Dicen que en los pueblos donde el tiempo no se mide sino que se respira, donde las horas no avanzan sino que se apoyan unas sobre otras como viejos amigos que ya no tienen nada urgente que decirse, hay palabras que se desgastan por el uso y otras que se guardan por pudor, como si nombrarlas fuera una forma de traicionarlas, y entre todas ellas, la palabra amor es quizás la más cuidadosamente evitada, no porque escasee sino porque abunda de un modo que incomoda, como incomodan las cosas verdaderas cuando ya no se pueden esconder detrás de definiciones o promesas, de modo que en ese lugar – que podría ser cualquiera o ninguno, porque todos los pueblos que importan tienen algo de este – las personas no dicen que aman, sino que se quedan, que esperan, que soportan, que vuelven, como si el amor fuera más un verbo que se ejerce en silencio que una palabra que se pronuncia en voz alta.

En ese mismo pueblo vivía un hombre que había aprendido a querer como se aprenden las reglas de un juego que nadie explicó del todo pero que todos parecen respetar, con una mezcla de intuición y cálculo, de entrega y resguardo, de manera tal que su forma de amar no era exactamente falsa, pero sí estaba atravesada por una lógica secreta que convertía cada gesto en una especie de intercambio, cada afecto en una moneda y cada herida en una deuda, como si en el fondo sospechara que el amor, dejado a su suerte, tiende al desorden, y que por lo tanto debía ser administrado con la prolijidad de quien lleva cuentas en una libreta invisible donde nada se pierde pero todo se acumula, y así fue construyendo vínculos que parecían sólidos pero que en realidad estaban sostenidos por una frágil ecuación de equilibrios, donde cada desvío, por mínimo que fuera, ponía en riesgo la totalidad.

No era un hombre cruel ni mezquino en el sentido más evidente de esas palabras, porque sabía dar, sabía acompañar, sabía incluso sacrificarse en ocasiones donde el otro lo necesitaba, pero había en él una especie de límite interno que funcionaba como una frontera silenciosa más allá de la cual ya no estaba dispuesto a avanzar, una línea que separaba el amor posible del amor incómodo, ese que exige renuncias que no pueden contabilizarse y gestos que no garantizan reciprocidad, de modo que su modo de querer, aunque sincero, estaba inevitablemente condicionado por la expectativa de una correspondencia que mantuviera intacto el equilibrio de su pequeño sistema emocional.

Y ocurrió entonces lo que siempre ocurre cuando la vida decide intervenir en las teorías que construimos para protegernos de ella, que alguien a quien este hombre quería no estuvo a la altura de esa matemática íntima que él había diseñado con tanto esmero, y no se trató de una traición memorable ni de un abandono digno de ser contado en historias ajenas, sino de algo mucho más común y por eso mismo más difícil de procesar, un error humano, una falla en el momento menos indicado, una torpeza que no justificaba el daño pero que tampoco lo volvía imperdonable, y sin embargo fue suficiente para que toda la arquitectura que sostenía ese vínculo comenzara a resquebrajarse con una lentitud casi imperceptible pero irreversible.

El hombre, fiel a sí mismo y a su sistema de valores, interpretó ese acontecimiento como una ruptura del pacto implícito que regía su manera de amar, y en consecuencia decidió retirarse con la dignidad de quien cree haber sido justo, sin escándalos ni reclamos, sin gestos grandilocuentes que pudieran delatar la profundidad de su herida, envolviéndose en una serenidad que no era tal sino una forma elegante de esconder el dolor bajo la apariencia de una decisión racional, convencido de que había actuado correctamente, de que el equilibrio había sido alterado y que, por lo tanto, su retirada no solo era comprensible sino necesaria para preservar algo que él confundía con integridad.

Pero en ese mismo pueblo, donde las cosas importantes suelen suceder sin ruido y las verdades se transmiten más por contagio que por enseñanza, vivía también una mujer que había llegado a una conclusión distinta, no como resultado de una reflexión sistemática sino como consecuencia de haber atravesado pérdidas, errores y reconciliaciones que le habían enseñado que el amor no se sostiene en la exactitud sino en la tolerancia de lo imperfecto, y que, en última instancia, su persistencia depende menos de lo que se recibe que de lo que se está dispuesto a comprender, de modo que su manera de estar en el mundo implicaba una renuncia silenciosa a la lógica del intercambio, una especie de abandono deliberado de la contabilidad emocional en favor de una disposición más amplia y más incierta.

Esta mujer no ignoraba las fallas ajenas ni las minimizaba con la ingenuidad de quien no quiere ver lo evidente, sino que las reconocía con una claridad que a veces resultaba incómoda incluso para quienes se beneficiaban de su mirada, pero en lugar de convertir esas fallas en argumentos para el distanciamiento, elegía sostener el vínculo desde otro lugar, uno en el que la herida no anulaba el afecto sino que lo ponía a prueba, como si cada error del otro fuera una oportunidad – no buscada, pero inevitable – de decidir nuevamente si valía la pena permanecer, y en esa decisión, que nunca era automática ni sencilla, encontraba una forma distinta de fidelidad, una que no dependía de la perfección del otro sino de la propia capacidad de aceptar su humanidad.

El encuentro entre el hombre y la mujer no tuvo nada de extraordinario en apariencia, porque en los pueblos donde el tiempo se queda a conversar las coincidencias no se anuncian como tales sino que ocurren con la naturalidad de lo inevitable, y sin embargo en ese cruce se jugaba algo que ninguno de los dos terminaba de advertir del todo, ya que él llegaba con la expectativa – aunque no la confesara – de encontrar en ella una confirmación de su postura, una especie de validación que le permitiera cerrar su historia sin fisuras, mientras que ella, sin proponérselo, estaba en condiciones de ofrecerle algo mucho más inquietante que una respuesta: una duda.

Esa duda, que comenzó como una incomodidad leve y persistente, fue creciendo con los días hasta ocupar un lugar central en el pensamiento del hombre, obligándolo a revisar no solo lo ocurrido sino también las premisas desde las cuales había interpretado su propia historia, y fue en ese proceso, lento y por momentos doloroso, donde empezó a advertir que tal vez su modo de amar había estado condicionado por un temor más profundo, el temor a perder sin compensación, a dar sin retorno, a quedar en deuda en un mundo donde había decidido que toda deuda debía ser saldada.

Aquel hombre comprendió, tal vez demasiado tarde para los almanaques pero justo a tiempo para su alma, que el amor es la única empresa donde la quiebra es un signo de éxito, que aquel que llega al final con las cuentas saldadas y la libreta limpia no ha amado a nadie, sino que apenas ha practicado una forma sofisticada de la cortesía, porque en los barrios donde el destino se juega en una partida de dados bajo un farol se sabe que uno no se queda por lo que el otro le ofrece, sino por lo que uno es capaz de perdonar, y que la verdadera riqueza consiste, precisamente, en tener el corazón lleno de deudas que uno ya no tiene ningún interés en cobrar.

Esa revelación, que no llegó como una iluminación repentina sino como una certeza que fue sedimentándose con el tiempo, lo llevó a abandonar lentamente su antigua manera de medir los afectos, a desprenderse de esa libreta invisible donde había registrado cada gesto, cada herida, cada compensación, y a ensayar, no sin torpeza, una forma distinta de estar en el vínculo, una que no se apoyara en la exactitud sino en la persistencia, en la capacidad de permanecer incluso cuando las condiciones dejaban de ser favorables.

Al final, el hombre aceptó que no somos arquitectos de vínculos sólidos, sino apenas modestos albañiles de lo efímero, tratando de levantar muros con ladrillos de cristal, y entendió que la mujer del pueblo no era más sabia por haber leído libros que él ignoraba, sino por haber aceptado que el amor es un asado que se hace bajo la lluvia, siempre un poco quemado, siempre con gusto a humo, pero el único fuego que nos mantiene calientes cuando el invierno de la soledad decide instalarse para siempre, y así fue retirándose de la contabilidad para ingresar en la leyenda, sabiendo que en el cielo de los amantes no se premia a los que no fallaron nunca, sino a los que, habiendo visto el abismo, decidieron dar un paso más solo para ver si el otro todavía estaba del otro lado.

Acaso la misericordia sea eso, el nombre que le ponemos al amor cuando se nos termina la paciencia y, sin embargo, decidimos no cerrar la puerta, y aquel hombre, que había pasado la vida temiendo el desorden de los afectos, terminó por descubrir que la armonía no es la ausencia de conflictos, sino la presencia de una voluntad que insiste, y así, bajo el cielo de ese pueblo donde las horas se detienen a mirar, aprendió que la única forma de no perderlo todo es entregarlo sin recibo, aceptando que, en el fondo, amar es una forma de derrota aceptada con una sonrisa, el último gesto de rebeldía de quienes saben que la vida es una partida perdida, pero que el amor es la única forma digna de seguir jugando.

URL de esta publicación:

OPINIONES Y COMENTARIOS