El vagón está abarrotado y yo vacía. Nada que echarse a la boca. El fin de semana: insulso y apagado. Pasará a la historia al desvanecerse como las llamas de una hoguera que te hechiza e impide mirar a otro lado; que aviva nuestra fría existencia, engendra sombras que bailan a su son, cruje al sucumbir y el olor de su humareda nos impregna.

Tras extinguirse, ¿qué nos queda? El frío, la oscuridad y su última fumarada que se mimetiza con la atmósfera para volver a formar parte de nosotros. Tan solo persiste su tufo que desaparece tras una ducha. ¿Y después qué? Nada, si acaso una evocación a una llamarada que nos envolvió o una efímera quemadura de una chispa errante.

Mi reflejo en el cristal ahumado lo usurpa él. ¿Quién es? Mandíbula apretada, labios carnosos, nariz tenue, ojos azul frío, cejas claras y muy perfiladas, pelo rizado y rubio, orejas plegadas y pequeñas. Lo característico: la línea que emerge de su ojo derecho.

El sutil trazo es morado, como el rastro de una lágrima violeta que, antes de disiparse, delinea un diminuto ‘zig-zag’. ¿Qué parece?¡Un rayo!

Se acerca y, con aplomo, me besa. Estoy atónita, inmóvil y asustada. Bajo los párpados, siento sus labios sedosos y candentes, la pasión de su infierno, y saboreo mi cielo. La brisa y el aroma a nubes me envuelven. Mis manos se adueñan de su cara ardiente, pero no impiden que se separe, me sonría y se despida de mi vida.

Sola de nuevo, mis manos levantadas aferran un aire caliente. Una punzada me atraviesa generando una lágrima humeante que abrasa mi piel. ¿Y después? Tan solo un vapor frío que se esfuma sin dejar rastro.

Veo mi reflejo, ahora traslúcido, y vislumbro algo en mi mejilla. ¿Qué es?¡Su marca!

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