Lucía solía permanecer horas acostada en su cama fantaseando, y no me refiero a una fantasía en el sentido de que aquello que pensaba estuviera basado en algo irreal, o de que creara imaginarios sin sustento. Fantaseaba con su pasado, recreaba escenarios reales en orden cronológico, creía que en ellos encontraría una respuesta a la pregunta: ¿por qué hago lo que hago?

Había dos recuerdos frecuentes en su fantasía, dos vínculos: uno fugaz y otro que se extendió por casi cuatro años.

Fumando un cigarrillo en una tarde de atardecer naranja, con la mirada fija en una nube con forma de tortuga, pensó en los pasos lentos, en las decisiones pequeñas y en su valor acumulado a largo plazo. Reconoció que en aquellas dos ocasiones había caminado lento. Ella decía: «no quiero una relación, pero podemos seguir hablando», pensaba que era lo mejor; a pesar de eso, solo recordó sentirse incómoda: «ser amada sin amar es un castigo».

En ese círculo vicioso, los pasos lentos de elegir quedarse en un sitio donde la querían alimentaban en ella, sin que se diera cuenta, una deuda emocional. Recibir sin corresponder le generaba culpa, y la culpa desaceleraba su andar, como si caminar lento fuese equivalente a no estar; pero ahí estaba, era incapaz de irse.

Lucía se justificaba diciendo que le gustaba la atención, pero creo que en ella había algo más: miedo a que alguien no la amara de vuelta. Elegía estar con quienes la querían a pesar de no sentir lo mismo, porque en ambos casos el control siempre estuvo de su lado. Sin duda, Lucía se cuidaba a sí misma, pero pagando el precio de no ser honesta consigo misma ni con quienes la querían.

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