(Fragmentos de una nota informativa, publicada en internet por ´´noticias bajo la lupa´´ el 14 de octubre de 20…)
«…En los últimos meses centenares de individuos de todo el mundo han sido autores materiales de desastres y horrores. La violencia se ha incrementado a porcentajes jamás vistos….
Entre los conspiradores se ha hablado de una fuerza ajena a este mundo, capaz de modificar el pensamiento y el accionar de la población. Tal teoría es respaldada por la aparición de extrañas criaturas y de luces con fuerte impacto hipnótico…»
(Lo siguiente corresponde a las ultimas anotaciones publicadas en el blog de Sebastián Ítalo, desaparecido el día 2 de septiembre de 20…)
Al llegar a aquel lejano y solitario puerto, me sentí deprimido y asustado. Mis manos temblaban —a pesar de que no corría mucho viento— regresaba aquella alerta mental de peligro.
Me pregunté el motivo de mi tristeza y no dudé en responderme: ´´ ya lo sabes Sebastián, es el puerto… no hay otra cosa´´.
Una atmosfera de degradación irradiaba el ambiente. El muelle, repleto de suciedad y lleno de fisuras en diversas partes de la superficie, prácticamente no tenía botes anclados. Solo un barco se amarraba en un extremo. Del rio negruzco brotaba un olor nauseabundo y contaminante, y el horizonte lúgubre se unía al cielo grisáceo.
De repente tuve la certeza de estar bajo los efectos de una fuerza ajena. El puerto, conocedor de un pasado feliz y próspero, era la unificación con lo que había sido mí vida. Los sucesos que doblegaron a la humanidad, trágicos y fantásticos, trastornaron al lugar de la misma forma que lo han hecho conmigo.
Anduve por el muelle mientras miraba de reojo el oscuro rio y el inquietante horizonte. Y con esa angustia a cuestas y mi ligero andar, alcancé el único navío anclado.
El barco, gris oscuro, era bastante grande. De muy buen estado, desentonaba con el derruido ambiente del puerto. Dominaba el área prepotente entre el muelle carcomido y las aguas muertas.
Me apresuré a subir las escalerillas y al instante estuve en la superficie.
La cubierta estaba vacía. Desde la cabina— de forma ovalada y de ventanas polarizadas— surgían murmullos y risas, como si hubiera una reunión. Una brisa débil recorría la superficie del barco; el rio, apacible, sin sonido de oleaje, no había aves, ni se oía el canto de alguna desde lejos.
De pronto el bullicio se apagó, y alguien abrió la puerta de la cabina. Salió un hombre algo mayor, de estatura media y de contextura física ancha.
―Hola ―dije―, vengo por el aviso de empleo… ¿Es acá?
El hombre esbozó una sonrisa.
―Si ― dijo―. Seguíme.
Lo seguí por el costado hacia el compartimento siguiente a la cabina. Se acercó a la puerta, la abrió y me hizo señas para que ingresara.
Nos encontramos entonces en un pequeño recinto con un escritorio y dos sillas en cada extremo.
―Mi nombre es Carlos, soy el dueño de esta empresa― me dijo al tiempo que me estrechaba la mano. Yo se la estreché. Luego fue y se acomodó en su asiento―. Siéntese y muéstreme sus datos.
Me senté y le entregué la hoja. La recibió con una forzada sonrisa, y luego leyó en voz baja.
―Bueno… Sebastián Ítalo — resolvió―, por lo que veo tiene usted muy buenas referencias. ¿puedo saber cómo se enteró del aviso?
—Por medio del dueño de la vivienda que alquilé.
Carlos esbozó otra sonrisa.
—Debe ser de los nuestros—dijo como para sí.
—¿Cómo dice? — le repliqué.
—no, nada… ¿le hizo a algún comentario acerca de esta empresa?
—No, al comentarle que necesitaría empleo, me aconsejó que fuera rápido al muelle porque andaban buscando cadetes.
En realidad, no había sido así. El dueño, que no vivía en la ciudad, al comentarle lo del empleo, me dijo que probara en las afueras, y que por nada del mundo fuera a buscar al puerto. Me había recibido nervioso y apurado. Y una vez firmado los papeles, entregado las llaves, y respondido a mi pregunta, se subió a su coche y salió disparando de allí.
Mi arribo al puerto era de carácter más bien investigativo. Quería saber que tan terrible podría ser esa empresa.
—¿Es su primer día en el pueblo? — preguntó Carlos.
—Si.
—¿Que le pareció hasta ahora? — Contenía la intriga en la cara. Algo parecía llamarle la atención.
—Nada fuera de lo común— respondí— ya he visto ciudades como esta, con sus calles y veredas derruidas, atmosferas sugestivas y pocos habitantes.
El sujeto lanzó una carcajada como si lo dicho fuera algo gracioso.
—El problema aquí es durante la noche— dijo Carlos— si usted dice conocer lugares como este, entenderá a que me refiero.
Creí entender, pero hice fuerzas para no recordar esos oscuros motivos.
—Si. Puedo darme una idea— le dije algo inquieto.
—Bien, regresando con el tema laboral, los estragos del mundo han influenciado a muchas empresas. Y esta empresa no es la excepción— prosiguió el entrevistador.
―Bien…―balbucee―.
―Bueno…― dijo Carlos, de repente indeciso— le indicaré las tareas que, en caso de quedar seleccionado, se le asignaran. ¿De acuerdo?
Hice fuerzas para no dar señales de inseguridad. Ante cualquier desliz peligraba mi vida.
—De acuerdo — respondí rápido y resolutivo.
Salimos de la oficina y encaramos hacia el siguiente compartimento. En este cuarto se acumulaban cajas enumeradas.
―En esta habitación solo nosotros podemos entrar — me explicó el hombre―. Ningún cliente puede hacerlo. Acá encontrarás todo tipo de armas y sus respectivas municiones. Agarraras todo lo que el cliente te pida y saldrás. ¿Fui claro?
Al oír estas palabras, mitigué cualquier duda respecto al lugar. Titubee. Por suerte pareció no advertirlo.
―Si. Fue claro— respondí.
Carlos se acercó a las estanterías y comenzó a revisarlas. Al rato sacó de una caja un arma de fuego, y de otra un cartucho de municiones. Luego se acercó hacia mí.
—Toma— me entregó el arma y las municiones y yo las agarré con ambas manos. Nunca en mi vida había agarrado un arma—. Hagamos de cuenta que esto fue lo que el cliente te pidió. Ahora salgamos.
Salimos.
Avanzamos unos metros por estribor y llegamos al otro extremo de la nave.
―Guías al cliente hasta acá— dijo, luego me señaló un hueco entre dos discontinuadas barandas. En ese hueco había una plataforma móvil—. Y este improvisado elevador los llevará al sector principal.
Asentí.
En el centro de la popa había una enorme circunferencia marcada con líneas negras. De un diámetro de unos cinco metros, poseía estructura de metal. Un hueco angosto y oscuro dividía la circunferencia en dos. Miré de reojo a Carlos. Me observaba con cierto regocijo. Supuse que me hablaría de la circunferencia, pero no fue así: esbozó una sonrisa y se volvió hacia el elevador.
—Bajemos, ahora— me ordenó.
Notaba esa alarma mental que con el correr de los años había desarrollado. La idea de peligro se intensificaba en mí. Y estaba esa circunferencia sellada. El compartimento contenía algo inaudito en su interior, lo suponía.
Al descender por el elevador un extenso perímetro, obstruido hasta entonces por el barco, se hizo visible.
El área se extendía a lo largo y ancho de un terreno que antaño, por las señalizaciones de la superficie, debió ser una playa de estacionamiento. Tenía forma de un gigantesco cuadrado de unos quinientos metros de longitud. En el límite este, sobresaliendo del perímetro, su ubicaban dos edificaciones. El lugar limitaba al norte con el rio, al oeste con el barco, y al sur con el sucio muelle. El piso pavimentado presentaba grietas en diversas partes, como si hubiesen estado estrujándolo con prominentes materiales. En el límite casi llegando al rio se erguían un conjunto de gigantescos letreros y carteles, la mayoría estaban tapados con lonas, pero tres de estos no. En los carteles visibles se leía, en distintas y colorinches caligrafías, la frase bienvenidos a «Shoot and Gore».
―Este es el sector principal— explicó señalando el área—. El lugar donde los clientes se divierten. No te guíes por la apariencia desoladora de hoy. El fuerte son los fines de semana. Tanto en sábado como domingo, el lugar se convierte en lo más cercano al paraíso.
Soltó una carcajada.
«Acá se mata por diversión» me dijo la voz. Era la voz que acompañaba a mi instinto de peligro.
―Seguíme― ordenó.
Avanzó en diagonal y yo lo imité. El ruido de nuestros zapatos hacía eco por el abierto y desolado recinto. El entrevistador caminaba pesadamente, y el sonido de sus suelas sonaba más a golpes que a pisadas. Tuve la certeza que lo hacía adrede, para intimidar.
― ¿Esto antes era un estacionamiento? ― pregunté al rato de andar.
―Así es… Hace mucho tiempo dejó de serlo ―respondió Carlos.
― ¿Para qué lo usan ahora?
El hombre soltó una risotada.
―Esto que estas pisando, los fines de semana se convierte en centros de atracciones para las mentes del nuevo mundo. Muchas personas importantes viajan desde lejos para venir aquí. Los puestos y juegos están guardados en la bóveda del barco, ya tendrás oportunidad de conocerlos si llegas a quedar seleccionado. De todas maneras, la única tarea que tendrías acá será la que voy a mostrarte ahora.
A medida que avanzábamos, las edificaciones del este cada vez se hacían más visibles. Se asemejaban a cobertizos.
―Hasta acá nomas― ordenó Carlos. Habíamos caminado más de la mitad del recinto—. Dame el arma y las municiones. Supongo que nunca has disparado.
La alarma mental había llegado a su límite. Entendí que no solo se trataba de una demostración laboral.
Le entregué las pertenencias y llenó el cargador sin decir palabra. Lo miré petrificado. Si hubiese resuelto huir, el terror me lo hubiese impedido.
—¿Qué es lo que harás? — murmuré.
—Espera y entenderás— dijo Carlos. Había colocado las municiones y ahora examinaba el gatillo y el cañón.
El barco había quedado lejos, lo mismo el muelle. Estábamos cerca del rio y de los dos cuartos del este. Carlos, con la mano aferrada al arma, miraba irritado, hacia los dos compartimentos. Alzó el brazo que sostenía el arma y lanzó un disparo al cielo. El estruendo hizo eco y luego se apagó.
En respuesta al disparo la puerta del cuarto izquierdo se abrió y salieron cinco mujeres jóvenes de semblantes y cabellos sucios y ropas resquebrajadas. Al principio, por el aspecto que traían, supuse que eran mujeres adultas. Una rápida inspección me convenció que no debían tener más de dieciséis años. Lloraban mientras avanzaban por la extensa y desierta área. Se secaban las lágrimas, balbuceaban y temblaban. Rengueaban, además, como si les doliera algo.
― ¿Qué es todo esto? — me había vuelto horrorizado hacia Carlos.
―No te preocupes― me dijo, sonriente―. Nada de lo que sucederá será inmerecido.
― ¡Está loco! —exclamé con horror― ¿Qué les va a hacer?
―Un pequeño escarmiento― respondió ―. Por acá niñas, colóquense en el rectángulo en dirección a nosotros.
Se refería a un pequeño rectángulo dibujado con tiza. Las adolescentes hicieron caso y se ubicaron allí. De repente temí lo peor, creí que ese monstruo iba a asesinarlas a tiros.
―Muy bien― dijo el sujeto. Me hablaba a mí—. Este es el sector al cual llamamos El tirador. Hasta acá debes conducir a los clientes que pagan por esta atracción. Una vez acomodado el blanco en el rectángulo del piso, le entregas el arma y las municiones al cliente. A partir de allí esperas a que dispare y que te la devuelva.
Carlos se interrumpió para examinarme. Me fue imposible disimular lo aterrado que estaba.
―Definitivamente este trabajo no es para personas como usted― sentenció―. Debería opinar que lo único que has logrado es hacerme perder el tiempo, pero dadas las presentes circunstancias, no puedo juzgarlo de esta manera.
Se volvió hacia las cautivas y apuntó en dirección a ellas, quienes forcejeaban entre ruego y rezos.
―Esto es un pequeño castigo niñas― gritó el sujeto― la próxima piénsenlo bien antes de intentar escapar de este lugar.
Disparó.
El proyectil alcanzó el brazo de la niña que, en medio del forcejeo, había quedado más expuesta. Esta comenzó a gritar y se postró en el suelo.
—Le ha disparado— le grité— ¿Por qué lo ha hecho?
—¿Qué por qué lo he hecho? — el sujeto frunció sus cejas, y se rascó la frente con el cañón del arma—. Porque estamos en el nuevo régimen. Puedes ser cruel, matar por matar, porque ya no son gobernantes de carne y hueso los que nos comandan, entiéndelo. La única solución es llenar al mundo de energías negativas. A ellos les gusta alimentarse de esas energías.
Como corroborando sus palabras, una agradable y suave brisa pasó por donde estábamos, abrazándose plácidamente con los gritos que retumbaban el área.
―Espero que esto les sirva de aprendizaje y escarmiento― les gritó a las niñas entre muecas de regocijo―. En este lugar ustedes hacen y dicen lo que nosotros decidimos ¿me han entendido?
Ninguna respondió.
―No escuché… ¿me han entendido? ― gritó otra vez.
Las ilesas murmuraron afirmativamente. La que yacía herida solo alcanzó a asentir con la cabeza.
―Muy bien― dijo el miserable―. Retírense y díganle al griego que se ocupe de la herida, y la próxima vez que planeen algo indebido los disparos serán tres, espero no lo olviden.
Se fueron a rastras. Llegaron a duras penas al cuarto y alguien de adentro les abrió la puerta. Las chicas pasaron y la puerta se cerró con fuerza.
―Entonces…― dijo de repente Carlos―. Eso es todo por ahora. Volvamos al barco.
―Si― respondí.
Avanzamos. Yo quería abandonar el lugar; Carlos no tenía apuro.
―Veo que está apurado por largarse― exclamó.
―La verdad es que le tengo fobia a las armas, si llego a quedar seleccionado creo que lograré adaptarme— le mentí.
―Me quedan dudas de que sea solo eso—replicó el hombre— La actitud de usted me ha sorprendido bastante para serle sincero.
― ¿Por qué?
―Porque de todos los individuos entrevistados, incluyendo los empleados ya contratados y los aspirantes, ninguno se alertó tanto como usted al revelarle pequeña porción de lo que hacemos acá. Puedo asegurarle que cualquiera hubiese disfrutado al ver el sufrimiento de nuestras niñas. Sin embargo, usted…
―No estoy acostumbrado a la violencia, es solo eso.
―De eso no estoy tan seguro― insistió el entrevistador―. Puedo afirmar que usted ya ha sufrido en carne propia los estragos del nuevo mundo. Pude verlo reflejado en sus ojos en un momento. Aun así, muestra indicios de buena conducta. Y eso temo que me sorprende aún más.
El hombre esperó que yo hablase, pero el terror me hizo guardar silencio. Estaba enfocado en la plataforma elevadora que pronto alcanzaríamos.
― ¿Puedo preguntarle que lo motivó a venirse a vivir aquí? — había intriga en su semblante.
No respondí.
―Le confieso amigo, que cometió un gravísimo error.
― ¿Por qué lo dice? ― Empalidecí.
―Porque esta ciudad está sometida al régimen del nuevo mundo. En este último tiempo hubo muchas muertes por estas calles. Los cadáveres no fueron enterrados si no dados en alimentos. Y, sobre todo, muchas personas han desaparecido. Los que no, viven en buenas condiciones por tomar la decisión de enaltecer al nuevo mundo.
Alcanzamos el ascensor y subimos por él.
Ya en la superficie del barco, volví la vista hacia la misteriosa circunferencia de la popa. Mi acompañante volvió a reparar en esto, pero a diferencia de la vez anterior, no se calló.
―Veo que sientes curiosidad por el sellado que encierra a Kenny, nuestra gran estrella.
― ¿Quién es Kenny?
―Mejor dicho ´´ que es´´―dijo esbozando una sonrisa― la mayoría de los que frecuentan este lugar están maravillados con él. Es una criatura adorable, los fines de semana es una pieza de atracción clave para nosotros. Suele dormir durante el día, y salé durante las noches. En este momento duerme en su habitación bajo esa gran circunferencia.
Instintivamente dejé de mirar el sellado.
―Suele despertarse con bastante hambre, a veces se conforma que le tiremos animales enteros, pero si no está satisfecho no nos queda otra que alimentarlo con personas. Le gusta cortarlas en pedazos con sus grandes tenazas y saborearlas parte por parte, y es ahí que…
―Disculpe― le interrumpí presa del terror― tengo que irme.
Avancé con desesperación hacia la escalerilla. Temí que el sujeto usara el arma para dispararme o que llamase a sus colegas de la cabina, pero no hizo ni una cosa ni la otra. Mientras corría solo pareció guardar silencio. Pasé por al lado de la cabina —más murmullos y risas salían de allí—, luego alcancé la escalera, y bajé. Una vez en el muelle corrí como un desaforado hasta el ingreso del lugar. A medida que mis pisadas recorrían la derruida plataforma de madera, un olor nauseabundo comenzó a quebrantar mi olfato. No era el mismo olor a basura que había sentido al llegar. Era el aroma de la muerte.
Procede del rio, me dijo aquella voz interior, las aguas están llenas de muertos. allí descartan cadáveres.
Pasé el ingreso y comencé a recorrer las calles aledañas a la zona costera. No estaba lejos de donde vivía. Solo tenía que recorrer una parte de ese barrio derruido y espectral.
Al llegar a mi casa, comí algo ligero, descansé un rato— aunque no lo logré del todo— y luego decidí que recorrería los barrios limítrofes al mío. Aun no lo había hecho. Quería continuar con mi investigación.
La tarde promediaba cuando salí hacia la calle.
Ya desde la primera cuadra era fácil entender que algo no andaba bien. La mayoría de las veredas estaban destruidas. Sócalos extraídos, adoquinados aplastados salvajemente. Incluso Había tres grandes orificios, como si hubieran perforado la superficie, sin señalizar ni cercar. Los pocos automóviles estacionados llamaban mucho la atención. Casi todos eran nuevos, pero con detalles que alarmaban: techos parcial o completamente pisoteados, ventanas rayadas con cizaña, o resquebrajadas, neumáticos pinchados o robados, patentes arrancadas y dejadas a un costado, carrocerías golpeadas hasta mas no poder. Alguien podía haber salido a quejarse por el terrible estado de sus coches, pero en ninguna de esas casas parecía haber nadie. Casi todas tenían las persianas bajas, y muchas de las fachadas —para más desconcierto—, estaban tan maltrechas como aquellos automóviles.
«El problema aquí no es durante el día… Kenny sale de noche» Había dicho Carlos, el entrevistador.
Me recorrió un escalofrío. Me detuve, cerré los ojos. Finalmente seguí andando.
Al rato alcancé una calle que más bien se asemejaba a una avenida.
Bajo el día nublado caminé sin cruzarme con nadie, rodeado de edificios en visible abandono. El silencio era aterrador, mis pasos, precavidos, era lo único audible en el ambiente. Entre más derruidos coches estacionados se abría paso la avenida propiamente dicha, en cuyo pavimento incontables fisuras y grietas le daban un aspecto post catástrofe. No hacía falta recorrer todas las calles y avenidas para deducir que todo estaba en similar estado. Que la ciudad entera estaba así.
Aceleré el paso mientras contemplaba las cuadras y examinaba las intersecciones. Cualquiera que fuese la dirección en donde ponía mis ojos veía desolación y deterioro.
Al llegar a la cuarta cuadra, a lo lejos divisé una estación de gasoil en la senda de enfrente: de diminutas proporciones, dos surtidores, y un negocio al fondo. Cerca de la puerta del negocio dos personas de pie hablaban entre ellas, al tiempo que un camión ingresaba y se acercaba a uno de los surtidores.
Me asombré al oír el ruido de un motor. Cerca solo había más coches estacionados. Tampoco había personas dando vueltas, excepto esos tipos que, al parecer, esperaban que el camión estacionase.
El carruaje se acomodó a un costado del primer surtidor y los dos sujetos fueron a recibirlo. Me pregunté entonces que trasladaba ese armatoste.
Me fui acercando con la intención de cruzar la avenida. Quería acercarme lo más posible, y oír algo de lo que allí se hablaba. Estaba por cruzar cuando alguien me llamó.
La voz venía detrás de mí. Me volví y no vi más que dos viviendas refinadas y un edificio.
«Por aquí, susurró la voz, apúrate»
El susurro provenía de la vivienda próxima: un chalet sin rejas cuyo ingreso era invadido por un derruido césped y pinos. Este chalet era de un estilo colonial, de dos pisos, balcones y grandes ventanas. Tenía la fachada más ilesa que había visto.
«aquí abajo en la ventana del sótano, volvió a susurrar la persona, ven apúrate»
Busqué dicha ventana y la encontré. Dos grandes ojos me observaban desde la rendija. Dudé unos instantes y luego crucé corriendo el césped hacia allí. La rendija era lo suficientemente ancha y alta para que un sujeto delgado pudiese pasar. Yo podría.
Al llegar un brazo se extendió de adentro hacia afuera. Sujeté el brazo y me metí de cabeza en el interior del subsuelo de la vivienda.
Me encontré ante un pequeño recinto provisto de mesas, sillas, y todo tipo de electrodomésticos. A un costado tuve a la persona que me había susurrado. Se trataba de una mujer de unos cincuenta años, bastante desaliñada. tenía aspecto cansino y grandes ojeras, señal de que no dormía bien. Llevaba unos pantalones gastados, una blusa larga y unos zapatos de entre casa.
—Bienvenido— dijo— lamentó no poder recibirlo como se debiera. Aquí, Celina.
—Mucho gusto, me llamo Sebastián.
La miré extrañado.
—¿Por qué esta aquí en el sótano? — le pregunté— ¿es que acaso teme a alguien?
—Creo que mi respuesta es evidente. Has visto ya la ciudad, el estado en que se encuentra. ¿de dónde has salido? ¿Qué haces aquí?
La mujer comenzó a caminar hacia la mesa y me hizo señas de que la siguiera.
—Siéntate y respóndeme— ordenó.
Me senté.
Le relaté todo. Desde mi llegada a la ciudad hasta mi caminata.
Escuchó atenta.
—¿Qué fue lo que te motivó a venir a esta ciudad? — me preguntó luego. Parecía como si sospechara de algo.
—Vengo huyendo de las aberraciones del nuevo mundo. familiares y amigos han muerto o desaparecido. Mi novia también desapareció en circunstancias muy extrañas.
Celina apoyó los codos sobre la mesa y juntó sus manos entrechocando los dedos una y otra vez. En su cara semi tapada por sus manos se dibujó una leve sonrisa. Una sonrisa que al instante trató de disimular.
—¿Quieres que te diga lo que pienso? —inquirió. Su voz sonó forzadamente seria.
«Señal de peligro» me dijo mi voz interior.
Mi cuerpo se tensó.
Hubo un momento de silencio. Yo la miraba a ella y ella me miraba a mí.
—Si—murmuré al rato—¿Qué piensas?
—Que sos uno de esos malditos— se levantó de su asiento, rebuscó entre su ropaje, extrajo un arma, y apuntó hacia mi cabeza. Mi reacción fue levantar las manos, horrorizado.
—Espera— aullé— juro que no soy uno más de ellos, no maté a nadie, ni me alié con los gobernantes de otro mundo.
—Pero has venido hasta aquí— la tipa seguía apuntándome— y pienso que la ciudad usó su poder para atraerte.
—¿Por qué me llamaste estando en la calle? ¿Por qué dijiste que me esconda? —mis palabras salieron rápida y atropelladamente. Temí que disparara antes de escucharme.
Celina no dijo nada. Sus ojos cansinos me examinaron con detenimiento. Al rato bajo el arma y se la guardó.
—Disculpa mi arrebato— dijo. Volvió a sentarse— suelo tener ojos de lince para estas situaciones, pero creo que contigo le erré. Pareces buen tipo, y coincido ahora con tu relato. Viniste a esta ciudad no solo para huir sino para buscar respuestas.
—Completamente— respondí aliviado. La tensión y mi sentido de peligro disminuyeron.
—Mira, si sos de los nuestros estas en grave peligro. Cometiste el error de darte a conocer en el puerto. Y si te dejaron huir, solo fue para después jugar a encontrarte, y cuando te encuentren, te matarán. O vendrán ellos por vos, o llegada la noche soltarán a una de esas criaturas, y esta seguirá tu rastro con su olfato.
—Supongo que esas criaturas son las causantes de la destrucción de las calles, automóviles y viviendas— dije.
—Te quedas corto. Tanto esos monstruos como los convertidos, masacraron al ochenta por ciento de la población. Mi familia murió en manos de esos miserables. Durante mucho tiempo he ido de casa en casa, escondiéndome de mis captores. Luego de notar mi presencia, han estado jugando al gato y al ratón conmigo. En muchas oportunidades estuve cerca de que me matasen, incluso que un monstruo lo hiciera.
—Y ahora te escondes acá— comenté.
—Es que este lugar tiene algo especial, algo que me mantiene acá, no solo para refugiarme sino para tratar de hallar el motivo de su poder.
Recordé que esta vivienda era la única con fachada intacta.
—Los exteriores de la casa están intactos— dije— ¿Acaso es inmune al radar del enemigo?
—Si. Aun no sé cuál es la razón, pero es inmune. Desde que entre aquí comencé a ver que mis captores seguían de largo cada vez que pasaban por la vereda, como si entrar aquí fuera opcional. Incluso pasaron muchas de esas criaturas del averno con sus escalofriantes olfatos y nunca advirtieron mi presencia estando yo en este interior.
Que la fachada estuviera intacta era motivo para creerle. Me acordé entonces de la estación y del único ruido de motor en todo el ambiente.
—En cuanto al camión cargando gasoil y esas dos personas…
—Ese camión suele venir cada tanto. Traslada mercancía, por decirlo así. Siempre llena el tanque en esa estación, la única que funciona actualmente, y luego se dirige a descargar al muelle.
—¿Mercancías?
—Si, humanos. Mercadería que emplea Shoot and Gore los fines de semana. Allí cada prisionero es masacrado de formas cruentas y originales. Todo se da durante ciertos juegos en los cuales los visitantes se desafían para ver quien mata primero.
—Cuesta creer algo semejante.
Mi acompañante esbozó una sonrisa y sus ojos se clavaron en los míos. Era una mujer dentro de todo atractiva, pero había algo en su semblante que empezaba a inquietarme.
—Espera aquí, iré por un folleto— dijo. Dio media vuelta y fue hasta un área del sótano tapada por una especie de puerta corrediza. La abrió, entró y buscó en un escritorio.
Examiné el sótano. Electrodomésticos, cajas, comida, todo estaba amontonado entorno a la mesa. A mi izquierda tenía el pasillo lateral por el cual avanzamos y más al fondo la abertura por la que entré.
Algo no encajaba con lo hasta ahora dicho por Celina. Si supuestamente la casa era inmune al olfato y al contacto de sus captores ¿por qué se escondía allí? en ese lugar sofocante, en vez de usar el resto de la vivienda.
—¿Te cuesta creer? Mira esto— Celina había regresado y extendió sobre la mesa lo que parecía un boletín.
—¿Qué es? — pregunté al tiempo que me lo acercaba. Aún tenía la mente puesta en lo recién descubierto.
—Es un boletín informativo de las atracciones— respondió— allí hallaras fotos bastante explicitas junto con descripciones de los juegos.
La prueba para convencerme me tomó por sorpresa. De pronto sentí terror de agarrar aquel folleto. Temía encontrarme con algo capaz de hacerme perder la cordura.
Lo tomé y me lo llevé a los ojos. La portada estaba ocupada por un slogan en grande que decía: Shoot and Gore: el lugar de atracciones que le hace honor al caos del mundo. Debajo del slogan: el dibujo de una criatura muy extraña de tres patas ganchudas a cada lado, cuerpo escamoso y negro, y una cara agigantada de aspecto de murciélago. Una mandíbula entreabierta dejaba a la vista hileras de filosos dientes, y unos ojos abiertos rellenos de color rojo sangre, hacían de aquel rostro, y de la figura en sí, algo atormentador.
Mis manos temblaron.
—No puedo. No pienso abrirlo.
Celina resopló. La miré. Había vuelto a sacar el arma y su rostro denostaba furia. Me miraba con ojos bien abiertos y se rascaba la frente con el cañón del arma.
—Abre el maldito folleto o te abriré los sesos.
«ten cuidado» dijo mi voz interior «ella te ha mentido, es uno de ellos, está jugando contigo, a la larga, te matará»
Mi cuerpo se entumeció.
Me levanté de mi asiento.
—¿Qué haces? —Celina se acercó a mí, blandiendo su arma. Al instante tuve el cañón apuntándome en la sien— Vuélvete a sentar.
Temblando de pies a cabeza obedecí.
—Quiero que lo hojees y que me lo leas en voz alta… Es una orden— gritó, señalándome el folleto con la punta del arma.
Por primera vez desde que había arribado a la ciudad, sentí un posible peligro de muerte. Aguardé, tembloroso, a que mi voz interior me dijera si salir corriendo, atacar a la mujer, o acceder a su pedido. Pero por desgracia la voz había acallado.
Celina golpeó su arma contra la mesa.
—¿Qué esperas? — gruñó.
Pasé a la segunda página. allí se describía la primera atracción. En el encabezado no había dibujos, esta vez había una foto real. Reconocí en el encuadre la superficie del territorio cuadrangular. un recipiente gigantesco, de vértices y lados muy visibles, estaba colocado sobre la superficie de forma invertida. Lo que había en el interior del recipiente me heló la sangre, y si no fuera por la amenaza que tenía cerca, hubiese roto el folleto en mil pedazos. En el centro del recipiente una figura horrible y asquerosa, difícil de describir, había abierto sus grandes fauces y una lengua rojiza y flexible atacaba a una de sus presas. Las decenas de personas que estaban allí dentro en su compañía se acurrucaban contra los vidrios laterales. Gritaban, aullaban, se retorcían de terror, de eso no cabía ninguna duda. Lo más atormentador de esto era que por desgracia de este maldito mundo, había niños dentro del recipiente. La desesperación plasmada en sus caras infantiles juro que mi mente nunca las desterrará.
—¿Qué carajos es esto? — grité al borde de las lágrimas.
—La descripción debajo de la fotografía. Leela en voz alta.
Tomé un poco de aire y comencé a leerla.
«jueguen al «el que muere ultimo deja una buena propina». Descripción: apueste por uno de los prisioneros antes de que los metamos en el recipiente. Si el último en ser destripado es el que usted apostó, podrá ganar hasta 500 fichas en dólares. Una experiencia única».
—Avanza a la siguiente página— Dijo. Estaba tan horrorizado por lo que veía y leía que no me percaté que Celina me apuntaba cerca del parietal.
La siguiente atracción presentaba de nuevo como encabezado una fotografía: un laberinto de enormes proporciones, cuyo limite norte estaba a pocos metros del rio. Dentro del laberinto un sin número de personas recorrían sus pasillos. Todas ellas tenían sus brazos extendidos hacia adelante, llevaban los ojos vendados. No estaban solos, claro que no. Una criatura con cara de lobo y cuerpo de pez, pero sin escamas, parecía arrastrarse por el laberinto. En la foto sus ojos negros, horribles y extasiados, se clavaban en la figura de un prisionero que tenía muy cerca. Leí la descripción.
«diviértanse jugando al lazarillo. Guíe a su pieza hasta el final del laberinto antes de que Wolfish la destripe. Dígale que corra, caminé o retroceda dependiendo de que lejos este la criatura. Podrán participar hasta nueve jugadores a la vez. El que logre dejar al prisionero en la salida, o en su defecto, ser el último en mantenerse con vida, ganará 800 fichas en dólares para seguir jugando. Juegue y conozca, además, las mil formas de matar de Wolfish»
—¿Cómo es posible que armaran atracciones semejantes? ¿A que nos hemos rebajado? — me lamenté.
—Qué no te parezca extraño—gruñó Celina—. Anduviste de pueblo en pueblo, huyendo. Supongo que fuiste testigo de la muerte de tus familiares. Los terrores que viviste son solo la punta del iceberg, ahora lo comprendes.
—¿Sigo leyendo el folleto? —pregunté, al notar que Celina hacia silencio.
—No— respondió.
Suspiré aliviado. De pronto me rozó el cañón en el parietal y volví a tensionarme.
—Ahora respóndeme… —dijo con voz compasiva— ¿Serás de los nuestros, si o no?
Tragué saliva. El silencio de repente invadió el sótano. Aquello me recordó el mutismo abismal que había en las calles.
«sí dices que no, te matará, si dices que sí, te dará un cañonazo en la cabeza y despertaras en el barco. Debes quitarle el arma y matarla, y luego huir. Hazlo, mátala, vos podes. Se que lo harás» me ordenó la voz interior.
—Contaré hasta tres…— empezó Celina— si dices que no, te mataré, y luego con tus restos le daremos de comer a Kenny, o incluso a Wolfish. uno… dos…
«Ahora, mátala» la voz sonó más fuerte que nunca.
Lancé mi cabeza hacia atrás. Celina disparó y el proyectil siguió de largo y dio contra la puerta corrediza. Sujeté el ante brazo de la mujer con ambas manos y la arrojé con todas mis fuerzas contra la mesada, al tiempo que la desligaba de su arma. Celina lanzó un grito, y cayó sobre la mesa, golpeando su cabeza contra la superficie. El boletín quedó aplastado debajo de ella. Me apuré a tomar el arma, y luego la direccioné hacia la mujer. Creí que Celina estaba inconsciente. Un instante después, arrojada boca abajo, movió su cabeza y trató de encontrarme con la vista.
«mátala, ahora» me dijo la voz.
—¿Crees que vos solo harás algo contra el poderío del nuevo mundo? — murmuró Celina.
Un impulso asesino me tomó. La influencia de aquella voz o la sed de venganza por mis seres queridos, tuvieron que ver.
—Si. Creo que algo puedo hacer— le respondí. Luego le disparé tres veces.
La estación estaba vacía cuando salí a la calle. Solo era un paraje desierto más. El semáforo de la esquina funcionaba nostálgico a la espera de que la rutina diaria se reanude. Las hojas de un árbol semi arrancado revoloteaban sobre la acera a causa del viento. De nuevo el abismal silencio de la ciudad muerta. Comencé a andar y mis pasos volvieron a resonar entre tanto silencio. Reflexivo, meditaba en el hecho reciente. Había matado a una persona, pero no sentía culpa ni remordimiento. Tampoco estaba traumado. Aquello parecía serme más familiar de lo que llegué a creer. Por un momento miré el arma que había guardado en mi bolsillo, y me sorprendí no sentir el mismo estupor que esa misma mañana.
Envuelto en penosas ideas llegué a la vivienda que había alquilado y me arrojé al sofá. Intenté dormir, pero no pude. La primera imagen del folleto, junto con la descripción, me trastornó, no me la podía sacar de la cabeza. Aquel horrible ser que, postrado en el centro del recipiente, participaba en destripar y comerse a todo el que se hallara junto a él. La certeza de que usaban a niños para esos espectáculos aberrantes era la mas suprema de las degradaciones.
Sin poder dormir, abrí mi notebook, entré a mi blog personal y comencé a narrar esto que han estado leyendo. Mi intención: darles a conocer parte de mi historia, por mí y por toda esa gente que no pudo compartirla.
Necesito dejar en claro que, a pesar de esta voz interior, la cual suele darme información y órdenes, estoy desligado de todo aquello que el nuevo mundo abarca. Por más que haya dicho que haber matado una persona hoy, fue algo de lo más natural, estoy seguro que esa voz interna, no pertenece a ninguno de esos malditos experimentos.
Aun así, a veces tengo la certeza de que mis manos han derramado sangre en el pasado. Que fui testigo de eventos horribles, más de los que quisiera acordarme. Y cuando esto ocurre, vienen a mí, las palabras de muchos de los científicos que levantaron la voz y murieron. Esas palabras que aludían a seres extraterrestres capaces de manipular y doblegar mentes…
Acá se termina mi publicación. La subiré a internet…. Algo no está bien en mi vivienda… una luz brillante está entrando por las ventanas… Acabo de asomarme y la luz desapareció. No parece haber nadie provocándola. De nuevo la oscuridad de la noche, todo está desierto allá afuera, las calles desoladas, las casas vecinas envueltas en silencio. Esta ciudad derruida me es familiar. El caos me es familiar. Me estaré volviendo loco o es la completa lucidez…
¿A cuántas personas maté? ¿Qué sucedió con mi novia? ¿La maté y se la di de comer a esa horrible criatura que recorría las noches? ¿Y Qué sucedió con esas personas de antaño luego de que fueran masacradas? ¿Las hice desaparecer o yo mismo me las cargué?
¡¡¡no!!! ¡ahora lo recuerdo! ¡Esos malditos seres me manipularon! Me obligaron a matar y a descartar cadáveres.
«La publicación es subida a internet. Permaneció durante casi un día. Luego fue misteriosamente eliminada. Nunca más se volvió a saber de Sebastián Ítalo»
EPÍLOGO:
Es jueves. En el barco y la zona de atracciones hay más movimiento. Los empleados comienzan a sacar de la nave algunos artefactos y estructuras. Se comienza a dejar todo listo para los eventos del sábado.
Carlos está en su oficina. Hojea por última vez las cartas de presentaciones. En eso la puerta se abre, y entra el griego con su enorme silueta y la camisa cubierta de sangre.
― ¿Qué ocurre? ―preguntó Carlos.
―Tuve un problema― empezó―. Le arrojé a Kenny a uno de los prisioneros ya muerto.
―Habíamos quedado en que se lo arrojaras vivo― le regañó Carlos― sabes muy bien que Kenny es un animal inteligente, y vos no cumples con sus gustos y comodidades.
―Ya se, ya se― gruñó el griego― no me quedó otra que matarlo, Carlos, el maldito sabía que algo malo le iba a pasar y terminó atacándome.
―Que extraño. Ten más cuidado la próxima vez.
―Entendido― dijo el gigante―. ¿Ya decidiste quien va a ser el que se encargue del tiro al blanco?
―Lo acabo de decidir― respondió Carlos―. Sebastían Ítalo… Ese joven será nuestro nuevo empleado.
Fin
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