Pantera: Al que la calle devoró

Pantera: Al que la calle devoró

Valentina LM

30/01/2024

La ciudad y sus calles a veces se tragan a las personas. Eligen con cuidado a aquellos débiles, solos y vacíos, y los succiona con fuerza hasta el fondo de su miseria. Los vuelve parte de ellas, de su polvo, su soledad y su caos, dejando de ser personas para ser parte del cemento y la basura… mi tío fue uno de ellos.

Desde siempre, Pantera fue un joven enigmático, silencioso y observador. No le gustaban los conflictos, era solidario y muy responsable en su trabajo y siempre encontraba que hacer con sus manos prodigiosas, todo un creativo inagotable. Pero Pantera también era melancólico, un poco bebedor, meditabundo, aislado… Solo fue necesaria una decepción final para abandonar la vida que conocía, de la que ya no tenía nada a lo que aferrarse.

No quería ver a nadie, no quería hacer nada. Quería estar solo, y morir en esa condición. Al principio no eligió la calle, creo que no muchos la eligen a conciencia, pero se resguardó en el alcohol y quién sabe en cuanta cosa más. Supongo que le temía más a la vida, a la sociedad, a los otros… también le temía a sí mismo y sus demonios, así que inevitablemente se dejó absorber por la ciudad.

La calle que lo vio crecer en Aranjuez, tan pintoresca, estrecha y resiliente, la misma calle que vio madurar a los niños que luego se volvieron asesinos, y a los que no. La misma que vio llegar a las familias de todas partes de Antioquia con esperanza en la mirada, y vio morir lentamente a cada generación… Esa misma calle de anécdotas nostálgicas, fue la que en la adultez se tragó a Pantera, sin ningún tipo de dulzura. Pantera se volvió un hijo de la calle. Ningún intento de sus hermanos lo convenció de volver a ser persona, a vivir como todos lo hacían. “La calle es mi casa, no necesito más” decía.

Pero el paso del tiempo, la transformación y la decadencia son inevitables de evadir, y como esa calle perdió todo el brillo de la infancia, Pantera perdió su vitalidad. Supongo que murió en vida por bastante tiempo, se olvidó de todos, hasta de él. Pero la calle se cansa de algunas personas, o quizás Dios decide extender la mano y ayudarles contra su voluntad, porque una mañana Pantera tuvo una fuerte caída, y sus condiciones físicas y mentales se afectaron irremediablemente.

“A mí un día me cayó una enfermedad por la noche” me dijo el día que lo llevamos a un hogar para adultos mayores, precisamente el día de su cumpleaños “y como nadie me comprendía, estuve muy solo, y no fue fácil salir”. Le pregunté si aún tenía aquella enfermedad a la que llamé tristeza, pero mis padres prefirieron llamarla alcoholismo, “No, ya estoy aquí, y no pienso volver, ahora solo me queda caminar pa’ delante… aunque aun en las noches me da miedo que vuelva”. Le aseguré que ya nunca iba a volver, y que ya no estaría solo.

A pesar de que la calle lo devolvió a la vida, no permitió que trajera de vuelta su vitalidad. Quizás es un pago por los años que estuvo en ese agujero, o una consecuencia de no querer enfrentar sus demonios. Lo que sí tengo seguro es que las calles se alimentan del tiempo perdido, y es fácil dejarse absorber por ellas. Cuando vuelves a salir solo te quedan los anhelos de una vida que ya no volverá y el inevitable vacío que hay delante, ante una vida perdida. Siempre que me despido de mi tío le recuerdo que no está solo y él con entusiasmo me dice que saldrá a caminar por la 49 como tanto le gusta, o que irá a esa calle de la infancia que pasaba el tiempo observando, aunque sé que no es posible ir a ninguno de esos lugares que solo existen en sus recuerdos, pero él no lo sabe ya.

Sé con seguridad que ya nunca volverá a ser Pantera, con lo bueno y lo malo que lo hacía ser él. Ese hombre ya pertenece a la calle, pero al menos aún está Gustavo, con pocos años vividos, pero una insistencia en mantenerse aquí, o en cualquier lugar menos el agujero de la calle.

Y como escribe Fabián Castaño: “Lo triste y enigmático de este sueño llamado vida es que sucede demasiado rápido y cualquier tiempo, por largo y extenso que sea, es corto comparado con la extraordinaria velocidad de los días”.

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