rama especial del ejército entrenada al efecto por

instructores de United States of South America.

El ejercicio está a punto de terminar. El sargento Osvaldo Bowes tantea su cantimplora

reglamentaria, la abre y toma un largo sorbo. Aunque se mantiene en buena forma, ese entrenamiento no es el más indicado para esta mañana. En el calor, insólito a mediados de junio, se presiente el germen de una futura tormenta. Bebe otro sorbo y devuelve la cantimplora a su sitio, mirando a su alrededor. Se siente satisfecho, y los ojos que lo contemplan aumentan su orgullo. Es muy consciente de que a sus cuarenta y dos años todavía

conserva una condición física inmejorable. Su imponente figura se yergue aún más dentro del uniforme de

fajina. Apura el paso y se reúne con sus compañeros. Todos están agotados. El sol golpea sin piedad,

reverberando sobre el asfalto que pareciera despedir tenues oleadas de vapor.

A la sombra de un edificio de departamentos, los instructores acaban de teclear sus observaciones en la mini computadora que traen consigo. Uno de ellos, muy rubio, con el pelo cortado al rapé, se inclina hacia

su compañero, murmura algo en su oído y ambos estallan en una carcajada. Llevan bordada en la manga

izquierda de sus uniformes, diferentes a los de Osvaldo y su grupo, la insignia roja y dorada de la FTD, con el

águila emblemática. Naturalmente hablan en inglés, como todos, pero el idioma suena en ellos más seco, sin

los giros locales que aquí suelen escucharse. Terminada la inspección felicitan al oficial encargado del

operativo, montan en un vehículo que ha estado aguardándolos y desaparecen. La orden de reagruparse

resuena sobre la calle ardiente.

El sol ha ido desligándose de su asidero y ahora cae velozmente hacia el horizonte. Osvaldo Bowes regresa a su hogar. Trae consigo un justificable cansancio y el merecido elogio de su superior. Su

actuación ha sido destacada. No se atreve a pensar en otro galón para su manga, no abiertamente, pero en un

rinconcito la esperanza bulle sin cesar.

Estaciona su auto en la huella que va hacia el garaje. Son las mil ochocientas. Sabe que Teresa, su

mujer, aún estará en el templo. Utiliza su propia llave y abre la puerta con cauteloso silencio, obedeciendo a

una inveterada costumbre. La sala de estar se encuentra vacía. Va a la cocina y se sirve un vaso de agua helada. Luego camina por el corredor. No se ha quitado aún el arma ni el cinturón. Los siente parte de sí y no lo molestan en absoluto. Para Osvaldo Bowes, su carrera es su vida. No concibe otro destino para él. La

compenetración entre su mente y su trabajo es total. Este rige cada acción y cada sentimiento. Actúa, piensa y

siente como miembro de la UCP.

Llega calladamente hasta la puerta del dormitorio de su hijo y la abre sin llamar. Sergio está

recostado sobre la cama, inmerso en sus pensamientos, en un mundo privado e inaccesible para su padre. Se sobresalta apenas al ver a Osvaldo y luego se incorpora, hasta quedar sentado frente a él. Sus ojos están alertas. Sabe que con su conducta acaba de molestarlo. Meditando más de la cuenta, se ha dejado sorprender

en una actitud que su padre considera indolente.

– ¿ Está lista tu tarea ? – pregunta Osvaldo.

– Ya está casi toda.

– Casi es lo mismo que nada.

Sergio reprime cuidadosamente el suspiro que sube a sus labios.

– No está lista – rectifica.

Osvaldo continúa parado junto a la puerta.

– Este año es importante – recalca – Tus notas deben ser perfectas. Hacéla enseguida.

Da media vuelta y abandona la habitación. Sergio suelta el aliento contenido. Su padre ha debido

tener hoy un buen día, a juzgar por la benevolencia de su reacción. Se levanta, va hacia el escritorio y

enciende su computadora. Retira la silla hacia atrás y se sienta en el borde. Un obstinado lazo le aprisiona las

sienes, semejando la trampa que siente cerrarse en torno a él. Abre una carpeta, pasando sin ver las pantallas

escritas. Cada tarea realizada, cada nota sobresaliente lo aproximan al desenlace que aborrece. Sabe que la aspiración de su padre no se cumplirá. No puede pensar siquiera en la posibilidad de ingresar a la Academia

militar. Pese a que el momento se acerca peligrosamente, tampoco sabe de qué manera conseguirá oponerse.

Lo cierto es que su decisión está tomada.

En la sala de estar, Osvaldo abre una lata de cerveza y se acomoda frente al televisor. Su arma

reglamentaria descansa sobre la mesita baja, al alcance de su mano. También él mira sin ver la pantalla de

brillantes colores. Su hijo lo exaspera. Nunca ha podido aproximarse siquiera a él. Su desinterés acerca de las cosas que Osvaldo juzga típicamente varoniles es irritante. Sergio jamás muestra atracción hacia las armas de fuego o hacia las actividades de su padre. Si no fuera porque considera impensable la posibilidad de que un hijo suyo posea lo que para él es un defecto insuperable, dudaría de su masculinidad. Apartando con rudeza el

pensamiento que comienza a insinuarse en su mente, toma otro trago de cerveza, intentando concentrarse en

las imágenes que bailan ante sus ojos. Su mano aprieta la lata, triturándola lentamente, sin que él se percate

del hecho. Walter, su otro hijo, ha hecho siempre lo que se esperaba de él. Fue un chico al que se podía

comprender, un chico con reacciones normales. En cambio Sergio, además de exasperarlo, lo incomoda.

Siempre lo ha hecho. Desde pequeño le ha parecido diferente a otras criaturas. Tan sosegado. Jugaba con los

demás sin violentarse, casi imponiendo su voluntad de forma callada. Nunca hizo los típicos berrinches que

veía en otros chicos y cuando se lastimaba no lloraba. No lo hacía jamás. Ni siquiera cuando era castigado, lo

que sucedía a menudo. En esos casos exhibía una mirada desconcertante. Alguien más perspicaz que Osvaldo

hubiera percibido en los ojos infantiles la mezcla de desprecio e ironía, impropia de esa edad, con que era

observado. Osvaldo en cambio se encolerizaba. No comprendía del todo, pero sentía desvalorizada su propia estima como Padre y Conductor Absoluto de su hogar. Cuando Sergio advirtió que la cólera de Osvaldo, y en

consecuencia las palizas, eran causadas mayormente por su implícita falta de sumisión, dejó de mirarlo de ese

modo. Al menos con los ojos. Comprendía rápidamente y su comprensión tenía un alcance mucho más amplio que la de su padre. Había entendido con claridad, a una edad muy temprana, la esterilidad de rebelarse

continuamente por el simple gusto de la reafirmación personal. Debería estar, quisiéralo o no, muchos años

aún bajo el dominio paterno, y si bien los soportaba, los golpes no le agradaban en absoluto.

Es agradable, en cambio, coleccionar recuerdos dentro de sí, para recurrir a ellos en los

momentos de desaliento.

A pesar de lo corto de su existencia, Sergio mantiene oculto un pequeño bagaje. Ahora se aparta de la pantalla y se reclina hacia atrás contra el respaldo de la silla. Aún no ha pulido del todo su concepto de la

inmortalidad, pero cree que pueden mantenerse vivos fragmentos de una persona mientras alguien piense en

ella. Es lo único que queda finalmente: el recuerdo engendrado en otros. Los que guarda de su abuelo, por

ejemplo, son inconmensurables, ya que siempre le dijo la verdad. Fue él, también, quien le enseñó a pensar, y eso no lo olvida alguien como Sergio. Procura aferrarse a esto sobre todo cuando presiente, en medio de la

oscuridad, la orilla alejándose lentamente.

Evoca, como si transcurriera en este mismo instante, una tarde perdida en el tiempo de su niñez.

Debía ser verano, ya que se ve a sí mismo casi desnudo, con sólo unos pantalones cortos, intentando pasar el rato con un video juego personal. Ese en particular lo aburría. Ya entonces captaba con claridad las

reiteraciones e inverosimilitudes de las historias que pretendían contarle por medio de esos juegos. Había

comenzado a leer a muy temprana edad y esos entretenimientos no lo divertían. El abuelo lo observaba,

aparentemente adormilado en su sillón.

– Te aburre – sentenció por fin, y pareció mirar dentro suyo, a la vez que los negros ojos de su nieto –

Necesitás otra cosa… Vení.

Juntos subieron la escalera que conducía al desván. Sergio había estado allí raras veces. En realidad era un hueco debajo del techo, apto para almacenar diversos enseres en desuso. Las vigas de madera casi rozaban la cabeza del abuelo. Guardadas había dos computadoras con una vaga semejanza a las actuales, varias piezas de alguna maquinaria vieja sin utilidad aparente e infinidad de cajas de cartón, cerradas con

cinta de embalaje amarillenta por el tiempo, apiladas unas sobre otras. Sergio caminó detrás del abuelo,

observando a su alrededor. Un rayo de sol, empujando dentro del desván a través de los vidrios percudidos,

confería una suave cualidad dorada a las pequeñas nubes de polvo que iban levantándose a su paso. Apartó a

un costado una banqueta a la que faltaba una pata y se sentó en el suelo, esperando. El abuelo recorrió con la vista las cajas, vaciló entre ellas, y por fin alzó una, apartándola de las demás y la dejó en el suelo, en medio

de la habitación.

El rayo de sol bailó por encima, jugueteando, la cubrió con su luz dorada y de pronto la vieja caja

refulgió, como si en ella se encerrara un ignoto tesoro. La curiosidad natural de Sergio se había despertado y ansió saber lo que se encerraba ahí dentro. Su abuelo lo miró y él le devolvió la mirada, expectante.

-Tal vez te haga un flaco favor mostrándote esto – reflexionó el abuelo, como para sí – Sin embargo, tarde o temprano lo descubrirías por vos mismo y odiarías a quien no te lo hubiera dicho.

Sergio observó, mientras las arrugadas manos acariciaban la caja lentamente y luego arrancaban a trozos la cinta ya cristalizada. La tapa se abrió y contuvo el aliento. Adivinaba que ese era un momento muy especial, en el que algo desconocido y quizá temible se revelaría ante él. Pero al abrirse, la caja exhibió sólo

un montón de libros y diarios viejos. Se acercó despacio, gateando por el piso y se asomó dentro, tratando de

descubrir que cosa portentosa podría contener. Unicamente había papeles. Su desilusión fue grande, aunque se

guardó de demostrarlo. Miró hacia arriba y vio los ojos de su abuelo, que lo observaban conocedores.

– Estos no son sólo libros viejos. Tienen una historia muy importante para contarte. Tu historia.

Eso era nuevo. Sergio creía conocer su propia historia, su propia vida. Sin decir nada, se acomodó en el suelo a escuchar. El abuelo tomó asiento a su lado, trabajosamente. Sopesó un libro, lo abrió y pasó con

cuidado varias páginas. Intentaba encontrar las palabras necesarias.

– En estos libros no hay super héroes ni máquinas voladoras ni nada de eso – empezó – Pero sí hay magia… La magia del conocimiento. De saber quién sos y de donde venís ¿Entendés ?

Sergio negó con la cabeza y siguió escuchando. Aunque no comprendiera se sentía interesado. No le estaban hablando como a una criatura, y él valoraba esa distinción.

El abuelo pensó un poco más.

– ¿ Sabés lo que es el castellano ? – preguntó finalmente.

Otra negación.

– El castellano es el idioma en que está escrito este libro. Antes, en este país, la gente hablaba

castellano y no inglés, como ahora. No hablaban como nosotros estamos haciendo, sino como está escrito en este libro y en todos los que hay aquí.

Sergio meditó acerca de lo que estaba oyendo.

– ¿ Fue hace mucho? -preguntó.

Ahora fue el turno del abuelo. Movió la cabeza negativamente, mientras sonreía.

– No – dijo – No fue hace tanto tiempo. Para vos puede parecer mucho, porque tu vida es corta aún.

Fue hace un poco más de diez años.

Diez años parecía un tiempo considerable. El aún no nacía…

– ¿ Y por qué dejaron de hablarlo ?

El abuelo suspiró.

– Porque – contestó – otra gente, muy lejos de aquí, puso como condición que lo hiciéramos antes de ayudarnos.

– ¿ Qué es condición?

– Poner condiciones es… – el abuelo buscaba un ejemplo adecuado a la edad de Sergio – a ver… tu mamá te dice: ¿ querés ver este programa de televisión? Bueno, pero antes tenés que arreglar tu pieza. Eso es

poner una condición. Por eso nosotros cambiamos nuestro idioma por otro.

– ¿Y para qué querían que cambiáramos?

– ¿Sabés lo que es un símbolo?

– Mas o menos.

– Un símbolo es, por ejemplo, el escudo de tu colegio. Vos lo llevás cosido en el saco y así todo el

mundo sabe que vos vas a ese colegio. El colegio quiere que uses el escudo para que todos sepan que vos pertenecés ahí.

El abuelo calló. Miraba intensamente a Sergio, esperando sus reacciones. Tenía mucha fe en la inteligencia de su nieto y quería ver hasta donde era capaz de entender y relacionar.

– ¿ Un idioma es un símbolo, como un escudo? – preguntó Sergio al fin.

El abuelo sonrió ampliamente.

– Sí – contestó.

– Entonces – dijo Sergio, frunciendo el ceño por el intenso esfuerzo mental que realizaba – ellos

querían que nosotros usáramos ese símbolo para estar seguros de que… ¿de que les pertenecíamos?

– Exacto.

Sergio reflexionó largo rato sobre la cuestión. El concepto de pertenencia quedaba claro para él, sus

propias ansias de posesión eran naturales, pero no comprendía por qué otros habían querido poseer a la gente

de allí. A menos que lo hicieran por la misma razón que movía a su padre a poseerlo a él como hijo, la

satisfacción de castigar cuando le viniera en gana.

Se da cuenta ahora, mientras sus dedos juguetean distraídos con la lapicera que tiene en la mano, que

en ese instante comenzó a descubrir de manera razonada lo que hasta entonces había percibido como

sensaciones. El abuelo le acarició la cabeza suavemente. Viendo que la siguiente pregunta no llegaba, debió

haber comprendido que ya había plantado en la cabeza de su nieto demasiados interrogantes. Decidió finalizar

de momento su exposición.

– ¿ Te gustaría aprender a leer lo que dicen estos libros? – preguntó en cambio.

Sergio asintió sin vacilar.

– Para eso vamos a necesitar que aprendas primero el idioma en que están escritos – colocó el libro

en su regazo y enlazó las manos callosas alrededor de las rodillas – Vamos a estudiar unas cuantas palabras

por día. Pero hoy no. Hoy voy a leerte un verso.

Sergio lo miraba con los ojos muy abiertos, tratando de asimilar lo que escuchaba. El abuelo volvió a

tomar el libro y rebuscó unas páginas.

– Esto se escribió mucho antes de que vos nacieras…– dijo, después de calarse los anteojos que

llevaba atados al cuello con una cadenita – Mucho antes de que yo naciera, así que te harás una idea de lo viejo que es.

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