Todas las mañanas son de gran reto al despertar, no es un simple parpadear cuando la aurora roza el cristal, es saberse vivo, respirando en sinfonía con cada célula que emana información vital para revitalizar la acción marcada por lo ancestral.

Un agradecimiento profundo e inspirador al creador de todo lo creado para que su compañía habite en la incertidumbre de cada segundo convertido en minuto, y al llegar la hora sea un sublime suspiro de descanso para volver a comenzar una carrera que pareciera no tener final.

Cada mañana es inevitable sucumbir ante la maraña de pensamientos que aparecen a la velocidad de maratones, que tropiezan con la esperanza y la desilusión, con la añoranza y desapego, con la promesa y el algún día… se dice vivir en un suspiro pero como cuesta suspirar al abrir el cristal de la ventana que dejas a la merced de las golondrinas volar.

El desasosiego yace dormido esperando su turno, y al caer el arco iris se vislumbra la agonía de la lechuza que gira su cabeza de instante en instante para cazar: ensueños, anhelos,  o simplemente  captar en la penumbra lo que hará en el primer rayo del astro solar.

Días han caído y se han vuelto a levantar, sin horizonte sin rumbo solo andar por andar…esteros repletos de vacíos buscando respuesta sin apuros en el comodín del día a día ilusorio a la felicidad. Solo son instantes fugases  que quieren perdurar en la memoria que se pierde en un tiempo que tiene arena y cae sutilmente y ve la vida pasar.

Andantes  de fortaleza con escudo y armadura custodian el camino angosto que he de transitar; fieras feroces, almas en penas, no nacidos, encarnados y vivos están al acecho de una nocturna nube que se posa y ha de pasar, sigue destejiendo que cada lazada te mantendrá en la ladera de la sensatez invocada desde el infinito y más allá.  

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