¡QUE NOS QUITEN LO «BAILAO»!

¡QUE NOS QUITEN LO «BAILAO»!

Las primeras gotas repiquetean en las losetas de la plaza, dibujan lunares oscuros sobre el pavimento seco. Detrás de la ventana, ella mira cómo la lluvia empapa el suelo, cómo el enlosado gris y apagado se transforma en un espejo que hierve a borbotones ahora que la plaza se ha vaciado, ahora que la gente ha huido a la carrera en busca de refugio. La lluvia le fascina desde siempre. Sus sentidos, su piel se vivifican; todo su ser se aligera de cualquier zozobra, de cualquier pesar, se limpia de mugre como el aire y el suelo se libran de pestilencias arrastradas, gota a gota o en catarata, por el agua que sueltan las nubes. La lluvia la relaja.

Cruza los brazos bajo el pecho y palpa con los dedos la carne blanda del antebrazo. Por un momento se sorprende como si estuviera tocando un cuerpo ajeno, como le pasa cuando se encuentra con su cara en un espejo, no se reconoce a la primera. Empieza a llover con más fuerza. Una mujer joven atraviesa corriendo por medio de la plaza, saltando sobre los charcos con la elasticidad de un pajarillo. Sonríe mientras su memoria viaja cincuenta años atrás hasta otro 20 de septiembre en que, como hoy, llovía. Entonces era ella la mujer que trataba de evitar los charcos con sus zapatos de encaje. Ese día la lluvia no había tenido efectos relajantes para ella. Al contrario, en un instante, el chaparrón había puesto patas arriba unas cuantas semanas de nervios a flor de piel, de preparativos, de organización milimétrica. La madre se había adelantado para revisar que todo estuviera a su gusto. Su padre y ella esperaron en el coche a que el aguacero aflojara y les permitiera salir con un mínimo de dignidad, hasta que se hizo evidente que la naturaleza no les iba a regalar tregua alguna y le hicieron frente cubiertos con un paraguas, que sostenía el padre con una mano mientras que la otra resguardaba un hermosísimo ramo de rosas. Ella ocupaba sus manos en recoger de la mejor manera posible la pequeña cola de su traje de novia. En el corto tramo que recorrió desde la portezuela del coche, que su padre mantuvo abierta, hasta el pórtico, fue pisando a saltitos, como un gorrión.

Revive el sentimiento de irrealidad que la abrumó cuando entraron en la iglesia, juntos, ceremoniosos, del brazo, recompuestos después de que el padre regresara de aparcar el coche. Comenzó para ella un proceso de extrañamiento, de indiferencia a todo lo que pasaba allí. Se sabía la protagonista, pero escuchaba los cuchicheos de aprobación, cruzados entre los invitados al paso del precioso vestido que apenas la dejaba respirar, aspiraba el asfixiante aroma de las flores que la rodeaban, asistía al espectáculo del sacerdote vestido con sus mejores galas como si nada de aquello tuviera que ver con ella. Todas las convenciones sociales las había dado por buenas por respeto a sus padres: la boda tradicional, el banquete, las invitaciones y las mil y una combinaciones para no ofender a familiares a los que apenas conocía. Era la consecuencia de haberse atrevido a pronunciar delante de sus padres la frase mágica: «Me voy a vivir con él».

Recuerda con una sonrisa maliciosa la primera vez que entrelazaron sus cuerpos de aquella manera torpe, acelerada, desastrosa, casi cómica, aquella primera vez que insospechadamente tejió entre ellos unos lazos que se han mantenido inmutables desde entonces. Por eso, aquel 20 de septiembre en lo que todo lo demás le era ajeno, lo único decisivo, lo maravilloso era que él estaba allí, esperándola con una sonrisa con la que quería transmitirle la tranquilidad que a él también le faltaba, con sus ojos ardientes, cómplices y emocionados. Anduvo los últimos metros hasta él oyendo únicamente el sonido tronante de su corazón. Estaba segura que retumbaría en los muros de piedra de la iglesia y ensordecería a todos los asistentes. Se llevó una mano al pecho tratando de poner orden en su cuerpo, batalla perdida de antemano teniendo al lado al causante de la revolución.

Y después, tras la comida, sucedió lo del vals. «¿Qué boda que se precie no arranca el baile con un vals?», había preguntado retóricamente la madre, en las semanas de preparativos, ante la sugerencia de acortar la celebración tras la comida. Ella acabó cediendo a la tradición y hubo baile. Arrancaron los primeros compases del vals elegido por sus padres, el que había sonó en su propia inaugurado el baile en su propia boda, y ella, que no había bailado un vals en su vida, se dejaba llevar como una marioneta por la mano derecha de su padre, que alardeaba de ser buen bailarín. La mano experta y firme, la guiaba posada sobre su espalda. Vio acercarse al novio y se dispuso a hacer una parodia de baile con él, que se había declarado incapaz de distinguir un tango de un bolero. La enlazó con una soltura que la sorprendió y la llevó como en volandas, marcando el ritmo, girando una y otra vez. Se entregó al placer de dejarse llevar, de abandonarse. Acompasar el movimiento de los pies a la melodía era como sumergirse y emerger consecutivamente en un mar de espumas. Cuando la música cesó, lo miró con una sonrisa inquisitiva. «Unas cuantas clases intensivas me ha costado complacer a mi chica. Me ha encantado bailar contigo, amor», dijo él.

Vibra el móvil por un aviso de mensaje. Se enjuga una lágrima traviesa, abandona sus recuerdos y su lugar en la ventana. Entra en el dormitorio y marca un número.

—Hola, cielo —dice—, ¿qué tal estáis?

—Todos estamos bien, ¿y vosotros? ¿Te acuerdas que es vuestro aniversario, mamá? ¡Las bodas de oro! ¿Quieres que nos acerquemos a celebrarlo?

—No sé, hija, ya sabes cómo están las cosas. Yo creo que es preferible un poco de tranquilidad.

—Tienes razón. Bueno, ya sabes, si necesitáis algo, lo que sea…

—Claro que lo sé, hija. Oye, ¿avisas a tu hermana de que no vamos a celebrar nada? Es que voy a apagar el teléfono que está en su siesta.

—Hecho, mamá. Un besazo.

—Otro para ti, hija.

Ahueca con las manos el cabello en el espejo, se estira el jersey que se pega demasiado a un absurdo michelín misteriosamente aparecido en la cintura, aprovecha para retocarse con la barra de labios, se perfuma y vuelve a su puesto de observación en el salón. No va a haber celebración multitudinaria, ni hijas ni nietos. Las bodas de oro son para ellos dos. A ella le basta él para celebrar. Él, el hombre que continúa mirándola igual que al principio de conocerse, a pesar de sus carnes flácidas y su piel marchita. Son cincuenta años de abrazarse, de respirarse, de quererse. Cincuenta años en los que ha habido fugaces instantes eternos, de esos que quedan prendidos en el alma. Instantes de plenitud, íntimos, inefables. No es capaz de recordar un momento de verdadero enfado, de desaliento o decepción en todos esos años. Duda si es porque nunca ha pasado o porque la memoria está jugando con ella.

Y en ese pensamiento está cuando una leve exhalación la hace girarse. Ha despertado de su siesta. Ella le sonríe con la boca, con los ojos, con todo el cuerpo. Le invita a acercarse a ella. A él le cuesta levantarse de su sillón. Da unos primeros pasos cansados y tras ellos, sus articulaciones empiezan a responder con un poco más de agilidad. Llega hasta ella y con el brazo izquierdo, en el que sobresalen unas venas gruesas como gusanos, rodea la cintura de ella, rozándola apenas, aspira su perfume y mira lo que ella está mirando. Se han acostumbrado a mirar juntos, a sentir juntos.

Se le escapa la vida. Los dos lo saben. A su cuerpo le queda muy poco para acabar de desmoronarse. Habían hablado de la muerte como se habla de una catástrofe que no esperas que suceda nunca, medio en broma, tomándose el pelo. «A mí, que me quemen, que ya sabes lo friolera que soy», había dicho ella. «No, no seas así, ¿no quieres venirte conmigo a la ladera de un monte más alto que el horizonte? Allí estaremos solos, bueno, puede que también esté Serrat», había contestado él.

Llegó el día en que los médicos confirmaron lo que no habían querido ver, unieron sus manos allí mismo, en la consulta, como conjurándose para aceptar lo que se les venía encima. «Lo afrontaremos juntos», dijo ella sonriendo y de golpe le aterrizaron todas las arrugas en la piel de la cara. Ella ponía toda su esperanza en ser capaz de transmitirle vida a través de sus besos, de sus caricias, de sus palabras. Deseaba compartir con él su salud, su fuerza a cambio de que él le cediera parte de su enfermedad, de su flaqueza.

Ha sido un doloroso proceso hasta que ha llegado a asumir la enfermedad como parte ineludible del regalo que se llama vida, hasta que se ha resignado a aceptar que hay un principio y un final, como lo hay en la lluvia de una tarde de septiembre. El aguacero empieza a amainar. Por entre las nubes se atreven a asomar unos indecisos rayos de sol que alumbran las chispas de agua y las están convirtiendo en finísimos hilillos plateados, dorados. La mano de él sigue en la cintura de ella, que deja de contemplar la plaza y vuelve la cabeza para verlo a él. A pesar del cansancio, a pesar de los años, a pesar de que sus ojos claros, limpios ya no brillan como antes, sigue pareciéndole hermoso.

Y deja de llover. Descubren entonces la plaza solitaria, como un gran salón de baile de suelo encerado, pulido, brillante. Pronto volverá a llenarse de la gente que escapó de la tormenta en desbandada. Pero por unos momentos les pertenece a ellos, solo a ellos dos. Se miran, se sonríen. Ella lo toma de la mano y tira suavemente de él.

—¿Vamos? —dice.

—Será un placer —contesta él, besándola en la mano.

Ella lo abraza en el ascensor como acostumbra, con una mano en la nuca, acariciándole el pelo, el cuello; la otra mano recorriendo la espalda hasta descansar sobre una nalga en otro tiempo dura como el acero.

—¿Recuerdas que hoy hace cincuenta años que nos casamos? —pregunta ella en un susurro.

—Ha merecido la pena vivir para vivir mi vida contigo —musita él. Y las palabras la acarician como una mano cálida—. ¿Sabes una cosa? —Ella le mira expectante, conoce esa sonrisa pícara—. ¡Que nos quiten lo bailao!

Salen abrazados del portal, ella sonríe, él tararea y juntos recorren la plaza bailando su eterno último vals.

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