El Silbo en la Grieta
Cesa el rumor del estrado y la balanza;
el día de sellos y leyes formales claudica,
mientras la noche abre su nido de piedra
para hablar con otra noche,
desde el silencio mismo,
donde el alma, como un gorrión,
se santifica.
Huele el aire a tinta antigua y a mandarina,
perfume que muda de frasco con los años,
con los pasos,
con el camino hacia la cueva que hoy lo refugia.
Allí las letras del alefato sagrado
le ofrecen escondite,
tejiendo su aroma en los folios extraños,
perfumados de jazmín y de nardo.
Sube desde el fondo la mística de Biná.
Menujá:
callar mientras todo afuera grita.
Un entendimiento que apacigua el aguacero,
que hace sonrojar las olas.
Entonces el escriba acomoda
sus trazos de fuego
sobre el palimpsesto
de un tiempo extranjero.
Kol Demamá Deká:
la cueva del monte escarpado,
el silencio puro donde el profeta aguardó;
no en el viento fuerte ni en el terremoto,
sino en el susurro que el alma escuchó.
Aquí está el escriba, diciendo:
Hineni.
Traduce el mundo con fino cincel,
encuentra el orden de las consonantes
y el reposo escondido detrás del papel,
entre letras fragantes.
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