Necesario: algo indispensable. Sin ello, la acción simplemente no se puede realizar o la meta no se puede alcanzar.
Preciso: como sustituto de «necesario» (obligación urgente o estricta), expresa una necesidad imperiosa o puntual que requiere atención inmediata.
Aunque también puede significar ajustado, exacto, riguroso o concreto. De ahí la palabra precisión.
Útil: algo que aporta un beneficio, facilita una tarea o mejora el resultado, pero no es imprescindible. Se puede prescindir de ello y, aun así, lograr el objetivo, aunque costará más esfuerzo o tiempo.
Estas son las tres definiciones a las que uno llega con una cierta edad.
Es decir, ya no se es necesario. Tampoco preciso. Y, aunque se sigue siendo útil, se es totalmente prescindible.
Cuando uno es joven, pero llega a esa edad en la que se tienen hijos pequeños, su presencia es absolutamente necesaria. Sin él, como dice el diccionario, las metas son más difíciles de alcanzar. Es más difícil educar a los hijos o hacer las tareas de casa, con lo que, al final, no se puede alcanzar la meta deseada.
Ser preciso es otra cosa. Es la obligación urgente de algo. Esa obligación que cada mañana lo levanta de la cama para ir a trabajar, aun sin ganas. O aunque, a veces, la salud no esté en su mejor forma para hacerlo debido, tal vez, a algún catarro.
Es tener que hacer horas extras, o tal vez trabajar en otro lugar para poder llegar a fin de mes.
La utilidad es otra cosa.
Es útil cambiar las bombillas de la casa por luces LED, porque consumen menos. Pero no es preciso ni necesario. Se puede prescindir de ello, aunque a la larga se pagará más por la energía consumida.
Pero las bombillas están ahí, alumbrando, aunque con toda seguridad con menos eficiencia que unas más modernas.
A los seres humanos les pasa igual. Sobre todo cuando se quedan solos.
Ya no son necesarios ni precisos. Son útiles.
Todavía se mantienen por sí mismos y, si tienen algún hijo en casa, aún pueden hacer la comida o limpiar la casa para que, cuando este venga del trabajo, pueda dedicar más tiempo al ocio.
Por supuesto que, si ellos no están, sus hijos se apañan solos. Los niveles de precisión o necesidad se los marcan ellos mismos.
Ya no son precisos para ellos, ni necesarios, aunque siguen siendo útiles.
Era precisa y necesaria su mujer, que un día decidió coger la barca de Caronte y marcharse a un lugar mejor.
Desde ese momento, uno ya no tiene nada como preciso. No trabaja. No tiene compañía y, aunque algunas cosas son necesarias, no se siente útil.
Aunque todavía no se han cumplido los 70, sigue siendo motero de toda la vida. Pero ya no siente la necesidad de coger la moto como antes. No siente la misma precisión cuando la monta y casi empieza a verla como una máquina poco útil.
Cuando coge la escalera para limpiar, quizás un estante que está en alto, sus hijos lo frenan y le preguntan si es necesario subir a la escalera para limpiar.
Que no es preciso. Que ya se hará.
Y así se queda uno. Con cara de tonto y viendo que, con la edad, ya no es necesario ni preciso.
Sigue siendo útil.
Dios le libre de ser inútil.
Aún se vale por sí mismo y puede hacer algunas cosas. Cosas que sus hijos dicen que no haga porque no son ni precisas ni necesarias.
Pero él se siente útil.
Aún se vale por sí mismo y, de un tiempo a esta parte, le falta la ilusión.
Sigue siendo útil.
Aunque, a vista de todos, ya es totalmente prescindible.

Etiquetas: relato corto

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