La oficina de objetos perdidos

La oficina de objetos perdidos

Ú. Parker

27/01/2021

En la oficina de objetos perdidos había abundantes cajas, siendo mis favoritas tres: la de los sueños (que últimamente estaba medio vacía), la de las lágrimas (que de vez en cuando hacía aguas) y la de los besos. Esa última se encontraba colocada sobre una pequeña estantería la mañana de julio en la que la borrosa imagen de una joven interrumpió mi habitual siesta de después de almorzar. Mis sudorosas manos frotaron mis ojos, y solo así pude ver con nitidez su tez pálida, ojos saltones color sol y labios raídos.

Le pregunté cual era el motivo de su llegada, y en el mismo instante en el que terminé de formular la cuestión, sus pupilas se volvieron de cristal y comenzó a sollozar. La intenté calmar con uno de los pañuelos de la caja de despedidas y con un par de manos del bote de las caricias. Estuve tentada de ofrecerle un caramelo de la caja de regalos furtivos de abuela, pero finalmente no lo hice porque intuía que el amargor de su interior era muy superior al dulce de dicho manjar.

Unos instantes después, el llanto cesó y Ágata (así es como me dijo que se llamaba) me aclaró que su visita se debía a que hacía unos días que buscaba sin éxito el beso que una silueta a la que ella se refería como René le había lanzado al aire.

Me dirigí hacia la caja en la que los guardábamos que, como he dicho, era una de las que más me fascinaban. Había besos de todo tipo: apasionados, robados, de despedida, de bienvenida, de primavera (que la sangre altera) e incluso unos cuantos de antes de irse a dormir. Por desgracia, ninguno de ellos encajaba en la descripción que la mujer me había aportado.

Le informé de que normalmente los besos liberados, como tendíamos a llamar en la oficina a aquellos que su emisor dejaba vagando a su suerte por el aire, no solían ser entregados porque era prácticamente imposible determinar quién era su destinatario.

Los labios de Ágata volvieron a impregnarse de la sal que procedía de sus ojos. Pensé en regalarle alguno de los sueños antiguos que se apilaban al fondo de su caja y que nunca nadie venía a recoger porque no eran buenos tiempos para los amantes de lo onírico. No obstante, deseché la idea y le hablé a la muchacha cuya mirada se ahogaba en un mar de tristeza:

-Mira, no se ni cómo ni cuándo, pero estoy segura de que alguien entrará por esa puerta con el beso que buscas-comencé diciendo convencida-, y cuando lo haga, yo misma me encargaré de devolvértelo.

Su cara cambió al instante y me respondió:

-No serán buenos tiempos para los soñadores, pero son perfectos para los ladrones.

Para cuando me quise dar cuenta sus labios se habían posado en los míos. Nunca nadie había cometido un robo tan perfecto en la oficina de objetos perdidos.

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