Casi medianoche de un 8 de agosto. Podría parecer normal que no hubiera nadie en la red. Pero, al salirme recuerdos de años atrás, uno se da cuenta de que no era igual. Supongo que sería la novedad del momento y es que, con el tiempo, todo cambia. Con la edad, que ya va siendo mucha, uno recuerda las Navidades de su infancia. Claro que lo lógico sería recordar las vacaciones, pero ¿quién tenía vacaciones en los años 60?
Vosotros no sé, yo solo veía que tenían vacaciones en las películas. Películas donde casi todos trabajaban en oficinas. Era difícil que un personaje se basara en un agricultor, mecánico, etc., a no ser que fuera un dramón de dar lástima a granel.
A lo que íbamos: en Navidad eran fechas de comer nueces, higos, frutos secos en general y carne de cordero en Nochebuena, que normalmente se asaba al hogar: a la brasa. No había gambas ni langostinos ni nada de esto. Hoy en día ya no esperamos las Navidades para comer algo fuera de lo normal. Cualquier día entre semana, nos permitimos comer lo que comíamos solo en Navidad, porque resultaba prohibitivo. Al final, nos acostumbramos tanto a las cosas que no les damos importancia.
La tele, en los años 60, convocaba a un buen número de personas ante sí. En la calle, media calle acudía a casa de los vecinos que tenían televisor, y eso que solo había dos canales. Hoy, con un montón de canales y otro tanto de plataformas de pago, nos quejamos de que no hacen nada. Y ojo, no es porque la gente vaya al cine, porque los cines tampoco están viviendo su mejor momento.
Con las redes sociales pasa igual. Desde que llevamos un pequeño ordenador en el bolsillo, parece que el WhatsApp es lo que funciona. La verdad, yo me niego a estar pendiente a cada momento de un teléfono para que me digan buenos días, buenas noches o qué van a hacer de cena.
El teléfono es muy útil, eso nadie lo niega. Pero antes, cuando el teléfono lo teníamos atado con un cable a la pared, nosotros éramos más libres.
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