Advertencia
Sobre la vida de Amanda Da Silva existe, y existirá, una irresoluble controversia. Hay quienes defienden fervorosamente la verdad de su existencia, y quienes creen que solo se trata de una fábula de entretenimiento. Cada uno es dueño de adscribir al bando que más lo seduzca. Por nuestra parte, hemos tomado partido y nos alegramos de ello.
Todo lo que aquí se narra es dado por ocurrido sin que nos interese el debate alrededor de la veracidad o no de lo narrado. La verdad, muchas veces, es un tesoro al que hay que buscar de por vida, y al encontrarlo resulta muy diferente a lo que imaginamos de él al inicio de nuestra empresa.
A nuestras manos han llegado las fotocopias de un breve escrito titulado Autobiografía en secreto de Amanda Da Silva. El mismo está dividido en tres partes: una autobiográfica y dos poemarios. La parte autobiográfica comprende tres períodos: infancia, adolescencia y vejez. Esta última trata sobre las circunstancias que rondaron su trágica muerte. No hay ningún dato sobre su relación con el ilustre prócer.
El primer texto es manuscrito, los otros dos no. Se trata de algo más de veinte narraciones (1) realizadas en un modesto cuaderno marca “Gloria”, del que se conserva, además, su tapa.
El manuscrito nos aproxima de modo muy sucinto, casi de manera mezquina, a los sentimientos de la mujer que prestó sus servicios para garantizar el bienestar de quien fue bautizado como “La Reliquia”, de parte de sus enemigos.
A la brevedad del documento debe agregarse la pérdida irreparable de muchas de sus hojas (se desconoce con precisión cuántas), que fueron arrancadas con el seguro propósito de impedir su trascendencia.
No estamos en condiciones de asegurar si la eliminación de una cantidad indeterminada de las hojas de la Autobiografía… fue decidida a fin de proteger a su autora o solo con el propósito de conservarlas para desvelar su contenido en el futuro, alentando la hipótesis de que algunas de ellas podrían contener datos comprometedores para los protagonistas directos de esos sucesos extraordinarios.
Por otra parte, debemos mencionarlo, el documento no fue conservado con esmero, ya que sufrió el embate del agua que borroneó partes enteras hasta hacerlas ilegibles. Así pues, se perdieron para siempre entre manchas y borrones y hojas arrancadas, tal vez datos reveladores o menciones sutiles que podrían habernos ayudado a comprender más acabadamente el milagro de la sobrevida de “La Reliquia”, y de cómo los hombres de su entorno más íntimo, sus custodios, agrupados en esa logia de desconocidos, todos miembros de la milicia con grados de suboficiales, garantizaron que el emblema que representa la nación nunca fuera arriado definitivamente.
Acompañan los mencionados textos dos fotografías. La primera, de un dibujo infantil atribuido a Amanda, con el título El ángel de Amanda. La segunda corresponde a una niña posando en una especie de estrado, participando del ritual sacramental de la iglesia católica para recibir por primera vez la eucaristía. La antigüedad de la fotografía se corresponde con la edad que debió tener por entonces la supuesta Amanda.
Los poemas no alteran en lo más mínimo el relato autobiográfico ni agregan datos históricos, aunque nos aproximan en parte al perfil psicológico del ama de llaves.
El primero de los poemarios, integrado por diez poemas, está inspirado en un frustrado amor juvenil, y el segundo en sucesos históricos que habrían ocurrido en la propia zona donde se erigió la prisión del prócer (lugar del que no existe precisa referencia), o en parajes más o menos cercanos a la misma.
La falta de mención del extraordinario huésped de esa mansión elevada como un cubo siniestro en medio de una sequía furibunda y centenaria, construido sobre las tumbas de cientos de encomendados asesinados por sus incansables rebeldías, podría deberse al afán de Amanda por proteger a su ilustre huésped más allá de su propia suerte.
Ella, no cabe duda, solo volcó en su breve “diario” angustias personales, sin revelar nombres ni datos que hubieran ayudado a una pesquisa más provechosa, aunque más no fuera por personas vinculadas a su vida en uno u otro momento. Su celo en el secreto fue tan decidido que ni siquiera de manera elíptica hay una palabra, una expresión (no ya una oración) que sirva para develar alguno de los misterios que rodean la historia. Amanda habría cumplido a conciencia una misión que se le encomendó por razones que aún son motivo de estudio.
El enigma planteado a manera de poema en la hoja N° 12 no ha sido todavía resuelto. Esperamos que, de producirse el descubrimiento, estemos entre los primeros en anoticiarnos de ese interesante acontecimiento.
Tampoco ha llegado a nosotros ninguna referencia al contenido del pequeño papel que el suboficial “Pérez” le entregó a Amanda antes de partir hacia su retiro y que ella leyó en el andén de la estación Liniers, del ferrocarril Sarmiento, antes de desaparecer al paso del convoy.
No deseamos extendernos más en esta simple advertencia. Sabrá el lector juzgar lo aquí narrado de acuerdo a lo que le dicte su corazón.
La razón, es probable, no esté de nuestro lado. Pero nunca las grandes epopeyas ni las verdades más extraordinarias han nacido por el solo impulso de la razón. Sin corazón nada tiene sentido para los hombres. Solo cuando los hombres están decididos a ofrendar su corazón por una causa, es que ella puede alcanzar la victoria.
Quien acceda a este libro no hallará una narración valiosa, pero sí se encontrará con el corazón de Amanda Da Silva, el único y precioso legado que dejó, a nuestro parecer, para las generaciones que la sucedan.
Siéntaselo latir hasta el momento postrero de su muerte y cántese con ella el himno de victoria que la acompañó hasta el último suspiro.
1) Cuatro de ellas permanecen extraviadas. (Nota del editor).

“El ángel de Amanda”, dibujo atribuido a Amanda Da Silva cuando niña.
“Autobiografía en secreto de Amanda Da Silva.” – Narración N° 1
Cuando llegué a la casona, el cielo estaba yermo. La tierra, ciega. El aire, mudo. Una soledad se podía palpar con los dedos. Conocí a la señora. Debo asistirla, según mis órdenes.
Ella es la tristeza apenas palpitante. No camina: flota por la casa como si no tuviera pies, sino alas invisibles. Es demasiado delgada, transparente; se nota que no se alimenta como corresponde. Sus manos son un agua veloz cuando sus dedos se posesionan de la música. En mi presencia —tal vez solo por impresionarme o complacerme— ejecutó en el piano Sueño de amor de Liszt. Actué como si nunca hubiera escuchado esa música. Mis conocimientos musicales no figuran en mi legajo: aquí soy casi bruta. Y cada tanto la señora me lo recuerda, “¡bruta! ¡bruta!”, me grita como si fuera un conjuro que la exorciza.
El piano suena afinado, para mi sorpresa. Parece que ella misma lo ajusta para escucharse con placer. Luego, sumergida en los sonidos, cantó O mio babbino caro. Su voz es dulce, perfecta. La casa entró en un silencio inmenso, y sentí una honda emoción sin proponérmelo. Ella fingió no verme, y a medida que cantaba sus ojos se humedecieron. Un ave negra cruzó la habitación de lado a lado y ella se detuvo, conmovida. El sonido artrítico de un vendaval helado impuso el final abrupto de la música.
Posó sus ojos en los míos y, tras un breve tiempo, apoyó su cabeza redonda en el teclado y se echó a dormir, como si una orden secreta así se lo indicara. La alcé del taburete y la llevé hasta su habitación. Es liviana, acaso como una lágrima. Aunque no soy de gran contextura, tengo la fuerza suficiente para alzarla sin inconveniente.
La pared mostraba un revoque casi destruido. Tardé en descubrir la razón. La cama estaba helada, tanto como ella, que parecía sumida en un pedernal de nieve.
Cuando llegó la noche, dejé que el canto de la señora volviera a mi mente. Las tres primeras corcheas en la bemol mayor sonaron como una herida acantilada. Y no pude dejar de pensar en su llanto, sumida en mi propia tristeza.
Autobiografía en secreto
de Amanda Da Silva
La infancia
Sección primera
I
El pueblo
Por una calle lateral a las vías del ferrocarril corría un runrún de hojas secas. Era un rumor que caía vertical desde las enramadas que se estiraban redondas hacia la luz del día. El viento repujaba, en orfébrico trabajo, las perlas diminutas de las piedras molidas por el paso del tiempo.
En otoño, el sonido de la hojarasca se volvía ocre: perdía musicalidad y adquiría la fisonomía de una pincelada de óleo que cosquilleaba los oídos, como si al correr del pincel una intriga colorida se amancebara con el crujiente sonido del polen olvidado en una primavera distraída.
Como hacía semanas que no llovía, ninguna humedad alteraba la fragancia del hojerío amontonado aquí y allá durante la inesperada seca. Amanda aspiraba el perfume de las hojas caídas y dejaba que el último polen reposara sobre su delicada piel de niña. Estaba parada a metros de las vías lustrosas que se abrían paso como fugas plateadas hacia un horizonte de vegetación variopinta, y trataba de interpretar los remolinos que las hojas dibujaban como señales misteriosas que le hablaban de cosas aún incomprensibles.
Los remolinos bailaban como un perro que perseguía a un hombre, aullando con un sonido que raspaba los oídos de un paisano imaginario que volvía y revolvía tratando de espantar al perro que mordía la sombra antropomórfica inventada por las hojas en sus anárquicos vaivenes.
Era apenas una niña llegada a los suburbios de la ciudad, donde cielo y tierra se confundían en la extendida perspectiva de un abrazo. Un pueblo en el que, hasta su llegada, solo se levantaba la modesta casita de un matrimonio boliviano recién llegado de su fatigosa peregrinación desde la puna. La suya, la segunda del villorrio, era de madera canadiense, comprada junto al lote de ocho metros de frente por treinta de fondo, que un abogado vendió a sus padres con un crédito a treinta años. “Una eternidad”, escuchó decir Amanda a Miguel, su padre, mientras Anita, la madre, asentía con un leve movimiento de cabeza. Amanda pasó tiempo tratando de comprender cuán larga era una eternidad y si había más de una, porque las había y resultaban caprichosas como los amores. De la perpetuidad tomaría conciencia cuando ingresó a trabajar como custodia —la llamaron “ama de llaves”— de La Reliquia: allí reconoció la anatomía de la inmortalidad envuelta en una vieja y roída bandera celeste y blanca que juraron defender hasta con la propia vida.
Las vías del tren atravesaban una calle de tierra que se desenrollaba de norte a sur, las más de las veces barrida por caprichosos vientos llegados de todos lados. Era difícil descifrar el perfume que traían esos vientos precipitados desde los cuatro puntos cardinales: a veces olían a menta, otras a eucaliptos, a hinojos salvajes o a frutales. En ocasiones traían fragancias de barros cenagosos, cuando el sol disecaba algún arroyo y exponía su cauce oscuro.
Muy otro era el perfume que gobernaba la atmósfera del pueblo cuando arribaban colgados de la locomotora diésel que arrastraba unos vagones pequeños del ferrocarril inglés. Esos vagones de segunda clase, forrados en lustrosas maderas, llevaban apretujados a pasajeros de modesta condición social: obreros o empleados, todos criollos, porque el inglés reservaba su vagón de primera con apoltronados asientos y esterillas maravillosas en los respaldos.
A medida que el tren alejaba a los pasajeros de sus sueños y los aproximaba a sus penurias, los perfumes se volvían angustias que esas mismas personas arrojaban melancólicas desde las ventanillas sencillas, cayendo sobre tierras y piedras para dejar al descubierto los desvelos que los apesadumbraban. El temor más poderoso que perseguía a esos humildes viajeros, que dormitaban en los asientos ganados por el cansancio, era perder su modesto trabajo. A la vuelta de la desocupación solo los esperaba el retorno al pago, donde el hambre era más caprichoso que en la ciudad, donde siempre se podía topar con un rebusque.
La mayoría de esos pasajeros eran trabajadores que iban a ganarse la vida a la ciudad y, al caer la tarde, retornaban a los poblados más alejados, donde se alzaban sus ranchadas pudorosas, rodeadas de verduras que crecían como cangrejos de lomos verdes y de frutales que en verano se inflaban como meteoros rojos de piel lustrosa, o naranjas fosforescentes, redondas trompas de jugosas pulpas.
Las casas se organizaban en paneles paralelos de madera dura sobre un piso que, cuando había recursos, se hacía hidrófugo para impedir que el agua subiera pudriendo las paredes. Si no se podía levantar un contrapiso con carpeta aislante, el suelo era de tierra. Entonces, las mujeres lo mojaban con agua y misteriosos ungüentos gomosos e inodoros, hasta casi impermeabilizarlo, y lo apisonaban con esmero, todo lo que sus fuerzas les permitían. Usaban un pisón tan pesado como duro, que los niños intentaban levantar en vano con sus diminutas manos y raquíticos brazos. Tras meses de trabajo, surgía una capa patinosa de un par de centímetros de espesor, gris-marrón con incrustaciones de colores. El piso adquiría así una fisonomía lisa y lustrosa. Un par de felpudos brillantes vestía las entradas a las habitaciones, contrastando con el tono de piedra natural que resultaba de la compactación de la tierra.
Cada casa tenía una o dos pequeñas ventanas en los laterales, un ventiluz en la cocina, una puerta de madera al frente y otra al fondo, y un techo a dos aguas de chapas de alquitrán, frágiles ante las granizadas y las tormentas furiosas. Chapas que esperaban reemplazar por fibrocemento, más resistente y seguro. En sus bordes dibujaban sucesiones interminables de semicírculos, como una serpentina que reptaba en un ida y vuelta incansable por los laterales de la construcción.
El excusado estaba afuera, a unos diez metros de la casa, a prudente distancia de donde se comía y se dormía. Esa forma particular de la arquitectura suburbana la traían los paisanos desde sus pagos, aprendida de sus familias campesinas. Algunas vecinas organizaban incluso las cocinas también afuera, bajo una densa y entretejida enramada, para que el olor de las fritangas no apestara el interior con ese tufo denso de los aceites recocinados.
En verano, el sol caía sin interrupciones desde la mañana hasta la tarde, y cuando los vecinos ingresaban a sus casas tras la larga jornada de trabajo, se sentían dentro de una burbuja de vapores que ascendían desde el espejo de agua y permanecían calientes hasta bien entrada la noche. Puertas y ventanas quedaban abiertas para ventilar el hogar y lograr algo de frescor. Era entonces cuando entraban en acción las bandadas insoportables de mosquitos, indiferentes al penetrante olor del piretro enrollado en espiral y ardiendo desde la punta roma. Insaciables, incansables, con sus trompetas anunciaban las picaduras en minúsculos relámpagos chillones que, en muchas ocasiones, hacían estragos en los niños más pequeños.
Cuando el frío llegaba, llegaba cargado de escarchas. Blanqueaba los pastos y hasta los perros mostraban costras de hielo sobre sus lomos, a pesar del cobijo de cuchas construidas con ramas y retazos de coloridos hules. Amanda dormía vestida para evitar el frío y, por la mañana, caminaba de la mano de Miguel hacia la estación del ferrocarril para ir a la escuela en la ciudad. Solo quedaban expuestos sus dos ojitos: iba envuelta de pies a cabeza en los abrigos que su madre le había tejido para protegerla del invierno. El calor se procuraba con braceros, y algún paisano llegaba a tener una estufa a seis velas a kerosene, sobre la que una rejilla de hierro fundido esperaba la pava para el mate o algún cacharro donde calentar agua para el té.
Ese día era otoño, apenas otoño, un otoño de hojas que danzaban en círculos alrededor de Amanda, mientras alegres sonidos —no sabía de dónde venían— componían una musiquita extraordinaria. La niña sentía algo que solo comprendería ya adolescente: un sentimiento que entraba en su corazón y le dejaba una leve huella, como la huella de un ave fabulosa. Era el anuncio del amor, alhaja con noción de cántaro, que en esas orillas ásperas de baldío conocería en silencio una tarde antes de que se hiciera la noche.
El calor se había ido y el frío aún no llegaba. Era otoño y no tenía clases. Ignoraba la razón por la que no le tocó caminar hasta la estación del ferrocarril y viajar apretujada contra las piernas musculadas de su padre hasta la ciudad para concurrir a la escuela. Era feliz por esa circunstancia inesperada: se había librado, al menos ese día, de las inquisidoras monjas enfundadas en sus pesados hábitos negro y blanco, con arrebatos de mortaja, que le decían que todo lo que pensaba, decía y hacía era pecado, tremendo pecado, exuberante pecado que la haría descender por las escalinatas ardientes del infierno entre relámpagos de piedra y fuegos de agonía, a donde Dios la enviaría sin escalas para el eterno padecimiento por sus indecencias.
Ella, simple como el agua, no comprendía esos aullidos condenatorios del monjerío, que le hablaba de actos que nunca cometió y de los que no tenía conciencia. Sufría como una muchedumbre escarmentada, porque debía lidiar con las promesas de castigos de un diablo rojo como la punta incandescente de un fósforo de cera. Sí, habrá pasado sus infantiles tiempos gastando angustias tratando de entender cuáles eran esos pecados condenatorios.
—¡Niña! ¡Niña! —le gritaba al oído, como al pasar, un hábito alado que llevaba una monja vieja abrazada a la altura de su vientre de abismos—, ¡baje aún más su pollera por debajo de la rodilla!
—¡Niña! ¡Niña! —gritaba otra, salida de una baldosa blanca hecha de fría piedra de la sal de Edith—, ¡por debajo de la altura de la pantorrilla! Ambas aseguraban que el largo incorrecto de la pollera a tablas del uniforme decía del tamaño del camino hacia el infierno de los desvergonzados. Amanda suponía que ese pasillo hacia el infierno era en realidad estrecho y no tan largo; y, contradiciendo el rojo vibrante de las llamas ciclópeas del averno que describían las monjas suspicaces, imaginaba que al final de ese pasillo húmedo y oscuro encontraría una puerta azul interminable, tan alta que ni volcando por completo la cabeza hacia atrás alcanzaría a divisar dónde terminaba.
Luego, sin saber cómo ni por qué, tocaba el cuerpo que parecía cadáver de una niña que no era ella, sino otra, bellísima, envuelta en babas de diablo negras, rojas y blancas. Un hombrón de manos de gigante señalaba el cadáver con su enorme dedo índice y repetía un lamento al compás de un tamborileo gutural que provenía de unos dedos tan antiguos como secos. Terminado el lamento, le ordenaba tomar de los brazos el cuerpecito aplastado contra una figura arábiga estampada en las roídas baldosas, mientras él lo asía de las piernas y lo bamboleaba en macabro hamaque, para salir del pasillo hacia un lugar que desaparecía ante sus infantiles ojos, impidiéndole comprender del todo la premonición, mientras a lo lejos se oía el susurro del aria Nessun Dorma.
Pero a las monjas no les importaban los augurios —ni siquiera aquellos que llegaban acompañados en un andante sostenuto de negras y corcheas—, sino los reglamentos de papeles amarillos asediados de letras invencibles. Los habían estudiado renglón por renglón, palabra por palabra, sílaba por sílaba, como si en sus articulados se jugara el destino de la humanidad en un acontecimiento espeso y trascendente.
Si los reglamentos enumeraban los pecados de las niñas de polleras tableadas y piernas de flamencos, entonces sacaban de la morada de los inextinguibles formularios —donde las polillas hacían su agosto y llegaban a convertirse en sonoras brujas cargadas de embrujos tan increíbles como mortíferos— una carta perfecta que se enviaba a los padres para que se dieran por enterados de las felonías cometidas por las díscolas infantas. Ellos eran convocados para ser puestos al tanto de esas acciones pecaminosas. Las monjas preferían a los padres más que a las madres: ellos representaban mejor la autoridad, sabían cómo arrojar los tumultos de las indisciplinas al reducto de los castigos merecidos. Las madres, en cambio, se enternecían con facilidad y acariciaban con sus dedos de aire los cabellos lábiles de sus tiernas hijas.
Escandalosa fue aquella oportunidad en que Amanda fue pescada con la boca llena de Sur paredón y después —del que nunca supieron ni monjas ni padre cómo lo aprendió en música y letra—, aunque ella consideró que la mitad del pecado correspondía a una monjita alegre y jorobada que promovía su talento para el canto, y que, por lo tanto, la mitad del castigo debió corresponderle a ella. Pero Amanda ya había aprendido a guardar silencio sobre los secretos que llegaban como por arte de magia. Jamás delataría a esa jorobadita que la trató con mil amores y la puso al piano y al tango hasta engrasarse la crencha, como proponía un tal De la Púa que conoció por entonces.
Al regreso de la monserga de la Madre Superiora, debía cumplir las penitencias que las monjas imponían y alguna otra que su padre agregaba para que aprendiera a comportarse según los preceptos divinos.
A pesar de las voces de trueno de las monjas atentas, a pesar de los abismos de niebla y los bordes de cuchillos que prometían deshacer las carnes de las impertinentes, las musas orilleras, rantes y desvergonzadas que llegaban portando sus máscaras de hebras de palabras entre grises humos de cigarros y asuntos de amoríos poco santos, no la abandonaron nunca porque no se lo permitió, de compadrita. Encontró en su lunfarda compañía algo de humano, de costumbres, de viva arcilla después de que Adán Buenosayres le dio vida con su aliento a una atorranta en el desfiladero de la biología porteña.
Aunque aquella vez en que se la oyó recitar con aires de Merello “era una paica papusa, retrechera y rantifusa, que aguantaba la marruza sin protestar hasta el fin”, el escándalo alcanzó abominaciones bíblicas, de esas que solo Moisés se animó a descargar en nombre de Dios contra los famélicos ambulantes de la tierra prometida. De ese castigo Amanda no se olvidaría nunca, aunque su cómplice jorobada y alegre zafó gracias a la corajeada de la pequeña.
Pero aquel día otoñal sin clases la alejó de las amenazas rabiosas de sulfuros infernales. Sus ojos se colgaban de la calle de tierra que se perdía en la orilla de la laguna del fondo de la legua. Agua y tierra transparentaban en su encuentro una conversación de piedra y beso que invitaba a la niña a rumbear hacia el espejo metálico de la superficie chispeante.
Hacia allí se dirigió. Caminaba con paso corto, bamboleando desde su menuda cadera una tupida pollera llena de voladitos cosidos con elegancia, que pronto quedaría embarrada para disgusto de la madre, siempre pronta a reprenderla por sus descuidos con la ropa. Le recriminaba lo poco femenino que resultaba revolcarse en el barro de la laguna por atrapar sapos.
Amanda corría tras esos sapos feos, gordos y grandes, verdes y marrones, de ojos como bolitas y lenguas serpentinas, que saltaban como chispas bicolores escapando de sus manotazos. No le molestaba que la mearan cada vez que lograba atrapar uno entre sus pequeñas manos.
Su madre la reprendía por ese hábito “sucio”, gritándole “¡una inmundicia!”, mientras frotaba la ropa con el pan de jabón blanco contra la tabla de lavar y repetía “¡qué asco!, ¡qué asco!”. La advertía del peligro de la orina de los sapos, capaces —según ella— de cegarla con su venenoso chorro lanzado con puntería perfecta al centro de cada ojo. Magníficos lanzadores de meo, decía, esos sapos laguneros que organizaban su amoniacal venganza en dos chorros simétricos.
Pero Amanda sabía que nada de eso era cierto. Lo más lejos que habían llegado era a mearle la mano con que los sujetaba, y no por alardear de puntería, sino por puro miedo al apretón de su leve manita. Atrevida, aprendió incluso a girarlos oportunamente para que su orín terminara en la tierra: apenas un chorrito insignificante, una salpicadura que la tierra absorbía con absoluta indiferencia, como si se tratara de agua bendita y no de meo.
Vaciada la vejiga y apretujado en la manita fuerte, el animal quedaba resignado, esperando que le devolvieran la libertad. Para Amanda era un juego que la divertía como casi ningún otro. Cuando atrapaba un sapito lo sostenía largo rato entre sus manos, hasta que el animal se adormecía aburrido en esa prisión de dedos insignificantes. Luego, a la hora de volver a la casa —una hora que deducía por la posición del sol entre los árboles que circundaban la laguna—, liberaba al prisionero, que se sumergía en el barro para disimular su presencia ante cualquier otro niño que pudiera atormentarlo.
Pero no había más niños en el despoblado villorrio. Pasaría algún tiempo hasta que otras familias y sus críos llegaran al pueblo; cuando eso ocurrió, Amanda ya estaba entrando en la pubertad y su primera menstruación la alertó de los cambios profundos que su cuerpo experimentaba con el paso del tiempo. Entonces, sus juegos ya no involucraban sapos ni ranas ni extrañas martingalas para ocultar a sus padres sus andanzas. Como una ola de pétalos diseminados, aquella sensación de ave que la invadió en su infancia alcanzó su plenitud entre abrazos y caricias de manos palpitantes.
Mientras Amanda jugaba en esa inesperada alberca salida de una tormenta torrencial, una vaca la observaba rumiando pastitos tiernos. Rumia que te rumia desde la mañana hasta casi entrada la noche. Solo Amanda, la vaca y los sapos compartían la serenidad del paisaje silvestre, entretenido de llanura donde la hierba rumorosa reinaba provocativa, elevándose unos centímetros al cielo. El animal era dueño de toda la pastura que crecía como barba verde desde las orillas y se extendía centenares de metros a la redonda. Sin recibir orden alguna, cuando la oscuridad empezaba a campear, la vaca regresaba bamboleando sus cuartos traseros al compás de su cola de metrónomo, hacia el cobertizo con forma de medusa que su dueño le había construido para protegerla del rocío y, sobre todo, de las duras heladas que en invierno blanqueaban el paisaje con una espesa capa de hielo cristalino. Muchas noches de invierno, la luna salía entre los cirros y se volvía lunavioleta, como un sencillo anillo de hielo morado inhabitado, coágulo redondo de fosforescente frío.
Amanda bautizó a la vaca como “Fulana”, un nombre que escuchó a su madre pronunciar cuando describió a una compañera de trabajo como “esa fulana, gorda como una vaca”. Fulana llegaba cada mañana desde su cobertizo hasta la puerta de la casa canadiense, y respondiendo a la voz de mando de su dueño se detenía para ser ordeñada en los umbrales mismos de la casita. La vaca y Amanda se miraban con complicidad de tardes a la vera del estanque, sabedoras ambas de las vicisitudes de los verrugosos batracios, mientras una cantaba nanas y la otra rumiaba incansable las pasturas.
Todos los días sus padres compraban al tambero un litro de leche que caía cremosa de las ubérrimas ubres a un jarrón de loza fina, con su borde dibujado en filigrana de florcitas violetas. El tambero no desperdiciaba ni una gota de la preciada leche que manaba de las gordas tetas de la vaca, estrujadas rítmicamente por sus dedos enormes, adornados de sabañones que brotaban en invierno como imposibles maldiciones. Cuando llenaba el recipiente, miraba con tranquila sonrisa a la niña, palmeaba las nalgas del animal en señal de satisfacción y se frotaba los dedos enrojecidos que parecían a punto de estallar.
Amanda, asiendo el jarrón con firmeza, caminaba con delicadeza extrema. Mientras se dirigía hacia el interior de la casa, sentía el calor de la leche entibiando sus manos. Llegaba a la cocina, donde la madre recibía el jarro con igual cuidado y lo depositaba casi con solemnidad sobre la mesada de mármol blanco que se estiraba hasta la cocina económica, exhalando calor y olores de leñas blandas que perfumaban toda la casa. Separaba la crema espesa que flotaba como un irupé blanco en la superficie y comía algunas cucharadas de esa nata que, sin embargo, a Amanda le resultaba repugnante. En cambio, la leche tibia la despabilaba y la llenaba de energía. La saboreaba con rodajas de pan casero —amasado por su madre en la madrugada y cocinado en un horno de barro con forma de tortuga— untado con abundante manteca que el mismo tambero les proveía.
Luego, de lunes a viernes, salvo excepciones siempre festejadas, de la mano del padre al colegio. A rezar, a rezar, a rezar, y a veces a aprender. Adoraba la matemática y la música, y alguien le dijo alguna vez que todos los grandes músicos eran, de manera invariable, grandes matemáticos, aunque ni siquiera tuvieran conciencia de ello. Para ejercitar la aritmética, mientras caminaba por el patio de la escuela, sumaba los números que surgían al azar entre los juegos de las demás niñas, hasta alcanzar cifras extravagantes que la entretenían tanto como los meones sapos desesperados por zafar de su apriete generoso.
Era una virtud heredada de su madre —posiblemente lo único que le quedó de ella y no le pudieron arrebatar—, quien cumplía funciones en un ente estatal haciendo cuentas infinitas que provocaban el asombro de sus colegas. Ellos, de manos pesadas y dedos lentos, no podían competir con sus máquinas de calcular contra la mujer que los deslumbraba con su rapidez y precisión. Nunca se le conoció un error en ninguna operación, incluso de las más complejas. Resistió el uso de la regla de cálculo con la que muchos colegas se ahorraban el fragoteo con los insobornables números, mezquinando así el uso de materia gris para develar las incógnitas de sumas, restas, multiplicaciones y divisiones que reclamaban ansiosos sus superiores.
Amanda se encontró con Bach por accidente, una mañana de misa, cuando ya llevaba meses como pupila. Fue a la vuelta de un salmo penetrante que sacudió su cerebro con los sonidos tubulares de un órgano gigante, desplegado en un abrazo increíble desde el piso superior de la iglesia del colegio, asomado al balcón frente al altar mayor. La jorobadita le abrió los misterios de fugas, tocatas y passacaglias que llenaron su corazón de un amor inigualable e inasible, guiada por un cura concertista.
Un viejo piano vertical alemán, olvidado en un amplio ambiente de la casa de su abuela paterna —del que nunca supo la procedencia y que no había sonado hasta que ella presionó por primera vez una tecla— fue el instrumento que permitió a los preludios y fugas de Bach desplazar sus amarguras. Cierto día, Eriseta, con el consentimiento de Miguel, prohibió volver al territorio de la fantasía de esas célebres músicas que amenazaban distraerla de lo que consideraba su verdadera misión como mujer: ser esposa-sirvienta de un platudo y garantía de descendencia para perpetuar el patrimonio familiar.
Cuando la música fue prohibida, ya estaba decidido su futuro, aunque Amanda no lo sospechara. Para garantizar el cumplimiento de su orden, la abuela vendió el piano a un ropavejero que deambulaba por el barrio tocando un chiflo metálico estridente, aunque soplara con suavidad. El hombre debió hacerse ayudar por su prole para cargar el instrumento en un carretón tirado por un caballo famélico y viejo, incapaz de alzar el cogote aplastado por un grueso yugo que hostilizaba su yugular.
Mientras vivió en el villorrio, Amanda tenía permitido visitar los fines de semana a los únicos vecinos del pueblo. Los bolivianos eran amorosos con los vecinos y, en especial, con la niña. La trataban como a una hija querida y la mimaban por demás. Trabajaban de noche a noche en quintas más alejadas, sembrando verduras, con la aspiración de ser contratados como puesteros en alguna estancia bonaerense. Cuando Perón asumió la presidencia, don Francisco “el boliviano” dejó la chacra y entró a trabajar en el ferrocarril, que tiempo después sería nacionalizado. Doña Carmen “la boliviana” también dejó la quinta y cuidó de su hija hasta el triste suceso de su temprana muerte, víctima de una peritonitis por el tardío diagnóstico de una simple apendicitis.
Generosos, los peones solían regalar a los vecinos canastos desbordantes de verduras. Amanda miraba con deleite los rojos y redondos tomates que se lucían entre el verde de las lechugas, puerros, verdeos, acelgas o tiernas espinacas. En recompensa, Anita cosía ropa para los vecinos. Les había regalado algunas prendas del matrimonio: a Francisco, un traje algo roído que recibió con sincera alegría; a Carmen, vestidos casi nuevos que ya no podía usar porque le quedaban demasiado holgados. Mientras Anita bajaba de peso por el esfuerzo de su trabajo y las tareas del hogar, la boliviana engordaba hasta dejar en evidencia un embarazo que logró disimular mediante un duro fajado diario, para no perder su empleo de tantera. Anita murió antes de que naciera Isabela Anita, nombre que Carmen eligió en homenaje a su propia madre y a la vecina fallecida.
Amanda corría de una casa a la otra, por la diagonal que las unía casi de esquina a esquina. Cuando se cansaba de corretear, se dejaba caer en medio de la calle de tierra en compañía de un par de perros cimarrones, que se acostumbraron a su presencia y desde entonces la acompañaban a donde fuera. Nadie podía acercarse a la niña sin su autorización: bastaba un “quietos” para que los perrazos comprendieran la orden sin necesidad de repetirla. Si alguien intentaba hacerlo sin esperar la mágica palabra, los celosos perros lo atacaban con furia.
El domingo era día de misa. Miguel aclaró a las severas monjas que los domingos no podían concurrir a la capilla del colegio para celebrar allí la misa semanal. El presupuesto, les dijo circunspecto, no incluía viajes ni sábados ni domingos: las monedas estaban contadas para los cinco días de la semana, diez centavos de ida y diez de vuelta para cada uno.
Las monjas debieron aceptar la decisión familiar, pero a condición de que la niña el lunes presentara un certificado de asistencia, extendido por el cura párroco de una pequeña capilla cercana. Era una papeleta de color celeste. Cuando Amanda preguntó por qué ese color, el cura le respondió, a modo de confidencia, que era el color del cielo, donde abundaban los ángeles bonitos y alegres como ella. Amanda sonrió incrédula: estaba convencida de que los ángeles no podían parecerse a ella porque eran todos varones, y por eso se hablaba de “los ángeles”, que muchas veces exhibían sus diminutos penes con total impudicia. Aceptaba que podían tener un aspecto a veces femenino, pero no encontraba contradicción entre ese toque alegre y la masculinidad manifiesta de los querubines.
A ese modesto templo las dos familias llegaban luego de caminar algo más de dos kilómetros, siempre hacia el norte por un camino de tierra que serpenteaba de izquierda a derecha como una broma. A cada lado, los pastos alcanzaban llamativas alturas y colores que iban del verde al rojo, a veces manchados de flores como burbujas amarillas, mientras flotaba el penacho plumoso del diente de león dispersándose en todas direcciones.
Amanda prefería la misa del cura párroco: menos extensa, hablada en criollo, libre de abominaciones espantosas. El hombre, de modos campechanos y desprovisto de soberbia, no hablaba en latín porque sabía que sus fieles —unos cuantos lugareños de pueblos vecinos— no conocían ese idioma. En cambio, de lunes a viernes, ella padecía la larga misa en latín. Y cuando fue pupila, algún tiempo después del nacimiento de su hermano y la muerte de su madre, la liturgia imponía riguroso ayuno, condición indispensable para comulgar la blanca hostia que el cura llamaba “el cuerpo de Cristo”, lo que hacía que Amanda se sintiera algo antropófaga.
Más de dos horas de rezos incomprensibles que la mayoría de las veces terminaban con ella de bruces en el piso, sin que ningún angelical ser mágico la asistiera cuando caía inconsciente. Despertaba en una sala blanca que oficiaba de enfermería, donde otras tantas muchachas hipotensas como ella iban a dar luego de los litúrgicos desmayos.
***
“Autobiografía en secreto de Amanda Da Silva.” – Hoja N° 2
Guadalupe es el vivo retrato de su madre. El día de su nacimiento no dudamos en considerarla la más bella de todas las mujeres. Postrados, reverentes, los soldados y yo rezamos el Ave María para dar gracias a ese vientre materno que había dado tanta hermosura en una niña.
«Santificado sea tu nombre», entusiasmados, entonamos algunas oraciones en musiquita litúrgica. «Bendito es tu vientre» … respondieron otros en contrapunto, alabando la matriz prodigiosa de la madre celebrada.
¿También a la edad de tres años, como los otros niños, dejará la casa para siempre?
Que su belleza sea el amuleto que la proteja del destierro, y nos llene de gozo a todos en este caserón, que buena falta nos hace. Amén.
II
¿Y con nosotros qué va a pasar?
—¿Y con nosotros qué va a pasar? —la pregunta de Anita no sonó angustiosa, aunque dejaba ver cierta preocupación. No podía dejar de batir los huevos en un enorme bol de vidrio: un acto reflejo, un tic nervioso con el que evitaba entrar en crispación. El bol se agitaba con cada vuelta del batidor y una espumita color naranja empapaba sus paredes con el intenso tono maíz de los huevos de sus ponedoras, una media docena que poblaban el gallinero que ella misma había organizado en los límites del lote.
Miguel no se sorprendió por la pregunta. Muchos, como Anita, en ese mismo momento se estarían interrogando con la misma inquietud. Los funcionarios de baja graduación estaban sometidos a consecuencias que escapaban decididamente a su voluntad. Sabían que su destino dependía del humor de los superiores inmediatos, capaces de virar de conducta con la misma velocidad con que la sudestada hacía mover las aguas tierra adentro. La inundación sucedía a la irrupción de esos vientos; el despido, a esos cambios violentos de orientación política. Quedarse sin trabajo en esas circunstancias era incorporarse al ejército de crotos que deambulaba en cualquier dirección tratando de sobrevivir a la malaria. El himno de los pobres se entonaba en todas las esquinas: «donde hay un mango, viejo Gómez». Anita lo había cantado en carne propia.
—Con ese ruido que hacés con tu batidor contra el vidrio no puedo ni escucharte. Paralo un poquito —Miguel reclamó silencio para hablar de ese asunto que les interesaba a los dos.
—No puedo, se me corta la mayonesa —dijo Anita con una sonrisa nerviosa. Miguel se acercó resignado y le pidió una mano.
—¿Para qué querés mi mano? Estoy batiendo los huevos.
—Puedo verlo, distingo el movimiento circular en favor de las agujas del reloj con el que persistís en amansar esos huevos. Olvidate de ellos por un momento, quiero leerte la suerte y responder tu pregunta.
Miguel sabía que Anita detestaba la quiromancia. Las artes mágicas le resultaban ridículas.
—Dejate de joder, Miguel. Mi suerte está echada hace años —hizo un movimiento con los hombros, displicente, desechando el reclamo de su esposo—. Bastante antes de que te conociera.
Miguel sonrió sin compromiso.
—Mejor respondé mi pregunta. Y haceme el favor: no mirés la mayonesa, porque si la mirás fijo también se corta.
La advertencia culinaria paralizó a Miguel, que desistió de avanzar hacia el bol de vidrio donde los huevos bailaban al compás del chis-chis del batidor contra sus transparentes curvas.
—Atentos a mi poderosa mirada, aunque cueste creerlo, el huevo y el aceite se vuelven inmiscibles. ¿Y nosotros? ¿Podremos reunirnos en cualquier proporción?
—Depende.
—¿De qué, mi amor? —Miguel trataba de parecer romántico y llevó sus manos a la cintura de la esposa. Anita estaba lejos de arrumacos y caricias. Primero una y después la otra, retiró las manos del esposo de sus perfectas caderas.
—Depende de tu respuesta. Y haceme el favor de mirar para otro lado, o mejor volvé a tu silla y quedate quietito. Las mayonesas son muy sensibles a los curiosos. Como nosotras, las mujeres. Si en vez de la mayonesa fuera el mayonesa, sería un ungüento soso, grasiento e insensible. Como ustedes, los hombres.
Así le ordenó que retornara a su asiento. Miguel se encogió de hombros y aceptó de mala gana; hizo burlas que la esposa no alcanzó a ver, aunque adivinaba. Mientras el hombre volvía sobre sus pasos, Anita repitió su pregunta endureciendo la voz, como hacía cuando algo la disgustaba.
—Te pregunté qué va a pasar con nosotros…
—¿Por la revolución? —Miguel se acomodó en la silla de esterilla frente a la pequeña mesa redonda, cruzó las piernas y retomó con fastidio la lectura del diario.
—Sí, no va a ser por los huevos que estoy batiendo.
—Calma, mujer, no va a pasar nada. Nada —respondió sin levantar la vista del diario.
Anita volteó para observarlo; desde su lugar podía leer los grandes caracteres de Cabildo, que anunciaban a gritos el golpe de Estado del 4 de junio.
—Cuando Uriburu nos echaron a todos —recordó aquella amargura que duró una semana.
—Pero Uriburu era otra cosa. Odiaba a los radicales desde 1905 y lo acicateaba la pluma de Lugones. Uriburu era otra cosa, mi amor… ¡Ya lo creo que era otra cosa!
Miguel suspiró, confundiendo a Anita, que nunca supo cuánto había participado la familia de su esposo en los asuntos del 6 de septiembre.
—Después de todo —reflexionó—, a vos y a mí nos reincorporaron a la semana y nunca tuvimos que pasar por el despacho del “Polo” Lugones, que antes de saludarte te descargaba 220 por las dudas. Me pasé unas buenas horas sentado a la puerta de la casa del ministro, pero al final accedió a recibirme. Me atendió el sirviente de librea, cogotudo como el ministro. Me miraba hasta con asco, ¡a mí! ¡Él, que era un siervo! ¡Qué mundo este!
—Me acuerdo. Si no fuera por ese “siervo” no te atendía el ministro. Él fue quien le insistió hasta que lo cansó. Si fracasaba, te esperaba “Polo”. Yo leí su legajo —tomó aire como quien necesita oxigenarse antes de avanzar en una empresa temeraria—. Daba asco ese “Polo”. Tipo de mierda.
—No exageres, no exageres. Alguien tiene que hacer ese trabajo.
Anita se exasperó ante ese justificativo, pero mantuvo la boca cerrada.
—En realidad, el ministro estaba entonado cuando lo vi. Le hablé con convicción, mientras el tipo me miraba sorprendido. Al final cedió a los vapores gratificantes del vino francés que degustaba y encontró razonable atender mi reclamo.
—Tu vanidad siempre te impide ver la sustancia de las cosas.
—¿Ahora resulta que soy vanidoso? —Miguel sonrió, pero de mala gana.
—El “siervo”, como vos le decís, fue el que lo convenció de que te atendiera.
—Ah… ¿y vos de dónde sacaste eso?
—Qué te importa. Le leí la mano al “siervo”. A nosotros dos nos reincorporaron, es cierto, pero a ninguno de mis compañeros de trabajo. Te pedí que hablaras por ellos.
—¡Querida mía! ¡Fácil decirlo! Hice lo que pude, no era ni soy delegado de otros. En esta empresa el sindicalismo está mal visto. Combatimos el sindicalismo. El clasismo es sinónimo de anarquía. El comunismo, de disociación. El yrigoyenismo, de corrupción —hizo una breve pausa para observar la reacción de Anita—. Hice lo mejor que pude —insistió sin convicción—. Por nada del mundo quería cruzarme con “Polo”. La sección política no sirve para hacer carrera, salvo de torturador.
—Ni hablaste por los muchachos, lo sé con seguridad. Solo hablaste por mí. Vos sabés que hay muchos alcahuetes que se dedican a comentar tus comportamientos. Algunos me convidan atentos sus chismes porque no se explican por qué estoy con vos.
—Hablé por vos porque te amaba.
—Ni estábamos de novios.
—Pero yo ya te amaba.
—Pse. Seguro.
—Lo hice para conquistarte.
—Lo único que conquistaste fue el odio de todos mis compañeros.
—Pero estamos juntos. Tan errado no anduve.
—Pero debías haber sido un poco más solidario.
—La solidaridad muchas veces se da de bruces con la política. El ministro estaba para dos favores antiyrigoyenistas, no daba para más —se excusó impostando la voz con un tono dramático.
—No dramatices conmigo, porque no es necesario —Anita hablaba conociendo el asunto verdaderamente.
—Mi vocación de servicio lo convenció, y tu calidad de experta en cálculo complejo lo asombró como a un niño. Eso lo convenció.
—Qué suerte que tuvimos vos y yo. ¿Seguro que fue solo el valor de nuestros currículums?
—¡Por supuesto! —Miguel exageraba su afirmación. Al hablar con toda la boca suponía que podía resultar convincente—. Después te recomendó con Justo, sugerencia mía, claro está. Joven, linda e inteligente. Justo admiraba esa mezcla extraordinaria. Pero del legajo de tus compañeros, el ministro no quiso ni hablar.
—Ni se lo mencionaste, Miguel. Ni se lo mencionaste. No insistas con tus justificativos.
—Más o menos. El ministro era un hombre de pocas palabras.
—Dicen que vos también tuviste pocas palabras entonces.
—Si preferías la chismografía a mi palabra, allá vos y tu mayonesa. Todos en tu oficina me odian —Anita movió la cabeza afirmativamente—, pero yo no tengo la culpa de la mediocridad de tus colegas.
La mujer ni quiso mirarlo por el desprecio hacia sus pares; sabía que, de hacerlo, el asunto terminaría en una pelea que esa noche no tenía ningún deseo de comenzar ni sostener.
—Así que, según vos, esta vez me tengo que quedar tranquila.
—Si me dejaras leerte la mano verías que no hay nada de qué preocuparse.
—Sí, muy tranquila. ¿Si la mano tiene clara de huevo la suerte cambia?
—No lo sé. ¿Cómo habría de saberlo?
—Hablá con el ministro de turno, seguro que él te puede hablar mucho de los que no tienen huevos.
—Imposible, ya se fue. Se fue y no volverá.
—¿Y Castillo?
—Un mediocre. Todos sabían que Castillo era un mediocre que se caía. Castillo de naipes: un viento y a la mierda…
—¡Shhh! No empieces a decir palabrotas, la nena escucha todo.
—Sí… perdón —Miguel cogoteó tratando de ver a su hija, que jugaba en su pieza—. ¡Amanda! —llamó a la niña con energía.
—¿Qué, papá? —se oyó responder desde la habitación.
—¿Escuchaste lo que dije?
—Sí, papá, dijiste mierda.
—Olvidate, por favor, de esa palabra.
—Sí, papá. Ya me olvidé.
—Qué bueno —esperó un momento tras sonreír por la obediencia mentirosa de Amanda—. En realidad, el hombre cayó por la maldición del “Hormiga Negra” —dijo por parecer gracioso, mientras espiaba a la mujer por encima del diario.
Anita casi dejó de batir con fuerza los diez huevos que había roto para la tortilla.
—Los chistes tuyos no hacen reír a nadie.
El hombre se desentendió del reproche.
—Miguel… —Anita esperó a que atendiera su llamado. El esposo se comportaba como si no hubiese escuchado su nombre.
—¡Miguel! —casi gritó Anita con voz fina.
—Amor mío, te oigo, te oigo. ¿Ahora qué pasa?
—Sabés lo que dice el refrán.
—¿Cuál de ellos? Conozco algunos…
—On ne saurait faire d’omelette sans casser des œufs —la sentencia la dijo en francés solo por fastidiar a su esposo, que detestaba ese idioma.
—¿Tortilla? ¿No era mayonesa? —Miguel preguntó intrigado.
—Con la misma ingenuidad con la que afirmás que nada nos va a pasar por culpa de la Revolución, justo cuando nos vinimos a vivir al “corazón de la sociedad bonaerense” —enfatizó su ironía—, aquí “en el medio de la nada”, creíste que estaba haciendo mayonesa. La mayonesa se hace solo con yema, no lleva clara. Yema y aceite, amor mío. Salvo por un accidente, son miscibles. Casi como vos y yo, y en cualquier proporción. ¿No ves la cantidad de huevos que rompí? ¿Pensaste que estaba batiendo mayonesa para un regimiento? Vos no sabés nada de la realidad: ni podés diferenciar una mayonesa de una tortilla. Y querés que me quede tranquila con tus seguridades sobre la “revolución”.
Miguel volvió a la lectura porque se sintió algo ridículo, aunque no alcanzaba a entender qué tenían que ver los huevos rotos en francés para la tortilla con la revolución del cuatro de junio.
—¿Y qué tienen que ver los huevos con la revolución?
—En todas las revoluciones —dijo enfática la mujer— hay que romper algunos huevos. Y, la verdad, espero que no sean los tuyos… digo los míos… digo “los nuestros”…
Miguel movió la cabeza de un lado al otro al escuchar la relación que Anita hacía entre los huevos y el golpe de Estado.
Amanda, desde su habitación, escuchaba la conversación que le llegaba entrelazada con el ruido del batidor de alambre contra el vidrio del recipiente. El hombre tenía a su derecha las ediciones de Crítica y La Prensa, traídas de la oficina donde prestaba servicios, y había un gran revuelo por el derrocamiento del presidente.
—Quedate tranquila, esto no traerá consecuencias. El asunto no tiene que ver con la política. Ya te lo dije: ¡es la venganza del “Hormiga Negra”! —volvió a bromear Miguel, buscando un atajo para salir del bochorno que le causaban las palabras de Anita.
—¿Esa es tu explicación política del golpe? —Anita susurró una maldición.
—Exacto, cosa del “Hormiga Negra”, a no dudarlo. Nosotros no nos metemos en política, por eso sobrevivimos cuando Uriburu. Ya te lo expliqué: no se puede comparar con el golpe del 30. Tus colegas eran todos radichetas, y encima del “Peludo”. Con esos antecedentes… si hubieran sido antipersonalistas, por ahí se salvaban…
—¡Ay, Miguel! —Anita suspiró para no enfadarse—. ¡Vos y tu gaucho famoso! —exclamó con cierta resignación y volvió a batir los huevos con rabia, por la mención despectiva contra sus compañeros y el presidente Yrigoyen. Agregó sal a los huevos batidos, un toque de pimienta negra, un tanto de ajo y otro de perejil.
—Te falta recitar que se meaba encima y le hacían un diario para él.
—¡Y claro! ¡Viejo gagá! —golpeó la mesita para parecer más enérgico con su insulto.
Anita lo ignoró. Lavó el batidor de alambre y sus manos bajo el abundante chorro de agua fría que la canilla lanzaba con fuerza desmedida. Frotó los dedos con fruición contra el delantal rosado, adornado con voladitos blancos, procurando que el roce con la tela le devolviera algo de calor a las manos entumecidas.
—Acá te hacés la guapa y parlás en francés contra el pobre Hoyos porque estamos “en medio de la nada” —Miguel soltó la ironía solo por provocar a su esposa. Disfrutaba de esos enojos que inflamaban el rostro de Anita.
—¡Ya lo creo! Esto no es “el corazón de la civilización nacional”.
Anita siempre se refería al lugar en el que habían ido a vivir como un sitio “horrible en medio de la nada”, habiendo tantos lugares lindos donde hacer la vida. Miguel respondía invariablemente: “pero no por esta plata”.
Cuando peleaba con su esposo recurría a insultos más variados y potentes para hablar de la soledad y la lejanía del nuevo hogar.
—¿No viste cómo la gente se mata por venir a vivir acá? Forman una fila de varios kilómetros, ansiosos de conseguir un terreno y una casilla a pagar durante treinta años. ¡Treinta años! ¡Una eternidad! Queríamos vivir nuestra propia vida, pero, amor mío, había otros lugares para radicarnos. Con esta casita te pasa como con las tortillas. Eso sí, ¡te lo advierto!, ni se te ocurra ir a pedir la escupidera a tu casa.
—No, mi amor —respondió Miguel moviendo la cabeza afirmativamente.
—Nos arreglamos con lo que tenemos. No nos va a sobrar nada y no nos va a faltar nada. Empate.
—Sí, mi amor —asintió Miguel, y siguió observando por largo rato cómo Anita restregaba sus dedos en busca del calor perdido por el agua helada.
Cuando Amanda escuchó la palabra “eternidad” en boca de su madre, trató de comprender, como siempre hacía, su dimensión comparándola con el tono de reproche de la voz materna.
—Vos, que sos más guapo que yo y te gusta estar “en medio de la nada porque te sale baratito”, vas a tener que ir a bombear agua al tanque. Queda poca. Si hace falta, pedile ayuda a tu amigo Hoyos o a las amiguitas del hormiguero, a la izquierda del duraznero. ¿Nunca viste ese hormiguero? Ya debe medir medio metro de altura. Si te llegan a picar todas esas… —apagó la voz todo lo que pudo procurando que Amanda no la escuchara—, el que se va a mear encima vas a ser vos.
La niña, sin embargo, escuchó claramente y soltó una risita torpe desde su habitación. La palabra mear la divertía.
Anita siguió hablando con el solo propósito de fastidiar a Miguel:
—Y va a salir publicado en todos los diarios del país para que se rían de vos todos los radichetas personalistas, como mis compañeros de oficina. ¡Ja, ja, ja! —carcajeó provocativa—. Con un gran titular van a anunciar que sos “Conservador y…” —bajó aún más el tono de su voz— “¡meón!”.
Amanda volvió a reír con fuerza. Anita concluyó que no había forma de que la niña no escuchara todo lo que se decía, incluso en voz muy baja.
—Ahora, por favor, a bombear agua al tanque…
—¿Ahora? ¿Hace falta? ¿Con este frío? —disgustado por la orden, Miguel se abrazó para señalar el frío que hacía afuera, en el amplio patio donde la bomba de agua estaba ya cubierta de escarcha.
—Sí, ahora. ¿No te enteraste de que “en medio de la nada” no hay agua corriente? Te dije a la tarde que había que cargar el tanque y te hiciste el distraído. Y mejor que te apures, porque en cualquier momento se corta la luz —Anita aprovechó para observar si los dos faroles sol de noche estaban en su lugar, colgando a cada lado de la alacena en la cocina.
—Vos sos peor que el “Hormiga Negra”.
—Seguro, porque soy colorada. Pico como la gran… —la señora no sabía quedarse callada en ninguna circunstancia.
—¿Quién es “Hormiga Negra”? —preguntó Amanda desde su habitación, sin abandonar su juego, sorprendida por el curioso nombre de aquel desconocido.
—Un amigo de la infancia de papá —respondió la madre en voz alta, para que la nena la escuchara con claridad—. Se orinaban juntos en la misma cama.
Amanda soltó una risotada tan infantil como aguda.
—No le creas a mamá, hijita, que está enojada porque batió mayonesa y le salió tortilla —la niña quedó asombrada de aquella transustanciación—. Es un tipo con cabeza de hormiga, y como bien dice su nombre, negra. Feo. Feísimo. Dos antenas enormes y unas tenazas con las que atrapa nenas entrometidas —Miguel respondió mirando hacia las sombras de la habitación de Amanda.
La niña se conformó con la respuesta. Sabía que su padre decía cosas ridículas para hacerla reír, y ella aceptaba el juego. El secreto era no volver a preguntar.
Miguel devolvió su atención a su esposa y siguió la conversación que había empezado con la mención del gaucho, aquel nacido en San Nicolás de los Arroyos que pagó con cárcel un crimen que no había cometido.
—Al “Hormiga Negra” nunca lo hubieras mandado a bombear agua al tanque. Ese era difícil de aguantar.
Anita se encogió de hombros con desdén.
—Siempre fui admiradora de “Mate Cosido”. Y si me jodés un poco más, te confieso que soy admiradora hasta de Bairoletto.
—¡Ah! ¡Esa era! ¡Ahora sos anarquista! ¡Lindo ejemplo para tu hija!
—¿Qué son los anarquistas, papá? —preguntó Amanda, más que curiosa.
—¡Nadie! ¡Nadie es anarquista! —pero Amanda no quería saber cuántos había, sino qué eran.
—¡Yo soy anarquista! —gritó Anita—. Anarquista de siempre, por si no lo sabías, querido “conserva”. Y hasta comunista, te diría. Después de Stalingrado, todo el mundo lo era. Odio a los nazis. ¡Viva el tío Pepe!
Miguel se tapó el rostro con las dos manos.
—¿Qué son los comunistas, papá? —Amanda lanzó su pregunta como una granada.
—¡Ay, Dios mío, las cosas que tengo que escuchar! —el hombre alzó las manos al cielo como si estuviera orando—. ¡Nadie! ¡Nadie en todo el mundo es comunista!
Pero Amanda solo quería saber qué eran los comunistas, no quiénes lo eran.
—Y a vos ni se te ocurra repetir eso en el colegio, que las monjas nos van a excomulgar a todos —le dijo a su hija, señalando hacia la habitación donde jugaba.
Amanda estaba tentada de preguntar otra vez, pero se distrajo arropando unos muñecos. De todos modos, con las monjas no hablaba ni media palabra: las detestaba, salvo a la jorobadita que la hacía cantar y reír y balbuceaba un idioma que llamaba lunfardo, imposible de entender a su edad.
—Ahora ya lo sabés —insistió Anita—: te casaste con una anarquista, casi comunista, y admiradora de un forajido que mató por amor. Pero así y todo te aguanto a vos, que sos antipersonalista, conservador y más molesto que una bombacha de lana…
Miguel soltó una carcajada que sonó en la casa como un trueno. Amanda saltó de la cama, sobresaltada por la risotada.
—¿Qué pasó? —se oyó desde la cocina la pequeña voz de muñeca.
Miguel, al tiempo que encendía un cigarrillo Abdulla extraído de una cigarrerita de cartón delgado, la serenó con paternal ternura.
—No pasa nada. Mamá me contó un chiste de unas hormigas que usaban bombachas de lana; uno muy bueno y me hizo reír.
Amanda se asomó a la cocina y vio la cajilla de cigarrillos. La señaló con su dedito: significaba que, cuando se acabaran, Miguel debía dársela para sus juegos. Amanda las coleccionaba como si fueran un tesoro maravilloso. El hombre asintió con un leve movimiento de cabeza.
—¿Y qué dijo mamá de las hormigas con bombachas? —Amanda quería saber qué clase de hormiga podía ser esa, metida en el asunto de unas bombachas.
—¡Cosas de grandes! ¡De hormigas grandes! ¡Enormes! De bombachas más grandes todavía. Vuelva a su pieza, hijita, y espere la comida. Deje a los grandes hablar sus pavadas, que no son para nenas como usted.
Amanda, sin protestar, giró sobre sus pasos y retornó a su habitación, donde dejó abandonadas unas muñecas y una pila enorme de cajitas de Abdulla. Pensó que su padre, como siempre, se burlaba de ella. Las hormigas abundaban por toda la zona y no daban lugar a risa. Además, ninguna usaba bombacha, y cualquier mujer sabía que las bombachas no podían ser de lana, aunque algunos calzones eran lo bastante gruesos como para parecer de cartón pintado y, por culpa del almidón, daban una comezón insoportable.
Siempre que las viejas de la familia hablaban de sus prendas interiores, responsabilizaban justamente al almidón como el atrevido que endurecía bombachas, corpiños y corsés llenos de ballenas distribuidas estratégicamente (para las más robustas), atormentándolas con esa comezón imposible de rascar con disimulo. Pero, maldecían, no tenía ningún efecto benéfico sobre la caída anatomía de los maridos de cada una de las contertulias.
Amanda escuchaba sin comprender aún a qué se referían esas tías gordas, de labios pintados de rojo furioso, que le dejaban huellas aceitosas de besos en sus pequeñas mejillas. Repetían con tono de burla: “¡Lavalo con almidón a ver si se le pone dura!”, y reían amargas mientras se codeaban y señalaban la presencia de la niña con sus puntudos mentones. Responsabilizaban a la flacidez de los esposos la frigidez que ellos les achacaban a media voz, mientras tomaban Hesperidina y jugaban al truco por porotos, haciendo corrillos sobre sus portentosas masculinidades de las que, últimamente, solo los blancos mingitorios de los bares podían decir cuál era el verdadero tamaño de sus mentiras.
Las viejas creían que la cola de quirquincho o el muña-muña podían asistir las carencias de los maridos, pero la ciencia desconocía esas virtudes e incluso advertía del peligro de ingerir esos tecitos que, aseguraban, podían resultar hasta venenosos.
—“Y bueno, entonces que sea, ¡viuda!” —soltó entre risotadas la más gorda de todas las tías, y se llevó el aplauso de las contertulias.
Algunas aprobaron de buena gana que, si era verdad que esos gualichos no remediaban la impotencia, no estaría nada mal que aceleraran la viudez que las acercaría a un merecido recambio. Reían despanzurradas mientras observaban, con el rabillo del ojo, a los gordinflones enfrascados en sus juegos de naipes.
Miguel observó cómo Amanda volvía a su cuarto. Apoyó el diario sobre la mesa de la cocina y se pasó las manos por la cabeza, acomodando su cabello. Exhaló con fuerza el aire de sus pulmones y movió la cabeza como quien reflexiona sobre un acontecimiento trascendente. Anita sospechaba que aquel comportamiento teatral solo buscaba distraerla de su pedido de ir al descampado a bombear agua. El hombre tomó nuevamente el diario y lo desplegó en toda su extensión.
—¡También Castillo! No era como el gordo Ortiz —exclamó, mirando por encima del borde superior del diario, que mostraba en su portada la foto de los jefes militares en el balcón de la Casa de Gobierno.
—¿Y qué tenía Castillo peor que Ortiz? —Anita acomodaba unas papas que pelaba con velocidad extraordinaria, mientras se ocupaba de contradecir al esposo cada vez que podía.
Miguel fumaba, y el humito gris del cigarrillo ascendía describiendo elipses como una espiral que se dirigía encandilada hacia la luz de la bombilla, colgada de dos cables de tela apenas abrazados por un cordón negro.
—Al revés, querida. Decí: “¿qué tenía Castillo que fuera mejor que Ortiz?”
—Pero todos sabían que Ortiz duraba poco. Vos lo defendés porque te ascendió; si no, serías castillista en vez de admirador de Ortiz.
—¡Y claro! ¿De qué comemos?
—De nuestro trabajo, que a los políticos les importa un bledo —Anita era escéptica respecto de todos los políticos que se presentaban como salvadores de la república.
—¿Cómo que no les importa? Si fue el ministro quien te recomendó con Justo. ¿No van todos en procesión a pedirte esos cálculos extraordinarios que solo vos sabés hacer?
—Pse… —dijo despectiva Anita—. Solo hago los cálculos que me piden porque planifican la planificación. Pura mentira. Nadie les lleva el apunte a esos números. Vos sos más importante para ellos. ¿No sos de los que predicen el futuro?
Miguel dobló el diario y lo apoyó sobre los otros dos que estaban en la mesa. Se frotó las manos, se levantó de la silla y llegó hasta donde Anita cortaba las papas para la tortilla. La abrazó por detrás y le habló al oído mientras rozaba con su lengua el pabellón de la oreja. Ella alzó el hombro para hacerlo desistir de la caricia. Miguel, obediente, retiró la boca, pero sus manos se escabulleron entre la pollera negra acampanada que caía hasta la pantorrilla.
Anita movió la cabeza negativamente con insistencia y golpeó dos veces el brazo de Miguel. En voz muy baja dijo algo sobre “la nena está en la pieza”. Amanda, en esa oportunidad, no alcanzó a oír qué decía su madre, pero presintió desde su habitación la escena. Algo vibraba en el aire cuando Miguel y Anita se abrazaban, cargados de una electricidad que la confundía. Entonces, inquieta y sorprendida, abrazaba a sus muñecos con tanta fuerza que parecía que haría saltar la estopa de sus rellenos.
Miguel dio unos pasos hacia atrás y palmeó los glúteos de Anita.
—Yo no adivino el futuro, solo analizo los hechos.
—Pse… —Anita secó las papas con un repasador de toalla—. Si es como tu capacidad de reconocer la diferencia entre la mayonesa y la tortilla, tus jefes están sonados.
—¿Así? Mirá vos. ¿La matemática te da patente de pitonisa? Te doy un dato, para que hagás tus cuentas: les dije que Rawson va a durar lo que un pedo en el viento.
—¿Así les dijiste? La nena escucha, guarango.
—La nena también se tira pedos —Amanda rió desprejuiciada.
—Como acabo de decirte, les dije que Rawson iba a durar un “pedo”. Ni siquiera un pedo, apenas un pedito —Miguel se vanagloriaba de su afirmación mientras hacía un ruidito con la boca. Amanda imitaba desde su pieza la onomatopeya.
—Mirá vos… sos adivino… Y le enseñás a tu hija cualquier cosa. Oíme, Parravicini, todavía no fuiste a bombear agua.
Miguel se asomó hacia donde estaba Amanda y sonrió cómplice con su hija. Hizo el gesto de subir y bajar la manija de la bomba de agua y agitaba su dedo índice negativamente. Amanda, moviendo la cabeza de arriba abajo, respondía que sí, que tenía que ir a cargar el tanque como lo había ordenado su mamá.
—Nada de adivinanzas, es pura información. Yo soy un hombre muy bien informado. Por eso me ascienden: tienen en cuenta mis habilidades.
—Qué bueno… De vez en cuando podrías mostrarnos alguna. ¿Y quién viene después?
—Ramírez.
—¿Ramírez?
—Ramírez.
—Y entonces andá a ver a Ramírez —Anita sacó del bajomesada una enorme sartén de hierro fundido y la apoyó sobre la cocina económica—. Por ahí él te asciende de nuevo.
—Ya estuve con él.
—¡Ah, qué vivo! Por eso sabés que al otro lo van a volar enseguida.
—Tres días —Miguel indicó con sus dedos el número tres—. Este se llama Castillo —señaló el pulgar de su mano derecha—; este se llama Rawson —mostró el índice—; y este se llama Ramírez —tomó el dedo mayor—. A este gordito que se llama Castillo se lo va a comer este que se llama Rawson. Y a este que se llama Rawson se lo va a comer este que se llama Ramírez.
—Pero te falta algo, adivino de tres dedos.
—¿Qué me falta? —preguntó Miguel, sin disimular su disgusto.
—Dos dedos. Los que se van a comer a Ramírez.
—¿Y vos cómo sabés? —Miguel, curioso, miró a Anita con suspicacia.
—Porque yo estuve con los otros dos dedos que te faltan.
—¿Y de dónde estuviste con esos dos dedos?
—Porque yo calculo el futuro en términos matemáticos, justamente para amigos de esos dos dedos. A los militares les encantan los números, y cuanto más grandes, mejor. Es como ir a la guerra, pero sin riesgos.
—¡Bueno! ¡Bueno! ¡Ese sí que es un progreso aritmético! Entraste en la gran política, entonces —exclamó Miguel con ironía.
—¿No dicen que no hay dos sin tres? Bueno, yo te digo que no hay tres sin cuatro, ni cuatro sin cinco. Así que agarrate los dedos que te faltan, porque esos que vienen son los más importantes.
—Mañana te hago una cita con Ramírez.
—Tengo peluquería, estoy ocupada.
Miguel rió nuevamente con entusiasmo. Amanda volvió a sobresaltarse.
—¿Y ahora qué pasa, papá? ¿Qué hicieron las hormigas esta vez?
—¡¿Hormigas?! —Miguel gritó al tiempo que alzaba muy alto a Amanda—. Dedos, muchos dedos.
—¿Dedos? —Amanda preguntó sorprendida.
—Muchos dedos en un plato hacen mucho garabato, Amanda… —Anita le dijo con delicada voz, mirando de soslayo a Miguel.
—Tengo hambre, mamá —la niña reclamó la comida.
—Hago la tortilla y pongo los bifes —la niña celebró la noticia.
—Alcanzame la plancha que está en el mueble debajo de la pileta.
Con esmero y mucho cuidado, Amanda sacó del bajomesada una plancha acanalada para bifes, tan pesada que necesitó auxilio para levantarla. Miguel se agachó hasta ella y la ayudó a alzarla hasta el mármol de la mesada de la cocina.
—Vos, amigo de las hormigas —Anita señaló a Miguel—, a bombear. Después ya no se va a poder porque se congela el caño. Cuando volvés, prendé la estufa a vela para calentar un poco la pieza de Amanda. Yo pongo a calentar arena para la bolsita de dormir.
El hombre, resignado, se calzó la boina, un gabán de cuero crudo con piel de cabrito por dentro, y buscó sus guantes de piel. Llevaba calzoncillos largos bajo el pantalón de pana que lo protegía del frío intenso de la helada.
Salió al descampado y, sin perder tiempo, se escuchó subir y bajar con fuerza y velocidad el émbolo de la bomba que mandaba agua hasta el pequeño tanque sostenido por una alta torreta, algo por encima del techo de la casa.
Amanda sonreía abrazada a la madre. Sin razón aparente, besó el vientre de Anita como quien descifra la promesa de una maternidad próxima que cambiaría la fisonomía de la familia para siempre.
***
“Autobiografía en secreto de Amanda Da Silva.” – Hoja N° 3
La niña es música. Pura música. Suena como una cuerda que pulsa el destino. Es un prodigio, aunque nunca pronuncio esa palabra: lo excepcional, a veces, puede ser considerado pecado. Y por supuestos pecados se sufren castigos de los que mejor ni hablar.
El talento lo heredó de su madre, que la puso al piano casi como un juego infantil cuando apenas tenía tres años. Hice traer otro piano a la casa: un vertical que compró un soldado para mí con dinero de mis ahorros. Aquí no tengo gastos, todo me es provisto sin mezquindad, aunque sin lujos.
No fue fácil conseguir el permiso, pero conozco los caprichos de la burocracia al detalle y sé cómo ser persuasiva cuando me lo propongo. A los burócratas les gustan los informes, las planificaciones extraordinarias, la adulonería que los hace sentirse importantes. Después lucen sus papeles como medallas ganadas en combates que jamás han librado, sin haber oído nunca el ruido que hace una bala al incendiarse en el alma del cañón.
Los destinados subieron con cuidado extremo el piano hasta el lugar donde ya estaba el otro y los colocaron uno junto al otro, de modo que madre e hija quedaran en la misma línea y pudieran mirarse los rostros sin dificultad. Tocan sus músicas al mismo tiempo. La casa se llena de sonidos y nos envuelve en melodías, frases y armonías.
La madre, cuando toca, solo mira a la niña, como si el teclado fuera parte de su anatomía, como si llevara las teclas en sus dedos y fueran ellas las que hacen ir y venir, subir y bajar las manos con naturalidad. La niña escucha, repite, memoriza sin dificultad. Luego aparece su impronta, como una sorpresa entre las notas: sensible, apacible y poderosa cuando la composición lo exige. Posee una clara inteligencia musical, lo que a su edad es un raro privilegio.
La señora, cuando vio el nuevo piano, quedó tan sorprendida que no pudo hablar durante un buen rato. Luego discutimos, como es habitual. Es un entretenimiento. Si la peleo, le vuelve el color al rostro, que suele ser blanco, casi transparente, exangüe. Ella me grita “¡bruta!” y se marcha oronda, como si ese calificativo fuera un salvoconducto al bienestar.
Cuando no la asaltan sus fantasmas podemos entendernos con humor. En cambio, cuando sus monstruos arrebatan su mente, la locura se abre paso y todo se desquicia. La niña, entonces, escapa hacia ningún lado y se deja caer en los rincones oscuros de la casona, como si allí encontrara refugio seguro. Parece poseída mientras reclama contra unas babas de diablo que la atenazan hasta asfixiarla.
Alguien grita abominaciones desde una habitación en los altos de la casona y se escucha girar como un trompo metálico que silva al rozar su punta contra las baldosas de dibujos arábigos. Parece el baile de un cuchillo, la danza de un filo que se anuncia, el extraviado girar del tambor de un revólver. Luego baja por las escaleras como el ánimo de una sombra espesa, hasta resultar sofocante. Todos nos recluimos en silencio. El silbido se torna más filoso y lastima de solo oírlo.
Entonces solo puedo tapar mi cabeza con la almohada para ahogar esas monotonías artríticas que desfilan arrastrando sus desvíos por los pasillos de la planta superior. La víscera del odio late y la sangre fluye caliente. Bastaría una sola palabra para acabar con todo. Pero el hombre me repite siempre, severo: “lo único que podés hacer es rezar”. Aun así, rezar es un atajo que no calma.
***
III
Amanda
Amanda era pequeña, parecía frágil, pero no lo era. Su cabello castaño lucía bucles con reflejos rojizos que giraban lenta e ininterrumpidamente. Esos destellos helicoidales, imposibles de saber si iban o venían, alumbraban su frente, limitada por dos delicadas líneas que dibujaban sus cejas. Nadie podía decir si eran pintadas o no: describían su curvatura con extraordinario detalle, como acuarelas, cada trazo un cabello dispuesto con exquisita proporción.
Los ojos eran oscuros, con algo de luz y algo de noche, de agua torrentosa y de áspera tierra desplegada, relámpago compacto y martirio. Ojos como ningunos: redondos gotones de uvas negras, luciérnagas de cuarzo que destellaban y encandilaban si se los miraba fijamente, como un horizonte de metales. Esa intensidad la acompañó hasta el último momento de su vida y muchas veces fue el elixir pacificador al que el Ilustre acudía en días de desasosiego, cuando dudaba si encontraría vientos propicios para que la enseña patria flameara sin declinaciones.
En los párpados, pestañas bordadas que alargaban sus brillos ciliados como joyas ofrecidas a la sorpresa. La nariz, pequeña, semejaba un grano de cereal maravilloso, aún larvado, sin germinar, flanqueado por el noble ópalo de sus mejillas redondas de muñeca. Debajo, la boca: leves labios de amatista, cándidos y sugerentes, que descendían en un imperceptible rictus de somnolencia, torciendo con gracia las comisuras.
Su cuerpo estaba bien proporcionado, aunque solo era una niña. Al crecer no perdería esa armonía: torso breve, caderas que prometían, piernas no demasiado largas, pies inquietos que iban de aquí para allá por voluntad propia, arrastrando a la niña detrás, siempre apurada, deslumbrada de juegos fabulosos. Pero lo que más destacaba en Amanda no era su aspecto, sino su curiosidad: una punta de flecha afilada que disparaba su boca sin aviso, y a la que su padre temía con sobradas razones.
Así, mientras la niña se balanceaba indiferente, posando distraída, despachó su interrogante que impactó de lleno en la inseguridad paterna. Miguel dejó de lado lo que pensaba y, desorientado, intentó pronunciar una respuesta más o menos satisfactoria. No encontró palabras, aunque hurgó hasta el fondo de sus explicaciones.
—Eeeeehhh… —dijo monosilábico, casi onomatopéyico y perdido. En su cabeza sonaba el eco de la duda alargando la letra “e” como una clarinada de combate perdido de antemano.
Cavilando, se interrogó a sí mismo en voz alta:
—¿De dónde vienen los niños? ¿Qué te puedo decir?
Buscó un atajo salvador.
—¡Qué te puedo decir, Amanda!
—Lo que te pregunto, papá —machacó la niña—. ¿De dónde vienen los niños? ¿De dónde? Eso me podés decir…
En cada oportunidad que preguntaba, miraba primero a la madre, que sabía eludir su mirada con la propia, no menos inquietante, y luego al padre, a quien los ojos de su hija le pesaban como el mismo cielo que Atlas debió sostener tras la derrota de los Titanes.
Miguel quiso demostrar serenidad, pero su rostro se encendió sofocado y unas diminutas gotas de sudor cayeron de su frente, haciéndole sentir pudor por el aspecto indefenso que adquiría al oír aquella pregunta. Amanda captó con facilidad el cambio de ánimo de su padre y eso la estimulaba a insistir.
—¿De dónde vienen los niños? ¿De dónde vienen los niños? ¿De dónde vienen los niños?
Repitió la pregunta sobre ese asunto que la inquietaba como un fermento que brotaba de la intimidad de los tejidos, y que hacía ya algún tiempo daba vueltas por su cerebro. Ya no era una simple curiosidad que podía eludirse con un gesto despectivo, como otras veces sus padres se desentendían de esos interrogatorios inesperados.
Volvía tres veces con su pregunta. Siempre repetía tres veces aquellas que para ella tenían trascendente importancia, una costumbre que sus padres no podían explicar. Lo atribuyeron a una manía extraña para una niña de tan corta edad. No solo lo hacía de ese modo, sino que en cada oportunidad su voz sonaba más fuerte —aunque sin transformarse en grito—, exigiendo casi impertinente una explicación a quien dirigía su demanda.
Si no había respuesta, cada pregunta iba acompañada por un saltito hacia adelante, sobre un solo pie, como si jugara a una rayuela de la que los adultos eran apenas espectadores abrumados por su incapacidad de responder sobre un asunto tan humano. Para Amanda, ese impulso daba más vigor a su reclamo.
Sobre un pie, los bracitos extendidos suplicando, las manos abiertas ofertando sus filiales caricias, quedaba de su padre a la muy breve distancia de un suspiro. El hombre, confundido, humedecía sus labios con la lengua para aplacar una sed nacida de la zozobra. Oía la frecuencia de la respiración algo turbulenta de la niña y captaba esa vibración inquisidora que Amanda compartía con su madre, quien también sabía echarle encima sus preguntas como pequeños perros garroneros cuando quería una respuesta exacta sobre algún asunto de la casa, del trabajo o de la política.
La prepotencia en la voz se hacía más significativa, hasta alcanzar un tono monacal, raro para una niña de tan corta edad que tenía esa voz blanca, aguda, propia de los infantes. El alboroto inquisidor sonaba como la voz de cáscara reseca del cura párroco del colegio de monjas en sus interminables misas en latín, sermones llenos de abominaciones cavernosas y aullidos rojos y naranjas del averno.
La turbación del padre iba en aumento, pero eso no la conmovía: la estimulaba. Padre e hija quedaban frente a frente, una expectante y el otro mudo, ambos tomados de las manos en una especie de tregua necesaria.
El sol entraba por el amplio ventanal que daba a la galería de baldosas casi blancas con delicados arabescos rojos, calentando el comedor con la indecisión propia del otoño. Afuera, las hojas parecían pájaros amarillos que iban de aquí para allá batiendo sus alas nerviosas en la cámara nupcial de un cielo azul, donde las nubes trenzaban delicadas hebras blancas. Las preguntas se filtraban hasta el fondo de unos pinos que apenas se inclinaban simétricos, empujados por un húmedo viento en dirección a la laguna, siempre con rumbo norte.
Amanda ponía sus ojos sobre los del padre, advirtiendo que iba a reiniciar el oratorio de las preguntas incómodas, y canturreaba provocativa, con voz suave y melodiosa:
—¿De dónde vienen los niños?
—¿De dónde vienen los niños?
—¿De dónde vienen los niños?
Toc-toc-toc: tres golpecitos delicados con su pequeño puño en la gran puerta de las vacilaciones patriarcales. Toc-toc-toc. ¿Hay palabras ahí? Silencio, solo silencio. El padre estaba ausente de palabras.
La niña torció la cabeza hacia la derecha, decepcionada de la repentina mudez de su querido padre. Entonces hurgó las pupilas marrones de Miguel con las propias, tan oscuras como lobos negros al acecho. Percibió que sus defensas estaban al caer y suponía que pronto podría avanzar por el puente del silencio hacia el reducto fortificado donde se hallaba secuestrada la verdad que reclamaba.
Sin embargo, ni aturdido por un gualicho ni por el embrujo de esos ojos de arcilla negra, jamás revelaría lo que para él era un secreto vedado de la biología humana, al que las personas solo accedían ya entrados en años, cuando el sexo pasaba a ser un misterio de a dos. Era imposible que algo deshiciera su voluntad paterna de quedarse en silencio. Jamás respondería esa pregunta repetida tres veces y otras tantas más, porque simplemente no sabía cómo hacerlo.
Y no encontraba mentira alguna que a él mismo le resultara convincente. “Los trae la cigüeña”, se explicó en silencio. “¿La cigüeña?”, se interrogó. “Ridículo”.
¿Qué cigüeña volaría desde el país de no se sabe dónde hasta ese pequeño reducto bonaerense apenas habitado por dos familias en sus modestas casas?
En los fondos de las leguas bonaerenses, donde habitan proletarios y empleados de recursos medidos, no había cigüeñas ni las habría nunca. Había chorlitos, jilgueros, cardenales, loros multicolores y cotorras parlanchinas y gritonas: todas aves pequeñas, incapaces de llevar colgando de sus piquitos un bebé humano. Cigüeñas suburbanas jamás las hubo ni las habrá.
Miguel agitaba la mano procurando espantar a la mítica ave ante la sorprendida mirada de Amanda, que no adivinaba la razón de los manotazos que su padre tiraba al vacío. Menos aún sospechaba que esas manotadas buscaban ahuyentar a las zancudas de plumas blancas, patas rosadas y picos encendidos, entreveradas en sus pensamientos.
“Una semilla”, pensó que podría ser una buena respuesta. “¿Una semilla?”, se cuestionó de inmediato. “Sí, una semilla pequeña, una semillita”, se respondió con ganas, hasta parecer convincente. ¿Y dónde se pone esa semilla? ¿Dónde? “¡En el amor de la madre!” Se alborotaba. Buena respuesta: dónde sino en el amor de la madre.
“¿Y dónde queda el amor de la madre?”, se interrogó decepcionado. ¿Dónde? “Extravagante”, concluyó. Una semilla demasiado estrafalaria. “¿Qué clase de semilla germina un niño?” Era un salto a la ciencia ficción, a la que Miguel —Frankenstein mediante— no era para nada aficionado. Por otra parte, esa respuesta sería el pretexto de otra serie interminable de preguntas: “¿Qué semilla, papá?”, escucharía apenas formularla. “¿De dónde salió la semilla?”, sería el siguiente interrogante. Y el remate lo pondría a balbucear como hacen los infantes al comienzo del habla: “¿En qué lugar de mamá se pone esa semilla? ¿En qué lugar de su cuerpo está alojado el amor de mamá? ¿Y quién la pone? ¿Y cómo se pone? ¿Y por qué? ¿Y por qué? ¿Y por qué?”
Nada de semillas mágicas, nada. ¡Nada de semillas!
Amanda, indulgente, lo acariciaba con una ternura que hasta podría hacerlo lagrimear contra su voluntad. Ella se tomaba su tiempo para estirar el suplicio del interrogatorio. Sabía —no importa cómo— que se adentraba por una gruta de asuntos muy humanos. Había visto otros niños pequeños, bebés en brazos de otras madres, y nunca sintió curiosidad sobre el origen de cada uno. Pero cuando el acontecimiento llegó hasta su madre se volvió arterial, y desde entonces reclamaba su respuesta.
Intuía un suceso extraordinario, pero solo encontraba por confesión esos silencios paternos que tanto la intrigaban y hasta le provocaban una rabia furibunda, convocándola a recriminar contra ese mutismo que no provenía de la ignorancia, sino de un suburbio en donde las verdades eran prisioneras de prejuicios tan poderosos como las rudas tormentas que azotaban el paisaje del villorrio de tanto en tanto. Era el suburbio de la verdad, donde la mentira se pavoneaba agorera y alardeaba sus embustes metafísicos.
Acosado, Miguel solo atinaba a toser un catarro propio de los viejos fumadores de cigarros Avanti, que llevaban en las gargantas unas ronqueras toscas que sonaban como al raspar dos trozos de carbón de piedra. Tosía y tosía como si le extrajeran el oxígeno vital hasta del último alvéolo. Luego pensaba en una mentira, absurda, completamente absurda. ¡Nada de cigüeñas! ¡Nada de semillas! Una mentira del tamaño de una fruta, pero se atragantaba con ella cuando estaba por decirla, y allí quedaba, obturando la glotis, percutiendo siniestra las dos cuerdas vocales de la mentira.
Le quedaba un último recurso: frotar su cara con las manos en un acto reflejo que Amanda conocía a la perfección. Era el momento previo a ordenar a la niña irse a su cuarto y no molestar más con sus preguntas. De paso borraba con las manos las muecas de incomodidad que quedaban caprichosas estampadas en su rostro y las reemplazaba con una mueca de incredulidad poco creíble. Los ojos descifradores de la hija lo sometían a una incomodidad que no sufría ni siquiera en su trabajo, cuando algún superior le reclamaba una distracción o un error en sus informes.
Luego empezaba a rascarse la cabeza como maldecido por una alergia interminable. La hija sabía de la comezón que le producían ciertas preguntas.
A esa altura del fracaso, el hombre esperaba que lo salvara, aunque fuera a los apurones, Anita, quien sí sabía salir de cualquier atolladero como nadie. Ella lo miraba con picardía, hasta con cierta conmiseración, cuando abandonaba las operaciones matemáticas incrustadas en la planilla de cálculos que llevaba a todas partes como si ya fueran parte de su anatomía.
Como era de esperarse, la madre se mantenía inmutable y retomaba la resolución de operaciones complejas, números nigromantes que se presentaban al mundo común como acertijos sagrados llenos de misterios imposibles. No se dejaba distraer por el oratorio de las tres repeticiones de “¿de dónde vienen los niños?”, y menos se amilanaba por la mirada intransigente de la pequeña. La suya, cuando se lo proponía, era fría como un estanque helado y dura como un diamante de odio.
Quiso gritar: “¡Pero sí es una niña, Miguel! ¡Por Dios! ¡Si es apenas una niña! ¿Cómo te puede controlar una criatura que no tiene aún ni siete años?” Pero callaba, seguía atendiendo los enigmas matemáticos que su superioridad no podía ni sabía develar.
Cuando finalmente se oyó su voz, tanto la hija como el marido quedaron paralizados, como si un conjuro extraordinario los hubiese dejado suspendidos. La niña, atenta a la respuesta; el hombre, a la salvación que presumía estaba por ofrendarle su esposa.
—Los trae el doctor en su maletín de médico —dijo Anita, mintiendo con tal descaro que hasta sorprendió al propio Miguel, que desesperaba una respuesta.
Amanda se volteó para observarla. “¿Los trae el doctor en su maletín de médico?”, se preguntó intrigada. Desconfió por instinto de la respuesta, pero comprendió que no tenía manera en ese preciso instante de comprobar si su madre le estaba diciendo la verdad o burlándose de ella, como solía hacer en ciertas oportunidades.
Y llegar a la verdad no sería nada fácil, sospechaba. Hurgar los bolsillos y las carteras de los mayores era una habilidad que poseía la niña y que había puesto a sus padres en más de un apuro. Allí se había topado con souvenirs extraordinarios, de formas y colores variados, que las más de las veces ningún adulto reconocía como propio.
Pero revisar la cilíndrica valijita del médico y develar la incógnita era una empresa no solo muy difícil, sino hasta peligrosa. Los maletines de doctores podían esconder misterios reservados solo a ellos y a los que no debía nunca asomarse una niña de su edad. Utensilios sospechosos, aparatos sofisticados, instrumentos reservados al conocimiento médico, pociones milagrosas de vida y, por qué no, hasta de muerte. Elixires para el amor, pócimas para el odio, pastillas para el olvido, ungüentos para el recuerdo: todas sublimaciones de la ciencia hipocrática, tan alejada de las preocupaciones de una niña curiosa.
Por otra parte, rara vez él se desprendía de su bolso, al que mantenía asido con su pequeña manito como si llevara del cogote a un animalito tubular. Una vez que ingresaba a la habitación para auscultar a Anita, cargando su maletín, no había ninguna posibilidad de curiosear el contenido. La puerta del cuarto del matrimonio se cerraba, y lo que allí ocurría era un secreto entre ella y el médico. Un secreto que desesperaba a Amanda, pero al que le estaba expresamente prohibido siquiera asomarse.
Imaginó escurrirse hasta encontrar refugio debajo de la amplia cama matrimonial y allí monitorear la posición del bolso, que súbitamente había adquirido la solemnidad de una vasija ritual, y lograr, aunque más no fuera por un instante fugaz, dejar caer sus ojos hacia las entrañas del misterioso neceser en donde seguro se arrellanaría su hermano sobre blandos almohadones de fundas de color celeste y finas sábanas de hilo bordadas con primorosos angelitos y hasta flores en el mismo tono.
La niña solía recibir al hombre con abrazos y besos en cada oportunidad que llegaba y que él festeja con sinceridad. Pasaba por atenta, pero lo suyo no era amabilidad, era puro interés. El hombre la saludaba con ternura sin sospechar, aparentemente, las verdaderas razones de su cariñoso recibimiento.
—Hola Amanda –le decía sin sacarle los ojos de encima mientras acariciaba su cabeza.
—Hola doctor. ¿Va a ver a mi mamá?
—Así es. ¿Todo bien? ¿La cuidaste? –preguntaba con ternura.
—¡Claro! –respondía seria y decidida, aunque no estaba muy segura de cuánto la había cuidado en los últimos días. Se distraía con facilidad jugando con sus cajillas de cigarros y sus muñecos rellenos de fea estopa.
—Me alegro que la cuidés tanto. Seguramente tu hermano o hermana también habrán de estar contentos con tus cuidados. –La felicitó con cierta solemnidad y la siguió por el caminito de cemento que los levaba hasta la casa.
—Hermano –Amanda afirmó rotunda sobre el sexo del bebé–. Hermano –repitió sin dudar.
—¿Hermano? ¿Tan segura estás? ¿Yo no estaría tan seguro? Puede ser una nena, como vos. –El doctor la invitó a dudar de su afirmación. Amanda sintió una picante curiosidad. ¿Habrá visto dentro de su maleta que no se trata de un varón? Le resultaba inaceptable que ella estuviera equivocada acerca del sexo.
—Hermano. Será varón. Yo sé que será varón –el hombre se encogió de hombros y sonrió–. Lo que no sé es cómo se va a llamar. ¿Juan? ¿Le parece lindo nombre a usted?
—Eso tenés que preguntarle a tu mamá. Yo solo traigo bebés al mundo, no les pongo nombre ni los bautizo.
Amanda quedó fuertemente impresionada. Esas palabras “yo solo traigo bebés al mundo” la dejaron casi perpleja. “¿Cómo los trae?”, se preguntó, “¿en esa pequeña valija?” Tal vez resultaba muy cierto lo que su madre le dijo sobre las virtudes extraordinarias de ese maletín que visto desde afuera no parecía muy significativo.
Amanda, que parecía un lazarillo conduciendo al visitante hacia la casa, empujó la puerta de entrada que estaba semiabierta. El doctor era un hombre corpulento, al pasar por la puerta parecía ocupar todo el ancho y el alto de la abertura. Alto, muy alto, y desde la perspectiva de Amanda parecía aún más de lo que en realidad era. Amplia la espalda, redondos los hombros, musculosos los brazos, macizo el cuello. Sin embargo, su cabeza era de un tamaño indefinido. Si se la observaba de frente parecía enorme, pero por los lados se aplanaba hasta tornarse demasiado delgada para el volumen del cuello y los hombros que la sostenían. El piso de pinotea crujía bajo sus pies quejándose del peso del visitante.
La niña daba vueltas alrededor suyo en una especie de ritual que para cualquier observador ocasional podría resultar desconcertante; se detenía primero mirando de frente esa cabeza y, seguido, a los costados. Trataba de comprender ese acertijo que le presentaba el cráneo, aquel que mudaba de forma con solo desplazarse unos pasos a su alrededor. Al cabo de un rato, el doctor sacudía intencionalmente su cabeza de manera exagerada, acentuando aún más esa metamorfosis que inquietaba a la niña que observaba su cabeza mutante. Nunca se disgustaba por esa agobiante observación a que era sometido. Y no era esa la primera vez, ni sería la última, que le ocurriría. Él mismo en ocasiones notó ese extravagante fenómeno, pero se consolaba al atribuirlo a una ilusión óptica, seguramente producida por su desprolija cabellera blanca que caía casi hasta sus hombros, y por ciertas iridiscencias que su piel hacía al recibir la luz en determinado ángulo. Sus marcadas arrugas contribuían al desconcierto de esas mutaciones.
Cuando la cabeza era vista de frente, los ojos resultaban algo pequeños. Vistos de lado, se asemejaban a los de los peces, y siempre se tenía la sensación de que él podía moverlos con independencia uno del otro, como los camaleones. Sus orejas eran medianas y algo arrepolladas; el pabellón de ambas describía un repulgue desprolijo. Pero su nariz sí que era grande. Solo el tupido bigote, bifurcado hacia arriba, disimulaba un poco la voluminosa punta del tamaño de una ciruela, que lucía el mismo color morado de esa fruta, más aterciopelado y surcado de pequeñas venas rojas que amenazaban saltar hacia el observador en cualquier momento de distracción.
Los labios eran carnosos y parecían siempre resecos. Tal vez por eso insistía en mojarlos con su lenguaza carnosa y rosada, que los repasaba en uno y otro sentido de manera invariable: primero el superior, luego el inferior, para guardarse después en la cavidad de su boca, que adquiría una profundidad significativa por efecto de la oscuridad que se guarnecía en ella. Su mentón era cuadrado y prominente, saliendo hacia adelante, con un pequeño hoyuelo justo en el punto medio, cuya perfecta redondez y exagerada profundidad distraía a quien lo observaba.
Pero lo que Amanda no podía dejar de observar, aunque se lo propusiera —y por ello había recibido más de un tirón de orejas—, eran las manos del hombre. Brazos de fortachón, pero manos de enano: muy pequeñas, desproporcionadas, un error desprejuiciado de su anatomía, una confusión antropomórfica entre manos diminutas y brazos hercúleos.
Los dedos pequeños y rechonchos culminaban en uñas rosadas que lucían un borde muy blanco, como si alguien les hubiese pintado con esmero una línea delicada.
Luego de remangar la camisa y exponer sus gruesos y velludos antebrazos, lavaba en repetidas oportunidades sus manos en el lavabo del baño, con enjundia y un pequeño cepillito que sacaba de su increíble maletín doctoral. Las lavaba del derecho, del revés, de costado. Lavaba los pequeños dedos con dedicación extrema. Cada dedo, cada vez. Entre cada uno de ellos, con especial cuidado. Y luego cepillaba las uñas, una por una, empezando por el meñique derecho, pasando al izquierdo, y así con todas. Amanda lo observaba con descaro.
—Antes de tocar al bebé, lavate siempre bien las manos. No bien: ¡muy bien! ¡Como nunca antes! —la niña aceptaba la orden porque encontraba razonable higienizarse para tocar a su hermano.
Le llevaba un largo rato el aseo de sus manos. Luego, más arriba de las muñecas, emprendía con igual dedicación la limpieza de los antebrazos. Era un ritual interminable: tenían un diámetro exagerado, surcado de músculos rígidos que mostraban que en su juventud se había dedicado a trabajos pesados, quizás para solventar sus estudios. Luego volvía a lavar las manos ya lavadas.
Toda esa higiene la realizaba antes de entrar a la habitación donde lo esperaba Anita. Para auscultarla, usaba unos hisopos de algodón hidrófilo, como si no quisiera tocarla con sus propias manos. Uno estaba empapado en alcohol medicinal, el otro no. Parecían dos grandes fósforos de madera, pero con la cabeza hecha de algodón blanco y refinado.
Apoyaba el hisopo empapado en alcohol en el vientre cada vez más redondo, bajaba hasta la entrepierna y se detenía. Entonces apoyaba el seco y lo movía con delicadeza de un lado a otro, de arriba abajo. Estaba serio, como quien mira una foto conocida desde una posición de privilegio. Luego ponía los hisopos en un recipiente de vidrio y cerraba el envase con fuerza, con una tapa metálica oscura, de la que escapaban los bordes de una gasa que protegía la boca del frasco.
Sin que se sepa de dónde, extraía como por arte de magia unos gruesos guantes de látex, que calzaba con precisión. Palpaba la entrepierna, ladeando levemente la cabeza hacia la izquierda, hasta convencerse de que todo estaba como esperaba, sin mirar en dirección al cuerpo de Anita en ningún momento. Satisfecho, exhalaba con convicción el aire de sus enormes pulmones y sonreía.
—Todo bien, Anita —es todo lo que decía. Y Anita suspiraba con emoción.
Cuando dejaba la habitación y se preparaba para partir, nunca lo hacía sin antes lavarse las manos con la misma dedicación que al llegar. Luego de lavarlas con otro pequeño cepillo, más voluminoso, que extraía de entre los secretos de su bolso, las empapaba en alcohol, rociado con un perfumero de vidrio verde jade que impregnaba la casa con su aroma particular.
Después del ritual, observaba metódicamente las uñas de borde blanco, mirándolas desde arriba, de frente y del revés, solo para cerciorarse de su higiene.
En más de una oportunidad, mientras hacía esto, con el rabo del ojo descifraba la mirada de Amanda, que observaba a la distancia la boca abierta del oscuro maletín. Como si no diera importancia al examen obsesivo de la niña, volteaba cada tanto procurando parecer distraído y le sonreía cómplice. Amanda sospechaba que el hombre sabía qué busca indiscreta.
Cuando ocurría ese juego de miradas, el espeso bigote blanco parecía moverse con mayor independencia que otras partes de su cara. Sus puntas se erizaban hasta afinarse como extraordinarias antenas de insecto, aptas para el tacto y el olfato, y hasta para escuchar el más imperceptible capricho de una niña de cabellos enrulados, ojos oscuros y nariz respingada. Por ellas captaba los cambios en el clima de la casa y hasta en el ánimo de su pequeña anfitriona, que deseaba tomar de un golpe las dos manijitas del maletín y salir corriendo para ver, de una buena vez, el aspecto maravilloso de ese hermano prometido de alegrías.
Pero no todo era decisión en ella, y el doctor comprendía su vacilación, aunque no la naturaleza de la misma. Amanda dudaba de cómo tomaría su hermano esa incursión prohibida, tan repentina como intempestiva, de una curiosa de menos de siete años. Consideraba que Juan —o como fuera a llamarse— solo debía descansar orondo allí dentro, a resguardo de cualquier contingencia (incluida la curiosidad de la hermana), durante nada más y nada menos que nueve meses.
¡Nueve meses! Le había dicho su mamá que se tomaba el doctor en retirar al niño del bolso y entregarlo a los padres, con la condición de que lo cuidarían de la mejor manera. Eran nueve seguros y apacibles meses en que el fulano estaría sereno y a resguardo de miradas indiscretas de parientes y desconocidos, confiando en la pertinaz vigilancia del médico, en su sabiduría y también en esas pequeñas manos que, a pesar de su tamaño, infundían seguridad.
¡Nueve meses!, le aseguró ese mismo hombre de bigotes inmensos y cabellera blanca que poblaba desordenadamente su cabeza, para depositar al niño en los delicados brazos de su madre. Pero Amanda no podía recordar nada vinculado a ese extraordinario suceso. Cuando trataba de hacerlo, una extraña congoja la asaltaba, imaginándose allí dentro, sin mucha luz ni aire fresco, dentro de ese pequeño tubo de cuero.
¿Cómo era posible que un hombre, por el solo hecho de poseer esa pequeña y extraordinaria maleta marrón, pudiera hacer esperar ¡nueve meses! para entregar a los padres al hijo esperado? ¿Nadie podía intervenir para acabar con la tiranía de ese señor que ostentaba su tupido bigote de retorcidas puntas y que parecía crecer cuando ella lo observaba hasta hacer desaparecer los gruesos labios? ¿Por qué no dos meses, o tres, a lo sumo?
—Nada que hacer —dijo su madre, contrariándola—. Hay que esperar nueve meses completos. O cuarenta semanas. O nueve lunas.
Cifras que a Amanda le sonaban extravagantes. Y la advertía, frunciendo el ceño, que si alguien se atrevía a revisar su maletín, el doctor bien podía decidir que, en lugar de nueve meses, fueran diez u once.
—Así que es mejor que te alejes de los misterios del maletín, Amanda —recomendó Anita, y agregó amenazante—: los médicos suelen ser muy severos con sus pacientes, y en especial cuando se trata de un nacimiento. Pero son mucho más celosos de los secretos que guardan en sus maletines.
La niña se encogió de hombros como si no le importara la advertencia, pero la tomaba muy en serio. Lejos estaba en su ánimo de cargar con la responsabilidad de retrasar la llegada del hermano o de develar algún misterio médico que debía permanecer desconocido para ella. Eso sí: quería saber por qué el vientre de su madre crecía semana a semana, ¡y hasta por día! No encontraba verdadera relación entre el maletín del médico y ese abultamiento de perfecta lisura que empezaba a crecer y atraía su curiosidad tanto como los secretos del neceser.
Tenía bastante con un interrogante extraordinario. ¿A qué agregar otro?
***
“Autobiografía en secreto de Amanda Da Silva.” – Hoja N° 4
Miro por mi ventana el párpado frenético de la luna, abrir y cerrar, iluminando el ovillo de pedernal que surge de unas sombras peregrinas. Debajo de mi ventana escucho el rumor de la tropa, mateando escalofríos de cuentos y misterios. Saben que los observo, pero ellos no me miran: lo tienen prohibido. Portan sus máscaras de obediencia ciega, de colores agónicos, y me ignoran. Aunque uno de ellos, insistente, me recuerda.
***
IV
El maletín
Amanda no tenía la menor duda de que el doctor había dejado a propósito el neceser a su alcance, abierto como un extraordinario animal despanzurrado, invitándola a curiosear en su enigmático interior. ¿Una tentación planificada por aquel hombre, dispuesto a poner a prueba su capacidad de obedecer las órdenes maternas? No sabía qué pensar. Disciplina y curiosidad se excluyen mutuamente la mayoría de las veces.
Mientras mordisqueaba sus labios sin lastimarlos y frotaba nerviosa sus delgados dedos, calculaba sus sentimientos. Su corazón latía acelerado y la sangre en su torrente llevaba un calor que sonrojaba sus mejillas. Movía la cabecita de un lado al otro, acomodando su cabello.
No había nada más urgente para ella que anticipar la imagen de ese hermano que esperaba ansiosa. Hasta lo auparía si se diera la oportunidad. Había visto bebés en brazos de otras madres, pero estaba segura de que ninguno sería como el suyo. Su anhelo por verlo y acariciarlo era tan poderoso que disipaba el temor a las penitencias que sufriría por la posible incursión hacia el cándido misterio del nonato. Ni sabía cuántas veces su madre le había advertido sobre las consecuencias de no respetar la prohibición. Y aunque el doctor nunca le habló del asunto —tal vez porque era apenas una niña de algo más de seis años—, suponía que tampoco se quedaría corto a la hora de reclamar mortificaciones por la violación de la intimidad de esa especie de vasija ritual, de útero pardo, apoyado provocativo sobre el amplio sillón que reposaba como un animal de cuatro patas poderosas, apenas se ingresaba a la casa, en ese espacio de tres metros por lado del living comedor acondicionado como recibidor de visitas.
Solo le preocupaba cómo reaccionaría su hermano, qué sentiría al verla anticipadamente. La sorpresa indebida induce al fracaso irremediablemente. Es un error que nace en los repliegues de un apurón mal decidido. Y no todo puede ser sorpresa. Tal vez la luz parpadeando primordial entre los dominios de las sombras, tal vez las flores con sus resplandores de colores y fragancias, tal vez una música de fragantes acordes mayores. Pero irrumpir ante esos ojos nonatos de manera inesperada… no sabía qué pensar.
Se tomaba su tiempo para resolver qué hacer. Nada de precipitarse para luego llorar por los rincones. Hasta ese momento nunca había debido tomar una decisión trascendente. Apilar sus cajitas de cigarrillos Abdulla, arengar a sus muñecas para que obedecieran sus órdenes, repasar tablas de multiplicar y desmayarse frente al altar para terminar sobre un camastro en la enfermería de las monjas, habían sido hasta entonces todas sus responsabilidades. Abrazada a las piernas del padre, viajar en el tren cargado de pasajeros somnolientos era apenas un juego diario.
Pero ese maletín, con su boca abierta diciendo con voz de donde vienen los misterios “vení aquí, Amanda, a ver a tu hermano”, le planteaba un desafío extraordinario sobre el que meditaba sesudamente a pesar de su corta edad. Meditar los asuntos con profundidad fue una característica que no solo mantuvo, sino que profundizó a lo largo de sus servicios a La Reliquia. Lo único que hasta entonces pudo sacarla de quicio fue el asunto de Guadalupe, que el suboficial “Pérez” se ocupó de acotar, recordándole severo las verdaderas razones por las que estaba prestando servicio en esa mansión.
Pero entonces Amanda era solo una niña, a la que un sentimiento desconocido husmeaba su humanidad como un tejón salido de la espesura de secretos hasta entonces ignorados. Era presa de cierta incertidumbre. Justo cuando creía que estaba cerca de develar ese acertijo que tanto la angustiaba desde semanas atrás, las cosas dejaban de comportarse como de costumbre para confabularse en su contra.
El tiempo no obraba del modo usual: se dilataba hostil, espeso, caprichoso. El piso de cemento coloreado con ferrite rojo del amplio living comedor ocultaba una borrasca bajo los pies de Amanda y se tornaba en una lámina secreta de tamaño planetario, como un árbol espacial, expandiéndose ya no como vapor, sino como testimonio de tierra y piedra que gravitaba poderoso, arrastrándola hacia abajo e inmovilizándola. El tiempo transcurría a diferente ritmo en las regiones de la desobediencia. Era una verdadera contrariedad.
Escuchaba con claridad que no sonaba el simple tic-tac del reloj sobre el estante, por encima del hogar donde aún quedaban restos de la última fogata, bajo dos tulipas coloridas de cristal yugoslavo. Era un tic-tac distinto al de todos los momentos conocidos: viscoso, lánguido, anémico. Se estiraba el tic, sosteniendo la “i” deliberadamente, y luego, cuando el eco apático se replicaba dentro de la delicada caja de la maquinaria, cedía su lugar al tac, gangoso e insoportable. La “a” se alargaba como un aullido surgido de una garganta de rústica alfarería; era una “a” agónica y fastidiosa, gutural.
Estaba apenas a un metro de distancia del tesoro, metro y medio a lo sumo, del mágico maletín. ¡Una distancia tan corta!, casi insignificante incluso para una niña pequeña y menuda como ella. Pero la conspiración del tiempo hacía que el maletín se alejara a una velocidad y una distancia inusitada. Cuanto más se apuraba por avanzar hacia el tesoro, este más se alejaba en medio de los agónicos tic y tac que se dilataban hasta lo extraordinario.
Nadie para socorrerla. Y, por otra parte, ¿quién la asistiría en esa desobediencia? ¿Anita? Jamás: ella misma la había advertido. ¿Miguel? Solo tosería sin detenerse hasta perder la voz con tal de no responder a sus preguntas. ¿Esperar la llegada de la abuela paterna, Eriseta? Inútil. Ella solo daba órdenes y solía no responder a nada. “¿Creen que estoy aquí para escuchar sus preguntas? No se equivoquen —decía engreída—, estoy aquí para que ustedes cumplan mis órdenes.” Y así ponía fin a cualquier diálogo.
El doctor la observaba desde su altura ciclópea. No había pronunciado una sola palabra desde que apareció el diferendo entre su maletín y Amanda. Una de sus pequeñas manos estaba apoyada sobre la boca, escondiendo una sonrisa, y los ojos habían dejado algo de esa forma íctica que los caracterizaba para tornarse cavernosos y profundos.
Prestaba atención al asombro de la niña con gesto sereno y cómplice. Llevaba sus dos manos a la cabeza y se acomodaba la cabellera a cada lado solo por hacer tiempo. Luego, tal vez sediento, pasaba su gorda lengua humedeciendo los labios como era su costumbre. Esperaba sin impaciencia.
No sabía qué buscaba la niña allí dentro, pero lo intuía: entendía que era algo trascendente, por su conducta, por su deslumbramiento. Del bolsillo trasero de su enorme pantalón sacaba un paquete de pastillas Billiken, rebosantes de mentol en pequeñas y picantes hebras blancas. Extraía una, la llevaba a la boca y la movía de un lado a otro con su lenguota. Luego aspiraba con decisión el aire impregnado de mentol y exhalaba satisfecho. El perfume llegaba a Amanda, que parecía salir de su ensimismamiento.
De pie junto al maletín, volvió la vista hacia el lugar donde el doctor permanecía quieto. Los dos se miraron hasta con dulzura. Amanda cerró los ojos y dio el último paso hacia la extraordinaria verdad por la que había preguntado durante semanas. El hombre movió satisfecho la cabeza de arriba abajo y esperó el acontecimiento.
Amanda quedó absorta contemplando el interior. Dejó caer los brazos a cada lado, inmóviles, y las manos permanecieron quietas; tenía el rostro demudado. Sus ojos, tan especiales, se ahondaron en su negrura de manera ostensible. El doctor, desde su distancia, percibió el brillo negro de esas dos uvas increíbles que eran sus pupilas.
Allí dentro no había nada, es decir, nadie. Había instrumentos médicos, varios, sin duda, aunque Amanda no sabía el nombre de ninguno. Pero no había ningún bebé. Ni pequeño, ni mediano, ni grande. Ningún rostro, ninguna alegría, ningún miedo. Nada. Ni siquiera una sospecha de que alguna vez hubiera estado allí, remoloneando sobre un almohadón celeste, cubierto con sabanitas de hilo al tono.
Entonces Amanda levantó la cabeza y miró al doctor. No sabía qué pensar; estaba confundida. ¿Ese hombre le habría robado a su hermanito? Quiso gritar, pero no logró que su garganta se hiciera oír como tantas otras veces.
—¿Qué buscás, Amanda, en mi valija?
La pregunta del doctor le pareció una verdadera insolencia. Era curioso que una niña sintiera ese sentimiento ante una simple pregunta. Consideró que los doctores no podían ser tan insolentes o desfachatados —palabra que su madre repetía cuando hablaba de cierta gente de su trabajo—, y menos ese, que venía a su casa desde hacía tiempo y era portador de un misterioso estuche donde se guardaban los bebés hasta que se cumpliesen los nueve meses, las cuarenta semanas o las nueve lunas.
No dudó ni un instante en preguntar por aquella desgraciada circunstancia.
—¿Dónde está mi hermano? —dijo, recuperando el tono monacal de otros momentos.
El living comedor adquirió un aspecto casi eclesiástico porque el sol se escondió durante un breve lapso tras unas densas nubes. El doctor se rascó primero el mentón y luego la coronilla, tratando de comprender con exactitud el contenido de la pregunta.
—¿Tu hermano? —dijo con cierta vacilación—. ¿Y dónde creés que debería estar?
Intrigado, con los brazos en jarra y las manos apoyadas en la cadera, esperó la respuesta de la niña. Amanda había virado a un color casi morado, presa de una rabia que para ella era muy justificada. Las nubes que tapaban los rayos del sol se deshicieron como simples hilachas de humo a la deriva del viento en las alturas.
—Ahí, en su valija —dijo señalando el maletín médico.
Un gesto indescifrable se apoderó del rostro del doctor.
—¿En mi maletín? —preguntó, sin poder evitar que una sonrisa se dibujara en su boca. Amanda deseaba reprender aquel gesto, pero prefirió continuar interrogando sobre el destino del hermano.
—Sí, en su maletín. Allí, adentro. ¡Allí! En donde lo trae y lo lleva todo el tiempo.
Esta vez el doctor se cruzó de brazos y trató de aparentar que tomaba el asunto con verdadera preocupación.
—¿Y de dónde sacaste que tu hermanito está guardado dentro de mi maletín?
Una pregunta que a Amanda le resultó tan obvia que casi pensó en no responder. Pero tratándose del destino de la familia, respondió con más energía:
—Mi mamá me dijo que usted lo tiene ahí y que se lo trae una vez por mes para que ella pueda ver cómo está creciendo.
El médico volteó hacia la habitación donde reposaba Anita y sonrió desprejuiciado. ¿La mujer estaría escuchando la conversación? Médico de pueblo, en todos sus años de trabajo había oído las explicaciones más risibles, absurdas y hasta atroces para no develar el misterio de dónde vienen los bebés: que los trae la cigüeña, que nacen de un repollo, que llegan en ancas de un viento mágico. Pero aquella invención le resultó extraordinaria.
Imaginó la angustia que padecía la niña cada vez que él llegaba a la casa portando su valijita milagrosa. El deseo reprimido de revisar su contenido para ver a ese ser extraordinario que pronto ocuparía la bella cuna que Miguel había encargado a un carpintero dos estaciones más adelante. Y sospechó también el despecho de Amanda cuando, por fin, pudo asomarse al interior del maletín y solo encontró el estetoscopio, las pinzas, las tijeras, manojos de gasa y algodón, sus perfumeros de alcohol y otras menudencias de su oficio.
Trató de ser claro, pero no cruel. Se agachó para quedar más o menos a la altura de la niña. Como era muy alto, prefirió sentarse en el piso. Amanda lo miró fijamente, aún con los ojos negros llenos de una cólera impensada para alguien de tan corta edad.
—Amanda, tengo que explicarte algo —le dijo procurando que su voz tuviera ternura. Estaba de buen humor, sorprendido por aquel invento materno, más cerca de una risotada franca que de un consuelo paternal. Sin embargo, se esforzó por ser afectuoso y no gracioso. Tomó a Amanda de los hombros y sostuvo la mirada inquisidora de la pequeña como pudo, vaciando su boca de toda expresión risueña. Ella esperaba una confesión satisfactoria, la merecía. No la amedrentaba ni su tamaño ni su título de doctor.
Es seguro que, en ese instante, él hubiese preferido que la propia Anita hiciera el descargo, pero Anita dormitaba indiferente a la revelación de su mentira. De todos modos, ella habría inventado otra mentira aún mayor, insólita, para explicar por qué el niño no estaba donde dijo.
Los bigotes del médico no apuntaban hacia arriba como siempre: pendulaban de un lado al otro, muy por debajo del mentón. A Amanda no la distrajo ese comportamiento desusado de los blancos mostachos que se mecían con independencia uno del otro. Era otro evento extraño, tanto como la dilatación del tiempo o los tic-tac gangosos del reloj sobre la chimenea.
—El bebé, Amanda, como has comprobado, no está dentro de mi valija.
No era la explicación esperada. Ella misma lo había comprobado al asomarse al bolso. Se encogió de hombros, indiferente, y frunció la boca en señal de disconformidad.
—Eso sería imposible, ¿sabés? —repitió “imposible” con una seguridad inapelable.
“¿Imposible? ¿Cómo que imposible?”, hubiese querido preguntar, pero guardó silencio expectante. Recordó brevemente cómo las monjas del colegio esquivaban todos los reclamos escondiéndose detrás de esa palabra: “¿Podemos cantar? ¡Imposible!” “¿Podemos jugar? ¡Imposible!” “¿Vamos a ir al cielo? ¡Imposible!”
Luego de un instante de balancearse de atrás hacia adelante, fue directo al grano:
—¿Y entonces dónde está? —preguntó casi desafiante.
No esperaba esa respuesta. Las palabras del doctor la tomaron por sorpresa, como si un viento invisible la empujara hasta hacerla caer al piso rojo, aprisionada contra él por una fuerza que no la dejaba levantarse.
—En la panza de tu mamá.
Amanda quedó demudada. Alzó la mirada para poner esos gotones negros que eran sus ojos en los ícticos del hombre, tratando de llegar al fondo de los mismos. ¿Cómo que en la panza? ¿Qué quería decir el doctor con eso de “en la panza de tu mamá”?
—Y te aseguro que está mucho más cómodo, calentito y cuidado de lo que estaría dentro de esa valija de cuero duro.
Esa revelación fue conmovedora. ¿En la panza de su mamá? ¿Cómo pudo el doctor hacer semejante cosa? ¿Se lo habría permitido su padre y por eso siempre se atragantaba con sus preguntas? ¿Por dónde había colocado al niño dentro de la madre? ¡Y cómo harían para sacarlo de allí! Pobrecito. ¡Y pobre madre!
El doctor, con cierta dificultad, se incorporó del piso y miró desde su inmensa altura a la desconsolada muchacha. Se sintió igual que cuando terminaba una cirugía, aunque todavía no estaba en condiciones de afirmar si su intervención había sido exitosa o un rotundo fracaso. Acarició la cabeza de Amanda, no por prejuicio ni condescendencia, sino porque era difícil para él penetrar ese sentimiento de vacío que su revelación le había producido.
En ese instante, los extraños ojos del doctor, que solían fugarse a cada lado de su narizota color ciruela, alcanzaron un celeste planetario, raro, muy raro, que Amanda tomó como una verdadera revelación. Los bigotes parecían retomar su posición habitual, apuntando hacia arriba, pero el hoyuelo pertinaz que la niña miraba con desconfianza desde que lo conoció estaba oculto bajo un pelambre blanco y tupido que superaba al mentón por varios centímetros.
Amanda quedó desorientada por ese repentino cambio de apariencia, pero mucho más por la revelación inesperada. El doctor la invitó a acompañarlo hasta el cuarto donde reposaba su madre en la amplia cama matrimonial, sobre almohadones y almohadas cosidos especialmente por la vecina.
Si ella lo deseaba, le pediría permiso a Anita para que apoyara sus manos en el vientre redondo y tal vez sentir algún movimiento eléctrico del bebé dentro del útero. Amanda consideró la sugerencia una verdadera provocación. Tenía prohibido entrar a la habitación mientras el doctor estaba con su mamá, y aquello de tocar el vientre materno la espantaba. Mientras el médico se dirigía hacia Anita, Amanda buscó su muñeca de trapo preferida y salió a la galería que daba a un descampado más verde que nunca. Se sentó al borde del piso y abrazó a la muñeca con fuerza. Luego la meció mientras miraba hacia el fondo del campo, donde unas luces jugaban a encender los pastizales con colores que se transformaban en pájaros cantando sus trinos con emocionada afinación.
Desde esa oportunidad no volvió a recibir al doctor en la puerta de la casita de madera canadiense. De lejos, apenas alzando una manito, lo saludaba con indiferencia. Ya no le parecía tan alto ni tan fuerte, ni reparaba en esos ojos que se deslizaban hacia la nuca como procurando independizarse uno del otro. Para colmo, el doctor afeitó al ras sus bigotes, y esas peludas antenas erizadas hacia arriba ya no bailaban delatando sus sentimientos.
Dos meses después —o tres, Amanda no lo recordaba— la llegada de la abuela paterna Eriseta junto a su papá, en un inmenso auto negro que estacionó junto a la entrada, la sorprendió. Eran sucesos extraordinarios: el auto enorme, la abuela cascarrabias, el padre alterado como nunca antes lo había visto.
Anita salió caminando, sosteniendo su abultado vientre con ambas manos. En ese momento Amanda sintió enormes deseos de ir en busca del doctor, el que no sabía a qué embrujo había sometido a su querida madre introduciéndole un bebé en la panza, para patearlo con esos hermosos zapatos de charol con tirita que le habían regalado por un motivo que no podía recordar. Miguel la besó más amoroso que nunca.
—¿A dónde vas con mamá? —preguntó Amanda.
Mientras se acomodaba en el asiento delantero junto al chofer, Miguel le respondió con voz temblorosa:
—Al hospital.
Tal vez su madre estuviera enferma de esa hinchazón descomunal que la obligaba a caminar con tanta dificultad, tomándose el vientre por debajo con ambas manos. Desde la ventanilla trasera, Anita saludó a Amanda alzando la mano y agitándola delicadamente. Cuando el auto aceleró para partir, le lanzó un beso que sonó con voz propia.
Eriseta y Amanda vieron partir el vehículo en dirección a la salida del villorrio. Amanda no tenía la menor idea de dónde quedaba el hospital. La abuela, con un empujón, le ordenó entrar en la casa.
Afuera, la tarde caía con parsimonia. Los pájaros amarillos, hechos de hojas secas, volaron entusiasmados, y la luna se aprestaba a volar desde la cavidad de la tarde-noche hacia las ondulaciones de la calle, que se sumergía en la laguna como lo hacía todos los días.
***
“Autobiografía en secreto de Amanda Da Silva” – Hoja N° 5
No quiero rodar al fondo de una pena que se agranda. ¿Qué edad tengo? ¿Cuánto tiempo pasó desde mi llegada? A mi lado, una lámpara galopa su luz dinástica e ilumina los harapos de mi cama. La noche embiste como una bestia de linaje de piedra.
Suspiré a Guadalupe cuando la vi caminar hacia un rincón donde envolverse en esas sombras que arrojan su áspera investidura de tormento. Lloró la niña y besé sus lágrimas. Asumo esas babas de diablo como propias.
Oigo un catarro de cadalso. Alguien orina en el árbol reseco de los fondos.
***
V
El dolor de Vitruvio
No sabe dónde está el niño recién nacido: lo llevaron de prisa a un lugar donde dijeron que estaría bien cuidado. ¿Mejor que con ella? Imposible. Apenas un instante lo tuvo entre sus pechos y lo llenó de besos. Fue cuando gritó su llanto con fuerza, y eso la llenó de vida. Luego vino el silencio en esa cama que no parece cama, sino cornisa de cuero duro y frío, donde la recostaron, rodeada de paredes tan blancas como la claridad de unas mortajas de muchas muertes.
Anita ahora duerme. ¿Sueña? No, soñar es otra cosa. Siente la profundidad del tiempo en una cavidad de colmena, como una sacristía silenciosa, con algo de frío último, sumergida en el fondo compacto de una vasija de barro milenario.
Duerme como el agua duerme: atenta a los vaivenes de las orillas empuñadas en piedra, y mantiene una vigilia hasta ese momento indescifrable.
Luego de un lapso que parece silencio o que parece sangre —tal vez apenas segundos, tal vez minutos, tal vez horas— comprende. No puede medir el tiempo de a puñados ni calcular la medida exacta de una luz que desvanece sus brillos.
La oscuridad se hace omnipresente, crece como una raja negra. Y la luz se disipa en tiniebla junto a un hedor que se presenta con apariencia humana.
Por el borde de la cama llega un perfume que parecía olvidado, sepulto en una madriguera temprana donde se dejan asuntos de alimañas. Huele a cigarro. Es un olor que trepa por los bordes del camastro sobre el que reposa. No debería sentir ese perfume penetrante, ácido, prohibido, del humo de un cigarro que se aproxima a la velocidad de una pequeña nube doméstica con su impúdica puntita incandescente.
El humo toca su frente, y a escasos palmos de sigilo puede descifrar el brillo de la brasa que pasa sin quemar a la altura de los ojos, a la simple distancia de una pestaña. Pero amenaza tormentos espantosos: una ampolla en los frágiles bordes de su vulva se promete si levanta la voz o exagera un sonido delator. Nadie debe enterarse: es un secreto que cicatrizará como cicatrizan las peores heridas.
La brasa se retira a prudente distancia y el humo la roza satisfecho. No es el suave tacto de una mano de humo: es húmedo y viscoso, un unto erizado sobre la cándida piel, delicada cáscara de rosas.
El humo se hace lengua de papila terrosa, frota su frente y le dibuja una arruga de tinieblas. La arruga se ilumina con la brasa, pero conserva su apariencia de arruga en el lado oscuro de la luna; desciende dibujando formas circulares por el ritual del torso hasta el abdomen sonrosado, cándida piel, delicada cáscara de rosas.
La saliva deja una marca como una herida que, de tan confundida, no sabe sangrar, y se espesa en ese ungüento detestable. Quisiera deshacerse de ella, arrancarla feroz de un manotazo, pero un dedo de brasa ardiente la reprende, señalándola con su punta incendiada, lista para tatuar carnívora una cicatriz fosforescente.
La baba se nutre de su espanto, que rueda a los tumbos, como si le ardieran los ojos de pavuras. Humeante, crece aferrada a la piel de su cara y promete penetrar por la pupila dilatada con una magnífica púa.
Como un capricho de olor, ese perfume baja por su cuello llevado por la misma lengua que recién le ensalivó hasta las cejas. Baja la curva secreta de sus hombros y descubre esa geografía casi abstracta que se ofrece en el edén de un cuerpo fascinante. Pétalos de rosa sumergida, cuerpo palpitando allí tendido en un homenaje de desnudez que sangra su virginidad hasta agarrotarse de odio.
Más allá de las curvas de los hombros, dos senos como flores puras reposan en los aposentos de un perfume perfecto, mientras el pecho sube y baja de desesperación, cargando en los pulmones el aire del cigarro que la enferma.
El cuerpo adolescente de Anita es maravilloso: arterial, latente, fresco, fértil. Lo descubrió mientras un ojo, a través de una rendija, la observaba implacable. Lo tapó con sus pequeñas manos, tratando de ocultarse de la devoradora mirada, aquella que aún la muerde, dejando cardenales y heridas a su paso.
Se reconoce a simple vista esa anatomía prodigiosa como la pensó el artista. Allí está, impúber, inscripta en un cuadrado y un círculo perfectos, alrededor de los cuales suena una trompeta matutina, una lejana música de lamentos, a través de la cual una voz suave y cadenciosa repite un negro spiritual con sus enigmáticos mensajes libertarios. Desde la música, una religión magrea a unas muchachas negras que recogen copos de algodón en una plantación interminable, mientras sangran las manos de esclavitud y unos blancos ricachones desnudos ríen pecaminosos, bebiendo un elixir elaborado con la sangre de esclavos despostados.
Si se la observa a la distancia de unos siglos, sería, sin duda, la mujer de Vitruvio, confirmando las observaciones sobre la naturaleza humana. Tal vez Vitruvio, si no el propio Leonardo, hubieran podido despejar el humo-baba de ese légamo viscoso que hilvana un collar alrededor del cuello hasta la corola misma de los senos espantados contra el fino esternón, puente de hueso que siente la asfixia de un cuerpo que lo aplasta definitivamente.
El humo palpa con sus secreciones las medidas de ese cuerpo humano que la naturaleza decide en las riberas de un útero perfecto. Anita recuerda, como si acabara de enterarse por una “Orden del día” recién llegada a sus manos: “cuatro dedos hacen una palma, y cuatro palmas hacen un pie, seis palmas hacen un codo, cuatro codos hacen la altura del Hombre”. El hombre la aprieta y la socava.
Y “cuatro codos hacen un paso, y veinticuatro palmas hacen un hombre”. Mientras bufa devorador, el hombre la socava.
Le separa las piernas lo suficiente como para que su altura disminuya un catorceavo, y estira y sube los hombros delicados de rocío hasta que sus dedos alcanzan el borde superior de la cadera de brusca despedida. Deja en evidencia su útero nupcial extraordinario, para encontrar el lúbrico centro geométrico de las extremidades separadas, mientras hurga su ombligo con la lengua y el rancio olor a cigarro anuncia que, en el espacio entre ellas, se abre un triángulo equilátero perfecto, hacia donde se dirige, frotando con ese ácido perfume la angustiada humanidad adolescente.
Desde el nacimiento del pelo hasta la punta de la barbilla tiembla la niña en la décima parte de la altura de ese hombre, y el hombre la socava. Desde la punta de la barbilla a la parte superior de la cabeza es un octavo de su estatura que se espanta, y el hombre la socava. Desde la parte superior del pecho al extremo de la cabeza será un sexto del hombre que jadea, y el hombre la socava. Desde la parte superior del pecho al nacimiento del pelo será la séptima parte del hombre completo, y el hombre la socava. Desde los pezones a la parte de arriba de la cabeza será la cuarta parte del hombre, y el hombre la socava. Desde el codo a la punta de la mano será la quinta parte del hombre; y desde el codo al ángulo de la axila será la octava parte del hombre, y la mano completa será la décima parte del hombre, y el hombre la socava. El comienzo de los genitales marca la mitad del hombre, y el hombre la socava.
El pie es la séptima parte del hombre que empuja los suyos hasta torcerlos en dirección a la nada, y el hombre la socava. Desde la planta del pie hasta debajo de la rodilla será la cuarta parte del hombre, y el hombre la socava. Desde debajo de la rodilla al comienzo de los genitales que se inflan será la cuarta parte del hombre, y el hombre la socava.
Anita debería llorar, pero no puede. Quisiera llorar, pero no puede. Suena una larga amenaza que la aturde y que, aun en esa mañana, la domina: lleva ese caimán de dientes rojos, serpiente de permanente azufre, borde de cuchilla de piedra, hasta las entrañas que sangran sodomizadas como calandrias muertas. Le dice en voz muy baja: “Este es nuestro secreto, calla, para siempre calla”. Y el humo se hace perpetuo veneno que arde en llagas del tamaño de un puño.
En el instante mismo en que discute esas lágrimas con la memoria, escucha un grito distinto del humo ardiente de la baba humana: es un grito que corre espantado por un ancho pasillo reclamando ayuda. Apenas oye el tropel de gente que llega hasta su camilla. Alguien dice que un charco inmenso de sangre, maraña de líquidos y coágulos, se ha desprendido desde su entrepierna, que luce roja como una manzana herida.
Alguien grita “¡Se muere!” y busca obligar a la hemorragia a desistir en ese preciso instante. Pero la hemorragia la desangra hasta los huesos.
Anita solo querría que le quitaran ese olor de cigarro que va de su nariz hasta el cerebro. Quiere amputar ese recuerdo y solo eso. Pero no encuentra el modo. No quiere llevárselo puesto como una mala ropa de tejidos negros.
El tropel grita y desespera mientras la hemorragia se abunda de coágulos pequeños. “¡Póngala cabeza abajo, cabeza abajo!”, gritan a coro unas mujeres de rostro indefinido. Pero en esa posición le duele la cabeza como nunca, y el olor del cigarro se hace más penetrante a la altura en que queda su rostro.
Anita sabe que solo los hombres mayores que deambulan impunes por la familia fuman esas cosas apestosas. Se recuerda niña, temblando entre los brazos de su madre, quien también llora como si compartiera la misma desgracia. Ejerce unos últimos suspiros. Toca con su recuerdo la pequeña humanidad de Amanda y suspira aliviada. Pero Amanda no sabe quién la toca y corre hacia la tiniebla de una enorme casona, donde otra niña se atrapa de babas de diablo negras, rojas, blancas, frente a la inmensidad de una puerta azul que nunca se abre, vencida de tinieblas.
Anita quiere dormir, pero el tropel de gente no la deja. Quiere dormir con ese frío raro, esa celada extraña que le acaba el calor de la sangre a cada instante. Los golpes en la cara la confunden, y mucho más los gritos como loros desbocados que revolotean a su alrededor, funesto presagio.
Piensa en el niño recién nacido y lo llama Ícaro. Ella eligió ese nombre y le dará unas alas para que emprenda su vuelo extraordinario. Las suyas ya ardieron, quemadas por la brasa impúdica del cigarro que la abraza con ese olor a hombre que la socava. Retorna a Amanda y ejerce su última sonrisa.
Cierra los ojos. ¿Sueña? Solo cierra los ojos y se olvida de la vida en un suspiro. El ruido cesa, el párpado sucumbe, la boca se vacía de palabras. Llega un crepúsculo y la muerte entra al territorio de la vida, alzando su definitivo muro de silencio.
“Autobiografía en secreto de Amanda Da Silva.” – Hoja N° 6
Sonó la música de los dos pianos: un arrebato de corcheas. Los hilos del pentagrama conservaron la substancia extraordinaria del eléctrico aroma de una sonata emplumada de sulfúrica estirpe, de ritmos invencibles, de frases ardientes, de ráfagas sincopadas. Respiré serena al oler los sonidos.
Hacía tiempo que no disfrutaba el coloquio de madre e hija sin las perturbaciones de las tres babas de diablo. Un puro pájaro enarboló su vuelo entre una polvareda de nubes que temblaban vidriosas de emoción sincera.
Dejaré mi ventana abierta para que, inclemente, el viento entre y revuelva mis cosas a su arbitrio.
***
VI
Seremos felices
Eriseta vistió a Amanda como para salir de visita. No solía atender a su nieta: tomaba distancia de la muchachita por la que no evidenciaba ningún sentimiento amoroso. Puesta en la obligación por las circunstancias, asumió la tarea con la misma severidad con la que encaraba cualquier asunto.
La mujer era obsesiva y reparaba hasta en el menor detalle de la vestimenta, manipulando a la niña como si fuera un muñeco de trapo. Así se comportó a lo largo de toda su vida: con sus hijos, con sus otros nietos, con quien fuera. No iba a cambiar por ese trance. Ruda y exigente hasta el cansancio, a ella había que responderle siempre de buen talante y con prontitud.
En el pasado nunca dedicó sus desvelos a vestir a una niñita: siempre trató con varones. Su esposo no contó para nada en los asuntos de crianza; era un ser intrascendente salvo por sus relaciones, fortuna y posición social. Sus hijos eran cuatro, y tres de ellos fueron dóciles a las órdenes de una madre que solía alzar la voz como si fuera un general en plena acción de combate. Cuando no obedecían de buen grado, ella encontraba el castigo justo para reparar la indisciplina. Miguel siempre fue el más díscolo y desobediente. Amanda era un permanente recuerdo de ese comportamiento “pueril”, diría la mujer, que tantos disgustos le provocó y contra el que no hubo razón ni amenaza que lo hiciera renunciar a su enamoramiento.
Eriseta nunca aprobó la relación de Miguel con Anita. Cantaba burlona: “Yo no sé qué me han hecho tus ojos”, algo que a Miguel le resultaba hasta gracioso y a lo que no respondía, cualquiera fueran las circunstancias en que su madre buscara provocar una discusión. Por otra parte, Miguel amaba la mirada de Anita, y reconocía en esos ojos un amoroso embrujo, por los que él sí podía decir: “Que al mirarme me matan de amor”. Esa mirada la heredó Amanda, y Miguel la disfrutaba con paternal delicia.
Amanda soportaba con exagerado estoicismo, para su corta edad, el trato descomedido de su abuela paterna. Tenía tanto de angelical como de enigmático el comportamiento de la niña, quien en esos momentos solo estaba angustiada por saber de su madre y de su hermano. Tal vez en esa angustia radicara el secreto de su paciencia.
Eriseta la movía de un lado al otro sin delicadeza, mientras observaba cómo se ajustaba a ese cuerpito el vestido que eligió para ella. La niña la miraba no sorprendida —Eriseta no tenía la capacidad de sorprenderla—, pero sí intrigada y con fastidio por tanto celo en el arreglo. ¿Tal vez fueran al hospital, donde estarían Anita y Miguel recibiendo al hermano? No lo creía. El comportamiento de la mujer no prometía ningún momento de felicidad.
Repetía la abuela paterna como un padrenuestro, mientras observaba a la niña desde todos los ángulos posibles: “Rigor, disciplina, disciplina, rigor. He ahí la fórmula”. Y así la trataba, con rigor, buscando imponer —aunque fuera esa sola vez— el sentido de la disciplina como ella lo entendía: un adiestramiento espartano para emprender cualquier empresa en la vida y hasta en la propia muerte.
Eriseta exigía una caída perfecta del volado del cuello mariposa, acompañando con elegancia la forma redonda del pequeño pescuezo; pequeño y redondeado, por el que resbalaba oronda la luz que entraba por el ventanal desde los fondos del descampado, traída por una pizca de brisa que olía a la humedad de la laguna. Cuello como un tallo lleno de gracia, largo, tal vez un poco largo, con algo de flamenco que mira a cada lado por descifrar el paso de la tarde, mientras el sol calentaba levemente los minúsculos músculos e iluminaba con gracia el movimiento. Solo cuando se convencía de que aumentaba la gracia de la anatomía del cuello, pasaba a examinar con igual cuidado otras partes de la ropa que consideraba debían quedar perfectas para agraciar a la niña.
La curva densa de los hombritos bajo la tela debía sugerir la redondez de una manzana roja y el brillo de un oro vegetal lleno de vida. Pasaba su mano por el torso liso de la muchachita para asegurar que descendiera en suave cascada hasta la cintura diminuta, pero redonda, que luego se volcaba a un lado y otro en una cadera que se prometía perfecta cuando creciera hasta hacerse mujer.
Del mismo modo recorrió la espalda de arriba hacia abajo hasta el borde preciso de los glúteos, ordenando a la tela seguir el movimiento de su regordeta mano, alisando la sospecha de unas sombras de arruga que, para ella, afeaban el conjunto que representaba la niña. Luego de la caderita —que la hacía bambolear a un lado y otro para observar el movimiento de las tablas del vestido— se bajaba hasta el dobladillo, que repasaba entre sus dedos para asegurarse de algo que Amanda no comprendía.
Amanda sabía que no debía preguntar —aunque lo deseaba, porque la curiosidad está en la esencia vital de cualquier niño— a qué se debía ese atuendo de paseo que la había hecho vestir, ni por qué tanto esmero para que el vestido luciera impecable. No preguntaba por desconfianza, una emoción potente que apagaba su intriga como se enfrían las pretensiones cálidas de los vientos al tocar las rudas montañas de los continentes. En verdad desconfiaba de todo lo que hacía y decía su abuela Eriseta.
La desconfianza es un sentimiento poderoso si está avalada por una fuerte sensación de desamor. El amor, en cambio —y Amanda así lo percibía de sus padres— le daba esa confianza intensa, ese estado de satisfacción por el que siempre se sentía protegida por Miguel y Anita de un modo maravilloso. Podía sentir ese abrazo paterno, esa caricia materna, tan intensos aun sin rozar piel con piel, y que duraban un tiempo dilatado, prolongándose de una manera singular como en ninguna otra circunstancia ocurría. Lejos estaba de reconocer un cambio brutal en Miguel que jamás alcanzó a descifrar, tal vez por el dolor que le provocaba.
Pero la desconfianza también tenía otras razones, y no eran infundadas. Eriseta rara vez respondía espontáneamente una pregunta. No importaba el tenor de la misma, y no solo las que le formulaba su nieta: podía no responder a cualquiera, sin dejar nunca muy claro a qué se debían sus evasivas. Era su modo de imponer distancia y de tomarse el tiempo necesario para no responder de manera inadecuada o, directamente, reservar en el silencio sus verdaderas opiniones o sentimientos.
A Amanda la ignoraba de un modo diferente, como si sus infantiles preguntas fueran dardos que penetraban su corazón y la herían de manera irreparable. La miraba con recelo, imperturbable cuando oía la pregunta, indiferente hasta con exageración, tratándose de apenas una niña que solo preguntaba cosas de niña.
La artimaña de la mujer consistía en dejar pasar la pregunta y aprovechar otra oportunidad para responder a la que ignoró de inicio, muchas veces con otra pregunta. Así siempre se reservaba la última palabra. Vanidad del silencio, jactancia de las palabras.
A la niña le llevó algún tiempo comprender el ardid de su abuela paterna para no responder en el preciso instante en que le formulaba una pregunta. Como ya llevaba su condición musical impresa en sus cinco sentidos —y esa condición estaba signada por el rigor matemático—, cuando descubrió el método se volvió indiferente.
En el instante en que Amanda se aburrió de ese mecanismo elusivo de su abuela, si preguntaba algo lo hacía con picardía y al instante se marchaba sin esperar la respuesta. Así dejaba a Eriseta con los silencios en la boca, que se le caían como rabiosa espuma, muda como una tenca, moviendo sus anchas caderas en espera de que la niña retornara tras su orden, como el ave que abanica sus tres colas en señal de disgusto.
Era su pequeña venganza. Si no había palabras que respondieran sus preguntas, tampoco habría oídos para escuchar explicaciones que ya no interesaban. Eriseta aborrecía ese comportamiento, pero a Amanda la deleitaba.
Al vestido rosa, centímetros más abajo, lo seguían las medias tres cuartos, blancas, con vivos al tono que completaban el atuendo. Pero para esa oportunidad los zapatos eran los abotinados de suela de goma y color negro. Amanda los detestaba, pero su abuela los amaba.
—Se camina mejor con estos que con esa porquería de tiritas —le explicaba, mientras la niña la aborrecía por obligarla a llevar esos tamangos duros y pesados.
Eran los que usaba para la escuela y, por otra parte, eran obligatorios. Las monjas le habían dicho que unos buenos tamangos —y usaron esa palabra que sonó a pampa dilatada— eran primordiales para una buena educación. Cuando Amanda repitió eso a su madre, Anita rió a más no poder, pero se negó a explicar sus carcajadas. Solo habría alimentado la rebeldía de la pequeña.
De poder elegir, no hubiera dudado en calzar los de charol, justamente “esa porquería de tiritas”. Lo repitió como loro entusiasmado: “de charol, de charol, de charol”, tres veces seguidas, como cuando hacía sus preguntas inquietantes, esas que le provocaban accesos de tos a Miguel. Pero Eriseta hacía como quien oye llover. ¿Qué podía hacer Amanda? ¿Quejarse? La abuela no le respondería, porque ese era su modo de imponer sus criterios: en silencio, muda, sin palabras, haciendo lo que se le venía en gana, mientras la otra parte desesperaba una respuesta.
Si no podía usar esos, que eran los de paseo, prefería unas alpargatas negras que le había regalado Miguel una tarde hacía algún tiempo y que Eriseta detestaba, porque las consideraba una “burda chancleta”, calzado “de cualquiera”. Afirmaba que ninguna niña decente debía andar calzada de alpargatas, algo propio “de chinitas” y no de gente decente como debería ser esa niña.
Cuando acabó el ritual del vestido, señaló en dirección a la puerta de calle. Eriseta, con el brazo extendido y su dedo índice amenazante, parecía más regordeta que de costumbre. Amanda notó la diferencia, aunque no estaba en condiciones de explicarla. Tal vez la luz, tal vez la ropa que vestía la mujer, tal vez la desacostumbrada cercanía.
La mujer era algo baja, de cabeza pequeña, como una redonda piedra rosada en la que crecía una cabellera algo rala que pudo ser de color castaño, pero que estaba entrada en canas y por eso siempre la llevaba teñida de un color casi rojizo intenso, peinada de peluquería. La cabecita se apoyaba en un cuello rechoncho, del que bajaba una modesta papada hasta una pronunciada arruga que lo separaba del tórax.
Cara redonda, nariz prominente y ojos indiferentes bajo dos cejas que se disfrazaban de tajitos insignificantes de color marrón intenso. Boca no muy grande; siempre los labios pintados de un rojo furioso y pegajoso. La niña detestaba ese beso viscoso que quedaba estampado en sus pequeñas mejillas y que luego Anita debía limpiar hasta irritar su piel.
Las orejas se disimulaban debajo del cabello; de todos modos, eran pequeñas y colgaban de sus lóbulos enormes aros pesados de oro veinticuatro, una verdadera rareza, engarzada alguna piedra preciosa o perla legítima.
Amanda reparaba en la hinchazón que provocaban los gruesos y dorados broches que aferraban los aros a la carnecita de los lóbulos, como verdadera dentellada de diminutos insectos carnívoros. Las prominencias se ponían rojas y brillosas, sanguíneas, amenazando estallar en cualquier momento. No importaba cuán hinchados estuvieran esos lóbulos: Eriseta jamás se sacaba sus aros hasta que regresaba a la casa y aliviaba a sus orejas del tormento.
De busto grande, muy grande, estaba obligada a usar un corsé rebosante de ballenas de acero para sostener sus voluminosos senos. En más de una ocasión Miguel bromeaba sobre el tamaño de los pechos maternos, y eso le valía la reprimenda enérgica de Anita, que detestaba ese tipo de chistes. Sus reproches los hacía en voz muy baja, y por ello Amanda nunca pudo escuchar qué le decía a su padre cuando bromeaba sobre el asunto de las tetas maternas. En una oportunidad, sin embargo, captó algo referido a la envidia del tamaño de no supo qué cosa. A Amanda los comentarios paternos sobre su propia madre la divertían, aunque no siempre podía descifrar la picardía con que él se refería a la anatomía de su abuela.
Eriseta ya no podía disimular el volumen de su abdomen, que sobresalía con voluntad propia. Era caderona, y siempre achacaba esa condición a los cuatro hijos —“todos varones”— que había parido, como si el sexo de los hijos justificara en algo la dimensión de sus ancas. “Todos de mi legítimo esposo”, agregaba, como si esa enunciada fidelidad resultara útil para disminuir en algo el tamaño de sus caderas.
Dos cortos bracitos ponían entre paréntesis el busto y el abdomen, que rebasaban esos límites, empujando hacia afuera los antebrazos y las manos que solía llevar apoyadas a los costados de su panza comprimida por la ruda faja corsé. Esa trama abigarrada lidiaba con su anatomía con estoicismo conmovedor, soportando los embates del sobrepeso.
Era de espalda corva, demasiado corta desde el cuello a la cintura, con los hombros algo hacia adelante. Sosteniendo la espalda, sus glúteos redondos y macizos parecían avanzar hacia la cintura con el expreso cometido de hacerse notar, exagerando su verdadero volumen.
Llevaba zapatos de taco bajo: detestaba el calzado sin taco, sentía verdadera repulsa por el mocasín, pero había abandonado el taco aguja hacía unos años porque no soportaba el exceso de peso y amenazaban con romperse en la oportunidad menos deseada. Era algo que la horrorizaba. Se imaginaba entrando al Teatro Colón para participar de la gala de ópera en la que se representaría Il Trovatore de Giuseppe Verdi, y caer desde el último escalón de la entrada hasta el borde de la calle, por la traición de un par de stilettos ansiosos de vengarse de los martirios a los que eran sometidos por la vanidad femenina.
Eriseta sostuvo un buen tiempo su brazo extendido, señalando hacia la salida. Con la otra mano daba empujoncitos a Amanda para animarla a ganar la calle y dirigirse a su destino.
Cruzaron la calle en diagonal. Amanda descifró de inmediato a dónde se dirigían: ese camino lo hacía todos los días, varias veces al día.
—¿Vamos de Carmen y Francisco? —preguntó. Como era de esperar, Eriseta no respondió la simple pregunta de la niña.
—¿Esa es la casa de la boliviana? —preguntó ella, lo que podía considerarse una respuesta. Amanda la miró extrañada, pero sin malicia, porque le sonó ridícula la pregunta. Era la única vivienda que poblaba el villorrio además de la suya, y no podía ser otra que la casa de Carmen y Francisco. Algunos meses después llegarían nuevos vecinos, cuando Amanda ya estaba pupila en el colegio de las monjas.
—Sí, abuela. Esa es la casa de Carmen y Francisco, ¿cómo adivinaste? —caminó persiguiendo agitada el paso enérgico de Eriseta, con una pequeña sonrisa entre los labios. Eriseta debió reprenderla, pero su apuro la distrajo del reproche. Amanda se aprovechó de esa circunstancia y preguntó, sin esperar respuesta, lo que realmente le preocupaba:
—¿Y papá? ¿Dónde está papá?
—¿Estarán tus vecinos? Tu papá me dijo que ya había arreglado con ellos para que te cuiden hoy y mañana. ¡Está tan ocupado! Su trabajo, el hospital, ¡tantas cosas! Tenés que portarte bien, de lo contrario no vamos a traer al bebé a casa.
Amanda ni consideró la amenaza de Eriseta. Su madre la pondría en su lugar apenas volviera al hogar.
—¿Y mamá? —preguntó.
Eriseta apuró el paso. No respondió. Insistía con esos pequeños empujones en el hombro de la niña para acelerar la marcha. Amanda alzaba el hombro en señal de disgusto.
—No hagas eso, es horrible —la reprendió la mujer.
—¿Y mi hermano? —Amanda preguntó angustiada—. ¿Está en el hospital?
Pero Eriseta tampoco le respondió.
Amanda estaba confundida, aunque no alcanzaba a descifrar qué ocurría. Algo había en el aire que la obligaba a estar alerta. La sola presencia de Eriseta era una señal extraña. Ajena a la vida familiar, rara vez tenía un gesto cariñoso hacia ella o hacia Anita, incluso para su propio hijo, Miguel, a quien siempre reprochaba algo cuando se encontraban en su lujosa casa.
Podía jurar que su abuela, en ese preciso instante en que se encaminaba marcial hacia la casa de los vecinos, despedía un tufo extraño: un olor rancio, viscoso, diferente del penetrante aroma de sus perfumes franceses que tanto irritaban la nariz de Anita y la hacían estornudar una y otra vez, hasta quedar exhausta.
No fue necesario que Eriseta llamara a lo de Carmen. Ella estaba atenta a la llegada de las visitas, esperando nerviosa a Amanda. Apenas abrió la puertita de la modesta casa, se arrodilló ante la niña y la abrazó emocionada, con los ojos llenos de lágrimas, dolida.
Eriseta no pudo ocultar su furia contra la mujer. Esperaba que el matrimonio acompañara su dura actitud para evitar que la niña sospechara algo de lo que estaba ocurriendo. Pero ni Carmen ni Francisco podían ser indiferentes ante la muerte de Anita. Francisco salió por el fondo de la casa para que no lo vieran llorar: estaba desconsolado.
Amanda abrazó a Carmen. Si en ese instante le hubiesen ofrecido elegir entre Carmen y Eriseta, no hubiera dudado ni un instante en quedarse con “la boliviana”. Eriseta trató de interrumpir la escena, pero dudó en alterar aún más a la niña. Amanda la hubiera rechazado sin dudarlo: amaba a Carmen, que siempre era dulce y amorosa con ella.
—¿Me voy a quedar con vos? —preguntó Amanda, por algo que ya sabía. Tal vez quisiera asegurarse de que lo que le dijo Eriseta era verdad.
—Sí, mi hijita, acá, por los días que haga falta.
—¿Y el colegio?
—Un par de días que tú no concurras no te creará problemas. Tú eres una alumna aplicada.
—¿Sabés dónde está mi papá?
—La abuela sabe, ella te lo puede decir —respondió Carmen, mirando a la mujer, que endurecía cada vez más su gesto de reproche.
—Los niños que preguntan demasiado se van a dormir sin comer, Amanda, así que mejor no preguntés más —dijo Eriseta, sin disimular su ira.
—Carmen, ¿dónde está mi mamá?
Carmen no pudo contener las lágrimas y lloraba cada vez con más angustia. La mujer posó su mano ruda, marcada por el trabajo agrario, sobre el pecho de Amanda, del lado del corazón. La mano en el pecho como un parche de amor: pétalos duros y calientes, dedos que percibían los latidos acelerados del agitado corazón de la niña. Quiso hablar, pero no supo qué decir. Miró a Eriseta buscando alivio, pero la señora la ignoró, reprochando con su mirada la situación. Hubo un silencio áspero y sombrío. Como pudo, Carmen recobró el ánimo y la palabra.
—Acá, siempre va a estar acá, aquí dentro —le dijo Carmen mientras apenas señalaba con sus deditos el corazón de la niña. Amanda bajó la vista hasta la mano y apoyó la suya sobre la de la mujer. Pudo haber preguntado “¿acá?”, pero una voz interior la convenció de no hacerlo.
El silencio se hizo más áspero y sombrío, interrumpido solo por la tosecita ridícula de Eriseta, que buscaba indicar a la mujer que desistiera de sus explicaciones, a las que después tildó de “pueriles”, palabras de “negra metetera” y “qué tenía que decirle esa sucia que iba a estar siempre en el corazón”, “lacrimógena”, “boliviana de mierda”. Miguel, tan triste y abatido, sin hallar sosiego en ninguna explicación ni excusa, ni siquiera oyó los reproches que salían de la boca de su madre como sarta de cangrejos.
—¿Y el bebé, dónde está? —preguntó Amanda, mirando directo a los pequeños ojos de Carmen.
—Pronto vendrá a visitarte. Vendrá con tu padrecito. Serán felices. Serán muy felices. —Pero de Anita no pronunció su nombre. El silencio se hizo torvo.
Un auto entró lentamente en la calle de tierra y redujo su marcha al observar a la mujerona que estaba parada contemplando el abrazo de la niña y la pequeña mujer, aquella que de lejos tenía aspecto de figura ritual. Francisco se asomó desde el fondo, machete en mano, advirtiendo al intruso con su presencia que tuviera cuidado de sus acciones. Allí parado, hasta parecía más grande de lo que era, amenazante, todo él, un machete filoso. Al observar las señas entre la mujer y el chofer, se retiró unos pasos para quedar nuevamente oculto tras la casita, pero sin desistir del cuchillo en su ruda mano campesina.
Eriseta hizo una seña enérgica al hombre y le indicó que esperara. Él asintió con un leve movimiento de cabeza y detuvo la marcha justo enfrente de la casa de los bolivianos. Trató de besar a la niña antes de partir, pero Amanda siguió abrazada a Carmen y la despidió apenas con un movimiento de su mano: fue más un empujón que un saludo. Un “dejame así, acá, andate”, y “solo quiero que vuelva mi mamá, mi hermano y mi papá”.
Se acurrucó entre los fuertes brazos de la vecina y sintió una seguridad que hacía horas no experimentaba. Suspiró varias veces y repitió para sí: “Seremos felices. Seremos muy felices. Seremos felices”. Tres veces, como
***
“Autobiografía en secreto de Amanda Da Silva.” – Hoja N° 7
El tiempo pasa sin ímpetu, y el color desértico de su paso tiene la inclemencia de las derrotas. La arena en la tierra sega el camino, y en los alrededores de la casona la proa del viento se desquita de una humedad esperanzadora. El viento deja su apariencia a un costado de su galope de centauro y se enarbola entre las ramas de un árbol que se yergue reseco, como un obispo abrumado por la historia. Nada es lo que parece: guardaré mis rencores para un mejor propósito. La eternidad está al alcance de mi propia ternura.
***
VII
En el nombre del hijo
Quiero que me hablés como un poema, como una música. Me alegrará el sonido de tu amor y aliviará a mi corazón mientras dure tu ausencia. Por mi parte mujer, cuando estén a la par tu cuerpo y el mío, solo seré expectativa, y en mis silencios escucharás mis versos y mis melodías que fueron imaginadas entre los remansos de las sombras del crepúsculo, solo para vos, amada mía.
Por vos soy esta esperanza de amor, raíz en llamas, silenciosa espiga a merced de tu aliento, y te seguiré como el cálido viento del verano a donde vayas.
Carta de amor de Miguel a Anita (Fragmento).
Miguel se recostó en el sillón del amplio comedor de la casa materna. Aunque deseaba dormir, el sueño no llegaba. La habitación era un largo rectángulo, y el sillón estaba dispuesto en un extremo para dominar toda la extensión del cuarto. A medida que su vista avanzaba buscando el final, la oscuridad adquiría consistencia y llenaba de zozobra al viudo. Era una congoja amarga, implacable, incapaz de manifestarse, que avanzaba tumefacta gangrenando sentimientos que Miguel quería preservar de la desdicha.
Entre las sombras acumuladas podía descifrar el rostro de Anita, dibujado con una tiza blanca que apenas delineaba los rasgos de la mujer amada. Suspiró varias veces, como si exhalara minúsculos golpes expulsados por la tráquea, pero no podía llorar. Hacía años que no lloraba: sus lágrimas estaban encapsuladas en algún lugar de su humanidad, fuera de su dominio. Tal vez herencia de su madre, incapaz de lagrimear incluso de felicidad, cuyos lagrimales solo le aportaban una sequía ulcerosa que acentuaba el rictus de enfado y desagrado. Miguel creía que los suyos, aun sin esa sequía, habían olvidado su función y ni en tan tristes circunstancias lo ayudarían a desahogar las penas.
El coqueto palacete se alzaba en Caballito, sobre la calle Parral, próximo al Sarmiento y a un descampado refugio de enamorados ansiosos de sexo clandestino. Casi ningún sonido perturbaba el silencio que descendía en todas direcciones, apagando hasta los últimos sones heridos en los rieles del tren a cientos de metros. Altos pastos a la vera de las vías sofocaban los destellos de un sol de media tarde que caía sin exageración sobre el acero. Los brillos, agobiados, desesperaban por no perder su condición iridiscente y se cobijaban bajo los silencios para esquivar la intrascendencia.
Los grandes plátanos de la calle apenas musitaban soniditos otoñales que rodaban desde sus copas hacia la tierra. Era una música cetrina que sus tupidas hojas dispersaban como polen milagroso, aún verde de savia fresca sobre el ocre macilento de las muertas.
Para Miguel, en cambio, esos silencios no eran naturales: caían hacia una cavidad de niebla como restos de una piedra nocturna. No eran polen fecundo, sino oscura arena de desgracia que se adhería a su piel asfixiándolo lentamente y prolongando fatigas desconocidas. Sumergido en un pozo de pena, recién llegaba de encarar el papeleo de los funerales. El certificado de defunción se agitaba en su mano como flor siniestra, papel de muerte, gota de luto. El nombre de Anita trascendía en diagonal hasta su blanca mano de escribiente y parecía llamarlo con suaves toques que dolían más que una puñalada. Si pudiera abrazarla… si pudiera besarla… si solo pudiera… Pero ya no podía.
Si alguien le hubiese preguntado cómo se sentía, le resultaría difícil describirlo. Podía asegurar, sin embargo, que pensar en Amanda era lo que más lo atormentaba y a la vez lo consolaba. En el amor de la hija tal vez podría deshacerse en parte del rudo bagaje que lo mortificaba; en ella había futuro, y eso dulcificaba sus pensamientos. En los ojos de Amanda podía mirar los de Anita como si aún la tuviera consigo. Sabía que en esa hondura viva hallaría la desesperación por quien ya no estaba, pero también la esperanza de quien será.
Terminado el entierro iría al encuentro de su hijita, aunque no le quedaran fuerzas. Verla, abrazarla, sentirla ya no era un simple deseo nacido de la angustia o del alivio de la tristeza. Era una necesidad que se imponía con fuerza propia. Abrazar a Amanda era abrazarse al alivio, a una receta magistral contra el dolor. Y mirar esos ojos —¡esos ojos!—, hoguera negra irradiando el secreto del amor guardado en el frenesí de las sangres renovadas, allí donde Anita depositó todos sus misterios.
Sabía que Carmen y Francisco cuidarían de Amanda como nadie más lo haría, y eso lo aliviaba, al menos por el momento. No pudo confiar su hija a su propia madre, a la que consideraba incapaz de un amor, aunque fuera efímero y fundado en el dolor ajeno. Ese alivio duraba lo que el vuelo de una mariposa; luego la angustia se imponía sobre todo otro sentimiento. ¿Cómo explicarle a su hija la muerte de la madre? Buscaba las palabras con las que narrar la desgracia de aquella tarde de otoño temprano. ¿Existían palabras capaces de expresar tanto dolor, tanta tristeza, sin hundir a la niña en el lamento, en la frustración prematura, en la desgracia de un sueño interrumpido de la peor manera? Las palabras consoladoras no surgían: no traían misericordia, sino látigo y cicatriz, aullido de martirio. Ningún sosiego amoroso de padre a hija, ninguna paz que remitiera al descanso eterno ni a la promesa de un reencuentro tierno en algún misterioso repliegue de la bóveda primigenia, donde dicen flotan las almas hechas flores maduras en el rumor caudaloso de la armonía.
Cuando creía encontrar esas palabras necesarias, la boca se le resecaba, los labios se sellaban como con un ungüento de desgracia, y olvidaba al instante el discurso. Solo podía mirar hacia atrás y ver cómo su amor se escurría en una hemorragia caprichosa, agua viva roja hacia la nada de una tumba áspera y sombría, disuelta en diminutos gotones de muerte, mientras un tropel de gente gritaba a su alrededor palabras inútiles para salvarla del abismo nocturnal que la devoraba como un animal ciego de amarga lengua y carnívora saliva.
Así, recostado, con los ojos vacíos, trató de convencerse de que llegado el momento la verdad irremediable se abriría paso entre sus cavilaciones y se presentaría a su hija de la mejor manera. Se entregó a un destino en el que apenas quedaba una leve esperanza. Esperaba, sí, que las palabras brotaran como helechos plumosos en la humedad de la boca y que, aun en el dolor, fueran caricias desde el alma para el alma menuda de su hija. Con esas caricias la imaginó suspendida entre sus brazos, junto al niño recién nacido. Tal vez en él encontraría, a pesar de su breve existencia, la fuerza para empezar a cerrar la herida incesante de la muerte de Anita, la madre ausente para siempre, abrazado a sus hijos, temblorosos los tres sin saberlo, amarrados de amor como raíces extraordinarias que no pueden ser extirpadas por el simple capricho de la muerte.
La contratación de la casa velatoria corrió por cuenta de la Agencia. Sus jefes recibieron la noticia con tristeza y asombro, y de inmediato se hicieron cargo del velatorio. Anita era muy bien considerada por su prodigiosa capacidad en operaciones con números complejos, cálculos algebraicos y por su extraordinaria perspicacia matemática. La semana de licencia que otorgaron al viudo no mereció discusión: los burócratas parecían sinceramente conmovidos por la circunstancia que atravesaba el novel funcionario.
Varios jerarcas hicieron llegar sus condolencias y los arreglos florales abundaron en cantidad y variedad. Miguel era indiferente a todo ese rito. Estaba ausente. Su rostro no dejaba traslucir sentimiento alguno, pero estaba devastado. Acostumbrado a llevar la máscara de un arisco sonámbulo y a disimular cualquier gesto que revelara sus emociones, padecía el rito con estoicismo. Los gestos, aunque insignificantes, suelen ser delatores precisos de la condición humana. Era cuestión profesional saber moderarlos hasta ejercer pleno dominio, y de esa condición no podía deshacerse ni siquiera en tan trágicas circunstancias.
Solo deseaba un respiro para volver al hospital, donde algunas mujeres de su familia, primas lejanas, se habían hecho cargo del niño y esperaban su regreso.
Alguien le sugirió avisar a los familiares de Anita. Miguel ni siquiera supo de dónde vino esa voz. Sabía que su esposa no tenía otro familiar más que su padre, a quien él mismo transmitió la noticia. El hombre le aseguró que llegaría para el sepelio, y que si se retrasaba por alguna circunstancia no faltaría al entierro.
La madre de Anita había muerto cuando ella era apenas una niña, y Miguel no conoció a ningún otro familiar suyo. Sabía de una tía lejana, madre de crianza o nodriza, que vivía en un apartado rincón del campo bonaerense. Era la misma que había tejido unas ropas para el bebé por nacer y las envió en una encomienda retirada en la terminal del ferrocarril. Miguel dudaba de poder ponerla al tanto de lo ocurrido; ni siquiera estaba seguro de dónde Anita habría anotado el domicilio de esa pariente. La Agencia se comprometió a considerar alguna alternativa para avisarle de la muerte de la muchacha y trasladarla para las exequias si lograban hallarla.
Eriseta llegó en su automóvil desde la casa en los suburbios hasta la suya. Como había acordado con su hijo, dejó al cuidado de Carmen y Francisco a Amanda; llegaba cargada de reproches contra esos dos “bolitas lacrimógenos” que, según ella, estuvieron a punto de echar por la borda toda la discreción que consideraba haber tenido para evitar que Amanda descubriera la infortunada suerte de su madre. Ya le tocaría a Miguel explicarle la infeliz circunstancia de esa muerte.
—¿La nena? —preguntó apenas vio a su madre subir por las escaleras de mármol de Carrara hasta el recibidor del primer piso.
—Como me ordenaste, con los bolitas de Carmen y Francisco —respondió Eriseta sin prisa ni expresión, mientras dejaba caer su tapado al piso y apoyaba la cartera sobre la mesa del comedor. Miguel ignoró el tono sarcástico con que se refirió a los vecinos.
—¿Cómo estaba? —preguntó preocupado.
—Bien, supongo. ¿Cómo iba a estar? No sabe nada. No le voy a decir yo que murió su mamá.
El tono ansioso y frío de su madre alteró a Miguel, que no pudo evitar un gesto de disgusto. Ella hablaba de la muerte de Anita como de un suceso más, uno de tantos que pueden ocurrirle a cualquiera. No soportaba esa facilidad de cosificar a las personas que Eriseta lucía como virtud, producto del trabajoso arte de moldear el carácter para acciones importantes de las que el mundo nunca tendría sospecha.
—Ella debe sentir algo… estoy seguro. Amanda es muy especial.
—¡También! Los bolivianos esos se la pasaron llorando; si la nena se avivó de algo fue por culpa de tus vecinos —se acercó a su hijo por la derecha, apoyó una mano en su hombro y lo miró con frialdad—. Por otra parte, ¿querés que te diga?
—Miguel alzó cejas y hombros en actitud defensiva— esa nena es rara. Es rara, rara… qué querés que te diga.
—¿Rara? ¿Por qué decís que es rara? —Miguel demostraba su enojo por la forma en que su madre hablaba de Amanda.
—Porque es rara, hijo. Vos sabés a qué me refiero. Es rara. Rara. No digo que es loca, digo que es rarita, tiene cosas raras… no sé…, no sé…
—Ma… —Eriseta lo interrumpió alzando la mano para ordenar que no siguiera hablando del tema. Hablar de Amanda la ofuscaba, y Miguel lo sabía. No fueron pocas las ocasiones en que la discusión se hizo ruda cuando ella se refería de manera despectiva a su esposa y a su hija. La mujer no le dio oportunidad de volver sobre el tema; se dio vuelta y, mientras se alejaba, preguntó por el niño recién nacido.
—¿Qué nombre le vas a poner al chico? —alzó la cabeza exageradamente para mirarlo de frente—. ¿Se puede saber? —preguntó como si el hombre estuviera en un examen crucial para su existencia. Miguel se reclinó pesadamente en el sillón, hastiado de esa voz de rústica corneta de su madre, y cerró los ojos. Habló con voz fatigada.
—Anita quería que se llamara Ícaro.
Ícaro sonó como palabra aterciopelada que emprendía su vuelo no demasiado alto, para que el sol no derritiera sus alas.
—¿Ícaro? —repitió Eriseta desde el fondo del pasillo que llevaba al baño principal. Sus palabras salieron como de una madriguera donde se refugiaban los aullidos de un animal desesperado—. ¿Ícaro? —gritó con disgusto—. ¿Cómo Ícaro? ¿Qué parió tu mujer, un pajarito o un chico?
Miguel aspiró profundo y no respondió a la provocación.
—Ese chico no se puede llamar así, Miguel, no te hagas el distraído.
—¿Por qué no me dejás de romper las pelotas? —Eriseta no hizo gesto de desaprobación, actuó como si no hubiera escuchado el insulto. Volvió a su estado de indiferencia, que le permitía sortear cualquier confrontación como si atravesara un bello jardín de madreselvas. Tomó aire y dulcificó su voz.
—Hijito mío, solo hablamos del nombre del nene. No te ofusques.
—Entonces no me rompas las pelotas. Se va a llamar Ícaro, como quería la madre.
—No, mi amor, no te quiero romper las pelotas. Solo quiero hacerte entender que no se puede llamar de ese modo. Vos no sos Dédalo, ¿me comprendés? Sos un funcionario importante, hijo de otros dos también muy importantes. En la escala de valores morales o estéticos, la ridiculez no puede empezar nunca por un nombre mal elegido. A la gente como vos, como yo, como tu padre, hay que ayudarla a comprender lo importante que siempre es guardar las apariencias y saber elegir con propiedad. ¿Me comprendés, mi amor?
—¿Y qué mierda tiene que ver mi cargo con el nombre del nene? ¿Qué tiene que ver tu alcurnia o la puta jerarquía de papá con el nombre de mi hijo? ¿Por qué no se puede llamar Ícaro? —Miguel volvió a alzar la voz, disgustado por la conversación.
—¡Porque es ridículo! ¡Vos sabés que es un nombre ridículo! Y vos no podés hacer nunca —y subrayó la palabra nunca— el ridículo. Así es la vida, hijito mío. No te enojés conmigo, enojate con la vida que tenés.
—Todo lo que le gustaba a Anita para vos siempre fue ridículo. Si Anita viviera ni siquiera te hubieras atrevido a hablar de este asunto.
—Pero se murió, querido, comprendé que se murió. Por tu bien te lo digo. Además, quiero decirte: tu mujercita tenía muchos pajaritos en la cabeza y por eso resultaba muchas veces algo ridícula. Para colmo, creía que esos pajaritos eran mitológicos, como Ícaro, pero solo eran pajaritos… pajaritos de mierda, pajaritos al pedo, pajaritos… ¿viste qué poca cosa son los pajaritos? Cantan, vuelan un poco y se mueren. Vienen los gatos y se los comen. Horrible destino, es cierto. No es sano que tengas el destino de un pajarito en la boca de un gato.
—No podés ni esperar un día para hablar mal de ella. Te importa un carajo su muerte, te importa un carajo lo que me pasa. —¡Pero no, hijito! ¿Cómo decís eso? —Eriseta extendió sus brazos como si intentara abrazar a toda la familia al mismo tiempo—. Yo los quiero a todos y vos lo sabés. —Los abrió aún más, tratando de aparecer muy amorosa. Miguel movió negativamente la cabeza: sabía bien que no existía ese amor que invocaba su madre cuando hablaba de su esposa y de su hija, y respecto de él, tampoco.
—Convengamos que Anita era difícil, muy difícil. Y, además, ella a mí no me quería, vos sabés muy bien que no me quería, ni un poquito. Más bien me odiaba. Vos sabés que ella me odiaba.
Miguel suspiró agotado. Llevó sus manos al pecho y lo frotó despacio, tratando de distender la enorme presión que oprimía el tórax en el que retumbaba agarrotado el corazón de penas.
—Pedime lo que quieras, pero que sea hipócrita, por favor, no —dijo Eriseta—. Lamento que se haya muerto tan joven, pero por suerte tu hijo se salvó. Con eso tenés bastante; se ve que Dios todavía te tiene paciencia.
Miguel se distendió un instante, como si ya no oyera a Eriseta hablar huraña contra Anita.
—Si nacía nena quería que se llamara Petra, y para un varón primero pensó en el nombre de Espartaco, como el esclavo rebelde, pero al final eligió Ícaro… —Eriseta ni reparó en el nombre elegido por Anita para una mujer. Lo descartó sin interrogarse sobre él, porque, en definitiva, el nacido era varón.
—¿Espartaco? ¿Vos ibas a permitir que un hijo tuyo se llamara Espartaco? ¿Te volviste loco? ¿Dónde te creés que trabajás? ¿En el Coliseo? ¿Querés matarme de un susto? Miguel, por favor, Miguel…
—Podría ser peor, mamá, podría ser mucho peor —las palabras del hijo sonaron como silábicos puñales.
—¿Peor que qué? ¿Qué Espartaco? ¡Qué podría ser peor que Espartaco!
—Por ejemplo, llamarlo Carlos Federico…
—¡Ay, por favor! No me jodás… ¿Estás borracho? ¿Estuviste tomando para olvidar? Entiendo que estés triste, muy triste, todo lo triste que quieras, pero que digas semejantes idioteces no lo entiendo. ¡Por favor, hijo! ¿Cómo podés decirme algo así? No deberías ni pensarlo.
—No sé en qué pensar en este momento, mamá.
—En cualquier cosa, pero no en boludeces. No sé qué te pasó a vos que te enredaste con esa mujer, con esas ideas que tenía, con una beba de un año. Si no te conociera tendría que pensar que te volviste un pelotudo. Si tu padre viviera ya te hubiera cagado a patadas —Eriseta abandonó definitivamente su tono coloquial.
—Volviste al lenguaje “ceremonioso” que usaba papá para expresar sus mejores ideas en mi contra.
—Papá no tenía nada contra vos, solo le disgustaban algunos comportamientos tuyos. Fue él quien te hizo entrar a la carrera y gracias a él no sos un pinche y tenés un futuro promisorio. Decí que tu padre se murió demasiado rápido; si no, ya estarías en algunos de los directorios importantes. Con voz siempre fue gaucho.
—¡Uf! Un gauchazo… me trató siempre un poco mejor que al perro. Le faltaba pedirme que moviera la cola en señal de gratitud.
—No hablés así de tu padre. Vos siempre fuiste un busca roña, siempre lo confrontaste. Si sos algo, se lo debés a él —Miguel ignoró la acusación.
—Ícaro es un nombre bonito. ¿Le gustará a Amanda?
—¿Y a quién carajo le puede importar lo que diga una niña de seis años? A nadie, y menos a vos.
—Ícaro será como un homenaje. Eso quería Anita. Me costó mucho convencerla en su momento para que cambiara el nombre de la nena. Al final aceptó llamarla Amanda, pero fue duro: me maldijo mil veces y lloró de tristeza muchos días. No quiero que me maldiga otra vez, en donde esté.
—¿Y dónde va a estar tu mujercita en este momento?
—En el cielo, seguro que en el cielo.
—En el cielo no puede estar, disculpame que te contradiga. Era atea, tenelo presente. Si Dios se hace el distraído puede estar en el purgatorio; de lo contrario fue directo al infierno, al sexto, para ser más precisos.
—No te soporto más, mamá. Yo creo que papá se murió para no oírte.
—¡No te soporto más! ¡No te soporto más! Eso me lo decís desde que tenías cinco años y aquí estamos. Y te repito que tu papá se murió de cáncer de próstata, nada que ver con el oído. Su drama estaba a la altura de la cintura, no de la cabeza.
Miguel miró hacia el cielorraso como si allí encontrara algo del cielo en que referenciarse con Anita. Luego mencionó a su hija con verdadera ternura:
—Amada Da Silva… mi nena Amanda Da Silva.
—En cualquier momento me pongo a llorar, hijito. Y eso que no lloro desde que nací. El único problema que tenés ahora es que tenés otro hijo, uno de tu sangre, que es lo único que debería importarte. La sangre llama a la sangre. Lo que viene de uno hay que saber cuidarlo. En cambio, esa nena no es tu sangre, disculpá que te lo recuerde —Miguel se encogió de hombros y movió varias veces la cabeza de un lado al otro. Luego se tapó los oídos con las manos.
—Aunque no me quieras escuchar, me vas a escuchar igual. Ya hiciste bastantes macanas. Te metiste con una madre soltera llena de pajaritos en la cabeza, con una nena de un año que tenía un nombre… ¡Dios mío, qué nombre! Y encima después no se te ocurrió nada mejor que ponerte un apellido ridículo. ¡Ese apellido! ¡Ese apellido! Da Silva… Tu padre estaba enfurecido cuando supo que te hiciste llamar Miguel Da Silva, como un portugués roñoso, él que era españolísimo. Tuvimos que pedir documentos para los dos para tu casamiento, con ese apellido del que toda la Agencia se rio a más no poder. “¡Da Silva! ¡Da Silva!”, nos gritaban por los pasillos… ¡Qué apellido! No sé cómo decirlo… ¿Cómo se te pudo ocurrir ponerte ese apellido? ¿De dónde lo sacaste?
Miguel no respondió. Siguió con los ojos en el cielorraso. Recordó que tomó ese apellido de un contrabandista brasileño —quien a su vez lo había copiado de un noble portugués del que alguien le dijo que fue embajador en Roma—, un tipo que se empedó una noche y quiso pasar a unos mensúes misioneros o paraguayos. Los peones estaban tan mamados como el brasileño y, cuando comprendieron que el forajido los quiso timar, le dieron dos machetazos en la cabeza y lo mataron. Después le cortaron las pelotas y las mandaron en un frasco con formol a un tipo que alguien les dijo que era su jefe. El tipo trabajaba para un general brasileño, quien armó un escándalo. Miguel fue enviado por la Agencia, a pedido del gobierno, en una misión reservada: velar los testículos del siervo del militar y arreglar una reparación satisfactoria para el general.
El brasileño exigía todo el tiempo: “olho por olho, dente por dente”, y repetía la frase como un conjuro. Se notaba que no se animaba a decir “olho por olho, dente por dente, testículo por testículo”.
Miguel aceptó los dos pedidos del patrón: dinero para compensar las pérdidas por la muerte del contrabandista y los testículos de sus ofensores para saldar la deuda de sangre. El militar le aseguró que había jurado a la viuda cortarles las bolas a los asesinos. Miguel suponía que a la mujer, más que importarle el cadáver de los testículos de su esposo, le interesaría una buena reparación económica, algo de lo que el militar no habló en ningún momento. Cuando mencionó indemnización fue solo para compensar sus propias pérdidas. Para vengar la afrenta contra su hombre quería que amputaran los testículos a sus asesinos, y con eso se daba por satisfecho.
El pacto se selló con un fuerte apretón de manos y unas papeletas insignificantes en las que figuraban las sumas reclamadas. El dinero se giró vía consulado. A su regreso a Misiones, Miguel hizo cortar las pelotas a dos cadáveres que yacían en el cementerio sin que nadie los reclamara, y se las mandó al jefe ofendido diciendo que eran de los peones homicidas. El obsequio fue envasado en formol en dos elegantes frascos de vidrio tallado. Seguramente uno de ellos adorna algún estante de la lujosa estancia del ricachón. El otro, tal vez, repose en los brazos de la joven viuda o haya terminado como comida de los cimarrones. No podía suponer para qué querría esa mujer un par de testículos envasados, habiendo tanto hombre con sus testículos llenos de sangre caliente y esperma fresca dispuesto a ofrendarse en reemplazo del finado capado.
Miguel volvió a reclinarse con ánimo de dormir.
—La convencí a Anita de cambiarle el nombre a la nena por la seguridad de ambas.
—¡Eso, mi amor! ¿Ves que podés ser razonable cuando querés? —dijo Eriseta, recuperando un tono maternal—. Por tu seguridad, por la seguridad de tus hijos, de la mía, de todos los que te rodean, el nene no se puede llamar Ícaro, menos Espartaco y jamás Carlos Federico. ¿Me comprendés? Además, hijito, es tu sangre, ¡y varón! ¡El primogénito! ¿Entendés? ¡El hijo de la promesa! Ya sabés lo que dice la Biblia del hijo primogénito.
—¿Qué dice la Biblia? —preguntó Miguel, cargado de cinismo.
—Ya ni siquiera te acordás lo que dice la Biblia.
—¿Qué dice la Biblia?
—“Yo también lo haré mi primogénito, el más excelso de los reyes de la tierra.”
—¡Por favor, mamá! ¿Vos escuchás las boludeces que me estás diciendo?
—Es la Biblia, hijito. ¿O te volviste ateo como tu mujercita? Yo soy católica. Vos sabés que soy mujer de fe —Miguel sonrió sarcástico. —No sé de qué te reís…
—Tu fe vale por tu dinero, mamá. Es como una cuenta en el banco: si alguien deposita todos los meses, tu fe crece; si no, escasea. —Eriseta hizo un gesto despectivo y torció la boca en una mueca de risa.
—A Dios lo que es de Dios, al César lo que es del César. No confundas a Cristo con el socialismo. El niño no se va a llamar como un pajarito mitológico. Sabelo. No acepto ninguna discusión, y si tengo que hablar con las autoridades superiores para que entrés en razones lo voy a hacer. Tiene que llevar un nombre excelso, como dice la Biblia, magnífico.
—Juan Domingo, ¿te parece?
—¡No seas tilingo, querés!
—Digo… es un nombre importante. Va a ser presidente.
—¡Jamás! ¡Ese fascista! Demagogo de…, demagogo de… ya sabés qué pienso de ese degenerado. Fascista admirador de Mussolini. Tené presente que yo soy aliadófila, querido, por tradición. ¡Ese demagogo de…!
—Decí “mierda”, mamá, no es tan difícil decir “mierda”. Hacé el esfuerzo, decí “mierda”, como cuando pensás en Anita.
—¡Por favor! ¿Cómo me vas a decir eso? Yo nunca dije que Anita fuera una mierda. No me gustaba para vos, eso no tenía nada de malo, y tenía mis razones, muchas razones.
—Sí, mamá…
—¡Ay, hijito querido! El nene tiene que tener un nombre importante, ¿sabés? Un nombre que le dé dignidad. Por ejemplo, Julio César.
—Lo apuñaló hasta el hijo…
—Porque no era su sangre… puede pasar con los hijos adoptados. Es bueno que lo tengas en cuenta.
—¡Qué hija de puta que sos!
—¡Por favor, Miguel! Soy tu madre, ¿cómo me vas a hablar de ese modo? Jamás me comporté así ni con tu padre, para que sepas —Miguel se disculpó con un gesto. La mujer siguió con su argumento—. Si no es Julio César puede ser Jorge, como el rey de Inglaterra.
—¿El tartamudo? Dejate de joder, mamá. ¿No querés que lo llame Winston?
—Es un viejo asqueroso. Con ese cigarro todo el día en la boca. Como tu suegro, que tiene ese olor a mierda del tabaco de los cigarros y va por todos lados echando humo como una chimenea vieja. —Quiero descansar, mamá. Solo quiero descansar.
—Descansá, entonces. ¿Qué te lo impide? Tomate un whisky, recostate en mi cama, dormí tranquilo un par de horas.
—Tengo que ir a buscar al nene, se quedó con las primas. Después tengo que estar en el velorio hasta mañana, cuando sepultemos a Anita.
—Despreocupate. Al nene voy a buscarlo yo, que soy la abuela, la única que tiene, por otra parte. Me ocupo de todos los trámites y si surge un problema llamo a mis amigos, que me lo resuelven en un instante. Voy, lo traigo y lo cuidamos juntos. Cuando regreses seguro vas a estar más sereno. Confiá en tu madre, que siempre te salva. Si querés le digo a la mucama que te prepare un buen café.
—No. Voy a acostarme. Necesito dormir un rato.
—Después vamos juntos al velorio. El bebé puede quedar al cuidado de una nurse de confianza que ya contraté. Está recomendada por la Agencia, así que no tenés nada de qué preocuparte —Miguel casi ni oyó esas últimas palabras de su madre—. Ya me ocupé de encontrar una madre de leche, desde ya sana, muy sana, también de confianza. No es cabecita negra, así que no hay nada por lo que inquietarse.
Miguel dejó el salón en dirección a la habitación de Eriseta. Apenas se acostó entró en un profundo sueño. Su madre encargó a sus criados que no lo molestaran hasta su regreso. En su automóvil se dirigió a la maternidad donde sus sobrinas cuidaban de su nieto. Ya tenía decidido el nombre: se llamaría Jorge, como el rey de Inglaterra. Julio César era inconveniente, podía evocar el militarismo de Mussolini, aliado de Hitler, y ella era fervorosa aliadófila.
Si el niño resultara tartamudo como el rey en cuestión no se preocuparía: más de un apabullado triunfó en la vida, y muchos de ellos —sino la mayoría— no contaron con una abuela con buenas relaciones políticas y sociales. Y con dinero, no todo lo que hubiera deseado, pero suficiente para comprar cargos y conciencias. Con esa fortuna también haría entrar en razones a su díscolo hijo. El primogénito sería un triunfador, como su abuelo. Y pasado un tiempo, cuando la pena diera lugar al olvido, se ocuparía de presentarle a su hijo una mujer de su misma condición social para que rehiciera su vida amorosa.
Amanda ya tenía su destino sellado. Las monjas del pupilaje se ocuparían de ella mejor que cualquier otra institución. La Madre Superiora ya había sido puesta al tanto del asunto y ordenó acomodar una nueva cama para la pupila que ingresaría en pocos días, luego de la muerte de su madre.
Para Eriseta, todas las cosas recuperaban su verdadera naturaleza. Anita entraría en breve al limbo de los olvidados y Amanda aprendería, de la mano del monjerío, a asumir su definitivo destino de huérfana.
***
“Autobiografía en secreto de Amanda Da Silva.” – Hoja N° 8
La niña aprendió a leer. Busca la integridad de las palabras. No tengo libros a mi alcance. Encarnación guarda apenas unos pocos: hojas infortunadas, sílabas de ardor en breves olas, guerreros encendidos al borde de un abismo de ventiscas, montañas que golpean huesos triturados de pólvora. Le diría que busque las raíces de los versos, humo de amor, sed de laberintos, que la conduzcan al refugio de un príncipe reencarnado junto a un río de olas del tamaño de una uva.
***
VIII
Ocaso de un adiós
La ceremonia fúnebre fue breve, íntima y recatada. Ocaso de un adiós sin palabras, apenas acompañado por los pocos asistentes que siguieron a Miguel en el sepelio. Beso arterial del esposo sobre la frente helada. Los labios de la muerta, como los párpados, vencidos y apretujados de muerte en el último suspiro, cerrados para siempre en la eternidad de esa sangre coagulada como una cáscara roja. Las iniciales de la muerte inscriptas en la empuñadura del féretro imitaban el sombrío color del légamo, láminas de crepúsculo definitivo sobre un amor que parecía eterno, pero duró apenas un suspiro entre reproches familiares.
Los jefes se excusaron por su ausencia. Hicieron llegar a Miguel sus condolencias junto a las palmas fúnebres que competían en variedad de flores. De paso, recordaron por medio de mensajeros que les estaba prohibido reunirse incluso para la ceremonia de la muerte. Sus rostros debían conservar el anonimato: era regla rigurosa evitar ser reconocidos por algún alcahuete en busca de recompensa. Su mundo era secreto, y en ese misterio de nombres y rostros estaba la garantía de supervivencia, amenazada solo cuando el poder cambiaba de manos por obra de fusiles y cañones que atronaban la política con gritos empavonados de carbón, azufre y nitrato de potasio. Apenas se extinguían los sones marciales, los funcionarios sabían demostrar nuevas fidelidades: bastaban juramentos y una cantidad definida de caídos en desgracia para que todo recobrara la acostumbrada seguridad.
Nada devolvería la vida a la infausta criatura que murió entre los intersticios de una hemorragia que licuó, como magma rojo, la existencia en un instante. Ni siquiera el todopoderoso séquito de espías que regía en parte los destinos de la nación. Su sacerdocio no atendía el rito de la vida, sino el de la muerte por razones de Estado.
Eriseta parecía satisfecha. Cuando los funebreros soldaron la caja metálica suspiró con emoción, y hasta hizo creer a los presentes que sentía verdadera congoja. Pero fue un error de apreciación. Estaba complacida, aunque su impávido rostro no permitiera descifrar sus sentimientos. En cada gota de estaño derretido que sellaba la tapa, se empujaba hacia el olvido fragante a quien en vida fuera la esposa de su hijo. Todo parecía retomar el rumbo del que nunca debió apartarse. Misterios de un amor que no le interesaba develar: la muerte temprana resolvía sus desventuras y disgustos de modo inapelable. Y eso era lo que más la reconfortaba. La condición de inapelable era hasta estimulante. La muerte tiene ese poder afrodisíaco en quienes la invocan para resolver lo que no está al alcance de su voluntad.
Siempre cuestionó a su hijo el enamoramiento casi adolescente que lo arrebató con esa mujercita de rostro aniñado y cuerpo grácil. Aunque reconocía que Anita tenía personalidad, además de belleza natural, capaz de subyugar a cualquier hombre, nunca pudo deducir por qué fue su hijo quien cayó en esa red de encantos y no otro de los tantos que merodeaban a su alrededor, expectantes de una mirada, una sonrisa, incluso un desprecio que les diera esperanza de un amor que no les estaba reservado.
La naturaleza de Anita era misteriosa: hasta cuando murmuraba unas pocas palabras provocaba expectación desmesurada. Algo en su voz, o en la mezcla de voz e imagen, hacía que la gente quedara suspendida esperando un milagro, la revelación de un prodigio, o el descenso de ángeles para salvar a la humanidad de sus horrores. Con esa niña de nombre prohibido en brazos, deambulaba entre sol y luna, entre luz y oscuridad, hasta toparse casi por accidente con ese muchacho desprevenido en el pasillo de un ministerio intrascendente, atento y jocoso, que quedó prendado de la mujer por la que hubiera hecho lo impensado. Amanda, apenas una beba de pocos meses, con su sonrisa y su mirada colaboró en el embrujo que subyugó a ese inexperto burócrata.
Anita no era lo que Eriseta esperaba para su hijo. Lo dijo siempre con franqueza, incluso en la cara de la joven. Entonces ella la miraba desde la profundidad de esos ojos de diamante negro, como un gotón de noche, y se hacía impenetrable hasta sacar de quicio a una suegra poco acostumbrada a la desobediencia.
Anita podía ser tan cálida como una brasa de amor en la noche más oscura, y tan fría como el aliento de la muerte, como el filo glacial de un pedernal de hielo. Eriseta sentía ese frío exuberante rozarle las intimidades de sus tejidos, comprendiendo que mientras el corazón de la mujercita latiera, sus posibilidades de espantarla de la familia eran nulas. A su lado, esa nenita de amorosos abrazos que embobaba a Miguel incluso más que su esposa reforzaba un embelesamiento imposible de derrotar con las artes mundanas de Eriseta, poco habituada a la derrota. Y aunque nunca se atrevió a rozar el asunto, lo que más la fastidiaba era que la mujer y su hija habían ingresado a la herencia familiar por la ventana de un matrimonio resuelto a escondidas y a las apuradas. Miguel arriesgaba la fortuna familiar en beneficio de una desconocida, cuya hija llevaba un nombre extravagante y decía profesar ideas igualmente extravagantes al impulso de los acontecimientos de la gran guerra.
Cuando Anita susurraba a Amanda como canción de cuna “ni un paso atrás”, y hasta parecían sonar las músicas de una orquesta roja, provocando cínicamente a su sexagenaria suegra, Eriseta sentía que su corazón se agitaba, exagerando sus latidos, estimulados por la aversión a esas noticias que llegaban de los lejanos frentes de batalla.
Fue en esos arrebatos políticos que concluyó que solo la muerte —y por eso la celebraba íntimamente— podía acomodar las cosas del modo que deseaba. Tiempo después, contaron sus amistades de tertulias, cuando alguien dejó caer el nombre de Anita como un recuerdo extraño, ella habló de un asunto que pocos pudieron comprender. “¡Quién lo diría! Al final estuvimos todos juntos contra ese demagogo de…” exclamó, y se llamó a silencio. Nadie recordaba con exactitud cuándo hizo esa afirmación: para algunos fue hacia fines de 1945, para otros ya entrado el nuevo año. Lo seguro es que nunca volvió a deslizar comentario alguno sobre ese asunto.
Jamás ocultó que promovió para Miguel un matrimonio que lo ayudara a trepar en la escala social, lo que —sabía por experiencia— aceitaría sus progresos en el trabajo. No un enamoramiento sanguíneo, donde la libido manda la voluntad masculina. Para ella, el eros de los hombres carecía de inteligencia, argumento que repetía cada vez que podía. Y tratándose de Miguel, un novato en las lides del sexo y del amor, ni hablar.
Sus hermanos supieron escoger mujeres que los promovieron a lugares destacados de la sociedad. El amor era asunto de novelas. Ella misma, cuando se le preguntaba si alguna vez estuvo enamorada, respondía iracunda que nunca dedicó sus esfuerzos ni su tiempo a las zonceras del sentimentalismo. “¡Jamás!”, gritaba con furia, y allí terminaba el diálogo sobre los encantos del enamoramiento. La sexualidad solo era herramienta reproductiva o instrumento de ascenso social.
Desde que el mundo es mundo, decía, siempre ha sido así y así será por los siglos de los siglos, amén. Podía citar de memoria una larga lista de mujeres que treparon en sus ambiciones subidas a las puntas de nobles y aristocráticos penes. O de varones engreídos que veían bellas a las más horrendas solo porque la copulación con ellas les prometía alcanzar los estratos más altos del poder, empresa para la que sus propias virtudes no alcanzaban ni para los primeros escarceos.
Si alguno de ellos hubiera dedicado algo de su tiempo a la lectura en vez del alcohol, el humo de los cigarros y las lúbricas vaginas de la promiscuidad, entendería por qué ella referenciaba en Devereux a todos esos hombres. Y alzando su dedo meñique en señal de cinismo organizado, se refería a la suerte de aquel que tan solo fue decapitado, cuando bien merecía castigos más contundentes.
Nada de amor, entonces. Nada de orgásmicos momentos maritales. Ella trajo al mundo cuatro varones, aporte más que extraordinario a la continuidad de la especie, y eso la glorificaba. Para satisfacer el placer estaban las juergas con prostitutas seleccionadas entre las más jóvenes y blancas de los lupanares de Estado. En esas vaginas vigiladas pudo descargar su esposo los excesos de esperma que conmovían su espasmódico tracto urinario. Todas esas mujerzuelas que rondaban alrededor de los espías intercambiaban un coito libertino a cambio de un poco de comodidad surgida de favores del dinero o del amparo del poder. A veces ropa fina, droga de la buena o algo de dinero. Las más de las veces morían en oscuros rincones de la burocracia y quedaban sepultadas en el más riguroso anonimato. Sus nombres eran borrados de todos los registros.
Sabía cómo eran los códigos morales de los hombres de esa burocracia. En la Agencia se veía con buenos ojos que sus empleados calificados, como Miguel, constituyeran una verdadera familia de acuerdo con los valores de la religión católica. Las multitudes asamblearias que rodearon a Pacelli ayudaron a consolidar esas creencias doctrinarias. Hombres, mujeres y niños llegaron desde los confines de la nación para engordar el mito de la nación católica por excelencia, bajo la custodia de un nacionalismo elaborado en el excéntrico alambique de la Liga Patriótica, que destilaba un pogromo de odio anticomunista y antisemita como un elixir milagroso para los males de la patria, y que se manifestó exuberante, casi todopoderoso, en “La noche de los hombres”, cuando cientos de miles marcharon portando antorchas desde las inmediaciones del Congreso Nacional hacia la Plaza de Mayo.
El catecismo señalaba claramente que las esposas debían ser devotas, recatadas, cuidadosas de la reproducción para garantizar que la descendencia reuniera las mejores condiciones, pensando en el porvenir. Si había deslices —que los había y a menudo— se sabrían disimular incluso cuando rayaban en el escándalo de sexo y vicios combinados en sus extremos más escandalosos. Mientras no afectaran los secretos de Estado, se los consideraba parte de la naturaleza de los hombres, y mucho más de los hombres sometidos a tareas clandestinas. Y, además, pecar no siempre prometía el infierno: a veces podía ser el anuncio de un prominente ascenso. Entrepiernas diplomáticas, úteros de ascendencias marciales, chismosas de alcurnia podían ser pasaporte hacia la cumbre del poder entre las sombras.
En cambio, las esposas debían sostener los principios de la fe y educar a los hijos en el riguroso catecismo de la Santa Iglesia. Roma auscultaba sus sentimientos con ojo crítico, desde los ocultos sustratos de los misterios vaticanos. La frigidez era presentada como virtud mariana y muy valorada entre los priores de la fe.
Anita no reunía ninguno de esos requisitos, y solo Miguel, con sus artes, hizo parecer a su esposa acorde al prototipo que se promocionaba en la Agencia. Un ejercicio de apariencia y de falsa apariencia casi extraordinario. Pero lo definitivo, lo que le granjeó simpatía entre los cuadros de conducción, fue su enorme capacidad matemática, que dejó perplejos incluso a los más encumbrados reclutados por la Agencia durante años. Ese talento hizo que, muchas veces, nadie prestara atención a las críticas que Eriseta deslizaba en tertulias con viejas amigas, esposas de veteranos funcionarios que compartieron con su marido días y noches de conspiraciones. Anita era misteriosa como el mecanismo de Anticitera: compartía su secretismo analógico en la punta de los dedos, su astronómica sensualidad, los ruidos de eclipses astrológicos y calendáricos indescifrables para burócratas anquilosados en sus minúsculas porciones de poder oculto.
Una cureña cargada de flores trasladó el féretro hasta el Cementerio del Oeste, que poco después sería renombrado Cementerio de la Chacarita. Eriseta se ocupó de conseguir un nicho privilegiado en un panteón cercano a la entrada principal, moviendo sus influencias que atendieron comprensivas sus reclamos. Se negó a permitir que el ataúd ingresara en la bóveda familiar donde reposaban los ilustres de ambas familias. Consentirlo equivalía a dar crédito a derechos de herencia que, seguro, reclamaría Amanda al crecer. Además, era un sacrilegio funerario, una alteración de los ritos mortuorios que no estaba dispuesta a tolerar. Miguel no tuvo intención de discutir: le resultaba indiferente, por el momento, el lugar de descanso de su esposa, e incluso vio con buenos ojos que no compartiera reposo con parientes que la hubieran repudiado por su carencia de alcurnia. Un par de años después decidió incinerar el cadáver y arrojar las cenizas al osario general, lo que dijo era deseo de Anita. Sin embargo, fue Eriseta quien le señaló la conveniencia de concretar ese rito: “Los iguales con los iguales”, repitió palabras que adjudicó a la difunta.
En la capilla ardiente, antes de depositar el féretro en su nicho, el cura dijo el responso con voz fermentada en la ira de los mandamientos divinos. Bendijo el ataúd, repitió varias veces el nombre de la difunta y rogó que Dios asistiera su alma en el tránsito hacia la vida celestial. Elevó plegarias por el hijo recién nacido. Amanda no mereció alivios del rezo: su nombre no figuró en el responso. Seguramente Eriseta orientó al sacerdote en bendiciones y maldiciones.
Cuando los sepultureros terminaron de atornillar la tapa de mármol blanco que cerró la boca del nicho, una lluvia torrencial se descargó sobre la ciudad. Miguel miró al cielo buscando un consuelo que no llegó. Se abrazó a algunos de los pocos acompañantes y esquivó a su madre. Solo dijo: “Voy a buscar a Amanda”, rechazando la oferta de Eriseta de acompañarlo hasta su casa en los suburbios. Deseaba estar solo en ese viaje en el amplio automóvil negro, desde el cementerio hasta el hogar. En su cabeza, palabras y palabras buscaban la armonía de los verbos del amor imperecedero, del prodigio de lo inextinguible, del poder de las resurrecciones, para explicarle a la niña qué sucedió con su madre.
¿Explicar la muerte? ¿Explicar lo que no puede ser perecedero, lo que no puede extinguirse, lo que está llamado a resucitar? ¿Qué palabras dicen de esos acontecimientos sobrenaturales? Solo el amor quedaba como semilla silenciosa para ser cultivada en el surco de esa herida temprana.
“Morir, dormir… dormir. Tal vez soñar.” ¿Explicar la muerte? “Esa tierra inexplorada de cuyas fronteras ningún viajero vuelve. Morir, dormir, tal vez soñar.” No sabía por qué recurrió a Shakespeare en esos instantes de dolor. Fue lo último en que pensó mientras se acomodaba en el asiento trasero del coche negro que lo llevaría de vuelta a su casa. La lluvia tormentosa anegaba las calles linderas al cementerio, y el cielo era un instante hostil de vapores grises encendidos de aguijones de relámpagos que retumbaban al límite del paisaje urbano.
***
***
“Autobiografía en secreto de Amanda Da Silva.” – Hoja N° 9
He perdido los anteojos de lectura. Se cierran cien palabras escritas para siempre. Cien. Mil. Todas. Guadalupe se burla de mi desgracia. Un hombre de recuerdos me arrimó una lupa que sacó, no sé de dónde. Ahora descifro un jeroglífico perfecto.
***
IX
Palabra
de padre
Busco las palabras, hija mía: las busco, las interrogo. Son exuberantes, pálidas, húmedas, sagradas, y todas claman al Hombre en sus dominios. La muerte, sin embargo, más allá de esas fronteras, se amarra a sus crucifixiones y derrama sus martirios ola tras ola: olas de tierra, de cenizas, de lápidas, de cuchillos, de golpes, de brutas dentelladas.
Miro tu porvenir y desde ahí te observo. Te miro y te acaricio tan solo con mirarte; de amor como una flor que cruza su perfume de polen, te descifro y te rozo con mi tristeza, sin querer darle un nombre a esta ausencia palpitante que se agranda de silencios y susurros. Un capullo negro llevo entre mis manos y una larga intemperie surge como un ronco quejido, desconsuelo sin remedio hasta las lágrimas.
Tiemblo al mirarte en este otoño, por la misma calle donde la cavidad de la noche se hizo luna y, al amparo de su luz, caminamos los tres asiendo racimos de viento que dispersaban perfumes más allá de nuestra laguna. Veo a tu madre precipitada en un manantial de frío, pero en el nido de tus pupilas la muerte poderosa perece sus abismos de oscuridad y desaciertos, y me salva en la desembocadura del martirio oscuro, inacabable.
Me niego a perpetuar una herida de muerte aquí en mi corazón. En él solo quiero su amor y los recuerdos de cada instante entre sus cálidos brazos y sus manos de pétalos. Quiero tu amor de hija, sanando esta ausencia que me desespera.
Mi corazón hecho de polvo, de piedra, de gusano, de arruga, de sangre espesa y de temblor invisible, de una lágrima reservada en la intimidad de los suplicios, late por ella y por vos, hija mía.
Estamos solos, ¡solos! Desesperadamente solos, desnudos de amparos y cubiertos de espinas. Miro tus manos y mis manos, tu vacío y mi vacío, la lámpara de tu ilusión, la vasija de tus sueños y la piedra de mi rostro. Hundo mis manos en la arcilla noble de esta pena de ásperos contornos que me invita a besar los minúsculos instantes que quedaron como pequeñas herencias entre nosotros dos.
Mis ojos están vacíos de lágrimas: las entregué de rodillas en el idioma del milagro imposible. Besé su sangre como si fuera néctar y desafié al destino hasta que fui vencido. Solo me quedan espinas que llorar, relámpagos negros, lutos del tamaño de un puño.
Te miro desde el patrimonio de mi pena hasta la desembocadura del dolor, de esta herida que no cesa. Solo me atrevo de rodillas a sospecharte así, pequeña de piafantes bríos. Yo, herido en los lagrimales ciegos, buscando esa palabra que te explique del reino de la muerte, del reino de los cielos, ese bastión maltrecho de la misericordia. Y cuando creo que encuentro esa voz en manantial, sin gritos ni estridencias, las palabras desaparecen como hojas del secreto de una sustancia glacial, un sobresalto de piedra imperturbable.
Te amo, hija mía. Con ese amor te rozo apenas con mis muertes vestidas con las ásperas vestiduras de la ausencia definitiva, por protegerte de ese frío imposible que llega como desde un agujero enarbolado y por el que la nada se derrama hacia el olvido definitivo de todo lo que tuvimos y ya no poseeremos hasta el fin de nuestros días.
Sufro de amor, sufro de secretos, sufro sin consuelo y desespero como una estatua de sal, perdida en el vacío de un misterio imposible. Así, desesperado en el pedazo roto de una vida que nos dejó con la boca vacía. Cuando llegue, te abrazaré sorprendido y agotaremos nuestros dolores en mutuas caricias, hasta el tibio reposo entre unas flores de pájaros que vuelan hacia un tiempo distinto de esperanzas.
***
“Autobiografía en secreto de Amanda Da Silva.” – Hoja N° 10
La lupa me revela el hallazgo. Leo atenta tras la curva pronunciada de su convexidad. Venganza de amor, piedras errantes, dinastías de lunas, desgarros de banderas, ojos muertos, desdichas en la boca, babas de diablo.
***
X
La pregunta
Miguel despertó cuando sintió los suaves golpecitos que el chofer daba sobre su brazo entumecido. Escuchó la voz del hombre llamándolo para que saliera del pesado sueño que lo había ganado apenas el motor del automóvil se puso en marcha. No habrían transcurrido ni unos pocos metros cuando Miguel cayó en un sueño tan profundo que, por momentos, parecía posponer su respiración en largos intervalos.
Entreabrió los ojos y miró, como en un tiempo eterno, la puertita de la modesta casa. Sacudió la cabeza como si quisiera deshacerse de un mal presentimiento, de cierta zozobra que lo angustiaba.
Sintió latir el corazón de Amanda, que esperaba silenciosa el arribo de su padre detrás de la puerta, desde hacía largas horas de paciente espera. Amanda latía no solo su corazón: hasta su sombra se había espesado durante esas horas en que aguardaba la llegada de Anita y su hermano, como le habían prometido meses atrás, entre risas y bromas de amor. La última imagen de su madre fue aquella en el auto negro, saludándola a través de la ventanilla trasera. Se quedó con esa sonrisa maternal y la delicada mano de Anita agitándose en señal de despedida.
Bajó del automóvil sumamente contrariado. Creyó tener todas las palabras en la boca. Sus labios se movían como si entonara una canción sabida de antemano. Las palabras tenían vida propia y se ubicaban en el lugar preciso, esperando salir para acariciar a la niña. ¿Las soñó durante el viaje? Era posible. Estaba seguro de que podría explicar las cosas con claridad y sin herirla. Aunque, con franqueza, ni él mismo encontraba una explicación satisfactoria.
Caminó vacilante la corta distancia que separaba el automóvil de la casa. Se detuvo frente a la puerta, aguardando que se agotara el leve temblor que invadía sus piernas. No estaba seguro si lo que escuchaba provenía del interior de la casita o de su propia cabeza. “¿Dónde está mi mamá?” oyó la pregunta repetida tres veces. Luego otra, también tres veces, con voz inquisidora que no parecía salida de la garganta de su niña: “¿Dónde está mi hermano?” Volteó para comprobar si el chofer también escuchaba esas preguntas que lo paralizaban, pero el hombre fumaba distraído, mirando hacia el horizonte a través de la calle de tierra, tal vez buscando una explicación a tanta soledad suburbana.
Cuando creyó que esos sonidos desaparecían, avanzó hasta quedar a pocos centímetros de la puerta. Apoyó la mano en el picaporte y se dispuso a entrar sin golpear, como era su costumbre. Pero fue Amanda quien abrió y apareció frente a él, tan pequeña y luminosa como siempre. Miguel sintió perder la compostura. Una fatiga arrogante le transfirió un temblor que se alojó en sus rodillas, incapaces de sostener el peso del cuerpo. Sus hombros se vencieron y dejó caer los brazos en señal de abatimiento.
Se podría decir que se arrodilló ante su hija, pero en verdad cayó postrado. Amanda lo abrazó con eucarística ternura. Dejó que la cabeza de su padre, inmensa, se apoyara en su pequeño pecho. Miguel lloró como nunca lo había hecho en su vida, sin pronunciar palabra. Los sustantivos, los adjetivos, los verbos, las proposiciones, los adverbios, todos se marchitaron en ese instante, como flores equivocadas resecadas por el leve roce de una brasa negra.
Amanda guardó un silencio inolvidable, mientras pasaba su delicada mano por la cara del padre y humedecía con sus lágrimas sus propios dedos.
Amanda quiso hablar, pero no pudo.
Amanda quiso llorar, pero no pudo.
Amanda quiso gritar, pero no pudo.
Amanda quiso correr, pero no pudo.
Solo pudo sostener el consuelo entre sus brazos delgados como estambres y sus manos diminutas.
Carmen y Francisco salieron por la puerta del fondo y lloraron abrazados bajo la sombra de un árbol pelado por el otoño. El coro de unas aves enmudeció de golpe. El viento cesó en sus giros bandoleros y una copa de noche pareció descender sobre esa porción del pueblo, mientras una raya roja desesperaba en el fondo de la legua, horizonte que se moría en dirección a una noche salida del subsuelo gangrenoso del lodo de una cicatriz en la laguna.
¿Fue en ese momento que Amanda comprendió que había perdido todo en ese abrazo, tanto de desconsuelo como de despedida? Años después, mientras enjuagaba con agua limpia las manos del General, creyó entender el significado de aquel suceso que, a pesar de estar tan lejano en el tiempo, le dejó una mortificante intriga hasta ese presente en la inmensa mansión que se disecaba al rayo del sol sobre los huesos dolientes de los sepultados vivos por sus infinitas rebeliones.
Nada del General le recordaba a su madre, tampoco nada de Doña Encarnación, ni siquiera se identificaba con esa otra niña amarrada por tres babas de diablo. Pero a veces, un suspiro, un sonido monocorde del pecho de “La Reliquia”, rugoso y metálico, la retrotraía a ese abrazo del padre que respiraba jadeando un dolor que sonaba a barro, a greda amarga, y que la dejó tan solitaria y tan vacía, sin poder comprender con exactitud ese sentimiento de ausencia poderoso. Solo muchos años después —tal vez en la soledad de su habitación, contemplando el pálido cielorraso pintado a la cal hacía ya décadas— pudo descifrar las consecuencias de aquel amor maternal perdido tempranamente. Hubo una mezcla de dolor mortuorio y de traición madurada a los empujones, que explicó el abandono posterior de todos los afectos que había sentido potentes justo hasta ese preciso momento.
En la madurez, sosteniendo con sus manos callosas la rugosa y huesuda del ilustre, pudo descifrar aquel pensamiento que conquistó su mente mientras consolaba al padre arrodillado, pero que entonces no pudo manifestar ni siquiera en una simple idea: “¿Qué será de mí si ya no estás a mi lado?” La muerte de Anita definió para siempre el destino de Amanda. A partir de entonces, solo la soledad y el silencio serían los arquitectos de su vida.
***
“Autobiografía en secreto de Amanda Da Silva.” – Hoja N° 11
En un sobre azul guardé las palabras. En el convento, será flor o cautiverio. No lo sabré por una eternidad. Búscame en el acierto de unos apellidos.
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XI
Una muerte y después
La tarde se erizaba de cirros a lo lejos. Las turbulencias de la luz del sol, entre esas pequeñas nubes que entretejían magníficos velos, dibujaban luces variopintas que parecían lanzarse al centro de la laguna para iluminar el agua, removida por olitas que estiraban su cabellera espumosa como un follaje blanco. El viento húmedo volaba bajito, resbalando entre los pastos que se abrían paso entre matorrales amarillos que insistían en amarrarlos con sus raíces rastreras, silabeando flores pequeñas cuyas fragancias se percibían incluso a cierta distancia. El villorrio parecía más solitario que de costumbre.
Largo fue el tiempo que Miguel estuvo arrodillado, llorando, abrazado a su hija. Amanda lo acarició mientras él, hincado, desahogaba su pena. Se incorporó como pudo, casi sin fuerzas. Quería irse del pueblo hacia cualquier lugar, no importaba dónde. Pero huir no era una opción al alcance de su mano.
La cercanía del hogar familiar lo perturbaba profundamente y no podía controlar esa sensación de ausencia. Ni siquiera era capaz de mirar hacia su propia casa: veía a Anita acercarse por la calle de tierra en dirección a lo de Carmen y Francisco. Esa alucinación nacida del dolor lo desesperaba.
Amanda, como si tuviera la fuerza necesaria, lo ayudó a incorporarse y se mantuvo a su lado. Cada tanto se abrazaba a su fornida pierna con todas sus fuerzas, como temiendo que el hombre huyera corriendo de la casa. Tal vez adivinaba la intención de su padre de escapar del villorrio sin destino conocido.
Miguel, en silencio, sin decir palabra alguna, instintivamente acariciaba sus cabellos con suavidad. Los vecinos también permanecieron silenciosos. Se esforzaron por consolarlo con palmaditas amorosas en la espalda. A cada una de ellas, Miguel respondía con una sonrisa ajena, torciendo la boca en una ridícula mueca más que en un gesto de agradecimiento.
No era displicencia: parecía más bien desorientado, sin saber qué hacer ni qué decir. Oía las palabras de consuelo de la pareja como simples monosílabos espesas, inconexas, lentificadas por su paso a través de un túnel de dolor que le impedía comprender cabalmente lo que le decían. Si se le hubiesen pedido que las repitiera en ese mismo momento, no lo hubiera podido hacer. En cambio, Amanda seguía con atención la escena y recordaría por siempre esas frases amorosas de los vecinos, así como la congoja de su padre. Durante años, ni siquiera pudo sentir rencor contra ese hombre. Solo cuando recibió el papelito que el suboficial Pérez le entregó el día de su partida de la casona —con las respuestas a sus tres preguntas, las mismas que había hecho al llegar a la mansión— pudo maldecirlo, liberando su alma de un odio razonable.
Miguel trataba de disimular su estado de ánimo, pero un sopor enigmático lo envolvía y no le permitía despejar la mente. Las ideas se le agolpaban sin orden ni sentido: su memoria se había anarquizado repentinamente.
Los golpes del corazón retumbaban en su tórax y expulsaban como pistones la sangre que dilatada subía por su cuello hasta el cerebro, por las arterias carótidas que sentía redondas y calientes. Movía la cabeza en todas direcciones tratando de acomodar ese atropello de añoranzas de las que apenas podía tomar conciencia. Recordaba momentos con Anita: las caminatas por la calle Florida hacia la terminal de Retiro; las exigencias de su padre y el juramento reclamado en el lecho de muerte; los cálidos abrazos en las noches serenas; los besos deliciosos, la humedad de las bocas; los berrinches de Amanda; las ecuaciones matemáticas; los sueños de aventuras comunes; el agua rodando por los caños impulsada por la bomba manual hacia el tanque del techo y el ruido de la lluvia cayendo sobre las chapas; los reproches de Eriseta con su voz de corneta; la escarcha sobre el pasto blanqueando el paisaje; la primera noche de amor abrazados con pasión; la última de los suspiros jadeando la hemorragia incesante, aturdidos por los gritos de médicos y enfermeros que corrían desesperados hacia ningún lado, mientras la muerte llegaba como un ave cruel que succionaba a través de su útero los últimos gramos de vida que le quedaban.
En un acto reflejo, mecánico, tomó de la mano a la niña más por saber si seguía allí, a su lado, que para contenerla. Palpó su manita, y ella la sujetó con toda su infantil fuerza.
La niña, a pesar de sus pocos años, parecía más serena y calmada que su padre. Lo miraba de a ratos sin dejar de aferrarse a su mano; unas pocas veces volteó hacia su casa, que se veía más oscura que de costumbre y vacía como nunca antes la había notado.
Luego, moviendo con lentitud la cabeza, dirigía la mirada tanto a Carmen como a Francisco, quienes esquivaban esos ojos negros que les recordaban los de la propia Anita. Mientras el rostro del hombre demostraba una pena profunda, Amanda no dejaba traslucir ni el menor sentimiento. Parecía extraña a esa escena que insinuaba una despedida para siempre. Tal vez no hubiera lugar para más dolores esa tarde en el pueblo.
El llamado del chofer devolvió a Miguel a la realidad. —Señor —se escuchó la solemne voz del hombre, sin fuerza—, es mejor irnos antes de que se haga tarde. La señora Eriseta no quería que lleguen de noche. Miguel asintió con un leve cabezazo.
Alzó a Amanda, quien rodeó su cuello con sus bracitos, y Carmen y Francisco se despidieron con lágrimas en los ojos. El matrimonio sospechó que no volvería a ver a la niña. Ya adolescente, y a fuerza de un capricho, Amanda regresó durante una breve estancia al villorrio, pero el matrimonio amigo había partido a su patria luego de la muerte de su hija. Para entonces, el barrio se había extendido hacia los cuatro puntos cardinales. Todavía la laguna comandaba en el centro del pueblo, que se resistía a perder su apariencia campestre, pero ya sonaban como metrónomos huraños los secos ecos de las máquinas de algunos talleres, preludio de la fábrica textil que cambiaría la vida de toda la zona.
Muchos nuevos vecinos llegaron al pueblo y expandieron las fronteras hacia la General Paz y hacia la avenida De los Constituyentes, en dirección a los cuarteles del ejército, bordeando las vías del ferrocarril que iba y venía desde Retiro hacia los suburbios bonaerenses. “El Secreto”, en la esquina del andén, fue refugio obligado de malandras y borrachines que malgastaban sus días entre cañas y copetines de mala muerte, donde se escuchaban tangos a 78 revoluciones por minuto en un gramófono Columbia que giraba un poco a expensas de una batería y otro poco por la combustión de los vahos calientes del alcohol que destilaban los parroquianos semidormidos por la borrachera.
Allí Amanda, una noche atrevida —la noche de la pena y la melancolía, la noche del amor sublime— cantó para una audiencia que creyó despertar de un letargo de años, cuando oyó esa voz angelical salida de entre los misterios de la noche. Entonando como la mismísima Merello Se dice de mí, juraron convencidos que la magia de esa voz los transportó realmente al Mercado de Abasto, donde la morocha lució sus encantos antes de transformarse para siempre en la Marturano.
Cuidar la casa de Anita, como pasó a ser conocida, se transformó en obligación de todos los residentes. Había algo de santuario en esa casita de madera. Si el progreso no se hubiera interpuesto entre el pasado y el futuro, no hubiera pasado mucho tiempo antes de que se la venerara como a una santa, como tantas otras difuntas.
La historia contaba de una joven y bella mujer, delgada, delicada como un mimbre, graciosa, muerta al nacer su hijo. “Dio la vida para que él viviera”, repetían las comadres. El sacrificio supremo de una madre por su hijo: morir para que él fuera el testimonio vivo de su amor maternal. Porque las viejas decían que “el amor de Dios se refleja siempre en el amor de la madre”. Y si Dios hizo el sacrificio supremo, cómo no lo haría una madre por su hijo. Luego describían al niño —al que no conocieron ni siquiera en fotos— como un ser casi angelical, digno hijo de aquella martirizada madre que murió para que él viviera. Decían que tuvo una hermana tan hermosa como él, que se alejó llevada por la tristeza a un recóndito lugar del país del que nadie nunca supo dónde quedaba.
El relato conmovía a quien lo escuchara, y cada comadre se ocupaba de llevarlo a otros lugares, donde la historia se modificaba hasta confundirse con las divinidades más maravillosas de la mitología pueblerina bonaerense. Atender esa casa se volvió casi un asunto religioso, asunto de verdaderos milagros y de un ritual que no se podía abandonar por ninguna circunstancia, ni siquiera extraordinaria.
Quienes más se sintieron en la obligación de cuidar la propiedad —a la que Miguel visitaba cada vez de manera más espaciada— fueron esas dos alemanas que habían hecho brillar hasta la tosca vereda de ladrillos y transformado en un verdadero vergel tanto su propio jardín como el terreno que separaba la casita de Anita de la suya, y el jardín de entrada de la casita canadiense. Sin embargo, ellas estaban muy lejos de las supersticiones pueblerinas.
Si se les preguntaba por qué cuidaban con tanto esmero una vivienda que no era la suya, no lo explicaban por razones de ocultismo o magia blanca. Simplemente respondían que las alentaba un extraordinario sentido del deber traído de su tierra natal, y que habían incorporado el cuidado de la casa, así como de su jardín, al conjunto de reglas que establecieron para mantener un orden riguroso en sus obligaciones cotidianas.
Los rigores de la disciplina los recibieron de su padre, un prusiano de tamaño ciclópeo que se dedicó a las tareas del campo produciendo él solo más que todos sus coterráneos, por lo que su fama llegó hasta los oídos del Kaiser. Estas afirmaciones los vecinos las tomaban con sorna, porque ignoraban quién sería ese personaje del que las alemanas hablaban con tanta admiración y respeto.
Todo lo hacían cumpliendo con extraordinaria puntualidad los horarios determinados para cada tarea. “Fünf Minuten vor der Zeit ist die deutsche Pünktlichkeit”¹, repetían a sus vecinos cuando inquirían sobre esa obsesión con los horarios. “Ist die deutsche Pünktlichkeit, ist die deutsche Pünktlichkeit”², insistían, y luego balbuceaban en un argentino confuso algo sobre la puntualidad que la mayoría de los parroquianos no alcanzaba a entender.
En esa última visita infantil, Amanda no pudo ver a las alemanas de la esquina. La hubieran sorprendido sus formas, sus palabras entreveradas, sus atuendos casi miserables, no porque carecieran de dinero, sino porque esa forma de vestir reflejaba su estado espiritual de total ascetismo y rigurosa disciplina.
Tal vez un encuentro con ellas le hubiera dado a la niña una oportunidad para salir de ese estado de abatimiento que siguió a la despedida de los vecinos bolivianos. Amanda, en silencio, fue presa de una especie de apatía que era una forma de dolor por un nuevo abandono. Pero esa abulia no se manifestaba en su rostro, que permaneció impasible, sin gesto ni mueca de incomodidad o pena. Tampoco en su cuerpo, rígido, suspendido en una delicada posición entre el ir y el venir, como flotando. Sí se imprimió en su corazón, estampando un dolor desconocido. Miguel nunca atendió a esos sentimientos que habían invadido a Amanda en ese momento, solo preocupado por su propia turbación.
A pesar del silencio y del estado inanimado en que parecían haber quedado padre e hija, hasta el chofer se sintió afectado por una melancolía trascendente que envolvía la cápsula interior del automóvil, obligándolo a abrir la ventanilla de su lado en procura del aire que le faltaba por ese estado emocional que nunca había sentido, ni siquiera cuando murieron sus propios padres no hacía demasiado tiempo.
El viaje desde el suburbio hasta la casona de la abuela Eriseta tuvo algo de enigmático para los tres. Ocurrió, sin dudas, pero les pareció que en realidad nunca abandonaron el villorrio, como si el automóvil no se hubiera desplazado en ningún sentido, y esa inmovilidad se disimulaba en una sucesión de fotografías a color de un paisaje entre suburbano y citadino que bien podría haber sido el regreso al palacete de Eriseta o cualquier otro, desconocido, de arboledas y construcciones a cada lado de calles y avenidas. El silencio que se escuchó durante ese tiempo fue notorio, más que de costumbre, porque a diferencia del sonoro dominio de unas palabras más o menos exactas, el olor de ese mutismo, su condensación, pesaban como una magnífica desgracia y hacían que la ausencia de todo susurro, de todo rumor, fuera mucho más contundente que el simple sonido de la angustia. Los tres se mantuvieron en silencio todo ese tiempo, en especial Amanda, quien lo hizo desde el momento en que Miguel se arrodilló ante ella para llorar desconsolado, abrazándola. Salvo unas pocas palabras que bisbiseó con su blanca vocecita infantil, se mantuvo muda, completamente muda, acentuando el lúgubre aspecto que la envolvía.
La noche empezaba a derramarse y agregaba un toque de oscuridad que opacaba esas imágenes hasta hacerles perder sus diferentes tonalidades.
Había algo en Amanda que descolocaba a Miguel. Era una sensación aún imprecisa que se originaba en esa calma imposible para una niña de esa edad que acababa de perder a su mamá. Su silencio, su parsimonia y hasta su aparente desinterés por lo que estaba ocurriendo inducían a equivocarse en cuanto a sus sentimientos. Esa impresión era inexacta. Amanda trataba de captar la esencia de todo lo que le estaba pasando, pero ella, más que nadie, comprendía que el sentido de las cosas se había trastocado violentamente.
Tenía una amorosa madre, y ya no la tenía más. Esperaba a un hermano del que sospechaba la alejarían sin remedio. Su casa ya no era su casa, y hasta ese hombre que era su padre empezaba a adquirir un aspecto extraño, como si, a medida que transcurrían las horas, se fuera transformando en un forastero y no en quien había sido hasta entonces. El viaje mismo en ese auto negro, enorme, adquiría una dimensión extraña mientras el paisaje mentía sus colores y se volvía más y más oscuro a medida que avanzaban por la ciudad rumbo al palacete de la familia paterna.
El paso de los años no pudo disipar nunca esa sensación rudimentaria de dolor que le quedó impregnada en la piel desde el momento en que ese hombre apoyó la cabeza en su pecho. Ya vieja, solía llevar sus manos a la altura del corazón y sentir idénticos latidos, como aquellos que sonaron apagados mientras el llanto de Miguel surgía del secreto reducto de sus sentimientos. Pero no se trató solo del dolor del padre llorando contra la humanidad de apenas una niña: lo que Amanda arrastró durante mucho tiempo fue una sensación de desierto, un estado solitario, una humanidad vacante, algo inhóspito y yermo.
Tal vez por eso no resistió ser reducida al pupilaje en el colegio de aquellas monjas que parecían volar llevadas por sus negros hábitos, mientras sostenían sus vientres abultados como si fueran extrañas aves de una indescriptible Providencia.
Cuando arribaron, la noche se precipitó como la sombra de una reverencia del universo. Hacia las vías del Sarmiento, algo de la substancia del cielo de la tarde todavía tributaba luminiscencias que rodaban por los rieles en dirección de Este a Oeste. Amanda se tomó de la mano de su padre: estaba fría y extraña. Miró la puerta de entrada del palacete como si fuera la boca de un animal fantástico dispuesto a devorarla de un solo bocado.
A su espalda, una procesión de vientitos empujaba los plátanos, tentándolos a un baile entre la hojarasca quemada por un frío de cenizas que sonaba como los ladridos de unos perros que se lamían de hambre los hocicos.
Alzó la vista para comprender la dimensión de la escalera de mármol que la llevaría hasta el primer piso, donde un recibidor adornado con cuernos de animales y escudos misteriosos se ofrecía en la antesala de ese lugar extraño. Miguel le dio un empujoncito suave en un hombro y luego abrió la puerta, que no tenía echada la llave. Sonaron las bisagras como si se abriera un cofre herrumbrado, una especie de catarro ferroso que cruzó el aire como un rugido sordo de metales. La luz del zaguán caía como un polvo amarillo.
Subió algo desanimada, y solo el deseo de conocer a su hermano disipaba las dudas que aquel lugar le producía. Cuando alcanzó la puerta cancel, una mano clandestina la abrió e invitó a la niña a entrar en aquella habitación. Para entonces, Miguel había adquirido un aspecto más desdichado. No se oía ningún sonido dentro de la estancia, y un perfume oxidado llenaba el aire con el rumor de antiguas crinolinas que alguna mujerona había calzado para una ocasión extraordinaria, allá lejos y hacía tiempo.
Amanda estaba atenta, pero no tenía miedo. Sintió por primera vez ese arrullo del perfume de cereales —que se repetiría solo en situaciones extraordinarias—, una cálida luz de eclipse que la envolvía, como si la sustancia de Anita estuviera presente, custodiando sus pasos en aquel lugar que se presentaba como una encrucijada de silencios.
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¹ “Cinco minutos antes de la hora es la puntualidad alemana.”
² “Es la puntualidad alemana.”
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“Autobiografía en secreto de Amanda Da Silva.” – Hoja N° 12
Nueve buscan once.
Nueve por once es el camino.
Allí el cáliz donde abrevan las aves
de idiomas musicales
Comulgan con chicha de placeres.
El ave llegó desde el tumulto
De iracundos y cobardes puños.
En el encierro de un cielo subterráneo
que contempló el cautiverio del arte,
en un desierto de huesos apilados
soñó de frío una libertad
del tamaño de una patria.
Ave en ramos de sueños,
Ave en vertiginosas torres
De sonido sobre sonido
En un enigma de cúpulas de cantos
En alegórica atmósfera de sepultura,
Entre marfiles repiqueteando
Como cascabeles blancos,
Como cascabeles negros,
Corcheas, semicorcheas,
Silencios expectantes.
Alfombra de esparto enrollado
En su traje de fino caballero,
Allí el gaucho hizo el mapa final
Y entregó la última caricia azul
Que es un cerrojo solo pasajero.
Toma la llave y abre el enigma
Que nos dejó el rasquinchos:
Nueve buscan once.
Nueve por once es el camino.
En el cáliz sagrado de la vida eterna,
Las aves beben chichas musicales
Y cantan para siempre sus canciones.
***
XII
Humo y rouge
Amanda avanzó por el recibidor como si conociera de memoria la casa. Su andar demostraba la decisión de alguien que iba en busca de un tesoro. Sus pasos cortos recordaban el andar felino de su madre. Y aunque sus caderas eran aún pequeñas, ya mostraban las mismas cadencias que las de Anita.
Atravesó la entrada que daba al amplio living en el que su abuela organizaba tertulias con el pretexto de un té canasta, donde se intercambiaban chismes e información. El salón parecía innecesariamente grande y vacío; pasos aún perdidos andaban con sigilo de un lado al otro, chocando contra las paredes en su anhelo por huir de ese claustro. Hasta cierto ascetismo parecía imponerse sobre los enseres, opacándolos y dándoles un aspecto casi religioso.
El piso brillaba con extraordinario fulgor, y su espejado encubría vetas largas de variados tonos marrones, desde uno claro, casi como el cedro, hasta otro oscuro como la caoba. Una escasa luz reflejada en el encerado revelaba las dimensiones de la habitación y descubría el delicado mobiliario dispuesto con cuidada simetría.
Al avanzar, Amanda observó a su izquierda enormes retratos de personas desconocidas que la seguían con su severa mirada. Ella fue indiferente a esos ojos intransigentes, de contemplación rígida, y caminó sin detenerse. Tal vez, si le hubieran hablado, habría reparado en ellos. Pero solo eran ojos pintados en rostros polvorientos, labios demacrados, ropas extrañas y manos sin energía.
Más lejos de los retratos, una vitrina se alzaba sobre cuatro macizas patas, como las de un elefante de caoba. Estaba llena de diminutas copas de fino cristal que reflejaban la tenue luz ceremonial del salón, lanzando pequeños arcos iris en todas direcciones. En un estante más abajo, unas tazas de dibujos azules estaban dispuestas en círculo, dentro del cual se encontraban la tetera de regular tamaño, una lecherita con tapita dorada y una azucarera que imitaba a una bailarina alzando los brazos como suplicando una caricia.
Una mano —tal vez la misma que abrió la puerta cancel, tal vez otra— detuvo su marcha tocándola con delicadeza. Amanda obedeció esa señal: no venía dispuesta a desobedecer, sino a encontrar a su hermano, que era, sin proponérselo, un modo singular de encontrar a su propia madre.
Era una mano de ademán eclesiástico, algo temblorosa pero firme, que la llevó hasta una habitación adornada con motivos infantiles. No pudo reconocer esos dedos largos y flacos que terminaban en pulcras uñas redondeadas. No era la mano de su abuela, arrugada y rechoncha, con uñas pintadas de rojo rabioso.
Allí se quedó mirando a su alrededor, describiendo un círculo mágico protector con su mirada, que adquirió de repente la dureza y el brillo del silicio, sin perder la oscuridad metafísica que la caracterizaba. Amanda no encontraba nada familiar en ese cuarto: ni siquiera los adornos infantiles le parecían verdaderos. Su color, su tamaño, su disposición ponían en evidencia la falsedad de alguien que no entendía nada de niños o, peor aún, que los detestaba. Esa falsificación no la inquietaba; solo la convencía aún más de que hacía mucho tiempo ningún niño había corrido por esos pasillos ni subido a las camas o a las sillas.
Esperó sin inquietarse que su padre viniera por ella, o que ese fuera el lugar y el momento de conocer a su hermano. Pero quien apareció, como salida de un armario negro, fue su abuela Eriseta. Con un movimiento de su mano le indicó que la siguiera por ese extraño agujero que parecía la boca de un túnel sin final.
Atravesaron juntas el largo corredor apenas iluminado por una luz distante. Ingresaron a una amplia habitación celeste, de cuyo techo colgaban tules al tono. En medio, apenas iluminada por una tenue luz que salía de entre las gasas, una cuna dejaba ver a un bebé pequeño que movía sus manitos como queriendo asir las sombras dibujadas por el movimiento de las telas. Amanda se llenó de ternura; su boca entreabierta decía del suspenso amoroso en que quedó sumida. Dudó sobre qué debía hacer o decir. Solo atinó a mirar a la abuela, preguntando con su mirada si ese ser pequeño era su hermano.
Eriseta respondió afirmativamente, moviendo la cabeza de arriba abajo, que por única vez adquirió una forma más redonda, sin las erupciones púrpuras que le brotaban cuando se enfadaba con Miguel. Amanda percibió algo de emoción en la actitud de su abuela, una sensación que tampoco olvidó con el paso de los años. Le preguntó si se animaba a tenerlo entre sus brazos; la voz de Eriseta no sonaba como una ruda corneta. Amanda sonrió satisfecha y dijo que sí, casi imperceptible, temerosa de asustar al bebé que se movía como una espiga tocada por una suave brisa.
La mujer trajo de un rincón una amplia silla tapizada en gobelino con dibujos de flores de lis. La ayudó a sentarse —la silla era algo alta para la niña— y la acomodó hacia atrás, para que su pequeña espalda tocara el amplio respaldo.
Es seguro que hasta en el último día de su vida Amanda haya recordado esa sensación extraordinaria de tener a su hermano en brazos y sentir el roce de tan pequeños dedos sobre su fina piel de infanta. Podría haber llorado, pero no pudo. Como le ocurrió en el momento en que su padre le dijo: “mamá murió en el parto”. Aquellas lágrimas habrían sido de dolor, pero estas deberían ser de alegría. Así que debieron haberse cristalizado en algún lugar de su humanidad: tal vez hechas rubíes, si eran lágrimas rojas; tal vez esmeraldas, si eran verdes; tal vez transparentes, si eran puras lágrimas de rocío. Las lágrimas así conservadas nunca se echan a perder. Se mantienen frescas en racimos y hasta pueden dar una sensación de azahares que alivian nostalgias y calman los estados nerviosos de quienes lloran hacia la intimidad de sus tejidos. Serían las lágrimas que por fin brotarían la noche de la conversación de la luna que tronaba a su frente.
Ese instante con su hermano fue demasiado breve, del tamaño de una semilla de tiempo, un diminuto momento como un grano de polen de primavera tocando su piel. Debió preguntar por su nombre, pero, así como no pudo llorar, tampoco pudo decir palabra alguna. Supo que se llamaba Jorge cuando oyó que así lo llamó Eriseta, durante una discusión con Miguel a la mañana siguiente de la llegada a esa casa, mientras Asmodeo M., el abuelo materno, fumaba su enorme habano echando humo en todas direcciones y carraspeaba preguntando si podría llevarse a la niña para criarla, mientras un hilito de baba marrón caía por la comisura de sus labios.
Amanda no recordaba cuándo se durmió. Despertó en una cama que no era la suya, mucho más amplia, entre sábanas rosadas con perfume a azahares, en una habitación de color morado. A una distancia no mayor a un metro, una pequeña valija de cuero parecía esperar que ella la tomara para partir a un viaje. A lo lejos se escuchaban voces roncas que luchaban entre sí cada vez con más fuerza. Amanda tuvo miedo: las voces sonaban a cascabeles de piedras rodando cuesta abajo hacia el abismo de un acantilado en el que ella esperaba inerme el impacto de esos negros cantos rodados.
Creyó que debería tomar a su hermano y marcharse a lo de Carmen y Francisco, quienes los cuidarían como nadie podría hacerlo. Ni siquiera Miguel, que adquiría a medida que pasaba el tiempo ese aspecto de forastero que había equivocado el camino. Pero no había modo de regresar al apacible villorrio suburbano. Quedó ensimismada, expectante de que los gritos llegaran de una buena vez hasta el borde de su cama, inconclusos, hechos ovillos de desdicha.
Y así fue. Irrumpieron como un tufo de sombra entre cicatrices de palabras intransigentes. Muchas sílabas interrumpidas, algo de humo rancio y un rouge rojo, aceitoso e impertinente, que le advertía de su inminente partida. Allí estaba la pequeña valija esperando que su también pequeña mano la asiera para siempre y la llevara con ella al lugar de todas las soledades.
¡Si Amanda pudiera llorar! ¡Si Amanda pudiera gritar! Lloraría, y sus lágrimas le dirían: ¡corre! Gritaría con todas sus fuerzas, y su voz le diría: ¡corre Amanda! ¡Corre!
Pero no tuvo ni lágrimas ni gritos. Fue solo oídos. Escuchó hasta la substancia de esos rencores, cuyo último eco fue: “la tirás a un orfanato para sacártela de encima”. Luego de esas palabras se hizo un silencio extraordinario que envolvió a Amanda en un escalofrío de desamor inolvidable.
***
“Autobiografía en secreto de Amanda Da Silva.” – Hoja N° 13
Salvo la eternidad, todo me resulta insoportable. ¿Y si no muero? ¿A qué tendré derecho?
***
XIII
Asmodeo M.
Miguel, salvo lacónicas respuestas que no superaban las tres o cuatro palabras, se mantuvo en silencio mientras Eriseta le hablaba, espantando unas pequeñas mosquitas salidas no se sabía de dónde y que se enredaban en su cabello. Los insectos parecían aturdidos, pero aun así sabían esquivar los manotazos que la mujer les lanzaba para alejarlos. Al verlas zumbando anárquicas alrededor de la testa de su madre, Miguel creyó que bien podrían ser sus propias ideas escapando por los conductos auditivos para poner en evidencia la catadura de sus más íntimos pensamientos. Sospechó de qué tipo y qué tamaño serían esos dípteros si representaran sus verdaderos sentimientos.
Eriseta protestaba por asuntos que Miguel había olvidado, pero que ella se empeñaba en rescatar para engordar sus reproches con todo tipo de argumentos y sucesos más o menos ciertos. Rascaba el fondo de la memoria para hallar lo que fuera en la historia familiar y así seguir hablando sin interrupciones. Pero en lo que puso mayor énfasis fue en recriminarle haber faltado al juramento que le hizo a su padre moribundo.
Miguel estaba inexpresivo y hasta atontado por las quejas, tan aturdido como las asombrosas mosquitas que salían de la cabeza de su madre para girar alrededor de ella como los planetas alrededor del sol.
De ese juramento abominaba secretamente: solo fue un compromiso ante un hombre moribundo que, entre jadeos terminales y lágrimas de sangre, jeringas, escupideras y olores inolvidables, le rogaba que jamás se involucrara con ideas anárquicas y disociadoras. Fue un discurso descoordinado, maldiciones repetidas sin sentido, invocaciones irrepetibles a una supuesta fe a la que se debían. Una mención sobre las bondades de Torquemada, una invocación al Pardo Meneses, referencias a una “democracia” selectiva, convocatorias a un Dios iracundo por sobre todas las cosas, y otras apelaciones que ya ni recordaba. Todo ese discurso del moribundo, en definitiva, no era más que un reproche agónico contra Anita, de la que ventiló su prontuario apenas se enteró de la relación que unía a la mujer con su hijo.
Miguel recordaba muy bien aquel día en que su padre agitaba una carpeta amarilla con el nombre de su amada estampado como una bandera de peligro, advirtiendo de todos los infortunios “que una vulgar calentura” traería a una familia que se había ganado una buena posición y las más significativas consideraciones en las altas esferas de la sociedad porteña.
Si se le hubiese dejado hablar en ese momento —y hubiese tenido el coraje necesario—, y si se hubiese atrevido a hacerlo en el instante de los reproches maternos, habría dicho que juró en falso, que era un perfecto perjuro, y habría asumido tal condición hasta con satisfacción.
Ante la impostación de Dios de su padre moribundo, bien podría haber actuado como un legítimo energúmeno y disfrutado de las mieles de la rebeldía. Sin embargo, reducido a una vulgar traición familiar, recurrió al silencio aleve y a la mentira indiscreta para redimirse, sin comprender que la escasa valentía no soporta jamás el capricho de los que creen portar la voz de Dios y la luz de la verdad definitiva.
Persistentes, las diminutas moscas, a esa altura de la perorata, dejaron su vuelo anárquico y empezaron a danzar armoniosas un Deuteronomio alrededor de la mujer, que seguía lanzando palabras como piedras contra la perversa infiel de los versículos. Miguel se tapaba la cara con las manos y con los antebrazos cubría su pecho, igual que aquel que se protege de la lapidación de los fanáticos.
Le dijo a su hijo, con una voz extraída de una apoteosis de reproches, que ya no podría vivir más en aquel suburbio, lejos de todo, privado de las comodidades más elementales. La palabra suburbio le generaba rencores, desafíos y verdaderos deseos de exorcizar ese mal enquistado en una modesta casita de madera canadiense, envuelta en los vahos de la humedad de una laguna a menos de trescientos metros, surgida a la intemperie por arbitrio de la lluvia estacional.
Ese, según la amonestadora madre, no fue nunca un verdadero hogar, solo una simulación nacida del capricho de una muchacha de ojos negros y labios húmedos que desbordó los sentimientos de un hombre desacostumbrado a manipular el amor verdadero.
El auténtico hogar, le espetó, era la casa familiar, en la que vivieron todas las generaciones casi desde el nacimiento de la refundada Buenos Aires, bajo la advocación de la Virgen de los marineros y a pesar de la sífilis y el escorbuto.
Esa casa materna, legada por antepasados que tuvieron su gloria en el secreto de Estado, era para Eriseta como la ciudadela que el Señor, su Dios todopoderoso, creador del cielo y de la tierra, le había dado para una vida a su servicio, cuidando no solo el altar divino, sino también el de la Patria —que debía ser su imitación y semejanza— y el de la Familia, institución destinada a ser la íntima reserva de la identidad nacional, de la que ella se consideraba inclaudicable defensora.
Por una abrupta decisión del destino, los tiempos habían cambiado: lo que ayer parecía lejano mientras la intrusa gobernaba los sentimientos de su hijo, se hacía posible por su temprana muerte. Por esa circunstancia inesperada había llegado su hora de enderezar lo torcido y mejorar lo correcto.
Dios, en su infinita sabiduría —pensaba convencida— fue quien deshizo los enredos de su hijo con esa muchacha. Y aunque en más de una oportunidad se dejó tentar por la idea de que fuera la voluntad humana la que torciera el rumbo de los acontecimientos, aceptó, por recomendación de su confesor, dejar en manos divinas la solución última. Si Anita murió, como al final ocurrió lo que tanto había deseado, había que buscar la explicación más segura en esa misteriosa decisión divina.
Ella estaba realmente serena: sabía que todo estaba dicho de antemano, escrito en letras de molde sobre la piedra sagrada surgida del éxodo por el desierto. No era un vano presentimiento el que la preparaba para el desenlace, tal como ocurrió. Ni se trataba de una corazonada nacida del fervor. Tanto hombre como mujer que hicieran lo malo ante los ojos del Señor, la Patria o la Familia —y entonces alzaba su dedo índice señalando el nombre de Anita como un sacrilegio delimitado en cinco letras—, violando los pactos sagrados con esa santísima trinidad y sirviendo a otros dioses, adorándolos, o adorando al sol en su magnificencia planetaria, o a la solitaria alhaja de la luna izada en la noche como fruta plateada, o a cualquiera de las huestes terrenales que avanzaban entre flamígeras banderas como fantasmas por el mundo deshaciendo cadenas y enterrando dominios, estaban condenados. Solo se trataba de esperar que las cosas ocurrieran como estaba antedicho.
Y como fuera dicho, y como fuera mandado, por atentar contra la casa de Israel —que en definitiva era su propia casa, porque su casa era como la casa de Israel—, saldría de sus vidas para siempre esa mujer que cometió malas acciones. Y usando la palabra como puños de piedra, apedreaba su recuerdo hasta hacerlo desaparecer definitivamente, a pesar de que Miguel se cubriera la cara con las manos y el pecho con sus antebrazos.
Agazapada en los reproches, dijo que la aventura de la vida suburbana en ese lugar tan apartado de Buenos Aires había llegado a su fin. Con menos apasionamiento, acaramelando su voz, le reclamó a Miguel que considerara el futuro del niño. Él ya no podría criarlo y debería dejarlo al cuidado de una nurse de confianza que la propia Agencia podía proponer, y de ella, que sería la celosa custodia de la crianza.
Con respecto a él mismo, su carrera de funcionario no podía quedar sujeta al capricho de sostener la educación de la criatura y el mantenimiento de una casa en la que ni agua corriente había. Le recordó casi a los gritos que había aceptado de mala gana aquella “aventura” —como llamó a la mudanza a la recoleta vivienda de madera canadiense— porque Anita lo dominaba con su fuerte carácter.
Mientras fue soltero, ese dominio le perteneció a Eriseta. Ninguno de sus hijos se atrevió a contradecir sus decisiones, y en esos asuntos su esposo nunca se entrometió. Era una especie de trato: ella no mangoneaba en los asuntos de Estado que requerían la intervención de su marido, y él dejaba en manos de la esposa todo lo que tuviera que ver con la familia.
La educación, la religión, el porvenir y hasta los matrimonios —salvo en el caso de Miguel— habían contado con la aprobación de la mujer. Nada se hacía sin su expreso consentimiento. Hasta que llegó Anita y trastocó los valores tradicionales de la familia. Pero muerta Anita, el escaso ánimo de Miguel para encarar dificultades, incluso las más previsibles, facilitaría los propósitos maternos de retomar el control de la vida de su hijo.
Le dijo que la prudencia lo convencería de retornar a la vivienda familiar y sostener allí su verdadera familia, la unida por la sangre y no por un antojo, priorizando al bebé recién nacido y también a él mismo. Que no debía despilfarrar su tiempo, su dinero y su futuro detrás del recuerdo de una esposa muerta y de una niña que no era suya, quien, para su tranquilidad, quedaría al cuidado de las monjas de reclusión. Nada mejor que las severas hijas de Dios para hacer de ella una devota y provechosa cristiana.
Eriseta se comprometió a garantizar el pago de la cuota mensual por la compra de la casita y a enviar a empleados suyos para mantener en condiciones la vivienda. Miguel le aseguró que los vecinos —no solo Carmen y Francisco, sino también aquellas alemanas de gesto adusto y actitud espartana— se comprometieron a cuidar la casa y a ponerlo al tanto de cualquier contingencia. Ella encomendó a un alcahuete suyo entrevistar a la vecindad, que recibió al enviado como un mensajero del diablo.
De todos modos, como expresaron los vecinos, el villorrio era tan tranquilo que nada hacía sospechar algún inconveniente indeseable. No tenía más de qué preocuparse. Con respecto al dinero, sonrió amarga Eriseta: nunca le faltaría, como no le había faltado hasta entonces.
Anita siempre sospechó que su esposo recibía dinero de la madre, parte de la fortuna paterna que legó a su muerte a los hijos y a la esposa, en proporciones que solo la mujer conocía. No se trataba de una suma menor.
Atender el pago de la casa, garantizar la subsistencia del matrimonio y de la pequeña hija, teniendo presente que la familia se agrandaría en breve, llevaron a Miguel a solicitar en secreto ayuda económica. Anita nunca se lo hubiese permitido. Era orgullosa y obstinada, y estaba dispuesta a trabajar horas extras para sostener la casa si era necesario. Afirmaba que los dos salarios eran suficientes para vivir sin abundancia, pero sin escasez. Miguel acompañaba de palabra esa convicción de su esposa, pero recurría a la herencia que cuidaba su madre para aligerar la carga de sus obligaciones. Solía guardar esos pesos extras que Eriseta le giraba todos los meses para hacer frente a alguna contingencia familiar y darse algún gusto que movía a la sospecha de la esposa.
La diatriba se interrumpió cuando el timbre sonó repetidas veces. La mujer presintió que ese imprevisto venía en socorro de decisiones que había resuelto tomar en la intimidad de sus reflexiones. Una circunstancia inesperada que resultaría en su beneficio.
Miguel, que se sintió raramente liberado del discurso en el preciso instante en que vibró la campanilla, supo de inmediato que se trataba de su suegro, que acababa de llegar de improviso.
La llegada del padre de Anita la recibió como una mala noticia. A la arenga materna debía sumarle entonces las procacidades de ese hombre. El infortunio se mostró perverso con el viudo: soportaba el acoso de su madre y la presencia de su suegro.
La mucama hizo pasar al visitante al amplio salón comedor y le indicó que esperara allí hasta que llegaran “los señores”. Asmodeo M. apoyó una pequeña valija forrada en tela azul y rió cínico de manera ostensible, mientras repetía burlón las palabras de la joven mucama: “Los señores, los señores”, dijo, y pasó su lengua por los labios en obsceno gesto mientras miraba procaz el trasero de la sirvienta. Por lo bajo largó “alcahueta”, como quien lanza una pedrada de rastrón para dar justo en los tobillos donde duele durante días. El insulto la muchacha lo escuchó, pero no estaba en sus posibilidades responder. De haberlo hecho, seguramente Eriseta la hubiera despedido, porque era una ley inquebrantable que los sirvientes jamás debían responder a los insultos de sus patrones ni de allegados, aunque fueran de ese obeso rufián que olía a la quema de una parva de hojas y bosta de vaca, y frotaba sus labios con una lúbrica lenguota.
Vestía un traje marrón, tan ajustado que parecía a punto de estallar en sus costuras. Asmodeo M. tenía la costumbre de abrochar el saco, que se abría mostrando parte de la corbata y la camisa, porque apenas soportaba la presión que el abultado abdomen ejercía sobre los botones y ojales que imitaban enormes bocas deformadas.
La camisa habría sido blanca en alguna oportunidad, pero estaba amarilla de los repetidos lavados a los que había sido sometida, sin ver la luz del sol desde su confección. Asmodeo M. detestaba las mañanas y más aún el sol. Se levantaba ya pasado el mediodía, a veces hasta después de las tres de la tarde, y se quedaba recluido hasta que el sol se ponía. Salía de juerga antes de empezar la noche y regresaba a su casa bien entrada la madrugada.
El cuello se veía roído en su borde por el roce con los rollos que bajaban de la nuca y se estrechaban en fraternal abrazo con la papada, ocultando el cuello corto y ancho que sostenía su cabeza. Una barba pinchuda y de varios días afeaba aún más su presencia. La calva lucía lustrosa y rara vez se peinaba con algún criterio: a veces los cabellos se desparramaban por la pelada, otras parecían electrizados, nunca más o menos bien orientados. Dos anchas cejas se estiraban como una única línea peluda sobre su ancha narizota, de la que sobresalían largos vellos más negros y pinchudos que la propia barba. Los ojos eran pequeños y estaban apretados entre la frente y las gordas mejillas. Eran oscuros, pero no de la hondura de Anita, y resultaban promiscuos, incluso a quien los viera sin prestarles demasiada atención.
Los labios eran gruesos, lujuriosos, húmedos por una lengua que pasaba una y otra vez sobre ellos, mojándolos con una espesa saliva en un gesto que solía irritar a cualquiera. La corbata lucía manchas de todos los colores y tamaños, predominando las marrones, grotescos estampados de la baba tabacada que caía sobre ella producto de llevar siempre aferrado entre sus labios el largo y grueso habano de tabaco cubano que era su preferencia.
Los puños de la camisa, gastados y sucios del roce, sobresalían de las mangas del saco. Como los brazos debían estar siempre apoyados sobre la barriga, las mangas habían adquirido una forma curva y descubrían la camisa muy por encima de los puños. Eso sí, dos mancuernas doradas cerraban los puños: una rara indiscreción en medio de tanta desprolijidad y suciedad proverbial.
Debajo del vientre enorme, los pantalones luchaban por mantenerse más o menos a la altura de la ingle sin descubrir nada de su intimidad. Un cinto del ancho de una mano se esforzaba hasta más no poder por cumplir su trabajo, atenazado a una hebilla dorada que no escatimaba brillos, denunciando la larga bragueta que las más de las veces dejaba ver algunos botones desabrochados. Su obesidad le dificultaba llegar con comodidad a esa zona de su cuerpo. Los pantalones caían sobre los zapatos como de golpe, arrastrados por las botamangas gruesas y mal cocidas por él mismo, con largas puntadas de hilo negro como exagerados guiones.
De pie, en ese extremo del salón que permanecía a media luz porque no se habían abierto las persianas, Asmodeo M. parecía más extraño de lo que era. Su figura estaba en completa disociación con ese ambiente pulcro y recatado, y nadie lo habría asociado a Anita, que era delgada, bella y luminosa. Tanto Miguel como Eriseta se preguntaron más de una vez si ese hombre era realmente el padre de esa criatura. Tal vez en su juventud, especulaban, habría lucido otro aspecto, bien alineado, prolijo, con cierto encanto varonil. Pero tanta deformidad no abrigaba certezas de aquellos años mozos en que había nacido Anita.
Madre e hijo llegaron luego de unos instantes, advertidos de su presencia por la mucama, quien manifestó con discreción la procacidad del visitante. Lo hizo para advertirlos del personaje a quien desconocía. Miguel alcanzó a oír que Asmodeo M. rumiaba burlón unas palabras sin comprender su significado: “Los señores, los señores”, creyó entender, pero le restó importancia. Sobre la cabeza del muchacho aún revoloteaban las palabrotas que su madre había lanzado al enterarse de la mala noticia de la llegada del hombre, ese que la interrumpía cuando, creía ella, estaba a punto de doblegar la voluntad de su hijo.
Repudiaba su presencia. “¿Quién pudo llamar Moshé a ese cerdo?”, preguntó a media voz, aunque no esperaba respuesta. Miguel se encogió de hombros, indiferente: no le interesaba explicar que el nombre bíblico no hacía a la persona, solo se trataba de un nombre. Se lo veía decrépito y cansado; a ella, en cambio, más altanera que de costumbre.
Se acercaron al hombre con desgano, tratando de que él captara que no era bienvenido en la casa. Esas sombras como mosquitas que perseguían la cabeza de Eriseta desaparecieron al instante de enfrentar al visitante, tal vez por un sincero temor a ser devoradas por esa boca de tonos marrones del tabaco.
Asmodeo no era muy perceptivo, no porque fuera estúpido, sino porque era demasiado holgazán. Pero los gestos de desagrado de sus anfitriones no daban lugar a confusión. Los saludó casi con displicencia, devolviendo la escasa cortesía con que era recibido. A su yerno, con una palmada en el hombro al tiempo que le dijo “todo pasa”, lo que provocó un acceso de furia que Miguel contuvo con esfuerzo; a Eriseta apenas con un ademán. La mujer ni respondió el saludo: si fuera por ella, no le hubiese permitido la entrada y lo habría despachado sin explicaciones.
Miguel lo invitó a sentarse; Asmodeo aceptó porque se sentía muy cansado. El sillón crujió al depositar su pesado cuerpo sobre el asiento. Eriseta sufrió al escuchar el quejido del mueble y estuvo a punto de pedirle que se alzara para aliviarlo del tormento. Pero levantarse de su asiento le hubiese costado tanto como subir una cuesta empinada. La obesidad mórbida hacía lentos y torpes sus movimientos, y respiraba con dificultad porque padecía una obstrucción pulmonar crónica por sus hábitos de fumador. Desalineado, despeinado, con la barba sin rasurar por días y su ropa manchada, brindaba un espectáculo del que la pareja anfitriona no podía sustraerse. Y ese perfume que emanaba de las porosidades de la piel, abiertas como ventosas oscuras por toda la dermis sometida al estiramiento inapelable del exceso de peso, les llegaba a sus delicadas narices confundiendo sus sentidos. Hedía a tabaco, el que consumía desde la primera adolescencia, apenas salido de la infancia, a los doce o trece años, cuando comenzó a fumar unos cigarritos que le robaba a su padre.
El hombre, que no estuvo presente ni en el sepelio ni en el entierro, quiso justificar su ausencia por razones que ni Miguel ni Eriseta alcanzaron a comprender y que, por otra parte, no les interesaban en lo más mínimo.
Sus palabras luchaban por filtrarse de la boca, disputando con el cigarro un lugar por donde salir al exterior con alguna posibilidad de entendimiento. Sin embargo, resultaban tan pastosas como la saliva que dibujaba una marca marrón incesante desde el borde extremo de los labios hasta el mentón rechoncho y barbado, incrustado en la papada magnífica como un error anatómico del tamaño de una piedra regular.
No demostraba estar consternado por la pérdida de su única hija. Miguel quería convencerse de que en alguna capa de toda esa voluminosa humanidad algún sentimiento de dolor debía albergar. Imposible saberlo. Salvo la repetición monótona de “todo pasa, todo pasa”, no expresaba ninguna emoción por la pérdida. “Todo pasa, todo pasa”, y nada más. A las cansadas, luego de repetir esa frase que exasperaba a Miguel, dijo: “yo también soy viudo y sobreviví”.
Era difícil para los dueños de casa discernir qué sentimientos podía experimentar ese hombre, no solo en esa circunstancia, sino en cualquier otra. Su comportamiento no permitía deducir si disfrutaba de algún sentimiento verdadero, no importaba si se trataba de dolor o alegría.
No se lo podía asociar al amor, ni a la desazón que produce una pérdida temprana, y mucho menos si es la de un hijo, de quien se espera sobreviva a los padres. Todo en él inducía al rechazo y no invitaba a suponer que pudiera albergar alguna emoción siquiera menor.
Pero su rostro era lo más desconcertante: siempre mostrando ese gesto desvergonzado, parecía una máscara de cera, un rostro artificial en sus colores, en su textura, en el detalle de su fisonomía. Despeinado de modo ridículo, con una barba pinchuda de púas negras que cerraba el entorno de la cara como un trazo grotesco hecho con carbón. Y ese rictus imposible de no apreciar, una mueca involuntaria, espasmo extraño que iba de lo obsceno a lo ridículo y que solía desubicar a sus interlocutores, incapaces de comprender si el hombre los trataba con alguna seriedad o solo se burlaba de ellos para pasar el rato.
Eriseta realmente lo detestaba: de solo verlo se inflamaba contra Anita, a la que achacaba la responsabilidad de haber introducido a “semejante tipo” en la distinguida familia, exagerando la nota porque su presencia había sido ocasional y se podía contar con los dedos de una mano.
Anita tenía una relación muy lejana y poco amorosa con su padre, del que casi nunca hablaba, salvo para berrear contra ese humo del cigarro que se le hacía, de solo mencionarlo, revulsivo. Cuando recordaba el olor de los cigarros, el rostro de Anita se desfiguraba, adquiriendo un aspecto mortuorio, oscuro, consumido, contrastando con su habitual belleza y luminosidad. No permitía que nadie fumara en su presencia, salvo a Miguel. ¡Y esa era una verdadera prueba de amor de la que Miguel nunca estuvo enterado! Solo a él se lo permitía, pero nunca en la habitación matrimonial, prohibición que él aceptó sin reparos.
Asmodeo M., acomodado en el sillón, logró sentirse aliviado del trajín del viaje. A pesar de que su respiración sonaba como un viejo fuelle descangallado, no dejó de fumar ese oscuro cigarro de aspecto de rama negra, cuyo extremo mostraba la ardiente brasa. Tosía un catarro tan negro como el cigarro que fumaba.
Eriseta no dejó de observar nunca al hombre reposando sus adiposidades que caían a un lado y otro del sillón. Mientras le acercaba un delicado cenicero de cristal de Murano, volvió una y otra vez a preguntarse por la discrepancia entre el sagrado nombre de Asmodeo M. y ese adefesio catarroso que se salivaba sin reparar ni siquiera en ello.
Como pudo, Eriseta se repuso a la presencia de ese hombre que abominaba y, ignorándolo, retomó su diatriba contra Miguel. Estaba tan ofuscada que no advertía las señas que su hijo le hacía, indicando lo inconveniente que resultaba hablar de cualquier asunto frente a ese hombre.
Tal vez a Eriseta ni le interesara esa falta de intimidad, porque su arrebato superaba largamente cualquier actitud de prudencia. Asmodeo disfrutaba la escena. Adoraba ser espectador de trifulcas familiares, de desavenencias matrimoniales —las que más apreciaba, porque siempre giraban alrededor de infidelidades y asuntos patrimoniales—. Reía sosteniendo el habano en su boca, chupándolo con fuerza, mientras jugosas gotas de saliva caían hasta su corbata, que mostraba esos emplastes como lunares multiplicados por la caída de los gotones marrones que pendían de sus labios.
Sus ojitos libidinosos corrían de aquí para allá, atentos a las palabras que rodaban de la boca de la mujer contra Miguel. Descubría cómo de esos labios pintarrajeados de rojo rabioso surgían las palabras como negros cantos rodados, lapidaciones de rencores y reproches lanzados como cuervos picudos que golpeaban en la cara de su hijo, que ya no atinaba a cubrirla con sus manos ni a proteger su pecho con los antebrazos. Las palabras, entonces sí, tenían el exacto efecto de una pedrada sobre la cabeza, y cada vez que una de ellas impactaba en su humanidad, Miguel dibujaba una mueca de dolor claramente perceptible.
A Asmodeo M. lo divertía la escena, que interrumpía rítmicamente insistiendo en que podía ocuparse de la crianza de la niña, tan bonita que le recordaba a su propia hija cuando era pequeña. Mientras preguntaba por Amanda, subía y bajaba su dentadura postiza en un juego que provocaba asombro y repugnancia en Eriseta. Ya no se trataba solo de las gotas de saliva tabacada que caían sobre la ropa: estaba ese juego cínico, fumando primero, lanzando bocanadas de humo que impregnaban la habitación, reclamando la propiedad de Amanda y sacando e introduciendo en su boca la prótesis dental.
A la enésima vez que reclamó la propiedad de Amanda para sí, Eriseta abandonó las palabras dirigidas a su hijo y estalló contra su consuegro. En ese punto, Miguel se retiró sin decir palabra.
A pesar de quedar a solas con el hombre que detestaba, aprobó la decisión de su hijo. Tal vez él le dio la oportunidad de deshacerse de Asmodeo para siempre, algo que deseaba pero que no se animaba a concretar. Nada la unía a él, y mucho menos el recuerdo de Anita y la presencia de Amanda.
—¿A qué vino, buen señor? —lo interrogó con voz enérgica. A Asmodeo, el sonido de corneta de la voz de la mujer rebotaba contra los muebles, haciendo disonancias tan ridículas como extrañas. Por un instante, las mosquitas parecieron regresar a girar describiendo su órbita elipsoidal, pero fue un amague que quedó solo en eso.
—A dar mi pésame por la muerte de mi hija y a visitar a mi nietita.
—¿Usted nos va a dar el pésame por la muerte de su hija? Creí que debería ser al revés, que yo debía darle el pésame, no usted a mí.
—Me da lo mismo… —respondió encogiéndose de hombros—. El orden de los factores no altera el producto. ¿Se dice así?
Si Miguel hubiese estado presente, seguramente lo habría golpeado. Eriseta lo miró de tal manera que quedó paralizado; la burla hasta a ella le sonó desagradable. Asmodeo M. no disimuló su incomodidad: sospechaba que la conversación iba por mal camino. “Lo que empieza torcido, termina torcido”, especuló para sí.
—¿Y la niña? ¿Puede verla? Me recuerda a su madre cuando era pequeña —sacaba la dentadura y la volvía a introducir—. Anita era hermosa de chiquita. —Repasaba los labios con la lengua—. De adolescente ¡uf! Ni se imagina. Como su madre, que también era muy linda. Sí, muy lindas, las dos, como la nena.
—¿No sabe que ha nacido su nieto? —Eriseta interrumpió el ridículo comentario del gordinflón, que insistía en jugar con su dentadura mientras el cigarro se consumía entre sus dedos.
—Ah… sí, sí. Me enteré de que Anita estaba embarazada. Supongo que debe estar bien cuidado en sus manos.
—¿Eso es todo? ¿Tiene un nieto recién nacido y no está inquieto por conocerlo? ¿Qué clase de abuelo es usted?
—Poco comprometido. No me meto donde no me llaman. Cada vez que le dije a mi hija de verla me rechazó como a un perro con sarna. —Por primera vez, Eriseta aplaudió una decisión de su nuera muerta.
—¿No le interesa saber ni siquiera cuál es su nombre?
—¡Pero por favor! ¡Qué más da! Un nombre es nada más que un nombre.
—No comprendo. ¿A usted no le interesa saber ni siquiera el nombre de su nieto recién nacido?
—Si insiste, señora. Dígamelo, veo que para usted es algo importante. Dígame cómo se llama el niño —sonrió con aplomo y repitió su pregunta.
—Jorge. Ese es su nombre. Jorge. —Respondió entre enfurecida y asombrada.
—Lindo nombre, Jorge. Está de moda. Qué raro que no lleva el nombre del padre. —Eriseta se sintió tocada por esa irónica reflexión del visitante—. En mi familia era costumbre bautizar al primer varón con el nombre del padre. Continuidad de la estirpe, decían.
Miguel, desde el cuarto en que estaba reposando, escuchó el nombre de Jorge sin inmutarse. Era el que su madre eligió, con el que lo inscribió en el Registro Civil y con el que habría de bautizarlo. No le importó en lo más mínimo el deseo de su hijo de llamarlo con el nombre que Anita había elegido para él. Ícaro, en ese instante, se volvió un recuerdo extraño: sin emprender ningún vuelo, sus alas se quemaron incendiadas por las amonestaciones de Eriseta y por la complacencia del propio Miguel. Desanimado y vacilante, terminó por aceptar la imposición materna. Otra vez, pensaría en alguna oportunidad, la comodidad venció a la justicia.
—Mi hijo decidió llamarlo Jorge, y yo respeto su decisión —mintió impasible.
—Sobre gustos… —dijo Asmodeo M. con picardía—. ¿Y la nena? —insistió con su pregunta—. ¿Por dónde anda? ¿Puedo verla? ¿Puedo acariciarla?
—Parece que con la nena no tiene problema en ser entrometido.
—No, no, para nada —rió tontamente—. Es mi preferida, de todas las nenas de la familia es mi preferida. Es que me recuerda tanto a la madre, mi hija, Anita, que también fue mi preferida. Yo podría criarla como la crie a ella, porque yo la crie, ¿sabe?, muy bien la crie y le di los mejores tratos. Hoy vivo solo, demasiado solo, soy un pobre viudo solitario. Me vendría muy bien que una nena así me acompañara en estos años de soledad de anciano. Tengo dinero, además. ¡Me sobra el dinero! Nada le va a faltar, y lo que menos le ha de faltar es mi amor de abuelo. —Llevó el cigarro a la boca y lanzó una larga columna de humo gris que salió de su boca—. Aliviaría al padre de sus obligaciones. Tengo dinero, no sé si se los dije: me sobra el dinero. —Apenas terminó de hablar, extrajo nuevamente la dentadura cuando Eriseta lo estaba observando. La guardó indiferente y se rió de la mujer con una mueca.
—Ya dijo varias veces que le sobra el dinero. Parece que vino a una subasta de niñas. —El comentario de Eriseta provocó una risa siniestra en Asmodeo. Si estuviera a su alcance comprarla, ya lo hubiera hecho sin dilaciones.
—Me gusta usted porque entiende la esencia de las cosas —respondió rascándose la pelada—. La gente que entiende la esencia de las cosas sabe llegar rápido a un arreglo provechoso para cada parte. ¿No le parece?
—Con ver el horizonte, muchas veces, me basta para saber de qué se trata un asunto.
—Por ahí, como no es de su sangre, pensé que sería conveniente que yo me ocupe de su crianza, porque es hija de mi hija, usted me entiende. Y yo ya crie a una, por lo que bien puedo criar a otra.
—Lleva el apellido de mi hijo, con eso es suficiente. Nadie en esta familia va a renunciar a una obligación como esa. —Eriseta vaciló cuando el hombre mencionó la cuestión de la consanguineidad.
—¡Apellidos! ¡Apellidos! No sirven de nada, con todo respeto, señora —Asmodeo alzó las manos para disculparse también con el gesto—. Yo le garantizo que no habrá reclamos sobre la herencia paterna, estoy dispuesto a ponerlo por escrito. Y si ustedes prefieren, hasta puede renunciar al apellido como garantía.
—Le repito, por si no me entendió, que lleva el apellido de mi hijo, y que con eso es suficiente para que cumplamos nuestras obligaciones cristianas. La niña irá a un convento de clausura. Nadie podrá criarla mejor que las Hermanitas de esa institución de Dios.
Eriseta enunció la sentencia con la misma frialdad con la que un jurado condena a un fulano a la pena de muerte.
—Con respecto a su propuesta sobre reclamaciones por la herencia de su padre, no está en discusión ese asunto. Es un absurdo su propuesta. La niña lleva el apellido de mi hijo, que es el de mi esposo y el de todos sus antepasados —mintió, a pesar del disgusto que sentía de solo escuchar la pronunciación del apellido Da Silva—. Con respecto a la cuestión de la herencia, en la familia siempre nos manejamos con la sabia sentencia que nos transmitió Mateo sobre la cuestión de los tributos: “Den a Dios lo que es de Dios, y al César lo que es del César”. Cada uno tendrá lo que merezca.
—Mi propuesta solo era de buena voluntad, señora. Tómela como le parezca. Yo con el Mateo no me meto, ¡y eso que soy Asmodeo! Yo solo quería ahorrarles inconvenientes —frotó sus dedos en señal de dinero—. ¿Y dónde queda ese orfanato? —Con malicia, Asmodeo habló del pupilaje como de un internado para huérfanos—. ¿Podré visitarla donde esas monjas? ¿Llevarla conmigo a casa un fin de semana? Me recuerda tanto a su madre, mi hija, Anita, que era tan linda, mi preferida entre todas las mujeres de la familia. La amé más que a su propia madre.
—No, de ningún modo. No podrá visitarla y mucho menos llevarla con usted. Su régimen de visitas está acotado a su padre y a mí. Solo su padre puede retirarla de la Institución. Ni siquiera yo tendré esa autorización: imposición del claustro.
—¿Y qué razón habría para prohibirme ver a mi nieta?
—Es lo mejor para ella. ¿Necesita que se lo explique? —Eriseta habló en tono amenazante.
—¡Por favor, señora! Me trata como a alguien que no es de fiar. ¿Qué mal podría acarrear a la niña que yo la viera una o dos veces por año? ¡Qué poca voluntad tiene usted en sostener la familia!
Eriseta estaba desencajada al escuchar en boca de ese hombre la palabra familia.
—¿Qué familia? —preguntó casi histérica.
—La nuestra. Somos familia, señora, ¡somos familia! —Asmodeo habló con un tono tan burlón que empujó a Eriseta casi hasta el insulto—. Usted, yo, Miguel, Amanda y el niño Miguel, el recién nacido. ¡Somos familia! ¡Somos familia! Me veo obligado a preguntar: ¿hay familia? ¿Hay familia? ¿No serán ustedes como esos malditos comunistas que quieren disolver la familia?
La comparación con los “malditos comunistas” sacó de quicio a la mujer.
—¡Por favor! ¡Comparar mi familia con las hordas comunistas! ¡Qué ridículo se ha vuelto usted! Aquí siempre hubo familia. ¡Siempre habrá familia! Claro que hay familia, familia cristiana, ¡verdadera familia cristiana! Pero usted no es parte de ella ni lo será jamás. Sépalo. Y de paso no le cambie el nombre al niño: se llama Jorge, ¡Jorge! Apréndaselo, si puede.
—Jorge, Miguel, fulano, da lo mismo. Pero lo que no me da lo mismo es que quiera alejarme por capricho de Amanda. Soy su único pariente por el lado de su difunta madre. Ella sí es de mi sangre, no como ustedes.
—¡A mí su sangre me importa un reverendo carajo! —gritó Eriseta, desconcertando a Asmodeo—. Le repito, por si no me comprendió: Amanda lleva el apellido de mi hijo y por eso es parte de esta familia, y usted no es ni será nunca parte de ella. No se acerque ni a Miguel ni a Amanda. Grábeselo en esa cabezota roñosa que tiene.
—¡Cómo perdiste la compostura, vieja! Ahora hablás como una atorranta cualquiera. Tengo influencias para hacer cambiar tu capricho de madama de burdel. No me provoqués.
—¿Usted tiene influencias? No me haga reír, gordito. Si quisiera, usted estaría boyando en el río a merced de los bagres que comen cualquier porquería.
—¡Vieja desgraciada! ¿Me amenazás con matarme? ¡Qué hija de puta resultaste!
—Mucho más de lo que usted supone. Aproveche a insultarme porque será la última vez que nos verá. Y le advierto que si intenta de algún modo alterar la paz de esta familia, entonces sabrá lo que es una verdadera vieja hija de puta. Todas las putas de burdel que conoció en su podrida vida, al lado mío, serán como la Virgen María.
—No esperé nunca este mal trato, yo que adoro a mi nietita tan rosadita, suave, que tanto me recuerda a mi amada hijita muerta, tan joven, mi preferida, tan linda, cuando todavía tenía tanto que entregar, tanto que disfrutar. ¡Qué injusto es Dios con nosotros! ¡Yo que la quería tanto!
Eriseta tomó esas palabras de Asmodeo como una burla para mortificar a Miguel, quien —estaba segura— estaría escuchando la conversación.
—¡Déjeme ver a mi nieta una vez más! Acariciarla un poco, llevarme el recuerdo de su tersura, el perfume de su pielcita… ¡No sea jodida!, ¿quiere? ¿Quiere que se lo pida de rodillas? La veo, duermo esta noche aquí y mañana me voy y me pierdo para siempre.
—En esta casa no hay lugar para usted. Y quiero que le quede claro una cosa: usted no se va a arrimar a la niña ni a un metro de distancia, no va a tocar su piel ni oler ni siquiera sus pedos hediondos. Le aseguro que no verá a la niña ¡nunca más! ¡Nunca más! Y si intenta burlar mi orden, le voy a hacer arrancar los ojos para que cumpla con lo que acabo de decirle. No joda conmigo o lo voy a despellejar lentamente, y con toda esa gordura ¡ni se imagina lo que van a tardar en desollarlo! ¡Tiénteme y verá de lo que soy capaz! Mi paciencia tiene un límite muy corto. —La mujer aspiró profundamente el aire para terminar sus palabras con energía—. Esta conversación termina aquí y espero nunca más saber de usted. Buenas tardes y hasta nunca.
—¡Señora! ¡Me está echando! ¡Vieja hija de puta!
—No le quepa ninguna duda, si es que le cabe algo entre toda esa grasa.
—¡Vieja de mierda!
—Pero de mierda buena, no como la suya. Agarre su asquerosa valijita y márchese. No vuelva más o haré que lo saquen a patadas de mi casa.
—¡Quiero hablar con Miguel! —exigió Asmodeo como último recurso.
—Miguel no tiene nada que hablar con usted, ¡déjelo en paz, déjelo en paz!
—¡Pupila! ¡Monjas de clausura! ¡Vieja hija de puta! ¡Se saca la nena de encima regalándola a unas monjas resentidas! —Eriseta ni se inmutó al escuchar los insultos de Asmodeo—. ¡Se queda con el boludo de su hijito y el hijo de él, y a la nena que no es de su sangre la tira a un orfanato para sacársela de encima! ¡Dios los va a castigar por egoístas! ¡Son peor que los judíos! ¡Comunistas de mierda!
Desde su cama, Amanda escuchaba el choque de palabras, aunque no comprendía su exacto significado. En cambio, Miguel oía perfectamente. La niña estaba en una habitación bastante alejada del gran comedor donde discutían Eriseta con un hombre a quien no conocía. A Miguel lo separaba apenas una delgada pared de quince.
Amanda escuchaba esa voz enérgica que luchaba contra otra ronca y tuvo miedo como nunca antes. “¡Si mamá estuviera a mi lado!”, pensó angustiada. Si Anita estuviera con ella no sentiría temor alguno; si Miguel la abrazara, tampoco. Pero Miguel estaba ausente.
Las voces rodaban frenéticas como piedras sombrías hasta los pies de la niña, que las recogía como flores del mal. Pero entre esos pétalos sedientos había algo hediondo que la descomponía: mugre como niebla sepultada, derrotas del amor, coágulos de una cólera perdida en su triste destino.
La palabra orfanato sonó como una furia lanzada para sofocarla. A la puerta del convento comprendería el verdadero significado de esa palabra.
Asmodeo alzó la voz hasta donde su enfermedad se lo permitía, provocativo, gesticulando como un muñeco desmañado, ante la indiferente mirada de Eriseta.
—¡Pupila! ¡Monjas de clausura! ¡Vieja hija de puta! —gritó con lo último que le quedaba de aire en los pulmones resecos—. ¡Se saca la nena de encima! ¡Se saca la nena de encima porque no es de su sangre! ¡La tira a un asilo para sacársela de encima! ¡Y ustedes se llaman cristianos! ¡Yo soy un verdadero cristiano tratando de darle amor a mi nietita! ¡Ustedes son peor que los judíos!
—¡No vuelva a decirme judía! Lávese la boca, viejo asqueroso, antes de hablar de nosotros. ¿Judíos? ¿Comunistas? ¿Usted va a ser un buen cristiano? ¿O piensa que yo no sé quién es usted? ¡Viejo degenerado, hijo de remil putas!
Miguel escuchó atónito esas palabras de su madre. ¿Qué sabía ella de ese hombre a quien detestaba desde el mismo momento en que lo conoció? Nunca quiso hablar de ese incidente con Asmodeo: prefirió el silencio a la turbia verdad.
—¿Qué quiere insinuar con eso, vieja de mierda?
Asmodeo estaba lívido y desencajado al escuchar las últimas palabras de Eriseta. “Este es nuestro secreto, calla para siempre, calla”, sonó en su memoria, embistiendo una derrota desde el fondo de los secretos de familia.
—Yo no insinúo nada, gordo de-ge-ne-ra-do —Eriseta hizo sonar las sílabas para que a Asmodeo no le quedara ninguna duda de que ella sí sabía de “este es nuestro secreto, calla para siempre, calla”—. Yo sé más de lo que se imagina, y por su bien es mejor que no me haga hablar.
Asmodeo M. supo que la mujer hablaba con propiedad.
—¡Quiero hablar con Miguel! ¡Ahora! —fue solo una bravuconada para simular que no estaba derrotado.
—Usted no va a hablar con ninguna otra persona en esta casa. —Dando unos pasos hacia adelante, quedó a corta distancia del hombre—. Cuidé a mis hijos desde que nacieron, mire si le voy a entregar uno de ellos a usted, pedazo de porquería. ¡Váyase antes que lo haga meter en cana! Inmundo, mugriento. ¿Con quién se cree que está hablando?
Asmodeo pareció que volvería a reclamar, pero calló sumiso: el dedo acusador de la mujer lo hizo desistir de su intención.
—Retírese ahora mismo —ordenó la mujer, y él cumplió sin protestar.
Con dificultad se incorporó del sillón en el que estaba sentado hasta ese momento. En la habitación contigua, Miguel se alegró de que Asmodeo se fuera y esperaba que cumpliera la orden de su madre de no regresar jamás. En una habitación más alejada, Amanda, envuelta en su silencio, empezaba una larga y singular metamorfosis.
Eriseta sonó una campanilla que atrajo a un mayordomo hasta el comedor. Era corpulento, de aspecto rudo. El hombre miró con atención a la patrona, esperando una orden. Los ojos de la mujer le señalaron al visitante. El lacayo se acercó a Asmodeo y en voz baja lo invitó a salir de la casa. Asmodeo no opuso resistencia. Tomó su pequeña valija forrada de azul y, sin saludar, se dirigió hacia la salida. Un halo extraño lo seguía de cerca, como un perro sarnoso, con las llagas expuestas y su hediondo perfume. Detrás, el mayordomo vigilaba su lenta marcha y podía escuchar el fuelle de sus pulmones, que amenazaban colapsar en cualquier momento. El sirviente escuchó con claridad que el viejo Asmodeo dijo, amenazante:
—¡Esto no va a terminar así, vieja hija de puta! ¡Esto no va a terminar así!
El mayordomo lo empujó con cierta violencia para que apurara el paso. Abandonó la casa y nunca más se supo nada de él.
Eriseta salió del comedor y pasó a la habitación donde Miguel reposaba en un sillón ubicado en una esquina del ambiente. La penumbra acentuaba su aspecto demacrado y no permitía distinguir si sus ojos estaban abiertos. Se detuvo y lo miró expectante. Miguel alzó una mano para demostrarle que estaba aún despierto y que solo reposaba solitario. Ella sonrió satisfecha: había cortado de un solo golpe el nudo gordiano que ataba a su hijo a la historia de Anita. Debía solo esperar que Amanda ingresara pupila al convento de las monjas de reclusión. Entonces todas las cosas recuperarían su verdadera naturaleza y, bajo su dominio, recobraría la paz de la familia.
***
“Autobiografía en secreto de Amanda Da Silva.” – Hoja N° 14
Un magnífico charco de sangre luce desbocado en la antecocina. Pero no es verdadera sangre. Acémila, arrastro los pies sobre la mancha despiadada. Viene del futuro, donde no fue un combate, sino un espacio leve entre las sombras y el sueño. Fosforescente, resuena un estampido en cascada de pólvora benigna. Veo un orificio entre las piernas de un amasijo muerto y suspiro de alivio en ese instante.
No comprendo mi sueño a la intemperie de una noche que corre a caballo de lejanas sierras de polvoroso linaje. El hombre luce las láminas de las manchas en su rostro como si fuera un verdadero sacerdote, y me reclama varias veces que vuelva a mis quehaceres. La sangre se evapora hasta alzarse violeta en una nube, que llueve una sangre centenaria germinando una paz renaciente.
Duermo en la sospecha de un halcón que luce un collar de plumas de relámpagos.
***
VIII
Ocaso de un adiós
La ceremonia fúnebre fue breve, íntima y recatada. Ocaso de un adiós sin palabras, apenas acompañado por los pocos asistentes que siguieron a Miguel en el sepelio. Beso arterial del esposo sobre la frente helada. Los labios de la muerta, como los párpados, vencidos y apretujados de muerte en el último suspiro, cerrados para siempre en la eternidad de esa sangre coagulada como una cáscara roja. Las iniciales de la muerte inscriptas en la empuñadura del féretro imitaban el sombrío color del légamo, láminas de crepúsculo definitivo sobre un amor que parecía eterno, pero duró apenas un suspiro entre reproches familiares.
Los jefes se excusaron por su ausencia. Hicieron llegar a Miguel sus condolencias junto a las palmas fúnebres que competían en variedad de flores. De paso, recordaron por medio de mensajeros que les estaba prohibido reunirse incluso para la ceremonia de la muerte. Sus rostros debían conservar el anonimato: era regla rigurosa evitar ser reconocidos por algún alcahuete en busca de recompensa. Su mundo era secreto, y en ese misterio de nombres y rostros estaba la garantía de supervivencia, amenazada solo cuando el poder cambiaba de manos por obra de fusiles y cañones que atronaban la política con gritos empavonados de carbón, azufre y nitrato de potasio. Apenas se extinguían los sones marciales, los funcionarios sabían demostrar nuevas fidelidades: bastaban juramentos y una cantidad definida de caídos en desgracia para que todo recobrara la acostumbrada seguridad.
Nada devolvería la vida a la infausta criatura que murió entre los intersticios de una hemorragia que licuó, como magma rojo, la existencia en un instante. Ni siquiera el todopoderoso séquito de espías que regía en parte los destinos de la nación. Su sacerdocio no atendía el rito de la vida, sino el de la muerte por razones de Estado.
Eriseta parecía satisfecha. Cuando los funebreros soldaron la caja metálica suspiró con emoción, y hasta hizo creer a los presentes que sentía verdadera congoja. Pero fue un error de apreciación. Estaba complacida, aunque su impávido rostro no permitiera descifrar sus sentimientos. En cada gota de estaño derretido que sellaba la tapa, se empujaba hacia el olvido fragante a quien en vida fuera la esposa de su hijo. Todo parecía retomar el rumbo del que nunca debió apartarse. Misterios de un amor que no le interesaba develar: la muerte temprana resolvía sus desventuras y disgustos de modo inapelable. Y eso era lo que más la reconfortaba. La condición de inapelable era hasta estimulante. La muerte tiene ese poder afrodisíaco en quienes la invocan para resolver lo que no está al alcance de su voluntad.
Siempre cuestionó a su hijo el enamoramiento casi adolescente que lo arrebató con esa mujercita de rostro aniñado y cuerpo grácil. Aunque reconocía que Anita tenía personalidad, además de belleza natural, capaz de subyugar a cualquier hombre, nunca pudo deducir por qué fue su hijo quien cayó en esa red de encantos y no otro de los tantos que merodeaban a su alrededor, expectantes de una mirada, una sonrisa, incluso un desprecio que les diera esperanza de un amor que no les estaba reservado.
La naturaleza de Anita era misteriosa: hasta cuando murmuraba unas pocas palabras provocaba expectación desmesurada. Algo en su voz, o en la mezcla de voz e imagen, hacía que la gente quedara suspendida esperando un milagro, la revelación de un prodigio, o el descenso de ángeles para salvar a la humanidad de sus horrores. Con esa niña de nombre prohibido en brazos, deambulaba entre sol y luna, entre luz y oscuridad, hasta toparse casi por accidente con ese muchacho desprevenido en el pasillo de un ministerio intrascendente, atento y jocoso, que quedó prendado de la mujer por la que hubiera hecho lo impensado. Amanda, apenas una beba de pocos meses, con su sonrisa y su mirada colaboró en el embrujo que subyugó a ese inexperto burócrata.
Anita no era lo que Eriseta esperaba para su hijo. Lo dijo siempre con franqueza, incluso en la cara de la joven. Entonces ella la miraba desde la profundidad de esos ojos de diamante negro, como un gotón de noche, y se hacía impenetrable hasta sacar de quicio a una suegra poco acostumbrada a la desobediencia.
Anita podía ser tan cálida como una brasa de amor en la noche más oscura, y tan fría como el aliento de la muerte, como el filo glacial de un pedernal de hielo. Eriseta sentía ese frío exuberante rozarle las intimidades de sus tejidos, comprendiendo que mientras el corazón de la mujercita latiera, sus posibilidades de espantarla de la familia eran nulas. A su lado, esa nenita de amorosos abrazos que embobaba a Miguel incluso más que su esposa reforzaba un embelesamiento imposible de derrotar con las artes mundanas de Eriseta, poco habituada a la derrota. Y aunque nunca se atrevió a rozar el asunto, lo que más la fastidiaba era que la mujer y su hija habían ingresado a la herencia familiar por la ventana de un matrimonio resuelto a escondidas y a las apuradas. Miguel arriesgaba la fortuna familiar en beneficio de una desconocida, cuya hija llevaba un nombre extravagante y decía profesar ideas igualmente extravagantes al impulso de los acontecimientos de la gran guerra.
Cuando Anita susurraba a Amanda como canción de cuna “ni un paso atrás”, y hasta parecían sonar las músicas de una orquesta roja, provocando cínicamente a su sexagenaria suegra, Eriseta sentía que su corazón se agitaba, exagerando sus latidos, estimulados por la aversión a esas noticias que llegaban de los lejanos frentes de batalla.
Fue en esos arrebatos políticos que concluyó que solo la muerte —y por eso la celebraba íntimamente— podía acomodar las cosas del modo que deseaba. Tiempo después, contaron sus amistades de tertulias, cuando alguien dejó caer el nombre de Anita como un recuerdo extraño, ella habló de un asunto que pocos pudieron comprender. “¡Quién lo diría! Al final estuvimos todos juntos contra ese demagogo de…” exclamó, y se llamó a silencio. Nadie recordaba con exactitud cuándo hizo esa afirmación: para algunos fue hacia fines de 1945, para otros ya entrado el nuevo año. Lo seguro es que nunca volvió a deslizar comentario alguno sobre ese asunto.
Jamás ocultó que promovió para Miguel un matrimonio que lo ayudara a trepar en la escala social, lo que —sabía por experiencia— aceitaría sus progresos en el trabajo. No un enamoramiento sanguíneo, donde la libido manda la voluntad masculina. Para ella, el eros de los hombres carecía de inteligencia, argumento que repetía cada vez que podía. Y tratándose de Miguel, un novato en las lides del sexo y del amor, ni hablar.
Sus hermanos supieron escoger mujeres que los promovieron a lugares destacados de la sociedad. El amor era asunto de novelas. Ella misma, cuando se le preguntaba si alguna vez estuvo enamorada, respondía iracunda que nunca dedicó sus esfuerzos ni su tiempo a las zonceras del sentimentalismo. “¡Jamás!”, gritaba con furia, y allí terminaba el diálogo sobre los encantos del enamoramiento. La sexualidad solo era herramienta reproductiva o instrumento de ascenso social.
Desde que el mundo es mundo, decía, siempre ha sido así y así será por los siglos de los siglos, amén. Podía citar de memoria una larga lista de mujeres que treparon en sus ambiciones subidas a las puntas de nobles y aristocráticos penes. O de varones engreídos que veían bellas a las más horrendas solo porque la copulación con ellas les prometía alcanzar los estratos más altos del poder, empresa para la que sus propias virtudes no alcanzaban ni para los primeros escarceos.
Si alguno de ellos hubiera dedicado algo de su tiempo a la lectura en vez del alcohol, el humo de los cigarros y las lúbricas vaginas de la promiscuidad, entendería por qué ella referenciaba en Devereux a todos esos hombres. Y alzando su dedo meñique en señal de cinismo organizado, se refería a la suerte de aquel que tan solo fue decapitado, cuando bien merecía castigos más contundentes.
Nada de amor, entonces. Nada de orgásmicos momentos maritales. Ella trajo al mundo cuatro varones, aporte más que extraordinario a la continuidad de la especie, y eso la glorificaba. Para satisfacer el placer estaban las juergas con prostitutas seleccionadas entre las más jóvenes y blancas de los lupanares de Estado. En esas vaginas vigiladas pudo descargar su esposo los excesos de esperma que conmovían su espasmódico tracto urinario. Todas esas mujerzuelas que rondaban alrededor de los espías intercambiaban un coito libertino a cambio de un poco de comodidad surgida de favores del dinero o del amparo del poder. A veces ropa fina, droga de la buena o algo de dinero. Las más de las veces morían en oscuros rincones de la burocracia y quedaban sepultadas en el más riguroso anonimato. Sus nombres eran borrados de todos los registros.
Sabía cómo eran los códigos morales de los hombres de esa burocracia. En la Agencia se veía con buenos ojos que sus empleados calificados, como Miguel, constituyeran una verdadera familia de acuerdo con los valores de la religión católica. Las multitudes asamblearias que rodearon a Pacelli ayudaron a consolidar esas creencias doctrinarias. Hombres, mujeres y niños llegaron desde los confines de la nación para engordar el mito de la nación católica por excelencia, bajo la custodia de un nacionalismo elaborado en el excéntrico alambique de la Liga Patriótica, que destilaba un pogromo de odio anticomunista y antisemita como un elixir milagroso para los males de la patria, y que se manifestó exuberante, casi todopoderoso, en “La noche de los hombres”, cuando cientos de miles marcharon portando antorchas desde las inmediaciones del Congreso Nacional hacia la Plaza de Mayo.
El catecismo señalaba claramente que las esposas debían ser devotas, recatadas, cuidadosas de la reproducción para garantizar que la descendencia reuniera las mejores condiciones, pensando en el porvenir. Si había deslices —que los había y a menudo— se sabrían disimular incluso cuando rayaban en el escándalo de sexo y vicios combinados en sus extremos más escandalosos. Mientras no afectaran los secretos de Estado, se los consideraba parte de la naturaleza de los hombres, y mucho más de los hombres sometidos a tareas clandestinas. Y, además, pecar no siempre prometía el infierno: a veces podía ser el anuncio de un prominente ascenso. Entrepiernas diplomáticas, úteros de ascendencias marciales, chismosas de alcurnia podían ser pasaporte hacia la cumbre del poder entre las sombras.
En cambio, las esposas debían sostener los principios de la fe y educar a los hijos en el riguroso catecismo de la Santa Iglesia. Roma auscultaba sus sentimientos con ojo crítico, desde los ocultos sustratos de los misterios vaticanos. La frigidez era presentada como virtud mariana y muy valorada entre los priores de la fe.
Anita no reunía ninguno de esos requisitos, y solo Miguel, con sus artes, hizo parecer a su esposa acorde al prototipo que se promocionaba en la Agencia. Un ejercicio de apariencia y de falsa apariencia casi extraordinario. Pero lo definitivo, lo que le granjeó simpatía entre los cuadros de conducción, fue su enorme capacidad matemática, que dejó perplejos incluso a los más encumbrados reclutados por la Agencia durante años. Ese talento hizo que, muchas veces, nadie prestara atención a las críticas que Eriseta deslizaba en tertulias con viejas amigas, esposas de veteranos funcionarios que compartieron con su marido días y noches de conspiraciones. Anita era misteriosa como el mecanismo de Anticitera: compartía su secretismo analógico en la punta de los dedos, su astronómica sensualidad, los ruidos de eclipses astrológicos y calendáricos indescifrables para burócratas anquilosados en sus minúsculas porciones de poder oculto.
Una cureña cargada de flores trasladó el féretro hasta el Cementerio del Oeste, que poco después sería renombrado Cementerio de la Chacarita. Eriseta se ocupó de conseguir un nicho privilegiado en un panteón cercano a la entrada principal, moviendo sus influencias que atendieron comprensivas sus reclamos. Se negó a permitir que el ataúd ingresara en la bóveda familiar donde reposaban los ilustres de ambas familias. Consentirlo equivalía a dar crédito a derechos de herencia que, seguro, reclamaría Amanda al crecer. Además, era un sacrilegio funerario, una alteración de los ritos mortuorios que no estaba dispuesta a tolerar. Miguel no tuvo intención de discutir: le resultaba indiferente, por el momento, el lugar de descanso de su esposa, e incluso vio con buenos ojos que no compartiera reposo con parientes que la hubieran repudiado por su carencia de alcurnia. Un par de años después decidió incinerar el cadáver y arrojar las cenizas al osario general, lo que dijo era deseo de Anita. Sin embargo, fue Eriseta quien le señaló la conveniencia de concretar ese rito: “Los iguales con los iguales”, repitió palabras que adjudicó a la difunta.
En la capilla ardiente, antes de depositar el féretro en su nicho, el cura dijo el responso con voz fermentada en la ira de los mandamientos divinos. Bendijo el ataúd, repitió varias veces el nombre de la difunta y rogó que Dios asistiera su alma en el tránsito hacia la vida celestial. Elevó plegarias por el hijo recién nacido. Amanda no mereció alivios del rezo: su nombre no figuró en el responso. Seguramente Eriseta orientó al sacerdote en bendiciones y maldiciones.
Cuando los sepultureros terminaron de atornillar la tapa de mármol blanco que cerró la boca del nicho, una lluvia torrencial se descargó sobre la ciudad. Miguel miró al cielo buscando un consuelo que no llegó. Se abrazó a algunos de los pocos acompañantes y esquivó a su madre. Solo dijo: “Voy a buscar a Amanda”, rechazando la oferta de Eriseta de acompañarlo hasta su casa en los suburbios. Deseaba estar solo en ese viaje en el amplio automóvil negro, desde el cementerio hasta el hogar. En su cabeza, palabras y palabras buscaban la armonía de los verbos del amor imperecedero, del prodigio de lo inextinguible, del poder de las resurrecciones, para explicarle a la niña qué sucedió con su madre.
¿Explicar la muerte? ¿Explicar lo que no puede ser perecedero, lo que no puede extinguirse, lo que está llamado a resucitar? ¿Qué palabras dicen de esos acontecimientos sobrenaturales? Solo el amor quedaba como semilla silenciosa para ser cultivada en el surco de esa herida temprana.
“Morir, dormir… dormir. Tal vez soñar.” ¿Explicar la muerte? “Esa tierra inexplorada de cuyas fronteras ningún viajero vuelve. Morir, dormir, tal vez soñar.” No sabía por qué recurrió a Shakespeare en esos instantes de dolor. Fue lo último en que pensó mientras se acomodaba en el asiento trasero del coche negro que lo llevaría de vuelta a su casa. La lluvia tormentosa anegaba las calles linderas al cementerio, y el cielo era un instante hostil de vapores grises encendidos de aguijones de relámpagos que retumbaban al límite del paisaje urbano.
***
“Autobiografía en secreto de Amanda Da Silva.” – Hoja N° 9
He perdido los anteojos de lectura. Se cierran cien palabras escritas para siempre. Cien. Mil. Todas. Guadalupe se burla de mi desgracia. Un hombre de recuerdos me arrimó una lupa que sacó, no sé de dónde. Ahora descifro un jeroglífico perfecto.
***
IX
Palabra de padre
Busco las palabras, hija mía: las busco, las interrogo. Son exuberantes, pálidas, húmedas, sagradas, y todas claman al Hombre en sus dominios. La muerte, sin embargo, más allá de esas fronteras, se amarra a sus crucifixiones y derrama sus martirios ola tras ola: olas de tierra, de cenizas, de lápidas, de cuchillos, de golpes, de brutas dentelladas.
Miro tu porvenir y desde ahí te observo. Te miro y te acaricio tan solo con mirarte; de amor como una flor que cruza su perfume de polen, te descifro y te rozo con mi tristeza, sin querer darle un nombre a esta ausencia palpitante que se agranda de silencios y susurros. Un capullo negro llevo entre mis manos y una larga intemperie surge como un ronco quejido, desconsuelo sin remedio hasta las lágrimas.
Tiemblo al mirarte en este otoño, por la misma calle donde la cavidad de la noche se hizo luna y, al amparo de su luz, caminamos los tres asiendo racimos de viento que dispersaban perfumes más allá de nuestra laguna. Veo a tu madre precipitada en un manantial de frío, pero en el nido de tus pupilas la muerte poderosa perece sus abismos de oscuridad y desaciertos, y me salva en la desembocadura del martirio oscuro, inacabable.
Me niego a perpetuar una herida de muerte aquí en mi corazón. En él solo quiero su amor y los recuerdos de cada instante entre sus cálidos brazos y sus manos de pétalos. Quiero tu amor de hija, sanando esta ausencia que me desespera.
Mi corazón hecho de polvo, de piedra, de gusano, de arruga, de sangre espesa y de temblor invisible, de una lágrima reservada en la intimidad de los suplicios, late por ella y por vos, hija mía.
Estamos solos, ¡solos! Desesperadamente solos, desnudos de amparos y cubiertos de espinas. Miro tus manos y mis manos, tu vacío y mi vacío, la lámpara de tu ilusión, la vasija de tus sueños y la piedra de mi rostro. Hundo mis manos en la arcilla noble de esta pena de ásperos contornos que me invita a besar los minúsculos instantes que quedaron como pequeñas herencias entre nosotros dos.
Mis ojos están vacíos de lágrimas: las entregué de rodillas en el idioma del milagro imposible. Besé su sangre como si fuera néctar y desafié al destino hasta que fui vencido. Solo me quedan espinas que llorar, relámpagos negros, lutos del tamaño de un puño.
Te miro desde el patrimonio de mi pena hasta la desembocadura del dolor, de esta herida que no cesa. Solo me atrevo de rodillas a sospecharte así, pequeña de piafantes bríos. Yo, herido en los lagrimales ciegos, buscando esa palabra que te explique del reino de la muerte, del reino de los cielos, ese bastión maltrecho de la misericordia. Y cuando creo que encuentro esa voz en manantial, sin gritos ni estridencias, las palabras desaparecen como hojas del secreto de una sustancia glacial, un sobresalto de piedra imperturbable.
Te amo, hija mía. Con ese amor te rozo apenas con mis muertes vestidas con las ásperas vestiduras de la ausencia definitiva, por protegerte de ese frío imposible que llega como desde un agujero enarbolado y por el que la nada se derrama hacia el olvido definitivo de todo lo que tuvimos y ya no poseeremos hasta el fin de nuestros días.
Sufro de amor, sufro de secretos, sufro sin consuelo y desespero como una estatua de sal, perdida en el vacío de un misterio imposible. Así, desesperado en el pedazo roto de una vida que nos dejó con la boca vacía. Cuando llegue, te abrazaré sorprendido y agotaremos nuestros dolores en mutuas caricias, hasta el tibio reposo entre unas flores de pájaros que vuelan hacia un tiempo distinto de esperanzas.
***
“Autobiografía en secreto de Amanda Da Silva.” – Hoja N° 10
La lupa me revela el hallazgo. Leo atenta tras la curva pronunciada de su convexidad. Venganza de amor, piedras errantes, dinastías de lunas, desgarros de banderas, ojos muertos, desdichas en la boca, babas de diablo.
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X
La pregunta
Miguel despertó cuando sintió los suaves golpecitos que el chofer daba sobre su brazo entumecido. Escuchó la voz del hombre llamándolo para que saliera del pesado sueño que lo había ganado apenas el motor del automóvil se puso en marcha. No habrían transcurrido ni unos pocos metros cuando Miguel cayó en un sueño tan profundo que, por momentos, parecía posponer su respiración en largos intervalos.
Entreabrió los ojos y miró, como en un tiempo eterno, la puertita de la modesta casa. Sacudió la cabeza como si quisiera deshacerse de un mal presentimiento, de cierta zozobra que lo angustiaba.
Sintió latir el corazón de Amanda, que esperaba silenciosa el arribo de su padre detrás de la puerta, desde hacía largas horas de paciente espera. Amanda latía no solo su corazón: hasta su sombra se había espesado durante esas horas en que aguardaba la llegada de Anita y su hermano, como le habían prometido meses atrás, entre risas y bromas de amor. La última imagen de su madre fue aquella en el auto negro, saludándola a través de la ventanilla trasera. Se quedó con esa sonrisa maternal y la delicada mano de Anita agitándose en señal de despedida.
Bajó del automóvil sumamente contrariado. Creyó tener todas las palabras en la boca. Sus labios se movían como si entonara una canción sabida de antemano. Las palabras tenían vida propia y se ubicaban en el lugar preciso, esperando salir para acariciar a la niña. ¿Las soñó durante el viaje? Era posible. Estaba seguro de que podría explicar las cosas con claridad y sin herirla. Aunque, con franqueza, ni él mismo encontraba una explicación satisfactoria.
Caminó vacilante la corta distancia que separaba el automóvil de la casa. Se detuvo frente a la puerta, aguardando que se agotara el leve temblor que invadía sus piernas. No estaba seguro si lo que escuchaba provenía del interior de la casita o de su propia cabeza. “¿Dónde está mi mamá?” oyó la pregunta repetida tres veces. Luego otra, también tres veces, con voz inquisidora que no parecía salida de la garganta de su niña: “¿Dónde está mi hermano?” Volteó para comprobar si el chofer también escuchaba esas preguntas que lo paralizaban, pero el hombre fumaba distraído, mirando hacia el horizonte a través de la calle de tierra, tal vez buscando una explicación a tanta soledad suburbana.
Cuando creyó que esos sonidos desaparecían, avanzó hasta quedar a pocos centímetros de la puerta. Apoyó la mano en el picaporte y se dispuso a entrar sin golpear, como era su costumbre. Pero fue Amanda quien abrió y apareció frente a él, tan pequeña y luminosa como siempre. Miguel sintió perder la compostura. Una fatiga arrogante le transfirió un temblor que se alojó en sus rodillas, incapaces de sostener el peso del cuerpo. Sus hombros se vencieron y dejó caer los brazos en señal de abatimiento.
Se podría decir que se arrodilló ante su hija, pero en verdad cayó postrado. Amanda lo abrazó con eucarística ternura. Dejó que la cabeza de su padre, inmensa, se apoyara en su pequeño pecho. Miguel lloró como nunca lo había hecho en su vida, sin pronunciar palabra. Los sustantivos, los adjetivos, los verbos, las proposiciones, los adverbios, todos se marchitaron en ese instante, como flores equivocadas resecadas por el leve roce de una brasa negra.
Amanda guardó un silencio inolvidable, mientras pasaba su delicada mano por la cara del padre y humedecía con sus lágrimas sus propios dedos.
Amanda quiso hablar, pero no pudo.
Amanda quiso llorar, pero no pudo.
Amanda quiso gritar, pero no pudo.
Amanda quiso correr, pero no pudo.
Solo pudo sostener el consuelo entre sus brazos delgados como estambres y sus manos diminutas.
Carmen y Francisco salieron por la puerta del fondo y lloraron abrazados bajo la sombra de un árbol pelado por el otoño. El coro de unas aves enmudeció de golpe. El viento cesó en sus giros bandoleros y una copa de noche pareció descender sobre esa porción del pueblo, mientras una raya roja desesperaba en el fondo de la legua, horizonte que se moría en dirección a una noche salida del subsuelo gangrenoso del lodo de una cicatriz en la laguna.
¿Fue en ese momento que Amanda comprendió que había perdido todo en ese abrazo, tanto de desconsuelo como de despedida? Años después, mientras enjuagaba con agua limpia las manos del General, creyó entender el significado de aquel suceso que, a pesar de estar tan lejano en el tiempo, le dejó una mortificante intriga hasta ese presente en la inmensa mansión que se disecaba al rayo del sol sobre los huesos dolientes de los sepultados vivos por sus infinitas rebeliones.
Nada del General le recordaba a su madre, tampoco nada de Doña Encarnación, ni siquiera se identificaba con esa otra niña amarrada por tres babas de diablo. Pero a veces, un suspiro, un sonido monocorde del pecho de “La Reliquia”, rugoso y metálico, la retrotraía a ese abrazo del padre que respiraba jadeando un dolor que sonaba a barro, a greda amarga, y que la dejó tan solitaria y tan vacía, sin poder comprender con exactitud ese sentimiento de ausencia poderoso. Solo muchos años después —tal vez en la soledad de su habitación, contemplando el pálido cielorraso pintado a la cal hacía ya décadas— pudo descifrar las consecuencias de aquel amor maternal perdido tempranamente. Hubo una mezcla de dolor mortuorio y de traición madurada a los empujones, que explicó el abandono posterior de todos los afectos que había sentido potentes justo hasta ese preciso momento.
En la madurez, sosteniendo con sus manos callosas la rugosa y huesuda del ilustre, pudo descifrar aquel pensamiento que conquistó su mente mientras consolaba al padre arrodillado, pero que entonces no pudo manifestar ni siquiera en una simple idea: “¿Qué será de mí si ya no estás a mi lado?” La muerte de Anita definió para siempre el destino de Amanda. A partir de entonces, solo la soledad y el silencio serían los arquitectos de su vida.
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“Autobiografía en secreto de Amanda Da Silva.” – Hoja N° 11
En un sobre azul guardé las palabras. En el convento, será flor o cautiverio. No lo sabré por una eternidad. Búscame en el acierto de unos apellidos.
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XI
Una muerte y después
La tarde se erizaba de cirros a lo lejos. Las turbulencias de la luz del sol, entre esas pequeñas nubes que entretejían magníficos velos, dibujaban luces variopintas que parecían lanzarse al centro de la laguna para iluminar el agua, removida por olitas que estiraban su cabellera espumosa como un follaje blanco. El viento húmedo volaba bajito, resbalando entre los pastos que se abrían paso entre matorrales amarillos que insistían en amarrarlos con sus raíces rastreras, silabeando flores pequeñas cuyas fragancias se percibían incluso a cierta distancia. El villorrio parecía más solitario que de costumbre.
Largo fue el tiempo que Miguel estuvo arrodillado, llorando, abrazado a su hija. Amanda lo acarició mientras él, hincado, desahogaba su pena. Se incorporó como pudo, casi sin fuerzas. Quería irse del pueblo hacia cualquier lugar, no importaba dónde. Pero huir no era una opción al alcance de su mano.
La cercanía del hogar familiar lo perturbaba profundamente y no podía controlar esa sensación de ausencia. Ni siquiera era capaz de mirar hacia su propia casa: veía a Anita acercarse por la calle de tierra en dirección a lo de Carmen y Francisco. Esa alucinación nacida del dolor lo desesperaba.
Amanda, como si tuviera la fuerza necesaria, lo ayudó a incorporarse y se mantuvo a su lado. Cada tanto se abrazaba a su fornida pierna con todas sus fuerzas, como temiendo que el hombre huyera corriendo de la casa. Tal vez adivinaba la intención de su padre de escapar del villorrio sin destino conocido.
Miguel, en silencio, sin decir palabra alguna, instintivamente acariciaba sus cabellos con suavidad. Los vecinos también permanecieron silenciosos. Se esforzaron por consolarlo con palmaditas amorosas en la espalda. A cada una de ellas, Miguel respondía con una sonrisa ajena, torciendo la boca en una ridícula mueca más que en un gesto de agradecimiento.
No era displicencia: parecía más bien desorientado, sin saber qué hacer ni qué decir. Oía las palabras de consuelo de la pareja como simples monosílabos espesas, inconexas, lentificadas por su paso a través de un túnel de dolor que le impedía comprender cabalmente lo que le decían. Si se le hubiesen pedido que las repitiera en ese mismo momento, no lo hubiera podido hacer. En cambio, Amanda seguía con atención la escena y recordaría por siempre esas frases amorosas de los vecinos, así como la congoja de su padre. Durante años, ni siquiera pudo sentir rencor contra ese hombre. Solo cuando recibió el papelito que el suboficial Pérez le entregó el día de su partida de la casona —con las respuestas a sus tres preguntas, las mismas que había hecho al llegar a la mansión— pudo maldecirlo, liberando su alma de un odio razonable.
Miguel trataba de disimular su estado de ánimo, pero un sopor enigmático lo envolvía y no le permitía despejar la mente. Las ideas se le agolpaban sin orden ni sentido: su memoria se había anarquizado repentinamente.
Los golpes del corazón retumbaban en su tórax y expulsaban como pistones la sangre que dilatada subía por su cuello hasta el cerebro, por las arterias carótidas que sentía redondas y calientes. Movía la cabeza en todas direcciones tratando de acomodar ese atropello de añoranzas de las que apenas podía tomar conciencia. Recordaba momentos con Anita: las caminatas por la calle Florida hacia la terminal de Retiro; las exigencias de su padre y el juramento reclamado en el lecho de muerte; los cálidos abrazos en las noches serenas; los besos deliciosos, la humedad de las bocas; los berrinches de Amanda; las ecuaciones matemáticas; los sueños de aventuras comunes; el agua rodando por los caños impulsada por la bomba manual hacia el tanque del techo y el ruido de la lluvia cayendo sobre las chapas; los reproches de Eriseta con su voz de corneta; la escarcha sobre el pasto blanqueando el paisaje; la primera noche de amor abrazados con pasión; la última de los suspiros jadeando la hemorragia incesante, aturdidos por los gritos de médicos y enfermeros que corrían desesperados hacia ningún lado, mientras la muerte llegaba como un ave cruel que succionaba a través de su útero los últimos gramos de vida que le quedaban.
En un acto reflejo, mecánico, tomó de la mano a la niña más por saber si seguía allí, a su lado, que para contenerla. Palpó su manita, y ella la sujetó con toda su infantil fuerza.
La niña, a pesar de sus pocos años, parecía más serena y calmada que su padre. Lo miraba de a ratos sin dejar de aferrarse a su mano; unas pocas veces volteó hacia su casa, que se veía más oscura que de costumbre y vacía como nunca antes la había notado.
Luego, moviendo con lentitud la cabeza, dirigía la mirada tanto a Carmen como a Francisco, quienes esquivaban esos ojos negros que les recordaban los de la propia Anita. Mientras el rostro del hombre demostraba una pena profunda, Amanda no dejaba traslucir ni el menor sentimiento. Parecía extraña a esa escena que insinuaba una despedida para siempre. Tal vez no hubiera lugar para más dolores esa tarde en el pueblo.
El llamado del chofer devolvió a Miguel a la realidad. —Señor —se escuchó la solemne voz del hombre, sin fuerza—, es mejor irnos antes de que se haga tarde. La señora Eriseta no quería que lleguen de noche. Miguel asintió con un leve cabezazo.
Alzó a Amanda, quien rodeó su cuello con sus bracitos, y Carmen y Francisco se despidieron con lágrimas en los ojos. El matrimonio sospechó que no volvería a ver a la niña. Ya adolescente, y a fuerza de un capricho, Amanda regresó durante una breve estancia al villorrio, pero el matrimonio amigo había partido a su patria luego de la muerte de su hija. Para entonces, el barrio se había extendido hacia los cuatro puntos cardinales. Todavía la laguna comandaba en el centro del pueblo, que se resistía a perder su apariencia campestre, pero ya sonaban como metrónomos huraños los secos ecos de las máquinas de algunos talleres, preludio de la fábrica textil que cambiaría la vida de toda la zona.
Muchos nuevos vecinos llegaron al pueblo y expandieron las fronteras hacia la General Paz y hacia la avenida De los Constituyentes, en dirección a los cuarteles del ejército, bordeando las vías del ferrocarril que iba y venía desde Retiro hacia los suburbios bonaerenses. “El Secreto”, en la esquina del andén, fue refugio obligado de malandras y borrachines que malgastaban sus días entre cañas y copetines de mala muerte, donde se escuchaban tangos a 78 revoluciones por minuto en un gramófono Columbia que giraba un poco a expensas de una batería y otro poco por la combustión de los vahos calientes del alcohol que destilaban los parroquianos semidormidos por la borrachera.
Allí Amanda, una noche atrevida —la noche de la pena y la melancolía, la noche del amor sublime— cantó para una audiencia que creyó despertar de un letargo de años, cuando oyó esa voz angelical salida de entre los misterios de la noche. Entonando como la mismísima Merello Se dice de mí, juraron convencidos que la magia de esa voz los transportó realmente al Mercado de Abasto, donde la morocha lució sus encantos antes de transformarse para siempre en la Marturano.
Cuidar la casa de Anita, como pasó a ser conocida, se transformó en obligación de todos los residentes. Había algo de santuario en esa casita de madera. Si el progreso no se hubiera interpuesto entre el pasado y el futuro, no hubiera pasado mucho tiempo antes de que se la venerara como a una santa, como tantas otras difuntas.
La historia contaba de una joven y bella mujer, delgada, delicada como un mimbre, graciosa, muerta al nacer su hijo. “Dio la vida para que él viviera”, repetían las comadres. El sacrificio supremo de una madre por su hijo: morir para que él fuera el testimonio vivo de su amor maternal. Porque las viejas decían que “el amor de Dios se refleja siempre en el amor de la madre”. Y si Dios hizo el sacrificio supremo, cómo no lo haría una madre por su hijo. Luego describían al niño —al que no conocieron ni siquiera en fotos— como un ser casi angelical, digno hijo de aquella martirizada madre que murió para que él viviera. Decían que tuvo una hermana tan hermosa como él, que se alejó llevada por la tristeza a un recóndito lugar del país del que nadie nunca supo dónde quedaba.
El relato conmovía a quien lo escuchara, y cada comadre se ocupaba de llevarlo a otros lugares, donde la historia se modificaba hasta confundirse con las divinidades más maravillosas de la mitología pueblerina bonaerense. Atender esa casa se volvió casi un asunto religioso, asunto de verdaderos milagros y de un ritual que no se podía abandonar por ninguna circunstancia, ni siquiera extraordinaria.
Quienes más se sintieron en la obligación de cuidar la propiedad —a la que Miguel visitaba cada vez de manera más espaciada— fueron esas dos alemanas que habían hecho brillar hasta la tosca vereda de ladrillos y transformado en un verdadero vergel tanto su propio jardín como el terreno que separaba la casita de Anita de la suya, y el jardín de entrada de la casita canadiense. Sin embargo, ellas estaban muy lejos de las supersticiones pueblerinas.
Si se les preguntaba por qué cuidaban con tanto esmero una vivienda que no era la suya, no lo explicaban por razones de ocultismo o magia blanca. Simplemente respondían que las alentaba un extraordinario sentido del deber traído de su tierra natal, y que habían incorporado el cuidado de la casa, así como de su jardín, al conjunto de reglas que establecieron para mantener un orden riguroso en sus obligaciones cotidianas.
Los rigores de la disciplina los recibieron de su padre, un prusiano de tamaño ciclópeo que se dedicó a las tareas del campo produciendo él solo más que todos sus coterráneos, por lo que su fama llegó hasta los oídos del Kaiser. Estas afirmaciones los vecinos las tomaban con sorna, porque ignoraban quién sería ese personaje del que las alemanas hablaban con tanta admiración y respeto.
Todo lo hacían cumpliendo con extraordinaria puntualidad los horarios determinados para cada tarea. “Fünf Minuten vor der Zeit ist die deutsche Pünktlichkeit”¹, repetían a sus vecinos cuando inquirían sobre esa obsesión con los horarios. “Ist die deutsche Pünktlichkeit, ist die deutsche Pünktlichkeit”², insistían, y luego balbuceaban en un argentino confuso algo sobre la puntualidad que la mayoría de los parroquianos no alcanzaba a entender.
En esa última visita infantil, Amanda no pudo ver a las alemanas de la esquina. La hubieran sorprendido sus formas, sus palabras entreveradas, sus atuendos casi miserables, no porque carecieran de dinero, sino porque esa forma de vestir reflejaba su estado espiritual de total ascetismo y rigurosa disciplina.
Tal vez un encuentro con ellas le hubiera dado a la niña una oportunidad para salir de ese estado de abatimiento que siguió a la despedida de los vecinos bolivianos. Amanda, en silencio, fue presa de una especie de apatía que era una forma de dolor por un nuevo abandono. Pero esa abulia no se manifestaba en su rostro, que permaneció impasible, sin gesto ni mueca de incomodidad o pena. Tampoco en su cuerpo, rígido, suspendido en una delicada posición entre el ir y el venir, como flotando. Sí se imprimió en su corazón, estampando un dolor desconocido. Miguel nunca atendió a esos sentimientos que habían invadido a Amanda en ese momento, solo preocupado por su propia turbación.
A pesar del silencio y del estado inanimado en que parecían haber quedado padre e hija, hasta el chofer se sintió afectado por una melancolía trascendente que envolvía la cápsula interior del automóvil, obligándolo a abrir la ventanilla de su lado en procura del aire que le faltaba por ese estado emocional que nunca había sentido, ni siquiera cuando murieron sus propios padres no hacía demasiado tiempo.
El viaje desde el suburbio hasta la casona de la abuela Eriseta tuvo algo de enigmático para los tres. Ocurrió, sin dudas, pero les pareció que en realidad nunca abandonaron el villorrio, como si el automóvil no se hubiera desplazado en ningún sentido, y esa inmovilidad se disimulaba en una sucesión de fotografías a color de un paisaje entre suburbano y citadino que bien podría haber sido el regreso al palacete de Eriseta o cualquier otro, desconocido, de arboledas y construcciones a cada lado de calles y avenidas. El silencio que se escuchó durante ese tiempo fue notorio, más que de costumbre, porque a diferencia del sonoro dominio de unas palabras más o menos exactas, el olor de ese mutismo, su condensación, pesaban como una magnífica desgracia y hacían que la ausencia de todo susurro, de todo rumor, fuera mucho más contundente que el simple sonido de la angustia. Los tres se mantuvieron en silencio todo ese tiempo, en especial Amanda, quien lo hizo desde el momento en que Miguel se arrodilló ante ella para llorar desconsolado, abrazándola. Salvo unas pocas palabras que bisbiseó con su blanca vocecita infantil, se mantuvo muda, completamente muda, acentuando el lúgubre aspecto que la envolvía.
La noche empezaba a derramarse y agregaba un toque de oscuridad que opacaba esas imágenes hasta hacerles perder sus diferentes tonalidades.
Había algo en Amanda que descolocaba a Miguel. Era una sensación aún imprecisa que se originaba en esa calma imposible para una niña de esa edad que acababa de perder a su mamá. Su silencio, su parsimonia y hasta su aparente desinterés por lo que estaba ocurriendo inducían a equivocarse en cuanto a sus sentimientos. Esa impresión era inexacta. Amanda trataba de captar la esencia de todo lo que le estaba pasando, pero ella, más que nadie, comprendía que el sentido de las cosas se había trastocado violentamente.
Tenía una amorosa madre, y ya no la tenía más. Esperaba a un hermano del que sospechaba la alejarían sin remedio. Su casa ya no era su casa, y hasta ese hombre que era su padre empezaba a adquirir un aspecto extraño, como si, a medida que transcurrían las horas, se fuera transformando en un forastero y no en quien había sido hasta entonces. El viaje mismo en ese auto negro, enorme, adquiría una dimensión extraña mientras el paisaje mentía sus colores y se volvía más y más oscuro a medida que avanzaban por la ciudad rumbo al palacete de la familia paterna.
El paso de los años no pudo disipar nunca esa sensación rudimentaria de dolor que le quedó impregnada en la piel desde el momento en que ese hombre apoyó la cabeza en su pecho. Ya vieja, solía llevar sus manos a la altura del corazón y sentir idénticos latidos, como aquellos que sonaron apagados mientras el llanto de Miguel surgía del secreto reducto de sus sentimientos. Pero no se trató solo del dolor del padre llorando contra la humanidad de apenas una niña: lo que Amanda arrastró durante mucho tiempo fue una sensación de desierto, un estado solitario, una humanidad vacante, algo inhóspito y yermo.
Tal vez por eso no resistió ser reducida al pupilaje en el colegio de aquellas monjas que parecían volar llevadas por sus negros hábitos, mientras sostenían sus vientres abultados como si fueran extrañas aves de una indescriptible Providencia.
Cuando arribaron, la noche se precipitó como la sombra de una reverencia del universo. Hacia las vías del Sarmiento, algo de la substancia del cielo de la tarde todavía tributaba luminiscencias que rodaban por los rieles en dirección de Este a Oeste. Amanda se tomó de la mano de su padre: estaba fría y extraña. Miró la puerta de entrada del palacete como si fuera la boca de un animal fantástico dispuesto a devorarla de un solo bocado.
A su espalda, una procesión de vientitos empujaba los plátanos, tentándolos a un baile entre la hojarasca quemada por un frío de cenizas que sonaba como los ladridos de unos perros que se lamían de hambre los hocicos.
Alzó la vista para comprender la dimensión de la escalera de mármol que la llevaría hasta el primer piso, donde un recibidor adornado con cuernos de animales y escudos misteriosos se ofrecía en la antesala de ese lugar extraño. Miguel le dio un empujoncito suave en un hombro y luego abrió la puerta, que no tenía echada la llave. Sonaron las bisagras como si se abriera un cofre herrumbrado, una especie de catarro ferroso que cruzó el aire como un rugido sordo de metales. La luz del zaguán caía como un polvo amarillo.
Subió algo desanimada, y solo el deseo de conocer a su hermano disipaba las dudas que aquel lugar le producía. Cuando alcanzó la puerta cancel, una mano clandestina la abrió e invitó a la niña a entrar en aquella habitación. Para entonces, Miguel había adquirido un aspecto más desdichado. No se oía ningún sonido dentro de la estancia, y un perfume oxidado llenaba el aire con el rumor de antiguas crinolinas que alguna mujerona había calzado para una ocasión extraordinaria, allá lejos y hacía tiempo.
Amanda estaba atenta, pero no tenía miedo. Sintió por primera vez ese arrullo del perfume de cereales —que se repetiría solo en situaciones extraordinarias—, una cálida luz de eclipse que la envolvía, como si la sustancia de Anita estuviera presente, custodiando sus pasos en aquel lugar que se presentaba como una encrucijada de silencios.
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¹ “Cinco minutos antes de la hora es la puntualidad alemana.”
² “Es la puntualidad alemana.”
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“Autobiografía en secreto de Amanda Da Silva.” – Hoja N° 12
Nueve buscan once.
Nueve por once es el camino.
Allí el cáliz donde abrevan las aves
de idiomas musicales
Comulgan con chicha de placeres.
El ave llegó desde el tumulto
De iracundos y cobardes puños.
En el encierro de un cielo subterráneo
que contempló el cautiverio del arte,
en un desierto de huesos apilados
soñó de frío una libertad
del tamaño de una patria.
Ave en ramos de sueños,
Ave en vertiginosas torres
De sonido sobre sonido
En un enigma de cúpulas de cantos
En alegórica atmósfera de sepultura,
Entre marfiles repiqueteando
Como cascabeles blancos,
Como cascabeles negros,
Corcheas, semicorcheas,
Silencios expectantes.
Alfombra de esparto enrollado
En su traje de fino caballero,
Allí el gaucho hizo el mapa final
Y entregó la última caricia azul
Que es un cerrojo solo pasajero.
Toma la llave y abre el enigma
Que nos dejó el rasquinchos:
Nueve buscan once.
Nueve por once es el camino.
En el cáliz sagrado de la vida eterna,
Las aves beben chichas musicales
Y cantan para siempre sus canciones.
***
XII
Humo y rouge
Amanda avanzó por el recibidor como si conociera de memoria la casa. Su andar demostraba la decisión de alguien que iba en busca de un tesoro. Sus pasos cortos recordaban el andar felino de su madre. Y aunque sus caderas eran aún pequeñas, ya mostraban las mismas cadencias que las de Anita.
Atravesó la entrada que daba al amplio living en el que su abuela organizaba tertulias con el pretexto de un té canasta, donde se intercambiaban chismes e información. El salón parecía innecesariamente grande y vacío; pasos aún perdidos andaban con sigilo de un lado al otro, chocando contra las paredes en su anhelo por huir de ese claustro. Hasta cierto ascetismo parecía imponerse sobre los enseres, opacándolos y dándoles un aspecto casi religioso.
El piso brillaba con extraordinario fulgor, y su espejado encubría vetas largas de variados tonos marrones, desde uno claro, casi como el cedro, hasta otro oscuro como la caoba. Una escasa luz reflejada en el encerado revelaba las dimensiones de la habitación y descubría el delicado mobiliario dispuesto con cuidada simetría.
Al avanzar, Amanda observó a su izquierda enormes retratos de personas desconocidas que la seguían con su severa mirada. Ella fue indiferente a esos ojos intransigentes, de contemplación rígida, y caminó sin detenerse. Tal vez, si le hubieran hablado, habría reparado en ellos. Pero solo eran ojos pintados en rostros polvorientos, labios demacrados, ropas extrañas y manos sin energía.
Más lejos de los retratos, una vitrina se alzaba sobre cuatro macizas patas, como las de un elefante de caoba. Estaba llena de diminutas copas de fino cristal que reflejaban la tenue luz ceremonial del salón, lanzando pequeños arcos iris en todas direcciones. En un estante más abajo, unas tazas de dibujos azules estaban dispuestas en círculo, dentro del cual se encontraban la tetera de regular tamaño, una lecherita con tapita dorada y una azucarera que imitaba a una bailarina alzando los brazos como suplicando una caricia.
Una mano —tal vez la misma que abrió la puerta cancel, tal vez otra— detuvo su marcha tocándola con delicadeza. Amanda obedeció esa señal: no venía dispuesta a desobedecer, sino a encontrar a su hermano, que era, sin proponérselo, un modo singular de encontrar a su propia madre.
Era una mano de ademán eclesiástico, algo temblorosa pero firme, que la llevó hasta una habitación adornada con motivos infantiles. No pudo reconocer esos dedos largos y flacos que terminaban en pulcras uñas redondeadas. No era la mano de su abuela, arrugada y rechoncha, con uñas pintadas de rojo rabioso.
Allí se quedó mirando a su alrededor, describiendo un círculo mágico protector con su mirada, que adquirió de repente la dureza y el brillo del silicio, sin perder la oscuridad metafísica que la caracterizaba. Amanda no encontraba nada familiar en ese cuarto: ni siquiera los adornos infantiles le parecían verdaderos. Su color, su tamaño, su disposición ponían en evidencia la falsedad de alguien que no entendía nada de niños o, peor aún, que los detestaba. Esa falsificación no la inquietaba; solo la convencía aún más de que hacía mucho tiempo ningún niño había corrido por esos pasillos ni subido a las camas o a las sillas.
Esperó sin inquietarse que su padre viniera por ella, o que ese fuera el lugar y el momento de conocer a su hermano. Pero quien apareció, como salida de un armario negro, fue su abuela Eriseta. Con un movimiento de su mano le indicó que la siguiera por ese extraño agujero que parecía la boca de un túnel sin final.
Atravesaron juntas el largo corredor apenas iluminado por una luz distante. Ingresaron a una amplia habitación celeste, de cuyo techo colgaban tules al tono. En medio, apenas iluminada por una tenue luz que salía de entre las gasas, una cuna dejaba ver a un bebé pequeño que movía sus manitos como queriendo asir las sombras dibujadas por el movimiento de las telas. Amanda se llenó de ternura; su boca entreabierta decía del suspenso amoroso en que quedó sumida. Dudó sobre qué debía hacer o decir. Solo atinó a mirar a la abuela, preguntando con su mirada si ese ser pequeño era su hermano.
Eriseta respondió afirmativamente, moviendo la cabeza de arriba abajo, que por única vez adquirió una forma más redonda, sin las erupciones púrpuras que le brotaban cuando se enfadaba con Miguel. Amanda percibió algo de emoción en la actitud de su abuela, una sensación que tampoco olvidó con el paso de los años. Le preguntó si se animaba a tenerlo entre sus brazos; la voz de Eriseta no sonaba como una ruda corneta. Amanda sonrió satisfecha y dijo que sí, casi imperceptible, temerosa de asustar al bebé que se movía como una espiga tocada por una suave brisa.
La mujer trajo de un rincón una amplia silla tapizada en gobelino con dibujos de flores de lis. La ayudó a sentarse —la silla era algo alta para la niña— y la acomodó hacia atrás, para que su pequeña espalda tocara el amplio respaldo.
Es seguro que hasta en el último día de su vida Amanda haya recordado esa sensación extraordinaria de tener a su hermano en brazos y sentir el roce de tan pequeños dedos sobre su fina piel de infanta. Podría haber llorado, pero no pudo. Como le ocurrió en el momento en que su padre le dijo: “mamá murió en el parto”. Aquellas lágrimas habrían sido de dolor, pero estas deberían ser de alegría. Así que debieron haberse cristalizado en algún lugar de su humanidad: tal vez hechas rubíes, si eran lágrimas rojas; tal vez esmeraldas, si eran verdes; tal vez transparentes, si eran puras lágrimas de rocío. Las lágrimas así conservadas nunca se echan a perder. Se mantienen frescas en racimos y hasta pueden dar una sensación de azahares que alivian nostalgias y calman los estados nerviosos de quienes lloran hacia la intimidad de sus tejidos. Serían las lágrimas que por fin brotarían la noche de la conversación de la luna que tronaba a su frente.
Ese instante con su hermano fue demasiado breve, del tamaño de una semilla de tiempo, un diminuto momento como un grano de polen de primavera tocando su piel. Debió preguntar por su nombre, pero, así como no pudo llorar, tampoco pudo decir palabra alguna. Supo que se llamaba Jorge cuando oyó que así lo llamó Eriseta, durante una discusión con Miguel a la mañana siguiente de la llegada a esa casa, mientras Asmodeo M., el abuelo materno, fumaba su enorme habano echando humo en todas direcciones y carraspeaba preguntando si podría llevarse a la niña para criarla, mientras un hilito de baba marrón caía por la comisura de sus labios.
Amanda no recordaba cuándo se durmió. Despertó en una cama que no era la suya, mucho más amplia, entre sábanas rosadas con perfume a azahares, en una habitación de color morado. A una distancia no mayor a un metro, una pequeña valija de cuero parecía esperar que ella la tomara para partir a un viaje. A lo lejos se escuchaban voces roncas que luchaban entre sí cada vez con más fuerza. Amanda tuvo miedo: las voces sonaban a cascabeles de piedras rodando cuesta abajo hacia el abismo de un acantilado en el que ella esperaba inerme el impacto de esos negros cantos rodados.
Creyó que debería tomar a su hermano y marcharse a lo de Carmen y Francisco, quienes los cuidarían como nadie podría hacerlo. Ni siquiera Miguel, que adquiría a medida que pasaba el tiempo ese aspecto de forastero que había equivocado el camino. Pero no había modo de regresar al apacible villorrio suburbano. Quedó ensimismada, expectante de que los gritos llegaran de una buena vez hasta el borde de su cama, inconclusos, hechos ovillos de desdicha.
Y así fue. Irrumpieron como un tufo de sombra entre cicatrices de palabras intransigentes. Muchas sílabas interrumpidas, algo de humo rancio y un rouge rojo, aceitoso e impertinente, que le advertía de su inminente partida. Allí estaba la pequeña valija esperando que su también pequeña mano la asiera para siempre y la llevara con ella al lugar de todas las soledades.
¡Si Amanda pudiera llorar! ¡Si Amanda pudiera gritar! Lloraría, y sus lágrimas le dirían: ¡corre! Gritaría con todas sus fuerzas, y su voz le diría: ¡corre Amanda! ¡Corre!
Pero no tuvo ni lágrimas ni gritos. Fue solo oídos. Escuchó hasta la substancia de esos rencores, cuyo último eco fue: “la tirás a un orfanato para sacártela de encima”. Luego de esas palabras se hizo un silencio extraordinario que envolvió a Amanda en un escalofrío de desamor inolvidable.
***
“Autobiografía en secreto de Amanda Da Silva.” – Hoja N° 13
Salvo la eternidad, todo me resulta insoportable. ¿Y si no muero? ¿A qué tendré derecho?
***
XIII
Asmodeo M.
Miguel, salvo lacónicas respuestas que no superaban las tres o cuatro palabras, se mantuvo en silencio mientras Eriseta le hablaba, espantando unas pequeñas mosquitas salidas no se sabía de dónde y que se enredaban en su cabello. Los insectos parecían aturdidos, pero aun así sabían esquivar los manotazos que la mujer les lanzaba para alejarlos. Al verlas zumbando anárquicas alrededor de la testa de su madre, Miguel creyó que bien podrían ser sus propias ideas escapando por los conductos auditivos para poner en evidencia la catadura de sus más íntimos pensamientos. Sospechó de qué tipo y qué tamaño serían esos dípteros si representaran sus verdaderos sentimientos.
Eriseta protestaba por asuntos que Miguel había olvidado, pero que ella se empeñaba en rescatar para engordar sus reproches con todo tipo de argumentos y sucesos más o menos ciertos. Rascaba el fondo de la memoria para hallar lo que fuera en la historia familiar y así seguir hablando sin interrupciones. Pero en lo que puso mayor énfasis fue en recriminarle haber faltado al juramento que le hizo a su padre moribundo.
Miguel estaba inexpresivo y hasta atontado por las quejas, tan aturdido como las asombrosas mosquitas que salían de la cabeza de su madre para girar alrededor de ella como los planetas alrededor del sol.
De ese juramento abominaba secretamente: solo fue un compromiso ante un hombre moribundo que, entre jadeos terminales y lágrimas de sangre, jeringas, escupideras y olores inolvidables, le rogaba que jamás se involucrara con ideas anárquicas y disociadoras. Fue un discurso descoordinado, maldiciones repetidas sin sentido, invocaciones irrepetibles a una supuesta fe a la que se debían. Una mención sobre las bondades de Torquemada, una invocación al Pardo Meneses, referencias a una “democracia” selectiva, convocatorias a un Dios iracundo por sobre todas las cosas, y otras apelaciones que ya ni recordaba. Todo ese discurso del moribundo, en definitiva, no era más que un reproche agónico contra Anita, de la que ventiló su prontuario apenas se enteró de la relación que unía a la mujer con su hijo.
Miguel recordaba muy bien aquel día en que su padre agitaba una carpeta amarilla con el nombre de su amada estampado como una bandera de peligro, advirtiendo de todos los infortunios “que una vulgar calentura” traería a una familia que se había ganado una buena posición y las más significativas consideraciones en las altas esferas de la sociedad porteña.
Si se le hubiese dejado hablar en ese momento —y hubiese tenido el coraje necesario—, y si se hubiese atrevido a hacerlo en el instante de los reproches maternos, habría dicho que juró en falso, que era un perfecto perjuro, y habría asumido tal condición hasta con satisfacción.
Ante la impostación de Dios de su padre moribundo, bien podría haber actuado como un legítimo energúmeno y disfrutado de las mieles de la rebeldía. Sin embargo, reducido a una vulgar traición familiar, recurrió al silencio aleve y a la mentira indiscreta para redimirse, sin comprender que la escasa valentía no soporta jamás el capricho de los que creen portar la voz de Dios y la luz de la verdad definitiva.
Persistentes, las diminutas moscas, a esa altura de la perorata, dejaron su vuelo anárquico y empezaron a danzar armoniosas un Deuteronomio alrededor de la mujer, que seguía lanzando palabras como piedras contra la perversa infiel de los versículos. Miguel se tapaba la cara con las manos y con los antebrazos cubría su pecho, igual que aquel que se protege de la lapidación de los fanáticos.
Le dijo a su hijo, con una voz extraída de una apoteosis de reproches, que ya no podría vivir más en aquel suburbio, lejos de todo, privado de las comodidades más elementales. La palabra suburbio le generaba rencores, desafíos y verdaderos deseos de exorcizar ese mal enquistado en una modesta casita de madera canadiense, envuelta en los vahos de la humedad de una laguna a menos de trescientos metros, surgida a la intemperie por arbitrio de la lluvia estacional.
Ese, según la amonestadora madre, no fue nunca un verdadero hogar, solo una simulación nacida del capricho de una muchacha de ojos negros y labios húmedos que desbordó los sentimientos de un hombre desacostumbrado a manipular el amor verdadero.
El auténtico hogar, le espetó, era la casa familiar, en la que vivieron todas las generaciones casi desde el nacimiento de la refundada Buenos Aires, bajo la advocación de la Virgen de los marineros y a pesar de la sífilis y el escorbuto.
Esa casa materna, legada por antepasados que tuvieron su gloria en el secreto de Estado, era para Eriseta como la ciudadela que el Señor, su Dios todopoderoso, creador del cielo y de la tierra, le había dado para una vida a su servicio, cuidando no solo el altar divino, sino también el de la Patria —que debía ser su imitación y semejanza— y el de la Familia, institución destinada a ser la íntima reserva de la identidad nacional, de la que ella se consideraba inclaudicable defensora.
Por una abrupta decisión del destino, los tiempos habían cambiado: lo que ayer parecía lejano mientras la intrusa gobernaba los sentimientos de su hijo, se hacía posible por su temprana muerte. Por esa circunstancia inesperada había llegado su hora de enderezar lo torcido y mejorar lo correcto.
Dios, en su infinita sabiduría —pensaba convencida— fue quien deshizo los enredos de su hijo con esa muchacha. Y aunque en más de una oportunidad se dejó tentar por la idea de que fuera la voluntad humana la que torciera el rumbo de los acontecimientos, aceptó, por recomendación de su confesor, dejar en manos divinas la solución última. Si Anita murió, como al final ocurrió lo que tanto había deseado, había que buscar la explicación más segura en esa misteriosa decisión divina.
Ella estaba realmente serena: sabía que todo estaba dicho de antemano, escrito en letras de molde sobre la piedra sagrada surgida del éxodo por el desierto. No era un vano presentimiento el que la preparaba para el desenlace, tal como ocurrió. Ni se trataba de una corazonada nacida del fervor. Tanto hombre como mujer que hicieran lo malo ante los ojos del Señor, la Patria o la Familia —y entonces alzaba su dedo índice señalando el nombre de Anita como un sacrilegio delimitado en cinco letras—, violando los pactos sagrados con esa santísima trinidad y sirviendo a otros dioses, adorándolos, o adorando al sol en su magnificencia planetaria, o a la solitaria alhaja de la luna izada en la noche como fruta plateada, o a cualquiera de las huestes terrenales que avanzaban entre flamígeras banderas como fantasmas por el mundo deshaciendo cadenas y enterrando dominios, estaban condenados. Solo se trataba de esperar que las cosas ocurrieran como estaba antedicho.
Y como fuera dicho, y como fuera mandado, por atentar contra la casa de Israel —que en definitiva era su propia casa, porque su casa era como la casa de Israel—, saldría de sus vidas para siempre esa mujer que cometió malas acciones. Y usando la palabra como puños de piedra, apedreaba su recuerdo hasta hacerlo desaparecer definitivamente, a pesar de que Miguel se cubriera la cara con las manos y el pecho con sus antebrazos.
Agazapada en los reproches, dijo que la aventura de la vida suburbana en ese lugar tan apartado de Buenos Aires había llegado a su fin. Con menos apasionamiento, acaramelando su voz, le reclamó a Miguel que considerara el futuro del niño. Él ya no podría criarlo y debería dejarlo al cuidado de una nurse de confianza que la propia Agencia podía proponer, y de ella, que sería la celosa custodia de la crianza.
Con respecto a él mismo, su carrera de funcionario no podía quedar sujeta al capricho de sostener la educación de la criatura y el mantenimiento de una casa en la que ni agua corriente había. Le recordó casi a los gritos que había aceptado de mala gana aquella “aventura” —como llamó a la mudanza a la recoleta vivienda de madera canadiense— porque Anita lo dominaba con su fuerte carácter.
Mientras fue soltero, ese dominio le perteneció a Eriseta. Ninguno de sus hijos se atrevió a contradecir sus decisiones, y en esos asuntos su esposo nunca se entrometió. Era una especie de trato: ella no mangoneaba en los asuntos de Estado que requerían la intervención de su marido, y él dejaba en manos de la esposa todo lo que tuviera que ver con la familia.
La educación, la religión, el porvenir y hasta los matrimonios —salvo en el caso de Miguel— habían contado con la aprobación de la mujer. Nada se hacía sin su expreso consentimiento. Hasta que llegó Anita y trastocó los valores tradicionales de la familia. Pero muerta Anita, el escaso ánimo de Miguel para encarar dificultades, incluso las más previsibles, facilitaría los propósitos maternos de retomar el control de la vida de su hijo.
Le dijo que la prudencia lo convencería de retornar a la vivienda familiar y sostener allí su verdadera familia, la unida por la sangre y no por un antojo, priorizando al bebé recién nacido y también a él mismo. Que no debía despilfarrar su tiempo, su dinero y su futuro detrás del recuerdo de una esposa muerta y de una niña que no era suya, quien, para su tranquilidad, quedaría al cuidado de las monjas de reclusión. Nada mejor que las severas hijas de Dios para hacer de ella una devota y provechosa cristiana.
Eriseta se comprometió a garantizar el pago de la cuota mensual por la compra de la casita y a enviar a empleados suyos para mantener en condiciones la vivienda. Miguel le aseguró que los vecinos —no solo Carmen y Francisco, sino también aquellas alemanas de gesto adusto y actitud espartana— se comprometieron a cuidar la casa y a ponerlo al tanto de cualquier contingencia. Ella encomendó a un alcahuete suyo entrevistar a la vecindad, que recibió al enviado como un mensajero del diablo.
De todos modos, como expresaron los vecinos, el villorrio era tan tranquilo que nada hacía sospechar algún inconveniente indeseable. No tenía más de qué preocuparse. Con respecto al dinero, sonrió amarga Eriseta: nunca le faltaría, como no le había faltado hasta entonces.
Anita siempre sospechó que su esposo recibía dinero de la madre, parte de la fortuna paterna que legó a su muerte a los hijos y a la esposa, en proporciones que solo la mujer conocía. No se trataba de una suma menor.
Atender el pago de la casa, garantizar la subsistencia del matrimonio y de la pequeña hija, teniendo presente que la familia se agrandaría en breve, llevaron a Miguel a solicitar en secreto ayuda económica. Anita nunca se lo hubiese permitido. Era orgullosa y obstinada, y estaba dispuesta a trabajar horas extras para sostener la casa si era necesario. Afirmaba que los dos salarios eran suficientes para vivir sin abundancia, pero sin escasez. Miguel acompañaba de palabra esa convicción de su esposa, pero recurría a la herencia que cuidaba su madre para aligerar la carga de sus obligaciones. Solía guardar esos pesos extras que Eriseta le giraba todos los meses para hacer frente a alguna contingencia familiar y darse algún gusto que movía a la sospecha de la esposa.
La diatriba se interrumpió cuando el timbre sonó repetidas veces. La mujer presintió que ese imprevisto venía en socorro de decisiones que había resuelto tomar en la intimidad de sus reflexiones. Una circunstancia inesperada que resultaría en su beneficio.
Miguel, que se sintió raramente liberado del discurso en el preciso instante en que vibró la campanilla, supo de inmediato que se trataba de su suegro, que acababa de llegar de improviso.
La llegada del padre de Anita la recibió como una mala noticia. A la arenga materna debía sumarle entonces las procacidades de ese hombre. El infortunio se mostró perverso con el viudo: soportaba el acoso de su madre y la presencia de su suegro.
La mucama hizo pasar al visitante al amplio salón comedor y le indicó que esperara allí hasta que llegaran “los señores”. Asmodeo M. apoyó una pequeña valija forrada en tela azul y rió cínico de manera ostensible, mientras repetía burlón las palabras de la joven mucama: “Los señores, los señores”, dijo, y pasó su lengua por los labios en obsceno gesto mientras miraba procaz el trasero de la sirvienta. Por lo bajo largó “alcahueta”, como quien lanza una pedrada de rastrón para dar justo en los tobillos donde duele durante días. El insulto la muchacha lo escuchó, pero no estaba en sus posibilidades responder. De haberlo hecho, seguramente Eriseta la hubiera despedido, porque era una ley inquebrantable que los sirvientes jamás debían responder a los insultos de sus patrones ni de allegados, aunque fueran de ese obeso rufián que olía a la quema de una parva de hojas y bosta de vaca, y frotaba sus labios con una lúbrica lenguota.
Vestía un traje marrón, tan ajustado que parecía a punto de estallar en sus costuras. Asmodeo M. tenía la costumbre de abrochar el saco, que se abría mostrando parte de la corbata y la camisa, porque apenas soportaba la presión que el abultado abdomen ejercía sobre los botones y ojales que imitaban enormes bocas deformadas.
La camisa habría sido blanca en alguna oportunidad, pero estaba amarilla de los repetidos lavados a los que había sido sometida, sin ver la luz del sol desde su confección. Asmodeo M. detestaba las mañanas y más aún el sol. Se levantaba ya pasado el mediodía, a veces hasta después de las tres de la tarde, y se quedaba recluido hasta que el sol se ponía. Salía de juerga antes de empezar la noche y regresaba a su casa bien entrada la madrugada.
El cuello se veía roído en su borde por el roce con los rollos que bajaban de la nuca y se estrechaban en fraternal abrazo con la papada, ocultando el cuello corto y ancho que sostenía su cabeza. Una barba pinchuda y de varios días afeaba aún más su presencia. La calva lucía lustrosa y rara vez se peinaba con algún criterio: a veces los cabellos se desparramaban por la pelada, otras parecían electrizados, nunca más o menos bien orientados. Dos anchas cejas se estiraban como una única línea peluda sobre su ancha narizota, de la que sobresalían largos vellos más negros y pinchudos que la propia barba. Los ojos eran pequeños y estaban apretados entre la frente y las gordas mejillas. Eran oscuros, pero no de la hondura de Anita, y resultaban promiscuos, incluso a quien los viera sin prestarles demasiada atención.
Los labios eran gruesos, lujuriosos, húmedos por una lengua que pasaba una y otra vez sobre ellos, mojándolos con una espesa saliva en un gesto que solía irritar a cualquiera. La corbata lucía manchas de todos los colores y tamaños, predominando las marrones, grotescos estampados de la baba tabacada que caía sobre ella producto de llevar siempre aferrado entre sus labios el largo y grueso habano de tabaco cubano que era su preferencia.
Los puños de la camisa, gastados y sucios del roce, sobresalían de las mangas del saco. Como los brazos debían estar siempre apoyados sobre la barriga, las mangas habían adquirido una forma curva y descubrían la camisa muy por encima de los puños. Eso sí, dos mancuernas doradas cerraban los puños: una rara indiscreción en medio de tanta desprolijidad y suciedad proverbial.
Debajo del vientre enorme, los pantalones luchaban por mantenerse más o menos a la altura de la ingle sin descubrir nada de su intimidad. Un cinto del ancho de una mano se esforzaba hasta más no poder por cumplir su trabajo, atenazado a una hebilla dorada que no escatimaba brillos, denunciando la larga bragueta que las más de las veces dejaba ver algunos botones desabrochados. Su obesidad le dificultaba llegar con comodidad a esa zona de su cuerpo. Los pantalones caían sobre los zapatos como de golpe, arrastrados por las botamangas gruesas y mal cocidas por él mismo, con largas puntadas de hilo negro como exagerados guiones.
De pie, en ese extremo del salón que permanecía a media luz porque no se habían abierto las persianas, Asmodeo M. parecía más extraño de lo que era. Su figura estaba en completa disociación con ese ambiente pulcro y recatado, y nadie lo habría asociado a Anita, que era delgada, bella y luminosa. Tanto Miguel como Eriseta se preguntaron más de una vez si ese hombre era realmente el padre de esa criatura. Tal vez en su juventud, especulaban, habría lucido otro aspecto, bien alineado, prolijo, con cierto encanto varonil. Pero tanta deformidad no abrigaba certezas de aquellos años mozos en que había nacido Anita.
Madre e hijo llegaron luego de unos instantes, advertidos de su presencia por la mucama, quien manifestó con discreción la procacidad del visitante. Lo hizo para advertirlos del personaje a quien desconocía. Miguel alcanzó a oír que Asmodeo M. rumiaba burlón unas palabras sin comprender su significado: “Los señores, los señores”, creyó entender, pero le restó importancia. Sobre la cabeza del muchacho aún revoloteaban las palabrotas que su madre había lanzado al enterarse de la mala noticia de la llegada del hombre, ese que la interrumpía cuando, creía ella, estaba a punto de doblegar la voluntad de su hijo.
Repudiaba su presencia. “¿Quién pudo llamar Moshé a ese cerdo?”, preguntó a media voz, aunque no esperaba respuesta. Miguel se encogió de hombros, indiferente: no le interesaba explicar que el nombre bíblico no hacía a la persona, solo se trataba de un nombre. Se lo veía decrépito y cansado; a ella, en cambio, más altanera que de costumbre.
Se acercaron al hombre con desgano, tratando de que él captara que no era bienvenido en la casa. Esas sombras como mosquitas que perseguían la cabeza de Eriseta desaparecieron al instante de enfrentar al visitante, tal vez por un sincero temor a ser devoradas por esa boca de tonos marrones del tabaco.
Asmodeo no era muy perceptivo, no porque fuera estúpido, sino porque era demasiado holgazán. Pero los gestos de desagrado de sus anfitriones no daban lugar a confusión. Los saludó casi con displicencia, devolviendo la escasa cortesía con que era recibido. A su yerno, con una palmada en el hombro al tiempo que le dijo “todo pasa”, lo que provocó un acceso de furia que Miguel contuvo con esfuerzo; a Eriseta apenas con un ademán. La mujer ni respondió el saludo: si fuera por ella, no le hubiese permitido la entrada y lo habría despachado sin explicaciones.
Miguel lo invitó a sentarse; Asmodeo aceptó porque se sentía muy cansado. El sillón crujió al depositar su pesado cuerpo sobre el asiento. Eriseta sufrió al escuchar el quejido del mueble y estuvo a punto de pedirle que se alzara para aliviarlo del tormento. Pero levantarse de su asiento le hubiese costado tanto como subir una cuesta empinada. La obesidad mórbida hacía lentos y torpes sus movimientos, y respiraba con dificultad porque padecía una obstrucción pulmonar crónica por sus hábitos de fumador. Desalineado, despeinado, con la barba sin rasurar por días y su ropa manchada, brindaba un espectáculo del que la pareja anfitriona no podía sustraerse. Y ese perfume que emanaba de las porosidades de la piel, abiertas como ventosas oscuras por toda la dermis sometida al estiramiento inapelable del exceso de peso, les llegaba a sus delicadas narices confundiendo sus sentidos. Hedía a tabaco, el que consumía desde la primera adolescencia, apenas salido de la infancia, a los doce o trece años, cuando comenzó a fumar unos cigarritos que le robaba a su padre.
El hombre, que no estuvo presente ni en el sepelio ni en el entierro, quiso justificar su ausencia por razones que ni Miguel ni Eriseta alcanzaron a comprender y que, por otra parte, no les interesaban en lo más mínimo.
Sus palabras luchaban por filtrarse de la boca, disputando con el cigarro un lugar por donde salir al exterior con alguna posibilidad de entendimiento. Sin embargo, resultaban tan pastosas como la saliva que dibujaba una marca marrón incesante desde el borde extremo de los labios hasta el mentón rechoncho y barbado, incrustado en la papada magnífica como un error anatómico del tamaño de una piedra regular.
No demostraba estar consternado por la pérdida de su única hija. Miguel quería convencerse de que en alguna capa de toda esa voluminosa humanidad algún sentimiento de dolor debía albergar. Imposible saberlo. Salvo la repetición monótona de “todo pasa, todo pasa”, no expresaba ninguna emoción por la pérdida. “Todo pasa, todo pasa”, y nada más. A las cansadas, luego de repetir esa frase que exasperaba a Miguel, dijo: “yo también soy viudo y sobreviví”.
Era difícil para los dueños de casa discernir qué sentimientos podía experimentar ese hombre, no solo en esa circunstancia, sino en cualquier otra. Su comportamiento no permitía deducir si disfrutaba de algún sentimiento verdadero, no importaba si se trataba de dolor o alegría.
No se lo podía asociar al amor, ni a la desazón que produce una pérdida temprana, y mucho menos si es la de un hijo, de quien se espera sobreviva a los padres. Todo en él inducía al rechazo y no invitaba a suponer que pudiera albergar alguna emoción siquiera menor.
Pero su rostro era lo más desconcertante: siempre mostrando ese gesto desvergonzado, parecía una máscara de cera, un rostro artificial en sus colores, en su textura, en el detalle de su fisonomía. Despeinado de modo ridículo, con una barba pinchuda de púas negras que cerraba el entorno de la cara como un trazo grotesco hecho con carbón. Y ese rictus imposible de no apreciar, una mueca involuntaria, espasmo extraño que iba de lo obsceno a lo ridículo y que solía desubicar a sus interlocutores, incapaces de comprender si el hombre los trataba con alguna seriedad o solo se burlaba de ellos para pasar el rato.
Eriseta realmente lo detestaba: de solo verlo se inflamaba contra Anita, a la que achacaba la responsabilidad de haber introducido a “semejante tipo” en la distinguida familia, exagerando la nota porque su presencia había sido ocasional y se podía contar con los dedos de una mano.
Anita tenía una relación muy lejana y poco amorosa con su padre, del que casi nunca hablaba, salvo para berrear contra ese humo del cigarro que se le hacía, de solo mencionarlo, revulsivo. Cuando recordaba el olor de los cigarros, el rostro de Anita se desfiguraba, adquiriendo un aspecto mortuorio, oscuro, consumido, contrastando con su habitual belleza y luminosidad. No permitía que nadie fumara en su presencia, salvo a Miguel. ¡Y esa era una verdadera prueba de amor de la que Miguel nunca estuvo enterado! Solo a él se lo permitía, pero nunca en la habitación matrimonial, prohibición que él aceptó sin reparos.
Asmodeo M., acomodado en el sillón, logró sentirse aliviado del trajín del viaje. A pesar de que su respiración sonaba como un viejo fuelle descangallado, no dejó de fumar ese oscuro cigarro de aspecto de rama negra, cuyo extremo mostraba la ardiente brasa. Tosía un catarro tan negro como el cigarro que fumaba.
Eriseta no dejó de observar nunca al hombre reposando sus adiposidades que caían a un lado y otro del sillón. Mientras le acercaba un delicado cenicero de cristal de Murano, volvió una y otra vez a preguntarse por la discrepancia entre el sagrado nombre de Asmodeo M. y ese adefesio catarroso que se salivaba sin reparar ni siquiera en ello.
Como pudo, Eriseta se repuso a la presencia de ese hombre que abominaba y, ignorándolo, retomó su diatriba contra Miguel. Estaba tan ofuscada que no advertía las señas que su hijo le hacía, indicando lo inconveniente que resultaba hablar de cualquier asunto frente a ese hombre.
Tal vez a Eriseta ni le interesara esa falta de intimidad, porque su arrebato superaba largamente cualquier actitud de prudencia. Asmodeo disfrutaba la escena. Adoraba ser espectador de trifulcas familiares, de desavenencias matrimoniales —las que más apreciaba, porque siempre giraban alrededor de infidelidades y asuntos patrimoniales—. Reía sosteniendo el habano en su boca, chupándolo con fuerza, mientras jugosas gotas de saliva caían hasta su corbata, que mostraba esos emplastes como lunares multiplicados por la caída de los gotones marrones que pendían de sus labios.
Sus ojitos libidinosos corrían de aquí para allá, atentos a las palabras que rodaban de la boca de la mujer contra Miguel. Descubría cómo de esos labios pintarrajeados de rojo rabioso surgían las palabras como negros cantos rodados, lapidaciones de rencores y reproches lanzados como cuervos picudos que golpeaban en la cara de su hijo, que ya no atinaba a cubrirla con sus manos ni a proteger su pecho con los antebrazos. Las palabras, entonces sí, tenían el exacto efecto de una pedrada sobre la cabeza, y cada vez que una de ellas impactaba en su humanidad, Miguel dibujaba una mueca de dolor claramente perceptible.
A Asmodeo M. lo divertía la escena, que interrumpía rítmicamente insistiendo en que podía ocuparse de la crianza de la niña, tan bonita que le recordaba a su propia hija cuando era pequeña. Mientras preguntaba por Amanda, subía y bajaba su dentadura postiza en un juego que provocaba asombro y repugnancia en Eriseta. Ya no se trataba solo de las gotas de saliva tabacada que caían sobre la ropa: estaba ese juego cínico, fumando primero, lanzando bocanadas de humo que impregnaban la habitación, reclamando la propiedad de Amanda y sacando e introduciendo en su boca la prótesis dental.
A la enésima vez que reclamó la propiedad de Amanda para sí, Eriseta abandonó las palabras dirigidas a su hijo y estalló contra su consuegro. En ese punto, Miguel se retiró sin decir palabra.
A pesar de quedar a solas con el hombre que detestaba, aprobó la decisión de su hijo. Tal vez él le dio la oportunidad de deshacerse de Asmodeo para siempre, algo que deseaba pero que no se animaba a concretar. Nada la unía a él, y mucho menos el recuerdo de Anita y la presencia de Amanda.
—¿A qué vino, buen señor? —lo interrogó con voz enérgica. A Asmodeo, el sonido de corneta de la voz de la mujer rebotaba contra los muebles, haciendo disonancias tan ridículas como extrañas. Por un instante, las mosquitas parecieron regresar a girar describiendo su órbita elipsoidal, pero fue un amague que quedó solo en eso.
—A dar mi pésame por la muerte de mi hija y a visitar a mi nietita.
—¿Usted nos va a dar el pésame por la muerte de su hija? Creí que debería ser al revés, que yo debía darle el pésame, no usted a mí.
—Me da lo mismo… —respondió encogiéndose de hombros—. El orden de los factores no altera el producto. ¿Se dice así?
Si Miguel hubiese estado presente, seguramente lo habría golpeado. Eriseta lo miró de tal manera que quedó paralizado; la burla hasta a ella le sonó desagradable. Asmodeo M. no disimuló su incomodidad: sospechaba que la conversación iba por mal camino. “Lo que empieza torcido, termina torcido”, especuló para sí.
—¿Y la niña? ¿Puede verla? Me recuerda a su madre cuando era pequeña —sacaba la dentadura y la volvía a introducir—. Anita era hermosa de chiquita. —Repasaba los labios con la lengua—. De adolescente ¡uf! Ni se imagina. Como su madre, que también era muy linda. Sí, muy lindas, las dos, como la nena.
—¿No sabe que ha nacido su nieto? —Eriseta interrumpió el ridículo comentario del gordinflón, que insistía en jugar con su dentadura mientras el cigarro se consumía entre sus dedos.
—Ah… sí, sí. Me enteré de que Anita estaba embarazada. Supongo que debe estar bien cuidado en sus manos.
—¿Eso es todo? ¿Tiene un nieto recién nacido y no está inquieto por conocerlo? ¿Qué clase de abuelo es usted?
—Poco comprometido. No me meto donde no me llaman. Cada vez que le dije a mi hija de verla me rechazó como a un perro con sarna. —Por primera vez, Eriseta aplaudió una decisión de su nuera muerta.
—¿No le interesa saber ni siquiera cuál es su nombre?
—¡Pero por favor! ¡Qué más da! Un nombre es nada más que un nombre.
—No comprendo. ¿A usted no le interesa saber ni siquiera el nombre de su nieto recién nacido?
—Si insiste, señora. Dígamelo, veo que para usted es algo importante. Dígame cómo se llama el niño —sonrió con aplomo y repitió su pregunta.
—Jorge. Ese es su nombre. Jorge. —Respondió entre enfurecida y asombrada.
—Lindo nombre, Jorge. Está de moda. Qué raro que no lleva el nombre del padre. —Eriseta se sintió tocada por esa irónica reflexión del visitante—. En mi familia era costumbre bautizar al primer varón con el nombre del padre. Continuidad de la estirpe, decían.
Miguel, desde el cuarto en que estaba reposando, escuchó el nombre de Jorge sin inmutarse. Era el que su madre eligió, con el que lo inscribió en el Registro Civil y con el que habría de bautizarlo. No le importó en lo más mínimo el deseo de su hijo de llamarlo con el nombre que Anita había elegido para él. Ícaro, en ese instante, se volvió un recuerdo extraño: sin emprender ningún vuelo, sus alas se quemaron incendiadas por las amonestaciones de Eriseta y por la complacencia del propio Miguel. Desanimado y vacilante, terminó por aceptar la imposición materna. Otra vez, pensaría en alguna oportunidad, la comodidad venció a la justicia.
—Mi hijo decidió llamarlo Jorge, y yo respeto su decisión —mintió impasible.
—Sobre gustos… —dijo Asmodeo M. con picardía—. ¿Y la nena? —insistió con su pregunta—. ¿Por dónde anda? ¿Puedo verla? ¿Puedo acariciarla?
—Parece que con la nena no tiene problema en ser entrometido.
—No, no, para nada —rió tontamente—. Es mi preferida, de todas las nenas de la familia es mi preferida. Es que me recuerda tanto a la madre, mi hija, Anita, que también fue mi preferida. Yo podría criarla como la crie a ella, porque yo la crie, ¿sabe?, muy bien la crie y le di los mejores tratos. Hoy vivo solo, demasiado solo, soy un pobre viudo solitario. Me vendría muy bien que una nena así me acompañara en estos años de soledad de anciano. Tengo dinero, además. ¡Me sobra el dinero! Nada le va a faltar, y lo que menos le ha de faltar es mi amor de abuelo. —Llevó el cigarro a la boca y lanzó una larga columna de humo gris que salió de su boca—. Aliviaría al padre de sus obligaciones. Tengo dinero, no sé si se los dije: me sobra el dinero. —Apenas terminó de hablar, extrajo nuevamente la dentadura cuando Eriseta lo estaba observando. La guardó indiferente y se rió de la mujer con una mueca.
—Ya dijo varias veces que le sobra el dinero. Parece que vino a una subasta de niñas. —El comentario de Eriseta provocó una risa siniestra en Asmodeo. Si estuviera a su alcance comprarla, ya lo hubiera hecho sin dilaciones.
—Me gusta usted porque entiende la esencia de las cosas —respondió rascándose la pelada—. La gente que entiende la esencia de las cosas sabe llegar rápido a un arreglo provechoso para cada parte. ¿No le parece?
—Con ver el horizonte, muchas veces, me basta para saber de qué se trata un asunto.
—Por ahí, como no es de su sangre, pensé que sería conveniente que yo me ocupe de su crianza, porque es hija de mi hija, usted me entiende. Y yo ya crie a una, por lo que bien puedo criar a otra.
—Lleva el apellido de mi hijo, con eso es suficiente. Nadie en esta familia va a renunciar a una obligación como esa. —Eriseta vaciló cuando el hombre mencionó la cuestión de la consanguineidad.
—¡Apellidos! ¡Apellidos! No sirven de nada, con todo respeto, señora —Asmodeo alzó las manos para disculparse también con el gesto—. Yo le garantizo que no habrá reclamos sobre la herencia paterna, estoy dispuesto a ponerlo por escrito. Y si ustedes prefieren, hasta puede renunciar al apellido como garantía.
—Le repito, por si no me entendió, que lleva el apellido de mi hijo, y que con eso es suficiente para que cumplamos nuestras obligaciones cristianas. La niña irá a un convento de clausura. Nadie podrá criarla mejor que las Hermanitas de esa institución de Dios.
Eriseta enunció la sentencia con la misma frialdad con la que un jurado condena a un fulano a la pena de muerte.
—Con respecto a su propuesta sobre reclamaciones por la herencia de su padre, no está en discusión ese asunto. Es un absurdo su propuesta. La niña lleva el apellido de mi hijo, que es el de mi esposo y el de todos sus antepasados —mintió, a pesar del disgusto que sentía de solo escuchar la pronunciación del apellido Da Silva—. Con respecto a la cuestión de la herencia, en la familia siempre nos manejamos con la sabia sentencia que nos transmitió Mateo sobre la cuestión de los tributos: “Den a Dios lo que es de Dios, y al César lo que es del César”. Cada uno tendrá lo que merezca.
—Mi propuesta solo era de buena voluntad, señora. Tómela como le parezca. Yo con el Mateo no me meto, ¡y eso que soy Asmodeo! Yo solo quería ahorrarles inconvenientes —frotó sus dedos en señal de dinero—. ¿Y dónde queda ese orfanato? —Con malicia, Asmodeo habló del pupilaje como de un internado para huérfanos—. ¿Podré visitarla donde esas monjas? ¿Llevarla conmigo a casa un fin de semana? Me recuerda tanto a su madre, mi hija, Anita, que era tan linda, mi preferida entre todas las mujeres de la familia. La amé más que a su propia madre.
—No, de ningún modo. No podrá visitarla y mucho menos llevarla con usted. Su régimen de visitas está acotado a su padre y a mí. Solo su padre puede retirarla de la Institución. Ni siquiera yo tendré esa autorización: imposición del claustro.
—¿Y qué razón habría para prohibirme ver a mi nieta?
—Es lo mejor para ella. ¿Necesita que se lo explique? —Eriseta habló en tono amenazante.
—¡Por favor, señora! Me trata como a alguien que no es de fiar. ¿Qué mal podría acarrear a la niña que yo la viera una o dos veces por año? ¡Qué poca voluntad tiene usted en sostener la familia!
Eriseta estaba desencajada al escuchar en boca de ese hombre la palabra familia.
—¿Qué familia? —preguntó casi histérica.
—La nuestra. Somos familia, señora, ¡somos familia! —Asmodeo habló con un tono tan burlón que empujó a Eriseta casi hasta el insulto—. Usted, yo, Miguel, Amanda y el niño Miguel, el recién nacido. ¡Somos familia! ¡Somos familia! Me veo obligado a preguntar: ¿hay familia? ¿Hay familia? ¿No serán ustedes como esos malditos comunistas que quieren disolver la familia?
La comparación con los “malditos comunistas” sacó de quicio a la mujer.
—¡Por favor! ¡Comparar mi familia con las hordas comunistas! ¡Qué ridículo se ha vuelto usted! Aquí siempre hubo familia. ¡Siempre habrá familia! Claro que hay familia, familia cristiana, ¡verdadera familia cristiana! Pero usted no es parte de ella ni lo será jamás. Sépalo. Y de paso no le cambie el nombre al niño: se llama Jorge, ¡Jorge! Apréndaselo, si puede.
—Jorge, Miguel, fulano, da lo mismo. Pero lo que no me da lo mismo es que quiera alejarme por capricho de Amanda. Soy su único pariente por el lado de su difunta madre. Ella sí es de mi sangre, no como ustedes.
—¡A mí su sangre me importa un reverendo carajo! —gritó Eriseta, desconcertando a Asmodeo—. Le repito, por si no me comprendió: Amanda lleva el apellido de mi hijo y por eso es parte de esta familia, y usted no es ni será nunca parte de ella. No se acerque ni a Miguel ni a Amanda. Grábeselo en esa cabezota roñosa que tiene.
—¡Cómo perdiste la compostura, vieja! Ahora hablás como una atorranta cualquiera. Tengo influencias para hacer cambiar tu capricho de madama de burdel. No me provoqués.
—¿Usted tiene influencias? No me haga reír, gordito. Si quisiera, usted estaría boyando en el río a merced de los bagres que comen cualquier porquería.
—¡Vieja desgraciada! ¿Me amenazás con matarme? ¡Qué hija de puta resultaste!
—Mucho más de lo que usted supone. Aproveche a insultarme porque será la última vez que nos verá. Y le advierto que si intenta de algún modo alterar la paz de esta familia, entonces sabrá lo que es una verdadera vieja hija de puta. Todas las putas de burdel que conoció en su podrida vida, al lado mío, serán como la Virgen María.
—No esperé nunca este mal trato, yo que adoro a mi nietita tan rosadita, suave, que tanto me recuerda a mi amada hijita muerta, tan joven, mi preferida, tan linda, cuando todavía tenía tanto que entregar, tanto que disfrutar. ¡Qué injusto es Dios con nosotros! ¡Yo que la quería tanto!
Eriseta tomó esas palabras de Asmodeo como una burla para mortificar a Miguel, quien —estaba segura— estaría escuchando la conversación.
—¡Déjeme ver a mi nieta una vez más! Acariciarla un poco, llevarme el recuerdo de su tersura, el perfume de su pielcita… ¡No sea jodida!, ¿quiere? ¿Quiere que se lo pida de rodillas? La veo, duermo esta noche aquí y mañana me voy y me pierdo para siempre.
—En esta casa no hay lugar para usted. Y quiero que le quede claro una cosa: usted no se va a arrimar a la niña ni a un metro de distancia, no va a tocar su piel ni oler ni siquiera sus pedos hediondos. Le aseguro que no verá a la niña ¡nunca más! ¡Nunca más! Y si intenta burlar mi orden, le voy a hacer arrancar los ojos para que cumpla con lo que acabo de decirle. No joda conmigo o lo voy a despellejar lentamente, y con toda esa gordura ¡ni se imagina lo que van a tardar en desollarlo! ¡Tiénteme y verá de lo que soy capaz! Mi paciencia tiene un límite muy corto. —La mujer aspiró profundamente el aire para terminar sus palabras con energía—. Esta conversación termina aquí y espero nunca más saber de usted. Buenas tardes y hasta nunca.
—¡Señora! ¡Me está echando! ¡Vieja hija de puta!
—No le quepa ninguna duda, si es que le cabe algo entre toda esa grasa.
—¡Vieja de mierda!
—Pero de mierda buena, no como la suya. Agarre su asquerosa valijita y márchese. No vuelva más o haré que lo saquen a patadas de mi casa.
—¡Quiero hablar con Miguel! —exigió Asmodeo como último recurso.
—Miguel no tiene nada que hablar con usted, ¡déjelo en paz, déjelo en paz!
—¡Pupila! ¡Monjas de clausura! ¡Vieja hija de puta! ¡Se saca la nena de encima regalándola a unas monjas resentidas! —Eriseta ni se inmutó al escuchar los insultos de Asmodeo—. ¡Se queda con el boludo de su hijito y el hijo de él, y a la nena que no es de su sangre la tira a un orfanato para sacársela de encima! ¡Dios los va a castigar por egoístas! ¡Son peor que los judíos! ¡Comunistas de mierda!
Desde su cama, Amanda escuchaba el choque de palabras, aunque no comprendía su exacto significado. En cambio, Miguel oía perfectamente. La niña estaba en una habitación bastante alejada del gran comedor donde discutían Eriseta con un hombre a quien no conocía. A Miguel lo separaba apenas una delgada pared de quince.
Amanda escuchaba esa voz enérgica que luchaba contra otra ronca y tuvo miedo como nunca antes. “¡Si mamá estuviera a mi lado!”, pensó angustiada. Si Anita estuviera con ella no sentiría temor alguno; si Miguel la abrazara, tampoco. Pero Miguel estaba ausente.
Las voces rodaban frenéticas como piedras sombrías hasta los pies de la niña, que las recogía como flores del mal. Pero entre esos pétalos sedientos había algo hediondo que la descomponía: mugre como niebla sepultada, derrotas del amor, coágulos de una cólera perdida en su triste destino.
La palabra orfanato sonó como una furia lanzada para sofocarla. A la puerta del convento comprendería el verdadero significado de esa palabra.
Asmodeo alzó la voz hasta donde su enfermedad se lo permitía, provocativo, gesticulando como un muñeco desmañado, ante la indiferente mirada de Eriseta.
—¡Pupila! ¡Monjas de clausura! ¡Vieja hija de puta! —gritó con lo último que le quedaba de aire en los pulmones resecos—. ¡Se saca la nena de encima! ¡Se saca la nena de encima porque no es de su sangre! ¡La tira a un asilo para sacársela de encima! ¡Y ustedes se llaman cristianos! ¡Yo soy un verdadero cristiano tratando de darle amor a mi nietita! ¡Ustedes son peor que los judíos!
—¡No vuelva a decirme judía! Lávese la boca, viejo asqueroso, antes de hablar de nosotros. ¿Judíos? ¿Comunistas? ¿Usted va a ser un buen cristiano? ¿O piensa que yo no sé quién es usted? ¡Viejo degenerado, hijo de remil putas!
Miguel escuchó atónito esas palabras de su madre. ¿Qué sabía ella de ese hombre a quien detestaba desde el mismo momento en que lo conoció? Nunca quiso hablar de ese incidente con Asmodeo: prefirió el silencio a la turbia verdad.
—¿Qué quiere insinuar con eso, vieja de mierda?
Asmodeo estaba lívido y desencajado al escuchar las últimas palabras de Eriseta. “Este es nuestro secreto, calla para siempre, calla”, sonó en su memoria, embistiendo una derrota desde el fondo de los secretos de familia.
—Yo no insinúo nada, gordo de-ge-ne-ra-do —Eriseta hizo sonar las sílabas para que a Asmodeo no le quedara ninguna duda de que ella sí sabía de “este es nuestro secreto, calla para siempre, calla”—. Yo sé más de lo que se imagina, y por su bien es mejor que no me haga hablar.
Asmodeo M. supo que la mujer hablaba con propiedad.
—¡Quiero hablar con Miguel! ¡Ahora! —fue solo una bravuconada para simular que no estaba derrotado.
—Usted no va a hablar con ninguna otra persona en esta casa. —Dando unos pasos hacia adelante, quedó a corta distancia del hombre—. Cuidé a mis hijos desde que nacieron, mire si le voy a entregar uno de ellos a usted, pedazo de porquería. ¡Váyase antes que lo haga meter en cana! Inmundo, mugriento. ¿Con quién se cree que está hablando?
Asmodeo pareció que volvería a reclamar, pero calló sumiso: el dedo acusador de la mujer lo hizo desistir de su intención.
—Retírese ahora mismo —ordenó la mujer, y él cumplió sin protestar.
Con dificultad se incorporó del sillón en el que estaba sentado hasta ese momento. En la habitación contigua, Miguel se alegró de que Asmodeo se fuera y esperaba que cumpliera la orden de su madre de no regresar jamás. En una habitación más alejada, Amanda, envuelta en su silencio, empezaba una larga y singular metamorfosis.
Eriseta sonó una campanilla que atrajo a un mayordomo hasta el comedor. Era corpulento, de aspecto rudo. El hombre miró con atención a la patrona, esperando una orden. Los ojos de la mujer le señalaron al visitante. El lacayo se acercó a Asmodeo y en voz baja lo invitó a salir de la casa. Asmodeo no opuso resistencia. Tomó su pequeña valija forrada de azul y, sin saludar, se dirigió hacia la salida. Un halo extraño lo seguía de cerca, como un perro sarnoso, con las llagas expuestas y su hediondo perfume. Detrás, el mayordomo vigilaba su lenta marcha y podía escuchar el fuelle de sus pulmones, que amenazaban colapsar en cualquier momento. El sirviente escuchó con claridad que el viejo Asmodeo dijo, amenazante:
—¡Esto no va a terminar así, vieja hija de puta! ¡Esto no va a terminar así!
El mayordomo lo empujó con cierta violencia para que apurara el paso. Abandonó la casa y nunca más se supo nada de él.
Eriseta salió del comedor y pasó a la habitación donde Miguel reposaba en un sillón ubicado en una esquina del ambiente. La penumbra acentuaba su aspecto demacrado y no permitía distinguir si sus ojos estaban abiertos. Se detuvo y lo miró expectante. Miguel alzó una mano para demostrarle que estaba aún despierto y que solo reposaba solitario. Ella sonrió satisfecha: había cortado de un solo golpe el nudo gordiano que ataba a su hijo a la historia de Anita. Debía solo esperar que Amanda ingresara pupila al convento de las monjas de reclusión. Entonces todas las cosas recuperarían su verdadera naturaleza y, bajo su dominio, recobraría la paz de la familia.
***
“Autobiografía en secreto de Amanda Da Silva.” – Hoja N° 14
Un magnífico charco de sangre luce desbocado en la antecocina. Pero no es verdadera sangre. Acémila, arrastro los pies sobre la mancha despiadada. Viene del futuro, donde no fue un combate, sino un espacio leve entre las sombras y el sueño. Fosforescente, resuena un estampido en cascada de pólvora benigna. Veo un orificio entre las piernas de un amasijo muerto y suspiro de alivio en ese instante.
No comprendo mi sueño a la intemperie de una noche que corre a caballo de lejanas sierras de polvoroso linaje. El hombre luce las láminas de las manchas en su rostro como si fuera un verdadero sacerdote, y me reclama varias veces que vuelva a mis quehaceres. La sangre se evapora hasta alzarse violeta en una nube, que llueve una sangre centenaria germinando una paz renaciente.
Duermo en la sospecha de un halcón que luce un collar de plumas de relámpagos.
***
XIV
Pupila
Apenas una pequeña valija
Apenas una pequeña valija alcanzó para guardar lo que Amanda necesitaba para ingresar pupila al colegio de monjas. Eriseta la preparó con el entusiasmo que ponía en las cosas que le causaban agrado. Esa, sin duda, era una de ellas. Amanda partía a su nuevo hogar, lejos de Miguel, lejos de Jorge, lejos de ella. Las cosas se iban acomodando a su voluntad.
La valija permaneció al lado de esa que no era su cama durante un par de días, lo que tardó en llegar a la enorme casona de la abuela Eriseta desde el villorrio, en el lado norte del Gran Buenos Aires, y partir hacia el convento de las monjas de clausura, a escasos metros de la Plaza de Mayo. Allí parada, la valija esperó con paciencia que su manito la tomara para iniciar el viaje hacia ese lugar desconocido.
Amanda siempre la observó con desconfianza. Tal vez fuera su color marrón, sus correas oscuras, su manijita breve y sus broches dorados —como gotas de luz en medio de esos tonos terrosos— lo que no le inspiraba confianza. O acaso sabía que ella significaba el adiós temprano, en medio de una ausencia inexplicable.
¿Podría la valija devolverle a su madre? Claro que no, y Amanda lo sabía. ¿Y arrimarla a su hermano, que estaba en algún lugar de la casa, para ella inasible? ¿Podía emprender el viaje de regreso al amable villorrio de los humildes vecinos que la amaban con sinceridad? Nada de eso estaba al alcance de una simple valija. Y Amanda lo comprendía.
Lo que no podía comprender era la ausencia de su padre, quien adquiría cada vez más una presencia extraña: estaba como ausente de caricias y de mimos, alguien que se alejaba de ella a una velocidad inusitada.
El único tesoro que le permitió guardar su abuela en la valija fue su ángel de la guarda, dibujado aquella noche en que mamá y papá hablaban de asuntos que no comprendía, pero que la hacían reír con ganas. Las cajitas de cigarritos que Miguel le regalaba para armar sus grandes torres e imaginarios castillos, Eriseta no se las permitió guardar.
Durante ese tiempo, Miguel casi no le dirigió la palabra y Amanda se volvió más callada aún. Resultaba imposible para la niña descifrar el porqué de ese comportamiento. Pero no solo se trataba de silencio: dejó de acariciarla como acostumbraba cada vez que pasaba a su lado. Con seguridad, era lo que más afectaba a la muchacha. No hubo gestos de cariño ni consuelo desde entonces.
Ya grande, asociaría esa conducta a la condición de un forastero que llegó a su vida solo por un momento. De todos modos, Amanda no estaba en condiciones de reprochar nada a Miguel.
En las noches de insomnio en la casona, se repetiría que fue un buen tiempo. De los mejores que conoció en su larga vida, salvo el encuentro con La Reliquia, pero eso era de otra dimensión, algo inigualable.
Recordó con entusiasmo desde entonces la casa alegre, la calidez de la madera, el sabor de la leche de esa vaca cómplice que dormía en un establo con forma de medusa, el orín de los sapos atrapados, los murmullos del viento entre los árboles que columpiaban sus ramas arrastrando el resplandor de unas estrellas que se mecían entre ellas.
Recordó también a su mamá y a su papá, al hermano que vio un par de veces —tal vez algunas más—, siempre observada de cerca por la nurse que apenas le permitía acariciarlo. La mujer, contra sus sentimientos, cumplía la orden de la patrona, quien le había indicado que no permitiera demasiados afectos entre los niños, afectos que surgían del contacto directo entre las pieles infantiles.
Evitar el amor era una condición necesaria para modelar una falsa identidad. Y eso era lo que pretendía Eriseta en dos sentidos diferentes: lograr que Amanda, por sí misma, acabara asumiendo que esa no era su familia, y que, al crecer, el niño no reconociera en Amanda a una hermana. Dos amores posibles que debían bifurcarse en caminos tan alejados uno del otro, para que al voltear la vista atrás no pudiera verse nada, ni siquiera la sombra de un amor alejado por el capricho de las circunstancias.
Cuando llegó el día, Miguel la buscó en su habitación. Se arrodilló ante ella y le dijo: “A dónde vas, vas a estar mejor que en ningún otro lado”. Eso fue todo. No la abrazó ni la acarició. Mucho bien le hubiera hecho.
Amanda no respondió. Miguel creyó que ella cabeceó afirmativamente, pero no fue así. La niña no movió su cabeza en ningún momento. Se limitó a escuchar la sentencia. Si hubiera podido hablar, habría hablado. Pero no pudo. Si hubiera podido llorar, habría llorado. Pero no pudo. Si hubiera podido correr, habría corrido en ese instante. Pero no pudo.
Miguel tomó la valija y ofreció su mano a Amanda, un gesto que le devolvió un calor que no sentía desde hacía días. Ella se tomó con delicadeza de esos dedos lisos y blancos y caminó por las habitaciones hasta descender por el zaguán hacia el coche estacionado frente a la casona, que los esperaba para el viaje.
Eriseta no la saludó al partir. Amanda no preguntó por ella: siempre recordaría esa ausencia, distinta a la de su madre, porque era una ausencia fundada en el desamor. Sin embargo —y de eso no se enteraría nunca— fue esa vieja matrona la que la salvó de un destino horrible. Preguntó por su hermano, a quien hubiera querido ver antes de partir. Miguel se excusó tontamente.
El viaje se prolongó más de la cuenta. Desde el barrio de Caballito hasta el corazón de la ciudad, el chofer manejó como si deseara retener esos pocos momentos que le quedaban a Amanda por disfrutar de su padre. Miguel, sombrío, no reparó en la aparente lentitud con la que el automóvil se desplazaba hacia su destino. Cuando detuvo su marcha, volvió de esa ensoñación que pareció el único modo que encontró para consumar ese despojo.
Amanda descendió del automóvil ayudada por el chofer. Miguel la esperó en la vereda del convento, donde depositó la pequeña valijita de cuero.
La tarde avanzaba desde el río y empezaba a colorear las paredes del convento. La construcción parecía enorme vista desde la pequeña altura de la niña. Pero ella solo reparó en la enorme puerta que tenía frente a sí. El timbre sonó ruidoso, exagerando sus gritos metálicos, anunciando la llegada de los visitantes.
Por una mirilla que daba justo la medida de dos ojos, alguien observó a la pareja. Se oyó el picaporte, ceder y abrirse una de las hojas de la puerta, chirriando a gusto. La jorobadita apareció sonriendo alegre y observando a Amanda, que se iluminó repentinamente.
—La Madre Superiora lo está esperando —dijo, e invitó a pasar a Miguel, quien tomó de la mano a Amanda, que ya cargaba la valijita como una inmigrante recién llegada de los barcos.
—Es mejor que vaya usted solo, la niña bien se puede quedar conmigo. Somos amigas con esta señorita.
Amanda asintió con un leve movimiento de su cabeza. Miguel accedió como un autómata. Dejó la mano de Amanda y avanzó en dirección a donde la monjita le indicaba. Ella alzó a la niña, que se abrazó con entusiasmo a la mujer a la que recién conocía, y con la única con la que se llevó desde entonces.
Algo tenían las dos que las ponía en comunión, algo que ambas percibieron sin necesidad de palabras. La música y la palabra las comunicaron de entrada. “Algo tenías adentro que te hizo meter la pata”, le recitó en alguna oportunidad Amanda, cuando fueron apercibidas por sus demostraciones tangueras en un pasillo poblado de muchachas entusiastas.
Pocos minutos después, Miguel volvió donde Amanda. Ella predijo sus movimientos: sabía que se arrodillaría, como había hecho el día que llegó para hablarle de su madre muerta y cuando le dijo que iría a un lugar donde estaría mejor que en cualquier otro lado. Y así ocurrió. Miguel se arrodilló y, por última vez, la abrazó con fuerza, la besó varias veces y no pudo mirarla a los ojos. Luego se marchó sin decir palabra alguna.
La monjita jorobada tomó con una mano la valijita de Amanda y con la otra a la niña. Ella se agarró fuerte de esos dedos largos y huesudos. La mujer le dijo: “Dedos de pianista”, como si Amanda supiera de qué le hablaba. La niña sonrió cómplice y caminaron juntas por el gran patio de la escuela. Sus figuras desaparecieron en la oscuridad de un largo pasillo que conducía a una habitación donde otras niñas, algunas de su edad y otras mayores, descansaban esperando la hora de la cena.
Afuera se escuchaba un bochinche de pájaros sobre unas cúpulas, mientras los árboles susurraban en los patios del colegio, unos vientos que llegaban del río en el lomo de unos caballos que peregrinaban hacia la noche más próxima de la ciudad.
***
“Autobiografía en secreto de Amanda Da Silva.” – Hoja N° 20
He pedido mi pase a retiro. ¿Se apiadará Dios de mí?
***

La niña de la fotografía bien pudo ser Amanda Da Silva. Habría sido tomada el día de su primera comunión, aunque no hay modo de confirmar esta suposición.
***
Autobiografía en secreto
de Amanda Da Silva
Pupila
Sección segunda
***
I
¡Peerón! ¡Peerón!
El timbre sonaba sin interrupción, llamando a formación. Chirriaba frenético mientras unas chispas blancas saltaban iluminando el bronce de la enorme campanilla, que parecía hincharse con los sonidos agudos que el martillo arrancaba a puro golpe. Desde el exterior llegaban las voces de la pueblada con un entusiasmo desconcertante. La muchedumbre dejaba una estela de palabras suburbanas y proletarias que se mezclaban con las pisadas atropelladas por llegar primero a la plaza de la Victoria. Pocas veces se atrevían a cruzar los límites hacia la ciudad capital, pero ese día todas las rutas estaban colapsadas por el gentío que no cesaba de sumarse a la caravana.
Las monjas oían las palabras y también el rozar de las suelas rudas sobre el adoquinado lustroso; por ello tapaban sus oídos con tanta fuerza que parecía que podían lastimarse los pabellones. Estaban rojas de cierta ira ciudadana por la incursión de los recién llegados del conurbano. Salvo la jorobadita, todas parecían angustiadas. Ella, en cambio, saltaba de alegría como si el espíritu de Eufrósine la poseyera. Amanda la observaba despabilada: ¡esa jorobadita siempre daba la nota!
Vestían sus típicos atuendos negros y blancos, que se agitaban como espectros de banderas al viento entre el griterío y el desorden que ellas mismas generaban. Se movían como aves iracundas en medio de una desorientación inexplicable. Gritaban —¡y cómo gritaban!— tanto como graznaba el timbre con su campanilla martirizada por los golpes del martillo; pero lo hacían con mayor espanto que aquel metal, que no tenía pecado que expiar salvo alguna disonancia de sus moléculas y que, en ocasiones excepcionales como esa, escupía esquirlas de luz saltimbanquis desde los extremos de unos cables envueltos en tela indefinida. Ellas, en cambio, escupían abominaciones que, al llenarse del aire templado de las orillas del Río de la Plata y del murmullo proletario que crecía entre cantos y risotadas, se volvían espesas y vitales, alimentadas por nuevas maldiciones que otras tantas monjas lanzaban aquí y allá sin miramiento. Procuraban disimular sus palabrotas apretando los labios, murmurando los insultos con intención de no ser oídas por las niñas. Trataban de aplastarlos bajo la lengua viscosa, compactarlos con los dientes, para que, francamente disminuidos, no parecieran lo que eran. Luego, entre verbos, adjetivos y sustantivos elegidos al azar y mezclados adrede, buscaban emboscar los agravios y hacerse pasar por simples repetidoras de palabras inofensivas. Querían ser pudorosas, o al menos parecerlo, en medio del bochinche.
Pero las niñas escuchaban todo. Nada escapaba a la capacidad de sus oídos infantiles. Incluso entre los chirridos del timbre, el griterío de la muchedumbre estudiantil y el revoloteo de esas monjas agriadas, extraían del menjunje sonoro, como por arte de magia, las palabrotas y las echaban a rodar con extraordinario encanto, como cantos rodados. “La monja aquella dijo carajo”. “¿Cuál? ¿Cuál?”, preguntaban extasiadas, tratando de individualizar a la malhablada y comentar luego encantadas, liberadas de toda amenaza. La señalaban con sus pequeños dedos, amonestándolas risueñas, algo que se podía disfrutar en muy contadas ocasiones.
Que una monja gritara “¡carajo!” en medio de una batahola inesperada en el patio central del colegio de pupilas era un evento extraordinario, un verdadero milagro indiferente al comentario de Dios.
—¡La gordita está puteando! —denunciaba una petisa de trenzas casi rojas.
Qué gordita? ¿Esa que es alta o la otra bajita?
—¡La gordita! ¡La gordita! ¡La gordita dijo: la puta que lo parió!
Las niñas, a coro, se preguntaban unas a otras, todas al mismo tiempo, extrañadas y confundidas: “¿La puta que lo parió?”. Conmovidas, repreguntaban: “¿Dijo la puta que lo parió?”. Palabras mitológicas como ningunas, que solo se solían farfullar en algún rincón lo bastante alejado de los controles monásticos que las monjas ejercían con envidiable eficacia.
Que una monja soltara la lengua contra una madre con el mote de “puta” nunca se había escuchado. La “puta”, la “reputa” o la “reputísima madre que lo parió” era el ángelus de las puteadas, y en boca de una monja jamás se la había oído. Era una experiencia inigualable. ¡Dios sea loado!, suspiraban las muchachas, conmovidas por esa blasfemia inspiradora. Se persignaban no de espanto, sino de alegría. Nada las amenazaba esa tarde con transformarlas en tristes estatuas de sal por descubrir las abominaciones que las monjas hacían ante un evento que escapaba al conocimiento de las alumnas.
Las maldiciones monacales adquirían vida propia a medida que crecía el aquelarre provocado por unas cuantas insensatas, perturbadas por el acontecimiento político tan inesperado como populoso. Cruzaban con ínfulas desesperantes de un lado al otro del enorme patio central, rodeado por galerías que dibujaban una “U” de ángulos perfectos. Mientras rodaban entre las piernas de las niñas, las palabrotas hacían cabriolas indecorosas que exageraban sus burlas con el solo fin de desquiciar a las monjas, desesperadas por esas apariciones que ellas mismas habían provocado.
Las ornamentaciones en cemento, que dibujaban escenas bíblicas y las doce estaciones del Vía Crucis, incurrían en errores grotescos producto de la parafernalia de alumnas y monjas, y perdían su aspecto litúrgico y recatado, tan cuidado por los artistas albañiles al construirlas.
Cada tanto, desorientada, alguna palabrota iba a dar en los zapatones de la Madre Superiora, que se santiguaba repetidas veces para exorcizar la maledicencia de esas palabras que trepaban desde el suelo por el hábito hasta la pechera blanca, bordada con una cruz dorada que lucía magnífica en relieve y colores sacros.
El desconcierto aumentaba a medida que el griterío se hacía ensordecedor, el timbre desvariaba y las monjas eructaban insultos como nunca antes. Estaban verdaderamente espantadas, exigiendo que todas las niñas se acomodaran en el patio central, mientras desde los alrededores miles de pisadas seguían llegando desde distancias enormes, oliendo a polvo y sudor, revoloteando como aves raras desde la Plaza de Mayo.
Eran pisadas sufridas de kilómetros, henchidas de dolores, pero satisfechas. En una fuente redonda como un anillo, los manifestantes se refrescaban con el agua que brotaba de tubos semejantes a flautas, que hacían danzar los chorros con una elegancia encantadora. Muchos de ellos era la primera vez que se encontraban con ese paisaje citadino extraño.
Las filas de alumnas se iban completando a medida que todos los cursos llegaban al patio. Por las bocinas empezó a escucharse una oración repetida sin descanso. A pesar del bochinche, se distinguía un Ave María cantado con voz de soprano. Amanda, desorientada, pensó que todo aquello no era sino parte del rito de la misa en la que nunca participaba, por sus repetidos desmayos de hambre, y que de ese modo anárquico les tocaba el rezo del rosario, por esa única vez y a una hora desacostumbrada.
Hasta entonces, Amanda consideraba que la intensidad litúrgica de la misa de la mañana se medía por la sucesión de desmayos tempraneros, y al mediodía por el susurro agónico de estómagos que reclamaban pan o carne, con sus indiscretos jugos gástricos que se hacían oír incluso contra la voluntad de sus dueñas. Pero la tarde siempre había sido obviada para el rezo, y solo a la noche, antes de la cena y del sueño, se repetían unas oraciones que Amanda decía sin reparar en su contenido ni en su sentido religioso.
Luego sonó una música sacra: irrumpió un órgano monumental con una melodía que casi ninguna niña podía identificar. Negras, corcheas, redondas, fusas reclamaban a Dios algo indescifrable. Sonaban tan decididas y con tanto descaro sincopado que la música pareció adquirir voluntad propia entre el griterío de afuera y el de adentro, y se irguió hasta tocar la cúpula de la parroquia que daba a los fondos del colegio.
El ruido de la púa de cactus se exageraba por las inmensas cornetas metálicas que chillaban crujientes como las mismísimas trompetas de Jericó ante las bíblicas murallas. Subida a una tarima de madera que dos monjas enanas arrimaron desde una habitación poco usada, una monja gritó desde el fondo de su garganta que, a su orden, todas debían taparse los oídos y murmurar sin interrupción, como un zumbido místico, el Padre Nuestro. Recomendó no anticiparse, pero cuando ella lo indicara, todas —todas las niñas— debían cubrir con sus manitas los pabellones de sus orejas y decir al unísono “padre nuestro que estás en los cielos”, repitiendo la oración una y otra vez, hasta diezmar cualquier otro ruido que pretendiera imponerse sobre la plegaria que Mateo y Lucas estamparon en sus evangelios hacía más de un milenio.
El esfuerzo resultó infructuoso. El Padrenuestro cedió su lugar a un “¡Dios te salve María!”. Si el Hijo de Dios no podía con ello, tal vez la Madre lo lograra. “Dios te salve María”. ¡Dios la salve!
Sin embargo, entre el bochinche se escuchaba un grito impertinente, caprichoso, reclamante, que llegaba desde todas direcciones y lo hacía cada vez con mayor frecuencia. Amanda hubiera jurado que esas voces invisibles repetían el nombre que había visto estampado en una pared durante un viaje en el auto de la abuela Eriseta. ¿Ese nombre era Perón? Se preguntó. Recordó su esfuerzo por deletrear esa palabra que Miguel le explicó era un apellido: “P”, “e”, “r”, “o”, “n”. Su padre, aquella vez, la corrigió al momento: “la ‘o’ acentuada. Ó”. Y Amanda repitió obediente: “P”, “e”, “r”, “ó”, “n”. ¿Pero ese nombre que escuchaba realmente era Perón?
Trató de identificarlo a pesar del bullicio del patio, que había menguado tal vez por la fatiga temprana provocada por la histeria general. Peerón. Peerón. Peerón. Se oía cada vez con mayor claridad. Amanda sonrió satisfecha por su acierto. El sonido de esas dos sílabas estimulaba a algunas monjas a más intensas recomendaciones, entre histriónicos gestos que pretendían inducir a las infantas a la obediencia. Salvo la jorobadita, que empezó a moverse acompasando con sus contorsiones esas sílabas que se vinculaban de manera perfecta.
—Dios te salve María —exclamaban, exorcizando el nombre ese—. ¡Dios te salve!
Peerón, Peerón, Peerón, se oía contrapuesto al rezo.
—Llena eres de gracia, ¡llena eres de gracia! ¡Siempre! ¡Siempre!
Peerón, Peerón, Peerón.
—El Señor es contigo, y contigo, y contigo, el Señor es con todos. (¿También con Perón?, se preguntaba Amanda desde su pura inocencia).
Peerón, Peerón, Peerón.
—Bendita tú eres entre todas las mujeres…
Peerón, Peerón, Peerón.
—Y bendito es el fruto de tu vientre…
Peerón, Peerón, Peerón.
—Santa María, Madre de Dios…
Peerón, Peerón, Peerón.
—Ruega por nosotros pecadores, ¡ruega! ¡Ruega por nosotros! (¿Y por Perón?, se preguntó la monjita que no dejaba de bailar al son rítmico del apellido del nuevo líder). Peerón, Peerón, Peerón.
—Ahora y en la hora de nuestra muerte…
Peerón, Peerón, Peerón.
Amén.
Peerón, Peerón, Peerón.
Amanda estaba segura de que la monjita jorobada no rezaba: repetía “Peerón, Peerón, Peerón”. Pero aunque se lo hubiera preguntado, lo habría negado, como tiempo después negaría tres veces cuando la pescaron con los poemas de Carlos de la Púa.
La Madre Superiora, que tomó el lugar en la tarima de las monjas enanas, anunció a las niñas formadas en el patio que sus familias las retirarían apenas se hicieran presentes en el colegio, llamadas de urgencia. Salvo un puñado de ellas que no podían ser retiradas por ningún familiar —porque no estaban o porque no querían hacerlo—, todas se irían a sus casas con la expectativa de que las cosas no se complicaran más de la cuenta.
Dijo los nombres de las que permanecerían en el establecimiento. Amanda Da Silva fue la primera en nombrar. El orden alfabético la dejaba siempre primera en la línea de largada de las malas noticias. “Amanda Da Silva” sonó como nunca. Y ni el “Peerón, Peerón, Peerón” de la multitud abigarrada afuera impidió que se oyera con absoluta claridad. Amanda se resignó, y la monjita jorobada, que seguía murmurando con los labios apretados “Peerón, Peerón, Peerón” (aunque lo hubiera negado de habérsele preguntado), se acercó por detrás y acarició su cabeza con ternura. Ese mimo siempre la reconfortaba. Aunque hubiera deseado que su padre llegara para rescatarla, el consuelo resultaba gratificante. Otras ni siquiera esas caricias recibían en compensación por el abandono.
Hasta altas horas de la noche Amanda oyó sonar ese nombre repetido por la multitud de manera incansable. Luego, las voces y sus pisadas se desparramaron en todas direcciones. Oyó un último grito que llegó desde lejos, desde la amplia avenida: “puto y ladrón lo queremos a Perón”. Un musculoso joven con overol azul vociferó desafiante mientras reía desfachatado frente a unos pitucos maniquíes de una casa de ropa fina, que lo miraban indiferentes, rodeados de estrafalarias robe de chambre de seda natural.
Pero esa noche Amanda no se atrevió a preguntar qué significaban esas palabras que retumbaron por las rectas galerías del colegio de monjas y que hablaban de un cariño a pesar de todo. Lo mismo que ella sentía todavía por Miguel, a pesar de todo.
***
II
Juan Sebastián
Amanda se encontró con Bach por accidente, luego del bochinche de cantos y pisadas en la Plaza de Mayo. Fue tan casual para ella como aquel escandalete político armado al grito inconfundible de “Peerón, Peerón”, que desquició a las monjas, menos a la jorobadita.
La música, que había adquirido la fisonomía del alemán, la tocó por encima del hombro, llamándola con un dedo índice que parecía robusto visto desde la pequeñez de la niña. Le hubiera preguntado cosas infantiles, solo por comprometerla con sus curiosidades. ¿Pero estarían en condiciones de comprenderse las dos, así, de repente, sin haberse estrechado nunca en un paternal abrazo musical? Amanda sospechaba de su propia imprudencia. Sin embargo, la música de Bach parecía tan indulgente como el aspecto gentil del hombrón aquel con su larga peluca blanca.
Al mirar en sus ojos —sin saber si ella la miraba o no, porque la música movía los ojos de un lado al otro buscando explicación a ese misterio—, y al comprender su misma inquietud, supo que había sonidos que mejor se queden así: sorprendentes, inexplicables, como la imagen extraordinaria del músico reflejada en un vitral multicolor. Surgen incluso de un encuentro extraño como ese: Bach y una niña pupila acompañada por la joroba de una monja que no dejaba de sonreír, poseída de una complicidad manifiesta. Pasan y nos miran desde la altura de sus armonías perfectas, invitándonos a considerar de otra forma el suceso de las músicas que no definen si son terrenales o del mundo de los mejores espíritus.
A veces preguntan por nuestras debilidades, por nuestras penas oscuras y lamentos constantes, por nuestras efímeras alegrías. Saben —y cómo saben— de nuestra condición humana limitada, mientras ellos disfrutan que estarán para siempre, orbitando eternizados entre ondas gravitatorias y maravillas electromagnéticas, definiéndose una y otra vez en su propia eternidad. Porque sin la música no puede existir el universo: ambos se corresponden y así se comportan, dueños de una perpetuidad a salvo de todo.
Amanda celebró el encuentro. Fue la jorobadita quien la llevó una tarde, sin autorización, a escuchar al cura párroco, un concertista bien conceptuado por entonces, que ejecutaba un órgano de dimensiones ciclópeas. Tubos, llaves, pedales, teclas envolvían al hombre, de cuyas manos salían en racimos manchas negras que se colgaban a su arbitrio de un pentagrama fantástico. Fugas, tocatas, passacaglias, preludios llamaban a Amanda desde sus enigmáticas claves, y la niña les devolvía la gentileza captando al instante su esencia fascinante.
Oyó que la monjita le dijo algo así como: “¿Te gusta lo que escuchás?”. Y al momento se encontró junto al sacerdote, quien le enseñó las primeras verdades sobre el arte de la fuga, el clave bien temperado, las pasiones de Juan y Mateo.
Nunca respondió la pregunta de la jorobadita; tampoco fue necesario. Ella se encargaría de que Bach no copara solo la parada. El tango orillero se lo arrimó otra tarde, cuando se hacía ostensible la presencia del río a pocos cientos de metros del colegio. Su olor a barro era como la hostia de la melancolía. Y si Bach fue la voz de Dios, Carlos de la Púa fue el arreo portentoso de la porteñidad hecha lunfardo para siempre, en dirección a un Buenos Aires que mostraba su esencia sin escrúpulos.
Con el tango arrabalero que se bailó entre hombres —muy hombres— vino el piano, que llegó para quedarse hasta que lo echaron una mañana en un carrito de unos crotos que no cabían de felicidad por la ganga que una vieja copetuda les ofertó sin rebusques.
Bach fue recomendado por la Madre Superiora. Las cualidades de la niña no la sorprendieron: supo siempre que en el brillo de esos ojos negros el misterio de su inteligencia se fundía con una belleza que superaba lo mundano. En esa hondura estaba Anita, aunque Amanda ni siquiera lo sospechara.
Pero el poeta se hizo clandestino cuando, arrojado al destierro fuera del convento, fue a dar a un nocturno callejón de obscenidades eternas: el desván de las emociones, de túnicas vibrantes entre espasmos pélvicos, donde las monjas uncían arrepentimientos y noches afiebradas en oraciones irrepetibles, entre sus cálidas humanidades desertadas.
Las humedades del sexo no hallaban consuelo ni en las invocaciones a los ángeles ni en todas las Marías que lubricaban sus ojos con lágrimas de sangre. Todas, menos la jorobada, que sabía tanto del arrumaco brutal como de la eclesiástica palabra de bienaventuranza.
Quien anduvo en la calle nunca pierde su perspectiva.
***
III
La máquina de Dios
“¡Esta es la máquina de la música! ¡La máquina de Dios!”, gritó el cura concertista alzando sus manos hacia el cielorraso decorado con querubines regordetes pintados con acuarelas. Los serafines reían casi provocativos y todos parecían mirar los tubos más largos, que se estiraban sin detenerse rumbo al cielo de la armonía, tratando de imaginar qué se incubaba en esos interiores oscuros y misteriosos, de los que brotaban a chorros canciones majestuosas que embriagaban como néctar de felicidad.
Los tubos eran de diferentes tamaños: los había pequeños, de la envergadura de una oruga; los había gigantes, de la magnitud de la esperanza. Tubos maravillosos, rodando a rienda suelta en sus interiores un bajo continuo que se imponía riguroso a medida que ascendía, llevado por los aires extraordinarios que un motor lejano insuflaba incansable.
Debajo de la línea de los tubos, los teclados repetían una y otra vez sus marfiles blancos y negros, secretos cafés de elefantes de Tailandia. Del goteo musical de los marfiles bicolores nacía una danza que bailaba con decisión propia, haciendo cabriolas entre negras y corcheas que el cura cantaba con sus dedos finos desde el pentagrama borroneado hasta las teclas, para derramar caprichoso escalas y arpegios hasta los pedales, que sonaban con voz ruda y grave, salida de un lugar indescriptible de las entrañas mismas de la majestuosa máquina de la música.
El cura era largo como los tubos mayores, flaco, casi esquelético, hiperactivo y sonriente, como si todo lo que se le dijera u ocurriera le cayera bien. Sus dientes eran blancos como las teclas de su máquina y brillaban al sonreír con ese gesto extraño dibujado en los labios carnosos. Solo se enfadaba si alguna atolondrada desafinaba por no atender las indicaciones del maestro, y se enfurecía si repetía el error por andar papando moscas en vez de concentrarse en el oratorio.
Su cabello era casi blanco, aunque todavía quedaban mechones que denunciaban el rubio adolescente que lució con elegancia hasta entrado en años. Descendiente de alemanes, de seguro cultivó su cuerpo con atlética pasión, pero para entonces la delgadez y las canas eran su distintivo.
El cabello caía sobre la frente amplia, bordada de cejas también blancas que se movían con independencia del rostro, un pellejo apelmazado que descendía hacia el mentón y más allá, sin llegar nunca a definirse como papada. Caía con lentitud exagerada hacia la nuez de Adán, como si la piel se chorreara lentamente desde las mejillas enjutas hacia el pescuezo, que adquiría, a medida que sonaba su música, un tono púrpura tempestuoso, exuberante, por el fluir torrentoso de su sangre europea, difuminándose en toda la piel hasta desvanecerse a la altura de las pantorrillas, que en cambio parecían exangües.
El cogote enrojecido se hacía cada vez más largo, poniendo a prueba una anatomía elástica como el caucho. Invadido de tortuosas arrugas y pelos de barba agudos como alfileres —que no llegaba a afeitar por distraído—, se tornaba más rojizo cuanto más le exigía la partitura que ejecutaba.
Ser eximio ejecutante era una tarea extraordinaria que comprometía hasta el último de sus tejidos. Pero nunca achacó a Bach ninguna de las metamorfosis extravagantes que padecía su humanidad en cada concierto: las vivía como justa expiación de pecados, tal vez cometidos en la loca adolescencia que vivió en París, mientras disputaban su fe las mujeres parisinas, quienes durante un buen período ganaron la batalla frente a los sagrados Evangelios.
El tórax era demasiado largo, algo desproporcionado, y lo desgarbaba a su voluntad, exhibiendo sus costillas de manera insolente. Hacia cada lado, los hombros como desfiladeros de clavículas afiladas sobresalían de la sotana, a pesar de que el hombre reprendía a sus ropas todo el tiempo, obligándolas a acomodarse para lucir las hombreras que las monjas le confeccionaron, con el fin de hacerlo pasar por un hombre algo más robusto. Pecho hundido, de palomo, hacia adelante el esternón amenazaba intransigente con salirse de madre si se lo provocaba desafinando las muchachas una y otra vez, a pesar de sus recomendaciones. Un gorjeo pastoso parecía salir de su garganta, acompañando la amenaza del hueso a las pupilas infractoras, quienes disfrutaban desquiciar al maestro.
Caderas chatas, hacia adelante dos cavidades denunciaban su delgadez irremediable. Luego, las largas piernas se acomodaban a la cadera por unas articulaciones como de piedra, rígidas y crujientes, que hacían creer a la audiencia —cuando la había— que iba a quebrarse como una simple paja débil y larga al sentarse en el viejo taburete de color caoba.
Pero lo más extraordinario de su fisonomía eran sus manos: dedos largos, finos, huesudos, de yemas redondeadas como gemas verdaderas, que hacían sonar el órgano de la iglesia con voz propia, rescatándola de un cautiverio inexplicable, de una caverna extraña donde la música se mantenía ahogada solo por humillarla, y que él liberaba provisto de una magia inigualable concentrada en esos dedos juncosos.
Para asombro de la niña y de la monja jorobada, alzaba repetidamente sus dos manos hacia el cielorraso y gritaba una oración en latín que la muchacha nunca recordaría, ni con todo el empeño que pusiera. Era un verdadero conjuro: palabras fuego, palabras nubes, palabras vientos, palabras bestias. Una invocación planetaria, colérico y áspero sermón a ciclónicas notas que esperaban aunar sus consonancias para entregarle al invocador un sentido acabado de armonía y contrapuntos. Bach en su espesura, inagotable.
Amanda se sintió insignificante ante esa parafernalia de tubos, llaves, teclas, pedales y ceremonioso aire circulando por cada tubo en cada oportunidad que el cura concertista lo exigía. Y más aún ante esa música inexplicable que la atravesaba en cada poro de la piel y embestía sus tejidos con voces divinas. Se sintió incapaz de toda música frente a ese hombre espantapájaros que gritaba palabras peregrinas como poseído, de pie ante la inmensidad de los tubos, como si en la propia máquina hallara la respuesta a todos sus reclamos. Pensó: “Aquí se acabó todo”, y lo repitió para despejar cualquier duda: “Aquí se acabó todo”. Sin siquiera emprender la batalla, se dio por derrotada.
Se convenció de que su capitulación fue lograda precisamente por esa máquina extraordinaria, sin convocar siquiera una nota, un do, un re bemol, un sol sostenido en las latitudes de la mañana musical allí bien alta, donde se imponía. “La máquina de la música” se erguía monumental para aplastar, como a una mosca contra la campana de vidrio, las ilusiones musicales de Amanda.
Pero el cura llamó su atención con unos golpecitos de su delgado dedo índice, indicándole que otro instrumento la esperaba a la vera del gigante. Un enano de teclas amarillas y robustez graciosa. “Este es para usted, niña”, dijo, y la empujó con suavidad para presentarle aquel otro: un armonio pequeño, gruñón, algo catarroso, que aun en su pequeñez parecía grande para tan pequeña persona.
El sacerdote la ayudó a subir al taburete y, mientras él daba aire por un fuelle fatigado y asmático, le indicaba inquietante que hundiera las teclas blancas para que el instrumento hablara con su voz.
Amanda vaciló unos minutos que los querubines consideraron demasiado largos. Ellos mismos estaban decididos a reprenderla si no cumplía la orden del concertista. Dudó, dudó y dudó, y finalmente eligió una sola tecla al azar. Esforzándose tanto como cuando fastidiaba a Miguel con sus tres preguntas seguidas, la hundió sin despejar del todo sus temores. El armonio habló arenoso, eclesiástico, estableciendo ese grito como un espacioso instante de pureza.
Luego sonaron otras teclas, y hasta el cura concertista se asombró del prodigio de esa niña que repitió, sin mediar estudio alguno, frases musicales que él había ejecutado hacía unos momentos. Se hizo un eco del tamaño de un aljófar que brilló por un instante en la cavidad secular de la iglesia. Amanda, de haber podido, hubiera llorado de emoción.
Una tribu de sentimientos hizo ronda alrededor de la aprendiz. Llegaban desde lugares desconocidos de su propio cuerpo. Bailaron como murmullos, sombras sobre un color salido de entre las angustias de una luz que extravió el sentido de su naturaleza dentro de la ceremoniosa iglesia. Extraños cuchicheos brotaban de la garganta del armonio: sonaban como pequeños aullidos de cuerdas demasiado laxas. Sus soniditos pudieron pasar por palabras dichas con el extraordinario entusiasmo de unos emblemas agitados con el solo fin de convocar a otros sentimientos que, tal vez, permanecían ignorados en algún repliegue del tiempo que se avecinaba.
La convocatoria de esa tribu encontró eco en otras emociones diseminadas por los profetas de los misterios, que desde un rincón algo lejano contemplaban a Amanda con absoluta complacencia. Llegaron para desalojar los desiertos que, como hallazgos de polvos de cenizas, llenaban los espacios de la pequeña recluida, y que eran muchos y variados: desiertos de arenas de palabras, de polen de pieles, de terrosos humores, de una geografía de abandonos.
En el naufragio de la soledad a la que la niña se vio arrojada con todas sus fatigas cuando murió su Anita, esas tribus de sentimientos trocaron los desiertos ásperos por bosques ciliados, llenos de pámpanos de luces, sarmientos verdes de vides verdes, que hasta podían haber crecido sin fin si ella hubiera tenido lágrimas con las que regarlos durante sus eléctricos sueños de recuerdos maternales. Pero Amanda había dejado las lágrimas hacía rato, así como los gestos sospechosos, los ademanes rudos de la indisciplina propia de su edad. También dejó unas oraciones que olvidó premeditadamente, junto con esos rumores oscuros del tamaño de un puño desesperado que golpeaba su pequeño pecho al tiempo que repetía orgánico: “Por tu culpa, por tu culpa, por tu grandísima culpa”, y le achacaba esa culpa bíblica por el estado de encierro al que estaba sometida sin mediar explicación alguna.
En la inmensidad del colegio de las monjas estaban ella y la jorobadita, que dio el mal paso murmurando una marchita que Amanda procuraba recordar pese a las prohibiciones; el cura concertista, que le enseñó todo lo que pudo; y a veces la música de Bach, que llegaba enamorada en una crencha engrasada, posando ese instante fetiche a la vera de un pecado venial y diciéndole, en un lunfardo extraordinario, que Dios no tenía nada que recriminarle, que siguiera allí acariciando la música con sus pequeñas manos, porque la música retribuiría sus caricias, algo que Amanda deseaba más que nada. Caricias, solo caricias reclamaba, como cualquier alma en pena exige desesperadamente.
Amanda consagró muchas horas al estudio de la música, desde el mediodía hasta la hora de la cena. La Madre Superiora soportó su entusiasmo con indulgencia. Tarareó el solfeo, dedujo la armonía, conversó el contrapunto. Así fue durante algunos años, tiempo en que se fue transformando: su mutación fue extraordinaria.
El cura protector fue su maestro, y estaba tan agraciado con las habilidades de la muchacha que insinuó a la vieja monja considerar la posibilidad de que fuera becada para enviarla a Francia —de la que conservaba el mejor de los recuerdos, dijo sin sonrojarse— a estudiar con algún gran maestro europeo. Él mismo se ocuparía de conseguir un mecenas generoso. ¿El beneficio? A la vuelta sería una artista renombrada y el colegio luciría su prestigio como una propia presea.
Pero, explicó la monja, su voluntad no podía imponerse a la del padre, quien —a pesar de lo poco que la visitaba semana a semana, mes a mes— era quien decidía a voluntad el destino de la niña.
Esas largas ausencias paternas disgustaban sin disimulo a la monja, pero siempre se guardó del reproche porque sabía bien con quién trataba. Intentaría sugerirle la propuesta, aunque no arriesgaba el éxito de su pedido. Peor aún, sospechaba que más temprano que tarde ese extraordinario atributo artístico sería reemplazado por obligaciones muy diferentes a las que el cura imaginaba para su pupila.
Nunca la monja creyó que Amanda encontraría en su familia esa porción de amor indispensable para entregarla al arte sin exigirle nada a cambio.
***
V
Un merecido castigo
Cuando la sombra de la Madre Superiora se posó sobre sus cabezas como el cuervo de Poe sobre sus versos, las niñas abandonaron, como una bandada de aves débiles, la galería de las infidencias. Dejaron tras de sí estelas de susto en la huida.
Escaparon llevadas por el viento de los castigos: viento de siete puntas que, al estrellar su chasquido contra el aire, sonaba como las siete colas de una fantástica víbora cascabel, sierpe vibrante de oscuridades que no prometía nada bueno a las prófugas. Si se hubieran atrevido a voltear, habrían visto a la Madre Superiora moviendo su mano en señal de la próxima penitencia.
Las vocecitas infantiles quedaron prendidas de las rugosidades de las altas paredes y bóvedas que hacían majestuosa la galería, y tardaron en apagar sus ecos. Cabeza para abajo, como murciélagos de sílabas y diptongos, de sujetos y predicados, susurraron perdones de todas las formas posibles hasta agotar su energía. Los ruegos siempre se desvanecen con más apuro que las cicatrices del castigo.
Todas huyeron, todas, menos Amanda, quien quedó suspendida en el aire, sin poder hablar ni moverse. La niña no halló modo de salir de ese estado de parálisis: sus piernas —y otros músculos de su cuerpo— dejaron de obedecer las órdenes de su cerebro y solo respondieron al sacrosanto temor que le provocaba aquella trinidad que adquiría forma humana a veces y forma animal otras.
El ruido de la huida se estiró por todo el pasillo, y el último sonido se quedó en la frontera entre la sombra de la monja y el cuerpito de Amanda, amarrado a la nada y sujetado con fuerza extraordinaria, como si intentara asistirla para que pudiera huir también.
No importaba si no había dónde esconderse, porque la novicia alcahueta las habría denunciado. Solo se trataba de escapar. Con la fuga habría tiempo de inventar un justificativo, de diseñar un pretexto, de excusarse mintiendo como hacían siempre.
La monja dio varias vueltas alrededor de Amanda. A la niña se le hacía como si una cucaracha gigante merodeara su humanidad, saboreando sus leves carnes con dos infinitas antenas que auscultaban la brevedad de su anatomía. A veces cucaracha, a veces ave rapaz, a veces sombra. Así se presentaba esa mujer ante los ojos de Amanda. No era una mera imaginación: se correspondía con su verdadera naturaleza.
Cuando avanzaba con paso corto y veloz, parecía cucaracha. Cuando merodeaba la misa en busca de infractoras, un ave rapaz al acecho. Cuando rezaba, apenas sombra a punto de evaporarse con la luz. Cuando se trataba de dinero, esa trinidad se manifestaba en plenitud. Lo que puede el dinero, no lo puede ni la promesa del cielo.
Amanda estaba convencida de que en ella había tanto de cucaracha como de ave rapaz y sombra. Lo que no podía precisar eran las proporciones: ese misterio la alucinaba y nunca se animó a hablarlo ni con su jorobadita amorosa.
La monja, tanteando con una de las antenas la cabeza de Amanda, buscaba explicación a ese comportamiento. Ella, generosa, le había dado a Bach a manos llenas, incluso más allá de lo tolerable, infringiendo horarios que todas las demás debían respetar. Y la niña le devolvió una crencha engrasada, recitada a viva voz en los fondos del colegio. Algo había fallado en el trueque.
Deducía que por cada Bach que se le daba a Amanda como gracia divina, ella debía retribuir con amorosa devoción no menos que un Ave María, un fragmento de la Pasión según San Mateo, o aunque más no fuera una o dos frases del Réquiem de Mozart. Pero nunca esos versos mugrientos.
Sancionarla prohibiéndole el estudio de la música era imposible. El cura concertista estallaría enfurecido contra ella, y era un hombre apreciado por el obispo por sus músicas maravillosas, con quien no podía enfrentarse. Además, era el benefactor y protector de Amanda, y le importaban un comino todas sus travesuras, que incluso consideraba interesantes. Así que él no era útil al propósito de escarmentarla.
Ella misma se ocuparía en persona de castigarla. La tenía atrapada allí, en la última galería del colegio, donde rara vez la luz del día se atrevía a inmiscuirse y de donde no había escapatoria.
Amanda notaba que cuanto más la observaba la monja, más adquiría la fisonomía de un descomunal insecto: más grandes se hacían sus ojos, más significativas sus antenas, y con mayor nerviosismo abría y cerraba la boca mientras balbuceaba reproches en latín, el idioma que prefería la mujer-cucaracha para descargar sus enojos y anunciar sus decisiones cuando de penitencias se trataba.
Las demás pupilas, a las que se prometía estar a salvo del castigo si delataban a su compañera, serían compelidas a detallar sus versiones de aquella desobediencia poética que siguieron por el impulso extraordinario de la voluntad de Amanda. Y deberían hacerlo ¡por escrito!, porque —les dijo la novicia soplona— para acceder al perdón del pecado era indispensable una verdadera confesión de puño y letra, debidamente archivada, primer paso hacia el arrepentimiento sincero y, posteriormente, la necesaria reparación del mal causado. De ese modo, la demanda de justicia de la gran cucaracha superiora quedaría satisfecha y ellas eximidas de mayores agobios, salvo el de ser pequeñas delatoras bajo coacción, algo que no alteraría demasiado su futura educación.
Por su parte, Amanda debería asumir todas las consecuencias. Porque, dijo la monja entre gruñidos en latín, ninguna otra era capaz de cautivar a un auditorio tanto con su rara capacidad para la declamación como para la interpretación musical. Elogio o reprimenda, Amanda no supo cómo considerar esas palabras que el insecto pronunciaba con exagerada parsimonia.
—¿Qué tengo que hacer con vos? —preguntó el gigante insecto, no solo con voz amenazante, al tiempo que lamía obsesiva sus patas para limpiarlas de impurezas—. ¿Llamar a tu padre? —Amanda movió negativamente la cabeza—. ¿Llamar a tu abuela Doña Eriseta? —Amanda negó con más denuedo aún. Menos que nadie la abuela paterna, que la afeaba de solo suponerla.
—¿Arrodillarte sobre el maíz durante la sagrada misa? —Amanda vio pasar por ese castigo a unas cuantas muchachas que se rindieron ante el tormento. Sus rodillas temblaron descontroladas al imaginar los agudos dolores de esas puntitas blancas que descendían del corazón del grano hacia un extremo afilado.
Sopesando los pros y los contras de cada expiación, caviló la monja por unos instantes, reflexionando sobre cuál era el castigo más conveniente para la insolente, aquella de rostro bonito y cuerpito sugerente.
Lo que imaginara estaba reunido en un voluminoso libro donde el derecho consuetudinario de los tormentos estaba divinamente establecido. Aquello que Torquemada sistematizó con sabiduría siniestra para los herejes que infectaban de sublevaciones el mundo feudal, y que la santísima inquisición eliminaba con precisión quirúrgica, tenía un apéndice secreto dedicado a las indisciplinas de díscolas aprendices de versos en lunfardo rioplatense.
Circunspecta, la monja juntó sus largas, aplanadas y espinosas patas en oración y, sin dejar de reflexionar, volvió con sus preguntas a Amanda sobre asuntos que ella ni quería enterarse, porque desesperaba por Miguel y aborrecía a Eriseta. Si el destino era el maíz, lo aceptaría a pesar de la pequeñez de sus rodillas infantiles, aunque estas estuvieran a punto de desfallecer, sabiendo que su dueña las abandonaría al suplicio de los alfilerazos del maíz.
—¿Qué tengo que hacer con vos, Amanda? —preguntó nuevamente la formidable cucaracha, apoyando sobre su pata derecha lo que parecía la barbilla—. ¿Qué tengo que hacer con vos, Amanda? —repitió, esperando al menos un gemido por respuesta.
La niña mordió sus labios sin saber qué decir. La monja esperó y esperó, moviendo la cabeza de un lado al otro en signo de impaciencia. Amanda bajó la cabeza y cerró los ojos con fuerza. En ese preciso instante, un silencio distinto entró al pasillo y ahogó cualquier sonido. Era el silencio de la traición: denso, cruel, indiferente.
El silencio de la alevosía rodeó entusiasta al insecto verdugo.
—Pero antes, y esto puede ser hasta tu salvoconducto al perdón —dijo inquietante la interrogadora—, quiero saber de dónde sacaste esos versos. ¿Quién te los dio, Amanda? ¿Quién? Gánate el perdón, niña, y dime quién te dio esos versos.
Mientras abría sus alas oscuras, que se extendían con magnificencia, hizo emerger por el lomo, a la altura de la unión del tórax con la cabeza, la sombra de una joroba. La giba, provocativa, incitaba a la delación. “¡Habla, Amanda, habla! ¡Delata, Amanda, delata!”, escuchaba la convocatoria de la giba maléfica al peor de los pecados: la traición.
El silencio, dibujando una cruel sonrisa de lado a lado, movía de arriba a abajo las amplias alas del insecto como dos negros abanicos que agitaban un aire tan oscuro y espeso como el de las mortajas que aprisionan a los muertos para que no huyan de su estado final. El ambiente se llenó de perfidia, y hasta la niña pudo sentir el peso de ese ungüento mágico que brotaba espontáneo del agitar de las alas, oprimiéndole el pecho y cortándole la respiración, resecando la boca hasta dejarla desierta.
Detrás de una columna, la jorobadita espiaba asustada la escena, emboscada en una penumbra que disimulaba astutamente su deformidad. Si Amanda la delataba, sería su última infracción; la Madre Superiora ya la había advertido que su comportamiento era cuestionado hasta por el obispo, quien nunca vio con buenos ojos ni su balanceo al ritmo de “Peerón, Peerón”, ni su admiración por Hugo del Carril y su inflamada versión de la marchita que llenaba los informativos radiales, explicando la razón de una vida.
Desde el fondo de la felonía se escuchó claramente, con voz de Judas, la pregunta: “Amanda, ¿quién te dio esos versos mugrosos?” Pero Amanda calló. Tres veces la alevosía hizo su pregunta. Y tres veces Amanda calló.
Un gallo, confundido o no, cantó —nunca se supo desde dónde— y liberó a la niña de algunos de sus estados opresivos. Con el canto del gallo se hizo una luz allá lejos, donde el pasillo se hundía en su perspectiva. La luz tocó a Amanda como lo haría el abdomen encendido de una luciérnaga al rozar el perfume de una flor recién abierta.
La monja dejó su aspecto de insecto y se irguió como un ave de rapiña. “¡Habla, niña, habla! ¡Delata, niña, delata!”, chilló con furia. La jorobadita, oculta tras la columna, contenía sus lágrimas como podía y apretaba con fuerza sus manos, rogando por ella más que por la niña.
El ave feroz dio varias vueltas por encima de la cabeza de Amanda, graznando perturbadora a la espera de la defección de sus lealtades. A la tercera vuelta detuvo su vuelo amenazante y, prendida de los marmóreos cabellos de un angelito esculpido en el extremo de una de las columnas dóricas que sostenían la galería superior, dijo con gravedad que la sentencia estaba decidida.
Agitando sus plumas aceitadas, anunció que el castigo se correspondería con la falta. Estaba todo dicho. Y expresado eso, se volvió sombra y se alejó flotando como solo las sombras verdaderas pueden hacerlo, en dirección contraria a Amanda, por el centro del amplio patio que desembocaba en otro corredor iluminado, presidido por una imagen de la Virgen de Luján. Allí recobró su aspecto humano y se encerró en su despacho.
Llamó a Miguel en primer término y luego a la celadora alcahueta. Al padre lo citó de manera perentoria: “Es una falta muy grave”, le dijo sin darle tiempo a preguntar de qué se trataba. A la novicia le indicó que Amanda participaría de la misa de las tres de la mañana, a la que nunca había concurrido ninguna pupila en toda la historia, y solo asistían algunas monjas que, en la clausura vitalicia, decían encontrarse con su Dios.
Le advirtió además que preparara la “alfombra” para que la niña expiara, arrodillada, sus pecados. La celadora rió con verdadera satisfacción: Dios podía hacerse temer hasta con el tamaño de un grano de maíz.
***
VI
Los heraldos negros
Y un querubín desde lo alto de la cúpula
de la iglesia dijo mordiéndose los labios
al observar el sopapo que Miguel le propino a su hija:
“algo tenías adentro que te hizo meter la pata”.
—Amanda, hija, ¿de dónde sacaste estos versos? –Miguel preguntó conteniendo su ira. La niña calló melancólica y dejó que su mirada se perdiera entre los arabescos dibujados en las baldosas del piso del despacho de la Madre Superiora. Si algo presenció castigos y perdones eran esas lustrosas baldosas. Años de reprimendas, años de sinsabores. Qué pies no habrán pisado ese suelo para delatar a la compañera o para justificar un error infantil, para escuchar el reclamo por una deuda o anunciar una expulsión por inconducta. Todos los pasillos conducían al despacho de la Madre Superiora, allí todo se dirimía. Y las baldosas eran las mudas testigos de aquellos sucesos estudiantiles y religiosos. Así que los dibujos lo sabían todo, y no solo de castigos, de reproches, de infidencias, sino de cosas de las que mejor ni mencionar una palabra. Por eso se retorcían en todas direcciones indiferentes a la ira paterna, dibujando frutos, hojas y zarcillos de una vid maravillosa, y asistían con sus rulos a la distracción de la alumna, nada más y nada menos aquella que hacía salir a Bach de entre los tubos del órgano, bajo la complaciente mirada del cura concertista. Miguel golpeaba un librito que rescataron del armario donde Amanda guardaba sus pertenencias. Era uno pequeño, de tamaño inofensivo, barato, de los que abundaban en los cajones de ofertas, con olor a tinta fresca. ¿Cómo supieron de ese tesoro? Tal vez la novicia alcahueta hurgó entre sus ropas, en donde se protegía el poemario impreso en un rugoso papel de color marrón y en cuya tapa un compadrito fumaba bajo las gruesas letras del título del libro. Una mujer de largas y delgadas piernas salía de entre unas sombras dibujadas al lápiz para acercarse al hombre que, de seguro, sería su amor, su macho, su todo. Miguel recorría con la vista la tapa del libro y repetía al compás del movimiento de su cabeza prolijamente peinada “no lo puedo creer, no lo puedo creer, no lo puedo creer”. Tres veces, la misma cantidad de reproches que preguntas la hacía Amanda para fastidiarlo. Tres golpecitos en la rústica tapa, tres reproches.
—¿De dónde sacaste esto, Amanda? Quiero que me lo digas ¡ya! ¡Ya! ¿Entendiste?
—Si papá –respondió inocente a la pregunta.
—Si entendiste, ¿qué esperás para hablar? ¡Quiero oírte! Pero Amanda no podía explicar nada sobre esa crencha engrasada y mucho menos cómo llegó a sus manos. De hacerlo mataría la poesía. No se trataba de la monjita confidente que cantaba a media voz “los muchachos peronistas” y una “Evita capitana” que entonaba imitando a la propia Nelly Omar. Para nada. La jorobadita solo resultó un vehículo para que ella se asomara a un mundo que hasta entonces desconocía, una enviada que despertó un sentimiento que no la abandonaría jamás. Amanda, inocente, se rescató en la poesía. Sin ninguna razón aparente, la niña empezó a enumerar los poemas del libro repudiado. Tal vez fue solo un acto reflejo, un ademán defensivo ante sus acusadores.
—“Fidelidad”, “Barrio Once”, “Barracas”, “Línea 9”, “La cortada de Carabelas”, “Puente Alsina”, “Bajo Belgrano”, “Los Bueyes” –recapituló provocativa–. El que les recité a las chicas se llama “La canción de la mugre”.
—Ah… La canción de la mugre. ¡Qué fantástico! Ahora quiero saber ¿de dónde sacaste estos versos? ¿Quién te los dio? Y es la última vez que te lo pregunto. No hagas que me enoje como nunca antes. ¿Quién te dio este libro? –Amanda continuó el inventario ignorando la pregunta y la amenaza de Miguel.
—“Melena”, “La ex canchera”, “Cacho de recuerdo”, “El vago Amargura”, “Langalay”, “Hermano chorro” …
—¡Hermano chorro! ¡Hermano chorro!
—Si, “Hermano chorro”, ¿vos también lo conocés, pa? –Miguel era gobernado por el asombro. Amanda dedujo el gesto adusto de su padre y prefirió seguir con su lista–. “Don Juan”, “El ñato Cemadas”, “Amasijo habitual”, “El entrerriano”, “Tango viejo”, “Quiniela”, “Floreo”, “Lucio el anarquista” …
—¿Terminaste?
—No papá. –Al hombre le temblaba la mano dispuesta al cachetazo–. “Dijo la grela”, “La engrupida” –Amanda exageró la palabra “engrupida” y miró de soslayo a la vieja monja, quien prefirió esquivar la mirada de la atrevida niña–. “La pebeta de Chiclana”, “La payaso”, “Sor Bacana”.
—¡Sor Bacana! –Gritó desencajada la monja, quien amenazaba desplegar sus antenas para auscultar los pecados de la niña aquella.
—¡Sor Bacana! ¡Por favor! Creo que es suficiente, señor, creo que es suficiente–. ¡No puedo escuchar más! ¡No quiero escuchar más! ¡Sor Bacana! ¡Sor Bacana! Ese es un insulto a nuestra condición. Aquí no hay ninguna “sor bacana”, todos somos siervas de Dios, abnegadas siervas de Dios. Ponemos en manos de Dios nuestro Señor y su Hijo Jesús y el Espíritu Santo y María, nuestra Madre Santísima, nuestras modestas vidas para felicidad de la feligresía, para servir a la misión que tiene nuestra Santa Iglesia Católica, Apostólica, Romana, fundada por Pedro por designio de Dios. Amanda siguió ese relato de la Madre Superiora no sin asombro y Miguel pareció asentir con un leve cabezazo de resignación–. ¡Es una falta de respeto! ¡Es intolerable! ¡Merece la inmediata expulsión!
Merece
La
Inmediata
¡Expulsión!
Así de grande oyó Amanda estas cuatro palabras:
MERECE
LA
INMEDIATA
¡EXPULSIÓN!
La palabra-trueno sonó para que la niña no confundiera las cosas:
¡EXPULSIÓN!
y un dedo del tamaño del odio señalaba la salida hacia un abismo lleno de reproches.
El eco destiló sus sonidos para despejar las dudas, si las hubiera:
¡Expulsión!
¡Expulsión!
¡Expulsión!
La novicia alcahueta repetía gozosa:
¡Expulsión!
¡Expulsión!
¡Expulsión!,
y daba brincos de alegría. No podía contener su entusiasmo dañino. La jorobadita que dio el mal paso, en cambio, lloraba a mares escondida en otra sombra que sabía muy bien disimular su joroba tanto como la otra, la del largo corredor de los fondos del colegio.
¡Expulsión!
¡Expulsión!
¡Expulsión!
Tres veces. Como la trinidad de la Superiora: cucaracha, ave rapaz, sombra. Como las tres preguntas de la alevosía. Como el canto del gallo del que nunca se supo desde dónde cantó. Como las preguntas de Amanda para acosar a su padre. Como los tres reproches de Miguel. Tres. ¿Número mágico? Amanda no tenía respuesta.
—¡No! —gritó la niña, espantada por la amenaza. Trató de explicar que sus versos no faltaban el respeto a la Santa Iglesia Católica Apostólica Romana, ni a la Madre Superiora —ni cuando se metamorfoseaba—, ni a la novicia alcahueta.
Mucho menos a Dios Padre todopoderoso, creador del cielo y de la tierra. Ni a Jesucristo, su único Hijo, nuestro Señor. Ni a María, llena de gracia y bendita entre todas las mujeres, Madre de Dios, la que ruega por nosotros pecadores.
—¡No, Madre, no! —exclamó ante la odiosa mirada de Miguel, que vacilaba en cómo comportarse—. ¡No es una falta de respeto! Es solo una broma del poeta.
—Esta niña no podría ser más atrevida —bramó la Superiora, luchando por no adquirir la horrible forma de cucaracha gigante, o de ave rapaz de pico encorvado y garras filosas, o de enigmática sombra.
—¡Una broma! —repitió, mirando fijamente a los ojos del desconcertado padre—. Llamarnos “bacanas” y no sé cuántas cosas más.
Y Amanda, inocente, no tuvo peor idea que recitar esos versos.
Cusifai, farolera, Sor Bacana ventuda
que das dique a la mersa con tus cosas shoficas
voy a darte un apunte fulero por giluna
a ver si con el justo que te bato te achicas.
Lo hizo solo por demostrar que no atentaba contra la institución religiosa. Un simple verso no declara una guerra ni promete una herejía. Pero Amanda no sabía el poder de la poesía. Muchos años después comprendería aquello de que la poesía es un arma cargada de futuro.
No vio venir el sopapo de Miguel.
Los sopapos son como heraldos negros: traen mensajes oscuros entre sus dedos ennegrecidos. Negras las uñas, negras las rugosidades de las articulaciones, negras las líneas de la palma que se estampa en la cara rosa de la niña buena.
Los sopapos son heraldos de malas noticias, de castigos inmerecidos, de rumores vengativos contra simples poemas. Los sopapos son cicatrices en el alma. Los sopapos no saben de canciones ni de poemas, solo de salmos feos de bocas feas y lenguas espantosas, untadas en betunes que enceran las humillaciones para que dejen sus marcas para siempre.
Dan órdenes patéticas, ¡las imponen! Con sus brutos golpes en rostros infantiles, rosados y fragantes. Los sopapos llegan desde alturas desconocidas: son cuervos de humo, plumas ennegrecidas, tiznes malvados, relumbros brutos, penumbras que atropellan con sus sospechas.
La novicia alcahueta celebró el golpazo, pero la jorobada llevó su mano al pecho, donde el corazón latía extenuante, y murmuró un Ave María. Tal vez de otra María, no aquella convocada para la expulsión de Amanda, sino una consoladora de niñas que recitaban poemas prohibidos.
Jamás le habían pegado. Nunca Miguel y mucho menos su madre. En el instante en que sintió el sopapo sobre su breve rostro pensó en Anita y recordó aquello de “¿qué será de mí si ya no estás a mi lado?”. Pero Amanda calló, definitiva. No lloró ni lo haría. La suerte de sus lágrimas se había echado tiempo atrás.
—Te pregunté muchas veces de dónde sacaste este libro y todavía no escuché tu respuesta —Miguel, enfurecido, no lograba vencer la obstinación de la niña—. ¿De dónde sacaste esos versos?
Amanda bajó la cabeza y dejó que sus ojos se enredaran con los arabescos de las baldosas del despacho de la directora, como cuando ingresó sin sospechar el sopapo que se cernía sobre su cara.
La Madre Superiora, venciendo sus instintos y conservando el aspecto monacal, sin ceder a la tentación de su trinidad que pugnaba por emerger —ya como insecto, ya como ave rapaz, ya como sombra— ansiaba que Amanda delatara a la jorobadita. Estaba segura de que ella, y no otra, había introducido el libro de Carlos de la Púa. Pero la delación nunca ocurrió. La lealtad, en Amanda, estaba en su sangre: don especialísimo que Anita le heredó al momento de su gestación.
La directora se asomó al pasillo desde la puerta de su despacho y llamó a viva voz a la monja jorobada, quien salió de entre las penumbras y cabizbaja se aproximó respondiendo a la orden de la Superiora.
Delante de Miguel, de Amanda y de la monja alcahueta, le preguntó mirándola al fondo de sus ojos:
—¿Usted le dio este libro a la niña? ¡Responda!
—No, Madre, no. No lo conozco.
Le volvió a preguntar:
—¿Usted le dio este libro a la niña? Por su culpa va a ser castigada.
—¡Responda! —No, Madre, no. Yo no le he dado ese libro. No lo conozco.
—Repito, ¿usted le dio este libro a la niña? ¡Responda!
—No, Madre, no. Yo no he sido. No lo conozco.
Tres veces le preguntó, tres veces lo negó.
Le indicó retirar a la alumna y llevarla a su habitación. Ella se encerró en el despacho con el atribulado padre, quien se justificó de todas las maneras posibles y zanjó el asunto sin que se llegara a la expulsión de la niña. Dejó en manos de la monja su castigo. Él aprobaría el que fuera.
Amanda y la jorobadita caminaron en silencio: la niña delante, la monjita detrás, suspirando sinsabores que no llegaban a oírse.
Antes de entrar a la habitación, Amanda le pidió que se acercara con un corto ademán de su pequeña mano. La jorobadita se arrodilló ante ella y se inclinó sin saber qué quería la niña. Sintió los brazos de Amanda rodear su cuello en un abrazo amoroso. Luego, con la boca pegada a su oído, recitó con melancolía:
Para vos estos versos rantifusos
hechos de zurda, sí: de corazón;
como a tu vida triste los impuso
el arruyo de un tango compadrón.
La jorobada lloró desconsolada.
—Voy a confesar que yo traje ese libro al colegio.
—Nunca —dijo Amanda, enérgica y dulce al mismo tiempo, contradiciéndola. Alzó el dedo índice de su mano derecha para ratificar su orden.
—Nunca. Nunca.
La monja escuchó la orden y no encontró modo de resistirse. Asintió obediente, como si el adulto fuera Amanda y ella la colegiala a la que había que ayudar a enfrentar una incómoda contingencia.
Entonces, buscando alivio a su propia congoja, dijo “perdón” y agregó “lo siento”. Pero Amanda le cerró los labios con su mano para que callara. Para la niña, no había nada que perdonar. ¿Qué pecado podía ser recitar un poema, incluso engrasado en la grasa de la vida citadina?
Le enjugó las lágrimas, la besó en las mejillas y la miró desde la profundidad de sus ojos negros. Se despidió sonriendo, como hacía todas las tardes-noches al irse a dormir.
Se dirigió a su cama y se desvistió sin premura. Por primera vez notó que el camisón rosa le ajustaba a la altura del pecho y las caderas. Tiempos de cambios se anunciaban con innecesario apuro. Los primeros signos de la pubertad llegaban sin aviso previo. Así se le presentaba la naturaleza: en una gota de sangre, en el púrpura aroma de su vasija rosa, se obsequiaba trémula, agrandando la vida mientras la fertilidad crecía entre jóvenes células como una primordial semilla.
¡Y toda esa tarde extraña, de completas acrobacias de versos, reproches y sopapo!
Las pupilas con las que compartía la habitación esperaban expectantes algún comentario de la compañera. Pero Amanda llevaba encima todavía el golpe de la mano de Miguel en su mejilla, como quien carga un peso extraordinario del que no encuentra forma de librarse.
Se acomodó en su cama, pensó en Anita y se durmió angustiada.
Recordó los arabescos de las baldosas del despacho de la directora, que se fugaban en todas direcciones entre hojas y zarcillos, ofreciéndole a Amanda un atajo fantástico por donde huir de aquella trifulca de pecado y castigo.
Recordó a la Madre Superiora y las raras metamorfosis que le atribuía. Recordó a la jorobadita que bailaba canturreando “Peerón, Peerón” y lloró a mares el día que murió Evita. La misma que le enseñó la poesía que agitaba sus angustias en un entrevero de guapos y percantas, esas desfachatadas minas fieles de buen corazón, que exhibían atorrantas sus medias de seda con costura, invitando a los ojos de los varones a subir del tobillo a la entrepierna, para agitarse de sudores de solo imaginar la cálida hondura de ese sexo atrevido.
Recordó el sopapo insolente que le marcó el alma con su golpe perfecto. Recordó a Anita, derramándose hasta la muerte por su sangre joven, mientras un recién nacido lloraba fragante en flores de luto la inquietud de una tumba demasiado temprana.
Comprendió entonces de qué hablaban los versos del peruano Vallejo, y supuso que, de haber leído en su infancia lo que leyó ya adulta, habría recitado sincera —como todo lo que hacía en esa época—:
hay golpes en la vida, tan fuertes…
¡Yo no sé! Golpes como del odio de Dios.
***
VII
Tiempo de adioses
Después del incidente de la crencha engrasada, las visitas de Miguel se hicieron cada vez más espaciadas. Al principio del pupilaje, poco después de la muerte de Anita, cuando Amanda ingresó como interna, sábado por medio él llegaba hasta el colegio y la retiraba para llevarla a pasear.
Alguna vez fueron al Jardín Japonés, donde el meticuloso origami se desplegaba parsimonioso ante la mirada curiosa de esa niña que se desvivía por comprender pliegues y repliegues que daban forma a pájaros, insectos, flores, rostros. Un japonés, que llevaba tatuado en un brazo el espectro enigmático de un dragón del que caía una lágrima de arena roja, le regaló una flor de tamarindo confeccionada con un secreto papel cuyo perfume evocaba un solitario incendio de aromas de un oriente poblado de misterios.
Más tarde, tras huir de la casa de Eriseta, en un encuentro con Jorge antes de despedirse definitivamente, Amanda le entregó esa flor dentro de una cajita de amatista labrada por un artesano cuyo nombre nunca supo, obsequio que había recibido en nombre de alguien desconocido.
En otra oportunidad visitaron el Museo de La Plata, inmensa catedral donde todo lo humano —fuego, piedra, martirio, acechos— se transformaba en alhaja exhibida bajo la astuta mirada de sacerdotes disfrazados de lanzas y macanas. Pasaban desapercibidos para el común de la gente, pero no para Amanda. Cargados de sueños fabulosos, los augures atendían los resplandores de su pasado para que no perdieran su sagrado sentido, y observaban desde sus lejanías de vara de madera mineral y estaño puro a los visitantes que deambulaban asombrados por las orillas de ese tiempo revelado en forma de semilla, de sepulcro, de rituales iracundos, cuando los corazones eran arrancados del pecho mismo de los condenados de la tierra.
En las inmensas naves de mármoles lustrosos, las incertidumbres de unos huesos descomunales la llenaron de suspenso. Unas momias acurrucadas contra sus propios huesos parecían reflexionar sobre el triste destino de su suerte, mientras escalofríos de oro y plata salían de sus resecos orificios repitiendo el diezmo secular por el que fueron sepultadas en vasijas con forma de lágrimas. Guerreros invasores las arrojaron a un larvario fabuloso, persignándose repetidas veces e invocando al Dios de la conquista.
En otra ocasión pasearon por los lagos de Palermo, donde aves de plumas deslumbrantes flotaban como amorosas espumas sobre las aguas oscuras rodeadas de senderos. Amanda pedaleó con entusiasmo un bote que se movía a fuerza de piernas, salpicando a Miguel y mojándole las ropas en medio de una jarana contagiosa que se extendió por todo el lago, como si los paseantes hubieran sido poseídos por el espíritu travieso de esa niña de ojos negros.
Pocas veces —podía contarlas con los dedos de una mano— la llevó a visitar a su hermano, a la casa de la abuela paterna, sobre una calle laminada de tierra y piedra y maderas que se pudrían con las lluvias estacionales. Allí los árboles sostenían sus rumores agigantados por el tamaño descomunal de las ramas, que año tras año se organizaban en un gesto nupcial, abrazándose unas a otras en una verde bóveda imposible de imitar por la mano humana.
Era ver a la hermana para que el niño se transformara de alegrías y adquiriera un parecido extremo con Anita, tanto que al propio Miguel lo dejaba exhausto de melancolía contemplar en ese pequeño rostro el reflejo de la joven mujer muerta. Eriseta siempre estuvo ausente en esas oportunidades, algo que aligeraba las angustias de Amanda.
Por entonces, todavía percibía amoroso a Miguel, casi tan paternal como en la casita de madera canadiense en el suburbio próximo a la capital. Pero el asunto de los versos cambió las cosas de manera indudable, aunque Amanda sospechó que ese cambio ya estaba presente y que el disgusto por el poemario de Carlos de la Púa solo fue el pretexto necesario para justificar el alejamiento.
No fue un proceso rápido ni fulminante. Por el contrario, fue lento y desgarrador. Hacía tiempo que Amanda percibía en él esa condición de forastero con que se le presentaba en cada encuentro. Lo captó casi al instante en que murió Anita, cuando lo abrazó para que llorara sobre su diminuto pecho, como si algo primordial se hubiera modificado en Miguel a partir de la pérdida de su esposa.
Amanda consideró por algún tiempo que, seguramente, el dolor por la muerte de un ser amado podía inducir en las personas un cambio tan rotundo como el que comprobaba en su padre. Sin embargo, ella no había experimentado esa transformación. Por el contrario, tras la muerte de Anita, el amor por Miguel, como por su hermano Jorge, creció vigoroso.
En Jorge encontró correspondencia en aquel ademán de alegría que le transformaba el rostro hasta adquirir las formas gráciles de la madre. En su padre, no: tal vez por aquella equívoca transustanciación de la arcilla substancial que debía hacer al hombre amoroso y no de piedra o de desierto.
A medida que creció, la sensación de abandono de Amanda se hizo más fuerte y las visitas menos frecuentes. Cuanto más se hacía mujer la muchacha, más extraño y desconocido se volvía el hombre, como si el simple hecho de crecer fuera para él una desgracia insoportable.
Amanda llegó a creer por un tiempo que su temprano ingreso en la adolescencia fue el motivo decisivo de su alejamiento. Estaba muy frustrada por su metamorfosis. Ocultaba su cuerpo entre amplias y ridículas ropas para disimular los pámpanos de sus senos, sus redondas caderas, sus lanceolados muslos.
Cuando menstruó por primera vez, un fatalismo potente la embargó hasta las lágrimas. Alguien le advirtió que nunca se atreviera a comentar el suceso a su padre, porque ese era un pecado que Dios difícilmente disculparía. Se llenó de remordimientos. Por ello solo lo habló con la jorobadita, como una confidencia entre verdaderas hermanas.
Una patética vergüenza la acompañó durante los días previos a las ya escasas visitas, y de solo pensar en el asunto le daban náuseas y le provocaba angustias como nunca antes había padecido, ni siquiera con la muerte de su madre.
Las monjas se ocuparon de alimentar sus padecimientos. La advirtieron de los peligros de los rumores del sexo que aparecía en las mujeres con esa forma de sangre entre las piernas, mancha y germen de pecado, dolores espesos en el vientre, mientras un áspero perfume de grito solo podía consolarse en el rezo constante y en el difícil perdón divino.
Se refugió en la música, como años después, despojada de todo, se refugiaría en la poesía. Con el tiempo abandonó ese estado de perturbación que le provocó su transformación y empezó a apreciar la belleza de su humanidad y la sensualidad de sus formas.
A la jorobadita dejó de verla con frecuencia. La enviaron a servir a las monjas enclaustradas, donde no podía pronunciar palabra sin permiso de la priora. Allí se olvidó del rítmico “¡Peerón! ¡Peerón!”, porque tras el susurro partidario llegaba el maíz con sus afiladas púas sobre la ríspida alfombra de cáñamo trenzado a mano. De su “Evita capitana” mejor era ni mencionarla: la “perona”, como cínicamente la apodaban, era aborrecida en silencio por esas mujeres de trajes sulfúricos envueltas en espirales de lamentosos suspiros.
La Madre Superiora se esmeró en su venganza y supo cómo consumarla contra las dos compinches. A la monjita, el cambio de tarea le significó un destierro interior; a Amanda, una soledad extraordinaria.
A medida que el tiempo transcurría, su percepción de los asuntos del colegio fue cambiando, y con ello su modo de ver a todas las monjas, incluso a la directora. Tal vez por eso fue perdiendo para ella el aspecto de cucaracha con que la asociaba en ciertos momentos, cuando correteaba de aquí para allá en busca de alguna ventaja. Pero en cuanto a su condición de ave rapaz, esa sí que no la perdió nunca: merodeaba a las pupilas agitando sus negras alas y esperando la oportunidad de prender a alguna infractora con sus punzantes uñas.
El cura concertista se transformó en su augur y era quien impedía que las monjas agriadas echaran a perder ese fruto milagroso de la música. Era el único que se atrevía con la Superiora, a quien trataba como a una sirvienta cuando ella intentaba hacer valer su condición de directora de la institución.
El viejo contaba con el respaldo del propio Obispo, que se deleitaba en privado con las ejecuciones del cura concertista. Entre nota y nota, le habló por primera vez de aquella niña prodigiosa, su discípula mejor considerada. Con esa sola mención, la puso a salvo de las hostilidades del monjerío.
Los progresos musicales de Amanda los disfrutaba como al propio amanecer entre los pálidos perfumes del barro del río majestuoso, que con frecuencia observaba desde el muelle de los pescadores en la costanera, mientras unos muchachotes de caras redondas y músculos fibrosos sacaban bagres del tamaño de una hogaza de pan, con los que se prometían un chupín extraordinario.
Todos los días, todas las tardes, profesor y alumna se congregaban en el piso superior de la iglesia, donde reposaba el órgano, para sus interpretaciones. Ya no se trataba de escalas y ejercicios repetidos hasta el cansancio: habían dejado su lugar a preludios, fugas, tocatas, ejecutadas a dúo con singular maestría.
A medida que semifusas y corcheas sonaban, subía desde los tubos del órgano un misterio de amor, una estirpe de esperanzas que permanecía como rumor selvático en las simetrías de la cúpula. Luego, se producía el asombro de un rocío de notas que descendían como bendición medicinal. Entonces sonaban gotas de música en esa cavidad sagrada de la iglesia fragante de inciensos. Las velas, ante el altar mayor, hincaban sus llamas reverentes y ardían como partículas del alba antes de la hoguera del amanecer, cuando todavía algo de luna empavonaba la naciente aurora que se abría paso entre nubes rasgadas por tajos violeta que traía el capricho del viento del sur.
El cura concertista palpitaba esa música. A cuatro manos, hombre y muchacha sonaban una melodía planetaria con entusiasmo ritual y extraían de los marfiles del teclado del órgano exuberante armonías y contrapuntos que se abrían paso cantando como loros sagrados, esparciendo sus voces entre la ingeniería de la máquina de la música, la máquina de Dios, como la llamaba el hombre para distinguirla de todas las otras creadas por el Hombre.
Entusiasmados en el pequeño huracán de arpegios y tresillos, sus dedos tornaban en rojas riendas de alambre, y mientras Amanda adquiría el color de los misterios, un azul de vendaval espeso como de agua y viento, el cura mostraba su cogote enrojecido y tumefacto de contorsionarse embelesado por la fragancia audaz que la música dispersaba.
A medida que los sonidos crecían como un inagotable magma ritual, del órgano gigante brotaba una selva de cañas de estaño puro y opaco plomo, que emergían como hocicos a la superficie de un imaginario lago de sonidos hacia la curva redonda de la cúpula con forma de medusa, en la que se incrustaba una cruz que ardía fosforescente por llegar con sus finos estambres de luces.
Las notas volaban, pura bandada de aves magistrales, insinuándose en un archipiélago de brillos, amontonadas a poca distancia de un pedal que ejercía su jerarquía ronca y poderosa.
Amanda sujetaba los hilos de oro de un pentagrama tan salvaje como sagrado, y solfeaba soñolienta las palpitantes notas estampadas en él, con los colores que nacían de donde solo se escucha la voz de las piedras, la voz de los árboles, la voz de la vida.
Llegó el día en que el cura concertista dio por terminada su maestría. Se quedó dormido en su camastro del claustro, donde pasaba las horas en que no estaba atendiendo la música. No despertó esa mañana. Quienes asistieron a su muerte dijeron que sonreía complacido. Ellos lo atribuían a la gracia de Dios, pero en realidad era el placer de la última música con Amanda, guardada en su memoria.
Las monjas le comunicaron la noticia hasta con alegría, ignorantes, esperando que llorara.
La muchacha pensó, como en aquella oportunidad cuando Anita murió: “¿qué será de mí si ya no estás a mi lado?”. Fue el momento en que comprendió que ya no tenía lugar en esa especie de orfanato envuelto en inciensos falsos. El momento de su partida no llegaría de inmediato, pero tampoco habría de esperar a que todos sus frutos se echaran a perder.
Había comenzado el tiempo de los adioses.
***
VII
¿El Señor es contigo?
Las calles sonaban de lágrimas; a la intemperie, los ojos convertidos en huecos vacíos de luz y de esperanza miraban sin poder creer lo que veían. Los altares, como erupciones asustadas, brotaban rabiosos por doquier para llorar la amargura de esa impensada muerte.
—¡Ha muerto Evita! —gritó la jorobadita, que tenía prohibido hablar en ese claustro de oscuridades, desde una ventana que daba al patio central del colegio. Amanda vio salir de la boca de la Hermana esas tres palabras como tres rudos piedrazos, golpes tan fuertes como del odio de Dios.
“Ha muerto Evita”: tres sencillas palabras. Tres, el número trágico. Tres golpes del destino. Tres veces te negará Pedro antes que cante el gallo. Tres preguntas sin respuesta. Tres veces tres. Treinta y tres, la edad de la muerta. “Como la de Cristo”, se dijo al pasar, sin que sirviera de consuelo.
Las flores, como meteoros de infinitos colores, lucían a lo largo y a lo ancho de las calles, vaciando de grises la ciudad de las lágrimas.
Sonaban los llantos en las cuatro latitudes. Amanda no se resistió a aquel murmullo luctuoso que subía por las avenidas y llegaba al colegio trepando las paredes, humana turbulencia de congojas sinceras. Lágrimas de rudos proletarios: roca y diamante, metal y espuma.
Vio a la monjita llorar sin remedio, mientras otra vieja rezaba una oración indescifrable y besaba una estampita prodigiosa con una siempre rubia y sonriente santa iluminada.
De la lágrima a la lágrima, del dolor al dolor, de la vida a la muerte.
Alguien hizo sonar una música fúnebre, una escalada de espinas entre el trueno enrarecido de los sones. Fueron violines en cautiverio los que despedían la brevedad de esa primavera de los desposeídos. Se dijo sin voz, sin paz, hundiendo apenas la lengua en las palabras: “Llena eras de gracia. ¿El Señor es contigo?”.
“Han muerto todos los jazmines”, se oyó gritar desde la amargura de un campanario en sombras, recinto agotado de flores y estandartes. “Han muerto todos los rosales”, y no una muerte sino todas, juntas, en ese justo momento, en racimos de muertes. “No habrá más primaveras”, lloraron espantados.
La muchedumbre rezaba, palpitando un océano de lágrimas bajo el desvelo de una lluvia de fríos y lamentos. Eran los mismos seres que habían llegado entonces a lomo de pisadas de gastados zapatos, kilómetros de caminata desde los suburbios lejanos, donde ella misma había nacido, y se lavaron las patas en la redonda fuente de la histórica plaza. Miraban absortos el tamaño descomunal de esa desgracia, recién llegados desde los barrios como entonces.
Repetían tres veces, como sonámbulos:
“Ha muerto Evita.”
“Ha muerto Evita.”
“Ha muerto Evita.”
Y cada uno se interrogaba entre sus angustias tres veces: “¿qué será de mí si ya no estás a mi lado?”.
Por un corredor estrecho y desconocido, el monstruo de mortajas afilaba sus puñales, al tiempo que sonreía “¡Viva el cáncer!”, y esperaba agazapado el momento seguro para lanzar sus crímenes desde el mismísimo cielo y extenuar la sangre de los esperanzados bajo un racimo de bombas increíbles. La muerte llegaría entonces volando en sus alas coléricas, en sus vientos de ira, en sus odios mortales.
***
VIII
Todo termina
Miguel no estaba despreocupado, aunque su ánimo tampoco podía llamarse angustioso. En su automóvil, sin apurar la marcha, se dirigía hacia el colegio para visitar a Amanda tras muchos meses de ausencia. La tarde estaba clara y calurosa, el cielo completamente despejado.
Un viento alegre cruzaba la ciudad de lado a lado y entretenía a los paseantes con sus silbidos menudos, nacidos entre las hojas de los árboles. El olor del río llegaba desde sus orillas e impregnaba el paisaje. Miguel aspiraba con placer ese perfume distintivo de Buenos Aires, que lo hacía recordar su infancia: los días de calor en pleno verano, cuando la familia chapoteaba en las aguas del Río de la Plata, iluminado por el sol y más ancho y majestuoso que en otras estaciones.
Las noticias sobre su hija alentaban tanto dudas como certezas. Confiaba en los datos que le había transmitido una informante acostumbrada a narrar los hechos con objetividad —virtud escasa entre las alcahuetas consagradas a Dios, siempre prendidas de algún milagro o suceso esotérico—, y esperaba que lo ayudaran a evitar contratiempos con la muchacha. Las cosas no venían bien entre ellos, y eso era exclusiva responsabilidad suya. Aunque Amanda nunca le reprochó su abandono —porque realmente lo amaba—, la situación lo dejaba siempre expuesto ante su hija.
Al saber de la metamorfosis de la niña, sintió como si Anita le respirara en la nuca, exigiéndole otro tipo de comportamiento. Aunque se justificaba en su trabajo y en el aumento de sus obligaciones, sabía de sobra que no había puesto el empeño que merecía la atención de Amanda.
A medida que se aproximaba al internado, esa sensación viscosa que le producía la memoria de Anita cuestionando sus descuidos se volvía más intensa y provocativa. Ese día, como nunca antes. No lo consideró una premonición, pero debió reconocer que la fuerza de esas sensaciones era distinta a la de otras ocasiones.
No era supersticioso, y bajo ninguna consideración creía en eventos extraordinarios producidos por espíritus insatisfechos. Pero era incapaz de negar que la presencia de Anita había sido constante durante todos esos años en que envió a Amanda al pupilaje, y en el último tiempo se había hecho más fuerte que nunca. Desde la ausencia lo presionaba como si estuviera de cuerpo presente.
Eriseta lo ridiculizaba por ese sentimiento y le exigía deshacerse de esa sensiblería que lo desestabilizaba. “Anita está muerta” —repetía, como si se tratara de un suceso intrascendente—, y de ese estado no regresaría jamás para estar a su lado. Mejor sería que se buscara una buena mujer que supiera atenderlo como correspondía y dejara de desperdiciar sus años mozos en recuerdos y recriminaciones.
Su madre insistía en que, por sus responsabilidades, tenía el deber de evitar toda perturbación ajena a sus obligaciones, toda preocupación innecesaria, y que ese cuidado debía ser una obligación autoimpuesta, un autocontrol. Un error en una apreciación, una orden incorrecta, una decisión a destiempo, y toda una carrera dedicada a la Agencia podía venirse abajo sin remedio. “Hay mucho hijo de puta suelto esperando tu caída”, lo advertía. Y sugería no distraerse en asuntos que no merecían mayor atención. “Dejá que los muertos descansen en paz”, concluía sus peroratas con esa recomendación.
Cuando estaba de mal humor —algo bastante frecuente en ella— volvía sobre los argumentos que una infinidad de veces le había repetido: “Solo debés preocuparte por dedicarle más atención a Jorge en vez de hacerlo por una muchacha que no es de tu sangre.” Y agregaba que si Anita era un espíritu tan noble como él la presentaba —dicho con descarado cinismo—, como madre comprendería sin recelos que toda la fortuna de la que gozaba el niño justificaba las decisiones tomadas sobre Amanda. A cada uno lo que se merecía. Nada más justo. No hacía falta que volviese con aquello de “al César lo que es del César…”
Por otra parte, el internado de una muchacha en una institución religiosa era moneda corriente en esa época. Si hubiese nacido varón, habría ido a dar a la Escuela Militar.
¿Quién prepararía mejor a una mujer para su futura misión de esposa, madre y ama de casa que las virtuosas monjas, dedicadas solo a Dios, sin conocer otro amor que el de su vocación religiosa?
Las vidas de los “medio hermanos” Amanda y Jorge, sostenía Eriseta, se bifurcarían irremediablemente en direcciones muy diferentes, y contra eso no había voluntad humana —y menos la de un inexistente espíritu— capaz de modificarlas. Miguel aceptaba resignado ese augurio, aunque lo contradecía la alegría que embargaba a Jorge cada vez que estaba con Amanda: buscaba sus brazos, sus besos, sus caricias y, sobre todo, sus canciones.
En el viejo piano del abuelo, Amanda tocaba melodías que embelesaban al niño, en cuyo rostro se adivinaba el de la madre. Lo más notable era su sonrisa: los labios calcados, el color vital y el sonido franco de quien ríe con toda la boca. Esa risa desmoronaba a Miguel sin necesidad de palabras ni gestos de desagrado entre los dos niños.
Eriseta nunca aceptó que Miguel le achacara haber insistido con el internado “para sacarse de encima a la chica”. Detestaba que su hijo adoptara ese tono culposo, que solía emerger tras algunas copas de más.
—Desgraciado de mierda —decía, acentuando cada sílaba para que su reproche sonara más hiriente—, ¿acaso vos te opusiste en algún momento al internado?
No, claro que no lo hizo, y Miguel lo sabía perfectamente, aunque se justificara con otras razones. El insulto lo repetía varias veces, una tras otra, para que cada vez sonara más cruel. Y le recomendaba que, si iba a beber para poder llorar, lo hiciera con bebidas más baratas, no con sus delicados y costosos licores importados que él nunca pagaba. Para “moquear como una chinita que el patrón dejó embarazada”, lo mejor era el vino tinto barato, la botella de litro, de taninos poderosos capaces de hacer lagrimear al más pintado y torcer el humor de cualquier borracho, incluso de los más sentimentales. “A llorar a la iglesia, m’hijito”, remataba, y guardaba los licores bajo siete llaves.
Cuando Miguel insinuó por primera vez que Amanda había sido internada por insistencia de su madre, Eriseta no lo dejó concluir: lo interrumpió encolerizada. Lo tildó de “idiota” y agregó, para que no quedaran dudas:
—Te queda muy feo ese papel de pelotudo que venís a representar cada vez que te agarra un sentimiento de culpa. Si yo soy el origen de todos tus males, agarrá tus cositas y andate a esa casita de mierda que tenés en el suburbio, donde viven los bolitas amigos tuyos. De paso saludá de mi parte a las fulanas que te cuidan el jardín de tu queridita esposa, las parientes del Führer. Deciles que les manda saludos una aliadófila de la primera hora.
Como acostumbraba, Miguel calló tanto por no discutir como por cuidar sus propios intereses. Sobre bolivianos, pro nazis y aliadófilos no valía el menor comentario. La guerra ya había terminado y la unidad sudamericana estaba demasiado lejos.
Sobre los asuntos familiares tampoco iba a polemizar con Eriseta. Después de todo, solo él conocía las verdaderas razones y sentimientos por los que permitió que fuera su madre quien se ocupara del niño —con esas nurses que la Agencia le puso a su servicio para que pudiera continuar con sus tareas— y por qué mandó a Amanda al internado. Sabía administrar tanto sus palabras como sus silencios.
Solo en una oportunidad Miguel habló de Amanda en términos que nunca volvió a repetir. Fue una tarde perdida, en presencia de las nurses, quizá porque quiso que alguien pudiera dar testimonio de sus palabras.
Mirando a los ojos de su madre —que le sostuvo la mirada sin pestañear— dijo que al dejar pupila a Amanda, lejos de la familia, la había salvado de cualquier contingencia desagradable. Y que, a diferencia de ella, que apostó al internado por desamor, él lo hizo únicamente para protegerla de personas peligrosas. No se refería a Asmodeo, con quien jamás hubiera despachado a la muchacha, sino a quienes sabían demasiado, hablaban demasiado y eran capaces de usar algún secreto para perjudicarla definitivamente.
Eriseta se desentendió de esa confesión. Sabía con exactitud que no hablaba del pervertido de su consuegro. Comprendía de qué le hablaba Miguel, pero prefirió dejar pasar el comentario para no enredarse en una discusión que podía resultar más que desagradable.
El fantasma de Anita rondaba con su prontuario a cuestas, y el hombre blandía su dedo índice en señal acusatoria, murmurando entre dientes unas frases en clave que las nurses intentaron registrar. Informaron que no pudieron memorizarlas por lo extensas que resultaron y porque su fonética les era incomprensible.
Luego, como si no hubiera pronunciado palabra, Miguel volvió a sus asuntos y las nurses al suyo, informando por escrito a sus superiores. Un director trazó un grueso signo de interrogación con lápiz rojo en el margen de su legajo, junto al informe de las nurses sobre la supuesta clave, reproducido con preciosa caligrafía.
El único que comprendió, años después, el significado de esas palabras fue “Pérez y Pérez”. Abocado a investigar ciertos asuntos vinculados a La Reliquia y al funesto desenlace de la operación en que debieron acabar con la vida del Ilustre, halló esa clave anotada en una esquela que se conservó en perfectas condiciones.
Sonreía en soledad imaginando qué le hubiese dicho la tempestuosa y asesinada Eriseta al enterarse de sus pesquisas: “Déjense de remover mierda vieja.” Una expresión que cuadraba a la perfección con sus intempestivas reacciones cuando algo la desagradaba. Y convenía consigo mismo que algo de eso siempre se piensa al volver sobre asuntos del pasado. Pero el pasado no permanece siempre en el mismo lugar.
Para cuando las investigaciones de “Pérez y Pérez”, todos los protagonistas habían muerto hacía mucho tiempo, incluso Jorge, el menor de los hermanos, de quien lo único que se supo fue que murió demasiado joven de un infarto, producto de su vida desordenada. Amanda, anciana, ya se había suicidado arrojándose bajo las ruedas del Sarmiento en la estación Liniers. No había posibilidad alguna de lograr su testimonio, ni siquiera por el placer de acceder a esos pormenores. Y poner en riesgo el honor de algunos conspicuos miembros de la Agencia —que habían fallado de cabo a rabo en todo aquello— no estaba entre sus preocupaciones.
El signo rojo de interrogación quedó en el margen izquierdo de un legajo amarronado por el tiempo, estampado junto a la curiosa clave alfanumérica. Era la señal crucial de peligro, como la advertencia que exhibe una alimaña venenosa, llamando a la precaución frente a las pretensiones de rescatar del pasado acontecimientos que no se comprendieron en su momento y de los que muchos preferían no mencionar ni una palabra.
***
IX
Como la décima musa
Fue una monja —la informante de la Agencia en la que confiaba Miguel— quien lo puso al tanto de los progresos de su hija. Era una petisa que, vista a cierta distancia, parecía enana: algo cabezona, de manos y dedos regordetes. Siempre rondaba a la Madre Superiora como rémora dedicada a cuidar la higiene espiritual de la directora, igual que aquellas que se prenden a los tiburones exuberantes que merodean los mares del mundo.
Iba y venía con su pequeña monja compinche desde una habitación cerrada, a la que nadie tenía acceso salvo ellas y la Superiora. De allí solían sacar una tarima que la directora usaba para dirigirse al alumnado en ocasiones extraordinarias.
Sobre lo que se guardaba en ese recinto corrían innumerables versiones. Algunas aseguraban que allí habían sido recluidas monjas atrevidas que habían tenido relaciones con curas calenturientos. Mientras a ellos les imponían penitencias menores en una alegre propiedad campestre del Arzobispado —para reponerse del pecado carnal y retomar el camino probo de los siervos del Señor—, a ellas les tocaba el claustro definitivo, donde morían disecadas, reducidas a pecaminosas momias de hábitos negros. Las más crédulas afirmaban que sus jadeos aún se oían, lúbricos, en las noches calientes del verano porteño, cuando resonaban las voces sacerdotales recitando versos prohibidos de los Borgia.
Lo primero que la monja informante transmitió a Miguel fue una advertencia: la niña ya no era niña. Había adquirido un aspecto femenino y grácil, y hasta la fisonomía del rostro le había cambiado. No podía asegurarle hasta dónde también había cambiado su carácter, pero sí que esos cambios no concernían solo al cuerpo, sino que comprometían hasta el alma de la muchacha. Se la notaba adusta, replegada y silenciosa. Estaba demasiado delgada, comía poco y lo poco que comía lo vomitaba con frecuencia.
Se dedicaba por completo al estudio de la música. Hasta la muerte del cura concertista, esa disciplina ocupó la mayor parte de su tiempo, aunque nunca descuidó las demás asignaturas. Era una alumna aplicada que sorprendió a todos cuando habló con cierta gracia en francés con una monja francesa radicada en el país por razones nunca explicitadas. No dominaba el idioma, pero dejó claro que con algo de dedicación lo hablaría sin inconvenientes. De su conocimiento de inglés nadie supo por entonces.
En música había adquirido un dominio extraordinario. En El clave bien temperado centraba sus preocupaciones y, como le enseñó su viejo maestro, dedicaba largas horas a leerlo como si se tratara de un poema de Schiller o del Dante, degustando compás a compás la obra del amigo Bach.
La Madre Superiora, llevada por sus instintos, dio por terminado el incidente de la crencha engrasada y pasó a tratar a Amanda con cierto aprecio, aunque no fuera más que impostura. El cambio fue tan notable que hasta las monjas más despistadas, abocadas a la limpieza de los claustros, lo notaron.
Amanda sospechó de aquella conmutación y desconfió con razón. De ser considerada apóstata, casi una perversión entre las infantas, pasó a ser, si no una mimada, alguien por quien la Superiora mostraba celo y preocupación. Cuando sus obligaciones se lo permitían, reclamaba de la muchacha algunas interpretaciones, casi siempre obras del viejo Bach, quien nunca abandonó a su joven organista. A cambio, la Superiora hizo rescatar un piano de aquel misterioso recinto del que las monjas enanas extraían todo tipo de cosas.
Ordenó trasladar el instrumento a una habitación apartada, una tarde en que las internas estudiaban catecismo. De todos modos, el extraordinario oído de Amanda le permitió escuchar el suave vibrar de unas cuerdas, lo que despertó su curiosidad. Estaba segura de que se trataba de un piano, aunque no sospechaba su destino.
La tarea de la mudanza fue confiada a unas monjas musculosas: dos alemanas que hablaban con dificultad el castellano. Tenían una fuerza descomunal, y lo que más impresionaba a las demás era el tamaño de sus manos y el grosor exagerado de sus dedos. Apenas con un chasquido rompían el cogote de las gallinas cuando el menú proponía puchero.
Romperles el pescuezo era casi un pasatiempo para ellas, que incluso competían por ver quién mataba más y más rápido. Contra lo que podía suponerse, las aves marchaban como hipnotizadas hasta ponerse al lado de cada una de las mujeronas, esperando su turno de ejecución con una calma pasmosa que asustaba a las cocineras, siempre dispuestas a esquivar a las dos mastodontes.
Todas llevaban grabada la mirada ausente de las pobres gallinas, advertencia involuntaria de los reparos con que había que tratar a aquellas gigantes. Saludarlas, solo de lejos; darles la mano, jamás; y esconder el pescuezo todo lo posible, pegando el mentón al pecho para ocultarlo casi por completo.
Habían llegado ya mayores desde Alemania, después de la guerra, y nadie sabía muy bien cómo terminaron recluidas en el convento. El comentario que corría era que en realidad habían sido soldados, quizá comandos de la Wehrmacht o de las tropas de asalto de las SS. Tal vez ni siquiera fueran mujeres, aunque nadie se hubiera atrevido a sondear sus entrepiernas por temores comprensibles. Pero, aunque lo fueran, tenían que haber sido soldados de los más bravos, acaso de alguna unidad dedicada al exterminio de judíos y comunistas, los más odiados.
Nada de eso se comprobó jamás. Cuando los rumores llegaban a oídos de la Madre Superiora, ella los contradecía diciendo que, por el contrario, por su condición de campesinas habían estado apartadas de los avatares de la guerra. El Führer las quería produciendo alimentos para sus tropas: en el este, donde caían bajo la ofensiva rusa tras la derrota de Stalingrado, y en el oeste, donde, luego del triunfo de Stalin, los aliados retomaban su avance hacia Alemania. Necesitaba tanto armas como comida, y esas mujeronas sabían de producir alimentos, no de municiones ni de estrategia militar. Cómo habían alcanzado la investidura de sus hábitos era algo que solo sabía el arzobispo.
En el colegio cumplían tareas que el común consideraba propias de hombres. Cuando alguien se los hacía notar, las alemanas exhibían sus bíceps y reían a carcajadas. Se palmeaban a dúo, en perfecta sincronización, los duros glúteos y los voluminosos muslos, que sonaban macizos, describiendo un caprichoso ejercicio de gimnasia acrobática. Para demostrar su fuerza levantaban pesos extraordinarios: dos bolsas de papas de cincuenta kilos cada una, una en cada mano, hasta alzarlas por encima de sus cabezas; o una de las interminables mesas de dura madera donde unas veinte internas comían cómodamente cuatro veces al día.
A Amanda le recordaban a sus vecinas, salvo por la diferencia de tamaño: aquellas eran pequeñas, aunque robustas, y estas verdaderas gigantes de rubias cabelleras. Las vecinas nunca hicieron muestra de fuerza extraordinaria, pero sí de una obsesión por la limpieza. Limpiaban y limpiaban con desusado esmero la casa, y hasta lustraban con kerosene la vereda, la única que relucía en todo el villorrio. Ese brillo mereció el comentario de vecinos de otros parajes, que oyeron hablar de la vereda espejada de un chalet de maravillas, donde vivían dos gnomos gruñones que hablaban una lengua incomprensible.
Cuando el piano estuvo dispuesto en la habitación que la Superiora había seleccionado —y que mandó limpiar por las dos monjas enanas— llamó a un feligrés de cuya condición de afinador estaba segura y le pidió que lo pusiera en condiciones.
El hombre, un gordo risueño de mofletes rojos como la punta de su narizota, tomó con caritativo esmero el pedido porque lo consideraba una distinción que la monja le hacía en tributo a su fe cristiana. Nada más lejos de la verdad: ella sabía que no tendría que pagarle ni un centavo por sus servicios. El hombre lo tomaría como una nueva y generosa contribución al fondo de caridad de la Iglesia, donde aportaba regularmente sumas más que importantes.
Cada tanto, mientras afinaba con absoluta concentración bajo la mirada de la Superiora, repetía que hasta del propio Teatro Colón era convocado para la afinación del piano del célebre coliseo.
Cuando terminó su trabajo, las monjas enanas lustraron las maderas hasta hacerlas brillar como nunca antes, y la limpieza de los marfiles fue tan minuciosa que parecían nuevos. Culminada la reparación, la Superiora mandó a las dos monjas a buscar a Amanda, y juntas se dirigieron a la “habitación del piano”, como se la llamó desde entonces.
Al verlo, Amanda se sintió conmocionada. Temió preguntar por qué había sido convocada y llevada allí, interrumpiendo su obligada lectura del catecismo.
—Recuperamos este piano para usted, Amanda —dijo la Superiora sin mirarla, despreocupada de la interrupción de la hora de estudios teológicos.
—¿Para mí? —la pregunta de Amanda sonó intensa, tanto como la duda que la ganaba sobre aquella repentina generosidad.
—Vendrá un nuevo organista, y lo mejor es que usted dedique sus esfuerzos al piano. Este hombre ya nos dijo que no permite que nadie ocupe su lugar. Parece que su predecesor —su maestro, me refiero —le habló maravillas de usted, tanto que al nuevo profesor le parecieron desproporcionadas. Le habló como si fuera una niña prodigio, una revelación de Dios al alcance de la mano, recluida en este colegio. Pero no logró convencerlo. Creo que, si el mismísimo Bach se lo hubiera dicho, tampoco lo habría aceptado. La envidia puede volver muy descreída a la gente. Él no la dejará ejecutar ninguna obra en el órgano del atrio.
Amanda escuchaba sin realizar el menor gesto, lo que desorientaba a la Superiora, que esperaba una reacción acalorada, un rezongo o algunas lágrimas. Ignoraba que Amanda había dejado de llorar hacía años: toda esa perorata no la movía ni al odio ni al desencanto, y mucho menos al llanto.
—No estamos en condiciones de permitir una rivalidad entre un profesor designado por el señor arzobispo y una pupila —continuó la Superiora—, aunque nuestra alumna promete ser una eximia concertista, lo que significaría mucho para el prestigio de esta casa de Dios. La solución más ecuánime, de acuerdo con lo indicado por su Ilustrísima, es dejarle la condición de único organista al nuevo maestro y ofrecerle a usted este piano, propiedad de la institución, que nadie ha usado en años.
Amanda podría haber preguntado muchas cosas, pero en esos años de internado había aprendido que no resultaba útil cuestionar decisiones ya tomadas por otros.
Sus sentimientos eran encontrados. Por un lado, estaba sinceramente decepcionada: un arribista recién llegado le prohibía ejecutar el órgano con el que había aprendido todo de su viejo maestro. Por otro, el piano relucía invitándola a acariciarlo. El ambiente era amplio y confortable, y la acústica, aunque no comparable con la de la iglesia, era lo bastante buena como para resultar adecuada.
Amanda se sentó al piano y ejecutó una breve gavota de Bach. Luego, sorprendiendo al reducido auditorio, interpretó el primer movimiento de la sonata número ocho, la Patética de Beethoven, en do menor, tonalidad con la que se identificaba en sus horas de angustia.
La partitura había sido un regalo del cura concertista, quien la llevaba consigo desde su juventud y la cuidaba como un tesoro. Le había contado más de una vez que se trataba de un obsequio de un viejo de apellido Williams. Como tantas veces le aconsejó, Amanda leyó y releyó la sonata, pero en esa ocasión el maestro le indicó que no lo hiciera como a un poema. Con palabras que parecían salir de los tubos de su máquina de Dios, al modo de un bajo continuo que diseminaba verdades como semillas, le dijo que debía leerla como un texto misterioso, una incógnita del pensamiento. Un texto que, aun sin poder reconocerlo todavía por su juventud, la prepararía para enfrentar las trampas de la fe que seres clandestinos impondrían para someter su espíritu a la traición y la felonía. Amanda sospechó con sinceridad que su maestro deliraba por alguna circunstancia desconocida. Las alucinaciones no le eran ajenas: las padecía a menudo, llevado por las músicas que ejecutaba sin descanso.
Recordó que, al interpretar la Toccata, adagio y fuga en do mayor, el cura había tenido un suceso místico: juró haber sido visitado por el Ángel de la música, motivo de su adoración, y se angustió durante horas porque no supo celebrar adecuadamente el advenimiento de ese ser extraordinario.
Durante varios días volvió sobre sus argumentos. Le reclamaba ejecutar la Patética con la íntima convicción de que devolvería la fuerza de la fe a sus oyentes, para que recuperaran el aliento divino y no se sintieran jamás abandonados ni dispuestos a renunciar a lo más preciado. Su música debía ser la derrota de la trampa del desamor, el triunfo del amor verdadero, el de la sacrificada Liu, muerta por amor ante la gélida mirada del poder imperial. Amanda debía transformarse en el sostén de un estandarte victorioso, sublimado en algo de cielo y algo de nube. Una premonición que ella no alcanzaba a descifrar.
Le preguntó cómo llegaría a tal estado de ánimo, a tal fuerza de carácter para salir victoriosa de tantos dilemas. El cura le respondió esperanzado que solo lo lograría si captaba la esencia de lo patético, aquello que atravesó el autor al componer la sonata para un príncipe cuyo nombre nunca recordaba. La clave era captar la verdadera naturaleza de la obra.
El extraño discurso del maestro le agregó incertidumbres a las que ya padecía a pesar de su corta edad. Más aún cuando le exigió con vehemencia aprehender la espiritualidad y la fortaleza de la décima musa, con quien ocasionalmente la comparaba. Amanda no podía reconocer en ningún nombre de mujer ni en ninguna historia extraordinaria a quién se refería.
Ese mismo día, poseído y en estado de alteración manifiesta, le advirtió con solemnidad —inusual en él, hombre de trato amable y llano— que se precaviera de cualquiera que, aprovechando sus angustias y abandonos, le ofreciera una misión extraordinaria, una acción única e irreproducible. Si no podía evitar ese encuentro, debería saber que su vida cambiaría para siempre: iría a un lugar del que no volvería jamás, donde sería al mismo tiempo prisionera y libertadora, y sus carceleros procurarían obligarla a renunciar a toda forma de amor, incluso a su arte. Si lograba vencer el conjuro del desamor en cualquiera de sus formas —y en especial la más alevosa, la traición artera—, solo entonces llegaría a ser quien debía ser.
La advirtió que padecería la misma desgracia que aquella musa de la que hablaba, obligada a abjurar de sí misma. Los inquisidores podían cambiar de ropaje y ocultar sus rostros tras máscaras humanitarias, pero nunca abandonarían sus crueles decisiones. No solo aspiraban a que la condenada confesara sus supuestos pecados y renunciara a su fe, sino a que repudiara sus propios actos y reclamara para sí el peor castigo. La perseguirían hasta el fin de sus días, y solo en una luna tronante de magnífica luz hallaría la paz que anhelaría de por vida. Tras el paso de esa luna, al alba, llegaría su último triunfo y podría proclamar su victoria imperecedera.
Escribiendo con su dedo en el aire, recitó: “Vuelve a ti misma los ojos y hallarás, en ti y en ellos, no solo el amor posible…” Luego se llamó a un riguroso silencio que no abandonó durante días.
Tal vez al sonar los últimos cinco compases de la sonata —que el cura le reclamaba comprender como un texto extraordinario—, al ejecutar esos cinco acordes finales que se elevaban como torre hacia el cielo de los encantamientos, Amanda tomó la decisión que cambiaría para siempre su destino. Fue entonces cuando una de las monjas enanas le dijo que se arreglara la ropa y el peinado: su padre no tardaría en llegar a visitarla.
***
Autobiografía en secreto
de Amanda Da Silva
Las vísperas
Sección segunda
***
X
Se acabó
“Si no me sacas de acá, voy a odiarte hasta que me muera.”
La vio demasiado delgada, casi raquítica, y la juzgó enfermiza. Pero su mirada contradecía esa sensación de despojo que Miguel tuvo al verla caminar hacia él por la enorme galería que precedía al patio del colegio.
Amanda se detuvo a un par de metros, quizá menos, para observarlo. Lo miró con detenimiento y luego avanzó unos pasos más, aunque mantuvo la distancia. Miguel estaba desconcertado: ella le impedía de ese modo que la abrazara. En ese momento, Amanda no deseaba que nadie —ni siquiera su propio padre— la estrechara entre sus brazos.
Sobre sus flacos hombros traía los cinco acordes finales de la Patética, y encaramadas sobre ellos, flameando como hebras de viento, las palabras del cura concertista que la invitaban a penetrar la esencia de la sonata para comprender las desventuras del sordo —y acaso las propias—, quien lleno de temores y angustias produjo esa maravilla. Ir al atributo de las cosas era lo que le propuso el maestro en aquella extraña conversación. Y era lo que ella había resuelto hacer.
Estaba aún insegura de sí, pero sabía que solo así alcanzaría la condición de la décima musa que el cura invocaba, esa mujer de paloma y trueno, de rimas perfectas y amorosas, de la que no tenía referencia ni certeza de existencia.
Concluyó, al sonar el último acorde del penúltimo compás y repasar el enigmático discurso del maestro, que debía salir de su reclusión dispuesta a enfrentar todas las trampas contra su fe y a proyectarse en los enamoramientos que la aguardaban con sigilo, sin temor ni desconfianza. Amores emboscados entre las cuerdas de un piano vertical y los acuosos recintos de una laguna suburbana. Después la vida propondría los caminos.
Recuperó, entre el último eco de la música y los escasos metros que la separaban de su padre, el hedor de la tierra en los dominios del agua, la morada de las aves sobre los altos árboles del villorrio, el sonido de los sapos camuflados entre los pastizales.
Miguel no tardó en captar que su hija ya no pertenecía a ese lugar. Aun sumergida en las solemnidades del internado, estaba viva en otra geografía menos solemne pero más vital, donde había crecido entre láminas de cielo, saludos del viento, lágrimas de estrellas y brumas de tormentas.
En la misma mirada desafiante de Anita, Amanda sostenía su reclamo urgente. Para que no quedaran dudas de a dónde se dirigían sus pasos —con o sin aprobación paterna—, su rostro adquirió todos los gestos de su madre en clara señal de independencia, como cuando aquella emprendía una empresa dispuesta a llevarla hasta el final, incluso contra la desaprobación de su esposo, mientras diseccionaba catedrales de ecuaciones que no conducían a ningún sitio preciso.
El cambio era notable. La monja no había mentido. Las cejas, la nariz, la boca, el rostro afinado, las formas del perfume, el vapor del aliento. Su cabello caía como secretos hilos más allá de los hombros huesudos, sin afearla. Estaba bella a pesar de su delgadez.
Miguel sintió deseos de llorar, pero hubiera sido imprudente: Amanda no lo hubiera tolerado. Ya le había puesto el pecho cuando era apenas una niña pequeña y, como todo consuelo, terminó encerrada por años. Todavía conservaba en la palma de su mano aquellas voces roncas que escuchó en una habitación pituca pero ajena, cuando era muy pequeña, y que sonaron como cascabeles de piedras rodando hacia el abismo de un acantilado, donde esperó inerme el impacto de esos cantos negros que la arrojaron lejos de todo amor. Mejor era guardar las lágrimas para otra ocasión; de lo contrario, daría media vuelta y se recluiría en su “habitación del piano” para planificar su fuga.
—¿Cómo estás, hija? —preguntó con voz casi imperceptible, expectante de la respuesta.
Amanda adquirió entonces el comportamiento de un gato enojado: el lomo alzado, el morro tenso, la lengua reseca. Las huellas de un reproche descubrieron sus voces: “Palabra en la palabra, silencio en el silencio, dolor en el dolor. ¿Dónde estuviste, padre, todos estos años?” Miguel se aproximó al secreto de esos gestos. El tiempo de las dudas llegaba a su final.
—Si no me sacás de acá, voy a odiarte hasta que me muera. Voy a odiarte por toda mi vida —dijo Amanda con una voz tan gutural que parecía surgir del substrato profundo de sus células.
Miguel no esperaba esa furibunda exigencia. La monja le había advertido que no podía precisar hasta dónde el espíritu de la joven había mutado. En todos esos años Amanda nunca le había dado una orden a su padre. Esa vez fue todo lo contundente que podía esperarse de una muchacha harta del monjerío y sus rezos hipócritas a un Dios iracundo e injusto con su madre, con ella y con su hermano.
Miguel solo atinó a llevar sus manos a los bolsillos y bajar la cabeza, fijando la vista en la línea de las baldosas que se alejaban raudamente hacia el fondo de la galería con extraordinaria precisión. Trataba de pensar una salida a aquella exigencia, pero la intensidad de la mirada de su hija era tal que una respuesta incorrecta hubiera provocado una exaltación impredecible. Pensó en los reproches de Eriseta, su madre, la abuela que siempre reclamaba su libra de carne, y comprendió que no tenía alternativa: ya no había espacio para ambigüedad alguna. O su madre y sus caprichosas exigencias sobre la consanguineidad, o Amanda y sus reclamos. Se dio por vencido y aceptó el porvenir tal como se le presentaba. Después la vida dispondría los caminos.
Tras un tiempo breve pero intenso, dijo:
—Prepará tus cosas, que nos vamos.
Amanda sonrió como no lo hacía en años. Volvió sobre sus pasos y corrió hacia la habitación común de las pupilas. En el trayecto se pellizcó varias veces para asegurarse de que no se trataba de un ardid del sueño que la fastidiaba.
Al verla, sus compañeras no precisaron explicación. Todas habían aprendido a reconocer la felicidad de quien lograba marcharse de ese encierro asfixiante: una felicidad que iluminaba los rostros con una luz trascendente, distinta. Amanda, en ese momento, era verdaderamente feliz y estaba iluminada como nunca antes.
Mientras amontonaba en su valijita las pocas ropas que tenía, pensó solo en la jorobadita, a quien no veía desde hacía meses. ¿La autorizarían a despedirse con un cálido abrazo, con besos amorosos, de esa que había sido algo madre, algo hermana, y su cómplice de versos y metidas de pata? Rogaría de rodillas a la Madre Superiora para que se lo permitiera.
Besó a todas sus condiscípulas, se despidió entre mares de lágrimas y caricias fraternales. Bajó las escaleras como una brisa fresca y buscó a Miguel en el despacho de la Superiora. Llamó varias veces a la puerta. Desde adentro, la voz de la monja sonó iracunda:
—Espere afuera, alumna.
Allí quedó, esperando.
Miguel salió con rostro grave de esa última conversación. Qué se dijeron, Amanda nunca lo supo: él prefirió no hablar del asunto. ¿Podría despedirse de la jorobadita? Le dijo que ni lo soñara, que cualquier pedido suyo sería rechazado. La monja se consideraba traicionada: por el padre, al que despreciaba por pusilánime, y por la hija de la crencha engrasada, abandonada en el momento en que rescataron el viejo piano para ella.
¿Jamás volvería a saber de aquella monjita confidente? ¿Sería ese otro dolor agregado a las cuentas de su rosario? ¿Sería la Superiora una de aquellos inquisidores de los que le habló el cura concertista? ¿De los que, camuflados bajo aspecto piadoso y máscaras de rostros humanos que entregaban sonrisas complacientes, escondían las peores arrogancias y solo eran portadores del desamor?
Debió resignarse: no tenía forma de socavar los muros del claustro donde la Hermana del poemario prohibido estaba encerrada.
Mientras se dirigía al automóvil detrás de Miguel, volteó para mirar el colegio en el que había pasado largos años de su infancia y parte de su adolescencia. No vio nada más que muros extraordinarios. Subió al automóvil y se acomodó en el asiento trasero.
A través del vidrio de la luneta, Amanda observó el edificio del internado desde una perspectiva única: se le presentó como un descascarado caserón en un páramo yermo, ardiente y desolado. Nunca lo había percibido de ese modo. Era la última vez que lo miraba. La última y para siempre.
***
Pasión y muerte
de Amanda Da Silva
Pasión
***
I
¡Corre, Amanda! ¡Corre!
—Amada, ¿hiciste lo que te ordené? —preguntó Eriseta, mirando por encima de un mantel que desplegó para observarlo meticulosamente. Buscaba decidir si estaba limpio como esperaba. Las manchas de vino tinto solían ser rebeldes por naturaleza. Miguel tenía la “maldita costumbre” de dejar caer la última gota desde el pico de la botella al servirse, manchando todos los manteles.
—Sí —respondió Amanda, lacónica, indiferente.
—¿Sí qué? —enérgica y disgustada, Eriseta reclamó una aclaración. Con la misma indiferencia, Amanda corrigió su respuesta:
—Sí, abuela —dijo con voz apagada, en los tonos arenosos y lúgubres de un fagot atormentado.
—Así no, m’hijita. Decí fuerte: ¡sí, abuela!, con ganas, con energía. Como un soldado. Parece que en el colegio no te enseñaron cómo dirigirte a tus mayores.
—No soy soldado, abuela. Soy Amanda.
—No me gusta que me contestés. Ya te dije que dejés esa costumbre de replicar cuando te digo algo. Todo el tiempo tengo que corregirte. “¡Amanda! Hacé esto”, “¡Amanda! Hacé lo otro”. “¡Amanda! ¡Amanda!” Tengo que andar por toda la casa llamándote, como si tu nombre representara algo en esta casa.
Amanda pensó para sí: Amanda, la que debe ser amada, la que es digna de amor. Luego suspiró resignada. Giró para salir de la cocina-comedor y dirigirse al amplio living, donde la esperaba el piano dispuesto a sonar como nunca antes. Apenas un valsecito, una canzonetta añorando la lejana patria, pero nunca, hasta entonces, había sonado Bach como Amanda lo ejecutaba con rara maestría. Eriseta dedujo la dirección de su nieta y decidió abortar el intento de fuga de la joven pianista.
—No terminamos todavía, señorita —la detuvo con voz tajante. Amanda quedó paralizada por la advertencia—. Tengo otro trabajito para vos. En esta casa no mantenemos vagos, y menos vagas. ¡Qué horror! ¡Vagas! ¡Musiqueras! ¡Pianistas! ¿Dónde se ha visto? ¿Para qué sirven las pianistas?
—Para tocar el piano, abuela. ¿Para qué otra cosa vamos a servir?
La muchacha no pudo disimular su fastidio. Jamás se le ocurrió que alguien pudiera renegar de la música. Preguntar para qué sirve la música le parecía absurdo; preguntar para qué sirve un pianista, aún más.
Si el cura concertista la hubiese escuchado, la habría puesto de patitas en la calle. Por mucho menos enfrentó a la Madre Superiora, a la que tuvo cortita hasta que la liberó su sorpresiva muerte.
“La música da razón al mundo”, decía él, filosofando mientras sus dedos recorrían el teclado casi con independencia de su voluntad. Afirmaba que sus manos ya no lo respetaban, que ejecutaban la música por decisión propia, sin esperar las órdenes de su cerebro.
En verdad, los cuestionamientos de Eriseta no se dirigían contra la música, que no le producía ningún sentimiento. Era absolutamente indiferente al arte. Sus controversias eran sobre Amanda, sobre su educación, sobre su destino. ¿Concertista? ¿Para qué querría la familia tener en su seno a una concertista? Las mujeres no habían nacido para tocar el piano. ¿Qué profesión era esa? ¿Cómo se ganaría la vida? ¿En burdeles de mala muerte, tocando músicas baratas para que prostitutas aún más baratas atendieran a borrachines y pervertidos?
Ser esposa, madre, cuidar la educación de los hijos, atender al esposo, dirigir la casa: esa era la misión de una mujer. ¡Con la música a otra parte!
Después de discutir con Miguel a puertas cerradas, cuando lo vio entrar llevando de la mano a Amanda —a quien no había visto durante esos años—, Eriseta decidió que sería ella quien impondría las condiciones de la permanencia de la muchacha en su casona. Se quedaría allí, no podía impedirlo, pero bajo sus términos. De otro modo, no lo toleraría.
Se atribuyó la potestad de disciplinarla para transformarla en una joven dócil y apetecible para algún muchacho rico que necesitara una esposa bonita y hacendosa: alguien que atendiera la casa, los hijos, su esperma, y lo librara de toda responsabilidad doméstica.
Conocía varios de esos mequetrefes de alcurnia, hijos de familias importantes, jóvenes tan inútiles como ricos, listos para desabrochar sus braguetas y abrir sus bolsillos para que cualquier “mujerzuela” metiera sus manos acariciando tanto los billetes como sus penes, en ese orden. ¡Dinero! La piedra filosofal, el secreto de la vida. ¡Dinero! ¡El Dios moderno!
Sexo con prostitutas: la quimera de esos muchachotes desprejuiciados. Vaginas lúbricas, bocas húmedas, lenguas serpentinas, sudores afrodisíacos como elixires irresistibles ofrecidos al menudeo. Arrebatos que hacían burbujear como champagne francés la sangre corriendo por arterias dilatadas y calientes. ¡Siempre tirar manteca al techo! ¡Vida! ¡Vida!
Cada tanto, “une touche” de la mejor droga: narices ardiendo, bocas babeando. Luego dormir a pata suelta entre cuerpos desnudos, enroscados, confundidos unos con otros, sin posibilidad de que cada cual recobrara sus propias manos, brazos o piernas. Un raro aquelarre de lúbricos cuerpos fatigados.
Todos esos jóvenes, sostenía Eriseta, eran buenos partidos para el negocio del matrimonio. Porque, después de todo, el matrimonio era eso: un negocio. Si bueno o malo, dependía de cada una. Acertar con la elección era el gran secreto, como cualquier inversión. El acierto significaba recompensa: vida cómoda, amplias casas, mucamas suficientes, nurses pacientes entrenadas para engatusar bebés que lloraban por las frágiles tetas de sus madres. Lenta pero segura acumulación de capital, malversando la cuota mensual para amasar una pequeña fortuna a espaldas del esposo. Sexo poco y formal —lo justo e indispensable para procrear la especie—; soportar algunos cuernos —nada extraordinario—. Eso sí, nada de infidelidades que pudieran arruinar años de cuidadosa especulación. Y si ocurrían, debían realizarse con el secreto más absoluto. Ninguna confidente: no hay confidencias que sobrevivan secretas.
Le enseñaría a Amanda que los hombres nunca eran garantía de discreción: les gustaba demasiado alardear de sus hazañas con otras mujeres, nunca de la propia, a la que presentaban como frígida e insulsa.
Los hombres, le explicaría, siempre eran de cuidar. Por separado, corderos asustadizos, incapaces de valerse por sí mismos, inútiles probados incluso para la más insignificante labor doméstica. Pero cuando lograban reunirse en noches de parrandas, se movían en manada, se olían los traseros unos a otros como perros y competían por el tamaño de las mentiras de sus gloriosos penes.
La diferencia entre las distintas clases sociales, decía Eriseta, eran los beneficios pecuniarios. Lo demás era intrascendente, minucias de la vida conyugal. ¿Y el amor? Una pregunta que alguien más de una vez le hizo. Entonces movía la cabeza de un lado al otro en señal de desaprobación. ¿El amor? ¡El amor! Y reía ridiculizando a su interlocutor. ¿El amor? ¡Qué pregunta más tonta!
Ella elegiría al pretendiente justo para Amanda. Conocía a todos esos por los que cualquier chica de barrio “se orinaría encima” de solo pensar tenerlo entre sus piernas, claro que después de tener bien aferrada en una mano la libreta de casamiento.
Así se presentaba el porvenir, y esperaba que a Amanda le entrara en la cabeza, lo que ella consideraba una sólida sabiduría femenina. Si lo que especulaba para su nieta se completaba, habría derrotado definitivamente al fantasma de Anita, la que le costó a su hijo una gruesa marca roja en el margen izquierdo de su excelente legajo.
***
Eriseta había quedado oculta tras el mantel. Lo alzó por encima de su cabeza y observó unas pequeñas manchas de vino que habían quedado a pesar de que una de sus mucamas lo había lavado con denuedo contra la tabla y con jabón blanco Federal. No estaba satisfecha. Esa sería una buena tarea para Amanda: aprender a quitar hasta la última suciedad de la mantelería, una habilidad que pocas mucamas demostraban y que esperaba que su nieta realizara como ella lo deseaba. Mano de obra joven, barata —pues a Amanda no tenía que pagarle— y maleable a voluntad.
—Vení para acá, Amanda, quiero que veas algo.
La muchacha caminó hasta donde estaba su abuela, que enarbolaba el mantel como bandera de domesticación. Lo hizo con resignación, abúlica, empezando a sentir ese fastidio que se le presentaba como una picazón que comenzaba en el rostro y se diseminaba por todo el cuerpo. Solo deseaba poder rascarse sin detenerse, a sus anchas, como los perros atestados de pulgas.
—¿Ves esta mancha? —preguntó señalando con la punta de la nariz un pequeño lunar color borravino. —Sí.
—¿Sí qué?
—Sí, abuela.
—¿Vos no prestás atención a lo que te enseño?
—Sí, abuela.
—No parece. ¿Viste lo que te señalé? ¿Lo viste?
—Sí, abuela.
—Y las otras que están próximas a esa mancha, ¿las viste también?
—Sí, abuela, las vi.
—Quiero que las limpies todas, que no quede ni una sola. Quiero un mantel impecable. Allá afuera está la pileta, la tabla de lavar y el jabón blanco. ¡A frotar! ¡A frotar! ¡Y que no quede ni una mancha! ¿Entendiste?
—Sí.
—¡Sí, abuela! ¡Por favor! ¿Cuántas veces te lo voy a tener que repetir?
—Pero ya está lavado, abuela.
—¡Está mal lavado!
—Está lavado, abuela. Es un mantel, solo vos te fijás en esas manchitas insignificantes. Papá esta noche lo vuelve a chorrear con vino.
—¡No me discutas, mocosa! ¡No me discutas! ¡No quiero ver ni una mancha! ¡Ni una sola! No me interesa cuán chiquita sea. No quiero manchas. ¡Quiero que quede inmaculado como si fuera el manto de la Virgen María! ¿Entendido?
—Sí, abuela.
—¡Como un soldado, como un soldado! Con toda la voz decí: ¡sí, abuela! ¡Bien fuerte! ¡Sí, abuela!
—No soy un soldado, abuela, soy Amanda. Soy Amanda. Sería bueno que lo comprendieras —y pensó para sí misma, nuevamente: la que debe ser amada.
Todos los días, a toda hora, se oía la voz de mando de Eriseta:
¡Hay que lavar la ropa!
Y Amanda lavaba la ropa.
¡Hay que colgar la ropa!
Y Amanda colgaba la ropa. ¡Hay que comprar el pan! Y Amanda compraba el pan. ¡Hay que comprar la leche! Y Amanda compraba la leche. ¡Hay que lavar más ropa! Y Amanda lavaba más ropa. ¡Hay que hacer los mandados! Y Amanda hacía los mandados. ¡Hay que planchar la ropa! Y Amanda planchaba la ropa. ¡Hay que tender las camas! Y Amanda tendía las camas.
¡Hay que! ¡Hay que! ¡Hay que!
Así todo el día, cada vez que ella pretendía sentarse al piano.
Al principio ese destrato lo tomó hasta con humor, como un desafío interesante, y evitó todo comentario con su padre, para quien la convivencia marchaba de maravillas en ese reencuentro familiar tras la muerte de Anita. Además, hablar con Miguel era inútil: él jamás discutiría esos asuntos con su madre.
Las tareas que le imponía caprichosamente Eriseta las comparó con las que debe afrontar un atleta en una carrera con obstáculos. Amanda debía demostrar que era capaz de superar cualquier desafío y alcanzar la meta de sus ambiciones musicales, no solo con el talento natural del que disfrutaba, sino con esfuerzo constante.
Se concentró en leer las partituras, como le había enseñado su maestro, y ese ejercicio repetido le permitía recordar las composiciones sin dificultad. Llegaba al piano con toda la obra ya aprendida. Pero, como si un ojo de Eriseta la siguiera a todas partes para vigilarla —aunque estuviera a kilómetros de distancia—, cada vez que se sentaba al piano sonaba desde los cuatro puntos cardinales su nombre adosado a una tarea u obligación: “¡Amanda!”… y luego “¡hay que…!”
Con el correr de los días y las semanas, las exigencias fueron en aumento y se volvieron insoportables. Por todos los pasillos de la casa solo se oía algún murmullo de Jorge desde una habitación lejana —tosiendo, jadeando, enfermizo, fatigando un asma diagnosticada por curanderos disfrazados de médicos, que portaban extraños aparatos en sus manos— y la voz de Eriseta repitiendo incansable.
¡Hay que!
¡Hay que!
¡Hay que!
Un día —difícil saber cuál— Amanda se sintió rebelde como nunca antes. Dejó la tarea que estaba realizando por orden de su abuela y se dirigió a toda prisa hacia el piano. Esa vez tocaría todo lo que quisiera: escalas ascendentes, escalas descendentes, acordes mayores, acordes menores, arpegios desde los tonos graves a los agudos y desde los agudos a los más graves. No prestaría atención a ningún reto, no permitiría ninguna interrupción. Bach no merecía esa falta de respeto. Y si Eriseta la retaba chillando con esa voz de corneta que usaba para maltratarla, tocaría más fuerte, más rápido, más fuerte aún, hasta aturdirla. Y cantaría, ¡sí, cantaría! ¿Por qué no? Si ella cantaba y lo hacía muy bien. Cantaría tan alto y tan fuerte que hasta podría hacer estallar la fina cristalería que, a poca distancia del piano, reposaba protegida en una vitrina de estilo francés.
Estaba realmente dispuesta a desafiar a Eriseta. Pero al llegar al amplio living comedor no encontró el piano donde siempre había estado, algo hacia la derecha visto de frente, esperando apacible que alguien lo tocara. No estaba ni allí ni en otro lugar. El piano había desaparecido. Se dibujaba su silueta en la pared donde estuvo apoyado, como una marca siniestra, un retrato espantado de lo que fue, pero ya no era más.
Balbuceó unas palabras que ni ella misma comprendió. Descifró la mirada de su abuela espiándola desde una distancia prudente y la sonrisa perversa que caía de sus labios viscosos, pintados de un rojo furioso, de un rouge insoportable.
—Abuela, ¿dónde está el piano? —preguntó encolerizada, aunque logrando contener su furia. —Lo vendimos. ¿Para qué queremos piano en esta casa? —¿Lo qué…? —Lo-ven-di-mos. ¿Querés que te lo repita? Lo-ven-di-mos… Pasó un ropavejero que quería regalarle un piano a su hijo y se lo vendimos por unos pesos. El hombre se fue feliz, radiante, nunca contó con una suerte semejante. Me dijo antes de irse, mientras me besaba las manos: “ahora sí tendré un hijo concertista”. Qué bueno es hacer feliz a la gente. ¿No te parece, querida? ¿Algo más querés preguntarme?
Esa noche Amanda no comió. Pudo preguntarle a Miguel por qué vendieron el piano, pero temía más la respuesta de su padre que permanecer ignorante.
Especulaba cómo podría arrimarse a Jorge para acariciarlo y suavizar la fatiga de su asma, arrojando a la basura esas medicinas espantosas, de olores nauseabundos y colores repugnantes, con las que lo abrumaban día tras día, hora tras hora, inmovilizado en una cama por semanas, como un lisiado incapaz de valerse por sí mismo. Y ese tormento que le aplicaban día por medio, con un pequeño martillo neumático que un curandero disfrazado de médico introducía en su nariz para machacarle el cerebro, desvirtuar las órbitas de sus ojos, inflamar los cornetes hasta dejarlo incapaz de respirar. Tomaría a Jorge de las manos y saldría con él corriendo hacia cualquier lugar posible.
Divagaba en su ira sobre todos esos asuntos cuando una voz de aroma luminoso la convocó a un instante de sosiego. No podía decir si era un delirio aparecido entre las amenazas de una fiebre que brotaba en el disgusto de ese odioso momento, o una secreta ensoñación.
Le preguntó: “¿Ese es el porvenir que esperás?”, pero la voz se corrigió al instante: “¿Ese es el porvenir que deseás?”. Amanda vaciló. ¿Y si no ese, cuál? ¿Palpitar la música? ¿Aullar la palabra? ¿Acechar el amor? ¿Quién decide el destino de una simple muchacha que perdió a su madre sin mediar ni siquiera un adiós?
La voz le propuso descifrar la cuna intrusada desde la muerte de Anita, y luego sentir el aroma rancio de ese porvenir al que se aventuraba.
Sonaba como una copa llena, como un misterio de sal marina, como la reunión de las semillas de una aurora. “Que no se llame a engaño”, le dijo. Y repitió desde el imperio de su misterio: los corazones de piedra ya habían decidido su futuro.
No sería concertista, no estudiaría música. No precisaba explicarlo: podía palparlo con las yemas de sus dedos. Por eso vendieron el piano.
La cuestión de la música ni siquiera entraba en consideración. Para los corazones de piedra solo se trataba de un desvarío contagioso de un cura que murió sin darse cuenta. La Madre Superiora había propuesto un exorcismo para erradicar los desvaríos. Era un signo alentador de sanación: desaparecer el instrumento de la perversión. Los corazones de piedra aprobaron la sentencia, ejecutada en los suspensos de la mañana temprana.
La voz le dijo que debía repasar Nessun Dorma. Si hubiese comprendido el poema, tal vez habría logrado vencer. Porque para vencer, nadie debía dormir: el momento trascendente era justamente al alba.
Luego le dijo que no la dejarían ser Amanda. ¿La que merecía ser amada? ¿La que era digna del amor? Para los corazones de piedra eso era una mera ilusión. No querían hablar de otro delirio, porque después de todo, un nombre podía ser solo eso: un nombre. Pero a ella no la dejarían ser Amanda; podría ser fulana o mengana, zutana o perengana, pero nunca Amanda.
Nada de amor. ¿Para qué le serviría? ¿Quién, en el mundo moderno, se preocupaba por el amor? El amor era una distracción del carácter. Los corazones de piedra hablaron del asunto de la décima musa, y en su destino hallaron más justificativos que los que esgrimieron al principio de sus deliberaciones. La musa terminó abdicando sus amores, uno por uno, hasta quedar despojada de todos ellos.
Finalmente, la obligarían a olvidar a Anita, su madre —la peor de todas—. Escondieron su prontuario en un oscuro sótano para no humillar a la familia. Negociaron que quedaría como un ingrato recuerdo en la más completa clandestinidad.
Ni Amanda, ni Amor, ni Anita. Las tres “A” prohibidas. Otra vez el número tres, el número trágico.
La voz insistió en ese asunto del número tres: Tres veces negó Pedro antes que cantara el gallo. Tres llamados del destino. Tres preguntas sin respuesta. Tres veces tres. Treinta y tres, la edad de la muerta.
Y al final soltó una pregunta que dejó a Amanda sin aliento: “¿A qué edad murió tu madre, Amanda?”. No pudo responder: no lo sabía.
La voz volvió con sus augurios. Con tono ceremonial, sonando como en la cámara dorada donde se atesoran solo palabras escogidas, le dijo que, de permanecer allí disciplinada, solo sería esposa atenta y sumergida en un hipócrita sopor de aburrimiento, representando un enamoramiento ficticio, una forma de servidumbre adocenada.
Que unos niños sin rostro correrían a su alrededor, fatigando sus días. Que su vientre se hincharía, sus piernas se deformarían, sus manos dolerían artríticas. Que su espalda se vencería por el peso de una máscara cruda que llevaría a cuestas para siempre, simulando sonrisas. Que tres veces por noche lloraría sin consuelo. Que Bach la odiaría para siempre y el cura loco, ese concertista que le entregó la llave de la música, abominaría su abandono.
La voz se extinguió, corrida por unos perros de colmillos que ladraron tres veces: “¡hay que!”, “¡hay que!”, “¡hay que!”, espantando la voz de las verdades. Pero lo dicho, dicho estaba.
¿Creerle a ella o atender los ladridos de esos lebreles que babeaban un fermento viejo como el pecado original de la traición de Adán contra Eva?
Despertó en esa cama que no era la suya, entre las mismas sábanas rosadas con perfume a azahares de la habitación pintada de color morado. A una distancia no mayor a un metro, aún permanecía expectante la pequeña valija de cuero, como si siguiera esperando que ella la tomara para partir a un viaje del que no volvería jamás.
A lo lejos se repetían unas voces roncas llegadas de un pasado algo lejano, voces que ya no luchaban entre sí como entonces. Amanda, en esa oportunidad, no tuvo miedo.
Las voces no habían perdido su raro sonido a cascabeles de piedras rodando cuesta abajo, hacia el abismo de un acantilado en el que esperaba inerme el impacto de esos mismos cantos negros que ya la habían golpeado con fuerza. Pero ahora eran voces sosegadas, puestas de rodillas, corroídas por insectos que bebían sus jugos vitales y las dejaban tan enfermizas como inútiles. Voces sectarias que habían renunciado al amor hacía ya demasiado tiempo. Los corazones de piedra latían en estado terminal.
Se recriminó no haber tomado a su hermano entonces y haberse marchado con él, a lo de Carmen y Francisco, a lo de las alemanas, a las encrucijadas de las espumas de la laguna, donde los sapos añoraban sus juegos entre tribus verdes de pastos que brotaban de la tierra tras una copiosa lluvia. Cualquiera de ellos los habría cuidado con bondad. En el villorrio de su nacimiento solo había lugar para la bienaventuranza.
No tenía esperanzas en su padre. Miguel había mutado con el paso del tiempo, ya no era el que la acarició tantas veces bajo el alero pequeño de la casita de madera. ¿Aún lo amaba? ¡Y cuánto! Pero había adquirido ese aspecto de intruso que equivocó el camino definitivamente.
Amanda se impuso el desafío de regresar al apacible caserío suburbano. Allí estaba la pequeña valija, esperando que la asiera para siempre y la llevara con ella al lugar donde fracasaban todas las soledades. Le decía: “¡Corre, Amanda! ¡Corre!”.
“¿Y mi hermano?”, preguntó ella, esperando una respuesta que la satisficiera. La valija repitió sin dudar un instante: “¡Corre, Amanda! ¡Corre!”. Y agregó un consuelo: “¡Ya volverás por él cuando sea el tiempo de la cosecha!”.
Escuchó por última vez la substancia de todos esos rencores que la acechaban desde hacía años y que permanecían embotados en la habitación pintada de color morado. Tomó la pequeña valija forrada de azul y escapó por la puerta de entrada, la que nunca tenía echada la llave porque nadie, hasta entonces, se había atrevido a abandonar los dominios de la familia de la abuela Eriseta.
***
II
De vuelta al pueblo
El pueblo no había cambiado demasiado desde que Amanda salió de él para terminar en el internado de las monjas.
Como entonces, las mañanas clareaban sin apuro y, salvo los días de lluvia, cuando todas las calles se anegaban y se transformaban en barriales por los que corría un lodo liviano en dirección a la laguna, se podía caminar a paso firme.
Las vereditas habían sido mejoradas con ripio, progreso menor que llegó de la mano de la carbonera, negocio de un diputado conservador de la provincia de Buenos Aires que había provocado la protesta de los vecinos, quienes habían visto cómo sus casas empezaban a llenarse de un hollín espeso y caprichoso que tiznaba todas las cosas. Las patronas chillaban porque no había forma de blanquear la ropa, que se ennegrecía, adquiriendo un tono gris que ni el azul blanqueador y el sol combinados podían derrotar con facilidad.
Los trabajadores, en su inmensa mayoría, se dirigían a la capital y solo unos pocos, como Carmen y Francisco, caminaban algunos kilómetros campo adentro, hasta las quintas donde se producían verduras y frutas. Todos madrugaban para prepararse y salir a trabajar.
A las tres y media del nuevo día sonaban los despertadores a cuerda en todo el barrio, y los faroles «sol de noche», o las lamparitas de quienes ya tenían luz eléctrica, se encendían e iluminaban las casitas. Tomaban algunos mates con el pan sobrante del día anterior, que tostaban para hacerlo crocante. Si no había pan, una buena galleta marinera, especialidad de la panadería del pueblo donde se proveían todas las familias, alcanzaba para no salir con la panza vacía.
La mayoría de los trabajadores esperaba en el andén el arribo del tren desde las zonas más alejadas del suburbio. Pero los más veteranos preferían refugiarse en el boliche «El Secreto», donde tomaban una medida de grapa o ginebra para calentar el garguero y hablaban de asuntos de poca trascendencia. No era habitual hablar de política y, desde que se impuso la designación de los delegados de manzana, alcahuetes con título oficial, mucho menos. No importaba si se estaba con Perón o en su contra: eso de andar llevando y trayendo chismes políticos a la unidad básica no conformaba a la gran mayoría.
Las represalias contra los opositores no eran bien vistas por ningún vecino. Después de todo, compartían las mismas penurias y sacrificios. Los más viejos, que además eran muy bichos, recordaban que nada era para siempre y les sugerían a los más fanáticos moderar sus fervores, no fuera cosa que, a la larga, la venganza política terminara por volverse en su contra cuando el régimen tocara a su fin.
El boliche, cuya luminaria pretenciosa anunciaba «Bar-confitería», conservaba el espíritu de los viejos almacenes de ramos generales, donde, además de comprar artículos de toda clase, los vecinos se juntaban a tomar unas copas antes de la cena y a jugar por porotos a las cartas: chinchón o truco, este último, el preferido.
El propietario, un gallego enorme y de carácter hosco, pero no pendenciero, que despedía un olor rancio y penetrante a transpiración, había prohibido jugar por dinero después de que unos malandras se trenzaran a cuchilladas y uno quedara tendido, medio muerto, desangrándose en el salón. Aquel había sido el último duelo del que se tenía memoria. El comisario lo había obligado a cerrar el negocio durante dos semanas, periodo durante el cual se vio privado de los modestos ingresos con los que sostenía una numerosa prole, cuyo número exacto nadie había logrado establecer.
El «Gallego», así, a secas, como se lo conocía, atendía durante toda la noche y la madrugada. Su esposa, tan voluminosa y hosca como él, aunque de olor más penetrante e insoportable, tomaba las riendas del negocio desde la mañana hasta que caía la tarde, hora en que debía ocuparse de las tareas de la casa, que incluían dar de comer al batallón de niños mocosos que chillaban de hambre y cuyos gritos podían escucharse desde varias cuadras a la redonda.
En «El Secreto» también se solía jugar al dominó, un juego tranquilo que los más viejos practicaban aburridos, impedidos por sus achaques de sostener una reyerta más allá de unas palabras de más. También se levantaba quiniela. Jugar unos centavos a un numerito soñado o vinculado a un suceso excepcional era una obligación que no se podía pasar por alto. Si la patrona olvidaba jugar el número indicado por el marido, aquello era motivo de brutales reproches.
La sola posibilidad de acertar un número a la cabeza y recibir un buen toco hacía perder a los hombres la perspectiva de las cosas. Deliraban con fortunas extraordinarias, enormes montañas de billetes que escalarían entusiasmados para mirar, desde las alturas del dinero fácil, a sus antiguos vecinos, quienes, carcomidos por la envidia más oscura y embobados como zombis, les rogarían una limosna, aunque más no fuera para disfrutar de algo de aquel milagro del azar.
Don Prudencio, o Serafín, llamaban al hombre que levantaba la quiniela, un asturiano de carácter afable. Usaba dos nombres, tal vez para confundir a sus perseguidores de la policía, que querían cobrar el diezmo correspondiente a todos esos negocios. Era un sobreviviente de la Guerra Civil española que se había salvado de ser fusilado por los fascistas gracias a una confusión inexplicable.
Era el quinielero de ese barrio y de todos los otros más o menos cercanos. El capitalista era otro español, a quien nadie conocía, también escapado de España cuando Franco derrotó a la República.
Prudencio, o Serafín, levantaba las apuestas de quienes jugaban por moneditas y pagaba con religiosa puntualidad y exactitud. Algunos que decían conocer su verdadera historia aseguraban que su capacidad para los números era consecuencia de su condición de artillero en las fuerzas antifranquistas, especialidad militar que exigía cierto conocimiento de la ciencia matemática. Tal vez fuera republicano, anarquista o comunista. Nadie podía asegurarlo, aunque una prostituta que solía atender sus necesidades amatorias una vez al mes dijo haber visto, debajo del vidrio de su mesita de noche, la estampita de un hombre de gruesos bigotes y rostro adusto, a quien él acariciaba por encima del vidrio con un amor extraño para un hombre de su tipo. Cuando le preguntaron de quién se trataba, ella no supo responder.
«El Secreto» solía ser, por las noches, el refugio de vagos y malandras que pasaban la madrugada al abrigo del frío del descampado y lejos de las miradas inquisidoras de los policías que debían hacer las rondas nocturnas. Los «milicos», como se los llamaba, reminiscencia de tiempos pasados, también se refugiaban, pero en una casilla del ferrocarril donde una enorme salamandra, alimentada con trozos de quebracho de durmientes descartados, calentaba el galpón, en el que hasta se podía dormir sin mayores inconvenientes. Salvo por el ruido chillón que hacían ratas y ratones al disputarse las bolsas de maíz que esperaban ser cargadas en los vagones del ferrocarril y despachadas a distintas estancias para alimentar a los cerdos, la noche podía pasarse con bastante tranquilidad.
A la hora de ir a trabajar, todos los haraganes y rufianes desaparecían. El trabajo era una obligación que se negaban a aceptar, y rechazaban cualquier argumento en su favor. Partían con rumbos inciertos para dormir hasta después del mediodía o, incluso, hasta entrada la tarde. Cuando abandonaban las mesas, las ocupaban los obreros que bebían sus tragos mientras esperaban la llegada del tren.
El boliche daba a la estación y, desde sus ventanas, podía oírse el ruido del ferrocarril aproximándose a lo lejos. Por una puerta del fondo, los hombres salían corriendo para subir al furgón, donde las bicicletas de los trabajadores colgaban, una junto a otra, de sólidos ganchos. Cuando llegaba a aquella estación, el tren ya venía cargado de pasajeros que viajaban hacia la capital.
Sincronizadas con llamativa exactitud, llegaban al mismo tiempo la formación que seguía hacia la ciudad y la que lo hacía en dirección a las zonas rurales. Decían que los viejos obreros y técnicos formados por los ingleses conservaban sus hábitos de puntualidad. Años después, aquellas zonas rurales desaparecieron por completo, desplazadas por el loteo generalizado que dio lugar al nacimiento de nuevos y populosos barrios.
Amanda descendió del tren mirando en una y otra dirección. No esperaba nada en particular, pero necesitaba recuperar las imágenes familiares del paisaje de su niñez. Los colores, las formas y los atributos de la geografía del suburbio eran caricias que le devolvían instantes amorosos, esos de los que había sido despojada desde la muerte de su madre.
Hasta el perfume del lugar le hizo sentir que volvía a aquellos días de la infancia. El olor al combustible de las locomotoras diésel se había disipado, empujado por las ventiscas que llegaban por detrás de cada formación, y los aromas propios del lugar cobraban preeminencia. La humedad de la laguna jugaba, solapada, con su nariz, impregnada del olor de los barros en los que se descomponían las hojas muertas de las plantas que rodeaban su perímetro. Con aquel olor llenó sus pulmones, que se hincharon satisfechos.
Abandonó la estación por una salida lateral del andén que daba a la calle paralela a las vías del ferrocarril, la que más se había poblado de modestas casitas desde que abandonó el barrio.
Caminó con lentitud por la avenida principal, tratando de reconocer todos los detalles.
La casita de madera canadiense le resultó más pequeña de lo que la recordaba. Podía verla mientras avanzaba por el camino paralelo a los grandes galpones carboneros que se habían instalado durante su ausencia, aprovechando los amplios terrenos vacíos que Ferrocarriles Argentinos tenía a ambos lados del tendido de las vías.
Sobre un terraplén de no más de un metro de altura, el enorme horno donde se quemaba la madera para hacer carbón humeaba como un gigantesco cigarro de color ladrillo y dejaba caer una llovizna de hollín de intensos reflejos azulados y metálicos. El hollín ensuciaba las calles que el viento, a pesar de su obstinación, no alcanzaba a barrer.
Tuvo que detenerse varios metros antes de llegar a la esquina de su casa, porque una angustia poderosa se apoderó de su corazón, que latía aturdido y desesperado. Apoyó su pequeña valija azul sobre la veredita de tierra mejorada con ripio y se quedó mirando la calle que se desenrollaba hasta la laguna. Hasta entonces nunca se le había ocurrido emprender una aventura semejante. La justificaba por el rencor que Eriseta le manifestaba a cada instante. Y eso de venderle el piano había sido la gota que derramó el vaso.
Le quedaba la angustia por Jorge como un regusto desagradable, pero la voz de sus sueños le había dicho que supiera esperar hasta el tiempo de la cosecha.
Una transpiración fría le recorrió todo el cuerpo. Se llevó una mano a la frente y retiró las gotas de sudor que empezaban a deslizarse hacia las cejas. Se sintió afiebrada, aunque sabía perfectamente que no tenía fiebre. Su malestar se originaba en asuntos del espíritu y no en otra clase de afección. Las medicinas que necesitaba no provendrían de las argucias de la química, sino de encontrarle sentido a todo aquello que le estaba ocurriendo. Y eso, en aquel momento, no estaba al alcance de su entendimiento.
Reconocía con facilidad que estaba falta de verdadero amor, y eso la deprimía y desanimaba. Ella era Amanda, digna de ser amada. ¿Y entonces? ¿Qué había pasado durante todos esos últimos años?
Tampoco su exagerada delgadez la ayudaba a pasar el tranco con facilidad. A veces se sentía débil, y esa debilidad encontraba su explicación en la pobre alimentación que le suministraban las monjas. En parte, porque no tenía apetito y había dejado de encontrarles gusto incluso a los alimentos que antes prefería. Por otro lado, porque la comida del internado era cada día peor: desabrida, escasa, incomible. Había perdido mucho peso en los últimos tiempos, y su extrema delgadez provocaba la preocupación de cualquiera que la observara.
Un vacío en el estómago la devolvió a la realidad de su fuga. No había cenado; estaba enfurecida por la venta del piano. Tampoco pudo desayunar: las pocas monedas que llevaba alcanzaban para viajes, no para un café con leche. No se animaba a entrar sola a “El Secreto” y pedir galletas. ¿Qué le diría la gallega cuando la viera?
Pasó un rato hasta que se decidió a entrar al boliche. Fue una noche extraña: rompió el molde y cantó a lo Merello ante la mirada asombrada del Gallego. La tristeza llenaba el lugar; la melancolía se pegaba a las paredes y, a la puerta del amor intenso, la voz se abrió como una herida. Incluso la mujerona y sus incontables purretes dejaron todo para escucharla —y eso que era una hora en que todos deberían estar durmiendo—; no pudieron evitar que les saltaran lágrimas por la emoción de oír ese tango reo, como si los dioses de la mitología tanguera lo hubieran querido así.
Cómo se proveería de comida era un asunto que todavía no había pensado. Primero pensó en pedir ayuda a Carmen y a Francisco, pero la casa parecía tapiada, como si nadie viviera ya allí. Si no eran los queridos bolivianos, las alemanas, el tambero o cualquier otro vecino la ayudaría; ninguno le mezquinaría un plato. Por unos días podría zafar con la buena voluntad de los antiguos moradores que la conocían desde niña. Se tomaría ese tiempo para decidir qué hacer. Sospechaba que su padre estaría al caer: Miguel sabía de sobra dónde encontrarla.
Llegó a la casita. El jardín lucía impecable, como la vereda de las alemanas. Se detuvo en la entrada, sin animarse a avanzar más. Notó que, en las inmediaciones, habían levantado algunas casas nuevas —se contaban con los dedos de una mano—, todas de material. La única sobreviviente de madera era la suya; aun así, lucía limpia y cuidada.
La de “La Negra” estaba justo al frente; la de Don Pedro, a la derecha; otra “Gallega”, que limpiaba casas en la capital, vivía cerca. Todas mostraban ladrillos a la vista, esperando el revoque final.
Esperaría a que las alemanas salieran a barrer su lustrosa vereda para pedirles la llave. Ellas se habían hecho cargo de cuidar la propiedad y mantener el jardín. Nunca aceptaron un peso de Miguel; lo hacían por solidaridad. Los delegados de Eriseta no volvieron después de dos o tres visitas.
La muerte de Anita conmovió al vecindario; la recordaban como una mujer hacendosa, de buen talante, solidaria y nunca mezquina con quien pidiera ayuda. Cuidar la casa, limpiarla y mantener prolijo el jardín era una especie de tributo a la joven muerta en el parto. Después de todo, repetían, había hecho el sacrificio supremo de una madre: dar la vida para salvar la de su hijo. En esas palabras se resumía la historia de Anita.
Los vecinos lamentaban no haber visto al niño más que un par de veces, cuando Miguel lo llevó para que lo conocieran. De Amanda conservaban el recuerdo de la niña que fue; verla adolescente, a pesar de su delgadez, sorprendía. La comparación con Anita fue inevitable.
—¿Eres tú, Amanda? —preguntó Gertrudis, la mayor de las alemanas, con picardía, al verla sentada junto a la puerta del jardín. Había salido del chalet con un lampazo enorme y estaba lista para encerar la vereda.
—Sí, señora. Soy yo.
—¡Hermana! ¡Hermana! La niña de la mujer muerta está aquí sentada en la puerta de su casa.
Amanda sintió un calor intenso al oír cómo la describían.
—Regresé —dijo— y quería pedirles que me abrieran la puerta de mi casa. Sé que mi padre les confió la llave.
—¿Regresaste? ¿O solo estás de paso? —No, señora, no estoy de paso. Regresé, como le dije, para quedarme. —¿Vas a quedarte sola? ¡Qué coraje! Volviste sola y flaca como una lombriz y vas a quedarte aquí como si nada. ¿Acaso donde te tuvieron no te daban de comer? ¿No eras muy chica para vivir sola en este barrio alejado de la civilización?
La alemana llevaba la escoba como si en verdad cargara una carabina.
—¡Schwester! ¡Schwester! —dijo en alemán.
—No entiendo el alemán, señora. ¿Podría hablar en castellano? También puedo entender el francés. —Podría hablar castellano, pero mi hermana prefiere que las cosas importantes se las diga en alemán. Eso la hace sentir también importante.
Por el pasillo lateral del chalet apareció la otra mujer, algo más joven y menos amable que la primera. —¡Amanda! ¡Amanda! Has vuelto a nuestro pobre lugar. Tal vez viniste con intención de quedarte con nosotras. ¿Te quedarás aquí, con nosotras, con estas dos pobres viejas alemanas que nunca pueden dejar de discutir?
—Se quedará, se quedará, no le queda más remedio. Nosotros no dejaremos que se marche nuevamente —dijo Gertrudis, señalando a Amanda con el dedo y contándole del llamado que habían recibido hacía pocos instantes.
—Tu padre acaba de llamarnos y dijo que no te dejáramos escapar por ninguna causa. Se lo notaba angustiado. Le dije seriamente: “usted algo habrá hecho para que la muchacha escape; los hombres siempre hacen estupideces”. —La otra añadió que lo había recriminado por su descuido como padre.
—Los hombres siempre echan todo a perder, muchacha. Es bueno que lo sepas. Incluidos los padres, y esos más a menudo que los maridos, lo sé por experiencia. Los hombres son especialistas en echar a perder todas las cosas: el amor, la paz, la comida, la cama. Todo. ¡Si lo sabré yo! —exclamó Gertrudis.
—No consideres escapar, Amanda, no te lo permitiremos —advirtió la menor de las hermanas.
—No voy a escaparme. Lo juro. Solo quiero que me abran la puerta de mi casa. Ustedes tienen la llave. —No jures en vano, muchacha, porque Dios escucha todos los juramentos —replicó la mujer.
—No juro en vano, señora.
—Me alegro —dijo—. Si no, tendría que retenerte a la fuerza. Aunque por lo delgada que te veo supongo que no podrías oponer mayor resistencia.
Amanda se encogió de hombros y esbozó una mueca que arrancó otras sonrisas de las dos mujeres. —¡Amanda! Cada día te pareces más a tu madre. ¿Lo sabías? —Gertrudis la miraba con detenimiento—. Ya lo creo que estás muy parecida; tengo muy buena memoria. Serás hermosa como ella. Tu mamá era una mujer hermosa. Además de atractiva, era inteligente y muy valiente. Mucho.
—No tengo ninguna foto suya. En el colegio donde estuve pupila las monjas no me dejaban tener ninguna clase de fotos.
—Las monjas son todas envidiosas y malignas —Gertrudis, atea convencida, se lanzó en su diatriba—. Para mí son como esos ángeles que Dios echó del paraíso por sus pecados. ¡Demonios de hábitos negros! ¡Cofias blancas y hábitos muy negras! ¡Solo querían la maldita manzana roja y jugosa! ¡Les gustaba la víbora mostrándoles su larga lengua bífida! Pero como no la pudieron tener, condenaron a Eva. De envidiosas. Porque Eva tuvo amor y ellas nunca. Adán permitió que la entregaran. Otro desgraciado. Un traidor vulgar. Ya les dije que los hombres solo sirven para arruinar las cosas. Así fue desde el inicio de los tiempos. ¡Pobre Eva!
Luego agregó:
—A las monjas las crearon para atormentar a niñas como tú y fastidiarnos la vida a las alemanas como yo. Nadie me pegó tanto en mi vida como esas monjas. ¿A ti te pegaban? Hijas de puta. Siempre dije que las monjas eran unas hijas de puta. Ni mi padre me pegó tanto como ellas, y eso que era un hombre siempre dispuesto a pegarte. ¿Miento acaso? —agregó, sin pedir permiso para seguir.
—Eras una maldita malcriada —maldijo la menor—. Nunca supiste tener la boca cerrada; por eso te pegaban seguido, para que te callaras. Papá te mandó al colegio de monjas para que alguien te enseñara educación. Él no pudo, a pesar de todo lo que te golpeó. Lo recuerdo perfectamente. Para mí todo el problema fue que te llenaron la cabeza con esas ideas absurdas.
—Absurda son tus palabras. ¿Qué clase de hermana justifica que unas monjas de porquería me pegaran cuanto se les diera la gana? Increíble. ¿No lo crees, muchacha? —Amanda asintió.
—Niña, ¿desayunaste? Te veo muy feo color —dijo Gertrudis, tomándole la cara y moviéndola de un lado a otro para observarla mejor—. Tienes la piel amarilla, color de mala bilis. De eso murió nuestra madre.
—Tenía casi cien años, hermana. La madre murió de vieja, de muy vieja.
—¿Y qué importa? Tenía un color horrible el día que murió. La bilis le invadió el cuerpo; de lo contrario hubiera vivido muchos años más. Era muy fuerte y muy ardiente. Ella fue quien le sacó la costumbre de pegarnos que tenía nuestro padre.
—Papá murió en la guerra. En una trinchera roñosa, llena de ratas y de cadáveres apestosos.
—¿Y quién crees que lo enroló en el ejército? —dijo Gertrudis—. Ella se quedó con el kapelmestir, que le cantaba hermosas canciones amorosas, mientras los hombres como nuestro padre morían como moscas, envenenados por los gases en esas trincheras llenas de excrementos.
—No hables así de nuestra madre. Era una sufrida mujer alemana; algo de amor precisaba.
—¡Entre las piernas llevaba todo el amor que podía! —exclamó Gertrudis, haciendo un gesto obsceno que llenó de vergüenza a Amanda—. El amor que más le gustaba era el de mayor tamaño. Todas lo supimos siempre y lo bien que hizo. ¿O acaso tú no escuchabas sus alaridos cuando el amor entraba por donde Dios manda?
La hermana menor, a punto de estallar de furia, cambió de tema para salir de la discusión.
—¿No desayunaste o entendí mal? ¿Dijiste, Amanda, que no desayunaste? —repitió.
—No, señora. No pude hacerlo.
—Entonces entrá hasta que llegue tu padre —dijo la menor, empujándola suavemente hacia adentro—. Te haremos un buen desayuno. De los que nos gustan a nosotras: pan casero, manteca casera, buen tocino y mucha leche recién ordeñada.
—A tu padre se lo notaba preocupado —explicó Gertrudis—. Yo le atendí el llamado. Tal vez es algo estúpido, pero después de todo es un padre viudo. Los viudos se vuelven torpes y no saben cómo manejar los asuntos de sus hijas. Las mujeres tenemos más experiencia en esos menesteres. No deberías ser muy severa con él, pobre padre viudo. Discúlpalo y vuelve con él, no lo hagas sufrir demasiado. Aunque yo le dije que se lo tendría merecido. ¿Qué podía haber hecho de malo una niña como tú?
—Yo no hice nada malo, señora. Yo no hice nada malo.
—Yo lo sabía, yo tenía razón. Una muchacha como tú no puede tener maldad en su corazón, menos si es la hija de una santa, porque tu madre era una verdadera santa.
La otra mujer, que había escuchado en silencio, citó un texto bíblico que Amanda conocía de memoria aunque no lograba relacionarlo con su fuga ni con la próxima llegada de su padre.
—“Cuando ya su rama está tierna y brotan sus hojas, sabed que el verano está cerca” —dijo.
—¿Qué tiene que ver la higuera en todo esto? —preguntó la mayor, con gesto de rechazo.
—Con la niña ha llegado el momento. Eso quise decir, bruta. Llegó el momento. Pasaron muchos años, pero llegó el momento. El fruto está maduro.
—¡Qué fruto ni fruto! —escupió la mayor—. Solo eres una bruta y ridícula alemana. Repetiste una frase hueca de tu insignificante y mentirosa Biblia. Eres una chupa cirios, lameculo de los curas…
—¡Vete al carajo, maldita comunista! —respondió la menor—. ¡Por eso las monjas te pegaban! Porque eras una maldita comunista con la cabeza llena de esas mierdas. ¡Socialismo! ¡Comunismo! Toda mierda. ¡Maldita comunista! ¡Por tu culpa fusilaron a tu esposo y deportaron a tus hijos! Te tuviste que meter en el hoyo la foto del Pepe Stalin.
Gertrudis se rascó la cabeza con violencia. Unas venas en la frente se hincharon hasta parecer a punto de reventar. La nariz se ensanchó, las arrugas se marcaron y las cejas se arquearon como el lomo de un gato enfadado. La boca quedó rígida, los labios apenas dos líneas moradas. Respiraba agitada; parecía que en cualquier momento tomaría a trompadas a su hermana. La pelea no pasó a mayores.
Con un ademán relajado la hicieron pasar a la cocina comedor del chalet. Todo lucía impecable; todo brillaba. Un perfume a jazmines venía de una enorme planta en un rincón. En la vitrina, pequeñas tacitas de porcelana relucían como si guardaran historias. De allí sacaron una taza grande para la leche: blanca, ceremoniosa, nívea.
La sentaron en una silla de mimbre amarillo, de respaldo alto; Amanda, que no era alta, pareció más pequeña aún. Al cabo de un silencio, el olor del pan casero invadió la casa; la manteca se untó con facilidad sobre la miga esponjosa, tal como en los años de su primera infancia. El tocino chirrió en la sartén de hierro y habló el idioma inconfundible de los buenos momentos.
Amanda se relajó. Comió, bebió y sintió alivio: estaba hambrienta y nunca había probado un desayuno así. Había algo de Anita en el ambiente, y eso la reconfortó.
—Señora —dijo Amanda, dirigiéndose a Gertrudis.
—¡Señora! ¡Señora! —respondió la mujer con su habitual teatralidad—. ¡La gata llora! ¿Qué te ocurre ahora?
—¿Y Carmen y Francisco? —preguntó Amanda, señalando hacia la casita de los bolivianos.
—¡Ah! ¡Horrible! —exclamó Gertrudis—. Se fueron a su tierra. ¿Bolidia, se llama?
—Casi, Bolivia —corrigió Amanda.
—La hija, Isabelita, murió de perritonitis.
—“Peritonitis” —replicó la menor burlándose de la pronunciación de Gertrudis—. ¿Se volvió “perrito”?
La menor se burló de cómo pronunciaba peritonitis su hermana.
—Di conmigo: Pe-ri-to-ni-tis. Peritonitis, del peritonio. ¿Entiendes, bruta alemana del Volga? No “perritonitis”. —Gertrudis estuvo a punto de golpear con un florero la redonda cabeza de su hermana, pero volvió la vista hacia Amanda, que estaba realmente conmovida.
—¿No te dijo tu padre nada de esto? —No, nada. —¿No digo yo que los viudos no sirven para nada? ¡Con lo que te querían ellos! Siempre lloraron por vos y por tu madre.
—Yo los amaba. Eran realmente buenos conmigo. Hubiese vivido con ellos de haber podido elegir. —Pero los niños no eligen su futuro; lo eligen sus padres y ellos lo soportan como pueden. Te lo podemos decir sin mentirte.
—¿Hace mucho que murió la hija? —preguntó Amanda.
—Dos años, tal vez algo más; no recuerdo bien. Debería mirar la estampita del velorio.
—¿Podremos ir a su tumba? Quisiera llevarle flores del jardín, esas tan hermosas que ustedes cultivaron.
—Me temo que no será posible. Se la llevaron con ellos a su país cuando decidieron regresar. Volvieron los tres juntos. Solo quedó la casita que cuida Don Juan, el correntino: un grandote, calvo, de pocas palabras, que se ha radicado con su esposa casi enfrente de la casita de los bolivianos. Tienen dos hijos. —Qué tristeza.
—Es cierto. Estamos llenos de tristezas —se quejó Gertrudis.
—Hay gente que no conozco, vecinos nuevos, que llegaron mientras estuve ausente. —Es que pasaron varios años. La vida sigue. La gente busca donde hacer el nido, como las aves. Aquí es lindo lugar: cerca de la ciudad, pero todavía tranquilo. Cuando este pueblo deje de ser pueblo, por suerte yo estaré muerta. No me gusta la ciudad. Todos locos.
Gertrudis repasó nombres de los nuevos parroquianos y le dijo a Amanda que tenía que conocerlos a todos.
—Nos ocuparemos mi hermana y yo de presentártelos.
—Habrá tiempo para ello —respondió Amanda, que prefería tomarse su tiempo para hacerse de nuevas amistades. A Gertrudis, sin embargo, los deseos de Amanda le importaban poco.
—Está “La Negra”, hija de portugueses, maestra de escuela; dos hijos pequeños. La española, a dos terrenos de nuestra casa. Un español que regentea una especie de pensión de señoritas. Un matrimonio del que nunca se sabe cuántos hijos tienen; siempre aparece uno nuevo. Ramón, el colectivero, y su esposa “La Mamaní”, y varios otros que te iremos presentando con el tiempo.
Amanda miró hacia las casas que le señalaba la alemana mientras escuchaba la lista. Le preguntó por la propaganda que decía que pronto rellenarían la laguna donde pasó parte de su infancia y lotearían esos terrenos. Gertrudis explicó que con la llegada de la fábrica textil la zona había cambiado: era una gran empresa que demandaba mano de obra, sobre todo mujeres. Sus dueños preferían que los trabajadores vivieran cerca de la planta; así integrarían la empresa al barrio y lo presentarían como fuente de progreso y bienestar.
Tras la instalación de la fábrica se prometió rellenar la laguna para ampliar la oferta de terrenos; luego vendrían el asfalto de las calles interiores, las cloacas y la mejora del transporte público. Con esa infraestructura, la fisonomía del villorrio cambiaría: perdería la apariencia pueblerina que tanto seducía a Amanda y adquiriría las formas y hábitos de los barrios suburbanos próximos a la capital.
Pero Amanda, para entonces, ya no viviría allí. La Agencia fraguaría su muerte temprana en un destructivo incendio para hacer desaparecer, casi mágicamente, a la muchacha y a su casita de madera canadiense de la memoria colectiva; se encargaría de que se perdieran todos sus registros públicos: documento, partida de nacimiento, registros bautismales, actas escolares —todo, absolutamente todo. Moriría un día cualquiera, decidido seguramente en el escritorio de un aburrido burócrata, y de su presencia no quedaría nada tangible.
La muerte se ocuparía también de los pocos testigos directos que la conocieron y trataron; con su desaparición, la existencia de Amanda Da Silva se alejaría definitivamente de la realidad. Sería solo un nombre en los archivos más reservados de la Agencia, archivos que, tiempo después, serían canibalizados por sucesivos enfrentamientos internos que terminaron por diezmar la documentación sobre su persona y sus actividades.
Sin saberlo, estaba entrando en el limbo que propone el olvido: allí, quienes arriban se transforman en una especie de fantasmas de la historia, y ni siquiera de la historia comprobable, sino de la tradición oral que, con el paso del tiempo, se torna más oscura e imprecisa. Sus habitantes mutaban en espectros: algunos creen religiosamente en su existencia sin albergar duda alguna; otros sostienen que no son más que entelequias, fabulaciones de un pueblo que necesita inventar mitos y leyendas para sobrellevar el peso de la historia sobre sus espaldas.
***
III
Sin retorno
—Señora, ¿cuál es su nombre? —preguntó Amanda a la mayor de las hermanas mientras se dirigían a su casa.
La otra prefirió quedarse limpiando la vajilla que usó la muchacha para desayunar. Se detuvieron unos metros antes de la puerta de entrada.
—Gertrudis. Pero hace mucho tiempo que nadie me llama por mi nombre.
—¿Por qué no la llaman por su nombre?
—Es una larga historia; aburre —dijo la mujer frunciendo el ceño.
—¿Y cómo la llaman?
—No quisieras saberlo.
—¿Y si quisiera saberlo, me lo diría?
—No, de ningún modo, niña.
—¡Dígame! —rogó Amanda—. Juro que sabré comportarme.
—No jures en vano, muchacha. —Gertrudis dijo esto último señalándola con gesto severo.
—Jamás juré en vano.
—Qué bueno. Pero créeme que no querrás saberlo. Te lo dice alguien que nunca habla sin razón verdadera. Llámame Gertrudis; para mí sería grato que tú me llamaras por mi nombre. Eres una buena muchacha y muy bonita, por cierto. Llámame Gertrudis, que contigo estará todo bien.
—De acuerdo. ¿Mi padre sabe su nombre?
—No, de ningún modo. Él me llamó siempre «señora». A lo sumo, «señora
vecina».
—¿Y su hermana cómo se llama?
—No lo recuerdo —mintió riendo—. Era un nombre insignificante, por eso lo he olvidado. Olvido todas las cosas insignificantes.
—Entonces, ¿cómo debo llamarla? —Amanda aceptó complaciente la reserva de la alemana con respecto al nombre de su hermana.
—Como te plazca. No es de mi incumbencia. Yo te podría decir un nombre alemán para que la llamaras, pero dificulto que los recuerdes.
—Tengo buena memoria, señora Gertrudis.
—No es necesario que me llames señora. Cuando alguien me dice señora, me siento igual que si fuera una vaca que ya no puede parir más. Prefiero que me digan «¡Eh! ¡Usted! ¡La alemana más gorda!» y nunca «¡Eh! ¡Usted! ¡Vieja vaca alemana!». No me llames señora, por favor. Con llamarme Gertrudis será suficiente.
Suspiró resignada.
—De acuerdo. A mí tampoco me gustaría sentirme como una vaca vieja.
—Tú nunca serás una vaca. Para ser vaca hay que ser primero ternero. Y tú no pareces más que una paloma flaca.
A Amanda esa comparación la movió a risas.
—En algún momento vas a levantar vuelo y te irás lejos, muy lejos. En cambio, las vacas no vuelan, ¡por suerte! Por eso estamos aquí y aquí moriremos. Todavía anda la vieja vaca del tambero del pueblo, la misma de la infancia de Amanda. Así que dices que tienes buena memoria.
—Muy buena, se lo aseguro. Recuerdo todas las partituras que aprendí de memoria.
—¡Ah! ¿Estudias música?
—Estudiaba.
—¿Estudiabas?
—En el internado de las monjas.
—Monjas de mierda, de seguro te jodieron hasta con la música.
—No justamente.
—Qué bueno. Entonces te hallaremos la oportunidad para saber si lo de tu buena memoria es tan así. Ya la pondremos a prueba interpretando a Bach en casa. Mi piano no suena desde hace mucho tiempo. Yo adoro a Bach.
—Yo también.
Gertrudis, emocionada, la abrazó con fuerza.
La alemana abrió la puerta de la casita de Amanda. El mismo perfume de los jazmines de la planta de las hermanas llegó hasta la entrada desde el interior de la vivienda. Un ramo grande y todavía blanco sobresalía de la modesta mesa del comedor. La casa estaba reluciente. Las mujeres se habían esmerado en mantenerla limpia y en orden. Nada faltaba de su lugar; por lo menos, todo aquello que Amanda podía recordar después de todos esos años.
—No ha de tardarse mucho en llegar tu padre. Te dejaré sola cuando él venga. No quiero verme mezclada en asuntos de familia ajena. Con los propios tengo suficiente.
—De acuerdo.
Amanda prefería estar a solas con Miguel.
Revisa la casa y verás que todo está en orden. Mi hermana es realmente buena para mantener una casa impecable. Es una cerda capitalista, pero sabe lo que hace. Hicimos algunos cambios en el jardín del patio interior. Verás algunas flores que antes no estaban.
Amanda observó las flores del jardín cuando la alemana alzó la persiana de madera del ventanal del comedor que daba a ese patio. Lucían rozagantes, eran multicolores y abundaban tanto en la tierra como en las macetas.
Miguel estacionó el automóvil en el que viajó hasta su casa en los suburbios, justo enfrente de ella. No quiso que el chófer de su madre lo llevara en esa oportunidad. Amanda y la mujer escucharon el auto detenerse. La alemana salió de la casita y lo saludó con un leve movimiento de la mano. No esperó a que el hombre descendiera del auto.
Miguel hubiese preferido saludarla, pero no tuvo oportunidad alguna. Cuando alcanzó a cerrar la puerta de su automóvil, la mujer ya había cerrado la de su casa. Era claro que ella no quería verse involucrada ni siquiera en una conversación de cortesía con el vecino.
Golpeó la puerta de entrada de su propia casa como si fuera un visitante. En verdad, se sentía algo ajeno allí, en ese instante. La casa había perdido su apariencia de hogar, no le resultaba acogedora y hasta un cierto estremecimiento lo hacía vacilar, recordando tiempos que ya no volverían.
Desde el interior se oyó la voz de Amanda, quien le dijo que la puerta estaba abierta, que entrara. Abrió con cuidado, como tratando de no molestar. Esperó que su hija hablara nuevamente, pero ella estaba callada, expectante.
—¿Amanda?
—Entrá, estoy en el comedor.
Miguel entró y la vio sentada a la mesa. Allí, entre las luces del día y los reflejos en las maderas, estaba más parecida que nunca a Anita. Tardó un tiempo en poder hablarle. Estaba realmente sobrecogido.
—Hija, ¿cómo estás? –preguntó compungido.
—¿Vos qué creés?
—Te pido perdón por la venta del piano, yo no tuve nada que ver. –Rogó con sinceridad–. Y te pido que vuelvas a casa conmigo, ahora.
—Esa no es mi casa. –Amanda desechó sin titubear la oferta de Miguel–. Esta es mi casa. Y no pienso irme de aquí por nada del mundo.
—Tu hermano llora por vos, te reclama. Yo te necesito.
—Mi hermano llora porque la abuela lo atormenta. Mi hermano llora porque no tiene madre. Mi hermano llora porque vos no te ocupás de él. No llora por mí. Y aunque llorara a mares no voy a volver a esa casa, es lo mejor que puedo hacer por él. Esa no es nuestra casa.
La abuela me odia, puedo sentirlo en cada momento. Me odia. Respira odio, hiede a odio. Odia mi voz, odia mi música, odia todo lo mío. Siempre me odió. Desde chiquita. Siempre lo supe. Odia a mamá. Está llena de odio. Mamá me protegía de ella y ella no está para cuidarme.
—Tu abuela no te odia, cómo iba a odiarte. Ella te quiere a su modo, es un poco severa, nada más. Yo la padecí antes que vos. Es un poco…
—¿Un poco? Ni a las sirvientas las trata como a mí. Ella me odia y no voy a volver a un lugar donde me odian. Ya estuve muchos años en un internado donde solo dos personas me quisieron mientras vos te olvidabas cada vez más seguido de venir a verme.
—Yo sé que lo del internado fue difícil, pero no podía hacer otra cosa.
—¿Te interesa que hablemos de eso?
—No, solo quiero pedirte que regreses conmigo.
—No puedo volver a esa casa. Papá, vení a vivir acá, este es nuestro hogar. Vení con Jorge, estemos los tres juntos, como debe ser. Acá están nuestras cosas.
—Sabés que no puedo. Trabajo todo el día, Jorge está enfermo, su asma no lo deja casi ni respirar. ¿Quién se va a ocupar de todas las cosas de la casa?
—Yo.
—A vos todavía te falta un año para terminar la secundaria. Las monjas quieren que termines con ellas tus estudios.
—Tampoco voy a volver a ese colegio. No lo soporto más. Mientras vivió el maestro era tolerable. Pero hasta él se me murió. Se ve que no tengo suerte con las personas que quiero. ¡Se me mueren los que quiero! Y los que me odian viven mil años.
—Por favor, Amanda, te lo ruego. Voy a hablar con la abuela para que recupere el piano, para que te deje en paz, que no te moleste más. Hijita, por favor, volvé conmigo.
—No voy a volver. Además, vos a la abuela le tenés miedo, nunca la vas a enfrentar.
—Te puedo hacer volver por la fuerza.
—No me importa. ¿Me vas a encerrar de nuevo en ese colegio de mierda? Me voy a escapar en cuanto pueda, y, además, les voy a hacer la vida imposible. Si todavía me querés, dejame acá.
—Cómo me vas a decir eso… Yo te amo, hija, nunca dejé de quererte, sos mi hija. No puedo dejarte acá, sola, quién se va a hacer cargo de tus cosas, de tu ropa, tu comida, de todo lo que necesitás.
—Yo misma. Todo lo aprendí mientras estuve pupila. Lavar, coser, planchar, cocinar, mentir, sufrir, esperar, renegar, desesperar… todo… aprendí todo. Me mandaste al mejor colegio de monjas del mundo.
—Tratá de ser razonable, Amanda.
—Soy razonable. Por eso no voy a volver ni a esa casa ni a ese colegio.
—En el colegio vas a poder continuar tus estudios de música.
—No voy a estudiar nunca más música. Ya no me interesa. No sirve de nada.
—¿Vos creés que tu maestro hubiera aceptado que renuncies a la música?
—Está muerto, ¡muerto! Ya no me puede decir nada.
—No sé qué hacer con vos, Amanda.
—Dejame acá. No voy a volver. No me obligués a volver. No quiero volver, ¡No quiero volver nunca más a esa casa!
—Pero cómo vas a estar sola acá… en este lugar donde no hay nada…
—Ni agua corriente, ¿no?
—Ni agua corriente, cierto.
—Nunca hubo agua corriente. Ni agua caliente. Ni estufas a gas. Ni mucamas. Ni nada. ¿No eras feliz? Yo sí. Desde que murió mamá los únicos recuerdos buenos que tengo son esos, los de mi infancia en esta casa.
—Yo también tengo buenos recuerdos de esos momentos.
—Entonces volvé a vivir a nuestra casa. Y volvamos a ser felices. Los tres.
—No puedo Amanda, no puedo y vos lo sabés.
—Entonces dejame acá y andate.
—No es tan fácil, hija. ¿Querés que haga intervenir a un juez de menores? ¿Sabés lo que te va a pasar?—¿Y vos sabés lo que te va a pasar si me ponés a disposición de un juez de menores? ¿Tenés idea de lo que te va a pasar?—No quiero que peleemos. No puedo pelear con vos, Amanda. Solo quiero que estés conmigo.
—Hace mucho que no estamos juntos. Pero mucho, mucho. No sé si lo tenés presente.
—Lo tengo presente.
—Tenía seis años y yo te consolé a vos. Mirá cómo fueron las cosas. Acá enfrente, en la casa de Carmen. ¿Te acordás o ya te olvidaste? Te arrodillaste ante mí y solo me dijiste: «Mamá murió en el parto». Como si nada. Como si hablaras de comprar pan o bofe para el gato.
—No fue así, Amanda…
—«Mamá murió en el parto», y listo. Y yo trataba de entender qué quería decir eso. Desde entonces no pude volver a llorar. ¡Y quise tanto poder llorar! Pero me quedé sin lágrimas. Te las dejé todas a vos. Yo me sequé como un desierto. Tampoco pude gritar, y eso que quería gritar de dolor. ¡Cuánto quería gritar de dolor! Pero no pude: me quedé sin voz para gritar. Y tampoco pude correr, y eso que quería huir de ahí, a cualquier lugar donde pudiera encontrar a mamá. «Mamá murió en el parto». Escuchá cómo suena: «Mamá murió en el parto». Y tenía solo seis años. ¿Te das cuenta? Seis años. Nada más. Y de la muerte de mamá, al internado. ¡Y qué internado! «¡El mejor del mundo!», según ustedes.
—No tuve más remedio.
—Pero no fue solo que me metiste pupila en el colegio. Eso podría haberlo entendido si me lo hubieras explicado. Al principio venías, pero después dejaste de venir. Te esperé semanas enteras. Te esperé meses. No venías. Estabas muy ocupado. Siempre me dijeron eso. Salvo una vez, cuando una monja me dijo: «A tu papá ya no le interesás. Si fueras un varón, vendría. A los varones no se los abandona; a las mujeres, sí. Metételo en la cabeza, nenita. ¿Sabés cuántas veces los padres viudos internan a sus hijas y no vuelven, salvo una vez al año para visitarlas? Olvidate, nenita. Cuando consiga otra esposa, desaparecerá para siempre».
Las pocas veces que vi a mi hermano, ni siquiera sabía quién era. Cada vez que podía verlo, era un chico distinto. Nunca se parecía al que había visto meses o, tal vez, años antes. Pero él me acariciaba igual, me daba besitos, me amaba y ni siquiera me conocía. Y vos no venías. No me visitabas. No me buscabas. Me dejaste abandonada. La única que me dio amor fue la monja jorobadita. Y la recluyeron por unos versos que no le hacían mal a nadie. Fue cuando me diste aquel sopapo que no voy a olvidar jamás. No pude ni despedirme de ella. ¡Y después hablan del amor cristiano!
Recordó las palabras de la alemana y repitió para sí: «Las monjas son todas hijas de puta». Luego se corrigió: «Todas menos la jorobadita».
—Hijita… Yo… no sé qué decirte… Nada que no sea: volvé conmigo. Por el amor de Dios, volvé conmigo.
—¿Por el amor de Dios? ¿Invocás el amor de Dios? Justamente por el amor de Dios no voy a volver a esa casa. Nunca. Ni viva ni muerta. Con juez o sin juez. No voy a volver adonde me odian. Justamente por el amor de Dios.
Miguel suspiró, resignado. En ese momento, Amanda se pareció más que nunca a su madre. Sabía que la determinación de su hija era firme y que todo intento de imponerse por encima de sus argumentos solo terminaría por empeorar las cosas. Nada de jueces. Nada por la fuerza.
Eriseta le diría al enterarse del suceso de la fuga y la mudanza de Amanda a su casita en los suburbios:
—¡Qué pendeja de mierda! ¡Armar este quilombo por unos trapitos que tenía que lavar y unas porquerías que le di para planchar! Lo del piano es un pretexto, sabelo. Lo que pasa, querido, es que no es de tu sangre. Eso pasa. No es la ropa para lavar, no es la ropa para planchar, no es el piano de mierda. El problema es la sangre, ese es el problema. Pero como vos te hacés el moderno, no lo podés asumir.
Lo que lleva en la sangre no es lo tuyo. Te lo dije mil veces. Todo el conflicto es porque siente que no es de tu sangre. Lo intuye, pero no lo sabe. Por ahí sería bueno que se lo dijeras. Parece difícil, pero no lo es tanto. Yo te voy a ayudar, seguí con atención mis palabras, haceme ese favor, ¿querés?
Es simple, muy simple, tenés que actuar como cuando recitabas de chico esos versos espantosos que te enseñaban en el colegio. Parate delante de ella, así, como un hombre de verdad, no te encorves, no te avejentes, como hacés siempre, para dar lástima. Sin ningún protocolo, decile: “Amanda, no soy tu padre.” ¿Entendiste? Claro y preciso. “Amanda, no soy tu padre.” Cinco palabras para resolver este asunto. Nada más que cinco palabras, ¿Ves qué fácil es? Yo creo que deberías comenzar con estas palabras para dejar las cosas en claro desde el inicio. Para un buen final, nada mejor que un buen comienzo.
Una verdad se confiesa sin vueltas. Vos vas y venís, la hacés lunga, te agarra culpa, porque sos como tu padre, te sentís culpable de todo, todo el tiempo. Y a todos los demás, quiero que sepas, esos que te palmean la espalda, les importa un carajo si sufrís de culpa. En el fondo, sos un humanista como tu padre. ¡Qué tipo melodramático!
Después tenés que agregar: ‘Tu padre fue un ilustre desconocido. La embarazó a tu mamá y desapareció’. Aunque yo agregaría: ‘¡andá a saber qué clase de tipo era!’
Y seguí de este modo: ‘Conocí a tu mamá cuando tenías un año y te adopté como a mi hija, pero no sos mi hija. Quiero que sepas que ni siquiera te llamás Amanda. No es tu verdadero nombre. Te lo hice cambiar por conveniencia’.
Para finalizar, hay que mencionar el asunto del apellido. Lo mejor sería también ser muy directo, por ejemplo, decirle: ‘¡Ah! Lo olvidaba: mi apellido no es Da Silva, es de fantasía, me lo dieron en la Agencia para un trabajito menor, cuando le cortaron los testículos a un contrabandista portugués. Es falso. Como todo lo que me rodea’.
Así de simple, hijito, no le des más vueltas, terminala de una vez, ya cansás de tanto darle vuelta a la noria.
Después podrás dedicarte a tu verdadero hijo, el que necesita mucha paz y tranquilidad para curarse del asma atroz que lo atormenta y que, de seguro, se debe a la mala semilla que le dejó la madre, porque en nuestras familias, nadie estuvo enfermo de asma.
A veces, en la vida, deberías saberlo muy bien vos que sos quien sos y te dedicás a lo que te dedicás, hay que saber ser cruel para acceder a la felicidad. No te digo sólo ser cruel, sino algo más importante que es saber ser cruel. La crueldad es una herramienta y hay que saber usarla muy bien para que no se te vuelva en contra. Yo sé usarla. ¿Querés aprender? Hacé lo que te digo y ojalá puedas llegar a la felicidad aún por el camino de la crueldad. Algún día vas a celebrar el arbitrio de la crueldad.
Cuanto más rápido terminés con esto, más feliz vas a ser. Sentite como un cirujano y cortá por lo sano. A veces amputar un miembro, salvo al resto del cuerpo. Si no la gangrena te va a terminar matando.
***
IV
Empezando
Miguel, en casa de las dos alemanas hablando del asunto de la vuelta de Amanda al barrio, aseguró “haré todo lo posible por estar el mayor tiempo posible con ella”. Pero sus palabras no resultaban convincentes.
—Así deberá usted hacer –Gertrudis le respondió hasta con enojo sin dejar de mirarlo directamente a los ojos.
Algo timorato por la forma que la mujer lo observaba, volvió a justificarse diciendo que además debía trabajar y mucho, muchísimo, y atender a su hijo enfermo de un asma terrible, hijo con el que vivía del otro lado de la ciudad, por el barrio de Caballito.
Gertrudis, quien creía poco y nada en la palabra del hombre, le dio la espalda y se marchó en dirección a su dormitorio sin esperar que terminara su explicación. Pareció un gesto de brutal descortesía. Miguel quedó con las palabras en la boca creyendo que a la mayor de las mujeres no le interesara en lo más mínimo su conversación.
Cuando Miguel terminó de hablar, la alemana, desde su habitación, le dijo a viva voz que “Elga Suhl Simson” cuidaría de Amanda todo lo que fuera necesario y de la manera más eficaz posible.
—¡Ella sí que sabe ocuparse de estos asuntos! –exclamó con energía–. Mi hermana y yo hace años que confiamos en ella. Lo hicimos en Alemania y lo hacemos en Argentinen. Nunca nadie se entrometió con nosotras. “Elga” no sabe mentir, todo lo que dice, lo cumple. De jóvenes teníamos algo que ofrecer, pero ahora de viejas, si alguien pretende entrar a nuestra casa no lo hará para enamorarnos; con seguridad y sin temor a equivocarme digo que vendrá a robarnos. Pero “Elga” lo pondrá en su lugar, se lo aseguro. Así que señor vecino que trabajo mucho muchísimo, quédese muy tranquilo, porque estando “Elga” informada de la presencia de su hija, nadie se atreverá a tocar ni un pelo de la muchacha.
Miguel no sabía de quién le hablaba la mujer. Era la primera vez que oía ese nombre de boca de su vecina, nombre del que no tenía idea a quién podría pertenecer.
Dudó si no sería el de otra de las dos hermanas, una tercera y desconocida, porque en realidad él no sabía nada de sus vecinas. Nunca se preocupó por saber algo de ellas. Quien solía frecuentarlas era Anita y ella había muerto hacía ya muchos años.
Tampoco ellas mencionaron sus nombres cuando se presentaron. No se animó a preguntar quién era “Elga”. Guardó silencio y prefirió esperar que la alemana siguiese con su explicación.
Gertrudis regresó del cuarto trayendo en sus manos una brillante escopeta de dos caños de grueso calibre, refulgente como lucía todo en esa casa.
—Le presento a “Elga”, nuestra protectora –le dijo mirándolo con una sonrisa pícara y cómplice mientras la acariciaba como si fuera un inofensivo animal doméstico–. Yo le puse ese nombre. Mi hermana los apellidos. “Elga Suhl Simson”, pero llámela solo “Elga”. Es sencilla como todo buen alemán. Además, le confieso, soy muy buena tiradora. Acá no hay ningún peligro estimado señor vecino. –Y palmeó tres veces a la escopeta a la que llamó “mi querida amiga Elga”–. Ella ya está al tanto de que nuestra vecina vuelve a su casa y está lista para actuar. Ningún bribón hará de las suyas.
Junto con la escopeta, la mujer traía una cartuchera repleta de cartuchos que ella misma fabricaba en sus momentos de ocio.
—Los comprados no son tan buenos, –le dijo a Miguel señalándole los cartuchos, pero él solo tenía ojos para la enorme escopeta que la mujer blandía como si fuera un simple palo de escoba–. Le bajan la calidad de la pólvora para ahorrar. Los perdigones son alemanes, me los manda un primo que los fabrica. Acero alemán. Muy bueno. Trece perdigones en cada cartucho del mejor acero alemán. Una preciosura.
La menor de las hermanas apoyó lo dicho por la mayor. Trajeron a “Elga” desde Alemania. La fabricó una empresa que fue expropiada primero por los nazis y después por los soviéticos, cuando derrotaron a las hordas del Führer. Era una buena arma, como todas las armas alemanas.
Nunca tuvieron un problema desde que se radicaron en ese villorrio. “Elga” nunca fue usada. Y eso que su casa daba a los fondos del ferrocarril donde solían deambular vagos y malandrines, que nunca se animaron a entrometerse en la propiedad de las alemanas porque sabían lo que les esperaba.
Alzó el arma en dirección a los ojos de Miguel, quien trató de no ruborizarse del temor que le produjo la acción, ya que ignoraba si el arma estaba cargada. No sería inteligente mostrarse como un cobarde porque una enorme alemana portara una también enorme escopeta calibre 12/70 y dirigiera sus dos cañones directos a sus ojos. Gertrudis solo quería demostrarle lo convincentes que resultaban esas dos profundas y negras bocas, verdaderas cuevas de la muerte que eran los dos cañones perfectamente torneados, si alguien se atrevía a mirarlos de frente con intenciones poco santas. Bajó el arma, lo que serenó a Miguel, y volvió a asegurarle que nadie se entrometería en la casa de su propiedad.
—Pero esta chica debe comer. Está muy flaca, esquelética, raquítica; parece enfermiza —dijo para relajar al hombre que aún dejaba ver la inquietud que le produjo el arma entre los ojos.
—Ella sabrá administrarse, se lo aseguro. La educamos en un muy buen colegio de monjas. Yo estaré todo lo posible con ella. Me voy a ocupar de que coma bien y esté cómoda.
—¡Hombres! ¡Hombres! ¡Monjas! ¡Monjas! Mala yunta. ¿Hombres? Echan todo a perder. Ya se lo he dicho incluso a usted. ¿Monjas? No me hable de monjas, mi señor vecino. Monjas siempre hijas de puta. ¡Lo que la habrán hecho sufrir a su pobre hija!
—No empieces con tus rezongos. El hombre vino a hablar de su hija, no de tus prejuicios contra las pobres monjas.
Gertrudis se llamó a silencio por no sostener una discusión con su hermana delante de un vecino al que conocían poco y nada. Luego de un momento retomó la palabra.
—Su hija está muy flaca. ¿Quiere usted enfermarla? ¿Cómo ha de dejar el cuidado de su alimentación a una muchacha solitaria? La gente, si está sola, come mal. La soledad arruina a las personas. No, nada de comer sola. Luego, hágame el favor, pregúntele a la muchacha si quiere que la cuidemos entre todos. Una noche puede comer aquí. Otra, en lo de la “Negra”, buena portuguesa, maestra de niños. Tiene dos hijos pequeños que le van a encantar a Amanda. Se nota que es una chica amorosa con los más pequeños.
Luego en lo de la “Gallega”, también buena señora. Ricos arroces, buena mano. Al cuarto día podría comer con usted, para que usted no se haga el vivo. Y los viernes nos juntamos varios vecinos y comemos todos juntos. Tratamos de ser familia. Si usted quiere ser familia, puede venir, será bien recibido. Fines de semana, en casa. Vendrá con su otro hijo, el enfermito de los pulmones. Aquí sanará de todo. ¿Tiene asma? Yo le hago unas cataplasmas prodigiosas. Nada de yuyos, no sirven para nada, inútiles por completo. Cataplasmas, cataplasmas. Muchas hacíamos a los que vinieron de la guerra y se habían envenenado con gases venenosos. Salvamos muchos. Ella puede dar testimonio: preparamos unos ungüentos sanadores que sacan el asma y curan otras enfermedades.
—Gertrudis señaló a su hermana, quien con un leve movimiento de su cabeza confirmó lo que la otra mujer le dijo a Miguel.
—Desayuno aquí todos los días —dijo la menor de las mujeres—. Nadie se levanta más temprano que nosotras dos. Pan casero, manteca casera y tocino del bueno. Luego al colegio. ¿Y dónde va a estudiar la muchacha? —preguntó la mujer.
En qué colegio Amanda terminaría sus estudios secundarios era un asunto que todavía estaba pendiente. Miguel pretendía algún colegio prestigioso, Amanda deseaba hacerlo en el nacional que quedaba a pocos minutos de distancia. El colectivo lo tomaría en la esquina de la casita, sobre la avenida, y la dejaría en la puerta misma del colegio.
Miguel le pidió que no apurara una decisión. Él prefería un colegio religioso, pero Amanda, de solo oírlo, se enfurecía. Llegaron a un acuerdo: postergar la decisión por un tiempo. Recién comenzadas las vacaciones, podían tomarse ese tiempo para decidir.
Amanda, de todos modos, ya tenía resuelto que haría el quinto año en ese colegio del Estado. De allí saldría con título de maestra de escuela primaria, profesión que no descartaba en ese momento. Por otra parte, aprovecharía el tiempo libre que le dejaría ya no estar pupila, para aprender inglés y perfeccionar el francés.
Anita, desde que nació, le habló en los tres idiomas. En castellano, la lengua natal, ella le hablaba la mayor parte del tiempo. Pero todos los días, por las tardes, un tiempo en francés y otro tanto en inglés.
Amanda no podía precisar por qué, de esos dos idiomas, el que recordaba mejor era el francés. Lo entendía con facilidad y la monja francesa del internado la ayudó a hablarlo con notable fluidez. El inglés parecía haber quedado dormido, oculto en algún lugar de su cerebro y no lograba dar con él. Recuperar esos idiomas era recuperar de algún modo a su madre. A pesar de que no podía recordar con facilidad el inglés, conservó en su memoria un poema que la conmovía profundamente y que solía recitarse a sí misma cuando se encontraba triste o desanimada. Era un poema que Anita repetía todos los días, como buscando que la repetición fijara en su hija esos versos que fascinaban a Anita.
El amor a la humanidad del que hablaba el poeta le devolvía la fe en lo humano, una fe que no debía perder por ninguna circunstancia aun la más nefasta. Podía recitarlo de corrido, sin temor a equivocarse ni un solo verso. Era como si la propia Anita, emboscada en algún lugar del poema, dictara su dulce y conmovedora declamación.
¿Y la música? Miguel insistió para que no abandonara sus estudios. Pero Amanda fue terminante. Se acabó, no volvería a estudiar música.
Al principio hizo responsable a su abuela por la venta del piano, pero luego llegó a convencerse de que, al morir su maestro, el cura concertista, algo se había muerto también en ella.
Amaría a la música de por vida, porque esos son amores que no mueren jamás, pero ya no le dedicaría sus esfuerzos, como lo hizo todos esos años en el colegio mientras fue pupila. Todo lo que aprendió con el cura concertista, lo llevaría con ella para siempre. Sus invocaciones a un Dios que ella no comprendía; sus manos alzadas en dirección a un cielo pintado de acuarelas reclamando sonidos extraordinarios; sus rebeliones contra la Madre Superiora; su calidez protectora. Siempre le quedaría un último recurso si la música le reclamaba algo que les quedó pendiente, refugiarse en el viejo Bach, volver a las fuentes, como le decía su maestro, ese que siempre la recibiría con los brazos abiertos, como lo había hecho todos esos años que le dedicó a estudiar sus composiciones. Pero, para Amanda, el tiempo de la música había pasado definitivamente.
Tal vez Miguel no comprendiera aún que lo que había terminado, también, era su capacidad de gobernar a Amanda. Ella se había emancipado, aunque a su padre le costara aceptar esa situación y todavía esa emancipación él no pudiera percibirla tal y como era. Gracias a la tiranía de su abuela, Amanda se había atrevido a independizarse.
A partir de ese momento ella se supo realmente libre. Era un sentimiento todavía confuso, a veces algo abstracto, pero a partir de que impuso dónde viviría y dónde ya no permanecería ni un instante, se sintió liberada de toda esa hipocresía corrosiva que intoxicaba su espíritu, esa manera de la extorsión basada en relaciones de intereses que ella no lograba aún descifrar, pero que repudiaba intensamente.
Y a poco de volver a su casita de madera canadiense, hasta sintió que, por primera vez, estaba en condiciones de abrirse a un amor verdadero, no ya como hija, no ya como compañera, sino como mujer.
Todos los cuidados de sus vecinos no la oprimían. Con ellos no se sentía prisionera ni cuestionada y eso que todos eran muy celosos de su protección. Por el contrario, los acompañaba, siempre que le pedían algo los complacía.
En poco tiempo subió de peso, y cambió su aspecto radicalmente. Parecía mayor de la edad que tenía realmente. Su propio padre se sorprendió del cambio y aceptó que su hija estaba en plena metamorfosis. El rostro había adquirido formas femeninas muy definidas, agrandado el busto, modelado las caderas, torneadas unas piernas largas y delicadas. La ropa ajustada exaltaba su figura. Todos empezaron a mirarla como una joven y bella mujer.
La niña que fuera había quedado en el pasado, jugando por las calles de tierra que se dirigían siempre hacia la laguna y donde se sumergían con sus cadencias de tierra y piedra. De ella se decía que estaba próxima a desaparecer porque el progreso había decidido que se debían rellenar esos terrenos anegados desde hacía décadas, luego de una lluvia magnífica que estableció el espejo de agua con rotunda soberanía.
Como ocurrió con Amanda, la fisonomía de todo aquello empezaba a cambiar definitivamente. Era un paisaje próximo a desaparecer, sumido en una metamorfosis de la que nadie sabía bien qué saldría al final de los cambios.
***
V
Por tu culpa, pendejo
Miguel no dejaba de sorprenderse cada vez que visitaba a su hija. La metamorfosis de Amanda era notable. Estaba cada día más bella y más parecida a Anita. Jorge solía acompañarlo cada vez que se lo permitía Eriseta. La mujer mandoneaba en todo lo que tuviera que ver con su nieto.
El vínculo entre Jorge y Amanda se hizo íntimo, confidencial. El muchacho solo con su hermana podía hablar libremente.
A diferencia de Amanda, él no pudo, hasta entonces, escapar de ese anillo de acero que forjaba su abuela cada día y en el que sometía a sus designios hasta el propio Miguel. De Jorge ya estaba decidido el destino: sería cadete de la Escuela Militar. No solo eso, de acuerdo a lo que dispuso su abuela Eriseta, estudiaría el piano, porque no había nada más irresistible para el ascenso social que un cadete de la Escuela Militar que además supiera tocar el piano.
Fue una tarde en la que habló con Amanda sobre esas decisiones. Miguel lo llevó hasta la casita y partió rápidamente a atender asuntos que según él eran impostergables. La ausencia del padre le daba a Jorge la oportunidad de hablar sin temores. Fue él quien le franqueó a Amanda lo que Eriseta y Miguel ya habían decidido para su futuro: cadete en la Escuela Militar y, además, a estudiar piano. Lo del piano a Jorge le parecía una broma de la abuela solo para mortificarlo aún más, como si el destino militar no fuera suficiente.
—¿Y vos querés ser cadete de la Escuela Militar y tocar el piano? —le preguntó Amanda una tarde en que los dos estaban sentados a la orilla de la laguna mirando el reflejo de un sol que entibiaba el agua
—¡Ni en pedo! —gritó Jorge.
—¿Y entonces?
—Y entonces me voy a ir a la mierda. Me voy a escapar de la Escuela Militar. ¿Vos no te escapaste de casa?
—No era mi casa.
—Bueno. Y yo no quiero ser militar ni tocar el piano. Yo me voy a escapar de la Escuela Militar como vos te escapaste de casa. Y cuando no me vean, voy a volver una noche y les voy a mear el piano. Bien meado. Y luego corro, hasta que me pierdan.
—¿Sabés lo que quiero, Amanda?
—No —le respondió sin dejar de mirarlo con mucha ternura.
—Yo quiero andar por el mundo, ir de aquí para allá. Tener muchas minitas, con perdón de la palabra. Estoy podrido de estar encerrado. A los seis años me pasé un año metido en la cama. ¡Un año! Como si fuera un paralítico. No me dejaban levantar ni para ir a mear. ¿Te das cuenta?
—Te pude visitar solo dos veces ese año.
—Sí, recuerdo. Poco, ¿no es cierto?
—Muy poco. No fue culpa mía. —Amanda pasó su mano por la cabeza de Jorge.
—Lo sé. El quetejedi ni aparecía, ¿verdad?
—Poco y nada.
—Es que el quetejedi se borra todo el tiempo. “Dos banderas”, Miguel debería llamarse —bromeó—. A vos no te iban a ver y a mí me ataron a la cama para que no me pudiera levantar. Y ahora me quieren hacer militar. Yo no quiero ser militar. ¿Por qué voy a ser militar? Yo no quiero tocar el piano. ¿Para qué quiero tocar el piano? A mí no me gusta tocar el piano, a mí no me gusta ser militar.
“Carrera march-cuerpo a tierra-carrera march-cuerpo a tierra”. ¿Con el asma que tengo? ¿Te imaginás? Me muero el primer día. ¡Dejame de joder! Me mandan a la Escuela Militar y me muero de asma. Mirá el cuerpo que tengo —le dijo mientras desabotonaba su camisa para dejar el pecho al aire—. ¡Parezco una paloma!
—Eso sí, por suerte no me cuelgan más ese bicho canasto de porquería que me mandaba poner una curandera a la que me llevaba la abuela. Todos en el barrio se cagaban de risa de mí cuando me veían. “¡Bicho canasto!” me gritaban cuando me veían. “Chupame el bicho”, me gritaban. Y ahora me quieren mandar a la Escuela Militar.
—¿Un bicho canasto?
—Esa no la sabés, vos. Nunca te lo quise decir para que no te cagaras de risa del boludo de tu herma
—¿Un bicho canasto?
—Sí, un bicho canasto…
—¡Qué asco! —Amanda no podía salir de su asombro—. ¿Y para qué un bicho canasto?
—Yo qué sé. Todo el día colgado del cogote. Yo quería jugar al fútbol con los demás chicos, pero no, el bicho canasto no me lo recomendaba. Y los pibes cuando me veían con el bicho colgando me escupían, me puteaban, me decían de todo.
Una vez por semana la abuela me llevaba a lo de la curandera, porque la tipa decía que tenía que saber qué le decía el bicho canasto. Ella le hablaba a la abuela como si fuera una doctora, y la abuela ponía cara de idiota, como si en vez de estar con una curandera estaba, no sé, con Finochietto. Viste que la abuela siempre tiene cara de culo, pero ahí tenía cara de idiota. Y la bruta de la curandera le decía: “el bicho canasto me habla, me dice cómo va lo de ‘la asma’”. ¿Escuchaste? Decía: “lo de la asma”. Así como lo oís. Y la abuela la escuchaba como si fuera un ángel que bajó del cielo.
Yo quería que el bicho le dijera algo bueno, que le dijera, por ejemplo: “este pibe ya está curado ‘de la asma’, doña, déjelo ir a jugar al fútbol, no le rompa más las pelotas”. Pero a mí me tocó el más hijo de puta de todos los bichos canasto del mundo. ¡Cómo iba a decir algo a favor mío!
La tipa hacía como que miraba el bicho; en realidad miraba el canasto, porque el bicho, para mí, estaba bien muerto ahí dentro, porque apenas me lo colgaban, yo lo bañaba en acaroína y andaba por todos lados con ese olor a desinfectante que espantaba a la gente. La tipa decía: “Todavía no ha podido chuparle ‘la asma’ al muchacho. Hay que esperar a que chupe toda ‘la asma’ para que esté curado”. ¿Chupar “la asma”? ¿Cómo me iba a chupar “la asma” un bicho canasto? Por eso los del barrio me gritaban “¡chupame el bicho!” y yo me tenía que aguantar las cargadas porque, si no, encima, me cagaban a trompadas.
—No lo puedo creer.
—Creeme. Y eso que vos nunca supiste lo de las inyecciones de pis.
—¿Inyecciones de qué…?
—De pis.
—¿De pis? ¿Cómo de pis? No se pueden hacer inyecciones de pis. —Amanda imaginaba la orina fluyendo por la delgada aguja de una enorme jeringa desfachatada.
—A mí me obligaban a juntar el meo de todo un día. Tenía que mear en un tarro y encima me lo traía la sirvienta que me miraba el bicho canasto y se cagaba de risa.
—¿Para qué te hacían juntar la orina?
—Decían que para hacer unas inyecciones que me iban a curar el asma.
—¿Cómo te iban a curar el asma con pis?
—Yo qué sé. Un invento del tipo ese del que decían que era un genio.
—¿Un genio? ¿Y juntaba pis para hacer inyecciones?
—¡Un chanta, Amanda! ¡Un chanta! Para mí, cuando la abuela le llevaba el frasco de meo, el tipo lo tiraba por el inodoro. ¡Mirá si iba a hacer inyecciones con el pis! Seguro me inyectó agua, ese hijo de puta. ¡Treinta inyecciones me dieron! Me las aplicaron todas en el mismo lugar, en el mismo agujerito, en el mismo brazo. Me tenían que dar como cien y a la treinta no aguanté más, me escapé del consultorio y corrí por todo el hospital. Nadie me podía agarrar. El asmático del bicho canasto y las inyecciones de meo corría más que ninguno de los enfermeros que me perseguían. Un capo el pibe. Jorge el veloz.
—Pateé médicos, enfermeras, camilleros y policías. No, a los policías los mordí y les gritaba que estaba rabioso. Y los maricones se escondían detrás de los enfermeros para que no los mordiera. Y después corrí y corrí y corrí. Y la abuela atrás, revoleando las tetas, me gritaba: “¡No corrás, Jorgito, que te va a hacer mal! ¡No corrás, querido!”
—¿No te agarró fatiga?
—¡Qué mierda! Corrí como nunca, como un paralítico que no caminó durante un año y de repente descubre que puede caminar. Como a las diez cuadras recién esperé a la vieja, que sudaba como un borracho.
—No te puedo creer.
—Después de que te inyecten meo durante treinta sesiones podés correr como una gacela. ¡Y ahora me quieren mandar a la Escuela Militar a tocar el piano! ¿A vos te parece?
—¿Y papá qué dice?
—¿Del meo?
—No sé, de todo, del bicho, de las inyecciones, de la Escuela Militar, de algo…
—Del bicho ni me habla. Qué me va a decir. ¿Me va a preguntar cómo ando del bicho? ¿Si el bicho me dijo algo? Papá es loco, pero no es boludo. Para que a él no le rompan las pelotas, le deja a la abuela hacer conmigo lo que ella quiere.
De las inyecciones, mejor ni hablar. “¡Hay que confiar en la ciencia! ¡Hay que confiar en la ciencia!”. Y me dejaba hablando solo, como si fuera un retardado, meando en un frasco grande como una cacerola mientras la sirvienta se reía de mi bicho.
Pero la idea de la Escuela Militar fue de él. ¡Esa fue de él! Yo lo sé. Me dijo que estudiar la carrera militar era lo mejor que me podía pasar. Me quería hacer creer que podía ser como San Martín. ¡Yo, como San Martín! ¡Se volvió loco! ¡Se volvió loco, hermana! ¿Te das cuenta, hermanita? ¿Te das cuenta de que el tipo se volvió loco? —Amanda aprobaba sus palabras con unos suaves movimientos de su cabeza.
—Yo no puedo ser como San Martín. ¿Cómo voy a ser como San Martín? Mirame bien. ¿A vos te parece que yo puedo ser como San Martín? —Amanda frunció el ceño, pero prefirió no decir nada sobre ese asunto que sonaba tan ridículo—. Porque, te explico, San Martín también era asmático, no sé si sabías, igual que yo, y así y todo cruzó los Andes. Y liberó a Argentina, Chile y Perú, y eso que era asmático. Así que, como también soy asmático, podría liberar de nuevo a la Argentina, Chile y Perú. Y por ahí otros países. Total, ¿qué problema hay? En vez de ir montado en un burro, iría montado en un bicho canasto, me chuparía unos tragos de buen meo americano y sería el nuevo libertador de América. ¡Qué tal! Una vez le pregunté a papá si le había visto el bicho canasto a San Martín, pero no le gustó el chiste. No quise ni hablar de las inyecciones de meo porque pensé que me iba a dar un sopapo.
Pero lo del piano es una idea de la abuela, como lo del bicho canasto. ¿Se lo habrá recomendado la curandera? Por ahí quería saber si el bicho canasto era sordo, como Beethoven. Yo soy asmático como San Martín, y el bicho canasto, sordo como Beethoven. ¡Qué yunta! ¿No? No sé qué quilombo hubo en casa con un piano que vendió la abuela a unos cirujas y ahora me quieren enchufar a toda costa uno a mí que, además de asmático, como el padre de la patria, soy sordo como el bicho canasto y Beethoven juntos.
Esto te lo tengo que decir, Amanda querida.
—¿Qué me tenés que decir?
—Amanda, querida, yo no quiero tocar el piano. No me gusta tocar el piano. Yo no quiero ser militar. No me gusta ser militar. ¿Está claro?
—Por supuesto.
—Entonces, sabelo, un día de estos hago como vos, me tomo el raje y me voy por el mundo.
—¿Sabés lo que me falta a mí, hermanita?
—No, qué.
—Lo que a mí me hace falta, es amor, ¡amor! Pero amor de verdad, alguien que me trate bien, que me acaricie por todos lados, así, vez, así y así, –Jorge se acariciaba su cabeza, sus hombros, su entrepierna–. Que me bese de lengua. ¿No te parece?
—¿Qué te bese de lengua? –Amanda estaba algo sorprendida por el reclamo–. ¿No sos un poco chiquito para pensar en eso?
—Lo mismo me dijo la hija de la profesora de geografía cuando la besaba. ¡Qué linda lengua tiene la hija de la profe!
—¡Jorge, no seas asqueroso!
—¡Vamos! ¡Vamos! Seguro vos no tenés lengua.
—Basta.
—¿Vos te vas a quedar para vestir santos?
—Problema mío —respondió Amanda.
—¿Y entonces?
—Y entonces nada.
Jorge y Amanda quedaron en silencio. No era eso lo que él quería decirle.
—Te juro que no los aguanto más. Me tienen las pelotas llenas. Me quiero ir a la mierda y que no me encuentren nunca más.
—Yo te entiendo.
—¿Por qué mierda se murió mamá?
—Yo qué sé. Fue nuestra desgracia.
—¡Tu mamá murió en el parto! ¡Tu mamá murió en el parto! Es todo lo que me dijo papá cuando le pregunté cómo había muerto mamá. —Amanda recordó esas palabras que Miguel le dijo arrodillado frente a ella, a la puerta de la casa de Carmen y Francisco—. Y encima la abuela parece que lo disfruta. ¿Podés creerme? ¡Parece que le causa gracia! —Amanda bajó la vista para no delatar sus sentimiento
—¿Te das cuenta de lo que significa eso? “Tu mamá murió en el parto”. Es como si me dijera: “Tu mamá se murió por tu culpa, ¡pendejo de mierda!”. Cada vez que pienso en eso me siento el más hijo de puta del mundo. ¡Por tu culpa, pendejo! ¡Por tu maldita culpa! Yo no pedí nacer, mirá si voy a pedir que mamá se muera para que yo nazca. ¿Sabés lo que es llevar eso acá dentro? —El muchacho se tocó el pecho, del lado del corazón.
“Por tu culpa, pendejo” eran cuatro perros que mordían los garrones del muchacho desde que pudo comprender el lenguaje de las desgracias. Cuatro perros negros, cuzcos malignos, seguidores a todas partes donde iba y alguien le preguntaba por la madre. Cuatro dentelladas en los nervios del alma, donde más duelen. Y llevaba tantas cicatrices de esas mordeduras que ya no las podía contar.
—Y tu madre, ¿cómo no está con vos ahora? —no faltaba quien preguntara comedido.
—Mi madre ha muerto en el parto —Jorge respondía y ya la angustia le ganaba la voz.
—Qué mala suerte, morirse en el parto… —con suerte allí quedaba el asunto. La desgracia parecía llevar por nombre “Jorge”, aunque debió ser otro y Eriseta no lo permitió por puro desdén.
“Por tu culpa, pendejo”, “Por tu culpa, pendejo”, “Por tu grandísima culpa, pendejo”, y Eriseta sonriendo desde la altura de su soberbia y su malicia. Pocas oraciones le causaban a la mujerona tanto placer como aquella compuesta apenas por cinco palabras: “Tu mamá murió en el parto”.
Mordisqueando las palabras, para sí repetía con entusiasmo: “Se fue con su pajarito Ícaro al cielo de los incrédulos, donde un dios justiciero derritió para siempre sus insignificantes plumas y cayó-cayó a un abismo de cenizas del que no podrá salir jamás-jamás. Adiós, Anita. Solo falta arreglar los asuntos con esa muchachita de nombre falso”.
Era imposible que Jorge no comprendiese la satisfacción de su abuela en cada oportunidad que se repetía “tu mamá murió en el parto”.
Esa tarde-noche, junto a su hermana, lloró como lloran los hijos cuando lloran a las madres muertas, abrazados los dos, ausencia y tristeza y un dolor imposible. Aunque no pudieran percibirlo, el cielo pálido en crepúsculo descendía como un súbito racimo y dejaba la pequeña casita de madera canadiense envuelta en un oscuro vestido, como una sutil mortaja azul, silenciando el canto de las aves en los árboles y el susurro del viento entre las hojas.
***
VI
Hija de santa
A partir del regreso a la casita del suburbio, Amanda cambió su estado de ánimo completo. Estaba serena y despejada. No escuchaba la voz de la abuela Eriseta maldiciendo sus días, ni veía esas moscas zumbonas orbitando misteriosas alrededor de la cabeza de la vieja mujer, hasta refugiarse de golpe entre los cilíndricos ruleros que organizaban una especie de peinado con la forma grotesca de un pan dulce. Mucho más atrás, en la memoria, la Madre Superiora era un lejano humo apartado de la luz, que aullaba una ceniza en las postrimerías del cielo.
A medida que los días pasaban, fue recuperando el recuerdo de momentos de su infancia que parecían sepultados bajo gruesas capas de una nostalgia que, como un pernicioso quiste en el espíritu, su internado le dejó luego de años de encierro. Rescató de entre esos momentos juegos, ropas, secretos escondidos en un precioso neceser que Anita le obsequió a los cinco años, y la fragancia de las caricias maternas, como si se hubiesen perpetuado esperando su regreso.
Dormir fue soñar, noche a noche; soñar los rincones domésticos en los que voces familiares amarraban todavía palabras acogedoras y llamaban por su nombre las dichas de esa infancia. Alhajas de amor, joyas en rito placentero: todo era caricia entonces, palpitando las sonrisas que quedaron pendientes. Hasta despertar cambió de pronto, como si abrir los ojos al alba fuera propio de un ave que, un tanto somnolienta, emigra a la luz en un solo vuelo.
Los perfumes cambiaron sus sustancias y dejaron salir del substrato profundo de su alquimia secreta el revuelo de los olores que cruzaban de un lado al otro como mensajeros de un tiempo en el que se podía cantar, se podía correr y se podía arder de vida, temblando como una gota de lluvia entre las hojas. Todo eso le devolvió alegría.
Amanda dejó de percibir desde entonces el rancio olor penetrante de las mentiras repetidas como sacras verdades, de madrugada y de rodillas sobre las filosas púas de un felpudo anaranjado, urdido en un maíz dispuesto por manos expertas para que sus heridas fueran cada vez más penetrantes. Sangre y dolor para arrancar un arrepentimiento mentido. ¡Sangre y dolor! Para llegar a un Dios que desconocía por completo. ¡Sangre y dolor! Era la eucaristía. O la muerte en pequeñas agonías repetidas día tras día, hasta deshacer las alas de las mariposas que habitaban en los cuerpos gentiles de las muchachas frescas, listas a volar en una menarca que temblaba el cuerpo con sus rojas incógnitas. Ella salvó las suyas, refugiadas en la catedral musical del viejo Bach, de la mano del cura concertista.
También el hediondo perfume de la estudiada hipocresía bajo la cruz de una santidad falsificada entre chiches y abalorios; de unas monjas enanas, balbuceando en latín oraciones apócrifas, parecidas a los eunucos bufones saltimbanquis que se afanaban en divertir a su rey a costa de sus propias humillaciones.
Ni la herida constante de las imposiciones y repudios oscuros de la abuela Eriseta, quien preparó contra Amanda la traición definitiva invocando la sangre. «No eres sangre de mi sangre» fue el conjuro. «No eres sangre de mi sangre», el maleficio oscuro lanzado al corazón de Miguel, siempre proclive a la pobreza de espíritu y a la traición emboscada en una canónica sonrisa torva, presentada como fruto apetecible.
Las mañanas se hicieron músicas salidas de las aves, entre cuyos cantos despertaba rodeada de emociones. Podía escuchar el lejano silbido de un viento que, en los fondos de los caminos, se hacía presente para inquietar a los árboles, erguidos como poderosos estambres hacia un cielo distinto. La laguna aún rumoreaba la estrategia nocturna de sus pequeñas olas, mientras el sol salía como una brasa sin fatigas, cargado del crepúsculo matutino.
Podía verlo, entusiasmada, si lo deseaba, asomada a una ventana que daba al florido jardín que cuidaron las alemanas con esmero. Sol coloreado de rojos, naranjas y amarillos, y manchas como redondos lunares, que lo pintaban diferente al mustio del internado (siempre apretujado entre paredes altas) y al de la casona de la abuela Eriseta (siempre ocultado tras las altas celosías de hierro).
Era más sol, abierto de par en par en sus luminiscencias; era más sol, abierto para exhibir exuberante sus entrañas doradas; una moneda etrusca fundiéndose en la sagrada fusión del hidrógeno al helio; una fruta de fuego; una araña dorada camuflada entre las ramas de los altos árboles; los rayos extendidos como puros metales iridiscentes, elevándose para calentar los leves escalofríos de los primeros momentos del alba que rozaban la delicada piel de la delgada muchacha. Como hacía años no le ocurría, Amanda se sentía más próxima a un estado de amor que al de la desesperanza.
No podía decirse que tuviera paz, porque seguramente no volvió a tenerla en toda su vida desde que murió Anita. La paz, para ella, era un sentimiento efímero, un acontecimiento desvinculado de la lucha por su libertad. Pero se sintió satisfecha de haber torcido el rumbo de una vida sometida a la rutina torpe de una especie de sierva dócil al capricho de quienes no la amaban: lavando manchas insignificantes, planchando arrugas intrascendentes, alabando el brillo de unos pisos que no se podían pisar porque se los tomaba como verdaderas porciones del sagrado cielo bajado a la tierra a fuerza de lampazo. O que se transformara en una frívola espectadora, muñeca de cera, ajorca de lágrimas de un patético matrimonio basado en la costumbre de no amarse y ser solo el uterino receptáculo de un esperma que nadaba sin entusiasmo rumbo a un óvulo desesperanzado, con el solo propósito de reproducir la especie.
Ella necesitaba amar, palpitando las pieles, aunque fuera una vez, con todo el cuerpo, enigma de los sexos en secreto. Pero amar de verdad, bajo las estrelladas constelaciones, hasta extenderse deslumbrante en el otro, hasta ser bebida de amor por su elegido. Dejar de ser doncella de una luz entre los abrazos de un león de la noche. Rumor confuso de un temblor en los cuerpos; un golpe azul en medio de la noche ardida de caricias.
No tendría hijos; lo juró, reflexiva, cierta noche mientras repasaba su propia infancia, mirando la simetría del machihembrado del techo, hurgando los detalles de cada acontecimiento y diseccionándolos con el bisturí de su sagaz inteligencia. «No tendré hijos, lo juro», se dijo convincente, y vaya si cumplió con lo que se prometió. «Yo nunca juro en vano», habría respondido si alguien le hubiese preguntado por ese juramento. En la cápsula de un tiempo suspendido cumplió su juramento, solo acosada por el crujir de una articulación artrítica que arrastraba sus babas de diablo por las habitaciones contiguas, persiguiendo a una niña que apenas podía balbucear su espanto.
En las mañanas, desde su llegada, desayunaba bajo la atenta mirada de las dos alemanas, que no podían dejar de sonreír al verla comer con ganas. «¡Come, come!», decían a coro las hermanas. Era el breve momento en que no disputaban entre ellas por nada. «¡Come, come!» era más un ruego que una orden.
Amanda sabía que el tazón de café con leche, endulzado a su gusto, venía acompañado de varias rodajas redondas y crocantes de pan casero (que tanto le recordaba al que amasaba Anita todas las mañanas); la manteca fresca que el tambero vecino traía junto a su vieja y fatigada vaca, la cual pareció reconocer a Amanda y sus juegos a la vera de la laguna, a pesar de los años, al retorno de la hija pródiga. Unas fetas de tocino frito, que solo en esa casa se podían disfrutar, completaban la comida de cada mañana.
—¡Come, come! —exclamaba Gertrudis.
—¡Come, come! —repetía la hermana.
Las alemanas estaban obsesionadas por engordarla.
—Flaca, muy flaca. Flaca, muy flaca —insistía Gertrudis, mientras la hermana asentía con secos y cortos movimientos de la cabeza y mostraba su dedo meñique para explicar la delgadez de la muchacha.
—Flaca, muy flaca. Flaca, muy flaca. Se la ha de llevar el viento si sopla fuerte.
Amanda se imaginaba a sí misma volando por el villorrio ante la desesperación de las dos hermanas, incapaces de alcanzarla en su magistral vuelo.
Los cuidados de las mujeres no la fastidiaban; ellas no se comportaban como vigilantes, sino como cariñosas tías. Las hermanas resultaron amorosas, contrariando la opinión que el villorrio tenía de ellas, de verlas siempre con gesto adusto y actitud casi marcial, limpiando para sacarle brillo hasta a los hollines que la carbonera rociaba sobre todas las casitas como una equívoca bendición de polvo de cenizas negras.
Si Amanda deseaba pasear, podía ir en sentido contrario a la laguna, hacia la gran avenida. En la esquina de la casita esperaba el colectivo «10», que hacía el trayecto en esa dirección y, a la vuelta, llegaba hasta las inmediaciones de los cuarteles del ejército. Era el mismo que tomaría todas las mañanas para ir al colegio Normal y terminar el quinto año de estudio.
Amanda notó, al ascender al colectivo en su primer viaje, que el chofer la miraba extrañado, como si hubiera sido sorprendido por el aspecto de la muchacha. Sostuvo su mirada escrutadora hasta que ella se sentó en uno de los últimos asientos. Sintió esos ojos cargados sobre sus hombros, como si dos pesadas manos la retuvieran en su marcha hacia el fondo del colectivo. Se dijo para sí que, seguramente, la observó de ese modo porque le resultaba una desconocida de raro aspecto. Después de todo, era una muchacha tan joven y delgada, tan bella y solitaria, que cualquier lugareño se extrañaría de su presencia.
Algo de eso le ocurrió a ella misma al ver sentado a ese hombrón, casi un gigante, en ese pequeño asiento que parecía que iba a perecer aplastado en cualquier momento, sosteniendo al corpulento hombre aferrado con sus manotas al minúsculo volante.
En ese villorrio, como en cualquier otro, los extraños siempre fueron observados meticulosamente, como si la simple observación pudiera descifrar el verdadero espíritu del desconocido. Allí todos se conocían hasta por sus sombras, y los viajeros se repetían a diario, tanto de ida como de regreso, a la mañana o a la tarde.
Cuando viajó por segunda vez, el hombre le habló, sorprendiéndola.
—Buen día, jovencita. Suba tranquila, que hay lugar para todos en este colectivo —le dijo amable el chofer con su acento español.
—Buen día, señor —Amanda trató de ser cortés, disimulando su sorpresa por la expresión de la mirada del hombre y la cadencia de su hablar.
El viaje era un suceso familiar, una tertulia sobre ruedas. La gente se saludaba y comentaba asuntos de sus vidas como si fueran, en realidad, todos parientes de una sola familia. Si alguien pedía que el colectivo esperara porque algún pasajero distraído había olvidado algo, el chofer esperaba el tiempo que fuera necesario. No había apuro, entonces; el tiempo transcurría de otro modo.
A la mañana temprano, en el trayecto de ida, solían llegar los obreros rurales desde el fondo de los cuarteles, cargados de verduras que llevaban para sus casas o para vender a precio muy bajo al vecindario. La provisión siempre resultaba barata y abundante. Entonces el colectivo se llenaba de perfumes, de verduras y hortalizas. Las viejas vichaban la calidad de los repollos, la frescura de las lechugas, el rojo de los tomates y especulaban sus menús con los que atender el hambre de la parentela.
Al regreso, en el atardecer, desde la ancha avenida, retornaban los empleados que trabajaban en los comercios de la zona. Los menos, en las oficinas de correo y la compañía de electricidad.
El chofer, de nombre Ramón, era un hombre de mediana edad, de quien Gertrudis le aseguró que había perdido toda su familia en la guerra civil española, algunos muertos en batalla, otros fusilados por los franquistas cuando avanzaron sobre las posiciones republicanas derrotándolas. Se libró de caer prisionero y morir fusilado porque fue rescatado por un grupo de guerrilleros que pasaba de un lado al otro de la frontera entre España y Francia, salvando a los fugados de la venganza de los fascistas.
De allí lo habrían despachado a América, más precisamente a Buenos Aires, donde la comunidad republicana era muy numerosa y la solidaridad con los combatientes de la República tenía muchos adeptos. Asistido por el Socorro Rojo, pasó sus primeras semanas en Buenos Aires y, por pedido suyo, lo radicaron en un lugar alejado de la ciudad, donde hubiera tierra para sembrar y criar algunos animales como deseaba.
Vivía algo más allá de los límites del villorrio, lindando con los cuarteles, donde fijó su residencia. Allí levantó una modesta casilla cerca de una ranchada de provincianos que estaban afincados desde hacía algunos años, y luego de un tiempo no muy largo se juntó con una paisana de apellido Mamaní, a la que todos llamaban «La Mamaní» y de la que nadie conocía el nombre. Era una ruda obrera rural, una morocha de fuertes espaldas y manos poderosas; alta, esbelta, de bello rostro muy curtido por el sol; de ojos pequeños, de pupilas negras; labios finos y siempre apretujados; tupido y largo cabello renegrido, de caminar nervioso y de pasos cortos, algo encorvada, decían, por sus trabajos en la frutilla desde la infancia; seguramente una norteña llegada a Buenos Aires en busca de mejor vida.
Su familia, todos campesinos conchabados también en las quintas, residía mucho más lejos del villorrio, a varios kilómetros de la laguna. Tenían una ranchada bastante numerosa de la que se podía observar a la distancia una bandada de purretes que iban y venían sin detenerse ni por un instante, y que solían tomarse a golpes de puño hasta que intervenía algún mayor que ponía orden a puro rebencazos.
Cada tanto, los niños se dividían en dos bandos mixtos y se tomaban a las trompadas en una verdadera batalla campal que culminaba cuando el rebenque de cuero duro y grueso que usaba el más viejo de todos los hombres zanjaba las disputas. A la noche, en una especie de ritual, los niños se disponían en dos filas, una de mujeres y otra de varones, ambas de menor a mayor, describiendo una interminable fila ascendente y eran revisados por los mayores. A las niñas las revisaban las viejas; a los varones, los viejos. Nunca supo Amanda a qué se debía ese rito, aunque se convenció de que se cercioraban de que no les faltara ningún niño y que a ninguno de ellos le faltara un diente o le sobrara un chichón.
Otra parte de la familia de «La Mamaní», de la que poco se hablaba, parientes lejanos, había sido masacrada en «Rincón Bomba», asunto del que preferían no hablar por temor a ser deportados y muertos, como ocurrió con esos parientes.
Amanda sintió verdadera curiosidad por aquella historia del «Rincón Bomba», del que la mismísima «La Mamaní» le habló en una oportunidad e indagó durante algún tiempo sobre el asunto. Algo les mencionó a las alemanas, que no comprendieron ni jota del asunto del que le hablaba la muchacha. Sus ideas de los rincones y las bombas eran bien diferentes al comentario de Amanda. La guerra, para ellas, fue una catástrofe europea: caía del cielo en forma de lluvia de fuego con su devastación. Luego de la lluvia de fuego venían los soldados y había que correr con todas las fuerzas para no quedar en medio de la batalla. La muerte todo lo abarcaba.
Del chofer se decía que de la matanza de la familia se salvó un hijo, al que entregó para su crianza a una familia campesina para ponerlo a salvo de la persecución de los franquistas. De ese hijo no tenía noticias y, con seguridad, ni siquiera podía imaginar cómo era ese muchacho que no veía desde hacía años.
Lo poco que se sabía de él era su nombre, y eso porque «La Mamaní» lo había mencionado en una oportunidad. Apenas modulando sus labios, dijo al salir de la misa:
—«El Ramón espera al Manuel como al sol en cada mañana».
Luego calló, a pesar de que las viejas la abrumaron de preguntas a las que la mujer ignoró inconmovible, poniendo esa cara de «no sé de qué me hablan», con la que solía esquivar cualquier asunto del que no deseaba hablar. Si las viejas se ponían pesadas, solo respondía «ajá, ajá» y se marchaba con sus pasitos cortos. Allí terminaba el diálogo.
Los otros rumores que corrían se los achacaban a las viejas que, para pasar el rato, inventaban historias de quien fuera. Pero se trataba de especulaciones sin asidero sobre el aspecto del muchacho. Que era rubio, que era morocho; que era alto, que era ancho de espaldas; que era lindo o más que lindo; que ya estaba en Buenos Aires listo para reencontrarse con su padre. Imaginaban al hijo observando el aspecto del padre.
Ramón, hombre bien parecido, era verdaderamente corpulento, de muy amplias espaldas y grueso cuello con forma y aspecto de madera. El asiento donde se acomodaba para manejar el colectivo le quedaba decididamente pequeño, y resultaba muy difícil comprender cómo hacía el hombre para sentarse en él. El tamaño del volante era el común de todos los colectivos, pero en sus manotas apenas parecía un pequeño aro temeroso de ser aplastado por sus enormes dedos, que se aferraban con fuerza.
En las pocas ocasiones en que coincidían todos los vecinos, en general la festividad de Santa Rosa con su veranito a cuestas, las viejas chismosas rondaban alrededor de «La Mamaní» y la codeaban confidencialmente, riendo como pequeñas hienas desdentadas. Preguntaban, sibilinas, si todo lo del hombre era tan grande como se suponía. De «La Mamaní» nunca se podía saber si se sonrojaba, y guardaba un silencio que, en vez de protegerla, la deschavaba. Las viejas reían abriendo sus bocazas por las que asomaban esas rojas y pastosas lenguas, en medio de unos pocos y podridos dientes. Confirmaban sus creencias de que el «gallego», como le decían, conservaba las divinas proporciones en toda la anatomía de su cuerpo.
El hombre siempre estuvo al margen de esas alcahueterías de las que nunca «La Mamaní» le hizo ningún comentario. Temía que su esposo se enfadara con ella. Hombre de pocas palabras, era muy reservado, y no se dejaba oír con facilidad. Su saludo a cada pasajero que ascendía al pequeño colectivo verdirrojo era casi imperceptible, y hablaba sin mover mucho los labios, masticando las palabras como si se tratara del bollo de hoja de coca que llevaba siempre del lado izquierdo de su boca y que le deformaba la cara con un grueso bulto en la mejilla. Era un hábito que había adquirido de su esposa, quien pasaba las horas mascando las hojas de coca que le hacían llegar en una encomienda desde el norte, disimulada en atados de ropa multicolor que la mujer lucía en alguna festividad religiosa.
Ramón disfrutaba el bollo de hojas de coca hechas una pasta y, tras el bollo, ocultaba sus palabras para que pasaran desapercibidas. Tal vez la vida en la clandestinidad le forjó aquel hábito silencioso. Cada tanto asomaba su cabezota por la ventanilla y escupía una saliva verde y negra que la tierra de la calle absorbía velozmente. Los pasajeros disimulaban con generosidad el sonoro escupitajo del chofer, mirando en sentido contrario, tolerando, aunque confusos, ese raro hábito que el español había adquirido de «La Mamaní», contradiciendo todas las apuestas.
Una mañana, respondiendo a la seña que Amanda le hizo para que se detuviera, estacionó el colectivo en aquella esquina para que ascendiera la muchacha. Apagó el motor y, sin mediar ningún comentario, se quedó mirando a Amanda con mayor insistencia que lo habitual. La muchacha, sorprendida y algo incómoda, sintió extraña esa observación casi meticulosa que el hombre hacía de su rostro. Con sus ojos marrones, bajo el imperio de sus gruesas cejas, recorría la fisonomía del rostro de la muchacha, rescatando cada detalle.
Pero no solo él estaba atento al aspecto de la joven. Los demás vecinos que viajaban en esa oportunidad también miraban a Amanda con curiosidad y hacían gestos para hacer notar que sabían de quién se trataba. Ellos se bamboleaban, chocando sus hombros y mascando unas pequeñas semillas que Amanda no podía identificar desde su posición. El piso del colectivo estaba algo sucio de las cascarillas de esas pepitas que los viajeros escupían con ganas.
Parece que una vieja dijo, mientras se deshacía de una cáscara: «Es ella, es ella», pero otros más discretos la hicieron callar, esperando que fuera el chofer quien les despejara las dudas. De todo lo que habían hablado hasta detenerse en esa esquina, el único en condiciones de preguntar era el chofer.
—Buen día, niña. ¿Usted es hija de la santa? —le dijo con voz clara y serena, a pesar del bollo de hojas de coca en su boca. Su voz varonil, definida y sosegada, resultó rara en él, que siempre murmuraba como si se propusiera no incomodar a su interlocutor o tratando de pasar desapercibido.
—¿La santa? —Amanda quedó confundida por la pregunta. Trató de asociarlo, de algún modo, con algún estado de santidad, pero no lo logró.
—La santa, sí, la santa —aseveró Ramón, sin dudar y gesticulando con cierta ampulosidad—. La mujer que murió para dar vida a su hijo varón.
La muchacha abrió sus ojos, que parecieron más negros y más grandes que de costumbre. Comprendió que hablaba de Anita, su madre.
—¿Anita, mi mamá? ¿A ella se refiere?
—¡Claro! ¿A quién otra me iba a referir? ¡Con que usted es la hija de la santa! ¡Anita se llamaba! ¡Por supuesto! ¡Anita! —Y miró a sus acompañantes, que a coro repitieron:
—¡Anita! ¡Anita!
Amanda escuchó con sorpresa la repetición del nombre de su madre.
—Me pareció que usted era la hija de la santa mujer cuando la vi la primera vez, aunque yo, en verdad, no la conocía y nunca la hubiera reconocido. Pero tanto me hablaron de su madre, tanto me repitieron del color de sus ojos, de lo profundo de la mirada, que al verla a usted comprendí de inmediato de quién se trataba. Sin duda, me dije: «Esta es la hija de la Santa».
Mi esposa me lo aseguró, pero quería confirmarlo por su propia boca. Por si no lo sabe, «La Mamaní» es mi esposa, trabaja por allá en las quintas —y señaló con su enorme dedo pulgar en dirección al fondo de la legua— y conoció a su madre, aunque no lo crea. Me dijo que usted es el vivo retrato de ella y, además, me dijo que su mirada era muy especial, como la suya.
Amanda no recordaba tanta intensidad en los ojos de Anita. Sí recordaba el amor que le entregaban cada vez que posaba sus ojos en ella.
—¿Por qué dicen que mi mamá fue santa?
«¿Santa?», se preguntaba la muchacha y repetía para sí: «¿Santa?».
Amanda, en su recuerdo infantil, no lograba asimilar la imagen de su madre a esos íconos de colores opacos y rostros cejijuntos de los santos que en las iglesias pueblan pequeños altares distribuidos a lo largo de los amplios pasillos donde están los confesionarios y por los que deambulan penitentes en busca de consuelos.
—¿Cómo por qué? —extrañado, Ramón se alzó de hombros, sorprendido—. ¡Me extraña su pregunta! Porque murió en el parto para salvar a su hermano y eso la hizo santa. ¿Hay amor más grande que el de una madre que muere para dar vida a su hijo? ¡No! ¡Claro que no lo hay!
—No, claro que no lo hay —repitieron, como orando, los viajeros—. Y aquí se la venera como corresponde. Por allí derecho está el altarcillo.
El hombre señaló hacia un lugar que la muchacha no pudo identificar con claridad. Amanda ignoraba el asunto de la santificación del martirio de su madre.
—¿Las alemanas no se lo comentaron? —preguntó malicioso Ramón.
—No, nunca lo comentaron.
—Cabezas huecas, solo piensan en limpiar y se olvidan de las cosas importantes. Y su padre —continuó—, ¿también murió? ¿Murió de pena? Y del muchacho, ¿qué fue?
—Papá no murió —le aclaró Amanda—; vive con su madre en la ciudad, en una casa muy grande y muy linda. Mi hermano está con él.
—Entonces, ¿cómo es que su padre la ha dejado sola en este pueblo pequeño y pobre? ¿La abandonó? —Ramón estaba realmente intrigado por ese asunto.
—Mi papá viene a verme todos, casi todos los días; no me ha dejado sola y nunca me habría abandonado —mintió piadosa.
—Pues yo creo que usted está sola y apenas es una niña —afirmó enfático el hombre.
—No soy una niña, aunque lo parezca. Me basto a mí misma. Y me ayudan los vecinos. Usted se equivoca conmigo.
—Puede ser. Lo dice el refrán: «El que tiene boca se equivoca». ¿Y quién es su padre? ¿Le conozco? —preguntó Ramón mientras repasaba en su memoria a todos sus conocidos del villorrio, incluidos los que vivían rodeando los cuarteles.
—Llega de tarde en su auto, tal vez lo haya visto.
Los viajeros se inquietaron de repente y mascaban con más ansias las semillas, escupiendo sus cáscaras por las ventanillas.
—¿Es el hombre del coche negro?
—¡El hombre del coche negro! —soltaron los pasajeros al unísono.
—¿Ese suntuoso auto extranjero? ¿El que viene de la ciudad a la tardecita y al rato se marcha en la dirección que vino? ¿Ese es su padre? —Ramón abrió los ojos tan grandes como la boca, sorprendido.
—Ese mismo.
—Coche de lujo, pues. Su padre ha de ser rico.
Los pasajeros asintieron moviendo sus cabezas de arriba abajo todos al mismo tiempo.
—¡Muy rico! —exclamaron a coro mientras imaginaban una montaña de dinero.
—No es de él el automóvil, es de su madre.
—¿Su madre? ¡Su abuela! ¡Esa sí que ha de ser rica! ¿Y cómo es que no vive con su padre, con su abuela y con su hermano? —preguntó el hombre, intrigado por esa separación para él inexplicable, justo él, que si algo ansiaba era tener consigo a su muchacho para siempre.
—Mi papá me quiere, pero no sabe qué hacer conmigo desde que murió mamá —explicó con franqueza Amanda.
Los viajeros se miraron confundidos y murmuraron:
—No sabe qué hacer con ella desde que murió la santa.
—Mi hermano me ama, pero él será cadete de la Escuela Militar y tocará el piano —todos se codearon entusiasmados con lo que oían del muchachito—, así que tiene que estar donde mejor lo puedan ayudar para ser un gran militar y un gran músico, aunque a él no le interesa ni una cosa ni la otra. Él no quiere ser militar y no quiere tocar el piano. Solo quiere tener muchas novias.
Sonaron varias risotadas, en especial de los hombres más viejos que rieron pícaros.
—Dios le da pan al que no tiene dientes —dijo Ramón mientras movía la cabezota.
—Es algo enfermito, no puede vivir aquí porque enfermaría mucho más.
—¡Pobre, pobre enfermito! —se lamentaron a coro los demás.
—¿Y qué enfermedad tiene el muchacho? —Ramón quiso saber cuál era la afección que lo aquejaba.
—Es asmático.
—¿Asmático? ¡Qué desgracia! ¡Qué tremenda desgracia! —y exhaló con fuerza el aire como si él mismo se hubiese sentido afectado por el asma—. ¿Y su abuela?
—Mi abuela me odia. Siempre me odió.
—¡Pero niña! —exclamó estupefacto Ramón—. ¡Cómo va a decir eso!
—¡La abuela la odia! ¡La abuela la odia! —repitieron los viajeros, conmovidos por esas palabras.
—Las abuelas nunca odian a sus nietos. Eso no es posible, va contra la naturaleza de las cosas. ¡Las abuelas aman a sus nietas! Odiar es un sentimiento que nunca una abuela tiene para con sus nietos. Se puede enojar y hasta surtir de coscorrones, llenarlos de cardenales, incluso darles unos buenos lonjazos con el cinto, si la falta lo amerita. Pero odiar, jamás. ¡Jamás! —contradijo Ramón a Amanda, convencido de que la muchacha estaba equivocada.
—Por ahí no soy su nieta, por eso me odia. ¿Usted qué sabe? —Amanda respondió arqueando la espalda, adquiriendo la forma de un gato siamés preparado para lanzar un zarpazo.
—Ah… eso es verdad. Como usted dice, yo no sé nada —aceptó Ramón ese razonamiento.
Todos los pasajeros asintieron y rezongaron:
—No sabe nada, no sabe nada.
—Pero si usted no es su nieta, y si ella no es su abuela, entonces tampoco es hija de su padre. ¿Me comprende? ¿Ha pensado usted en lo que dice, o habla por hablar?
—¡Por supuesto que lo he pensado! No soy tonta. Por ahí ese no es mi padre, y su madre, entonces, no es mi abuela. ¿Quién lo sabe? ¿Usted puede decírmelo?
—No, claro que no. ¿Cómo podría yo decirle de semejante asunto? La única que lo sabía a ciencia cierta era su madre, la santa Anita, pero ella está muerta y no va a decirnos ni «a».
Uno de los pasajeros, tal vez el más viejo, llamó la atención de Ramón, interrumpiendo la conversación. Agitó su mano derecha procurando que el hombre atendiera su reclamo.
—¿Qué le ocurre, Don Pedro? ¿Anda necesitado de orinar?
—¡No, hombre! ¿No debería usted echar a andar esta catramina?
—¡Pero señor! Estamos tratando un asunto de familia que es cosa seria y usted me viene con apuro cuando no tiene ni necesidad de orinar.
—¡Pero hombre! Si quisiera mear, ya habría bajado e ido detrás de esos matorrales de la carbonera. ¿No ve usted aquel gentío?
—¿Adónde? —preguntó Ramón intrigado.
—Allá a lo lejos, el tumulto que viene en esta dirección.
Don Pedro señaló hacia el horizonte de la calle, donde se veía un grupo de personas que saltaban y parecían gritar desde esa distancia. Ramón puso en marcha el colectivo y lo echó a andar a paso de hombre. El grupete, a lo lejos, se detuvo expectante.
—¿Quiere que le diga una cosa, niña?
—Diga lo que quiera.
—Puede ser. Lo dice el refrán: «El que tiene boca se equivoca». ¿Y quién es su padre? ¿Le conozco? —preguntó Ramón mientras repasaba en su memoria a todos sus conocidos del villorrio, incluidos los que vivían rodeando los cuarteles.
—Llega de tarde en su auto, tal vez lo haya visto.
Los viajeros se inquietaron de repente y mascaban con más ansias las semillas, escupiendo sus cáscaras por las ventanillas.
—¿Es el hombre del coche negro?
—¡El hombre del coche negro! —soltaron los pasajeros al unísono.
—¿Ese suntuoso auto extranjero? ¿El que viene de la ciudad a la tardecita y al rato se marcha en la dirección que vino? ¿Ese es su padre? —Ramón abrió los ojos tan grandes como la boca, sorprendid
—Ese mismo.
—Coche de lujo, pues. Su padre ha de ser rico.
Los pasajeros asintieron moviendo la cabeza.
—¡Muy rico! —exclamaron a coro mientras imaginaban una montaña de dinero.
—No es de él el automóvil, es de su madre.
—¿Su madre? ¡Su abuela! ¡Esa sí que ha de ser rica! ¿Y cómo es que no vive con su padre, con su abuela y con su hermano? —preguntó el hombre, intrigado por esa separación para él inexplicable, justo él, que si algo ansiaba era tener consigo a su muchacho para siempre.
—Mi papá me quiere, pero no sabe qué hacer conmigo desde que murió mamá —explicó con franqueza Amanda.
Los viajeros se miraron confundidos y murmuraron:
—No sabe qué hacer con ella desde que murió la santa.
—Mi hermano me ama, pero él será cadete de la Escuela Militar y tocará el piano —todos se codearon entusiasmados con lo que oían del muchachito—, así que tiene que estar donde mejor lo puedan ayudar para ser un gran militar y un gran músico, aunque a él no le interesa ni una cosa ni la otra. Él no quiere ser militar y no quiere tocar el piano. Solo quiere tener muchas novias.
Sonaron varias risotadas, en especial de los hombres más viejos que rieron pícaros.
—Dios le da pan al que no tiene dientes —dijo Ramón mientras movía la cabezota.
—Es algo enfermito, no puede vivir aquí porque enfermaría mucho más.
—¡Pobre, pobre enfermito! —se lamentaron a coro los demás.
—¿Y qué enfermedad tiene el muchacho? —Ramón quiso saber cuál era la afección que lo aquejaba.
—Es asmático.
—¿Asmático? ¡Qué desgracia! ¡Qué tremenda desgracia! —y exhaló con fuerza el aire como si él mismo se hubiese sentido afectado por el asma—. ¿Y su abuela?
—Mi abuela me odia. Siempre me odió.
—¡Pero niña! —exclamó estupefacto Ramón—. ¡Cómo va a decir eso!
—¡La abuela la odia! ¡La abuela la odia! —repitieron los viajeros, conmovidos por esas palabras.
—Las abuelas nunca odian a sus nietos. Eso no es posible, va contra la naturaleza de las cosas. ¡Las abuelas aman a sus nietas! Odiar es un sentimiento que nunca una abuela tiene para con sus nietos. Se puede enojar y hasta surtir de coscorrones, llenarlos de cardenales, incluso darles unos buenos lonjazos con el cinto, si la falta lo amerita. Pero odiar, jamás. ¡Jamás! —contradijo Ramón a Amanda, convencido de que la muchacha estaba equivocada.
—Por ahí no soy su nieta, por eso me odia. ¿Usted qué sabe? —Amanda respondió arqueando la espalda, adquiriendo la forma de un gato siamés preparado para lanzar un zarpazo.
—Ah… eso es verdad. Como usted dice, yo no sé nada —aceptó Ramón ese razonamiento.
Todos los pasajeros asintieron y rezongaron:
—No sabe nada, no sabe nada.
—Pero si usted no es su nieta, y si ella no es su abuela, entonces tampoco es hija de su padre. ¿Me comprende? ¿Ha pensado usted en lo que dice, o habla por hablar?
—¡Por supuesto que lo he pensado! No soy tonta. Por ahí ese no es mi padre, y su madre, entonces, no es mi abuela. ¿Quién lo sabe? ¿Usted puede decírmelo?
—No, claro que no. ¿Cómo podría yo decirle de semejante asunto? La única que lo sabía a ciencia cierta era su madre, la santa Anita, pero ella está muerta y no va a decirnos ni «a».
Uno de los pasajeros, tal vez el más viejo, llamó la atención de Ramón, interrumpiendo la conversación. Agitó su mano derecha procurando que el hombre atendiera su reclamo.
—¿Qué le ocurre, Don Pedro? ¿Anda necesitado de orinar?
—¡No, hombre! ¿No debería usted echar a andar esta catramina?
—¡Pero señor! Estamos tratando un asunto de familia que es cosa seria y usted me viene con apuro cuando no tiene ni necesidad de orinar.
—¡Pero hombre! Si quisiera mear, ya habría bajado e ido detrás de esos matorrales de la carbonera. ¿No ve usted aquel gentío?
—¿Adónde? —preguntó Ramón intrigado.
—Allá a lo lejos, el tumulto que viene en esta dirección.
Don Pedro señaló hacia el horizonte de la calle, donde se veía un grupo de personas que saltaban y parecían gritar desde esa distancia. Ramón puso en marcha el colectivo y lo echó a andar a paso de hombre. El grupete, a lo lejos, se detuvo expectante.
—¿Quiere que le diga una cosa, niña?
—Diga lo que quiera.
—Su asunto de familia es muy complicado. Pero no creo una palabra de lo que dice de su abuela. Para mí usted ha equivocado el disparo, o como dicen aquí los señores que nos están escuchando, ha usted meado fuera del tarro. ¡Y qué meada! ¡Furibunda!
Todos, como de costumbre, asintieron moviendo la cabeza. Todos menos uno, quien dio crédito a lo afirmado por Amanda.
—Crea en lo que usted quiera. No cambiará las cosas. Los asuntos de mi familia son difíciles de explicar.
—Todos los asuntos de familia son difíciles de explicar. Si lo sabré yo —respondió Ramón y se llamó a silencio.
Los vecinos aprobaron, sonrientes, que el colectivo empezara a moverse a mayor velocidad. Nadie quería una trifulca con los que vivían al sur de las vías que podían ponerse pendencieros si llegaban a creer que el chofer no quería llevarlos por considerarlos de menor condición social. Amanda permaneció al lado del chofer esperando que le cobrara su boleto.
—¿Y ahora qué le ocurre? Ya sabemos quién es usted. ¡Vaya a sentarse! ¿Qué espera?
—Quiero pagar mi boleto, como cualquier hijo de vecino.
—¡Por favor! ¡Pase! ¡Pase! Usted no es como cualquier hijo de vecino, usted es la hija de Anita, ¿cómo va a pagar boleto? ¿Podría yo cobrarle el boleto?
—¡No, no! —exclamaron los viajeros.
—A las hijas de santas no se les cobra el viaje, aunque hablen mal de sus abuelas. «La Mamaní» no me lo perdonaría. Y cuando «La Mamaní» se enoja, ¡vaya si es jodida la mujer esa!
Los demás pasajeros aprobaron sonriendo la decisión del hombrón. ¡Cómo iba a cobrarle el boleto a la hija de aquella mujer que murió para salvar a su hijo! El asunto de la abuela era harina de otro costal y, sobre ese punto, no tomaron partido, salvo uno.
—¿Qué saben ustedes de esa mujer de la que nos habló la muchacha? —preguntó Ramón a los demás pasajeros.
Las viejas tuvieron que reconocer que no sabían nada y empezaron a mascar sus semillas con más energía mientras escupían las cáscaras lo más lejos posible.
—¡Hay cada vieja hija de puta! —dijo un pasajero en voz muy baja, procurando que Amanda no lo escuchara.
Pero lo oyó y le devolvió una sonrisa mirándolo a los ojos. El hombre se sintió gratificado.
—No lo hubiera dicho mejor —le dijo, y lo palmeó en un hombro en un gesto cariñoso.
Cuando Amanda caminó por el pasillo para sentarse en alguno de los últimos asientos, varios la acariciaron al pasar, como si el simple roce con la muchacha pudiera tener un efecto milagroso.
—Bendita tú eres entre todas las mujeres —rezaron dos viejas, que se persignaron luego de acariciar el antebrazo de Amanda.
Al rato de continuar la marcha, Ramón observó a la muchacha por el espejo que estaba a su frente.
—¿Su nombre es Amanda? —preguntó seguro.
Ella asintió con la cabeza.
—Amanda, sepa que aquí todos la cuidamos. ¿Me entendió?
—Entendí, señor. Perfectamente.
—Y dígaselo a su padre cuando la venga a visitar —Amanda asintió nuevamente—. Si algún bribón la llegara a molestar no dude en decirme, yo le romperé los huesos con solo ponerle una mano encima.
Ella no dudó un instante en la capacidad de esas manos para romper los huesos que se propusiera. Eran tan grandes que se tenía la sensación de que podía aplastar una sandía con ellas como si apenas se tratara de un pomelo.
—Espero que nunca sea necesario —respondió Amanda con una voz que se aterciopeló deliberadamente—. Gertrudis me cuida con «Elga». ¿Ustedes conocen a Elga? —preguntó con malicia.
—¡Quién no conoce a «Elga»! —exclamaron todos a coro.
—¡«Elga»! ¡«Elga»! ¡La gran «Elga»! Si «Elga» la cuida, no tiene nada que temer. Pero si «Elga» no llegara a estar, estarán estas manos —y soltó el volante para mostrarlas—. A nadie le conviene meterse con Amanda, la hija de Anita, la santa, porque anda siempre rondando la criteriosa «Elga», la que no fallará nunca. «Trece perdigones en cada cartucho del mejor acero alemán. Una preciosura». Diría Gertrudis, presentando a su «amiga». Y si no, yo le pondré la mano encima.
Todos los pasajeros asintieron moviendo sus cabezas de arriba hacia abajo, aprobando las palabras de Ramón.
—¡Él le pondrá la mano encima! —repitieron entusiastas—. ¡Él le pondrá la mano encima!
Y si Ramón le ponía las manos encima al atorrante que se pasara de vivo con Amanda, su suerte estaba echada: iría a parar al hospital por unas cuantas semanas.
Desde esa vez y en cada oportunidad en que viajó en el colectivo, no pagó boleto y Ramón la saludó siempre por su nombre. Si alguien preguntaba quién era, él respondía decidido:
—La hija de la santa que murió en el parto para salvar al hijo. Amanda, la hija de Anita, la que habla mal de su abuela.
Y todos hacían una exclamación de aprobación, sabiendo de quién hablaba el hombre.
Amanda visitó el altarcillo elevado en homenaje a su madre. Estaba a poco más de cien metros de su casa, en dirección oeste a la laguna. De no habérselo dicho Ramón no lo hubiera descubierto; unas matas altas disimulaban la presencia de la modesta escultura. Y si por casualidad hubiera topado con él, no habría asociado ese madero lustroso al culto por su madre.
Era un tronco pulido y encerado, tarea que, con seguridad, realizaban las alemanas. Dos ramas que parecían los brazos de un suplicante se elevaban en dirección al cielo. En sus extremos, dos horquetas parecían manos y cada una lucía unas flores recién cortadas. Una cavidad tallada, más o menos profunda, situada justo en el centro y con forma de arco, era el espacio donde unas velas habían ardido durante algún tiempo.
Nunca supo quién se ocupaba de reponer las velas, que eran rojas. Quiso preguntarles a las alemanas, pero cuando les habló del tema ellas le respondieron:
—«Sin comentarios, sin comentarios»,
y agitaban sus manos como si trataran de espantar un espíritu acosador. Por ello desistió de sus averiguaciones. No importaba lo que ella creyera de ese asunto; nada haría cambiar la religiosidad con la que los pobladores habían tomado la muerte de Anita. Y a ella, aunque la confundía esa devoción pagana, la conformó que la memoria de Anita merecía el amor de personas que incluso ni la habían conocido.
***
VII
El colegio Normal
Todos los días, tanto de ida, en dirección a la gran avenida, como de regreso, hacia las cercanías de la laguna, Ramón llevaba a Amanda en su pequeño colectivo verdirrojo. La llevaba al colegio por la mañana y la regresaba a su casa pasado un tanto el mediodía.
Cada mañana estacionaba en la puerta misma de la escuela, donde esperaba que ella ingresara sin inconvenientes. Al mediodía, la descendía en la esquina de la casita y esperaba que ella lo saludara desde la entrada del jardín. Luego se marchaba tranquilo.
El colegio Normal fue un trámite sencillo. Las materias de estudio no tenían secretos para Amanda. Es que las monjas la habían adelantado mucho en sus estudios y, además, su condición de internada y el relativo abandono de parte de su padre le otorgaron tantas horas vacías que las llenó en gran medida con el estudio de la música, pero también con la lectura diaria. Historia, novelas, cuentos y poesías (no solo el exquisito lunfardo de su admirado De la Púa) completaron su formación sin que eso fuera nunca debidamente apreciado por sus celosas tutoras. Así que de ese tiempo no sólo le quedó el maíz entre las rodillas, no sólo la desdicha de esos pequeños garfios incrustados para martirizarla en el nombre de Dios padre, todopoderoso, o la ausencia penitenciaria de la jorobadita castigada por mover las caderas cantando «Peerón, Peerón» por los interminables pasillos del colegio abrazada a una crencha inesperada, provocando la ira del obispo.
Le quedó el alfabeto, la palabra, la lectura, el idioma; los números complejos, los cálculos extraordinarios siguiendo a Anita por los augurios de la matemática; los sonidos y el silencio; la máscara del teatro subida a unos sagaces coturnos de elevación sublime; los libros reunidos en los territorios de las bibliotecas; los misterios de las sonatas del sordo andando al galope por un bosque de espinas bajo la blanca aparición de una luna salida de los extremos de las soledades nocturnas. Con esos conocimientos blindó su carácter, desató sus nervios del frenético nudo de la duda, desafió los momentos y quedó preparada para responder a dónde deseaba marchar cuando le tocara hablar del porvenir de cara a esos burócratas que se frotaban las manos, satisfechos de su maravilloso hallazgo.
Las tantas y brutales exigencias que padeció durante los años del internado hicieron de ese año un atajo tranquilo hacia un destino que entonces no suponía de ninguna manera. Se cuidó siempre de no ser arrogante con sus compañeras, una virtud que le enseñó el cura concertista, y prefirió pasar más de una vez por ignorante, lo que en cierta forma la divirtió de una manera extraña pero satisfactoria.
Pero se sintió atormentada por la mediocridad de su profesora de música. No pudo evitarlo. No le molestaban demasiado las divagaciones de su profesora de historia contra la tiranía del que andaba en una motocicleta cargado de miles de pares de zapatos y corbatas inútiles, mientras una mujer, en realidad una niña, acariciaba obscena su viuda ingle con impúdico erotismo cortesano. Era alguien de quien bien poco sabía, salvo que su apellido provocaba el rítmico bamboleo del cuerpo de la jorobadita desde el día del tumulto de los caminantes suburbanos y de las lágrimas irreparables de cuando gritó: «¡Murió Evita!» desde una ventana de los dominios donde purgaba sus penas con reclusión eterna.
Ni los espantajos de los que adoraban la bomba atómica frente a los peligros del comunismo mundial que se esparcía como un veneno rojo por los proletariados de la tierra. Con la palabra comunismo volvía Anita, gritando: «¡Viva el tío Pepe!», y su mención del romántico anarquista que mató por amor. Miguel nunca le quiso explicar qué eran los anarquistas y mucho menos los comunistas.
Tampoco le molestaban las imprecisiones de su profesora de matemática al discutir con unos cálculos que se empecinaban en desorientar a la clase entera, que quedaba sumida en la perplejidad de una incógnita numérica incomprensible. O el canto azuzado por los más recalcitrantes que a la marchita de un cantor de tango le oponían la de los estudiantes, al grito de «¡Alcemos la bandera que ilustraron los próceres de ayer!», e imaginaban vengativos una lluvia de muerte cayendo desde unas máquinas que atronaban los cielos de la Plaza de Mayo con sus martirios a cuestas.
Con esa profesora de música el piano se quejaba desde sus cuerdas destempladas ante ella, pánico del sonido amargo, fríos sonidos de cenizas naufragando en la inarmonía.
Corcheas arañadas, fusas y semifusas disecadas, redondas mordidas por cien dientes. La música herida sonaba calavérica y Amanda la contemplaba en sus fragmentos diseminados por las gradas. Hizo un esfuerzo por respetar lo que había jurado después que Eriseta vendiera el piano para que ella no pudiera continuar sus estudios.
Amanda padeció el infortunio de la profesora hasta con cierta hidalguía. No hizo ni el menor comentario sobre sus conocimientos musicales, a pesar de que el director del establecimiento buscaba con desesperación que alguna alumna tuviera los suficientes talentos como para proponerle competir con la docente que dictaba la materia a todas las estudiantes, del primero al último año, haciendo que las muchachas renegaran de la música para toda la vida. No cabe duda de que estuvo tentada de dar a conocer al director sus aptitudes musicales en más de una oportunidad. Era un sentimiento poderoso que surgía al escuchar cómo erraba a las teclas la profesora, lastimando a la música hasta dejarla en un estado próximo a la agonía, a la aniquilación de la armonía, en una patética inversión del proceso creativo. Fue entonces que consideró si en realidad no era su obligación salvar al arte de semejante desgracia. Pero se abstuvo porque había jurado que no volvería a vincularse a la música, ni siquiera en la forma más elemental, y ella nunca juraba en vano.
Cuando Amanda la conoció, su profesora era una mediocre mujer entrada en años que lo único a lo que aspiraba era a perpetuarse en su cargo, todo lo que su salud y la tolerancia institucional se lo permitiera. Por alguna razón que las niñas desconocían, nadie se atrevía a reemplazarla en su puesto; la sola posibilidad desataba en la dirección una trifulca de la que el director nunca salía bien parado.
Ella odiaba a la música, aunque no tanto como a sus estudiantes; odiaba dictar clases a esas manadas de adolescentes que la miraban desde la desfachatez de sus años adolescentes, listas a hablar de sus menarcas, las más jóvenes, y de los besos urdidos las mayores ante la mirada asombrosa de las niñas menores, que imaginaban lenguas y labios y salivas sublimes. Todas renegaban murmurando atrocidades de aquella vieja profesora de ojos desorbitados, con algo de vaca perruna, en la que ninguna muchacha aspiraba a reflejarse.
La mujer padeció un raro delirio y había sido objeto de sesudos estudios y largos tratamientos de parte de un contingente compuesto tanto por médicos como por curanderos. Extensas licencias la retiraron por un buen período de sus obligaciones en el trabajo, pero se sospechaba que todos los procedimientos habían resultado inútiles, tanto los que fueron recomendados por los doctores de blancos guardapolvos, así como los trabajos realizados por los curanderos convocados para la cura milagrosa. Ante ella, la ciencia y la magia sucumbieron sin poder entregar siquiera una modesta respuesta.
A Amanda le llegó el comentario de varias alumnas que conocían a la mujer desde el primero de sus años cursados, que padeció una rara fiebre durante largos meses. Pero no fue una fiebre cualquiera. De ninguna manera. Sobrevino luego de una amarga discusión con el director, quien, supuestamente, le reprochó su escaso entusiasmo para alentar a las niñas al arte de los sonidos. Pero algunas alumnas decían que la verdadera causa de la enfermedad que padeció la mujer no tuvo nada que ver con una disputa sobre la pobre pedagogía de la profesora para impartir su materia, sino con el fin de un amorío clandestino entre el director (quien se habría enamorado de una muchacha mucho más joven) y la mujer, que no soportó el abandono.
La fiebre llegó con espesas alucinaciones y por su causa decía palabras que, suponían, nunca se hubiera atrevido a pronunciar, de estar sana y en completo dominio de su voluntad. Era una fiebre que cargaba gusanos, alaciaba la sangre hasta laminarla en una frágil cinta violeta llena de agónicos coágulos de rabia. Y la fiebre inspiraba furibundas filípicas no contra el supuesto amante, sino contra las jóvenes a las que prostituía en las diatribas que salían de su boca como espumas carnívoras, maldiciones que anunciaban tinieblas desnudas entre sombras de sangres y aguas de tormentos, donde sumergiría a las muchachas para hacerlas padecer por una eternidad las mordeduras vitales de encarnizados perros de piedra y agua que les arrancarían sus frágiles sexos a dentelladas, mientras una picuda ave tuerta desmenuzaría sin fin los juveniles senos en apenas hebras de piel y sangre.
Ni Prometeo encadenado sufrió siquiera parecido castigo como el que prometía a todas las niñas que abrumaban sus días de docencia y que le habrían arrebatado el amor gracias a sus frescas vaginas y erectos pezones.
Decían que, en las noches más patéticas, gritaba enardecida llamando prostitutas a todas las alumnas y describiendo increíbles bacanales a las que las muchachas concurrían desnudas llenas de cínico lívido, mientras se burlaban de su frustrado amorío, de su impuesto celibato, de sus senos derramados sin ternura sobre su abultado vientre que caía hacia las arrugas de una ingle de frutos resecados por el odio. De esas abominaciones extraordinarias los psiquiatras tomaron minuciosas notas tratando de descifrar el delirio.
La fiebre se fue así como llegó, pero sin que se disipara su odio contra sus alumnas; muy por el contrario, parecía haberse perfeccionado en esos meses de locura.
Volvió al colegio, volvió una tarde, ante el asombro del hombre que no la esperaba y la decepción de todas las alumnas que se vieron obligadas a volver a las aburridas clases de su profesora, a sabiendas de que la vieja les deseaba las más horribles desgracias.
Cuando Amanda ingresó a ese colegio, hacía ya un buen tiempo que habían ocurrido esos sucesos que tuvieron como protagonista a la vieja profesora. Solo conoció los chismes sobre ella y padeció su odio por la música, pero fue indiferente a las maldiciones contra su femenina juventud que la mujer murmuraba cuando pasaba a su lado. Esas murmuraciones resultaban insignificantes ante el recuerdo de los pequeños maíces incrustándose lentamente en las infantiles rodillas.
Por lo demás, el tiempo en el colegio fue un buen tiempo. Hizo amistad con varias alumnas, disfrutó hablar francés con su profesora y, con extremo cuidado, ayudó a las que pudo con los ejercicios de matemática, física o química que se presentaban a veces como jeroglíficos inexpugnables para muchas de las muchachas que solo esperaban terminar sus obligados estudios y encontrar un esposo que valiera la pena. Amanda, por el contrario, sospechaba un amor a la vuelta de la esquina, pero nunca anheló el matrimonio. «Yo no me casaré jamás, lo juro», vaticinó una tarde mientras descansaba a la orilla de su amada laguna. Y ya se sabía que nunca juraba porque sí.
Miguel llegaba a visitarla todas las tardes. A veces lo hacía acompañado de su hijo. Venía desde la ciudad en su cuidado auto negro importado. Ramón lo veía llegar sentado al volante de su pequeño colectivo bicolor. Los pasajeros seguían con la mirada el paso del lujoso auto, solo por apreciar su diseño y su lustre perfecto en el que se reflejaban hasta los rostros de los curiosos del pueblo.
A nadie ya sorprendía su presencia; el paso del auto se hizo rutina por lo menos en esos primeros meses que siguieron al regreso de Amanda al villorrio.
En cada oportunidad que llegaba a visitar a su hermana, Jorge maldecía su aborrecible destino de cadete militar. «No quiero ser cadete, no quiero tocar el piano», repetía cargado de reproches. Miguel insistía en las ventajas que ofrecía cualquiera de las dos profesiones para su futuro. Podría llegar a ser un gran militar o un afamado músico, aunque él se inclinaba más por lo primero que por lo segundo. «El uniforme militar trae poder», le decía exultante, pero «el de músico solo adulones y un séquito considerable de arribistas y maricas». Un juicio de valor del que nunca pudo explicar los fundamentos.
Con su hermana repasó su plan de fuga que lo salvaría de su ingreso a la escuela de la milicia; Amanda intentó convencerlo de lo errado que estaba. A Jorge el error no lo asustaba; por el contrario, lo entusiasmaba y divertía. Y cuando la hermana insistía con su crítica a la idea de la fuga, él argüía tajante: «Vos te escapaste de la casa», a lo que inexorablemente ella respondía: «Esa no era mi casa». Y allí terminaba la discusión.
No sabía si se iba a fugar solo o con algunos otros compinches, también disconformes con los destinos que sus padres les auguraban. Pero todos esos cómplices parecían más temerosos de las consecuencias que resueltos a la aventura. Eran muchachitos que imaginaban extraordinarias correrías por exóticas tierras donde el sol no se ponía nunca y la luna estaba al alcance de la mano.
Marcharían siempre en dirección norte, se prometían: hacia Tucumán o Salta, ciudades que imaginaban aún encendidas en los fervores de la patria naciente; o incluso mucho más lejos, hacia la Puna, hacia Humahuaca, tierra de misterios para ellos. Todo era posible en su imaginación, aunque no tenían ni la más remota idea de qué podrían encontrar en esas regiones o cómo sobrevivirían siendo tan jóvenes e inexpertos.
Pero si sus condiscípulos se retractaban y lo abandonaban, todavía podría refugiarse entre las sábanas de la cama de la hija de la profesora de geografía, la muchacha aquella tan liberal a pesar de su corta edad, que disfrutaba del secreto amorío clandestino con el joven alumno de su madre, cargado de pura testosterona, la que pugnaba por salir en olas de jadeos y suspiros. Ella, aseguraba el joven amante, estaba dispuesta a albergarlo, con la anuencia de su propia madre, y a esconderlo en su caliente cama, abrazados los dos, como cuidándose uno al otro.
Fue un momento crucial para Jorge. Su cuerpo creció de golpe, casi hasta el metro ochenta, en pocos meses. Ensanchó la espalda y deformó aún más su pecho de paloma, que sobresalía llamativamente hacia adelante. Era un adolescente que apuraba su paso hacia la juventud explícita. Todo en la vida de Jorge fue un apuro premeditado, incluso su temprana muerte.
El amorío con la niña se transformó en escándalo porque los amantes hablaron de más. La versión del romance llegó a oídos de las autoridades del colegio en el que Jorge estudiaba y donde trabajaba la madre de la joven amada.
Fue el propio Miguel quien impidió que el asunto se ventilara en los tribunales, como era voluntad de las autoridades del establecimiento.
Querían a toda costa deslindar responsabilidades a través de una resolución judicial. En un largo documento que le entregaron sostenían estar decididos a impedir que «el sagrado nombre de nuestra institución quedara mancillado o se los vinculara con actos indecorosos, reñidos con la moral, promovidos y/o consentidos por una profesora que ha demostrado su poco apego a las reglas de la vida cristiana, alentando la promiscuidad entre jóvenes que apenas han salido de su infancia». Y agregaban en la catilinaria: «Nuestra voluntad es que el sagrado nombre de nuestra institución quede sin mácula alguna, y mantenga su bien ganado prestigio educativo como formador de noveles valores al servicio de los distintos estamentos de la sociedad, y de sus reconocidas virtudes académicas consideradas ejemplares en todos los ámbitos públicos y privados vinculados a la magna tarea de la educación de los jóvenes».
Miguel puso paños fríos en la medida de sus posibilidades. Argumentó ante las autoridades del colegio que no deseaba que ningún escándalo amenazara el futuro de su hijo. Y que tampoco le parecía aceptable que se ventilara el nombre de una muchacha solo un poco mayor que Jorge, y que había resultado algo tempranamente enamoradiza.
Impuso, persuasivo, su criterio de que resultaba muy poco inteligente que, por unas cuantas relaciones sexuales con la hija de una mujer a la que solo se la podía acusar de ser poco celosa del cuidado de un par de adolescentes, se llegara a un escándalo que sería la comidilla de todos los cagatintas de tribunales. Si querían proteger el nombre de su institución, les aseguró, el elegido no parecía el mejor camino.
«Prudencia y silencio» les dijo, apelando a un histrionismo que desconocía. Y agregó citando a un filósofo inexistente:
—«Solo aquel que habla de menos y en voz baja puede pasar el infortunio sin ser sorprendido por una nueva desgracia».
Las autoridades consideraron atendibles las razones de Miguel. Pero ellos insistían que resultaba muy difícil de explicar y tolerar el comportamiento de la profesora de geografía al llevar un muchacho a su propia casa sin que eso estuviera en conocimiento de la familia del joven, y que, para peor, ese fue el lugar donde se habían producido «lamentables sucesos ligados a actividades sexuales indebidas, que hacían sospechar del verdadero comportamiento de la señora profesora». Su expulsión estaba decidida y lo harían dejando constancia de los lamentables sucesos.
Miguel comprendió la angustia que provocaba en los directivos el comportamiento descuidado de la profesora. Pero siguiendo su razonamiento, insistió en lo inconveniente de dejar por escrito cuestiones de la intimidad de dos adolescentes a quienes los esperaba, seguramente, un futuro promisorio. Propuso que fuera exonerada por alguna razón menos escandalosa. Podía tratarse de incumplimiento de tareas, ausencias reiteradas o algo por el estilo.
Acordaron, luego de una intensa discusión, que lo más prudente era que «Honores y Valores» —como titularon otra catilinaria sobre el escandalete— no se mancharan por unos cuantos polvos juveniles.
Los funcionarios, sabiendo con quién trataban, accedieron a todos los consejos del padre de su alumno y coincidieron finalmente en no permitir que el affaire trascendiera más allá de los que ya estaban al tanto del amorío ese.
La profesora fue expulsada del colegio «por incumplimiento de las labores docentes asignadas en su contrata», y de ella no se volvió ni a mencionar su nombre, el que fue borrado de todos los registros.
Tuvieron en cuenta que Miguel les dijo íntimo en la última conversación que sostuvieron antes de que Jorge se marchara a la Escuela Militar:
—«No me disgusta que mi hijo se comporte como un joven macho cabrío»,una comparación que no fue del agrado de las autoridades, aunque la escucharon con disimulo.
Mucha reprimenda, les dijo, podía afectar su masculinidad, algo que le resultaba verdaderamente preocupante, teniendo en cuenta que el muchacho había crecido de golpe en todos los sentidos y que ese crecimiento desmedido había acelerado su sexualidad repentinamente.
Su comportamiento ponía de manifiesto que se completaba su hombría, que era lo que esperaba de su único hijo varón. Era un comportamiento esperable ante tal transformación y, en definitiva, el affaire con la muchacha ponía en valor a su propio hijo, quien, siendo aún un imberbe inexperto, había logrado seducir a una señorita de la que todos asumían su belleza.
Cuando mencionaba lo sucedido a ciertas amistades masculinas, lo felicitaban exaltando la precocidad del muchacho, algo siempre bien visto entre hombres.
—«¡Hijo e’ tigre!», lo adulaban y él se inflaba de orgullo.
El incidente amoroso de Jorge fue el mejor pretexto que Miguel encontró para justificar su decisión de enviarlo a estudiar en la Escuela Militar. Allí, en condición de pupilo, le enseñarían el valor de la disciplina, el rigor del estudio, el concepto de sacrificio. Y si además tocaba el piano, como quería su abuela, mucho mejor.
Amanda trató de interceder por Jorge, quien, cada vez que la visitaba, le reclamaba que lo ayudara a impedir que los encerraran en la institución militar. Pero pasadas algunas semanas, las visitas paternas empezaron a espaciarse y, en la mayoría de ellas, Jorge ya no era de la partida.
Amanda se convenció de que era cierto aquello de que los hombres siempre repiten sus conductas. Recordó su reclusión y ahora asistía a la de su hermano. Decidió intervenir por una última vez para disuadir a Miguel sobre su error, pero no sería ella la que hablaría del dolor que su hermano llevaba en el corazón por la muerte de Anita, como un tumor maligno.
Se preocupó en advertirle a Miguel que el muchacho no deseaba por ninguna razón ser enviado a ese instituto militar. Le dijo, disimulando las palabras de su hermano, que ella estaba segura, aunque no tenía pruebas, de que Jorge finalmente terminaría fugándose de la Escuela. O que tendría un comportamiento tan indisciplinado que obligaría a su expulsión sin pena ni gloria.
Miguel no dio valor a esas palabras; estaba seguro de que una vez dentro de la Escuela Jorge modificaría sus conductas «y estaría a la altura de lo que se esperaba de él». En lo único que Amanda coincidió esa vez con su padre fue en que, en efecto, Jorge estaría a la altura de lo que se esperaba de él. De ello Amanda no tenía la menor duda. Los hechos le darían la razón, aunque ella, por entonces ya recluida en la casona, ya no conocería los sucesos en los que se vieron envueltos su padre y su hermano.
Las tardes que Miguel no la visitaba, las aprovechaba para refugiarse en inmediaciones de la laguna, donde leía o simplemente pasaba el rato viendo la tarde desvanecerse como un pequeño sol fantasmal, atravesando el horizonte de lado a lado, entre unas olas de nubes que describían una huella efímera, una iluminada sustancia cargada de minúsculas gotas de rocío. Estaba decidiendo su futuro cuando este se presentó ante ella de manera extraordinaria.
***
VIII
Encuentro
Boca abajo, sobre la tierna gramilla, con el mentón apoyado en los brazos cruzados, Amanda observaba la pátina de agua de la laguna que había adquirido un raro color de mármol. Sobre esa brillante lámina, unos zancudos escribían en secreto sobre su superficie: un conjuro para los peces, los que esperaban ansiosos el amarre de la luna entre las matas para hacer su fantasmal aparición y devorar las luciérnagas que sabían a vísceras de palpitante fósforo. Era el mismo instante en que los sapos croaban una celebración abanicando su larga lengua, esperando el banquete de las mariposas nocturnas para saciar su apetito interminable.
La huella de un rayo de sol aún inscribía en la ráfaga de una ola sus gotones de luz que llegaban parpadeando hasta la orilla más próxima. Luego, suspiro de espumas entre tiernas espumas, desvanecía su minúscula geografía luminosa en el espejo de agua. Más arriba, el arrebato del viento tocaba las ramas de los árboles y silbaba un sonido vivo, casi invisible pero perceptible, que a la muchacha le recordaba el rumor de unas sonatas de Scarlatti aprendidas durante los primeros años del internado.
No fue que escuchó sus pasos atravesando el campo lindero a la laguna. Fue una sombra demasiado alargada que quedó a su costado, apoyada en un flanco verde del paisaje verde, insinuando una silueta que no le resultó para nada familiar.
La sombra, como una efigie oscura, rozó su brazo, pero ella decidió no abandonar su postura y mantuvo la barbilla apoyada en los brazos cruzados, dando a entender que ese atisbo de caricia no la sustraía de su ensimismamiento. Pero la sombra habló desde la joven altura de su garganta, con ese acento que solo había escuchado en contadas oportunidades, y le pareció una voz desnuda, con algo de savia de encina, con algo de vapor de humus, con algo de piedra de metal y harina ruda, con algo de raíz fragante de verdes como el océano de una llanura brotada por milagro.
Era una voz que quedó suspendida en un rumor de viento y permaneció expectante del perfume de la muchacha que olía tanto a esperanza como a ternuras. Esperó un instante conteniendo el aire, como si afrontara una eternidad entre dos infinitos y bien pudo haber dicho «hola», pronunciado un nombre o preguntado el de la muchacha que tumbada boca abajo observaba a su frente los sucesos del paisaje y de quien podía ver la curva perfecta de la espalda, la redondez de sus glúteos y el devenir de la piel de sus piernas hasta los tobillos.
El suspenso de la respuesta duró el tiempo que Amanda precisó para tomar aire y controlar el temblor de su garganta. Pero de todos modos no pudo evitar que un tenue escalofrío recorriera toda su anatomía. Ese sutil estremecimiento lo percibió el visitante, quien suspiró aliviado como si hubiera logrado quitarse de encima un pesado bulto. Fue el pálpito de amor de la muchacha lo que trajo una distensión de primavera entre los dos. Ella no se escabulliría en pretextos; por el contrario, ¿cuántas veces intuyó ese momento? Pensó para sí:
Eres mi hombre. ¿Hace falta decirlo?
Tu cuerpo me responde cadencioso
Y lanza un sol al mío como una
Corazonada de esperanza.1
Amanda giró para observar la sombra que permaneció de pie entre los márgenes que dos árboles picudos imponían desde sus torvas raíces. Los ojos con los ojos se congregaron en un ademán de alivio. Parpadearon las bocas como la indefinida cuerda de una guitarra germinada de verde. Luego, se atardeció un diente de león que atestiguó la intimidad de las miradas. Reconoció en la sombra su cálida virtud amparadora al impulso de una sangre joven que golpeaba las arterias, y capturó diástoles y sístoles de ese masculino corazón, luchando con el agobio de la íntima incógnita que provocaba el encuentro.
Ella bien pudo haber dicho «hola», pronunciado su propio nombre o preguntado el del joven que permaneció con la boca entreabierta, resecando entre su lengua las palabras.
Allí estaba ese que no tenía nombre todavía; podía verlo, olerlo, palparlo con sus ojos. Alto, azul de cielo en la cabeza almendra en la que flameaba una negra cabellera pura.
Alto como las augustas espigas a las que les llegaba un rumor de sol para brillarlas con la magnitud de las joyas.
Las espaldas anchas bajo el cuello de lanza bajo la cabeza almendra, y los ojos tan negros… tan negros, fulgurando el color del carbón de piedra iluminado por la pomposa pretensión de una luz turbulenta que llegaba en terrones desde el mismo cielo.
Los brazos tupidos de gruesas venas latentes y el rito del pecho hinchado del aire lagunero, sonando como un suspiro de tigre entre unas matas rojas en las que germinaban unas arenas más rojas que se desangraban en suspiros como simples hilitos de la sangre. Y luego las piernas largas y robustas, tentadora cadera no demasiado ancha, redonda hacia la geografía del pubis exacto, donde fermentaba un esperma caliente de amor entre las manos de la mujer amada.
Amanda lo miró como a un crepúsculo y él como a una hiedra de extendida frescura, verde y substanciosa, rociada de olores a cereales que salían en racimos de los fuegos azules que la última porción de la tarde dispensaba con absoluta generosidad. Y alumbrada en las sombras, era más bella de lo que se le dijo justo ese día en que rezó la última misa antes de ir en su búsqueda donde le habían dicho que la muchacha solía pasar sus tiempos libres, ora mirando el paisaje, ora leyendo sus libros.
Amanda creyó que la voz le dijo algo sobre sentarse juntos a esperar el crepúsculo nocturno.
Ella pensó para sí:
Tú, amor, mi hombre, danza que se anuda
A mis deseos, quédate para siempre,
Atraca en el puerto de mi vida. (2)
Pero guardó silencio.
Así como era, lo esperó hasta entonces, como lo supuso. Los acertijos esa vez no lograron engañarla. Ni siquiera recordaba si preguntó su nombre; en cambio, él quiso saber cómo llamarla a partir de ese día. Y como dijo Amanda, la que debe ser amada, la que es digna de ser amada, no lo olvidó nunca.
No se dijeron mucho ese primer encuentro. Sentados uno al lado del otro, tal vez ensimismados uno en el otro, la vista puesta en el rumor del agua apenas agitada mientras se aproximaba la noche secreta, se permitieron el roce de los dedos para adquirir la noción de sus deseos.
Eres el nombre que pronuncio eléctrica / Con los labios desplegados en sonrisa. (3)
Luego, se marcharon cada uno por su lado. Amanda dejó entre el paisaje un mensaje que escribió con sus dedos:
Si llegas una noche sin aviso / Abriré mi ventana de ilusiones / Y dejaré entrar tu cuerpo / Como una bandada de caricias. (4)
2, 3, 4: Poemas de amor de Amanda Da Silva
***
IX
16 de junio de 1955
Justo ese día el obispo permitió que la jorobadita dejara su encierro y hasta propuso que se le diera el día libre para que pudiera andar por las cercanías del convento, recorriendo las inmediaciones de la Plaza de Mayo. Llamó él en persona para hacer saber su determinación.
La Madre Superiora recibió la noticia y, aunque no compartía su decisión (ella era proclive a mantener el encierro), no hizo ningún comentario en contrario. Sabía muy bien cómo era el ordenamiento vertical de la jerarquía eclesiástica y no iba a ser ella quien infringiera las viejas normas establecidas desde que Pedro construyó la Iglesia.
—He leído el legajo de la monja de la joroba —oyó la Superiora por el auricular del teléfono de su despacho que le decía el obispo—, el que me hace llegar cada año. Entiendo que la Hermana ya ha cumplido su penitencia.
—Si su Ilustrísima así lo estima, no seré yo quien contradiga su apreciación.
—No se trata de una apreciación, mi querida Hermana, se trata de que el período estipulado por usted misma para que la muchacha cumpliera la penitencia se ha extinguido hace ya un buen tiempo, y no creo que esté en su ánimo extenderlo sin justificativo.
—Monseñor, le ruego, me disculpe por no haber tenido en cuenta la expiración de la penitencia.
—No se disculpe, sé de su buen sentido de la justicia. No se puede estar en todos los detalles. Sí, lo sabré yo.
—Le agradezco su consideración. Haré cumplir su recomendación, Ilustrísima, sin pérdida de tiempo —la Madre Superiora trató de ser condescendiente.
—Quiero, además, pedirle un gesto de misericordia —imploró el sacerdote, acaramelando su voz como en el confesionario.
—Seré indulgente en todo lo que su Ilustrísima me reclame.
—No es gran cosa, se lo aseguro.
—Lo escucho, Ilustrísima.
—Dele licencia en el día de hoy, que vaya a pasear por los alrededores de la Plaza de Mayo, allí el cielo siempre se aprecia diferente cada día. La hora del mediodía encuentra al sol en su cenit y suele resultar una pócima encantadora para alguien que ha padecido un encierro tan prolongado. Todo llega a su fin, Dios mediante.
—Lo que usted ordene, Ilustrísima.
—Le agradezco su gesto misericordioso. Será recompensado, se lo aseguro.
—Que Dios lo bendiga, señor Obispo.
—Y a usted también, Hermana. Recuerde, téngalo presente ahora y en la hora de nuestra muerte: «Cristo Vence», «Cristo Vence». Amén.
—Siempre, Ilustrísima, siempre lo tengo presente en todos mis actos. «Cristo Vence», «Cristo Vence». Amén.
—Una cosa más, mi querida Madre. —El obispo bajó el tono de su voz como si tratara que nadie más que la Superiora escuchara sus palabras.
—Le sugiero que usted y sus apreciadas colaboradoras no salgan bajo ningún pretexto del convento.
—¿Algo de qué preocuparnos? —preguntó la monja, intrigada.
—No, claro que no. ¿De qué habría que preocuparse? Pero hoy recibí el pedido de unas bendiciones que me inspiraron un místico presentimiento difícil de explicar por teléfono. Tómelo como la sugerencia de un viejo pastor atento a las conveniencias de su amado rebaño.
—Lo que usted diga, Ilustrísima. Salvo la jorobada, nadie tendrá permiso para abandonar la institución, como me lo sugiere.
—¿Tolerará usted una nueva pregunta mía?
—¡Ilustrísima! ¡Cómo no habría yo de escuchar complacida cualquier inquietud que usted tenga y a la que espero pueda darle respuesta!
—¿Cómo se llama la Hermana de la joroba? —La Madre Superiora vaciló por un instante.
—No tengo presente su nombre, Ilustrísima. Si usted lo desea, revisaré el legajo y luego le haré saber sus datos filiatorios. Aquí todos la llamamos por su joroba —respondió y al instante comprendió que dijo algo inconveniente.
—¿Le han puesto nombre a la joroba? ¡Qué curioso! ¿Y cuál es ese nombre? ¿Podré saberlo? Usted nunca lo confió en sus informes.
La Madre Superiora no supo cómo responder esa pregunta.
—El obispo bisbiseó unas palabras esperando la respuesta. Luego de una breve espera, convino que la Madre Superiora no le diría el apodo con el que llamaban a la jorobadita.
—Comprendo su silencio, Hermana. Que Dios la bendiga.
—A usted, Ilustrísima.
La Superiora mandó llamar a las dos monjas enanas que escuchaban tras la puerta del despacho la conversación con el obispo. Refunfuñaban anticipándose a la orden.
Ellas eran quienes guardaban celosamente las llaves del claustro y fue a quienes les ordenó dirigirse donde estaba la castigada a informarle de su nueva condición. Luego debían acompañarla a una habitación donde quedaría alojada hasta que ella considerara en qué calabozo la acomodaría y cuáles serían sus nuevas tareas.
Las monjas enanas caminaron sin prisa hasta el claustro, dándose manotazos en la cabeza una a la otra, como si fueran dos niñas traviesas, exclamando «¡Cristo vence! ¡Cristo vence!» y riendo a carcajadas por los largos pasillos. Luego de abrir la puerta con una llave enorme y algo oxidada, llamaron a la monjita por su apodo. La muchacha llegó caminando con cierta dificultad. Estaba algo demacrada y bastante más delgada, lo que pronunciaba su pequeña giba nacida de una escoliosis demasiado temprana.
Sin mediar ninguna explicación le dijeron que debía tomar sus pertenencias y dirigirse al despacho de la Madre Superiora. La jorobadita las miró extrañada y creyó que era una broma de las dos bufonas que merodeaban, alcahuetas, la sombra de la Madre Superiora.
—Tu penitencia ha terminado y podrás volver a tener tu catre. El Obispo ha llamado en persona para perdonar tu castigo. La clemencia de su Ilustrísima es tanta que hasta ha sugerido que salgas a mirar el cielo en la Plaza de Mayo y disfrutes del día que está bastante asoleado.
La Hermana giró sobre sus pasos y, como si hubiera recuperado en parte su antigua vitalidad, se dirigió al calabozo donde guardaba en un atadito sus pocas pertenencias y volvió con tanta prisa como se había marchado. Las tres caminaron en dirección al despacho de la Madre Superiora. Al llegar, una enana golpeó con fuerza la puerta y exclamó:
—«¡Permiso, Madre! Aquí venimos de cumplir su recado».
—¿La Hermana está con ustedes? —preguntó la Superiora mirando por encima de sus anteojos de lectura hacia la puerta de entrada.
—Y con su espíritu, Madre, y con su espíritu —repitieron a coro las enanas.
—Díganle que pase —respondió secamente y esperó expectante el ingreso de la perdonada.
La jorobadita entró temerosa a la inmaculada oficina de la directora. La Madre Superiora al verla se puso de pie y caminó hasta ella con una amplia sonrisa que deformaba su cara. La tomó de las manos y le habló de la fe en Dios, en la Virgen, en el Espíritu Santo y de cómo la expiación de los pecados mejoraba a las personas en su misión de servir a Dios por sobre todas las cosas.
—Siervas somos de Dios y a él servimos —recitó de compromiso la Superiora.
La jorobadita asintió con leves movimientos de su cabeza, pero solo por cortesía. Estaba muy confundida como para reflexionar sobre la fe y la misión que decían Dios les encomendó de alguna manera.
Luego le preguntó si deseaba realizar un llamado, uno solo por supuesto, el justo y necesario. Y la informó que, por pedido de Su Ilustrísima, el señor obispo, tenía permiso para salir ese día de paseo hasta la Plaza de Mayo, con el particular pedido de Monseñor de observar el cielo con atención. Era un día tan bello que daba por descontado que le sería provechoso.
La jorobadita festejó los dos permisos. Llamó a Amanda, de quien no había podido despedirse cuando ella abandonó el internado. Deseaba comunicarle la buena nueva. Estaba realmente feliz, luego de tantos años de encierro monacal.
No fue su compinche la que recibió el llamado; nadie sabía dónde se había metido la muchacha esa fresca mañana de paños azules en los campos donde los pastos se perseguían unos a otros, y unas telarañas urdidas en la noche llagaban el paisaje con sus patudas arañas agazapadas y expectantes. Fue una mujer de acento alemán quien le dijo que su nombre era Gertrudis, y que ella le transmitiría con exactitud su mensaje a la muchacha. Y así lo hizo.
Amanda celebró la buena nueva, justo ese día de junio, algo frío.
La jorobadita la invitó a mirar el cielo de la Plaza de Mayo con ella, a las 12:30 en punto, en un banco a la vera de la orgullosa y vieja Pirámide de Mayo, del lado donde se hallaba fijada la placa de bronce que recordaba a Pereyra Lucena y Manuel Artigas.
Amanda deseaba más que nada volver a abrazar a aquella monjita cómplice de la crencha engrasada. Deseaba hablarle de ese amor inesperado que llegó como un hechizo desde un lugar insospechado del paisaje y reposó a su lado tocando sus delicados dedos con sus fuertes dedos campesinos. Tan solo eso quería decirle mientras mirarían el cielo diferente de la Plaza de Mayo. Algo tan simple como las simples oraciones que las mañanas de castigos repitieron juntas, arrodilladas ante el maíz todopoderoso, obligadas a venerar sus puntitas filudas, tiempos en los que pronunciar el nombre de un dolor podía resultar pecaminoso.
A esa hora, casi el mediodía, pocos eran los pasajeros que gastaban sus tiempos en dirigirse a la ciudad. Por el contrario, muchos se aprestaban a retornar a sus hogares: la mayoría empleados y otros tantos paseantes que admiraban la Pirámide de Mayo, venerándola como a una verdadera madre. Al frente, en un extremo de la plaza, el General Belgrano insistía en alzar la bandera de la patria, señalando un futuro por el que todavía había que pelear y mucho. Y a la izquierda, mirando en dirección al río, la Catedral guardaba los restos del Libertador, en una augusta capilla que sobresalía de los límites de la construcción religiosa.
El tren llegó puntual a la estación como de costumbre y fue exacto el tiempo que tardó en arribar a la terminal, como lo habían prometido a los gritos los guardas ferroviarios.
En la propia terminal ferroviaria ya se escuchaba de lejos el rumor de una espada de pólvora y el espectro de una espoleta infame. Era el maleficio de los mercaderes de la muerte que alistaban sus fuegos como unos cascabeles infernales. Pero ¿quién comprendería esos sonidos de ataúdes sonando una procesión de sangres de inocentes?
Eran las 12:40. Amanda y la jorobadita se habían abrazado hasta el cansancio y llenado de besos y caricias los rostros. Luego, sentadas en el banco que daba a la placa de bronce de Lucena y Artigas, miraron al cielo que justamente sonaba diferente al de los demás días. Ellas oyeron en dirección al río el sonido mecánico de los pájaros de acero cargados con sus crímenes en los abultados vientres. Los oyeron sobrevolar la plaza para reglar el tiro, sin siquiera sospecharlo. Y ellas, que miraron abstraídas como si solo se tratara de una pintura amena, de unos pájaros blancos con sus plumas de fuego en un vuelo nupcial lleno de vida.
Abajo, fueron muchos los que alzaron hacia el cielo sus ojos asombrados y creyeron que saludaban el regalo de un desfile. Agitaban las manos en inocente saludo a la inesperada muerte.
Los niños, de las manos de sus madres, más entusiastas que cualquier otro, celebraban el momento del vuelo de esas aves panzudas que hacían cabriolas en el aire como maravillosos acróbatas circenses. Prometían sus regalos descuartizadores, pero ellos no lo sabían.
Nadie les anunció la sentencia, la gente de a pie quedó como suspendida, mientras las aves siniestras desperdigaban sus bombas por toda la geografía de la Plaza.
Un trolebús explotó como una granada ardiente. Tembló como la llamarada de un garrote. Se abrió como una fruta demasiado madura. De su interior morado, quemadas por la pólvora, quedaron las cicatrices de sus desprevenidos pasajeros. En ese trolebús viajaban muchos niños a su temprana muerte.
La muchedumbre observó los fragmentos de los niños cayendo como una fosforescencia roja; al instante sintió entre sus propios cuerpos seccionados el beso calcinante arrojado desde la rabiosa altura de la muerte. Luego, lluvia de hogueras, acertijo de llamas que tardaron un suspiro en incinerar la esperanza. El llanto gobernó la plaza junto a los aullidos de los cadáveres diseminados.
Era el día del reino tenebroso de un ¡Cristo vence! irreconocible, bajo la «V» de la victoria. Un Cristo de rencores que no ofrendaba hostias sino esquirlas.
Los brazos caían amputados y saltaban las piernas en busca de sus pies destrozados. Rodaron las cabezas seccionadas y tras ellas los ojos desbocados corrieron en busca de sus vaciadas cuencas. Las lenguas diseminaron sus lamentos de bocas que sangraban los gritos desde las gargantas ahogadas en el implacable martirio. La vida fue arrasada con un fuego iracundo.
Nadie lo vio, pero se supo esa misma tarde que el obispo, a lo lejos, bendijo los golpes del fuego alabando el exterminio de los mestizos salidos de las cisternas obscuras del suburbio bonaerense, donde anidaban los proletarios con sus numerosas proles. Ese día Dios no estuvo del lado de los desamparados.
«¡Muerte al tirano! ¡Muerte al tirano!», dicen que graznaban los pájaros mientras algunos de ellos huían allende el Río de la Plata tras sus racimos de bombas sobre la devastada humanidad de los paseantes, de los trabajadores, de los distraídos.
Tal vez fue la propia jorobadita la que entendió el lenguaje de los golpes del metal contra las calles poco antes de que su monacal cabeza rodara en dirección al río. Fue la misma cabeza que Amanda recogió en su regazo y acarició el estambre roto de su cuello y la besó en las sangres que aún goteaban los lamentos rojos que se desvanecían al calor del incendio del inagotable fósforo.
Una vieja mujer recolectaba vísceras, brazos, cabezas, humanidades todas, trozos de sueños, fragmentos de amores y les rezaba un padre nuestro por consuelo.
Luego llegó la metralla —tableteaba iracunda desde una nube negra— y la vieja cayó de bruces contra el piso, besando los adoquines rojos.
El plomo candente dejó como cien llagas en la fachada de algunos edificios: eran hoyos de muerte estampados en los mármoles oscuros.
Amanda sintió el vuelo de las balas por detrás de su espalda, a la altura de sus vértebras. Pero no se movió, temerosa de lastimar la amada cabeza de su amada compañera. La acurrucó entre sus brazos y le cantó una canción de cuna que tuvo toda su infancia en la punta de la lengua.
La muerte volvió sobre sus propios pasos y se lanzó en otra ronda de matanza desde las negras bocas de las ametralladoras pesadas. Caía en picada en dirección al suelo buscando las frágiles humanidades de los que no pudieron abandonar la Plaza. En su caída sonaba una increíble pronunciación de aullidos: un silbido que se aplastaba en sangres y tejidos y huesos machacados. Un cañón de horrores repetía unos nombres que hasta costaba pronunciar de corrido.
Luego se hizo el silencio, de repente, inesperado, como llegó antes la muerte. Se dividió en lamentos en los cuatro puntos cardinales de la Plaza de Mayo. Al frente, la casa de gobierno destruida. Sonaron las sirenas y los odios se alzaron enarbolando sus furias de venganza.
Una mano sin porvenir rozó el hombro de Amanda y le pidió la cabeza que ella aún sostenía en su regazo. El humo repetía en gris todavía el estruendo de las explosiones, y pequeños incendios rodaban de aquí para allá disecando las sangres.
Amanda quiso hablar, pero no pudo.
Amanda quiso llorar, pero no pudo.
Amanda quiso gritar, pero no pudo.
Amanda quiso correr, pero no pudo.
Solo pudo sostener el consuelo entre sus brazos, delgados como estambres, y sus manos todavía pequeñas.
Entregó la cabeza a esas manos sin porvenir, como un precioso y delicado coral rojo.
Besó los labios tatuados de sangre de la monja muerta; besó la mancha salada de su muerte, como se besa a una sagrada bandera. Le quedó bajo la lengua, sin tiempo y para siempre, ese sabor de sangriento terciopelo púrpura.
Alguien la subió a un camión de bomberos y la abrigó con una manta gris como la tarde. Recogió sus piernas y apoyó su cabeza sobre las rodillas. Viajó sin saber el destino.
Nunca supo si se quedó dormida. Llovía torrencialmente. La misma mano sin porvenir rozó nuevamente su hombro y le pidió que descendiera. Alguien le preguntó su nombre y le prometió que estaría a salvo hasta que llegara su padre para recogerla.
Luego llegó la noche envuelta en una muchedumbre de iracundas sombras.
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