– Qué bonito está el día, ¿verdad Martica?

– Sí, Josefina, está bonito, como para pararse de la cama y dar un paseito, ¿no te gustaría que llamáramos a Luis para que te lleve al patio un rato?

– No, prefiero quedarme aquí y seguir viendo por la ventana mientras conversamos.

– ¿Y de qué quieres conversar hoy?

– De Ernestico, lo extraño mucho.

– Claro Josefina, era tu hijo, y los hijos siempre se extrañan.

– ¿Te he contado que teníamos una conexión muy especial? Hay veces que el tenía un pálpito y me llamaba preocupado, y me decía ¿mamucha, está todo bien? Porque me decía mamucha, y sí, era que me pasaba algo, andaba preocupada, el trabajo, las cuentas, la casa.

– Sí, me contaste, era muy linda esa conexión de ustedes, como un cordón invisible que los unía.

– ¿Sabes?, siempre me esforzé por ser buena madre, pero no lo logré, me fui descuidando, y de un momento a otro, ya mi muchacho era otro, ya no era dulce, andaba en malas juntas…

– Josefina, tú siempre fuiste una buena madre, no te castigues, hiciste lo mejor que pudiste, fuiste cariñosa, comprensiva, siempre estuviste para él…

– ¡No, Martica!, me equivoqué, lo descuidé, estuve tan pendiente del trabajo y de la casa, que no vi en lo que andaba

– Josefina, Ernestico tenía un buen corazón, pero las dos sabemos que el tenía actitudes raras desde niño, se agarraba cosas, inventaba cuentos, y así es difícil, tú fuiste una excelente mamá

– Primero, ¡un coño que las dos sabemos!, son cosas que yo te he contado, ¡tú no estabas! Y segundo, si un hijo termina malandro ¿de quién es la culpa, de Dios, de la naturaleza?No me vengas con vainas, de la madre, Martica, ¡de la madre!

– Está bien, pero no te enojes conmigo amiga, solo que no me gusta ver como te castigas tanto, yo estoy aquí para apoyarte, y sé que un hospital lo pone a uno melancólico, quedémonos con lo bonito del recuerdo de Ernestico. Recuerda cuando llegaba con el pernil en Navidad, lo contenta que te ponía.

– Sí, lo preparaba sabroso y venía tan contento, ¿cómo la pude haber cagado como madre con ese muchacho tan bueno?

– Josefina, no fue tu culpa

– Era un buen muchacho, coño

– ¡Que no era buen muchacho, Josefina!

– ¡Sí lo era!, además, ¡tú no lo conociste!

– ¡No era un coño un buen muchacho! y que importa que no lo conocí, con lo que me has contado basta para entender que Ernestico tenía algo en el alma desde que era niño, y con carajitos así no hay nada que una madre pueda hacer.

– ¡Cállate Marta!¡cállate!!!

– No, no me calló Josefina, no puedo soportar como te castigas por algo que no tiene solución

– ¡CA-LLA-TE!, te lo ordeno.

– No, no me calló un coño, a mí tú no me das órdenes, ya deja de engañarte, Ernesto nunca tuvo solución.

– Enfermera!!!! Enfermera!!!! Luis, Antonio!!!! cállenla.

– ¡No!, no me calló un coño e’ la madre, no soporto verte así Josefina.

– ¿Qué pasó Josefina?, tranquila, tranquila, ¿por qué tan agitada?

– Que bueno que viniste Luis, es que Marta su puso bruta y no se quería callar

– Ya viejita, no llores más, estás muy agitada, voy a soltar más de tu calmante para que descanses, ok viejita, tranquila

– Gracias Luisito, Ernestico era buen muchacho, buen muchach…

– Épale Luis, qué pasó?

– La viejita de la habitación 15. Cuando llegué, Marta estaba discutiendo con ella y la alteró, tuve que apagarla manualmente, parece que no respondió al comando de «cállate».

– Creo que es como la quinta vez que Marta falla esta semana, hay que llamar a los de la empresa, porque con estas fallas que se pega no nos está ayudando mucho con los viejitos.

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