Todas las tardes después de comer, doña Carmencita se prepara una buena taza de café, se sienta en el sillón de cuero marrón y enciende el televisor.
A esa hora emiten la telenovela. Una película larguísima que no tiene fin. Cada día un capítulo. Y así durante días, semanas, meses, e incluso, años, como una especie de carretera que no lleva a ninguna parte.
Los tramas se entremezclan, desaparecen unas, aparecen nuevas. Los personajes cambian sus papeles, empiezan siendo buenos, luego se hacen malos, a otros los ocurre al revés. Se hacen viejos, se mueren, resucitan. Todo es posible, lo importante es que la película no se acabe.
Y así, después de muchas tardes de observación, he llegado a la conclusión de que tiene que ser algo muy interesante porque doña Carmencita no despega la vista de la televisión, y lo mismo ocurre en la mayoría de los hogares. El tendero, la modista, el repartidor o el ama de casa esperan con ansiedad que lleguen las cinco de la tarde. La vida se paraliza a esa hora.
Y luego, los sucesos acontecidos son el tema de conversación en las tertulias.
─ ¡Quién lo hubiera dicho de don Benito! ¡Menudo sinvergüenza!
─ Pues la criada… seguro que esconde algo.
─ ¿Y qué os parece el nuevo galán? ¿conseguirá casarse con la hija?
Los ecos de la película resuenan mucho después de que se acabe la emisión.
Personalmente no sé qué ven en ella porque yo solo alcanzo a apreciar el olor a rancio y trasnochado que tienen las historias. Quedarían muy bien como somnífero para ayudar a una plácida siestecita. No me extraña que doña Carmencita se prepare esa enorme taza de café para soportarlo.
Y es que…¿Quién entiende a los humanos?
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