Nakamura
Nakamura volvió a leer el párrafo que explicaba la taxonomía de los animales, pero las palabras resbalaban de su mente como peces en el agua. Era su décimo intento en lo que iba del día. Simplemente, concentrarse estaba siendo una misión imposible.
Echó la cabeza hacia atrás sobre la silla, fijando la mirada en el techo. Había demasiadas cosas que le preocupaban en ese momento. El colegio, las extenuantes preparaciones para el examen nacional de ingreso, aquella vocecilla que le hacía preguntarse si lo lograría, ¿qué tal si fallaba y no podía convertirse en biólogo marino?
También estaba el hecho de que esa noche iría a una cita amistosa con Hirose. ¿Él usaría ropa tradicional? Dios, esperaba que sí. Tal vez si le mandaba un mensaje para preguntarle, la curiosidad se disiparía. Observó su celular con dichas intenciones, pero al final optó por no hacerlo; no quería interrumpirlo durante sus clases.
La sensación de una inevitable separación nadó en sus elucubraciones. Después de graduarse, Hirose y él tomarían distintos caminos. ¿Y si esos meses eran su última oportunidad para confesarle lo que sentía? ¿Era realmente algo que quería hacer o la mejor opción era guardárselos para siempre?
Siempre era una palabra muy pesada. Pero perder su amistad le dolería más que cualquier otra cosa.
—Icchan, ayúdame. ¿Qué debo hacer? —murmuró, mirando al pulpo. El molusco movió uno de sus tentáculos antes de enroscarlo en una piedra—. Tienes razón, debo concentrarme en los exámenes. No es momento para dudar.
Volvió a acomodarse frente al escritorio. Se amarró alrededor de la cabeza una cinta con las palabras escritas: ¡Tú puedes!, y apretó fuertemente el lápiz en su mano. Estaba decidido a memorizar esa lista de nombres científicos de una vez por todas.
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Faltaba media hora para las seis de la tarde, no obstante, Nakamura ya esperaba cerca de las escaleras junto al río donde él y Hirose habían acordado verse. Los nervios se anidaban en su estómago mientras se alisaba el yukata de color azul marino que cubría su cuerpo.
El cielo estaba revestido por una capa grisácea que pronosticaba lluvia y la afluencia de gente se dispersaba entre los diferentes puestos de comida y juegos tradicionales. La algarabía no alcanzaba a amortiguar el latir de su corazón, mismo que incrementó con brusquedad cuando recibió un mensaje de Hirose donde le avisaba que le faltaba poco para llegar.
Los dos habían salido de casa temprano, otra vez.
Al cabo de unos minutos, finalmente divisó a Hirose, y en seguida sus mejillas adquirieron todo el color que al cielo le faltaba. La persona de quien estaba perdidamente enamorado vestía un yukata rojo y obi negro que combinaba a la perfección con su cabello. Lucía absurdamente adorable. Nakamura se vio obligado a aferrarse al barandal de las escaleras y solo recordó que debía de respirar hasta que sus pulmones se lo exigieron.
—¡Nakamura! —Hirose sacudió la mano, mostrando su característica sonrisa.
Justo en ese instante, Nakamura estuvo consciente de la diferencia de altura entre ambos. Bajó los ojos hacia él para corresponder el saludo con timidez.
—Acabo de ver un puesto de takoyaki que luce delicioso, necesito probarlo —anunció el menor. Pero antes de caminar hacia el festival, estiró los brazos hacia él y corrigió el cuello de su yukata con una determinación que acabó por matarlo internamente.
Nakamura se quedó inmóvil, sintiendo un cosquilleo que le recorrió la espalda. ¡Por Dios! ¡Sus manos estuvieron en mi cuello!
El ambiente era muy concurrido y ensordecedor; la gente chocaba con frecuencia contra sus hombros y el aroma de los distintos platillos le inundaba el olfato. Sin embargo, nada de eso le importaba, pues frente a él iba caminando Hirose.
A esa distancia le era posible admirar la línea de su nuca, su piel que parecía tener una textura muy suave y las curvas de sus hombros que desaparecían debajo de la tela. Su espalda también se había ensanchado ligeramente e incluso alcanzó a percibir unas tenues ojeras que abrazaban sus ojos cuando giró para mirarlo.
—¿No vas a comerte tu manzana?
—¿Eh? Ah, sí.
Había olvidado que la tenía en la mano. Luego de darle un mordisco, continuaron caminando hasta llegar a un puente. Hirose disminuyó el paso para quedarse junto a él.
—¿Cómo te ha ido con los estudios? Han sido demasiado pesados, ¿no?
—Sí —asintió con la cabeza, terminando por pasarse ese bocado—. He tenido problemas con aprenderme los nombres científicos, algunos son muy extraños, parecen nombres de extraterrestres. ¿Sabías que hay un pulpo que se llama Enteroctopus dofleini? Es el pulpo más grande que se conoce hasta ahora y llega a pesar unos quince kilogramos. Ese no estaba en la guía de estudio, pero me dio curiosidad y empecé a investigar de más…
¡Demonios! ¡Ya empecé a decir puras tonterías! ¡Seguro Hirose pensará que estoy loco!
—¡Vaya! Y yo que me iba a quejar de mis clases de Historia —rio, frotándose distraídamente la nuca.
Nakamura se sintió aliviado, así que se animó a preguntar:
—¿Sí estudiarás para ser profesor?
—Aún no estoy muy convencido, pero sí. Mi familia dice que sería excelente en eso —agachó la cabeza, quedándose en silencio unos segundos—. ¡Ya sé! ¡Tengo una idea! —levantó el rostro—. ¿Por qué no te ayudo a estudiar esos nombres raros? Se me ocurre que así podría saber si ser profesor es lo mío.
¿Qué? ¿Cómo? ¿Hirose me quiere ayudar?
—Es una buena idea —trató de sonar tranquilo, aunque su interior era difícil de controlar—. La siguiente semana empiezo las clases intensivas, pero tengo un espacio los sábados.
Entonces, empezó a imaginarse a Hirose entrando a su casa y saludando tímidamente a sus padres. Nakamura lo presentaría como su novio y se lo restregaría en la cara a su hermana. Luego, subirían a su habitación y él quedaría impresionado con la estética de la decoración, así como de la hermosura de Icchan. Cuando se dispusieran a estudiar, Hirose lo miraría con ojos de cachorro y le pediría un beso. Nakamura se sorprendería por su atrevimiento, pero al final accedería. A él nunca le negaría nada.
La voz real de Hirose lo tumbó de aquella ensoñación.
—Parece que los fuegos artificiales están a punto de comenzar —expresó, la gente se estaba arremolinando en torno a las orillas del río—. Ven, conozco el lugar perfecto para verlos.
De repente, el cielo se iluminó con vehemencia cuando un relámpago apareció en los últimos minutos del crepúsculo. Un rugido ensordecedor lo acompañó poco después y el chubasco que empezó a caer de las nubes levantó el petricor del asfalto. Rápidamente, algunos de los presentes buscaron refugio bajo las cubiertas de los locales mientras que otros prefirieron levantar sus paraguas y esperar a que la lluvia cesara.
Por su parte, Hirose le indicó a Nakamura que lo siguiera al tiempo que sus piernas corrían tan rápido como le era posible. Subieron por unas escaleras que los apartaban del festival en cada paso. El ruido humano disminuía a sus espaldas y el golpeteo de las gotas contra el suelo adquiría más brusquedad. Por fortuna, antes de que sus vestimentas terminaran empapadas, encontraron un cobijo bajo una vieja parada de autobús.
Su pecho subía y bajaba mientras trataba de recuperar el aliento. A diferencia del resto de su cuerpo, sus manos se encontraban frías hasta las puntas de los dedos. El cuello del yukata se le pegaba al cuello, pero todo lo demás estaba en orden. Se pasó el antebrazo por encima del rostro para limpiarse y luego miró por el rabillo del ojo a Hirose, sintiendo que su piel se erizaba al instante. Notó que algunos mechones se le pegaban sobre la frente y que pequeñas gotas resbalaban por sus pestañas. Posó la vista en sus labios, rosados y entreabiertos, por donde fluía su respiración.
—¿Estás bien? —Hirose preguntó. Se acercó a la única banca que decoraba la parada y comprobó con las manos que aún estuviera en condiciones óptimas para usarse—. ¿Crees que pase rápido la lluvia?
—Eso espero…—murmuró, sentándose junto a él. Mantenía la mirada fija en el suelo. Su silueta lentamente se sumía en la penumbra. La noche ya había cubierto los alrededores, solo la tenue luz de una farola lograba deslizarse al interior de la parada.
Nakamura no sabía qué decir. Se estaba sintiendo como la persona con la peor suerte de todas. Se suponía que esa tarde sería perfecta. Todos los escenarios románticos que había imaginado dentro de su cabeza terminaron hechos pedazos en un pestañeo. La lluvia había desplazado todas sus esperanzas.
Mientras observaba con tristeza sus manos, escuchó un crujido expandirse sobre la madera de la banca. A su lado, Hirose susurró «Estoy cansado». Y antes de que pudiera percatarse, sintió el peso de su cabeza recargada sobre su propio hombro.
¿Qué? ¿Qué está pasando? ¿Se quedó dormido? ¡O acaso…murió!
Las últimas neuronas de su cerebro lo abandonaron. Era incapaz de procesar lo que estaba sucediendo. Ladeó ligeramente el rostro para confirmar su principal sospecha y, efectivamente, Hirose dormía sobre su hombro. Respirar ahora le parecía un riesgo, si se movía apenas un pelito, sería el fin de aquella bendición.
Se dedicó a observarlo con detenimiento. Notó que su yukata se movía al ritmo apaciguado de su aliento, a diferencia de él, que más bien parecía tener un huracán en su interior. Rogó para sus adentros que el canto de las cigarras no lo despertaran.
¡No puedo creerlo! Esto en verdad está pasando. Puedo ver a Hirose dormir. Y luce más lindo de lo que alguna vez imaginé. Si tan solo pudiera tomarle algunas fotos…
El silencio dominaba el paisaje. Como si el cielo estuviera conteniendo la respiración después de haber llorado. No supo en qué momento la lluvia había terminado, pues su atención estaba en deleitarse con el suave aroma que percibía del cabello de Hirose, así como de la calidez tan reconfortante de su cuerpo. Desvió la mirada hacia sus labios una vez más, y tuvo que aferrar las manos con fuerza a la tela de su yukata para contener sus impulsos de querer besarlo. Pero lo tenía tan cerca…
No, no, no. Imposible. No le haría eso.
Giró la cabeza al lado contrario en un intento por alejarse de la tentación. Entonces, el recuerdo de ese día cuando los dejaron encerrados en el almacén del gimnasio escolar llegó a su mente. Si lo pensaba, su relación había cambiado bastante.
En aquella época apenas era capaz de dirigirle la palabra sin que empezara a temblar como gelatina o sin que las palabras acabaran enredadas en su boca. Si bien los nervios seguían causándole estragos, no podía negar que su amistad se había fortalecido en esos últimos meses.
Decidió mirarlo por millonésima ocasión. Y justo cuando volvió el rostro, Hirose abrió lentamente los ojos, por lo que ambos quedaron a escasos centímetros uno del otro. El tiempo se congeló a su alrededor. El aire se quedó atorado en la garganta de Nakamura; no sabía si debía disculparse o salir corriendo de ahí. Pero no pudo hacer ninguna de las dos cosas, pues el destello en las pupilas de Hirose lo sostenía con una delicadeza imposible de resistir.
El sonido de un trueno rasgó el silencio y en seguida unas luces chispeantes iluminaron la noche. Hirose desvió la mirada, levantándose de la banca con un brinco.
—¡Los fuegos artificiales! —exclamó, mostrando una amplia sonrisa mientras salía de la parada de autobús hacia el exterior.
Nakamura permaneció sentado unos segundos más, mirando el espacio vacío que Hirose había dejado. Sentía que estaba flotando entre nubes, muy arriba de todo lo terrenal que sujetaba sus pies. Solo el sonido del hanabi logró penetrar sus sentidos. ¿Qué había sucedido justo ahora? Respiró hondo una, dos, tres veces.
—Nakamura, te estás perdiendo el hanabi.
Hirose daba pequeños saltitos cada vez que un fuego artificial estallaba. Nakamura logró reunir el coraje suficiente para unirse a él, sintiendo todavía la calidez de su cercanía.
Bajo la ladera se podían apreciar las luces provenientes de los locales y los farolillos de papel que las personas encendían para despedir el festival. Contrario a lo que había pensado, la lluvia no llegó para apagar los ánimos del hanabi, sino que les había regalado a todos una noche que nunca olvidarán. En especial para él.
—Yo…—escuchó a Hirose murmurar—. Perdón por haberme quedado dormido en tu hombro. Creo que estaba muy cansado por los estudios.
Se excusó, llevándose una mano a los cabellos. Nakamura sonrió y negó con la cabeza.
—A mí me alegra que hayamos venido hoy —pronunció con honestidad, regresando la mirada hacia los fuegos artificiales—. Me divertí mucho.
Siempre me siento bien cuando estoy contigo.
La noche transcurrió bajo el centenar de luces coloridas que se reflejaban sobre las aguas del río. El retumbar del hanabi no se comparaba con el percutir incontrolable del corazón de Nakamura. El verano terminaba. Y, por primera vez, deseó con todas sus fuerzas que aquella estación durara un poco más.
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